periodismo

“Furor del hot”. De Ricardo Avelar

¡Hagamos preguntas difíciles! ¡Incomodemos a los candidatos! ¡Cuestionemos cualquier punto que parezca no tener sentido y contrastemos los discursos con la realidad!

ric avelarRicardo Avelar, 13 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Hace pocas semanas, un medio de comunicación local publicó sobre la actividad de un precandidato presidencial en una playa cercana. El titular del artículo desafortunadamente hacía referencia a que el personaje en cuestión generó “furor del hot”.

EDH logSin ánimo de hacer más leña del árbol caído (pues la peculiar nota y su tristemente célebre titular ya recibieron fuertes críticas), es propio reflexionar sobre el rol que los medios de comunicación estamos jugando en esta campaña electoral, de cara a las legislativas y municipales de 2018 y de cara a las presidenciales del año siguiente, y preguntarnos qué tratamiento deberíamos dar a los candidatos, a sus mensajes y a los partidos políticos en esta ajetreada etapa.

La campaña ya está en todo su furor. Ya están los aspirantes a diferentes cargos públicos repartiendo dulces, abrazos, discursos y promesas por cada lugar al que visitan. Y en cada una de sus apariciones buscan asegurar algún espacio en las páginas de los periódicos o tiempo de aire en radio y televisión.

Creo que mal haríamos como medios, periodistas y editores, si limitamos nuestra cobertura a un simple recuento de apariciones públicas, únicamente describiendo los hechos sin ahondar al menos un poco en su significado y su posible impacto, o sin aprovechar para hacer preguntas de peso a quienes buscan los votos.

También considero que una responsabilidad de la prensa, además de contar qué pasó, es traer luz sobre temas opacos. A veces esto se manifiesta en investigaciones que descubren escándalos en el erario y a veces en explicarle a las audiencias los rincones menos conocidos del poder. Ayudar a ilustrar las dinámicas internas de los partidos políticos, sus posibles pugnas por el poder, alianzas y financistas debería ser una aspiración prioritaria, especialmente en época de campaña, pues ayuda a predecir cómo se comportará alguien si accede al poder.

No debemos dejar que el “furor del hot” de la campaña electoral, la urgencia que provoca la elevada cantidad de eventos y el ruido proselitista nos atormenten e impidan ver nuestra misión principal, que no es sugerirle a las audiencias una u otra opción en particular, sino presentar con sentido crítico –pero sin malas intenciones– las propuestas de todos los aspirantes, sin privilegio a banderas partidarias y con total transparencia.

Hacerlo no solo beneficia a nuestros consumidores, que están más empoderados e informados y eventualmente podrán tomar una mejor decisión si eligen acudir a las urnas. También beneficia la credibilidad y el prestigio de nuestras marcas. Además, equivale a apropiarnos de nuestro papel en una democracia: el fiscalizar las políticas públicas y la oferta de estas.

Humildemente sugiero que repensemos qué papel queremos jugar y nos distanciemos de una cobertura simplista, meramente fáctica y hasta panfletaria o “farandulesca” en ocasiones. ¡Hagamos preguntas difíciles! ¡Incomodemos a los candidatos! ¡Cuestionemos cualquier punto que parezca no tener sentido y contrastemos los discursos con la realidad!

El periodista no está llamado a hacer amigos dentro de la política, sino a ser un muro de contención del entusiasmo basado en lo irreal. Si no jugamos nuestro rol, desprotegemos a las audiencias y dejamos vulnerables a nuestros medios. Bastará un clic para que un lector inconforme encuentre un análisis más sesudo en otro sitio y al perder la credibilidad, pasaremos de un “furor del hot” a un tibio desprecio. Y sí, nos lo habremos ganado.

Finalmente, estimados candidatos, no esperen benevolencia ni excesiva indulgencia en la prensa. Fiscalizar su cobertura, cuidar qué se publica y pretender decirle a un medio por dónde orientar sus notas o cada cuánto revela una pobreza de mensaje y una conducta levemente antidemocrática.

Advierto todo esto con el fin de tener un 2018 y un 2019 menos dolorosos e insoportables. Y si se puede, más dignos.

@docAvelar

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10 años de Columna Transversal en El Diario de Hoy. De Paolo Luers

Diez años de contribuir a la transformación de El Diario de Hoy en líder del periodismo de opinión. Aquí reproduzco la primera columna que marcó el rumbo para 10 años de crítica política.

paolo3Paolo Luers, 8 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Este aniversario me llena de orgullo: el 29 de agosto de 2007 salió mi primera columna en El Diario de Hoy: Una advertencia al presidente Saca. Ocho meses más tarde, inauguré, junto con 4 destacados colegas, el Observador Político, con el mismo tema: “Un llamado de atención a ARENA”. Y en enero 2009 salió la primera de las 1331 cartas, esta vez EDH logdedicada a la entonces alcaldesa Violeta Menjívar. La segunda le tocó a Rodrigo Ávila, entonces candidato presidencial. Diez años de contribuir al la transformación de El Diario de Hoy en líder del periodismo de opinión. Aquí reproduzco la primera columna que marcó el rumbo para 10 años de crítica política:

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A Tony Saca le queda poco tiempo

Paolo Lüers, miércoles, 29 de agosto de 2007, El Diario de Hoy

Toda mi vida de periodista he trabajado para que los medios sean plurales. ¿Cómo, entonces, rechazar la oferta de El Diario de Hoy de publicar mi columna? Además, si tuviera la opción de escoger entre escribir para un periódico de derecha o de izquierda –alternativa que aquí no existe, porque no existe periódico de izquierda–, como izquierdoso que soy escogiera el periódico de derecha. Aburre “predicar a los convencidos”.

