periodismo

Periodistas. De Héctor Schamis

Cuando la prensa libre es el enemigo.

Héctor Schamis, 4 junio 2017 / EL PAIS

En mayo pasado fue asesinado el periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas. Era un prolífico reportero, columnista y escritor de Sinaloa, estado que llegó a las portadas de los periódicos del mundo gracias al Chapo Guzmán. El dato geográfico y el título de su libro más reciente son buenas pistas para inferir quien lo mató. “Narcoperiodismo: una investigación profundamente documentada sobre la forma en que el narcotráfico aniquila o seduce a periodistas”, se lee en el sitio de Amazon.

“Aniquila o seduce”, nótese el candor de las opciones. Es un crudo y acertado retrato de la tragedia mexicana, sin embargo. Así se ha normalizado el autoritarismo criminal-subnacional, ese peculiar tipo de régimen basado en la colusión de la política y el cartel.

Valdez no es es el primer periodista asesinado por investigar dichas conexiones y difícilmente sea el último. Ello ha convertido a México en arquetipo de violencia contra los periodistas, sin duda, pero tampoco es el único lugar donde ocurre. Ni mucho menos, solo encarna una paradigmática manera, entre tantas, de atentar contra la libertad de prensa.

Genéricamente, debe ser visto como eso: la vulneración del derecho a informar. El periodismo se ha convertido en profesión de alto riesgo en diversos contextos y latitudes. Es el rasgo común a todas las corrientes antiliberales en boga, varias de ellas en el poder. El análisis aquí no es exhaustivo, pero algunos ejemplos sirven para ilustrar el punto.

 Lo que muchos denominan populismo, el estalinismo en todas sus versiones, la llamada revolución bolivariana, el neofascismo europeo, el racismo en cualquiera de sus formas, el aislacionismo de Trump tanto como el del UKIP, las teocracias, el terrorismo y otras organizaciones criminales tienen todos un enemigo común: la prensa libre y las normas constitucionales que la garantizan.

En Rusia es arriesgado investigar al Kremlin, la corrupción o los altos negocios de los oligarcas. Eso hizo Anna Politkovskaya, por ejemplo, periodista de Novaya Gazeta asesinada en 2006 por su cobertura de las violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas de Moscú en el Cáucaso norte, especialmente durante la guerra chechena. Los reporteros del mismo periódico son hoy amenazados por cubrir los abusos contra homosexuales, también frecuentes en Chechenia.

Turquía ha sido declarado el peor país para la libertad de prensa en 2016, habiendo encarcelado más periodistas que ningún otro y clausurado cientos de medios. La ofensiva contra el periodismo se aceleró en respuesta al intento de golpe de julio de ese año. Se espera un empeoramiento de esas condiciones luego del reciente referéndum constitucional, por el cual se institucionaliza una creciente cuota de discrecionalidad en manos del presidente Erdogan.

En Francia aún se debate el asesinato de los periodistas de la revista a Charlie Hebdo de enero de 2015 y sus implicancias. Para muchos fue la insensibilidad de los periodistas, su sátira desmedida y su blasfemia que incitó el ataque; como si el lápiz y las balas fueran equivalentes, vale la pena agregar. Hasta el Papa ironizó entonces que si alguien ofendiera a su madre, “bien podría esperarse un puñetazo”, invitando a una cierta justicia por mano propia. El mensaje es temerario pero conocido: culpar a la victima, asesinarla otra vez.

América Latina, a su vez, ha experimentado múltiples agresiones a los periodistas por parte de aquellos gobiernos determinados a perpetuarse en el poder, se llamen populistas, estalinistas, militares o una mezcla de todo lo anterior. Es que en un país donde la prensa es libre, el poder puede ser investigado. La sociedad se siente capaz de criticar, “empoderada” a hacerlo. La perpetuación es menos probable. El periodista se convierte en el adversario a neutralizar.

En Estados Unidos, las agresiones de Trump a la prensa ya se van transformando en rutina. Son solo verbales, por twitter. Existen límites estrictos marcados por un poder judicial robusto y la omnipresencia de la Primera Enmienda Constitucional, la cual consagra la libertad de expresión.

Ello no obstante contribuye a crear un clima de hostilidad, propicio para la violencia. Un ejemplo ocurrió en el estado de Montana. El candidato republicano al Congreso Greg Gianforte arremetió contra el periodista de The Guardian que cubría su campaña, Ben Jacobs, derribándole y golpeándole en el suelo produciendo la rotura de sus lentes.

Las autoridades imputaron a Gianforte por agresión física. Días más tarde, Jacobs obtuvo su nuevo par de lentes, donando los anteriores a Newseum, el museo de las noticias en Washington DC, para documentar el hecho. Un final feliz.

Feliz siempre y cuando no sea allí donde también termine la libertad de prensa, en un museo. Pues para eso están los museos: evocar el pasado y reificar lo abstracto.

The Public Editor Signs Off. De Liz Spayd

Michael Putland/Getty Images

El New York Times rompió con una tradición de 14 años de tener un ombudsman o defensor del lector, un editor independiente que recibe comentarios y quejas de lectores y asegura que sean discutidas en el equipo de editores. Esta decisión ha desatado  debate en los gremios de periodistas y editores en la prensa internacional.
Reproducimos aquí la última columna de Lyz Spayd, la última defensora del lector del New York Times; la nora del NYT donde da a conocer los acmbios; y un comentario de Lola Galán, la defensora del lector del periódico español El País.

Segunda Vuelta

There probably hasn’t been a time in recent American history when the role of the media was more important than now. The Trump administration is drowning in scandal, the country is calcified into two partisan halves. And large newsrooms are faced with a choice: to maintain an independent voice, but one as aggressive and unblinking as the days of Watergate. Or to morph into something more partisan, spraying ammunition at every favorite target and openly delighting in the chaos.

If I think back to one subject I’ve harped on the most as public editor over the last year, this is probably it. Digital disruption and collapsing business models get all the attention, but the prospect of major media losing its independence, and its influence, ranks equally high among the industry’s perils. Derision may feel more satisfying, but in the long run stories that are measured in tone are more powerful. Whether journalists realize it or not, with impartiality comes authority — and right now it’s in short supply.

Mike Morell, former acting director of the C.I.A. and a backer of Hillary Clinton, earlier this week likened the U.S. media’s reaction to Donald Trump to the Venezuelan media’s reaction when Hugo Chávez became president nearly 20 years ago. With little political opposition to Chávez, the media assumed that role, Morrell said, and ultimately lost its credibility with the Venezuelan people.

The U.S. isn’t Venezuela but the media here shouldn’t fall into the same trap. I don’t worry that The Times, or The Washington Post or others with the most resources will fail to pursue ripe investigative targets. And I hope they do. But in their effort to hold Trump accountable, will they play their hands wisely and fairly? Or will they make reckless decisions and draw premature conclusions?

And who will be watching, on this subject or anything else, if they don’t acquit themselves well? At The Times, it won’t be the public editor. As announced on Wednesday, that position is being eliminated, making this my last column. Media pundits and many readers this week were questioning the decision to end this role, fearing that without it, no one will have the authority, insider perspective or ability to demand answers from top Times editors. There’s truth in that. But it overlooks a larger issue.

It’s not really about how many critics there are, or where they’re positioned, or what Times editor can be rounded up to produce answers. It’s about having an institution that is willing to seriously listen to that criticism, willing to doubt its impulses and challenge the wisdom of the inner sanctum. Having the role was a sign of institutional integrity, and losing it sends an ambiguous signal: Is the leadership growing weary of such advice or simply searching for a new model? We’ll find out soon enough.

I leave this job plenty aware that I have opinions — especially about partisan journalism — that don’t always go over well with some of the media critics in New York and Washington. I’m not prone to worry much about stepping in line with conventional thinking. I try to hold an independent voice, to not cave to outside — or inside — pressure, and to say what I think, hopefully backed by an argument and at least a few facts. In this job, I started to know which columns would land like a grenade, and I’m glad to have stirred things up. I’ll wear it like a badge.

Thanks to the many editors and reporters inside the building who took my questions and answered them fairly and professionally. Thanks to my dedicated and wise assistant, Evan Gershkovich, whom I am grateful to have had by my side. Thanks to Eric Nagourney, my copy editor, who saved me many times from fumbling over my own words.

And thanks most of all to the thousands of readers who kept their concerns coming and kept me on my toes.

All right, enough.

Time to rip off the Kevlar and turn out the lights.

Liz Spayd is the sixth public editor appointed by The New York Times. She evaluates journalistic integrity and examines both the quality of the journalism and the standards being applied across the newsroom. She writes a regular column expressing her views. The public editor works outside of the reporting and editing structure of the newsroom and receives and answers questions or comments from readers and the public, principally about news and other coverage in The Times.
Her opinions and conclusions are her own.

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A continuación el artículo en el cual The New York Times dio a conocer la decisión de eliminar el cargo del Ombudsman (Public Editor), en el marco de una mayor reestructuración de su equipo de editores y reporteros.

 

New York Times Will Offer Employee Buyouts and Eliminate Public Editor Role

The New York Times building in Manhattan. The buyouts announced Wednesday are aimed primarily at editors. Credit Don Emmert/Agence France-Presse — Getty Images

Daniel Victor, 31 mayo 2017 / THE NEW YORK TIMES

The New York Times offered buyouts to its newsroom employees on Wednesday, aiming to reduce layers of editing and requiring more of the editors who remain.

In a memo to the newsroom, Dean Baquet, the executive editor, and Joseph Kahn, the managing editor, said the current system of copy editors and “backfielders” who assign and shape articles would be replaced with a single group of editors who would be responsible for all aspects of an article. Another editor would be “looking over their shoulders before publication.”

“Our goal is to significantly shift the balance of editors to reporters at The Times, giving us more on-the-ground journalists developing original work than ever before,” they said in the memo.

In a separate memo, Arthur Sulzberger Jr., the publisher, said the company would be eliminating the position of public editor, which was established to receive reader complaints and question Times journalists on how they make decisions. Liz Spayd, the current public editor, will leave The Times on Friday.

The buyouts are meant primarily for editors, but reporters and others in the newsroom will also be able to apply for them, the memo said. Mr. Baquet and Mr. Kahn said that the savings generated by the reduction in editing layers would be used to hire as many as 100 more journalists.

The Times would turn to layoffs if not enough people volunteer for buyouts, Mr. Baquet and Mr. Kahn said in the memo.

The offer comes as The Times continues its shift from a legacy print operation to a more digitally focused newsroom. Reducing the layers of editing was one of the primary recommendations in an internal study issued in January, the 2020 Report, that was meant to serve as a blueprint for the next phase of that transformation.

A “print hub,” which handles the tasks involved in producing the printed newspaper on a nightly basis, was created in 2015 in an effort to free editors to focus on the digital audience, but the process of shedding longtime habits built around daily print deadlines continues to evolve. As its digital audience has grown, The Times has focused on publishing articles online quickly, placed an emphasis on visual journalism and invested in so-called service journalism with its acquisition in October of the product-review websites The Wirecutter and The Sweethome.

In May, the Times Company reported strong digital growth, including a 19 percent gain in digital advertising revenue.

But those gains were not substantial enough to offset a continuing, industrywide decline in print advertising, historically the main revenue source for newspaper companies. Print advertising at The Times fell 18 percent in the most recent quarter, causing an overall decline in advertising revenue of 7 percent.

The company has increasingly relied on subscription revenue, which spiked amid Americans’ close attention to the presidential election last year and the start of President Trump’s term. The Times registered a net gain of 308,000 digital-only subscriptions in the most recent quarter, the largest number for any quarter in its history. The surge fed an 11 percent increase in circulation revenue.

