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Verdad, democracia y periodismo. De Antonio Cano

EL PAÍS comienza hoy una serie de contenidos especiales sobre la libertad de prensa para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: "¿Cuántos más?" y "Libertad de prensa".

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: “¿Cuántos más?” y “Libertad de prensa”. Kacper Pempel REUTERS

Antonio Cano, director de El País

Antonio Cano, 10 abril 2017 / EL PAIS

EL PAÍS publicará durante este mes una serie de contenidos especiales con motivo de la conferencia del Día Mudial de la Libertad de Prensa de la UNESCO. Voces que han visto amenazada su vida por el hecho de cumplir con su deber como reportero, personajes que han dedicado su vida a luchar por el derecho a informar, experiencias en primera persona, y relatos de profesionales que arriesgan todo por abrir una ventana al periodismo en algunos de los lugares más peligrosos del planeta formarán parte de las piezas que EL PAÍS ha preparado para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

La libertad de prensa está en peligro, y con ella, toda la arquitectura de libertades y derechos que conforman una democracia. Conocimos una época en la que la falta de libertad se identificaba, justamente, por el miedo a hablar. Hoy, casi en el extremo contrario, es el exceso de palabras, la verborrea desatada, lo que, en buena medida, se utiliza para negarle al ciudadano el acceso a la verdad.

Vivimos un tiempo de gran convulsión. Es muy compartida la impresión de que todo lo que teníamos por estable se derrumba de repente sin explicación: las costumbres, las prácticas, los valores que nos acompañaron durante décadas son cuestionados y algunos se ven al borde de la extinción. Los méritos que hasta hace poco nos orgullecían hoy se desprecian. Y lo más grave de todo: las instituciones que ayer creíamos sólidas como rocas parecen hoy, más que vulnerables, insostenibles.

La crisis de la prensa está marcada por dos grandes acontecimientos de las últimas dos décadas: la expansión de las nuevas tecnologías vinculadas a Internet y la crisis económica. Por un lado, las nuevas tecnologías ponen al alcance de los lectores nuevos dispositivos que le ganan a los periódicos en rapidez y versatilidad, y que parecen llamados a sustituirlos de forma inexorable. Al mismo tiempo, la crisis económica se refleja en los periódicos en una catastrófica caída de publicidad de la que nunca nos recuperamos y que ha acelerado el debilitamiento de las empresas periodísticas.

Esa misma crisis económica tuvo otros muchos efectos nocivos en la sociedad: la desmoralización ciudadana, la pérdida de confianza en las instituciones, la desesperación, la insolidaridad y el odio. Caldo de cultivo todo ello del populismo y la demagogia.

Se juntan, pues, los elementos de la tormenta perfecta: por un lado, una sociedad abonada para el autoritarismo, que se alimenta con la difusión de mentiras, rumores, consignas, calumnias… y, por el otro, una prensa muy débil para tratar de establecer los hechos y defender la verdad.

Como advierte Timothy Snyder: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.

En estas condiciones, hemos asistido al ascenso de figuras políticas, organizaciones o ideas que cuestionan el papel de la prensa, a la que con frecuencia descalifican como cómplice de las instituciones o como defensora de intereses espurios, para anular su capacidad de crítica. El método es sencillo y ha sido practicado en los últimos años en numerosos países: pongo en duda la honestidad y la legitimidad de un periódico, y a partir de ahí cualquier cosa que ese periódico diga sobre mí carecerá de credibilidad entre mis seguidores. Al mismo tiempo, eso me dará la oportunidad de establecer yo mismo los hechos, de crear mi propia verdad; ni siquiera necesito crear mi propio periódico –como antaño-, puedo crear mi propio universo ideológico a base de tuits.

Obviamente, el personaje más paradigmático en este papel es Donald Trump. Pero no es el único. Y, sobre todo, puede no ser el el último.

Trump asentó su éxito en el desprestigio de lo que llama la prensa del sistema liberal dominante, es decir los grandes periódicos que sirvieron para que Estados Unidos fuera una gran democracia: The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times… Trump sabía desde el principio que sus propuestas insensatas y su ideología xenófoba y populista serían seriamente censuradas por los principales periódicos y necesitaba crearse mecanismos “alternativos” con los que difundir sus soflamas y calumnias. Se apoyó en algunos periódicos digitales –eso que en España llamamos confidenciales- y en las redes sociales. Y se ocupó de anular la influencia de los grandes periódicos con insultos y desprecios a sus editoriales y a sus periodistas. Tuvo éxito, triunfó. Y hoy nuestros colegas norteamericanos, por mucho que cueste imaginarlo, ven seriamente en peligro la libertad de prensa en Estados Unidos.

Con métodos más drásticos, lo que intenta Trump en EE UU, lo hizo antes Chávez en Venezuela o Putin en Rusia. De una u otra forma toda la actual ola de populismo y ultranacionalismo en Europa, de cualquier signo ideológico, está basada en el desprestigio de la Prensa y en la creación de supuestos medios alternativos.

Comprendo que la palabra suena bien: alternativo. Yo también siento atracción inmediata por algo que se presenta como alternativo. Solo conviene comprobar si realmente lo es.

¿Son los confidenciales alternativos a la Prensa tradicional por su tecnología? Desde luego que no. Las grandes cabeceras son hoy también los primeros periódicos en Internet. The New York Times, The Washington Post, The Guardian son también los mayores periódicos digitales del mundo, y EL PAÍS es el primer periódico mundial en español.

¿Son los periódicos nativos digitales distintos a los tradicionales en su forma de financiación? En su mayoría tampoco. Casi todos recurren a la publicidad para su sostenimiento y, frecuentemente, con relaciones mucho menos transparentes que las que tienen los periódicos tradicionales. En los pocos casos en los que esa financiación se limita a donaciones, se está aceptando un papel secundario de los medios de comunicación y se está renunciando a lo que considero un principio indiscutible en los medios de comunicación: que solo empresas periodísticas robustas son capaces de garantizar la independencia de los periódicos y de los periodistas.

La gran diferencia entre los confidenciales y los periódicos tradicionales es, en realidad, su profesionalidad. Mientras los segundos, los periódicos, nos sentimos obligados a cumplir las exigencias y los límites, las normas deontológicas de nuestros oficio, los primeros, los confidenciales, no tienen escrúpulos en exagerar, mentir o distorsionar para satisfacer sus objetivos comerciales, a veces disfrazados de objetivos ideológicos o causas sociales.

De nuevo, algunas palabras engañan: la supuesta defensa de una causa esconde a veces la simple manipulación. Los buenos periódicos no pueden tener más causa que la de contribuir a que sus lectores estén bien informados, honestamente informados, con el objeto de que pueden defenderse de los poderosos y sean libres para tomar sus propias decisiones. Los periódicos justicieros, ni hacen justicia ni son periódicos.

La manipulación, el rumor, el insulto son instrumentos para estimular el odio, crear adeptos y, por tanto, impedir la libertad. Los hechos son los hechos, tanto si nos benefician como si nos perjudican, y la mentira es la mentira, aunque se llame postverdad, y la postverdad “es el prefascismo”. “Los fascistas”, cito de nuevo a Snyder, “despreciaban las pequeñas verdades de la experiencia cotidiana, adoraban todas las consignas que resonaran como una nueva religión y preferían los mitos creativos antes que la historia o el periodismo. Los fascistas también utilizaron los nuevos medios de comunicación, que en aquella época era la radio, para crear un son de tambores de propaganda que despertaba los sentimientos de la gente antes de que tuviera tiempo de establecer los hechos. Y ahora, igual que entonces, mucha gente ha confundido la fe en un líder con la verdad sobre el mundo en que vivimos todos”.