Defraudaré a quienes esperan que me convierta en otro encargado de asuntos anticomunistas en El Diario de Hoy, o que para este Diario escriba una versión “lite” de mi columna. Haré lo que he sido invitado a hacer: exactamente lo mismo que hice en tres años de Columna Transversal.

A Tony Saca le queda poco tiempo para renunciar a la presidencia de su partido y dejar libre el camino para que ARENA escoja a su fórmula presidencial sin ataduras al liderazgo actual. Si espera demasiado, si se aferra al control del aparato partidario, lo sacarán de cualquier manera y saldrá golpeado. Los que asesoran a Saca no han entendido que ARENA no es un simple partido que sirve para ejecutar las políticas de sus afiliados. ARENA es más bien la empresa de mercadeo político-electoral donde uno se afilia y suda la camiseta para ejecutar las políticas emanadas de las concertaciones dentro del poder económico del país y entre este y otros poderes, sean ellos Washington o la oposición política interna. Así como los integrantes de la junta de accionistas de una compañía cuidan celosamente que los directores que han puesto a dirigir la empresa no se escapen de su control, así la junta de accionistas de El Salvador S.A. de C.V., la empresa popularmente conocida como ARENA.

Quienes desde Casa Presidencial insisten en escoger al próximo inquilino, olvidándose de que la casa no es suya y que el poder político, por definición, es transitorio y prestado, no tanto en el Estado (porque todavía no funciona la alternabilidad entre partidos), pero definitivamente en ARENA (donde internamente sí funciona la alternabilidad), ponen en peligro su propia sobrevivencia política.

A Tony Saca le queda poco tiempo para limpiar su casa antes de que otros se encarguen de hacerlo. Las renuncias, primero de su ministro de Hacienda, Guillermo López Suárez, y ahora de Eduardo Zablah, su jefe de gabinete, ponen el dedo en una llaga que, aunque en público nadie lo dice, todos saben que se llama corrupción. Ya David Gutiérrez tuvo que irse porque otros, no el presidente, golpearon la mesa y amenazaron exponer el robo en el MOP. Eduardo Zablah, el hombre más importante del gabinete de Saca, golpeó la mesa, varias veces. Sin embargo, se tuvo que ir él mismo, no los señalados. Igual suerte ya había corrido Guillermo López. En los dos casos, el presidente no respaldó a los hombres que hicieron funcionar su gobierno, sino a los que lo están corrompiendo.

Los dos temas –entregar la dirección del partido y limpiar la casa– están entrelazados. Alrededor del presidente hay quienes necesitan que el próximo jefe de partido y gobierno sea chero de ellos para armarse de inmunidad contra investigaciones y acciones legales.

Tony Saca, si quiere salvar su presidencia, su nombre y su futura influencia, tiene que actuar rápido y decidido, abriendo espacio a la democracia interna en su partido y limpiando su casa. Tiene que decidirse de ser él quien golpee la mesa antes de que lo hagan otros y posiblemente la volteen.

Todo esto hubieran tenido que decirle al presidente los empresarios en aquella cena en la casa de uno de ellos. Lastimosamente, no lo hicieron.
No en la cara, por lo menos.

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Como todos sabemos, Tony Saca no me hizo caso. No hizo caso a los muchos que estaban preocupados por su afán de preservar el poder. ARENA entró en su más profunda crisis, perdió el poder y todavía no ha logrado recuperar la confianza de la ciudadanía. Este tema nos va a acompañar en muchas columnas más.

No hemos aprendido de El Salvador de los 80. De Cristina López

Con la misma facilidad con la que en la actualidad las células policiales de exterminio montan “enfrentamientos” que no hubo y escenas criminales ficticias, mañana pueden acusarle a usted de ser pandillero, sin prueba alguna.

Cristina LópezCristina López, 28 aogosto 2017 / EL DIARIO DE HOY

Escuadrones de la muerte a sueldo del Estado. Presunción de culpabilidad para un grupo entero de la población. Impunidad absoluta. Resulta que este escenario, tan propio de El Salvador de los Ochenta con sus escuadrones de la muerte y sus ejecuciones sumarias, es también propio de El Salvador de hoy, de ayer y de El Salvador del futuro a menos que le exijamos al gobierno que tome responsabilidad del asunto.