It was the second straight quarter of record-breaking subscriber growth, with 276,000 new digital-only subscriptions — more than the total for 2013 and 2014 combined — being added in the last three months of 2016. The Times now has more than 2.2 million digital-only subscriptions.

The public editor position was created in 2003 to rebuild trust among readers after the scandal involving Jayson Blair, a Times reporter who was found to have fabricated sources and plagiarized repeatedly.

Ms. Spayd, who was the sixth person to hold the position, declined to comment when reached late Wednesday but told The Columbia Journalism Review in an email: “The Times is reimagining itself in all sorts of ways, and the decision to eliminate the public editor’s role is just one part of that. I’m honored to have been among the six who’ve sat in this chair, and to be among those who tried to keep a great institution great, even as it made the inevitable stumbles.”

Just a few national news organizations, including NPR and ESPN, still have a public editor or a similar position. The Washington Post eliminated its ombudsman in 2013.

Mr. Sulzberger, in a newsroom memo, said the public editor’s role had become outdated.

“Our followers on social media and our readers across the internet have come together to collectively serve as a modern watchdog, more vigilant and forceful than one person could ever be,” he wrote. “Our responsibility is to empower all of those watchdogs, and to listen to them, rather than to channel their voice through a single office.”

On Tuesday, The Times announced the creation of the Reader Center, an initiative that appeared to overlap somewhat with the public editor’s role. The center will be responsible for responding directly to readers, explaining coverage decisions and inviting readers to contribute their voices.

As news spread on Wednesday that The Times had offered buyouts targeted at editors, some readers fretted that coverage would suffer. Most articles at The Times go through at least two or three editors before being published.

Rick Edmonds, a media business analyst at the Poynter Institute for Media Studies, a school for journalism in St. Petersburg, Fla., said that copy editors — who, in addition to editing for grammar, spelling and style, check facts, correct faulty logic and make sense of garbled prose — had frequently been targeted in cost-cutting efforts in newsrooms across the country.

“I think there is a level of scrutiny and quality control that’s kind of disappearing,” Mr. Edmonds said.

Grant Glickson, the president of the NewsGuild of New York, the union that represents Times employees, said in a statement that the buyout announcement was “devastating for our members and grave news for the state of journalism.”

“These Guild members don’t simply correct comma splices; they protect the integrity of the brand,” he said. “They are the watchdogs that ensure that the truth is told.”

It is the sixth time since 2008 that the company has offered newsroom buyouts. Some employees were laid off in 2014 when The Times did not receive enough buyout volunteers.

In the midst of those reductions, the newsroom has continued to hire. The Times newsroom has a staff of about 1,300, near its record high.

The staff had anticipated the announcement of buyouts for months, one of several sources of looming uncertainty. Management is negotiating a new contract with the NewsGuild, and the company intends to consolidate staff members on fewer floors in its Midtown Manhattan headquarters so that it can lease out more space. Some employees have been temporarily displaced to another building during construction on new workspaces, which the company has said should be completed by the end of the year.

Correction: May 31, 2017
An earlier version of this article referred incorrectly to an effort to contact Liz Spayd, the public editor. Ms. Spayd was contacted late Wednesday for comment; it is not the case that she did not respond to a request for comment during the day.

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La ingrata labor de mediar. De Lola Galán

La desaparición del cargo de defensor en ‘The New York Times’ causa sorpresa y preocupación.

Lola Galán, defensora del lector o ombudsman de El País

Lola Galán, 4 junio 2017 / EL PAIS

Hace meses que la organización que agrupa a los Ombudsman de Prensa (ONO) constataba con preocupación la desaparición progresiva de esa figura en los medios de Estados Unidos. A la tendencia se suma ahora la biblia del periodismo mundial, The New York Times, que ha prescindido del cargo de public editor de la noche a la mañana, desatando la polémica. La propia ONO deploraba el viernes una decisión, “que no favorece los intereses de libertad, independencia y credibilidad de la prensa”.

Liz Spayd, la sexta defensora del lector del Times, había tropezado con los habituales problemas de un cargo independiente que no convierte a quien lo ejerce en la persona más popular de la Redacción precisamente. En la despedida que colgó en su blog el viernes, Spayd deja constancia de sus dudas sobre las verdaderas razones que han llevado al Times a tomar tan drástica decisión: “¿Se ha cansado la dirección de esta clase de recomendaciones, o simplemente busca un nuevo modelo?”.

El Times estableció el cargo de public editor en 2003, en medio del colosal escándalo provocado por los reportajes inventados y los plagios de su reportero Jayson Blair. Para entonces, el Defensor del Lector llevaba 18 años funcionando en EL PAÍS, y seis en The Guardian. El dueño del Times, Artur Sulzberger, ha justificado la decisión apelando al valor de las redes sociales, que son ahora, ha venido a decir, quienes ejercen el verdadero control de calidad en la prensa. Pero es obvio que ese control colectivo será ineficaz si no es sintetizado, analizado y evaluado de forma independiente por alguien con la autoridad necesaria para pedir explicaciones a la dirección en caso necesario.

Lo cierto es que en tiempos de transformación como los actuales, es más necesario que nunca dar voz a los lectores, que se declaran, a veces, confusos con los cambios que impone la era digital en esta profesión. Recibo con frecuencia mensajes que apuntan con preocupación a las diferencias que se observan entre el diario impreso y la web. “EL PAÍS funciona como una plataforma de producción de información”, explica David Alandete, director adjunto, “que se distribuye principalmente de forma digital en nuestra página web o en plataformas como Google y Facebook. De todas las noticias que EL PAÍS publica a diario, una selección se incluye en la edición impresa, que tiene su propio equipo de editores. Cada formato tiene sus necesidades y esto genera diferencias lógicas de elementos tan dispares como titulación o extensión, que no suponen un menoscabo de la calidad del contenido”.

La decisión tomada por el dueño del ‘Times’
ha desatado la polémcia

Los cambios son inevitables, pero deben respetar las normas periodísticas. La pasada semana recibí varias quejas por el titular que encabezaba en la web el domingo, 21 de mayo, el artículo del escritor Javier Marías. La peligrosa parodia era su título impreso en El País Semanal, pero en la portada digital pasó a ser: Podemos es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange. Un lector, Diego Pérez Bacigalupe, que me escribió desde Praga para deplorar el cambio, me preguntaba de quién había sido la idea. La frase fue elegida por el equipo que se ocupa de la versión digital, cuyo responsable, Alberto del Campo, me explica al respecto:

“Los titulares de la portada de la web no pueden atenerse siempre a los criterios que rigen la edición en papel. En primer lugar porque en la primera página de la edición impresa se apuesta por cuatro o cinco temas, mientras que la portada de la web es un inmenso escaparate con 70 u 80 temas. Ante esta cantidad de contenidos, con una jerarquía menos clara que en el papel, porque se entremezcla al mismo nivel la última hora con lo importante y lo no tan importante pero sí interesante, necesitamos que los titulares sean lo más atractivos posibles para reclamar la atención de los lectores”. Del Campo asegura que una práctica habitual en los artículos de opinión es titularlos con una frase del texto. Y es lo que se hizo con el de Marías.

Entiendo las razones de Del Campo pero creo que en esta ocasión la frase elegida daba una idea falsa del artículo que, partiendo de las portadas de los diarios, pasaba revista al panorama político actual.

Pérez-Reverte: “Las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca”

Autor de 25 novelas y ex corresponsal de guerra, el narrador español dice que todos encuentran pretextos para aliviar su conciencia, afirma que las redes sociales “son formidables pero están llenas de analfabetos” y augura que el mundo que viene será audiovisual.

Foto: Martín Lucesole

Loreley Gaffoglio, 28 mayo 2017 / LA NACION


En burdeles de Bangkok, lejos del olor a pólvora y el repiqueteo de las balas, hubo un tiempo en que el joven corresponsal de guerra les prestaba el oído a veteranos colegas. Entre copas y desahogos vivenciales, esos tipos curtidos por la barbarie, marcados por el desarraigo y la soledad, eran hábiles periodistas de trincheras. Siempre urgidos por llegar primeros para contarle al mundo cómo muta la vida bajo el asedio, a aquellos viejos reporteros los años de guerras “los hacían envejecer muy mal”. Desorientados en tiempos de paz, la lucidez para interpretar el mundo en aguas serenas los hundía incluso en una suerte de vacío existencial.

Arturo Pérez-Reverte no quería terminar como ellos. Lo olfateó rápido, en esas tertulias de madrugada y cigarrillos entre historias de mil batallas: “El periodismo de guerra es bueno -dedujo- mientras uno sepa salirse a tiempo.” Igual que cuando se renuncia a un amor que jamás llegará a buen puerto. Los años y las revueltas armadas se sucedían y el avezado corresponsal -firma descollante del diario Pueblo y más tarde de la TVE-, no había urdido siquiera su retirada.

El reposo del guerrero, aquel que lo estrenó como novelista, sobrevino tras la guerra civil angoleña en los años 80: “Una enfermedad tropical, de las muchas que he tenido, aunque nunca una venérea”, se confiesa, lo mantuvo meses en Madrid lejos del ruedo. Para matar el tiempo, por placer y divertimento, se impuso escribir una novela. El húsar, el soldado imberbe de la caballería ligera, ávido por entrar en combate y repeler a las huestes napoleónicas, pasó sin pena ni gloria. Tras el golpe de Estado en Túnez en 1987, al reportero lo acechó otro ímpetu literario: nació, así, de un tirón, El maestro de esgrima, una suerte de reescritura de las novelas de Dumas.

Aunque sin ansias de fama -después de todo, era un periodista de fajina, un outsider de las letras-, su tercer libro, tal vez, sosegaría su inventiva. Pero con La tabla de Flandes, éxito descomunal en toda Europa, se fraguaba el Pérez-Reverte novelista.

“Soy un escritor accidental, nunca tuve vocación de ser escritor”, evoca este Athos de las letras, temido articulista y prolífico autor de 25 novelas imperecederas. El cartaginés exhibe los modos de un dandy. Conversa con paciencia de orfebre en un ámbito que desentona con sus recuerdos bélicos. Entre mármoles de arabescato, copas de cristal y una vista soberbia al Río de la Plata, el décimo piso del Hotel Alvear perfila, sin embargo, su presente como megaestrella literaria.

“Es un caballero, pero no es un caballero”, dirá el rey Arturo, al citar a la actriz Gloria Swanson en un film de los años treinta, Esta noche o nunca, sobre su último personaje, Falcó. Una descripción elíptica que también proyecta (o deforma) al audaz ex reportero de guerra, al novelista encumbrado, marino insomne y díscolo académico de la Lengua, que una semana más tarde firmará parado y estoico ejemplares de su obra hasta que las velas se apaguen en la Feria del libro.

Para saber quién es Pérez-Reverte y conocer sus vivencias en la guerra, ¿hay que leer El pintor de batallas?

Mi biografía está repartida en todas mis novelas, porque les presto a mis personajes la mirada que mi vida y mis lecturas me han dejado. Pero El pintor de batallas es una novela autobiográfica. Tiene un cinco por ciento de novelesco: todo lo que cuento, lo que ocurre, las circunstancias, y hasta la mirada del protagonista, son reales.

¿Por qué nunca volviste a abordar ese registro, entre filosófico y confesional, que para muchos es tu obra más deslumbrante?

