periodismo

Alma Guillermoprieto, maestra del periodismo. De María Paulina Ortiz

Alma Estela Guillermoprieto Panigua nació en 1949, en Ciudad de México. Esta entrevista se enmarca en el anuncio que la da como la ganadora del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Es un repaso por las grandes lecciones que a ella le dejaron 40 años en periodismo, aunque aún se defina como exbailarina.

Alma Estela Guillermoprieto Panigua. Foto: Sebastián Jaramillo

Una entrevista de María Paulina Ortiz (Revista Bocas/El Tiempo/Colombia), publicada el 8 de julio 2018 por La Prensa Gráfica/Séptimo Sentido

En su cocina están las huellas de sus experimentos. Lo que ahora tiene en la cabeza es cómo lograr una buena masa para hacer pizza. No quiere que le quede muy delgada, tampoco muy gruesa: intenta encontrar el término preciso y está dispuesta a dedicar las horas que sean necesarias para conseguirlo. Alma Guillermoprieto es perseverante también en eso. Lo ha sido durante sus 40 años de vida periodística, años en los que ha perseguido historias por toda América Latina y oído a sus protagonistas con la atención y la paciencia del que sabe que al otro lado hay una vida que importa. Años en los que ha escrito los mejores artículos sobre la realidad de estos países –sus revoluciones, sus conflictos– y que ha publicado en medios como The New Yorker, The New York Review of Books, The Guardian o The Washington Post.

Mucho de lo que los lectores de habla inglesa conocen del conflicto colombiano, y del latinoamericano en general, se debe precisamente a los textos de esta escritora y periodista que se ha dedicado a investigar, entender y traducir nuestra realidad, con la profundidad y la sensibilidad necesarias para transmitir lo que significa un territorio tan complejo. Sus reportajes están reunidos en libros como “Al pie de un volcán te escribo”, “Los años en que no fuimos felices”, “Desde el país de nunca jamás”, “Historia escrita” y “Las guerras en Colombia” (que este mes tendrá una nueva edición). También es autora de “Samba”, su primer libro, en el que relata la vida cotidiana de una escuela de samba en una favela de Río de Janeiro; de “La Habana en un espejo”, que describe los meses que vivió en la capital cubana como profesora de danza; y de “Los placeres y los días”, donde reúne, entre otros, su texto sobre el tango y sobre Celia Cruz. Ningún tema le es ajeno. Durante dos años escribió una columna de gastronomía en la revista mexicana Nexos y ahí daba rienda suelta a una de las cosas que más le apasionan: la comida.

Ya es conocido que llegó al oficio del periodismo por accidente, que su sueño era ser bailarina y terminó siendo cronista estrella de The New Yorker; que nació en Ciudad de México, hija de padre mexicano y madre guatemalteca; que su nombre completo es Alma Estela Guillermoprieto Paniagua y que ese Guillermoprieto –así, unido– viene de muchas generaciones atrás y si se escarba, llegamos a dar con el poeta y político mexicano de comienzos del siglo XIX Guillermo Prieto; que en 1995, Gabriel García Márquez la buscó porque quería que formara parte de lo que en ese momento era un sueño: la Fundación Nuevo Periodismo. Alma inauguró el taller de crónica en Cartagena y continuó dictándolo durante muchos años. Por ese taller han pasado decenas de reporteros latinoamericanos que se quedaron con sus enseñanzas en la memoria. Sus enseñanzas y su ejemplo. Porque de lo que ella se aprende no es solo teoría del oficio, es una forma de ser periodista. Sabemos también que le gusta leer novelas largas –aunque hoy prefiere la no ficción, sobre todo la ciencia– y que disfruta el tiempo junto a las plantas que están en su balcón. Alma tiene un nombre que le encaja muy bien.

El mes pasado recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, y así se une a un prestigioso listado de ganadores en la misma categoría, en el que aparecen personajes como Umberto Eco, George Steiner, Annie Leibovitz, Zygmunt Bauman o Ryszard Kapuscinski. Ya tiene en su haber el María Moors Cabot –el reconocimiento internacional más antiguo en el periodismo– y el Ortega y Gasset, que le entregaron el año pasado por su trayectoria profesional, para citar solo dos más de los premios que ha recibido. Desde que anunciaron que el Princesa de Asturias había llegado a sus manos, Alma Guillermoprieto ha tenido que responder decenas de entrevistas. Y no hay que conocerla tanto para entender que ella prefiere estar del otro lado de la libreta: en el lugar del que toma notas y pregunta.