EDH logUn reportaje de la Revista Factum reveló la existencia y modus operandi de células dentro de la estructura de la FES ( la fuerza especial de la PNC encargada de lidiar con la criminalidad de las pandillas) que no solo operan al margen de la ley, sino que lo hacen de maneras cínicamente públicas difundiendo en las redes sociales sus “hazañas” de exterminio de pandilleros, azuzados por el apoyo de quienes se han dejado deshumanizar tanto que ven en sus actos heroísmo y no cobardía.

Factum describe con lujo de detalles las pruebas obtenidas, muestra evidencia de lo que por mucho tiempo solo eran sospechas, dejando claro que para ciertos agentes policiales los derechos constitucionales como el debido proceso, la presunción de inocencia y el derecho a la vida son meramente opcionales.

Lo más desgarrador del reportaje de Factum no solo fueron los hechos descubiertos, sino una parte importante de las reacciones en las redes sociales. Es alarmante la cantidad de personas que acusaron a los periodistas de Factum de estar defendiendo pandilleros, y con su reportaje, de estar atacando a los pobres policías exponiéndose para mantener la ley y el orden. Como si los derechos constitucionales fueran algo relativo, que solo nos aplica a algunos. Como si las democracias modernas y las repúblicas operaran con base en el rudimentario principio del “ojo por ojo, diente por diente”. Como si las mismas circunstancias que hicieron atroz el conflicto armado de los Ochenta ahora permitieran relativismos.

Como si denunciar el abuso policial implicara “defender” el crimen. Como si fuera imposible analizar realidades complejas en las que más de una cosa puede ser cierta al mismo tiempo: que los crímenes de las pandillas son un flagelo que hace dificilísima la vida para la ciudadanía, y que la policía, precisamente debido a que ejecutan el monopolio de la fuerza, no debería operar como clica pandilleril.

Si los actos de las pandillas son horrorosos e ilegales, ¿cómo se puede argumentar que los mismos actos son válidos cuando los perpetran sujetos uniformados y pagados con fondos estatales?

Excusar la brutalidad policial y la violación de la ley en que las pandillas “se han ganado” un trato inhumano es un arma de doble filo, pues esta erosión del Estado de Derecho y de los derechos procesales individuales nos afecta a todos, pandilleros o no. Con la misma facilidad con la que en la actualidad las células policiales de exterminio montan “enfrentamientos” que no hubo y escenas criminales ficticias, mañana pueden acusarle a usted de ser pandillero, sin prueba alguna e ignorando absolutamente el derecho constitucional de la presunción de inocencia. Dirán que era una rata más.

Es triste que esto sea aún materia de debate, pero los derechos humanos no son algo que se “merece”, sino algo que se goza por el hecho de ser persona. No son de aplicación relativa. En teoría, constituyen la razón de ser de nuestro Estado según nuestra Constitución. En el momento en que el miedo y rabia que nos han causado el asedio constante de la criminalidad nos lleva a relativizar los principios de nuestra Constitución, cuya tendencia pro-vida ensalzamos en otro tipo de debates, no somos mejores que los criminales que decimos rechazar.

@crislopezg

Civil. De Christian Villalta

La noción de los abusos de autoridad en aras de la seguridad pública ha sido fácil de digerir por la ciudadanía.

CRISTIAN VILLALTA

Christian Villalta, director de El Gráfico

Christian Villalta, 27 agosto 2017 / LA PRENSA GRAFICA

Mucho del mejor periodismo que hay en el país valientemente ha denunciado ejecuciones, intimidación y violaciones al debido proceso; nadie se ha sorprendido. Las reacciones a esa terrible verdad sobre nuestra Policía oscilan entre una disimulada indignación y un nada disimulado entusiasmo.

Esa apatía sobre el tema, y ni qué decir de la fruición con la que muchos compatriotas leen sobre las ejecuciones y los vejámenes es mérito comunicacional del Estado, que a través de sus sucesivos administradores vendió a la violencia como panacea para la violencia.

LPGLos funcionarios, desde Francisco Flores hasta Sánchez Cerén, fueron construyendo esa narrativa en cámara lenta, y en la medida que la realidad fue arrojando más agentes y soldados asesinados, el discurso se fue simplificando, admitiendo menos palabras, hasta reducir conceptos como hábeas corpus, presunción de inocencia o término de la detención a meros eufemismos.

Si en nuestro país aún quedan demócratas, este curso de la historia no puede considerarse sino una derrota. Apenas un cuarto de siglo después del informe de la Comisión de la Verdad, que estableció con meridiana precisión el rol jugado por los cuerpos de seguridad en la instalación del terror como política del régimen militar, no se percibe en nuestra sociedad una preocupación por la garantía irrestricta a los derechos humanos.

Todo el siglo pasado, generaciones de salvadoreños nos resignamos a un modo de vida al margen de los principios del Estado de derecho. Los acuerdos de paz marcan el reconocimiento nacional de ese estatus natural como uno anómalo y perverso, y la necesidad de reandar la historia. Y en ese proceso se decide acabar con el dominio militar y crear una Policía que no se pareciera en nada a “la Policía”.