En España algunos también tratan de que las emociones dominen sobre los hechos. Con constantes apelaciones al estado de ánimo de lo que llaman “la gente”, se pretende que lo que se cree sea más importante que lo que se conoce. Este desprecio al conocimiento va unido al desprecio a la verdad y al enaltecimiento del espectáculo. Existe una página web en nuestro país que invita a inventarse las noticias y pone a disposición del cliente los instrumentos para crear una noticia falsa que parezca cierta, con el único propósito, dicen, de hacer una broma.

No es una broma. El sometimiento constante de los ciudadanos a noticias falsas, a informaciones corrompidas, está dificultando nuestra convivencia y destruyendo nuestra democracia.

No digo que los periódicos tradicionales seamos perfectos. Lo cierto es que estamos lejos de serlo. Pero basta medir la virulencia que los demagogos utilizan contra nosotros para entender hasta qué punto los periódicos seguimos siendo un baluarte contra el totalitarismo. Y precisamente porque la amenaza de ese totalitarismo es hoy mayor –miren a Polonia, a Hungría, pero también al Reino Unido o a Francia-, la libertad de prensa es más necesaria que nunca.

Adaptación del discurso pronunciado por Antonio Caño, director de EL PAÍS, en la apertura de la jornada La Verdad y la Libertad de Información, celebrada en el marco del Máster en gobernanza y derechos humanos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Las medicinas perdidas, Gustavito, implantar pruebas y los medios. De Ricardo Chacón

ric chaconRicardo Chacón, 5 marzo 2017 / EDH

Hace exactamente 11 años, 4 meses y 18 días se publicó en este mismo espacio el extravío de una caja de medicinas en las aduanas. Comentaba en ese entonces, que la pérdida, entre miles que hay en aduanas, no nos debería quitar el sueño, como tampoco que exista un error… lo que nos parece extraño y fuera de toda lógica es que se pierda un lote de medicinas para enfermos de leucemia, con un valor de más de 378 mil dólares, donada por una organización internacional, y que las autoridades modificaran diariamente su discurso en torno al hecho.

diario hoyAntes de encontrarse el lote de medicinas extraviadas, porque se encontró en un anexo de aduanas, se dijo que el paquete fue quemado, que no estaba identificado, incluso que habría sanción para tres empleados. Las diversas versiones nos hicieron pensar que existía desorden, hubo un error o ambas o simplemente existía la intención y el objetivo de robarse el cuantioso lote de medicinas.

Lo menos que se esperaba en este caso es que la dirección de esta instancia de servicio público esclareciera los hechos y, sobre todo, se tomara acción correctiva. No pasó nada, como tampoco pasa nada en la actualidad y las cosas siguen igual de caóticas, pero nadie, absolutamente nadie, se responsabiliza de los problemas, mucho menos hay sanciones.

Lo mismo sucede en estos días con la muerte de un hipopótamo del zoológico, al menos hay cuatro versiones oficiales sobre los hechos; por supuesto, a nadie se responsabiliza y menos hay sanciones. Otro ejemplo, este es muy grave, tiene que ver con la detención de un joven de una colonia en Ilopango, que al parecer los agentes le implantaron droga para apresarlo… ni la policía ni la inspectoría ni los Derechos Humanos han dado una respuesta sobre este caso, mucho menos hay sanciones.

Más allá de estos ejemplos, lo que me parece mucho más importante destacar son otras cuestiones, por ejemplo, el papel de los medios de comunicación. De no haberse dado publicidad, y en demasía, poco o nada se hubiese hecho; estoy casi seguro de que la caja de medicinas no hubiese aparecido, la muerte de Gustavito fue un hecho vandálico, y no existió la barbarie de implantar pruebas a un joven.

Esto nos lleva a dos cuestiones: por un lado, el papel de denuncia que cumplen los medios de comunicación, y por otro, la labor no puede quedarse en la denuncia sino que debe brindar los elementos para juzgar los hechos y tratar de llegar al fondo de las cuestiones.

De fondo, y esta es una de las discusiones sobre el tema, y tiene que ver con el papel de la investigación en los medios de comunicación; nadie niega esta dimensión, sin embargo, cómo y qué características debe tener sí es discutible.

Para unos, basta que tenga una dimensión de denuncia para que valga; es válido pero creo se queda corto, debe de trascender y buscar no solo el fondo de las cosas, sino brindar a la población los elementos para que pueda interpretar de mejor manera lo sucedido.

La denuncia es importante, sumamente importante, sin embargo, es todavía mucho más relevante el cuestionar lo que sucede en Aduanas, en Secultura o en la PNC… y más aún plantear con claridad qué tipo de gestión pública se realiza en esas instituciones.

Desde otra perspectiva, y aquí entramos a la diferenciación entre periodismo informativo – investigativo y el periodismo de opinión, montado sobre la investigación que cuestiona, incluso pedir la cabeza de los jefes de estas instituciones como una exigencia de la misma sociedad.

Profundicemos un par de cuestiones; ¿el periodismo, y los periodistas pueden o deben juzgar la realidad o simplemente contarla?… claramente, ambas; sin embargo, bajo ciertos criterios, teniendo de base una sólida base ética, siguiendo las reglas del juego, donde los hechos tienen que ser sustentados, vistos desde varios ángulos y dejando de lado los “particularismos”, sean estos individuales o de grupo.

Esta visión deja de lado aquellas concepciones del “purismo” periodístico montado en conceptos del objetivismo puro de corte positivo, donde los periodistas, supuestamente, se pueden aislar de la realidad y “contar con pureza los hechos”.

Ojo, no se trata de caer en los subjetivismos propios de las visiones individualistas, donde la opinión particular se impone… no, se trata de juzgar la realidad, dejando claramente sentado desde dónde se hace, bajo qué criterios se realiza y sobre todo, abierto al debate, a la discusión, al diálogo.

Tal como nos decía un profesor hace unos años, hemos de dejar de ser un trabajo informativo donde únicamente se “cuelgan los hechos noticiosos” como si fuera ropa lavada y entrar a la dimensión del análisis, el juzgamiento… no es fácil hacerlo, lo sé, pero si no damos el paso, nunca avanzaremos.

Un debate sobre ¿Quién mató el periodismo? Entre Marga Zambrana y Alberto Arce

Dos puntos de vista. No coinciden en nada. Excepto en un punto: El periodismo está muerto. Pelean sobre quién lo mató. En cambio, yo no estoy de acuerdo con el ¨nico punto donde ellos coinciden. Esto que “el periodismo está muerto”, es una frase ligera, tonta y arrogante. Pero por lo demás, el debate es interesante.

Paolo Luers

 

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MARGA ZAMBRANA. Ha cubierto Europa, Asia y Medio Oriente para medios como Associated Press y The Guardian

MARGA ZAMBRANA. Ha cubierto Europa, Asia y Medio Oriente para medios como Associated Press y The Guardian

Marga Zambrana, 15 diciembre 2016 / LETRAS LIBRES

No sé cómo no se dio cuenta. Fueron los pijos. También las noticias gratis en la red, los ajustes en las redacciones, la corrupción del sindicato, la indecencia de los directivos con abultados sueldos, la ambición de la selfie, la banalidad. El creer que la posteridad es arriesgar la vida por poner tu nombre en un artículo.