No fue una novela feliz; pero era lo que necesitaba escribir. Durante un año y medio ajusté cuentas con mis recuerdos. Usé los que no eran agradables, casi como un ejercicio de reflexión personal. Todo ese álbum de fotos oscuras en 21 años de guerra pesaba demasiado y pensé que escribiendo sobre eso, ordenaría la memoria. Si Territorio comanche había sido un libro más lúdico, sobre cómo se vive en ese mundo, El pintor… fue algo mucho más duro y profundo que decía: “Mirad como se ve este mundo”. Esa gimnasia cumplió su cometido y a partir de allí mi vida como novelista cambió. Cerré una puerta y abrí otras. No hubo ni habrá otro libro igual. Escribo para pasarlo bien. Soy un escritor feliz, pero lo soy aún más cuando escribo las historias que quiero y que me faltan contar.

Esa novela contiene una de las escenas sexuales más magistrales de la literatura contemporánea ¿Es un desafío abordar ese terreno?

No, cada novela tiene su exigencia. En Hombres buenos el almirante lee literatura erótica y hay mucha delicadeza. En Falcó, el sexo es más brutal. En El pintor… esa escena en Venecia es intensa, porque su historia de amor lo es. Intento que lo erótico esté en sintonía con el contexto general del libro. Jamás me autocensuro, aunque puedo equivocarme. Y muchas veces dejo que el lector complete las escenas.

Olvido, el gran amor que acecha al protagonista, ¿existió?

Ya no recuerdo si existió o no. Tampoco importa: vida y literatura son una misma cosa.

¿Umberto Eco te marcó como novelista?

No, fue clave por otras razones. Él entendía a la literatura como yo. Cuando empecé a escribir se hacían novelas aburridas; la trama no importaba pero sí el estilo. En la Argentina hay mucho de eso, escritores que no tienen nada que decir. Esa literatura onanista, vaciada de ideas, que se mira al espejo. ¡Y a mí qué coño me importa! Estaba escribiendo La tabla de Flandes y al leer El nombre de la rosa tuve la certeza de que no estaba solo ni equivocado: Que hace falta haber leído mucho para poder escribir. Que el teatro griego, Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Montaigne, Stendhal, todo es un mismo lugar y que El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie es tan obra maestra como La marcha de Radetzky de Joseph Roth. Es como cuando luchas contra un temporal: estás mojado, llevas días sin dormir, tratando de no perderte y, de pronto, ves un puntito en el radar. Otro velero con las velas izadas, peleando como tú. Lo ves, le mandas un mensaje de radio y luego observas cómo se va perdiendo en el temporal hasta desaparecer. Ahí te dices: “No estoy solo”. Así me hizo sentir Eco. “No soy yo el raro, los raros son ellos.”

¿Cuál es el momento de mayor inseguridad al escribir?

Cuando voy por la mitad de la novela. Te pongo otro ejemplo del mar: trazas un rumbo hacia el cabo Spartivento, y de golpe todo se va al carajo: no te funciona la electrónica, sólo tienes la carta náutica, el piloto automático y el compás. Calculas el rumbo, pero llevas navegando un día y ya no sabes si vas bien o vas mal, pero ruegas haber hecho bien los cálculos. Pasa igual en la novela: en la mitad dejo de verla desde afuera y pierdo la conciencia de la calidad de mi trabajo. “Espero haber hecho bien los cálculos -me digo-, porque ya no puedo ver si voy bien o mal y tengo que seguir.” Ese es el momento de incertidumbre que, como todo, se sobrelleva con cojones.

Foto: Martín Lucesole

¿Nunca te hunde?

Es estresante, claro, pero a mí no me hunde nada. Si no lo hizo la guerra, me hundirán los años, pero no la vida.

¿Volverías a elegir esa vida?

Sin duda. La guerra es una forja estupenda para quien sobrevive a ella. Esos años con libros en la mochila me ayudaron a interpretar la guerra, a digerirla de una manera intelectualmente razonable. Les debo todo. Sin eso, no sería escritor ni sería nada. Pero la guerra también es útil y sirve mucho para la paz. Te inyecta realidad en dosis muy intensas y si tienes estómago y una buena constitución, la soportas. Ves lo peor y ves lo mejor. Gente solidaria que se sacrifica, que tiene fe, valor, dignidad, orgullo. La guerra tiene una parte horrible y una parte nutritiva para quien sabe o puede mirarla con lucidez. Pero si eres cirujano de casos extremos, abogada de mujeres violadas, bombero o policía, también te acercas al horror.

¿Te dejó traumas?

No visibles, al menos. Pero no todos logran sobrevivirla emocionalmente. Soy un tipo estable, duermo bien. Cuando los recuerdos se hacen demasiado presentes, cojo un libro o voy a navegar y todo se sitúa de nuevo en su sitio.

¿La imaginación no basta para escribir, hay que vivir primero?

Sí. Hice bien en priorizar eso. Yo quería ir a la guerra y navegar; ver cómo era eso. Siempre elegiría la experiencia. Escribir es secundario. Haber tenido una vida intensa te mantiene vivo como escritor. Muchos están muertos sin saber que lo están. Porque en la vida todo se agota. La ventaja es tener la mochila llena y seguir siendo lector, porque tus viejas lecturas se resignifican con tu biografía.

Foto: Martín Lucesole

¿La de los Balcanes fue tu guerra más atroz?

En todas vi lo peor. En El Salvador daba la vuelta por los basureros y contaba siete cadáveres de niños atados con alambre, quemados con cigarrillos. En el Líbano vi matar prisioneros. Pero los Balcanes fueron muy fatigosos: tres años de continua barbarie.

Nunca quedó claro si usaste armas.

Sólo una vez, por necesidad, en el 77, en Eritrea. No me gusta contarlo. Fue una derrota devastadora. Las fuerzas etíopes atacaron, hubo una matanza y había que huir hacia la frontera con Sudán. “Toma un arma y búscate la vida -me dijeron-. No podemos cuidar de ti”. Luchamos con un grupo para abrirnos paso hasta cruzar la frontera. No recuerdo si llegué a tirar. Sí que como iba armado, los sudaneses me confundieron con un mercenario y me encarcelaron una semana en Sudán. Además, tenía disentería; podría haber muerto. Si hay que ir al infierno, ya sé cómo es.

En tus novelas asoma cierta mirada indulgente hacia aquel que comete atrocidades.

No es eso. He visto a gente infame hacer cosas maravillosas y a amigos hacer canalladas. En Eritrea, durante los combates, me asignaron un soldado, Boldai, que me cuidaba cuando enfermé. Boldai atravesaba el fuego etíope para buscarme agua. Cuando su ejército tomó la ciudad, lo vi matar prisioneros y violar mujeres delante de mí. Sé cómo ellas gritan cuando las violan y cómo luego se resignan. Y ese tipo era mi amigo.

¿Cuál fue tu reacción?

Imagínate una ciudad ardiendo, llena de muertos, donde se remataban a los heridos y yo diciéndole al eritreo: “Oye, no, eso está mal”. ¿Qué podía hacer salvo negarme a participar? Ellos insistían. Muy pocas certezas sobreviven a eso. No puedes pedirme que vea el mundo como alguien que no ha estado allí. Tampoco se lo puedes pedir a un ex combatiente de Malvinas. Otra cosa que he aprendido es que el remordimiento es muy raro y es fugaz. Por higiene mental, siempre se encuentra un justificativo para no sufrir. Y al final todo el mundo -desde aquel que va borracho y atropella a un niño al que mata para robarte el reloj- encontrará un pretexto para alivianar esas cargas en la conciencia.

¿Cuáles son las tuyas?

No te las voy a contar a ti. Más que cosas malas en mi vida como reportero fueron las cosas que podría haber hecho y no hice. Son imágenes que me revisitan y que, como todos, también necesito justificar: tenía que transmitir, no era mi guerra, me hubieran matado. Las chicas violadas que gritaban en Eritrea, ¿qué iba a hacer? Por poco me matan a mí también. Pero los gritos siguen aquí [se toca la cabeza]. El niño herido que me miraba en Nicosia [Chipre] con el oso de peluche; el chico en Paso de Las Yeguas [Nicaragua] que me pedía ayuda cuando diez tíos de Somoza se lo llevaban y lo iban a matar; el perro en Beirut con la pata rota. ¿Pude hacer algo? Hasta yo mismo me busco coartadas morales. Imagínate ahora al hijo de puta de la ESMA. Ninguno tiene remordimientos. Todos dirán que hacían su deber y cumplían órdenes.

Un concepto muy revertiano, el hombre como ángel y bestia.

Nadie es ciento por ciento hijo de puta. Hasta el más miserable es capaz de un acto de grandeza, lo cual no lo excusa de ser un hijo de puta. Mira, en el año 78 viajé a la Antártida en un barco de la Armada, el Bahía Buen Suceso, hundido por los ingleses después de la guerra de Malvinas. Era un viaje científico a las bases argentinas y ahí conocí a varios oficiales jóvenes encantadores de la marina. Tipos elegantes, brillantes, divertidos y nos hicimos muy amigos. Me daban información, viajamos a varios sitios y cenábamos en la Costanera. Algunos fueron mis contactos durante la guerra de Malvinas. Años después, abro el periódico y reconozco sus fotos. El titular decía: “Detuvieron a los represores de la ESMA”. Eran Ricardo Cavallo, a quien conocía como Marcelo, y otros. Esto demuestra que no siempre identificas el mal cuando lo tienes cerca. Y eso que soy experto en detectar hijos de puta. A éstos ni los olí.

Foto: Martín Lucesole

¿Cómo fue tu experiencia en Malvinas?

Cubrí la guerra desde Buenos Aires, me quedé seis meses y una vez me llevaron en un Hércules a Puerto Argentino por el día. Mi experiencia no fue halagadora para la Argentina. Vi chicos desorientados en una guerra imposible de ganar. Recuerdo menos el hecho de haber estado en las islas aquel día que lo que sucedía aquí. Trasmitía cada noche para el diario Pueblo desde un Entel de la calle Florida y días antes del fin de la guerra venía por la calle y oí que en los bares todos gritaban goool. Mientras los chicos están muriendo -pensaba-, éstos celebran el gol de Maradona. Ese día comprendí que la Argentina iba a perder y que merecía perder. Siempre he procurado no tomar partido en las guerras, ya que todos los bandos tienen motivos para hacer lo que hacen. Pero en Malvinas sin querer lo tomé. Esos pilotos llamados Sánchez, Pérez, de bigotes, peinados para atrás, que iban con esos cojones contra la flota inglesa, eran italianos, españoles, eran mis primos, mis hermanos. No podía evitar tener esa proximidad psicológica con ellos. ¿Y si ganan? -pensaba-. Estos hijos de puta de la Junta Militar van a estar reforzados. Un día llamé exultante al diario: “Le hemos dado a la Invencible”, dije. “Le habrán dado, querrás decir”, me corrigió. Era mi guerra también, algo rarísimo. Al margen de que los ingleses me caen bastante mal.

¿Por qué dejaste El bar de Lola, tu espacio de debate los domingos en Twitter?

Porque me cansé de que un simple tuiteo se convirtiera en titular de prensa todos los lunes. Era ridículo que una cosa dicha en tono relajado se tradujera luego en Pérez Reverte insultó a una feminista. Mis lectores saben quién soy, no se guían por un tuit. Y para el que no entienda, que lea y aprenda. Era fatigoso tener que explicar cosas obvias. Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos, gente con ideología pero sin biblioteca, y pocos jerarquizan. Es el lector el que debe discernir e interpretar. Dan igual valor a una feminista de barricada que a un premio Nobel.

¿Tiene utilidad hacerse de enemigos?