Por eso es que de los ocho códigos de conducta de los agentes establecidos como obligatorios en la Ley Orgánica de la Policía Nacional Civil, dos tienen que ver con el respeto a los detenidos y la prohibición de la tortura. Por eso, en el acto mismo de su fundación, se le ordena actuar “con estricto apego a los derechos humanos”.

Hace 10 meses, el vicepresidente de la República, cuyas declaraciones en materia de seguridad nunca deben tomarse a la ligera toda vez que es el “kingpin” anticrimen de esta administración, decía al hablar de las Fuerzas Especializadas de El Salvador: “Ojalá, primero Dios, y por el bien de la patria, en un futuro no se cuestione la estrategia, porque si no hacemos lo que tenemos que hacer ahora con el apoyo del país de seguro habremos comprometido el futuro de nuestros hijos y nietos”.

Como él, muchos otros funcionarios aluden a unos deberes crípticos, a “hacer lo que hay que hacer”, a una tarea que se asume con pesadumbre. Es una manera hipócrita de referirse a la militarización de la seguridad pública y al debilitamiento de las garantías constitucionales al que los ciudadanos estamos expuestos cuando las fuerzas élite entran al campo de acción.

Los familiares del personal de seguridad asesinado en cumplimiento de su deber merecen todo nuestro respeto y solidaridad, así como un acompañamiento del Estado que vaya más allá de los dobleces del Dios, Unión, Libertad. Mas la reflexión a la que los salvadoreños estamos obligados hoy no es solo a que estamos perdiendo policías como efectivos de una guerra no declarada; estamos perdiendo a la Policía.

Si con la justificación de una cruzada antipandillas aceptamos que los agentes actúen al margen de la ley habremos perdido todos, y la Policía Nacional Civil lo habrá perdido todo.

 

Carta a los periodistas: Zanahoria y garrote. De Paolo Luers

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Paolo Luers, 1 agosto 2017 / MAS! y EDH

Colegas:
Escribo estas líneas el Día del Periodista – el día que un montón de enemigos de la libertad de expresión nos felicitan con mensajes hipócritas. Con excepción del día de rendición de cuentas del gobierno ante la Asamblea, el 31 de julio es el día que más mentira se difunde. Hasta los funcionarios oficiales encargados de la mentira, como Marcos Rodríguez y Eugenio Chicas, nos felicitan, cuando el resto del año tratan de impedir, manipular, amedrentar -y a veces comprometer con dádivas- el ejercicio libre del periodismo.

EDH logNo lo he visto todavía, pero estoy seguro que el empresario publicista encargado de comunicaciones de ARENA está preparando un comunicado cursi sobre la libertad de expresión, la misma que se dedica a limitar dentro de su partido.

Los dueños del poder siempre nos quieren amedrentar a los periodistas para que nos supeditemos a sus diseños. A veces tratando de comprarnos, a veces amenazándonos. Con zanahoria y garrote se domestica al burro.

masLamentablemente, en nuestra profesión sigue habiendo burros. Cada vez menos, por suerte. Oficialmente ha desaparecido la práctica de las mentas, los tradicionales sobresueldos que en Casa Presidencial y otras oficinas (no solo del gobierno) pagaban a periodistas, editores y entrevistadores. ¿Ha desaparecido de verdad esta práctica? ¿Y los que estaban en planilla de Tony Saca y Mauricio Funes, se auto purificaron?

Año con año, las universidades gradúan mucho más comunicadores que los medios profesionales pueden absorber. Entonces, aceptan trabajos en oficinas estatales, algunas abiertamente opuestas incluso a la más flexible interpretación de ética y profesionalismo del periodismo, como Transparencia Activa, Radio Nacional, TV de El Salvador, AvancES; otros en las docenas de equipos de fake news disfrazados de medios digitales, montados por partidos, por la Alcaldía de San Salvador, por Casa Presidencial y por algunos empresarios que quieren limpiar sus negocios y nombres…

Los que aceptan estos empleos, tienen que saber que su trabajo nada tiene que ver con periodismo. Por supuesto que la libertad de expresión es válida para ellos, incluso cuando la abusen para manipular, desinformar y difamar – pero que no traten de pasar por periodistas. No son nuestros colegas, son tóxicos para nuestra profesión.

Los periodistas tenemos un compromiso con la ética profesional. Como cualquier profesional, tenemos el derecho de equivocarnos, pero nunca de vendernos a intereses ajenos a nuestra profesión. Esto incluso nos obliga a luchar, dentro de los medios que nos emplean, por nuestra independencia y contra la censura.

¿Estamos seguros que dentro de nuestro gremio -entre los reporteros, editores, columnistas, directores de medios, entrevistadores- han desaparecido la corrupción, la censura, la autocensura, las lealtades falsas con poderes externos (y opuestos) al periodismo? Yo no estoy seguro.

¿Estamos seguros que en nuestros medios podemos ejercer el periodismo crítico e investigativo, sea quien sea el afectado, y sin que nos inhiban las relaciones económicas o políticas que tenga con el medio? Tampoco estoy tan seguro.