Cihangir es un barrio gentrificado de Estambul donde los hipsters turcos vienen a hacer la tournée du grand duc. Son tan pretenciosos que incluso hay una comedia televisiva dedicada a ellos. Hay coctelerías muy caras que dan caché al dolce far niente. Los corresponsales de Cihangir ignoran que viven en esa comedia. Tuitean lo que sucede en el frente de Siria desde aquí, a mil doscientos kilómetros de distancia. Tenemos a una joven que acaba de aterrizar de Londres, posa en Instagram desde una de las terrazas afrancesadas del barrio, laptop en la mesa, daiquiri en mano. Informa sobre la trágica situación en Siria. Agencieros anónimos hacen el trabajo, ella pone el nombre. También se toma selfies en las clases de yoga, como debería hacer cualquier periodista con credibilidad hoy en día. Acaba de convertirse en una experta en Siria porque está en todos los grupos de WhatsApp con fuentes sirias en los que estamos todos, como unos cien periodistas de aquí a Londres. Sin pisar Siria. En Twitter es tan compasiva que comparte todas las fotos de niños abrasados y descuartizados en Alepo. Indignación. Ya ha salido por la tele, y ha hecho un live en Facebook, con la experta de plantilla, cuarenta años de experiencia, que aparece resignada desde Washington junto a la colegiala.

screen-shot-2016-12-26-at-10-32-23-amHa tuiteado que su turco es tan precario que en lugar de un pincho moruno le han traído un pescado a domicilio. Y a todo el mundo le encanta y lo retuitea. En serio les encanta. Es muy gracioso y cercano que no hable la lengua local. Porque ya da igual hablar turco o árabe. Basta con publicar la foto del pescado mustio que demuestra que estás en el lugar de los hechos. A los activistas y expertos de ese lado del conflicto les encanta, porque cualquier cosa que le filtran alcanza a sus veinticinco mil seguidores en cuestión de segundos. Ella sabe que así puede ser la próxima Christiane Amanpour: está en el lado de la verdad, de los buenos. Al fin y al cabo, todos dependemos de nuestras fuentes en este lado del conflicto.

Sabiendo lo que su diario paga por artículo, difícil es explicar cómo sobrevive. Ni ella ni los centenares de periodistas extranjeros que viven en Cihangir y en el resto de la caótica y superpoblada Estambul. Tampoco se explica en Beirut o en Erbil, aún más caros, y desde donde se cubren estos horrores de Medio Oriente que ahora vuelven a ser portada.

En cuatro años aquí, yo tampoco me lo explico. Nadie cobra un salario. Tengo un colega que ha hecho un video al año desde 2012, pero hay noches que se taja con veinte cervezas que cuestan cinco euros cada una, por las tasas islamistas de Erdogan. Por lo menos habla turco. Todos sospechamos que lo mantiene la familia, su padre es periodista y tiene un salario de los de antes en América. Los sirios conspiranoicos con los que trabajamos creen que es un espía, que podría ser, porque hoy en día los servicios secretos también dependen de freelancers mal pagados, así está la política regional. Pretender ser un espía es una salida digna, el James Bond de Arabia. Algunos lo dejan caer en los grupos secretos de Facebook donde mil periodistas comparten la misma información. “Sé lo que pasó, envíame un privado.” De hecho, la censura o la deportación son motivo de gloria: al menos alguien lee lo que escribimos. Tengo colegas que repiten en cada reunión la única detención o interrogatorio que han sufrido en años, como si eso no fuera parte del oficio. Ante acusaciones de espionaje hay que responder con silencioso cabeceo, mirada perdida, cerveza en mano, manteniendo el misterio.

Otra jovenzuela recién licenciada ha empezado a publicar por fin en algún medio serio, después de un año subiendo fotos de gatos de Cihangir en Instagram. Nadie sabe bien cómo lo ha conseguido. Dice que es experta en refugiados, todos sabemos que no tiene ni idea, pero publica. Con dos artículos al año en Newsweek nadie sobrevive en Estambul. Tiene un flequillo oxigenado y se hace selfies en Lesbos con la mandíbula alta. Está feliz de ser testigo directo de la historia. Y está dispuesta a pagar el precio. Una habitación en apartamento compartido en Cihangir cuesta unos quinientos euros. El tour operator del horror desde una distancia segura. Son tan convincentes que mi familia y amigos creen que estoy cubriendo guerras en Estambul.

Una agencia internacional contrató hace unos años a una chica, no tenía experiencia, de hecho había un candidato mejor preparado que ella, pero tenía familia, hijos. El jefe de personal preguntó si era pija, si podían pagarle la mitad. La respuesta fue sí, su familia le había comprado un apartamento en el Bósforo, ahorro de alquiler. Durante varios años fue incapaz de hacer el trabajo que constaba en su contrato. Pero era barata y pensaba que la agencia le iba a dar nombre. Se fue ofendida a mostrar sus talentos en la pantalla. Al sustituto no van a pagarle más, aunque sea un profesional. La otra se vendió por nada. Nada es ahora el precio. Todo lo que internet ofrece gratis ha dejado de ser negocio: la música, el cine y el periodismo.

Llegaron como Erasmus en una rave party. Cubrían en la frontera, cuando aún era barata y se podía entrar a Siria con las facciones que entonces eran prodemocráticas y hoy son salafistas, los buenos. Se habían fogueado en Libia, aprendiendo a diferenciar un ataque con lacrimógeno de un tiroteo. Algunos iban al frente en sandalias, otros pedían dinero prestado o hacían fotos de bodas para cubrir los gastos. Otra opción es acostarse con el traductor tras una noche a lo Liza Minnelli en el cabaret de Antioquía, te ahorras una pasta. A mí me enseñaron que eso no es muy profesional, pero así se hace periodismo hoy en día: tu amante te traduce al jefe local de Al Qaeda y explicas en tu blog qué ovarios tienes al quitarte el hiyab en sus narices y zamparte un helado. Salvaje. Así puedes acabar publicando en el Times, aunque nunca entendimos muy bien cuál era el mensaje del entrevistado.

Qué decir de los degollados. No se esperaban la fama que iban a lograr. Claro que eran valientes y comprometidos, enviaban buen material, están en nuestros corazones. Pero compraban sus noticias porque eran baratos, ya estaban allí, no había que pagar gastos de viaje, ni seguro ni pensiones. No pagaron los doscientos o trescientos euros diarios que cuesta un traductor o una facción que te proteja en el frente. Salía más rentable venderlos a los ninjas. ¿Qué periodista cobra eso hoy en día? ¿Y quién se acuerda hoy de ellos? Dígame dos nombres y me trepo el minarete de la Mezquita Azul. Murieron de precariedad. Calculemos los rescates que se han pagado por los supervivientes y lo que costaría invertir en seguridad y periodismo de calidad.

Antes las guerras se cubrían con medios, por eso Hemingway se tajaba a gastos pagados desde Saigón a La Habana. Hoy nadie recuerda sus coberturas, pero su apellido da nombre a muchos cocteles. Nadie secuestra a periodistas cuyas empresas pagan por su seguridad. Hace años que nuestros editores no nos dejan entrar en Siria, por si nos pasa algo. De hecho, si no hacemos un cursillo de seguridad que financia una ong para periodistas pobres no nos dejan ni acercarnos a la frontera, lo exigen las aseguradoras. Así que todos vivimos de lo que los activistas publican en Twitter desde Alepo, sin poder confirmar nada. Vivimos de mentiras delirantes y de gente que hace negocio con la guerra. Qué se puede esperar después de casi seis años de guerra, ¿hippies? Se han invertido miles de millones en la propaganda que nos ofrecen nuestras fuentes: activistas, expertos y consultores. Somos más fáciles de manipular que nunca. Te aferras a las víctimas, los muertos no pueden mentir.