Es inevitable. Sin querer vas haciéndolos, porque la vida significa tomar opciones. Pero el enemigo es útil. Es como el mar, que es muy hijo de puta. Saber que lo es, que está ahí esperando que cometas un error para acabar contigo, te da, como decía Conrad, una saludable incertidumbre. No te duermes nunca. Cuando navego solo, pongo el piloto automático y un despertador cada 15 minutos. Duermo en cubierta atento a los mercantes. El saber que estoy en peligro, me mantiene vivo. La vida es igual: saber que hay enemigos te ayuda a cuidarte más. A recordar que el mundo es un lugar peligroso y que debes estar alerta, adiestrado, listo para combatir.

¿No es extenuante?

No para un guerrero. El mundo se divide entre sacerdotes y guerreros: los que manipulan sin correr riesgos y los que los asumen. A mí me gusta pelear.

Las feministas te asedian.

Las más radicales, que como los fundamentalistas de cualquier tipo, son muy folclóricas. Es ahí cuando la estupidez me enfada. Si me hubieran leído, sabrían que en mis novelas las mujeres superan al hombre. El único tipo de mujer que me interesa, literaria o personalmente, es la mujer valiente. No es el amor ni el sexo lo que las perfila, sino la lealtad. Es gente a la que consideras un igual.

¿Fuiste un niño feliz?

Muy feliz. Crecí con la biblioteca de mis abuelos y de mi padre, con libertad, junto al Mediterráneo. Era una época en la que se podía correr sin peligro por el campo, ir a las montañas, a la playa. Andaba horas por los montes jugando a lo que había leído. Esa mezcla de libertad infantil y de lecturas -era muy imaginativo- fueron mi forma de comprender el mundo. Estudié con los hermanos maristas, pero casi todo lo aprendí en casa.

¿Quién te enseñó a navegar?

Mi tío era capitán de la marina mercante y desde muy pequeño mi padre, que era ingeniero, me llevaba a navegar. Trabajaba en una refinería de petróleo y se embarcaba hacia Arabia Saudita, Irak para comprobar la calidad del crudo en los pozos. Crecí entre cuentos de mar y ajedrez. Ya de chico no veía al mar como un límite, sino como un camino. Nunca me sentí tan bien como el día en que conseguí ser capitán de yate, el título máximo para un civil. Más que los libros que escribí, ése es mi mayor orgullo.

¿Qué tipo de travesías hacés?

Hace poco fui a Cerdeña y volví. Como no tengo jefes, me voy a Alicante y zarpo desde allí. Puede ser un par de días hasta un mes. Navego todo el año, con buen o mal tiempo, me da igual. El mar limpia la cabeza y allí todo deja de tener importancia: Rajoy, la capa de ozono, el fin del mundo. Sólo eres libre de verdad en ese desierto que es el mar.

¿Tenés hermanos?

Sí, un hermano y dos hermanas, soy el mayor. Nunca hablo de la retaguardia.

¿Por qué?

Porque, como decía un amigo: “Que los divierta su puta madre”.

¡Qué lástima! Tus novelas y relatos tuvieron 13 adaptaciones al cine y a la TV. ¿La literatura está condenada a migrar hacia la pantalla?

Sí. La narrativa, como la novelística, en una generación estarán muertas. Si fuera un joven escritor, con ambición literaria, escribiría guiones para series. El guión tiene el mismo valor literario que la novela, sólo que en él interviene más gente. Ya quisiéramos tener en literatura la misma calidad que hoy tienen muchas series. El mundo que viene es audiovisual. La letra impresa está condenada a desaparecer. Tardará más o menos. Pero no hay que dramatizar.

¿La alta cultura volverá a ser para una elite?

Creo que habrá una diferenciación clara: una cultura popular de masas, más mediocre, diluida, pasteurizada y otra de elite, de consumo personal, fragmentada en individuos. Una suerte de gueto de culto individual como en plan monacal: el individuo con su biblioteca, su música y sus consumos personales. La cultura tal y como la hemos entendido desde Homero hasta ahora, como mecanismo que tira de la sociedad, como referencia moral, intelectual y salvación del hombre, está condenada a muerte. Creo que trasmutará en una especie de híbrido, donde se mezclarán Borges con la telenovela mexicana; la Mona Lisa y la Venecia de turistas. Será una cultura sin jerarquización, donde para la gente tendrá igual importancia una selfie en la torre Eiffel que asistir a un concierto en la Ópera de Viena. La paradoja es que la cultura ha accedido a lugares impensados, pero todo ha debido devaluarse para tornarse accesible, con lo cual lo positivo de la cultura se pierde.

¿La salvación es entonces individual?

Sí. La salvación colectiva es imposible. Lo he visto, no es teoría. ¿Quiénes se salvan? Los más listos, más egoístas, hábiles y rápidos. Eso también lo aprendí en el mar: el primero que muere es el idiota. Y si el estúpido es el que promueve el nivel de salvación, estamos todos condenados. Hay que apartarse de él y buscar tu propia salida.

Como España, la Argentina tiene un pasado traumático no resuelto. ¿Es una entelequia aspirar a una historia más neutral para las próximas generaciones?

Eso se logra con cultura, entendiendo que todos tienen muertos en el armario. No hay que negarle al malo que hable. Si Hitler diera hoy una conferencia, habría que ir a oírlo. Pero hoy se confunde diálogo con apostolado, sin tener en cuenta de que todo sirve para comprender. En Sarajevo le pagué a un francotirador para que me dejara acompañarlo. Me contó por qué mataba y cómo elegía a sus víctimas. Si hubiera dicho a éste no lo saco en el telediario, habría renunciado a ese conocimiento. Nunca vas a convencer a un hijo de puta de que no lo sea, pero puedes entender por qué lo es y de esa forma evitar cruzarte con él.

Hoy eso no es políticamente correcto, aunque es la regla del periodismo.

Me da igual. Lo difícil es complejo, la gente no acepta las ambigüedades porque no es culta. He escuchado a asesinos, torturadores, criminales, y eso me ha enriquecido. Pero para eso hay que estar educado. Porque si te acercas sin nada, la vida te arrastra. Hay que ser alumnos continuos de la vida. Europa está acabada por esa carencia.

¿El islam es la otra amenaza?

El islam es una norma medieval incompatible con un mundo democrático moderno. Es anacrónico y su aplicación a un sistema democrático occidental basado en Platón, la Revolución Francesa, el feminismo y los derechos humanos, es incompatible con la libertad.

Cultura, inteligencia o belleza, ¿qué valorás más?

¿A qué edad? Varía, hay momentos para cada cosa. Puedes empezar por la belleza, seguir por la cultura y llegar a la inteligencia. Pero después de esa tercera etapa, vuelve la belleza. Es una belleza diferente, matizada por la cultura y la inteligencia, y eso la convierte en una belleza distinta. A mi edad busco la fusión de las tres en todas las cosas.

1951

Nace en Cartagena, España, el 25 de noviembre

1973

Licenciado en periodismo, ingresa como corresponsal de guerra en el diario Pueblo

1990

Publica La tabla de Flandes, se proyecta internacional-mente como novelista y cubre la revolución de Rumania y las guerras de Mozambique y del Golfo

1994

Tras 21 años como corresponsal y luego de cubrir durante tres años la guerra de los Balcanes, abandona la TVE y se dedica de lleno a la literatura

1996

Publica El capitán Alatriste, saga de siete novelas, traducida a 40 idiomas, cuyo primer volumen es adaptado al cine, protagonizado por Viggo Mortensen

1999

Roman Polanski lleva al cine El club Dumas, bajo el título La novena puerta

2003

Es nombrado miembro de la Academia Real Española y al año siguiente adapta el Quijote como lectura escolar

2016

Publica Falcó y funda el sitio cultural Zenda sobre libros y escritores

2017

La agencia EFE le concede el Premio Don Quijote de Periodismo

El futuro

En septiembre publicará su segunda novela sobre Falcó; se estrenará la segunda parte de La Reina del Sur, en formato de serie y el film Oro, basado en su relato de la conquista de América

Mexico: A Voice Against the Darkness. De Alma Guillermoprieto

Javier Valdez, Sinaloa, Mexico, May 23, 2013. Photo: Fernando Brito/AFP/Getty Images

Alma Guillermoprieto, 18 mayo 2017 / THE NEW YORK REVIEW OF BOOKS

Yet another journalist has been murdered in Mexico. It was the usual pattern: Javier Valdez, fifty, wrote a drug story, revealed too much information, said something someone did not want said, and was killed at noon on a busy street near his place of work. Six other journalists, none of them quite as prominent as Javier, have been killed in drug-infested cities since the year began, but because he was a friend of mine the details matter more to me this time. On reflection, I was grateful that, unlike many of the more than one hundred reporters killed in Mexico over the last quarter century, he was not abducted, tortured for hours or days, maimed, dismembered, hung lifeless from an overpass for all to see.

No doubt Valdez owed his comparatively charitable execution—he was merely pulled from his car and shot twelve times—to his prominence: he had received a Maria Moors Cabot award from Columbia University and the Courage Award from the Committee to Protect Journalists, published seven well-received books about the poisonous world he lived in, emerged as something of a hero for his younger colleagues, traveled, and talked endlessly about the fact that when a reporter was killed no one showed up at the protest marches except other journalists—no one seemed to think that it was important to have a free or unintimidated press. Since the vast majority of the reporters who have been murdered since the start of the drug wars work anonymously for tiny provincial papers, it has generally been assumed that someone like Javier Valdez would be safe. In fact, he survived for decades in the motherland of the drug trade, the northern state of Sinaloa. Why then was he finally not allowed to live?

Valdez grew up in one of the funkier barrios of Culiacán, the state capital of Sinaloa. Like most Mexican reporters, particularly in the provinces, he had clawed his way out of poverty and into a career. After graduating from a local university with a degree in sociology, he and Griselda, his new bride, found work as copy editors at a television station. This was thirty years ago, at the start of Sinaloa’s second drug boom, the one that transformed the state from a simple marijuana producer into a major intermediary in the world cocaine trade and, subsequently, the world’s second-largest heroin producer and exporter.

Javier was riveted by the story. Who wouldn’t be? Beyond Culiacán, entire campesino communities were going through ridiculous economic booms and then surviving an onslaught of violent, unfocused, useless government repression. Humble campesinos who barely knew how to sign their names were rising to legendary heights, and an entire folk culture—the narcocultura—was taking shape around them. It was a great story, and it was all about the barrios Javier had grown up in, the kids he had played with, the families and society whose destruction he was witnessing. Plus, the only way he knew to cure the hemorrhaging pain it caused him to see his homeland destroyed was to write about it. In 2003, having already made a name for himself as a reporter for news organizations in Sinaloa, he and a group of colleagues founded a newspaper in Culiacán, called it Riodoce, and gradually invented a kind of crime coverage radically different from provincial journals’ standard scandal-sheet news-of-the-moment.

Police guarding a gate to the attorney general’s office for organized crime soon after the arrival of Mexican drug lord Dámaso López Núñez, Mexico City, May 2, 2017. PHOTO: Rebecca Blackwell/AP Images

I met Javier five years later, on my first reporting trip to Culiacán. He swore like a lifer, had a rough face and a body like a Mexican bodyguard, paunchy and hard. When he smiled his face draped in folds. Understandably, he was paranoid for the first five minutes of any encounter with a stranger, but in my case he beamed and relaxed when I asked if he had thought of collecting his short weekly columns for Riodoce into a book. As it turned out, he already had, but his most representative writing was still a work in progress. He was just refining the style that would serve him well over the course of countless Riodoce columns and four more books; detectivesque, unafraid of clichés, and sentimental, his voice was new to Mexican journalism and ideally suited to a broad audience. And what that voice told was a revelation. Here is my lightly edited translation of the column that ran on the morning of the day he was killed:

His uncle couldn’t put up with him any more. He was the shame of the family. So he decided to check him into a rehab center. He called someone and the ‘flier’ came right away: a windowless van with seven youths who kicked and shoved him to the ground, tied his hands and arms, hauled him into the van and took him away.