Podemos afirmar con orgullo que el periodismo salvadoreño ha avanzado. Hay más pluralismo, más periodismo investigativo, más espacio para crítica y debate que nunca.
Pero no hay razones para bajar la guardia. Todavía la frontera entre periodismo y comunicación oficial es difusa, y hay puertas giratorias entre ambos. Además, es fácil tener medios críticos teniendo gobiernos tan desastrosos como nos están tocando ahora, y que además no son socios naturales de los empresarios mediáticos. La prueba de profesionalidad, la ética, el coraje y la independencia la enfrentaremos con el cambio de gobierno en el 2019. Ahí veremos de qué estamos hechos los periodistas.

Con todos estos peros: ¡Feliz Día del Periodista!

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Periodistas. De Héctor Schamis

Cuando la prensa libre es el enemigo.

Héctor Schamis, 4 junio 2017 / EL PAIS

En mayo pasado fue asesinado el periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas. Era un prolífico reportero, columnista y escritor de Sinaloa, estado que llegó a las portadas de los periódicos del mundo gracias al Chapo Guzmán. El dato geográfico y el título de su libro más reciente son buenas pistas para inferir quien lo mató. “Narcoperiodismo: una investigación profundamente documentada sobre la forma en que el narcotráfico aniquila o seduce a periodistas”, se lee en el sitio de Amazon.

“Aniquila o seduce”, nótese el candor de las opciones. Es un crudo y acertado retrato de la tragedia mexicana, sin embargo. Así se ha normalizado el autoritarismo criminal-subnacional, ese peculiar tipo de régimen basado en la colusión de la política y el cartel.

Valdez no es es el primer periodista asesinado por investigar dichas conexiones y difícilmente sea el último. Ello ha convertido a México en arquetipo de violencia contra los periodistas, sin duda, pero tampoco es el único lugar donde ocurre. Ni mucho menos, solo encarna una paradigmática manera, entre tantas, de atentar contra la libertad de prensa.

Genéricamente, debe ser visto como eso: la vulneración del derecho a informar. El periodismo se ha convertido en profesión de alto riesgo en diversos contextos y latitudes. Es el rasgo común a todas las corrientes antiliberales en boga, varias de ellas en el poder. El análisis aquí no es exhaustivo, pero algunos ejemplos sirven para ilustrar el punto.

 Lo que muchos denominan populismo, el estalinismo en todas sus versiones, la llamada revolución bolivariana, el neofascismo europeo, el racismo en cualquiera de sus formas, el aislacionismo de Trump tanto como el del UKIP, las teocracias, el terrorismo y otras organizaciones criminales tienen todos un enemigo común: la prensa libre y las normas constitucionales que la garantizan.

En Rusia es arriesgado investigar al Kremlin, la corrupción o los altos negocios de los oligarcas. Eso hizo Anna Politkovskaya, por ejemplo, periodista de Novaya Gazeta asesinada en 2006 por su cobertura de las violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas de Moscú en el Cáucaso norte, especialmente durante la guerra chechena. Los reporteros del mismo periódico son hoy amenazados por cubrir los abusos contra homosexuales, también frecuentes en Chechenia.

Turquía ha sido declarado el peor país para la libertad de prensa en 2016, habiendo encarcelado más periodistas que ningún otro y clausurado cientos de medios. La ofensiva contra el periodismo se aceleró en respuesta al intento de golpe de julio de ese año. Se espera un empeoramiento de esas condiciones luego del reciente referéndum constitucional, por el cual se institucionaliza una creciente cuota de discrecionalidad en manos del presidente Erdogan.

En Francia aún se debate el asesinato de los periodistas de la revista a Charlie Hebdo de enero de 2015 y sus implicancias. Para muchos fue la insensibilidad de los periodistas, su sátira desmedida y su blasfemia que incitó el ataque; como si el lápiz y las balas fueran equivalentes, vale la pena agregar. Hasta el Papa ironizó entonces que si alguien ofendiera a su madre, “bien podría esperarse un puñetazo”, invitando a una cierta justicia por mano propia. El mensaje es temerario pero conocido: culpar a la victima, asesinarla otra vez.

América Latina, a su vez, ha experimentado múltiples agresiones a los periodistas por parte de aquellos gobiernos determinados a perpetuarse en el poder, se llamen populistas, estalinistas, militares o una mezcla de todo lo anterior. Es que en un país donde la prensa es libre, el poder puede ser investigado. La sociedad se siente capaz de criticar, “empoderada” a hacerlo. La perpetuación es menos probable. El periodista se convierte en el adversario a neutralizar.

En Estados Unidos, las agresiones de Trump a la prensa ya se van transformando en rutina. Son solo verbales, por twitter. Existen límites estrictos marcados por un poder judicial robusto y la omnipresencia de la Primera Enmienda Constitucional, la cual consagra la libertad de expresión.