Un profesional sólido con conocimiento, entrenamiento militar y varios idiomas puede exigir. Pero ahora basta con varias selfies y un periscope. Cuatro mil seguidores de golpe. ¿Cómo se cobra eso? Recuerde aquella encuesta del milenio: los jóvenes quieren ser periodistas por fama, por dinero o por vocación. Sigue siendo así, es ridículo. Algunas familias lo pueden financiar, por un tiempo. Hasta que preguntan a sus retoños si se van a dedicar a algo serio en la vida.

Desde hace más de quince años, he visto cómo algunos becarios en Pekín acababan su asignación: iban al despacho de la jefa de delegación y le pedían garantía para un visado en el país a cambio de trabajar gratis. Ella estaba feliz, gente trabajando gratis, genial. Yo les decía que eso no era ético, que había gente que vivía de esta profesión y tenía hijos. Pero pensaban que era una sindicalista chiflada a la que había que evitar.

Yo llevaba años huyendo de eso, por eso me fui a China. Pensé que nadie estaría tan desesperado para aprender una lengua infernal. Pero no. En cuanto China se convirtió en “la historia” empezamos a recibir oleadas de sobrinos y de diletantes. Más Hemingways, más Amanpours. Preguntaban cómo se deletreaba Hu Jintao y si Hu era el nombre o el apellido. Algunos colegas también usaban de traductoras gratuitas a sus novias chinas en Pekín. De hecho, China se puede cubrir perfectamente desde una playa de Phuket, y a algunos les fue muy bien así.

Los becarios inteligentes de entonces ya no hacen periodismo. Se dedican a oficios serios bien remunerados. Los vocacionales siguen trabajando, no siempre en esto. Un amigo al que décadas en el frente le han dejado la sonrisa mellada me confiesa que se puede pagar vacaciones porque filma anuncios para empresas y para oenegés. Es un artista, no todos tienen su talento.

 

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Alberto Arce. Ha reporteado para Associated Press y The New York Times.

Alberto Arce, 25 diciembre 2016 / HORIZONTAL

Hace poco recibí por Facebook, de un amigo periodista español, un categórico-texto-de-título-categórico recientemente publicado en Letras Libres, en cuyo título se espetaba en una frase, gran ejercicio de síntesis, dos resoluciones jactanciosas: “Los amateurs acabaron con el periodismo”. Me inflamó el carácter, ya de por sí, tendente a un punto luctuoso en todo lo que tenga que ver con esta industria que tan mal gestiona la decadencia.

Que el periodismo está muerto es algo con lo que puedo estar de acuerdo. Que lo mataron los amateurs es muy cuestionable. Primera crítica: definan amateurs, como si alguna categoría fuera hoy inmóvil, estanca, perenne. Recuerden que la realidad es siempre multidimensional y de capas cada vez más permeables. Segunda: volcarse de manera más o menos ocurrente sobre un conjunto de lugares comunes baratos, acomodaticios, de aplauso fácil y ejemplo grotesco es puro ruido. Que, como todo ruido, ahoga la melodía. Y que, además, no lo hace de manera neutral. Vierte la culpa sobre el eslabón precario de la cadena. Y eso es Infame. En la maquila, viene a decir el texto, la culpa es de la ensambladora del final de la fila, que no quiere trabajar, que no sigue el ritmo en el turno o solo está allí porque no tiene nada mejor que hacer. Qué fácil. Qué falso.

Ejemplo de la vida diaria: si ningún medio apostara por contar todo lo que está rodeando la reelección presidencial en Honduras y yo saliera a hacerlo a fondo perdido porque puedo, quiero y creo que es mi obligación, ese comportamiento caería dentro de la categoría amateur y estaría matando el periodismo al no exigir el justo precio. Digamos que un reportaje así, billete de avión, alojamiento, comida transporte y salario incluidos, podría costar 2500 dólares, una cantidad de dinero que difícilmente nadie querría pagar por un reportaje sobre ese tema. Podría llegar a venderlo en el mejor escenario por la mitad o menos. Ergo, no es racional y no se hace; y si lo hago, estoy matando el periodismo porque soy un pijo, un amateur o, peor, alguien sin criterio dispuesto a morir por un byline. Esa es una visión muy reduccionista. Sería como describir una ola que rompe llegando a la playa sin tener en cuenta la fuerza de la marejada que la empuja.

Implicaría omitir algo mucho más grave: que ningún medio de comunicación habría considerado previamente que esa cobertura, la de Honduras y su reelección presidencial, podría competir en el compost de Facebook frente a, digamos, una nota sobre cuáles son los días festivos en México para 2017, que seguro tendrá diez veces más clics –asumamos que eso equivale a lectores– que la nota sobre lo que sucede en Honduras. Una nota que costaría, además, el tiempo de trabajo de un redactor junior, que, por muy lento que se mueva, no tardaría más de una hora en hacerlo. Con un salario saliéndose por arriba del precio de mercado, tenemos diez veces más clics por 40 dólares.

La respuesta de la industria es evidente: dame clics. Y esos clics los genera casi cualquiera haciendo casi cualquier cosa.

Y permitiría al mismo tiempo defender la tesis contraria, la que a muchos nos convence: que la unidad de éxito y medida que se usa hoy en la profesión, digitalizada y subsumida a las redes sociales, es directamente proporcional a la velocidad del deceso de la profesión. Que a medida que el criterio por el que se valora la pertinencia de una cobertura periodística se aleja del concepto de servicio público y control del ejercicio del poder por parte de los poderosos, el producto periodístico pierde valor, por más clickbait y racionalidad económica que genere e implique, y cada vez menos gente estará dispuesta a pagar por consumirlo. Que esa, y no otra, es la razón de la muerte del periodismo. El tiro de gracia es ese y no otro. Y el gatillo no lo aprietan los amateurs. Lo aprietan, apuntando, con tiempo e información más que suficiente para saber a qué disparan, los jefes de todo esto. Los editores, los propietarios de los medios.

La Condesa es una colonia de Ciudad de México. Está en el país de los treinta mil desaparecidos y la guerra abierta contra el narcotráfico, la esclavitud en el campo, la explotación laboral y la corrupción generalizada, el problema indígena o los miles de refugiados centroamericanos. La Condesa es el lugar donde los alquileres cuestan más que en Madrid o Barcelona. Donde las terrazas ofrecen cócteles y esa clase global –hipster, la llaman hace unos año– pulula en patineta, bici sin frenos y grandes auriculares conectados a Spotify escuchando la misma música que en Brooklyn o el Borne. Donde es razonable caminar a las tres de la mañana sin que nadie te ponga una pistola para asaltarte y donde los niños –los míos también, qué importante es incluirnos en el escupitajo antes de escupir a los demás– juegan felices en los parques.

La Condesa y, por extensión, su vecina colonia Roma –las casitas del barrio alto, si nos ponemos clásicos– son esos lugares desde donde todos los corresponsales extranjeros que cubren México y América Central nos cuentan la región. Desde donde los editores de los medios más importantes del mundo toman decisiones estratégicas con las que conferenciarse a sí mismos una y otra vez allende los mares en un tiempo de reformulación del modelo de negocio.