When they arrived they hit him some more. Someone who seemed to be in charge strolled up. Well dressed, tall, deep-voiced. Everyone stopped when he approached, almost as if saluting him. Blackball, he said. And they all started the beating again. This time they split his head open and cut his back, cracked his collarbone. He lay there, flat on the ground. They gave him paracetamol and two days later they shouted get up, asshole. Speed it up, this isn’t a hotel.

They shook him, gave him some powder, and he came to. Come on, we have to pick up two other new ones in the flier. That’s what the Blackball was, and now it was his turn to inflict it on others. If not, they would apply it to him again.

He kicked and punched with the best of them and that’s how he managed to get invited to the parties. A superior level. Beer, grass and coke. Women were there for them too. They could dance and get high and then take them without asking for permission. There were other prizes waiting for him. He qualified for them with Blackballs. With yessirs to the boss, who was el licenciado [a Mexican honorific akin to the Italian dottore]. They taught him to become a criminal and smuggle drugs. His nickname was el demonio. When his uncle went to inquire about him they told him he was much better. But he didn’t get to see him. Where is he. Well, he went to buy food and ask for donations at stoplights. But he’s doing great, soon he’ll be completely recovered. His uncle left, glad for the news but not quite convinced: not getting to see him left a bitter taste in his mouth.

No one like him. The licenciado would say bring me el demonio and they would take him into the presence. He was good at hitting and following orders. El demonio would show up and slambang. The victim wouldn’t be able to move for days. A prize for him. He knew they’d give him any drug he wanted, and also the female interns in the next ward. He lost his way in the dark clouds of the underworld. He smiled and drooled. And that’s how they found him, sprawled on the floor, with his mouth full of gummy stuff. When they went to fetch him for another Blackball the licenciado said too bad. He was my favorite. And then he shouted, Blackball.

Over the years his sketches filled in a world no one else outside the life had access to or could put into words. Thanks to this one, for example, his readers might be able to understand why a few years ago gunmen systematically raided the rehab centers in Tijuana and other towns along the border, killing some inmates and taking others away. They could speculate whether el licenciado was El Licenciado, otherwise known as Dámaso López Núñez, the former lawyer to Joaquin (“Chapo”) Guzmán, now engaged in an increasingly bloody war with Guzmán’s sons for control of the Guzmán drug empire. For clueless reporters from outside the life, like myself, Javier was endlessly generous with contacts, anecdotes, sources, tips, invitations to dinner, but it felt like we were in kindergarten, while Javier was poking around in the graduate chemistry lab, trying to find the secret formula before the evil professor realized that someone had been tampering with the chromatograph.

“He was the most imperfect of men,” Griselda, his wife, said at the funeral. “But he had a heart as big as the universe.” He caroused too much, he drank too much, or maybe he drank just the right amount to survive the tension of negotiating what he could and couldn’t say about the deadly currents and shifting whirlpools of the Sinaloa drug world. His courage was always incomprehensible to me. Beginning in February he started to write frequently about El Licenciado, in sketches like the one above, and also parallel, deeply and anonymously sourced news stories for Riodoce and a Mexico City paper, La Jornada. The threats he was used to getting became more frequent and scary. On the day he was killed Javier had just come from a meeting with the Riodoce staff about his security situation; he should leave Sinaloa, at least for a while, everyone agreed. He was intercepted by gunmen on his way home.

Verdad, democracia y periodismo. De Antonio Cano

EL PAÍS comienza hoy una serie de contenidos especiales sobre la libertad de prensa para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: "¿Cuántos más?" y "Libertad de prensa".

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: “¿Cuántos más?” y “Libertad de prensa”. Kacper Pempel REUTERS

Antonio Cano, director de El País

Antonio Cano, 10 abril 2017 / EL PAIS

EL PAÍS publicará durante este mes una serie de contenidos especiales con motivo de la conferencia del Día Mudial de la Libertad de Prensa de la UNESCO. Voces que han visto amenazada su vida por el hecho de cumplir con su deber como reportero, personajes que han dedicado su vida a luchar por el derecho a informar, experiencias en primera persona, y relatos de profesionales que arriesgan todo por abrir una ventana al periodismo en algunos de los lugares más peligrosos del planeta formarán parte de las piezas que EL PAÍS ha preparado para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

La libertad de prensa está en peligro, y con ella, toda la arquitectura de libertades y derechos que conforman una democracia. Conocimos una época en la que la falta de libertad se identificaba, justamente, por el miedo a hablar. Hoy, casi en el extremo contrario, es el exceso de palabras, la verborrea desatada, lo que, en buena medida, se utiliza para negarle al ciudadano el acceso a la verdad.

Vivimos un tiempo de gran convulsión. Es muy compartida la impresión de que todo lo que teníamos por estable se derrumba de repente sin explicación: las costumbres, las prácticas, los valores que nos acompañaron durante décadas son cuestionados y algunos se ven al borde de la extinción. Los méritos que hasta hace poco nos orgullecían hoy se desprecian. Y lo más grave de todo: las instituciones que ayer creíamos sólidas como rocas parecen hoy, más que vulnerables, insostenibles.

La crisis de la prensa está marcada por dos grandes acontecimientos de las últimas dos décadas: la expansión de las nuevas tecnologías vinculadas a Internet y la crisis económica. Por un lado, las nuevas tecnologías ponen al alcance de los lectores nuevos dispositivos que le ganan a los periódicos en rapidez y versatilidad, y que parecen llamados a sustituirlos de forma inexorable. Al mismo tiempo, la crisis económica se refleja en los periódicos en una catastrófica caída de publicidad de la que nunca nos recuperamos y que ha acelerado el debilitamiento de las empresas periodísticas.

Esa misma crisis económica tuvo otros muchos efectos nocivos en la sociedad: la desmoralización ciudadana, la pérdida de confianza en las instituciones, la desesperación, la insolidaridad y el odio. Caldo de cultivo todo ello del populismo y la demagogia.

Se juntan, pues, los elementos de la tormenta perfecta: por un lado, una sociedad abonada para el autoritarismo, que se alimenta con la difusión de mentiras, rumores, consignas, calumnias… y, por el otro, una prensa muy débil para tratar de establecer los hechos y defender la verdad.

Como advierte Timothy Snyder: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.

En estas condiciones, hemos asistido al ascenso de figuras políticas, organizaciones o ideas que cuestionan el papel de la prensa, a la que con frecuencia descalifican como cómplice de las instituciones o como defensora de intereses espurios, para anular su capacidad de crítica. El método es sencillo y ha sido practicado en los últimos años en numerosos países: pongo en duda la honestidad y la legitimidad de un periódico, y a partir de ahí cualquier cosa que ese periódico diga sobre mí carecerá de credibilidad entre mis seguidores. Al mismo tiempo, eso me dará la oportunidad de establecer yo mismo los hechos, de crear mi propia verdad; ni siquiera necesito crear mi propio periódico –como antaño-, puedo crear mi propio universo ideológico a base de tuits.

Obviamente, el personaje más paradigmático en este papel es Donald Trump. Pero no es el único. Y, sobre todo, puede no ser el el último.

Trump asentó su éxito en el desprestigio de lo que llama la prensa del sistema liberal dominante, es decir los grandes periódicos que sirvieron para que Estados Unidos fuera una gran democracia: The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times… Trump sabía desde el principio que sus propuestas insensatas y su ideología xenófoba y populista serían seriamente censuradas por los principales periódicos y necesitaba crearse mecanismos “alternativos” con los que difundir sus soflamas y calumnias. Se apoyó en algunos periódicos digitales –eso que en España llamamos confidenciales- y en las redes sociales. Y se ocupó de anular la influencia de los grandes periódicos con insultos y desprecios a sus editoriales y a sus periodistas. Tuvo éxito, triunfó. Y hoy nuestros colegas norteamericanos, por mucho que cueste imaginarlo, ven seriamente en peligro la libertad de prensa en Estados Unidos.

Con métodos más drásticos, lo que intenta Trump en EE UU, lo hizo antes Chávez en Venezuela o Putin en Rusia. De una u otra forma toda la actual ola de populismo y ultranacionalismo en Europa, de cualquier signo ideológico, está basada en el desprestigio de la Prensa y en la creación de supuestos medios alternativos.

Comprendo que la palabra suena bien: alternativo. Yo también siento atracción inmediata por algo que se presenta como alternativo. Solo conviene comprobar si realmente lo es.

¿Son los confidenciales alternativos a la Prensa tradicional por su tecnología? Desde luego que no. Las grandes cabeceras son hoy también los primeros periódicos en Internet. The New York Times, The Washington Post, The Guardian son también los mayores periódicos digitales del mundo, y EL PAÍS es el primer periódico mundial en español.

¿Son los periódicos nativos digitales distintos a los tradicionales en su forma de financiación? En su mayoría tampoco. Casi todos recurren a la publicidad para su sostenimiento y, frecuentemente, con relaciones mucho menos transparentes que las que tienen los periódicos tradicionales. En los pocos casos en los que esa financiación se limita a donaciones, se está aceptando un papel secundario de los medios de comunicación y se está renunciando a lo que considero un principio indiscutible en los medios de comunicación: que solo empresas periodísticas robustas son capaces de garantizar la independencia de los periódicos y de los periodistas.

La gran diferencia entre los confidenciales y los periódicos tradicionales es, en realidad, su profesionalidad. Mientras los segundos, los periódicos, nos sentimos obligados a cumplir las exigencias y los límites, las normas deontológicas de nuestros oficio, los primeros, los confidenciales, no tienen escrúpulos en exagerar, mentir o distorsionar para satisfacer sus objetivos comerciales, a veces disfrazados de objetivos ideológicos o causas sociales.

De nuevo, algunas palabras engañan: la supuesta defensa de una causa esconde a veces la simple manipulación. Los buenos periódicos no pueden tener más causa que la de contribuir a que sus lectores estén bien informados, honestamente informados, con el objeto de que pueden defenderse de los poderosos y sean libres para tomar sus propias decisiones. Los periódicos justicieros, ni hacen justicia ni son periódicos.

La manipulación, el rumor, el insulto son instrumentos para estimular el odio, crear adeptos y, por tanto, impedir la libertad. Los hechos son los hechos, tanto si nos benefician como si nos perjudican, y la mentira es la mentira, aunque se llame postverdad, y la postverdad “es el prefascismo”. “Los fascistas”, cito de nuevo a Snyder, “despreciaban las pequeñas verdades de la experiencia cotidiana, adoraban todas las consignas que resonaran como una nueva religión y preferían los mitos creativos antes que la historia o el periodismo. Los fascistas también utilizaron los nuevos medios de comunicación, que en aquella época era la radio, para crear un son de tambores de propaganda que despertaba los sentimientos de la gente antes de que tuviera tiempo de establecer los hechos. Y ahora, igual que entonces, mucha gente ha confundido la fe en un líder con la verdad sobre el mundo en que vivimos todos”.

En España algunos también tratan de que las emociones dominen sobre los hechos. Con constantes apelaciones al estado de ánimo de lo que llaman “la gente”, se pretende que lo que se cree sea más importante que lo que se conoce. Este desprecio al conocimiento va unido al desprecio a la verdad y al enaltecimiento del espectáculo. Existe una página web en nuestro país que invita a inventarse las noticias y pone a disposición del cliente los instrumentos para crear una noticia falsa que parezca cierta, con el único propósito, dicen, de hacer una broma.

No es una broma. El sometimiento constante de los ciudadanos a noticias falsas, a informaciones corrompidas, está dificultando nuestra convivencia y destruyendo nuestra democracia.