Ello no obstante contribuye a crear un clima de hostilidad, propicio para la violencia. Un ejemplo ocurrió en el estado de Montana. El candidato republicano al Congreso Greg Gianforte arremetió contra el periodista de The Guardian que cubría su campaña, Ben Jacobs, derribándole y golpeándole en el suelo produciendo la rotura de sus lentes.

Las autoridades imputaron a Gianforte por agresión física. Días más tarde, Jacobs obtuvo su nuevo par de lentes, donando los anteriores a Newseum, el museo de las noticias en Washington DC, para documentar el hecho. Un final feliz.

Feliz siempre y cuando no sea allí donde también termine la libertad de prensa, en un museo. Pues para eso están los museos: evocar el pasado y reificar lo abstracto.

The Public Editor Signs Off. De Liz Spayd

Michael Putland/Getty Images

El New York Times rompió con una tradición de 14 años de tener un ombudsman o defensor del lector, un editor independiente que recibe comentarios y quejas de lectores y asegura que sean discutidas en el equipo de editores. Esta decisión ha desatado  debate en los gremios de periodistas y editores en la prensa internacional.
Reproducimos aquí la última columna de Lyz Spayd, la última defensora del lector del New York Times; la nora del NYT donde da a conocer los acmbios; y un comentario de Lola Galán, la defensora del lector del periódico español El País.

Segunda Vuelta

There probably hasn’t been a time in recent American history when the role of the media was more important than now. The Trump administration is drowning in scandal, the country is calcified into two partisan halves. And large newsrooms are faced with a choice: to maintain an independent voice, but one as aggressive and unblinking as the days of Watergate. Or to morph into something more partisan, spraying ammunition at every favorite target and openly delighting in the chaos.

If I think back to one subject I’ve harped on the most as public editor over the last year, this is probably it. Digital disruption and collapsing business models get all the attention, but the prospect of major media losing its independence, and its influence, ranks equally high among the industry’s perils. Derision may feel more satisfying, but in the long run stories that are measured in tone are more powerful. Whether journalists realize it or not, with impartiality comes authority — and right now it’s in short supply.

Mike Morell, former acting director of the C.I.A. and a backer of Hillary Clinton, earlier this week likened the U.S. media’s reaction to Donald Trump to the Venezuelan media’s reaction when Hugo Chávez became president nearly 20 years ago. With little political opposition to Chávez, the media assumed that role, Morrell said, and ultimately lost its credibility with the Venezuelan people.

The U.S. isn’t Venezuela but the media here shouldn’t fall into the same trap. I don’t worry that The Times, or The Washington Post or others with the most resources will fail to pursue ripe investigative targets. And I hope they do. But in their effort to hold Trump accountable, will they play their hands wisely and fairly? Or will they make reckless decisions and draw premature conclusions?

And who will be watching, on this subject or anything else, if they don’t acquit themselves well? At The Times, it won’t be the public editor. As announced on Wednesday, that position is being eliminated, making this my last column. Media pundits and many readers this week were questioning the decision to end this role, fearing that without it, no one will have the authority, insider perspective or ability to demand answers from top Times editors. There’s truth in that. But it overlooks a larger issue.

It’s not really about how many critics there are, or where they’re positioned, or what Times editor can be rounded up to produce answers. It’s about having an institution that is willing to seriously listen to that criticism, willing to doubt its impulses and challenge the wisdom of the inner sanctum. Having the role was a sign of institutional integrity, and losing it sends an ambiguous signal: Is the leadership growing weary of such advice or simply searching for a new model? We’ll find out soon enough.

I leave this job plenty aware that I have opinions — especially about partisan journalism — that don’t always go over well with some of the media critics in New York and Washington. I’m not prone to worry much about stepping in line with conventional thinking. I try to hold an independent voice, to not cave to outside — or inside — pressure, and to say what I think, hopefully backed by an argument and at least a few facts. In this job, I started to know which columns would land like a grenade, and I’m glad to have stirred things up. I’ll wear it like a badge.

Thanks to the many editors and reporters inside the building who took my questions and answered them fairly and professionally. Thanks to my dedicated and wise assistant, Evan Gershkovich, whom I am grateful to have had by my side. Thanks to Eric Nagourney, my copy editor, who saved me many times from fumbling over my own words.

And thanks most of all to the thousands of readers who kept their concerns coming and kept me on my toes.

All right, enough.

Time to rip off the Kevlar and turn out the lights.

Liz Spayd is the sixth public editor appointed by The New York Times. She evaluates journalistic integrity and examines both the quality of the journalism and the standards being applied across the newsroom. She writes a regular column expressing her views. The public editor works outside of the reporting and editing structure of the newsroom and receives and answers questions or comments from readers and the public, principally about news and other coverage in The Times.
Her opinions and conclusions are her own.

——

A continuación el artículo en el cual The New York Times dio a conocer la decisión de eliminar el cargo del Ombudsman (Public Editor), en el marco de una mayor reestructuración de su equipo de editores y reporteros.