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Con ideas como que revolucionan su compromiso con la audiencia de la región rompiéndolo con un Facebook live sobre el problema del tráfico en la ciudad y asuntos de gravedad meridiana como si se llega antes en bici o en Uber a determinado lugar. O presentando sus nuevas oficinas reformadas. (Sí, literal.) O definiendo México según su punto de vista. Que puede rayar en el delirio autoreferencial.

¿Facebook live? Sí, pero ¿para qué? En la colonia Narvarte de la Ciudad de México hay un restaurante especializado en barbacoa: El Pinche Gringo. Los jóvenes demócratas (entiéndase, los expatriados partidarios del partido demócrata residentes en México) se citaban allí durante la campaña electoral para la presidencia de Estados Unidos. Recuerdo troncharme de risa, durante uno de los debates de campaña, mientras un editor hacía un Facebook live al tiempo que trataba de evitar al personal de otros diarios, canales de televisión y agencias, varias, que coincidían en el restaurante el mismo día a la misma hora haciéndole las mismas preguntas a las mismas personas. ¿Contando qué? Cómo se ve desde México la elección presidencial en Estados Unidos. ¿Es ese restaurante de expatriados repleto de periodistas el lugar desde el que alguien sensato podría aspirar a saber como se ven las elecciones de Estados Unidos desde México? ¿Cuestiona alguien que casi todos los medios contaran exactamente lo mismo?.

¿Alguien estaría dispuesto a pagar por eso? ¿Mata eso el periodismo? Decisiones como esa, que son, según mi punto de vista, las que realmente están matando el periodismo, no las toman los amateurs. Las toman los jefes de todo esto. Los dueños de todo esto.

El ejemplo puede llevarse hasta lo grotesco en cada momento y lugar. Que sea representativo es otra cosa.

La situación de cualquier industria la definen el contexto económico y los que toman las decisiones, no los que las sufren o las corean desde posiciones diversas. Cuando tenemos en la Ciudad de México cuatro o cinco o seis o siete medios internacionales con corresponsales y editores a tiempo completo de los de “yo en París era proleta y aquí soy diplomático”, de los de mudanza, alquiler pagado, Uber en la puerta, sueldo en dólares y euros en un país cuya moneda se ha devaluado un cuarenta por ciento en un par de años y la industria, de repente, entra en crisis, no toca preguntar si alguien desde una esquina remota de San Pedro Sula o Tamaulipas ha enviado un texto por menos de lo que cuesta producirlo o ha viajado con apoyo de una ONG.

Mal periodista es quien no sabe hacer preguntas. No es esa la pregunta. No seamos miserables. Toca preguntar en torno a quién terminó con el periodismo y dónde se quedó la porción grande del queso.

Toca preguntar si alguno de esos editores, corresponsales, jefes de oficina, personas que toman decisiones que ganan en un mes lo que siete periodistas mexicanos, han pisado alguna vez las calles de Tegucigalpa, Ciudad Victoria o Managua. En caso de que las hayan pisado. Si han salido mucho más allá del radio del wifi del Intercontinental de esas ciudades O si han estado una semana de su vida en una comunidad de la Alta Verapaz guatemalteca durmiendo en una cabaña de madera sin agua ni luz haciendo de aquello por lo que les pagan, de corresponsales. Como toca preguntar cuántos podrían mantener una conversación con una señora que venda tortillas en la calle en un suburbio de Guatemala sin que su fixer, al que le pagan al día el doble de lo que le pagan a un freelance local por un reportaje, se la tradujese. Porque ni siquiera entienden el idioma. Pese a su vida cuasi diplomática. Como toca preguntar cuántos corresponsales en Jerusalén de los de doble página en domingo y seguro médico completo han dormido una noche bajo los bombardeos en Homs o avanzado con una unidad rebelde por una trinchera tras una noche interrumpida al alba y sin un café que echarse al dolor de cabeza.

Y toca preguntarlo porque son los que muchas veces nos lo cuentan y terminan por la manera en la que lo hacen, desde lejos, con superioridad y prejuicios respondiendo a agendas propias, de carrera y medre y no su empleo ni al servicio público. Analizarán estos muy bien. Serán de verso florido y titular rimbombante, fluido, fértil. Tendrán buena relación con el poder, etiqueta y tarjeta de esa que te pone al ministro al teléfono en lo que te fumas un cigarro. Pero calle, lo que se dice calle –la de barro y frío, que no narre con superioridad vidas que no conocen porque no las viven- dejaron de verla el día que ascendieron. Y en su gestión de los recursos decrecientes son ellos quienes deciden terminar con el reporterismo, que ya no queden corresponsales, ergo matar el periodismo. Los que en su lugar nos dejan esta arena en la que solo quedan gestores del declive con agenda de supervivencia en redacciones que se parecen cada vez más a un prolongado juego de la silla donde se cae quien pierde la política, no quien se separa de la calle que debería contar.

Toca preguntar quién mató el periodismo a quienes tienen medios para hacer periodismo y no lo hacen. A nadie más. Porque han decidido apostar por el clickbait barato en un medio profesional en el que las apuestas novedosas y los grandes lanzamientos pasan, por ejemplo, por el reciclado de contenidos de primera clase adaptado a un nuevo público que espera en clase turista que un par de días después la clase ejecutiva le suelte las sobras. Que ha optado, en definitiva, apostar por no gastar (en nada que no sean sus privilegios, inmaculados) y a base de inundar las pantallas de posts para Facebook, girar por el mundo cual gurús salvando el periodismo cuando en realidad lo están matando.

Lo paradójico del periodismo es que puede auparse a la gloria quien lo mata. Y aparecer como responsable del asesinato cometido por otros, quien sigue reporteando contra viento y marea. El periodismo lo mataron el día que mataron el reporterismo por caro y lento. Y eso no lo mataron más que los de las opciones sobre acciones, el cuidado de los beneficios para los inversores, los gestores del derroche y el exceso anteriores y los recortes subsecuentes. Los reporteros, profesionales y freelancers, amateurs algunos, no hemos hecho más que luchar hasta reventarnos contra el muro levantado por los de culo sentado en sillón orejero que dejaron de enviar gente al terreno para apostar por otro modelo, más barato, de peor calidad, por el que nadie quiere pagar como consumidor, que sigue costando dinero –aunque cada vez menos– mientras aquel contenido por el que la gente sí estaría dispuesta a pagar, el reporterismo, el periodismo de calle, deja de hacerse.

Hay legión de jóvenes y no tan jóvenes amateurs un día, profesionales como la copa de un pino otro, que trabajan sin seguro médico, sin salario, apoyándose en lo que pueden, como pueden y metiéndole ganas porque creen en esto. Y sí, que pueden incluso acabar con su vida. Toquemos ese tema. Ofende mentar a los muertos sin honor porque en la guerra muere gente. Pero por vocación y por servicio público. No se equivoquen. Nadie muere por ego ni por firmar. Muere por llegar a Alepo o avanzar en Mosul. Muere en un pueblo de Veracruz por enfrentarse a un alcalde corrupto. Por estar donde hay que estar. Esos son los que consiguen la mayor parte de la información, los que marcan, los que detectan, los que tiran, casi siempre, tendencia. En el Intercontinental o en la oficina nunca te van a degollar. La referencia a los muertos de quien cree que el periodismo lo mataron aquellos a los que alguien llama amateurs es ofensiva. De arcabuzazo. Digna de que el florete de Alatriste atraviese a quien ose. Si los degollados en Siria murieron de precariedad –que no, que no, que no es cierto, murieron en la guerra por estar demasiado cerca– aunque alguien haya osado escribirlo así, entonces quienes los asesinaron fueron los jefes de los medios. Y en ese giro lógico, en ese ejemplo miserable, se cae toda la argumentación de ese texto que dice al periodismo lo mataron los amateurs.