Suele decir que en su carrera resultó esencial la presencia del editor. ¿Cuál de todos la marcó más y qué enseñanzas recuerda?
John Bennet, sin duda. Él editó todos mis textos en The New Yorker. Y es curioso porque, cuando trabajábamos juntos, era la intimidad absoluta. Fuera de eso, nada. Se jubiló hace dos años y no le he mandado ni una notita. Increíble. Después de 20 años de trabajo. ¿Qué me enseñó? Si es aburrido, no va. Quita lo más que pueda los entrecomillados porque es difícil que alguien hable de manera más interesante que tú, y vuelven lento el texto. Me acuerdo cuando estaba trabajando en el reportaje sobre Lima, durante el fujimorazo, que yo buscaba una palabra para el párrafo en el que decía que todo estaba tan caro que la gente escuchaba hablar de un guiso y se moría de la risa. Pero lo que había oído que producía risa no era una palabra chistosa en inglés. Era espagueti. Y no funcionaba. John y yo nos pusimos a buscar la palabra precisa. Hablamos una hora a larga distancia, cuando esas llamadas costaban plata, sobre esa pendejada. Riéndonos. Hasta que de repente dije: ¡Noodles! Y claro: esa era. La chispa de una frase dependía de eso; para que cuando yo dijera que la gente se reía, el lector se riera también. Ya no quedan editores así. Y bueno, está su lección de ética: trata a todos tus entrevistados como si tuvieran $5 millones para meterte una demanda con el mejor abogado.

Buena lección. Con frecuencia a la gente sin recursos, a los desconocidos, a los humildes, se les pasa por encima.
Claro, porque los pobres no tienen abogados. Entonces muchos escriben de ellos lo que se les ocurre. Y se meten a su cuarto, hasta adentro, sin pedir permiso.

Empezó en el periodismo a finales de los años setenta, cubriendo la insurrección sandinista en Nicaragua. ¿Por qué resultó tan importante para usted en ese momento la compañía de la fotógrafa estadounidense Susan Meiselas?
Yo tuve la ventaja de no saber nada de periodismo cuando inicié mi vida como reportera. No tenía idea. No sabía cuáles eran los grandes medios. Escribía para The Guardian y pensaba que era un pasquín. Y cómo no iba a serlo, si me habían contratado a mí. Además, pagaban una miseria. Susan era de mi edad y nos hicimos amigas rápidamente. Ella llevaba varios meses en Nicaragua y era como la guía. Yo dormía en el piso de su habitación porque el dinero no me daba para pagar un cuarto de hotel. Salíamos juntas a trabajar. Como todos los buenos fotógrafos, ella es muy buena reportera. Viéndola trabajar fue como aprendí a reportear. Aprendí que si no te acercas, no tomas la foto. Si no te acercas, no tienes el artículo. Y me extrañaba que otras personas se quedaran en Managua y salieran luego con unas notas preciosas. Porque iban a hablar con los embajadores, iban a las conferencias de prensa y reporteaban muy bien otro mundo que a mí nunca me interesó. Si yo me hubiera tenido que dedicar a ruedas de prensa y charlas con ministros, no duro un mes en este oficio. A mí lo que me emocionaba era la vida. La posibilidad de acceder al mundo, de vivir una vida grandota. Eso fue lo que me sedujo. Lo otro, jamás.

Sus primeros textos aparecieron como freelance en Latin American Newsletters y The Guardian. Pero después tuvo puestos fijos en las salas de redacción de The Washington Post y de The Newsweek. ¿Qué fue lo que no le gustó de esos cargos?
Que no me gusta estar en una oficina. Eso. La conformación del espacio físico de las oficinas me pone de mal humor. Y mira que la que tuve en Río de Janeiro era divina, y yo tenía libertad absoluta. En el fondo, creo que no me gustó porque soy escritora. En ese momento todavía no lo sabía. Aunque, para impaciencia eterna de mis editores de The Washington Post, lo que hacía era escribir reportajes y no escribir lo que había reporteado.

Que es algo bien diferente. ¿Y le desbarataban los reportajes?
No, lo que hacía Karen DeYoung, mi gran amiga y editora, la que me llevó a The Washington Post, era agarrar unas tijeras y cortarle toda la primera mitad. Y lo hacía de una manera mucho más civilizada que los de The Guardian. Se quedaba con el final, con la segunda parte, que era donde yo dejaba de echar mi rollo literario, de echar el cuento.

¿Eso la frustraba?
No le daba mucho valor. Yo escribía lo que me parecía que era interesante y ellos se quedaban con lo que les parecía útil. Tampoco era que yo pensara en algo como “voy a desplegar mi arte”. No, para nada. Hacía lo que se me ocurría y no era un pleito cuando me lo cortaban. Nunca he sido muy teatrera en ese sentido.