 

New York Times Will Offer Employee Buyouts and Eliminate Public Editor Role

The New York Times building in Manhattan. The buyouts announced Wednesday are aimed primarily at editors. Credit Don Emmert/Agence France-Presse — Getty Images

Daniel Victor, 31 mayo 2017 / THE NEW YORK TIMES

The New York Times offered buyouts to its newsroom employees on Wednesday, aiming to reduce layers of editing and requiring more of the editors who remain.

In a memo to the newsroom, Dean Baquet, the executive editor, and Joseph Kahn, the managing editor, said the current system of copy editors and “backfielders” who assign and shape articles would be replaced with a single group of editors who would be responsible for all aspects of an article. Another editor would be “looking over their shoulders before publication.”

“Our goal is to significantly shift the balance of editors to reporters at The Times, giving us more on-the-ground journalists developing original work than ever before,” they said in the memo.

In a separate memo, Arthur Sulzberger Jr., the publisher, said the company would be eliminating the position of public editor, which was established to receive reader complaints and question Times journalists on how they make decisions. Liz Spayd, the current public editor, will leave The Times on Friday.

The buyouts are meant primarily for editors, but reporters and others in the newsroom will also be able to apply for them, the memo said. Mr. Baquet and Mr. Kahn said that the savings generated by the reduction in editing layers would be used to hire as many as 100 more journalists.

The Times would turn to layoffs if not enough people volunteer for buyouts, Mr. Baquet and Mr. Kahn said in the memo.

The offer comes as The Times continues its shift from a legacy print operation to a more digitally focused newsroom. Reducing the layers of editing was one of the primary recommendations in an internal study issued in January, the 2020 Report, that was meant to serve as a blueprint for the next phase of that transformation.

A “print hub,” which handles the tasks involved in producing the printed newspaper on a nightly basis, was created in 2015 in an effort to free editors to focus on the digital audience, but the process of shedding longtime habits built around daily print deadlines continues to evolve. As its digital audience has grown, The Times has focused on publishing articles online quickly, placed an emphasis on visual journalism and invested in so-called service journalism with its acquisition in October of the product-review websites The Wirecutter and The Sweethome.

In May, the Times Company reported strong digital growth, including a 19 percent gain in digital advertising revenue.

But those gains were not substantial enough to offset a continuing, industrywide decline in print advertising, historically the main revenue source for newspaper companies. Print advertising at The Times fell 18 percent in the most recent quarter, causing an overall decline in advertising revenue of 7 percent.

The company has increasingly relied on subscription revenue, which spiked amid Americans’ close attention to the presidential election last year and the start of President Trump’s term. The Times registered a net gain of 308,000 digital-only subscriptions in the most recent quarter, the largest number for any quarter in its history. The surge fed an 11 percent increase in circulation revenue.

It was the second straight quarter of record-breaking subscriber growth, with 276,000 new digital-only subscriptions — more than the total for 2013 and 2014 combined — being added in the last three months of 2016. The Times now has more than 2.2 million digital-only subscriptions.

The public editor position was created in 2003 to rebuild trust among readers after the scandal involving Jayson Blair, a Times reporter who was found to have fabricated sources and plagiarized repeatedly.

Ms. Spayd, who was the sixth person to hold the position, declined to comment when reached late Wednesday but told The Columbia Journalism Review in an email: “The Times is reimagining itself in all sorts of ways, and the decision to eliminate the public editor’s role is just one part of that. I’m honored to have been among the six who’ve sat in this chair, and to be among those who tried to keep a great institution great, even as it made the inevitable stumbles.”

Just a few national news organizations, including NPR and ESPN, still have a public editor or a similar position. The Washington Post eliminated its ombudsman in 2013.

Mr. Sulzberger, in a newsroom memo, said the public editor’s role had become outdated.

“Our followers on social media and our readers across the internet have come together to collectively serve as a modern watchdog, more vigilant and forceful than one person could ever be,” he wrote. “Our responsibility is to empower all of those watchdogs, and to listen to them, rather than to channel their voice through a single office.”

On Tuesday, The Times announced the creation of the Reader Center, an initiative that appeared to overlap somewhat with the public editor’s role. The center will be responsible for responding directly to readers, explaining coverage decisions and inviting readers to contribute their voices.

As news spread on Wednesday that The Times had offered buyouts targeted at editors, some readers fretted that coverage would suffer. Most articles at The Times go through at least two or three editors before being published.

Rick Edmonds, a media business analyst at the Poynter Institute for Media Studies, a school for journalism in St. Petersburg, Fla., said that copy editors — who, in addition to editing for grammar, spelling and style, check facts, correct faulty logic and make sense of garbled prose — had frequently been targeted in cost-cutting efforts in newsrooms across the country.

“I think there is a level of scrutiny and quality control that’s kind of disappearing,” Mr. Edmonds said.

Grant Glickson, the president of the NewsGuild of New York, the union that represents Times employees, said in a statement that the buyout announcement was “devastating for our members and grave news for the state of journalism.”

“These Guild members don’t simply correct comma splices; they protect the integrity of the brand,” he said. “They are the watchdogs that ensure that the truth is told.”