Pijos y gilipollas los hay en todas partes. En los asientos caros hay muchos más. Y los corifeos que señalan la paja en el ojo ajeno y amplifican la gilipollez como si fuera definitoria de algo, merecen sambenito por mentir ameritando así su canonjía.

No. Seamos serios. Matar el periodismo es considerar la sección de internacional de un diario la traducción del contenido de otro diario, apuesta mucho más barata que crear una sección de internacional. Traducir en vez de producir. Fusilar a las agencias en vez de enviar corresponsales porque sale más barato. No contar el hambre en Guatemala porque no es noticia, pero que cada derbi Madrid-Barcelona siga siendo, más que noticia, avalancha. Que no se viaje a las esquinas del continente pero que en una rueda de prensa en el centro de la ciudad haya 30 fotógrafos tomando la misma imagen. Que la crisis ha provocado miles de despidos pero no ha tocado los sueldos de los directivos. Que los redactores redacten transcribiendo vídeos de los camarógrafos porque pueden pasarse un año sentados en la redacción sin moverse de la silla. Que cuando un diario decide pagarle a un redactor el 30 por ciento de lo que ha costado producir una nota, la noche antes sus jefes han invitado a cenar a una fuente política gastando el doble de dinero a cambio de un chisme interesado. Que para entrar en un diario haya que pagar un master que casi solo los pijos pueden pagar. El periodismo se mata por arriba. Todo eso pasa porque lo deciden los editores, los jefes. Y nadie más. Los dueños de los medios de producción y sus capataces. Nunca los jornaleros que se emplean a peonada. No son los amateurs los que hacen todo eso.

Peor aún, en otro formato de asesinato periodístico. Los editores, los jefes, son quienes deciden no verificar fuentes y publicar, algo tan de hoy en día. ¿Queremos hablar de quien mata al periodismo? En el caso de Nadia, esa niña con una enfermedad rara y su padre estafador recaudando dinero y curando dolencias en cuevas de Afganistán que ha ocupado cientos de minutos y miles de palabras en la prensa española ¿es el periodista que se come todo lo que le dicen el único responsable de la muerte del periodismo, que lo es, o lo es el medio que no le ha puesto un editor que le verifique la nota? ¿Alguien ha preguntado al medio por los mecanismos que terminan con la confianza del lector, que pasan por recortar personal hasta terminar con la edición? No. Linchemos al reportero, fácil y barato. A la hoguera con él. Editorial con “perdón, me equivoqué, no volverá a pasar”. Y todo resuelto. Como Borbón que abdica. En comportamiento monárquico, que nada tiene que ver con la asunción de responsabilidades propia de las sociedades democráticas.

El periodismo viaja en bus por las noches, duerme en colchones en casa de amigos y trabaja pidiendo prestado, tardando seis meses en cobrar, tirando de la herencia que le dejó su abuela o con el dinero que ahorró en su trabajo anterior. Y es feliz, aunque se queje, porque cree que el periodismo es servicio público y no poder. Ese periodismo está más vivo que nunca y existe pese a los medios, pese a la prensa, pese a los canales. Existe por militancia y activismo, por vocación, por sentido del deber. Si el periodismo no ha muerto es porque no se deja matar por quienes toman las decisiones y muestra una resiliencia encomiable.

Hablo por experiencia propia. Por mí y mis compañeros, que hacían y hacen bodas, sí, para un día con ese dinero, una cámara prestada, sin chaleco y sin un dólar en la bolsa, salir a mostrarle al mundo Sirte, Alepo o San Salvador. Que han regresado con un Pulitzer o siguen haciendo bodas. Todos con la cabeza alta y la conciencia limpia. Sin un contrato y que no pisarán un despacho nunca. Hablo porque cuando éramos freelancers, amateurs, diría alguno desde la cómoda oficina, estábamos en medio del jaleo y nadie compraba nada. Y aprendimos que alguien de su misma cómoda oficina llegaría un mes después o no llegaría nunca. Y esos, los mismos, nos dicen qué hacer. Su voluntad de dar lecciones es inaceptable.

En 2008 Israel comenzó a bombardear la Franja de Gaza. Era navidad y los profesionales estaban de vacaciones o bloqueados por Israel al otro lado de la valla. No podían entrar de manera ilegal en Gaza por mar, como hice yo, amateur, mientras los israelíes nos disparaban, porque perderían su visa (importante criterio para el periodismo). Fue la operación Plomo Fundido. Murieron 1200 personas y se bombardearon con fósforo blanco las instalaciones de Naciones Unidas y los hospitales de la Cruz Roja. Cobré, por tres semanas de trabajo contando ese tipo de situaciones, si mal no recuerdo, 1000 euros. Que me llamen amateur. Se llenaron la boca. Aun me rebota en los oídos. Amateur, Amateur. Hice periodismo. Mientras los profesionales lo veían por televisión. De esas tres semanas a pérdida pero cumpliendo con algún servicio público salieron luego encargos bien pagados para un año. En la empresa, a veces se invierte y se pierde dinero para ganarlo luego. Y en el periodismo, siempre, se cuenta la historia primero y luego ya se cuadrará el balance.

El mundo está lleno de freaks e idealistas. Pero nunca son ellos los representativos ni los responsables de nada. Son solo las notas de color. Ni los amateurs ni los freelancers ni los periodistas mataron al periodismo, en manos de editores y propietarios de medios. Defender esa tesis me hace pensar en los campesinos que se rompían el lomo cultivando el trigo con el que se cocinaban los pasteles de María Antonieta. Solo faltaría que ahora alguien omitiera que eso terminó por provocar un revolución de tráfico atascado frente a la guillotina y se atreviera a reescribir la historia para defender que, en realidad, los campesinos fueron los culpables de los retortijones de la reina después de engullir hasta la saciedad.

El gilipollas sube al escenario cuando el empresario le ve beneficio a que el espectáculo sea ese. El tomatazo al empresario. No disparen al pianista. Nunca. Eso es de mercenarios, arribistas y lameculos.

Intimida que algo queda. De Juan Cruz

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el paisLa tendencia de Pablo Iglesias de decirle a los periodistas cómo deben ejercer su oficio tiene antecedentes.

MD78. MADRID, 24/05/07.- El escritor Juan Cruz, esta mañana durante una entrevista con Efe en la que habla de su nueva obra, "Ojalá octubre", en la que rinde homenaje a la figura de su padre y a la gente humilde de su entorno, que "supieron perder con dignidad". EFE/J.L. PinoJuan Cruz, 2 noviembre 2016 / EL PAIS

La tendencia de Pablo Iglesias de decirle a los periodistas cómo deben ejercer su oficio, este modo suyo de intimidar a los profesionales para que se replieguen ante él y los suyos, tiene antecedentes. En Venezuela, por ejemplo, y en Argentina. Él dictó, con algunos de sus compañeros más apresurados en la mecánica de la reprimenda, la norma de que no se puede hablar de Venezuela aquí, pero él habló mucho de Venezuela, y también habló para Venezuela, y para repúblicas amigas. Hasta que fue oportuno que no llorara por Hugo Chávez y dejó de decir Hugo antes de que dejara de decir Alexis o antes de que dejara de decir todos los nombres propios que antes no se le caían de la boca.