No digo que los periódicos tradicionales seamos perfectos. Lo cierto es que estamos lejos de serlo. Pero basta medir la virulencia que los demagogos utilizan contra nosotros para entender hasta qué punto los periódicos seguimos siendo un baluarte contra el totalitarismo. Y precisamente porque la amenaza de ese totalitarismo es hoy mayor –miren a Polonia, a Hungría, pero también al Reino Unido o a Francia-, la libertad de prensa es más necesaria que nunca.

Adaptación del discurso pronunciado por Antonio Caño, director de EL PAÍS, en la apertura de la jornada La Verdad y la Libertad de Información, celebrada en el marco del Máster en gobernanza y derechos humanos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Las medicinas perdidas, Gustavito, implantar pruebas y los medios. De Ricardo Chacón

ric chaconRicardo Chacón, 5 marzo 2017 / EDH

Hace exactamente 11 años, 4 meses y 18 días se publicó en este mismo espacio el extravío de una caja de medicinas en las aduanas. Comentaba en ese entonces, que la pérdida, entre miles que hay en aduanas, no nos debería quitar el sueño, como tampoco que exista un error… lo que nos parece extraño y fuera de toda lógica es que se pierda un lote de medicinas para enfermos de leucemia, con un valor de más de 378 mil dólares, donada por una organización internacional, y que las autoridades modificaran diariamente su discurso en torno al hecho.

diario hoyAntes de encontrarse el lote de medicinas extraviadas, porque se encontró en un anexo de aduanas, se dijo que el paquete fue quemado, que no estaba identificado, incluso que habría sanción para tres empleados. Las diversas versiones nos hicieron pensar que existía desorden, hubo un error o ambas o simplemente existía la intención y el objetivo de robarse el cuantioso lote de medicinas.

Lo menos que se esperaba en este caso es que la dirección de esta instancia de servicio público esclareciera los hechos y, sobre todo, se tomara acción correctiva. No pasó nada, como tampoco pasa nada en la actualidad y las cosas siguen igual de caóticas, pero nadie, absolutamente nadie, se responsabiliza de los problemas, mucho menos hay sanciones.

Lo mismo sucede en estos días con la muerte de un hipopótamo del zoológico, al menos hay cuatro versiones oficiales sobre los hechos; por supuesto, a nadie se responsabiliza y menos hay sanciones. Otro ejemplo, este es muy grave, tiene que ver con la detención de un joven de una colonia en Ilopango, que al parecer los agentes le implantaron droga para apresarlo… ni la policía ni la inspectoría ni los Derechos Humanos han dado una respuesta sobre este caso, mucho menos hay sanciones.

Más allá de estos ejemplos, lo que me parece mucho más importante destacar son otras cuestiones, por ejemplo, el papel de los medios de comunicación. De no haberse dado publicidad, y en demasía, poco o nada se hubiese hecho; estoy casi seguro de que la caja de medicinas no hubiese aparecido, la muerte de Gustavito fue un hecho vandálico, y no existió la barbarie de implantar pruebas a un joven.

Esto nos lleva a dos cuestiones: por un lado, el papel de denuncia que cumplen los medios de comunicación, y por otro, la labor no puede quedarse en la denuncia sino que debe brindar los elementos para juzgar los hechos y tratar de llegar al fondo de las cuestiones.

De fondo, y esta es una de las discusiones sobre el tema, y tiene que ver con el papel de la investigación en los medios de comunicación; nadie niega esta dimensión, sin embargo, cómo y qué características debe tener sí es discutible.

Para unos, basta que tenga una dimensión de denuncia para que valga; es válido pero creo se queda corto, debe de trascender y buscar no solo el fondo de las cosas, sino brindar a la población los elementos para que pueda interpretar de mejor manera lo sucedido.

La denuncia es importante, sumamente importante, sin embargo, es todavía mucho más relevante el cuestionar lo que sucede en Aduanas, en Secultura o en la PNC… y más aún plantear con claridad qué tipo de gestión pública se realiza en esas instituciones.

Desde otra perspectiva, y aquí entramos a la diferenciación entre periodismo informativo – investigativo y el periodismo de opinión, montado sobre la investigación que cuestiona, incluso pedir la cabeza de los jefes de estas instituciones como una exigencia de la misma sociedad.

Profundicemos un par de cuestiones; ¿el periodismo, y los periodistas pueden o deben juzgar la realidad o simplemente contarla?… claramente, ambas; sin embargo, bajo ciertos criterios, teniendo de base una sólida base ética, siguiendo las reglas del juego, donde los hechos tienen que ser sustentados, vistos desde varios ángulos y dejando de lado los “particularismos”, sean estos individuales o de grupo.

Esta visión deja de lado aquellas concepciones del “purismo” periodístico montado en conceptos del objetivismo puro de corte positivo, donde los periodistas, supuestamente, se pueden aislar de la realidad y “contar con pureza los hechos”.

Ojo, no se trata de caer en los subjetivismos propios de las visiones individualistas, donde la opinión particular se impone… no, se trata de juzgar la realidad, dejando claramente sentado desde dónde se hace, bajo qué criterios se realiza y sobre todo, abierto al debate, a la discusión, al diálogo.

Tal como nos decía un profesor hace unos años, hemos de dejar de ser un trabajo informativo donde únicamente se “cuelgan los hechos noticiosos” como si fuera ropa lavada y entrar a la dimensión del análisis, el juzgamiento… no es fácil hacerlo, lo sé, pero si no damos el paso, nunca avanzaremos.

Un debate sobre ¿Quién mató el periodismo? Entre Marga Zambrana y Alberto Arce

Dos puntos de vista. No coinciden en nada. Excepto en un punto: El periodismo está muerto. Pelean sobre quién lo mató. En cambio, yo no estoy de acuerdo con el ¨nico punto donde ellos coinciden. Esto que “el periodismo está muerto”, es una frase ligera, tonta y arrogante. Pero por lo demás, el debate es interesante.

Paolo Luers

 

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MARGA ZAMBRANA. Ha cubierto Europa, Asia y Medio Oriente para medios como Associated Press y The Guardian

MARGA ZAMBRANA. Ha cubierto Europa, Asia y Medio Oriente para medios como Associated Press y The Guardian

Marga Zambrana, 15 diciembre 2016 / LETRAS LIBRES

No sé cómo no se dio cuenta. Fueron los pijos. También las noticias gratis en la red, los ajustes en las redacciones, la corrupción del sindicato, la indecencia de los directivos con abultados sueldos, la ambición de la selfie, la banalidad. El creer que la posteridad es arriesgar la vida por poner tu nombre en un artículo.

Cihangir es un barrio gentrificado de Estambul donde los hipsters turcos vienen a hacer la tournée du grand duc. Son tan pretenciosos que incluso hay una comedia televisiva dedicada a ellos. Hay coctelerías muy caras que dan caché al dolce far niente. Los corresponsales de Cihangir ignoran que viven en esa comedia. Tuitean lo que sucede en el frente de Siria desde aquí, a mil doscientos kilómetros de distancia. Tenemos a una joven que acaba de aterrizar de Londres, posa en Instagram desde una de las terrazas afrancesadas del barrio, laptop en la mesa, daiquiri en mano. Informa sobre la trágica situación en Siria. Agencieros anónimos hacen el trabajo, ella pone el nombre. También se toma selfies en las clases de yoga, como debería hacer cualquier periodista con credibilidad hoy en día. Acaba de convertirse en una experta en Siria porque está en todos los grupos de WhatsApp con fuentes sirias en los que estamos todos, como unos cien periodistas de aquí a Londres. Sin pisar Siria. En Twitter es tan compasiva que comparte todas las fotos de niños abrasados y descuartizados en Alepo. Indignación. Ya ha salido por la tele, y ha hecho un live en Facebook, con la experta de plantilla, cuarenta años de experiencia, que aparece resignada desde Washington junto a la colegiala.

screen-shot-2016-12-26-at-10-32-23-amHa tuiteado que su turco es tan precario que en lugar de un pincho moruno le han traído un pescado a domicilio. Y a todo el mundo le encanta y lo retuitea. En serio les encanta. Es muy gracioso y cercano que no hable la lengua local. Porque ya da igual hablar turco o árabe. Basta con publicar la foto del pescado mustio que demuestra que estás en el lugar de los hechos. A los activistas y expertos de ese lado del conflicto les encanta, porque cualquier cosa que le filtran alcanza a sus veinticinco mil seguidores en cuestión de segundos. Ella sabe que así puede ser la próxima Christiane Amanpour: está en el lado de la verdad, de los buenos. Al fin y al cabo, todos dependemos de nuestras fuentes en este lado del conflicto.

Sabiendo lo que su diario paga por artículo, difícil es explicar cómo sobrevive. Ni ella ni los centenares de periodistas extranjeros que viven en Cihangir y en el resto de la caótica y superpoblada Estambul. Tampoco se explica en Beirut o en Erbil, aún más caros, y desde donde se cubren estos horrores de Medio Oriente que ahora vuelven a ser portada.

En cuatro años aquí, yo tampoco me lo explico. Nadie cobra un salario. Tengo un colega que ha hecho un video al año desde 2012, pero hay noches que se taja con veinte cervezas que cuestan cinco euros cada una, por las tasas islamistas de Erdogan. Por lo menos habla turco. Todos sospechamos que lo mantiene la familia, su padre es periodista y tiene un salario de los de antes en América. Los sirios conspiranoicos con los que trabajamos creen que es un espía, que podría ser, porque hoy en día los servicios secretos también dependen de freelancers mal pagados, así está la política regional. Pretender ser un espía es una salida digna, el James Bond de Arabia. Algunos lo dejan caer en los grupos secretos de Facebook donde mil periodistas comparten la misma información. “Sé lo que pasó, envíame un privado.” De hecho, la censura o la deportación son motivo de gloria: al menos alguien lee lo que escribimos. Tengo colegas que repiten en cada reunión la única detención o interrogatorio que han sufrido en años, como si eso no fuera parte del oficio. Ante acusaciones de espionaje hay que responder con silencioso cabeceo, mirada perdida, cerveza en mano, manteniendo el misterio.

Otra jovenzuela recién licenciada ha empezado a publicar por fin en algún medio serio, después de un año subiendo fotos de gatos de Cihangir en Instagram. Nadie sabe bien cómo lo ha conseguido. Dice que es experta en refugiados, todos sabemos que no tiene ni idea, pero publica. Con dos artículos al año en Newsweek nadie sobrevive en Estambul. Tiene un flequillo oxigenado y se hace selfies en Lesbos con la mandíbula alta. Está feliz de ser testigo directo de la historia. Y está dispuesta a pagar el precio. Una habitación en apartamento compartido en Cihangir cuesta unos quinientos euros. El tour operator del horror desde una distancia segura. Son tan convincentes que mi familia y amigos creen que estoy cubriendo guerras en Estambul.

Una agencia internacional contrató hace unos años a una chica, no tenía experiencia, de hecho había un candidato mejor preparado que ella, pero tenía familia, hijos. El jefe de personal preguntó si era pija, si podían pagarle la mitad. La respuesta fue sí, su familia le había comprado un apartamento en el Bósforo, ahorro de alquiler. Durante varios años fue incapaz de hacer el trabajo que constaba en su contrato. Pero era barata y pensaba que la agencia le iba a dar nombre. Se fue ofendida a mostrar sus talentos en la pantalla. Al sustituto no van a pagarle más, aunque sea un profesional. La otra se vendió por nada. Nada es ahora el precio. Todo lo que internet ofrece gratis ha dejado de ser negocio: la música, el cine y el periodismo.