It is the sixth time since 2008 that the company has offered newsroom buyouts. Some employees were laid off in 2014 when The Times did not receive enough buyout volunteers.

In the midst of those reductions, the newsroom has continued to hire. The Times newsroom has a staff of about 1,300, near its record high.

The staff had anticipated the announcement of buyouts for months, one of several sources of looming uncertainty. Management is negotiating a new contract with the NewsGuild, and the company intends to consolidate staff members on fewer floors in its Midtown Manhattan headquarters so that it can lease out more space. Some employees have been temporarily displaced to another building during construction on new workspaces, which the company has said should be completed by the end of the year.

Correction: May 31, 2017
An earlier version of this article referred incorrectly to an effort to contact Liz Spayd, the public editor. Ms. Spayd was contacted late Wednesday for comment; it is not the case that she did not respond to a request for comment during the day.

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La ingrata labor de mediar. De Lola Galán

La desaparición del cargo de defensor en ‘The New York Times’ causa sorpresa y preocupación.

Lola Galán, defensora del lector o ombudsman de El País

Lola Galán, 4 junio 2017 / EL PAIS

Hace meses que la organización que agrupa a los Ombudsman de Prensa (ONO) constataba con preocupación la desaparición progresiva de esa figura en los medios de Estados Unidos. A la tendencia se suma ahora la biblia del periodismo mundial, The New York Times, que ha prescindido del cargo de public editor de la noche a la mañana, desatando la polémica. La propia ONO deploraba el viernes una decisión, “que no favorece los intereses de libertad, independencia y credibilidad de la prensa”.

Liz Spayd, la sexta defensora del lector del Times, había tropezado con los habituales problemas de un cargo independiente que no convierte a quien lo ejerce en la persona más popular de la Redacción precisamente. En la despedida que colgó en su blog el viernes, Spayd deja constancia de sus dudas sobre las verdaderas razones que han llevado al Times a tomar tan drástica decisión: “¿Se ha cansado la dirección de esta clase de recomendaciones, o simplemente busca un nuevo modelo?”.

El Times estableció el cargo de public editor en 2003, en medio del colosal escándalo provocado por los reportajes inventados y los plagios de su reportero Jayson Blair. Para entonces, el Defensor del Lector llevaba 18 años funcionando en EL PAÍS, y seis en The Guardian. El dueño del Times, Artur Sulzberger, ha justificado la decisión apelando al valor de las redes sociales, que son ahora, ha venido a decir, quienes ejercen el verdadero control de calidad en la prensa. Pero es obvio que ese control colectivo será ineficaz si no es sintetizado, analizado y evaluado de forma independiente por alguien con la autoridad necesaria para pedir explicaciones a la dirección en caso necesario.

Lo cierto es que en tiempos de transformación como los actuales, es más necesario que nunca dar voz a los lectores, que se declaran, a veces, confusos con los cambios que impone la era digital en esta profesión. Recibo con frecuencia mensajes que apuntan con preocupación a las diferencias que se observan entre el diario impreso y la web. “EL PAÍS funciona como una plataforma de producción de información”, explica David Alandete, director adjunto, “que se distribuye principalmente de forma digital en nuestra página web o en plataformas como Google y Facebook. De todas las noticias que EL PAÍS publica a diario, una selección se incluye en la edición impresa, que tiene su propio equipo de editores. Cada formato tiene sus necesidades y esto genera diferencias lógicas de elementos tan dispares como titulación o extensión, que no suponen un menoscabo de la calidad del contenido”.

La decisión tomada por el dueño del ‘Times’
ha desatado la polémcia

Los cambios son inevitables, pero deben respetar las normas periodísticas. La pasada semana recibí varias quejas por el titular que encabezaba en la web el domingo, 21 de mayo, el artículo del escritor Javier Marías. La peligrosa parodia era su título impreso en El País Semanal, pero en la portada digital pasó a ser: Podemos es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange. Un lector, Diego Pérez Bacigalupe, que me escribió desde Praga para deplorar el cambio, me preguntaba de quién había sido la idea. La frase fue elegida por el equipo que se ocupa de la versión digital, cuyo responsable, Alberto del Campo, me explica al respecto:

“Los titulares de la portada de la web no pueden atenerse siempre a los criterios que rigen la edición en papel. En primer lugar porque en la primera página de la edición impresa se apuesta por cuatro o cinco temas, mientras que la portada de la web es un inmenso escaparate con 70 u 80 temas. Ante esta cantidad de contenidos, con una jerarquía menos clara que en el papel, porque se entremezcla al mismo nivel la última hora con lo importante y lo no tan importante pero sí interesante, necesitamos que los titulares sean lo más atractivos posibles para reclamar la atención de los lectores”. Del Campo asegura que una práctica habitual en los artículos de opinión es titularlos con una frase del texto. Y es lo que se hizo con el de Marías.

Entiendo las razones de Del Campo pero creo que en esta ocasión la frase elegida daba una idea falsa del artículo que, partiendo de las portadas de los diarios, pasaba revista al panorama político actual.