Después de dictar que no se hablara de Venezuela dictó cómo debía informarse desde España para América, y puso de ejemplo EL PAÍS, al que había que desactivar como un peligro para la comprensión del futuro de los países a los que se dirigía en aquel sur. Lo hizo a través de un programa al que convocó a gran parte de sus más fieles contertulios para decir, a vuelta de tuerca, que somos un peligro para el mundo que él quiere construir. Luego vinieron algunas anécdotas simbólicas que tienen que ver con su concepto del periodismo.

Como otros líderes que no son de su cuerda, se burló de periodistas por su vestimenta e incluso por sus informaciones, para que acallaran bajo sus gritos o sus burlas las informaciones que estuvieran en sus manos. Y ha llegado ahora a la desfachatez profesional de llenar de tuits y otras maniobras de los suyos y de los adquiridos para hacer que una emisora de radio, la SER, de este grupo, fuera acusada de decir lo que él dice que no dijo después de que todo el mundo escuchara que no dijo algo distinto que lo que la cadena resumió. Él y los suyos consiguieron que Mariela Rubio pareciera un seudónimo de Juan Luis Cebrián en el caso Espinar y ahora lo han intentado de nuevo con la desfachatada y prolija declaración del propio Iglesias sobre las mujeres: intimida que algo queda. Y quedó.

La técnica es esa, la intimidación, auxiliada por las redes sociales que manejan él mismo y sus compañeros de equipo con una destreza que desarma al contrario que cree que si las redes lo destrozan ya no volverá sano a casa. Y a esa intimidación nos hemos prestado los periodistas hasta convertirnos en rehenes de su buen humor o de su malhumor, de su concepto (el de Iglesias, el de los suyos) torcido de un oficio del que ya se ríe abiertamente, y a muchos parece que nos divierte el harakiri.

Sé que lo que estoy diciendo aquí tendrá las consecuencias habituales, que ya son una constante en la relación de Podemos con el periodismo al que no llegan a borrar del todo, aunque lo intenten sus más ágiles portavoces, ellas y ellos. Pero no me puedo callar porque yo vi ese periodismo ya, en las charlas de Hugo Chávez y en un programa argentino burlón alentado por Cristina Kirchner y los suyos; se titulaba 6, 7, 8 y era una agresión sin cuartel contra todo aquel periodista (de EL PAÍS incluido) que osaba decir lo que no estaba legislado por los altavoces de aquel periodo oscuro del periodismo argentino.

Como quiero el oficio, no tengo ganas de que el periodismo se rinda, anestesiado, ante los que lo quieren meter en el cajón oscuro de la intimidación. Ah, y tampoco me llamo Mariela Rubio.

¿El periodismo en crisis? De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 21 noviembre 2016 / EDH

Una de las ventajas más grandes que ha tenido el advenimiento de las redes sociales es el acceso a información, fácil y rápida, a muchas más personas. Para muchos, lo anterior ha significado una suerte de crisis para el periodismo, pues la era digital ha traído en oleadas a la competencia, y la publicidad o la suscripción como tales ya no son suficientes para costear las labores del periodista. Sumado a esto, la facilidad de abrir una página web, ponerle cualquier nombre y disfrazarla de medio digital está inundando las redes sociales y correos de las personas, volviendo “virales” historias que simplemente son mentira, con el fin de enriquecer a algunos del dinero que viene con el tráfico o con la plata que les pasan los políticos a los centros de trolles. No, no es el periodismo el que está en crisis, sino nosotros, sus lectores. Y al periodismo lo necesitamos para que confronte al poder. Así de simple.

diario hoyY las noticias falsas no son inofensivas. Su viralidad proviene de que están hechas para confirmar los prejuicios más íntimos del lector ya sea de izquierda o de derecha. El lector está, por lo tanto, predispuesto a creerlas. El resultado es la polarización, la derrota de la verdad, la debilitación del criterio y la muerte del debate sano. Son propaganda pero disfrazada de objetividad. Y las redes sociales, donde las personas se agrupan de acuerdo a características en común, son un terreno sumamente fértil para la diseminación de este tipo de historias. Aunque jugaron un importante papel en la elección estadounidense, no son solo una epidemia en Estados Unidos. En El Salvador se las ve en Twitter y Facebook, disfrazadas de medios digitales desconocidos con “noticias” aduladoras a uno u otro lado del espectro político. Compartidas por uno u otro amigo. Y no se vuelven virales por mala intención necesariamente. Es por eso que la mejor herramienta para hacer ciudadanía es la información y para evitar el veneno de la noticia falsa vale la pena prestar atención a un par de características:

1. Confíe más en medios cuyas marcas conoce. Simplemente porque tienen mucho más que perder. Es por eso que a pesar de sus muchas faltas, los medios reconocidos tienden a tener mejor periodismo que un blog cuyo nombre no se ha oído antes. Su marca es parte de lo que los mantiene operando y hacen mucho por preservarla, incluyendo, poner más cuidado con la información que publican. Aún así, mantenga su sano escepticismo y lea con ojo crítico. Es cuando nos distraemos, por cómodos, que nos manipulan.

2. Habiendo dicho eso, lea la “letra chiquita”. Las personas que se lucran de engañar lectores entienden muy bien el consejo número 1. Más fácil que trabajar por años para posicionar una marca en el periodismo y demostrar su valor con resultados, es robar la de alguien más para aprovechar su credibilidad para diseminar mentiras. Ponga especial atención en la dirección de la página web. Puede ser tan parecida que el cambio es imperceptible pero un cambio pequeño hace toda la diferencia.

3. Entienda la diferencia entre noticias, editoriales y columnas de opinión. Las noticias sirven para informarle de un suceso o circunstancia, con datos y evidencia. Los editoriales son la posición de la junta editorial de un periódico al respecto de un tema específico, pero no son necesariamente la verdad sobre ese tema. Las columnas de opinión, como esta, no son noticias tampoco: son la posición de quien la escribe.

4. Si es demasiado bueno para ser cierto, probablemente no lo es.

5. Si es bueno, y además, parece cierto, vale la pena constatar qué dicen otras fuentes. Si realmente lo reportado es algo que pasó, después de (en estos tiempos, minutos) ningún medio de comunicación tendrá el monopolio de la historia y podrá ver y comparar.

6. Un buen reportaje periodístico (y estos están en peligro de extinción) muestra evidencia. El periodista no espera que usted le crea solo porque se lo están diciendo: sabe que su deber es demostrarle por qué lo que le está reportando es verdad.

7. Dese cuenta que Facebook, Twitter, o sus correos electrónicos no están de su lado en esta batalla. No tienen los incentivos para parar a una historia falsa de volverse viral. Usted sí tiene ese poder. Simplemente, no dejándose manipular y dejando de compartir.

@crislopezg

Columna transversal: La sequía que causa inundaciones. Un ejercicio en lógica. De Paolo Luers

Usar la fuerza del orden para acciones de aniquilamiento y de “limpieza social” expone a los policías a riesgos incalculables, sin que el gobierno tenga capacidad de protegerlos.

paolo3Paolo Luers, 21 octubre 2016 / EDH

Demasiadas vidas de policías le ha costado al país la guerra contra las pandillas. Dentro de los miles de muertes que esta guerra cobra al país cada año, las de los policías son las que duelen más a la sociedad.

El Diario de Hoy hizo, en su edición del 18 de octubre, un recuento de cada uno de los 29 policías entre los más de 4 mil homicidios acontecidos entre el 1 de enero y el 2 de septiembre del 2016. Tal vez de esta forma contribuyamos a crear conciencia del precio inaceptable que la sociedad está pagando en esta guerra.

diario hoySin embargo, me toca explicar por qué no estoy de acuerdo con el enfoque que se dio a este homenaje a los policías víctimas de la violencia. En la portada, la nota se anuncia de una manera ambigua: “Tregua precedió matanza de policías”, reza la madera. Es como decir: “Sequía precedió inundaciones”.