Llegaron como Erasmus en una rave party. Cubrían en la frontera, cuando aún era barata y se podía entrar a Siria con las facciones que entonces eran prodemocráticas y hoy son salafistas, los buenos. Se habían fogueado en Libia, aprendiendo a diferenciar un ataque con lacrimógeno de un tiroteo. Algunos iban al frente en sandalias, otros pedían dinero prestado o hacían fotos de bodas para cubrir los gastos. Otra opción es acostarse con el traductor tras una noche a lo Liza Minnelli en el cabaret de Antioquía, te ahorras una pasta. A mí me enseñaron que eso no es muy profesional, pero así se hace periodismo hoy en día: tu amante te traduce al jefe local de Al Qaeda y explicas en tu blog qué ovarios tienes al quitarte el hiyab en sus narices y zamparte un helado. Salvaje. Así puedes acabar publicando en el Times, aunque nunca entendimos muy bien cuál era el mensaje del entrevistado.

Qué decir de los degollados. No se esperaban la fama que iban a lograr. Claro que eran valientes y comprometidos, enviaban buen material, están en nuestros corazones. Pero compraban sus noticias porque eran baratos, ya estaban allí, no había que pagar gastos de viaje, ni seguro ni pensiones. No pagaron los doscientos o trescientos euros diarios que cuesta un traductor o una facción que te proteja en el frente. Salía más rentable venderlos a los ninjas. ¿Qué periodista cobra eso hoy en día? ¿Y quién se acuerda hoy de ellos? Dígame dos nombres y me trepo el minarete de la Mezquita Azul. Murieron de precariedad. Calculemos los rescates que se han pagado por los supervivientes y lo que costaría invertir en seguridad y periodismo de calidad.

Antes las guerras se cubrían con medios, por eso Hemingway se tajaba a gastos pagados desde Saigón a La Habana. Hoy nadie recuerda sus coberturas, pero su apellido da nombre a muchos cocteles. Nadie secuestra a periodistas cuyas empresas pagan por su seguridad. Hace años que nuestros editores no nos dejan entrar en Siria, por si nos pasa algo. De hecho, si no hacemos un cursillo de seguridad que financia una ong para periodistas pobres no nos dejan ni acercarnos a la frontera, lo exigen las aseguradoras. Así que todos vivimos de lo que los activistas publican en Twitter desde Alepo, sin poder confirmar nada. Vivimos de mentiras delirantes y de gente que hace negocio con la guerra. Qué se puede esperar después de casi seis años de guerra, ¿hippies? Se han invertido miles de millones en la propaganda que nos ofrecen nuestras fuentes: activistas, expertos y consultores. Somos más fáciles de manipular que nunca. Te aferras a las víctimas, los muertos no pueden mentir.

Un profesional sólido con conocimiento, entrenamiento militar y varios idiomas puede exigir. Pero ahora basta con varias selfies y un periscope. Cuatro mil seguidores de golpe. ¿Cómo se cobra eso? Recuerde aquella encuesta del milenio: los jóvenes quieren ser periodistas por fama, por dinero o por vocación. Sigue siendo así, es ridículo. Algunas familias lo pueden financiar, por un tiempo. Hasta que preguntan a sus retoños si se van a dedicar a algo serio en la vida.

Desde hace más de quince años, he visto cómo algunos becarios en Pekín acababan su asignación: iban al despacho de la jefa de delegación y le pedían garantía para un visado en el país a cambio de trabajar gratis. Ella estaba feliz, gente trabajando gratis, genial. Yo les decía que eso no era ético, que había gente que vivía de esta profesión y tenía hijos. Pero pensaban que era una sindicalista chiflada a la que había que evitar.

Yo llevaba años huyendo de eso, por eso me fui a China. Pensé que nadie estaría tan desesperado para aprender una lengua infernal. Pero no. En cuanto China se convirtió en “la historia” empezamos a recibir oleadas de sobrinos y de diletantes. Más Hemingways, más Amanpours. Preguntaban cómo se deletreaba Hu Jintao y si Hu era el nombre o el apellido. Algunos colegas también usaban de traductoras gratuitas a sus novias chinas en Pekín. De hecho, China se puede cubrir perfectamente desde una playa de Phuket, y a algunos les fue muy bien así.

Los becarios inteligentes de entonces ya no hacen periodismo. Se dedican a oficios serios bien remunerados. Los vocacionales siguen trabajando, no siempre en esto. Un amigo al que décadas en el frente le han dejado la sonrisa mellada me confiesa que se puede pagar vacaciones porque filma anuncios para empresas y para oenegés. Es un artista, no todos tienen su talento.

 

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Alberto Arce. Ha reporteado para Associated Press y The New York Times.

Alberto Arce, 25 diciembre 2016 / HORIZONTAL

Hace poco recibí por Facebook, de un amigo periodista español, un categórico-texto-de-título-categórico recientemente publicado en Letras Libres, en cuyo título se espetaba en una frase, gran ejercicio de síntesis, dos resoluciones jactanciosas: “Los amateurs acabaron con el periodismo”. Me inflamó el carácter, ya de por sí, tendente a un punto luctuoso en todo lo que tenga que ver con esta industria que tan mal gestiona la decadencia.

Que el periodismo está muerto es algo con lo que puedo estar de acuerdo. Que lo mataron los amateurs es muy cuestionable. Primera crítica: definan amateurs, como si alguna categoría fuera hoy inmóvil, estanca, perenne. Recuerden que la realidad es siempre multidimensional y de capas cada vez más permeables. Segunda: volcarse de manera más o menos ocurrente sobre un conjunto de lugares comunes baratos, acomodaticios, de aplauso fácil y ejemplo grotesco es puro ruido. Que, como todo ruido, ahoga la melodía. Y que, además, no lo hace de manera neutral. Vierte la culpa sobre el eslabón precario de la cadena. Y eso es Infame. En la maquila, viene a decir el texto, la culpa es de la ensambladora del final de la fila, que no quiere trabajar, que no sigue el ritmo en el turno o solo está allí porque no tiene nada mejor que hacer. Qué fácil. Qué falso.

Ejemplo de la vida diaria: si ningún medio apostara por contar todo lo que está rodeando la reelección presidencial en Honduras y yo saliera a hacerlo a fondo perdido porque puedo, quiero y creo que es mi obligación, ese comportamiento caería dentro de la categoría amateur y estaría matando el periodismo al no exigir el justo precio. Digamos que un reportaje así, billete de avión, alojamiento, comida transporte y salario incluidos, podría costar 2500 dólares, una cantidad de dinero que difícilmente nadie querría pagar por un reportaje sobre ese tema. Podría llegar a venderlo en el mejor escenario por la mitad o menos. Ergo, no es racional y no se hace; y si lo hago, estoy matando el periodismo porque soy un pijo, un amateur o, peor, alguien sin criterio dispuesto a morir por un byline. Esa es una visión muy reduccionista. Sería como describir una ola que rompe llegando a la playa sin tener en cuenta la fuerza de la marejada que la empuja.

Implicaría omitir algo mucho más grave: que ningún medio de comunicación habría considerado previamente que esa cobertura, la de Honduras y su reelección presidencial, podría competir en el compost de Facebook frente a, digamos, una nota sobre cuáles son los días festivos en México para 2017, que seguro tendrá diez veces más clics –asumamos que eso equivale a lectores– que la nota sobre lo que sucede en Honduras. Una nota que costaría, además, el tiempo de trabajo de un redactor junior, que, por muy lento que se mueva, no tardaría más de una hora en hacerlo. Con un salario saliéndose por arriba del precio de mercado, tenemos diez veces más clics por 40 dólares.

La respuesta de la industria es evidente: dame clics. Y esos clics los genera casi cualquiera haciendo casi cualquier cosa.

Y permitiría al mismo tiempo defender la tesis contraria, la que a muchos nos convence: que la unidad de éxito y medida que se usa hoy en la profesión, digitalizada y subsumida a las redes sociales, es directamente proporcional a la velocidad del deceso de la profesión. Que a medida que el criterio por el que se valora la pertinencia de una cobertura periodística se aleja del concepto de servicio público y control del ejercicio del poder por parte de los poderosos, el producto periodístico pierde valor, por más clickbait y racionalidad económica que genere e implique, y cada vez menos gente estará dispuesta a pagar por consumirlo. Que esa, y no otra, es la razón de la muerte del periodismo. El tiro de gracia es ese y no otro. Y el gatillo no lo aprietan los amateurs. Lo aprietan, apuntando, con tiempo e información más que suficiente para saber a qué disparan, los jefes de todo esto. Los editores, los propietarios de los medios.

La Condesa es una colonia de Ciudad de México. Está en el país de los treinta mil desaparecidos y la guerra abierta contra el narcotráfico, la esclavitud en el campo, la explotación laboral y la corrupción generalizada, el problema indígena o los miles de refugiados centroamericanos. La Condesa es el lugar donde los alquileres cuestan más que en Madrid o Barcelona. Donde las terrazas ofrecen cócteles y esa clase global –hipster, la llaman hace unos año– pulula en patineta, bici sin frenos y grandes auriculares conectados a Spotify escuchando la misma música que en Brooklyn o el Borne. Donde es razonable caminar a las tres de la mañana sin que nadie te ponga una pistola para asaltarte y donde los niños –los míos también, qué importante es incluirnos en el escupitajo antes de escupir a los demás– juegan felices en los parques.

La Condesa y, por extensión, su vecina colonia Roma –las casitas del barrio alto, si nos ponemos clásicos– son esos lugares desde donde todos los corresponsales extranjeros que cubren México y América Central nos cuentan la región. Desde donde los editores de los medios más importantes del mundo toman decisiones estratégicas con las que conferenciarse a sí mismos una y otra vez allende los mares en un tiempo de reformulación del modelo de negocio.

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Con ideas como que revolucionan su compromiso con la audiencia de la región rompiéndolo con un Facebook live sobre el problema del tráfico en la ciudad y asuntos de gravedad meridiana como si se llega antes en bici o en Uber a determinado lugar. O presentando sus nuevas oficinas reformadas. (Sí, literal.) O definiendo México según su punto de vista. Que puede rayar en el delirio autoreferencial.

¿Facebook live? Sí, pero ¿para qué? En la colonia Narvarte de la Ciudad de México hay un restaurante especializado en barbacoa: El Pinche Gringo. Los jóvenes demócratas (entiéndase, los expatriados partidarios del partido demócrata residentes en México) se citaban allí durante la campaña electoral para la presidencia de Estados Unidos. Recuerdo troncharme de risa, durante uno de los debates de campaña, mientras un editor hacía un Facebook live al tiempo que trataba de evitar al personal de otros diarios, canales de televisión y agencias, varias, que coincidían en el restaurante el mismo día a la misma hora haciéndole las mismas preguntas a las mismas personas. ¿Contando qué? Cómo se ve desde México la elección presidencial en Estados Unidos. ¿Es ese restaurante de expatriados repleto de periodistas el lugar desde el que alguien sensato podría aspirar a saber como se ven las elecciones de Estados Unidos desde México? ¿Cuestiona alguien que casi todos los medios contaran exactamente lo mismo?.

¿Alguien estaría dispuesto a pagar por eso? ¿Mata eso el periodismo? Decisiones como esa, que son, según mi punto de vista, las que realmente están matando el periodismo, no las toman los amateurs. Las toman los jefes de todo esto. Los dueños de todo esto.

El ejemplo puede llevarse hasta lo grotesco en cada momento y lugar. Que sea representativo es otra cosa.

La situación de cualquier industria la definen el contexto económico y los que toman las decisiones, no los que las sufren o las corean desde posiciones diversas. Cuando tenemos en la Ciudad de México cuatro o cinco o seis o siete medios internacionales con corresponsales y editores a tiempo completo de los de “yo en París era proleta y aquí soy diplomático”, de los de mudanza, alquiler pagado, Uber en la puerta, sueldo en dólares y euros en un país cuya moneda se ha devaluado un cuarenta por ciento en un par de años y la industria, de repente, entra en crisis, no toca preguntar si alguien desde una esquina remota de San Pedro Sula o Tamaulipas ha enviado un texto por menos de lo que cuesta producirlo o ha viajado con apoyo de una ONG.

Mal periodista es quien no sabe hacer preguntas. No es esa la pregunta. No seamos miserables. Toca preguntar en torno a quién terminó con el periodismo y dónde se quedó la porción grande del queso.

Toca preguntar si alguno de esos editores, corresponsales, jefes de oficina, personas que toman decisiones que ganan en un mes lo que siete periodistas mexicanos, han pisado alguna vez las calles de Tegucigalpa, Ciudad Victoria o Managua. En caso de que las hayan pisado. Si han salido mucho más allá del radio del wifi del Intercontinental de esas ciudades O si han estado una semana de su vida en una comunidad de la Alta Verapaz guatemalteca durmiendo en una cabaña de madera sin agua ni luz haciendo de aquello por lo que les pagan, de corresponsales. Como toca preguntar cuántos podrían mantener una conversación con una señora que venda tortillas en la calle en un suburbio de Guatemala sin que su fixer, al que le pagan al día el doble de lo que le pagan a un freelance local por un reportaje, se la tradujese. Porque ni siquiera entienden el idioma. Pese a su vida cuasi diplomática. Como toca preguntar cuántos corresponsales en Jerusalén de los de doble página en domingo y seguro médico completo han dormido una noche bajo los bombardeos en Homs o avanzado con una unidad rebelde por una trinchera tras una noche interrumpida al alba y sin un café que echarse al dolor de cabeza.

Y toca preguntarlo porque son los que muchas veces nos lo cuentan y terminan por la manera en la que lo hacen, desde lejos, con superioridad y prejuicios respondiendo a agendas propias, de carrera y medre y no su empleo ni al servicio público. Analizarán estos muy bien. Serán de verso florido y titular rimbombante, fluido, fértil. Tendrán buena relación con el poder, etiqueta y tarjeta de esa que te pone al ministro al teléfono en lo que te fumas un cigarro. Pero calle, lo que se dice calle –la de barro y frío, que no narre con superioridad vidas que no conocen porque no las viven- dejaron de verla el día que ascendieron. Y en su gestión de los recursos decrecientes son ellos quienes deciden terminar con el reporterismo, que ya no queden corresponsales, ergo matar el periodismo. Los que en su lugar nos dejan esta arena en la que solo quedan gestores del declive con agenda de supervivencia en redacciones que se parecen cada vez más a un prolongado juego de la silla donde se cae quien pierde la política, no quien se separa de la calle que debería contar.

Toca preguntar quién mató el periodismo a quienes tienen medios para hacer periodismo y no lo hacen. A nadie más. Porque han decidido apostar por el clickbait barato en un medio profesional en el que las apuestas novedosas y los grandes lanzamientos pasan, por ejemplo, por el reciclado de contenidos de primera clase adaptado a un nuevo público que espera en clase turista que un par de días después la clase ejecutiva le suelte las sobras. Que ha optado, en definitiva, apostar por no gastar (en nada que no sean sus privilegios, inmaculados) y a base de inundar las pantallas de posts para Facebook, girar por el mundo cual gurús salvando el periodismo cuando en realidad lo están matando.

Lo paradójico del periodismo es que puede auparse a la gloria quien lo mata. Y aparecer como responsable del asesinato cometido por otros, quien sigue reporteando contra viento y marea. El periodismo lo mataron el día que mataron el reporterismo por caro y lento. Y eso no lo mataron más que los de las opciones sobre acciones, el cuidado de los beneficios para los inversores, los gestores del derroche y el exceso anteriores y los recortes subsecuentes. Los reporteros, profesionales y freelancers, amateurs algunos, no hemos hecho más que luchar hasta reventarnos contra el muro levantado por los de culo sentado en sillón orejero que dejaron de enviar gente al terreno para apostar por otro modelo, más barato, de peor calidad, por el que nadie quiere pagar como consumidor, que sigue costando dinero –aunque cada vez menos– mientras aquel contenido por el que la gente sí estaría dispuesta a pagar, el reporterismo, el periodismo de calle, deja de hacerse.

Hay legión de jóvenes y no tan jóvenes amateurs un día, profesionales como la copa de un pino otro, que trabajan sin seguro médico, sin salario, apoyándose en lo que pueden, como pueden y metiéndole ganas porque creen en esto. Y sí, que pueden incluso acabar con su vida. Toquemos ese tema. Ofende mentar a los muertos sin honor porque en la guerra muere gente. Pero por vocación y por servicio público. No se equivoquen. Nadie muere por ego ni por firmar. Muere por llegar a Alepo o avanzar en Mosul. Muere en un pueblo de Veracruz por enfrentarse a un alcalde corrupto. Por estar donde hay que estar. Esos son los que consiguen la mayor parte de la información, los que marcan, los que detectan, los que tiran, casi siempre, tendencia. En el Intercontinental o en la oficina nunca te van a degollar. La referencia a los muertos de quien cree que el periodismo lo mataron aquellos a los que alguien llama amateurs es ofensiva. De arcabuzazo. Digna de que el florete de Alatriste atraviese a quien ose. Si los degollados en Siria murieron de precariedad –que no, que no, que no es cierto, murieron en la guerra por estar demasiado cerca– aunque alguien haya osado escribirlo así, entonces quienes los asesinaron fueron los jefes de los medios. Y en ese giro lógico, en ese ejemplo miserable, se cae toda la argumentación de ese texto que dice al periodismo lo mataron los amateurs.

Pijos y gilipollas los hay en todas partes. En los asientos caros hay muchos más. Y los corifeos que señalan la paja en el ojo ajeno y amplifican la gilipollez como si fuera definitoria de algo, merecen sambenito por mentir ameritando así su canonjía.

No. Seamos serios. Matar el periodismo es considerar la sección de internacional de un diario la traducción del contenido de otro diario, apuesta mucho más barata que crear una sección de internacional. Traducir en vez de producir. Fusilar a las agencias en vez de enviar corresponsales porque sale más barato. No contar el hambre en Guatemala porque no es noticia, pero que cada derbi Madrid-Barcelona siga siendo, más que noticia, avalancha. Que no se viaje a las esquinas del continente pero que en una rueda de prensa en el centro de la ciudad haya 30 fotógrafos tomando la misma imagen. Que la crisis ha provocado miles de despidos pero no ha tocado los sueldos de los directivos. Que los redactores redacten transcribiendo vídeos de los camarógrafos porque pueden pasarse un año sentados en la redacción sin moverse de la silla. Que cuando un diario decide pagarle a un redactor el 30 por ciento de lo que ha costado producir una nota, la noche antes sus jefes han invitado a cenar a una fuente política gastando el doble de dinero a cambio de un chisme interesado. Que para entrar en un diario haya que pagar un master que casi solo los pijos pueden pagar. El periodismo se mata por arriba. Todo eso pasa porque lo deciden los editores, los jefes. Y nadie más. Los dueños de los medios de producción y sus capataces. Nunca los jornaleros que se emplean a peonada. No son los amateurs los que hacen todo eso.

Peor aún, en otro formato de asesinato periodístico. Los editores, los jefes, son quienes deciden no verificar fuentes y publicar, algo tan de hoy en día. ¿Queremos hablar de quien mata al periodismo? En el caso de Nadia, esa niña con una enfermedad rara y su padre estafador recaudando dinero y curando dolencias en cuevas de Afganistán que ha ocupado cientos de minutos y miles de palabras en la prensa española ¿es el periodista que se come todo lo que le dicen el único responsable de la muerte del periodismo, que lo es, o lo es el medio que no le ha puesto un editor que le verifique la nota? ¿Alguien ha preguntado al medio por los mecanismos que terminan con la confianza del lector, que pasan por recortar personal hasta terminar con la edición? No. Linchemos al reportero, fácil y barato. A la hoguera con él. Editorial con “perdón, me equivoqué, no volverá a pasar”. Y todo resuelto. Como Borbón que abdica. En comportamiento monárquico, que nada tiene que ver con la asunción de responsabilidades propia de las sociedades democráticas.

El periodismo viaja en bus por las noches, duerme en colchones en casa de amigos y trabaja pidiendo prestado, tardando seis meses en cobrar, tirando de la herencia que le dejó su abuela o con el dinero que ahorró en su trabajo anterior. Y es feliz, aunque se queje, porque cree que el periodismo es servicio público y no poder. Ese periodismo está más vivo que nunca y existe pese a los medios, pese a la prensa, pese a los canales. Existe por militancia y activismo, por vocación, por sentido del deber. Si el periodismo no ha muerto es porque no se deja matar por quienes toman las decisiones y muestra una resiliencia encomiable.

Hablo por experiencia propia. Por mí y mis compañeros, que hacían y hacen bodas, sí, para un día con ese dinero, una cámara prestada, sin chaleco y sin un dólar en la bolsa, salir a mostrarle al mundo Sirte, Alepo o San Salvador. Que han regresado con un Pulitzer o siguen haciendo bodas. Todos con la cabeza alta y la conciencia limpia. Sin un contrato y que no pisarán un despacho nunca. Hablo porque cuando éramos freelancers, amateurs, diría alguno desde la cómoda oficina, estábamos en medio del jaleo y nadie compraba nada. Y aprendimos que alguien de su misma cómoda oficina llegaría un mes después o no llegaría nunca. Y esos, los mismos, nos dicen qué hacer. Su voluntad de dar lecciones es inaceptable.

En 2008 Israel comenzó a bombardear la Franja de Gaza. Era navidad y los profesionales estaban de vacaciones o bloqueados por Israel al otro lado de la valla. No podían entrar de manera ilegal en Gaza por mar, como hice yo, amateur, mientras los israelíes nos disparaban, porque perderían su visa (importante criterio para el periodismo). Fue la operación Plomo Fundido. Murieron 1200 personas y se bombardearon con fósforo blanco las instalaciones de Naciones Unidas y los hospitales de la Cruz Roja. Cobré, por tres semanas de trabajo contando ese tipo de situaciones, si mal no recuerdo, 1000 euros. Que me llamen amateur. Se llenaron la boca. Aun me rebota en los oídos. Amateur, Amateur. Hice periodismo. Mientras los profesionales lo veían por televisión. De esas tres semanas a pérdida pero cumpliendo con algún servicio público salieron luego encargos bien pagados para un año. En la empresa, a veces se invierte y se pierde dinero para ganarlo luego. Y en el periodismo, siempre, se cuenta la historia primero y luego ya se cuadrará el balance.

El mundo está lleno de freaks e idealistas. Pero nunca son ellos los representativos ni los responsables de nada. Son solo las notas de color. Ni los amateurs ni los freelancers ni los periodistas mataron al periodismo, en manos de editores y propietarios de medios. Defender esa tesis me hace pensar en los campesinos que se rompían el lomo cultivando el trigo con el que se cocinaban los pasteles de María Antonieta. Solo faltaría que ahora alguien omitiera que eso terminó por provocar un revolución de tráfico atascado frente a la guillotina y se atreviera a reescribir la historia para defender que, en realidad, los campesinos fueron los culpables de los retortijones de la reina después de engullir hasta la saciedad.

El gilipollas sube al escenario cuando el empresario le ve beneficio a que el espectáculo sea ese. El tomatazo al empresario. No disparen al pianista. Nunca. Eso es de mercenarios, arribistas y lameculos.