Pero al interior del periódico, el titular cambia: “La tregua que aumentó los asesinatos a policías”. Ya no se trata una secuencia en el tiempo, sino de una causalidad: Es por culpa de la tregua que aumentaron los asesinatos a policías.

Es como decir: durante meses de fumigación, se logra bajar la incidencia del dengue. Cuando se deja de fumigar, el dengue se vuelve epidemia. ¿Qué tiene la culpa: la temporada de fumigación, o la suspensión? Imagínense un titular como este: “Campaña de fumigación precede epidemia de dengue…”.

En la nota se reitera la tesis del titular: “Los datos llevan a inferir que las treguas tuvieron como efecto el aumento de policías asesinados”.  Sólo que los datos citados en la nota son falsos: “En 2011 hubo 38 policías asesinados. El 2012 cerró con 40 policías asesinados”.

Según las estadísticas de la misma PNC, los datos son muy diferentes: en el 2009 murieron 18 policías; en el 2010: 18; en el 2011: 17, pero también 12 militares. (En el 2011, la Fuerza Armada había asumido el control periférico de los centros penales, incluyendo la revisión corporal de las esposas, hijas o madres que visitaban a los internos, lo que causó muchos conflictos).

La tregua comenzó a mitad de marzo del 2012. Este año, la cifra de policías asesinados o caídos en combate bajó a 15 (8 de ellos en los tres primeros meses, antes de iniciar la tregua). En el año 2013 son los 14 policías caídos.

A partir de junio del 2013 arrancó la campaña electoral, y el gobierno comenzó a desmarcarse de la tregua y a desmontar el esquema de mediación, que le dio sostenimiento. Y en 2014, con la tregua dada por muerta, el número de policías muertos casi se triplicó, llegando a 39. En el 2015, marcado por la plena implementación de la nueva política de Seguridad del gobierno Sánchez Cerén y su confrontación directa a las pandillas, la cifra de bajas de la policía llegó a 62.

Viendo estos números comparativos del 2009 al 2015, es obvio que durante la tregua no sólo se redujeron los homicidios en general, sino también las cifras de policías víctimas de la delincuencia. La conclusión lógica es: La tregua bajó los homicidios contra policías, y al desmontar el gobierno la tregua en el 2013/14, la cifra de policías aumentó drásticamente.

Esta conclusión -la única lógica que las cifras permiten- es diametralmente contraria a la tesis sostenida en la nota de El Diario de Hoy. Resulta que no es la tregua que aumentó los asesinatos, sino su desmontaje por parte del gobierno del FMLN.

Al gobierno de Sánchez Cerén le conviene que la sociedad acepte su tesis de que fue la tregua que causó el posterior aumento de la violencia, incluyendo las altas cifras de bajas entre los policías. Porque de otra manera el gobierno del FMLN tendría que tomar responsabilidad por la manera irresponsable en que desmontó la tregua y puso a los policías a implementar una guerra de confrontación militar, para la cual no están preparados. Usar la fuerza del orden para acciones de aniquilamiento y de “limpieza social” expone a los policías a riesgos incalculables, sin que el gobierno tenga capacidad de protegerlos. Sin quererlo, notas periodísticas como la mencionada resultan ayudando al gobierno a encubrir sus fracasos.

Carta a Oscar Martínez: Contra corriente se llega lejos. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 20 octubre 2016 / EDH

Estimado Óscar:
En nuestro país, las buenas noticias son demasiado escasas para no resaltarlas. El hecho que la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia de New York otorgó por tercera vez su “Premio Maria Moors Cabot” a un periodista salvadoreño, es una de estas buenas noticias que hay que celebrar. La primera vez el jurado se equivocó:dieron el premio del 1994 a Mauricio Funes. Equivocarse es humano, y el jurado no estaba solo: 1.354.000 salvadoreños se equivocaron, haciendo a Funes presidente de la República. Resultó mal presidente, lo que nos hubiéramos podido evitar si hubiéramos evaluado con más seriedad su rol de periodista.

diario hoyEl segundo salvadoreño que recibió el “Premio Cabot” fue Carlos Dada, fundador de El Faro, en el año 2011. Lo que premiaron fue la idea (hecha realidad) de fundar contra viento y marea El Faro, un medio digital, independiente, incómodo e investigativo, cuando nadie creía que era factible.

Pero es este tercer premio, el tuyo, que realmente me llena de orgullo. ¿Por qué? Ya lo expuse en la carta que te dediqué cuando la Universidad de Columbia hizo pública la decisión del jurado (Carta a Oscar Martínez: Cuidado, los premios a veces engañan, del 21 de julio 2016).

Lee Bollinger, presidente de la Columbia University (NY) presenta a Oscar Martínez

Lee Bollinger, presidente de la Columbia University (NY) presenta a Oscar Martínez

Pero ahora que vi en Facebook la foto de vos, sentado con tu smoking alquilado en la ceremonia en New York, me hice la pregunta: ¿Por qué esta foto no sale en la portada de nuestros periódicos? Es cierto que hay diferencias en la concepción del periodismo; que existe competencia entre los medios; que nos criticamos mutuamente, pero un premio tan importante para un colega salvadoreño sigue siendo noticia, y también fuente de orgullo para todo el gremio.

Yo que dejé de escribir para El Faro por serias diferencias, luego de que Carlos Dada decidió censurar una de mis columnas, me siento orgulloso del premio que esta semana fuiste a traer a New York. Porque es muestra de que el periodismo salvadoreño está avanzando, y que este avance está siendo reconocido en el mundo. Ninguno de nuestros periódicos, con la indecorosa excepción del CoLatino, ha quedado en el deplorable estado de antes y durante el conflicto armado, cuando censura y autocensura, represión y miedo tenían amarrado y postrado al periodismo nacional.

Aunque a muchos les cuesta reconocerlo: La manera irreverente y a veces controversial en que El Faro ha irrumpido en la escena mediática, que muchos todavía ven como amenaza, es lo contrario: Es un motor más de renovación de toda la prensa salvadoreña.

Y el hecho que el “Premio Cabot” haya caído a vos, Oscar, tiene una gran relevancia: Destaca que El Faro ha logrado convertirse en una escuela de periodismo que ya a esta altura está catapultando a reporteros jóvenes al estrellato internacional. Es una muestra que la irreverencia, la audacia, la independencia, y la rebeldía, combinados con perseverancia, al fin pagan, generan éxito, se vuelven sostenibles.

Sería penoso repetir todo el elogio que te hice en la primera carta,  pero te tengo que decir que admiro la tenacidad con la cual agarras los temas que adoptás y los riesgos que estés dispuesto a correr. No solo riesgos para la vida, sino sobre todo el riesgo de ir contra corriente. Solo los que saben escribir muy bien logran superar este peligro de quedarse encerrado en un nicho alternativo y sin relevancia. Vos lo lograste y el “Premio Cabot” lo certifica.

De los tres salvadoreños que han recibido este premio, vos sos el que más lo merece. 
Saludos,

44298-firma-paoloVea la Carta a Oscar Martínez del 21 julio 2016

 

Posdata: Como generosamente me señala Roberto Valnecia de El Faro, no spn tres sino cinco salvadoreños que ganaron el premio Cabot: en 1944 Jorge Pinto; y en 1960 José Dutriz.