Fue en The New Yorker, entonces, donde sus historias empezaron a salir completas.
Sí, aunque yo ya acababa de entregar el manuscrito de “Samba”, mi primer libro.

¿Por qué ese libro no está traducido al español?
Nunca he encontrado una traducción en la que sienta que se escucha mi voz. De alguna manera, “Samba” es mi libro más personal. Es en el que más he buscado la calidad de la escritura. Y no me imagino cómo quedaría traducido. Además, quedé curada de espanto porque lo tradujeron al francés y resultó tan horripilante que dije “nunca más”.

En la revolución cubana se había impuesto mucho
la ortodoxia soviética, y decía que efectivamente
el arte era una cosa secundaria. Y que o servía a las
masas o no tenía valor. Esa es una diferencia muy importante:
si el arte no tiene valor en sí, un artista no puede existir.

¿Cómo es su relación hoy con “Samba”?
Quiero mucho ese libro. Le veo errores. Es muy largo, la estructura no es la mejor. Me hubiera gustado tener una editora más exigente, que le hubiera cambiado algo. Pero les gustó, y le pusieron ese título espantoso. Lo quiero por lo que fue la experiencia de reportear y por lo que representa. Fue un año de trabajo. Viviendo en la favela un mes. Pero yendo todos los días, desde muy temprano y hasta las 4 de la mañana, un año entero. Renuncié a Newsweek y para ir a reportearlo. Después me vine a Bogotá, con mi trasteo, en 1988, a escribirlo.

Vivió aquí de 1988 a 1992. Pleno narcoterrorismo, Pablo Escobar, carteles. ¿Esto le interesó como tema? ¿Por eso eligió Bogotá?
No, no fue por nada de eso. Me he dado cuenta de que a mí me gustan los lugares altos. Como asomaditos al mundo y aislados al mismo tiempo. Y en ese momento no se paraba ni una mosca por acá. No había extranjeros. Conocía a dos: Joe Broderick y Penny Lernoux, que fue quien realmente me entusiasmó para venir aquí. Mi gran amiga Penny. Ella escribió dos libros muy importantes: uno sobre la Iglesia colombiana, López Trujillo y compañía (él le dio una cachetada una vez), y otro sobre los bancos y el Vaticano. Una mujer fantástica.

Había pocos extranjeros, pero mucha rumba.
Sí, cómo no. Eso era muy rico. Estaba La Teja Corrida, El Goce Pagano, Salomé, Café Libro. Unos rumbeaderos deliciosos, de DJ, antes de que existiera ese término propiamente. Pistas atiborradas de gente echando pasito. Me imagino que todavía hay, lo que pasa es que ya no voy a eso.

¿Hizo buenos amigos en Bogotá?
Muy buenos. Cuando llegué era fácil hacer buenos amigos, hoy creo que no tanto. En esa época, si llegaba una extranjera, la gente te miraba con asombro y con agradecimiento. Te abría las puertas de su casa fácilmente, lo que hoy ya no ocurre. Además, era un tiempo en que tocaba compartir durezas, y eso hace que las amistades sean muy fuertes. Cuando compartes duelo. Eso marca mucho.

Entre sus amigas estaba Silvia Duzán, la periodista asesinada por paramilitares en 1990…
Sí, fuimos amigas. Silvia era una muchacha de una vitalidad, una alegría de vivir y una curiosidad por el mundo excepcionales. Yo estaba en Managua, durante la derrota del Frente Sandinista en las elecciones, cuando me llamó el director de The New Yorker y me dijo que me estaban buscando de Bogotá para informarme que Silvia había muerto.

Como casi todos nosotros, ha tenido amigos muertos por la guerra…
Sí. Y eso me hizo también parte de este país.

La primera vez que vivió en Bogotá fue en 1988, pero usted ya había pasado por aquí en 1973. ¿Cómo recuerda ese viaje?
Fue cuando iba rumbo a Chile, a estudiar por fin en la universidad. Me subí al avión el 11 de septiembre. Aterrizamos en Buenos Aires. No pudimos hacerlo en Santiago. Fue muy duro. En ese trayecto pasé por Colombia. Tomé un tren de Santa Marta a Bogotá. Lo único que me acuerdo de ese viaje es que era un tren infame, con asientos de madera, lento, lentísimo, con los vidrios empañados y sucios. Y en esa modorra tremenda del calor, paramos y vi a través del vidrio un letrerito que decía Aracataca. Era una estacioncita en medio de la nada.

¿Ya había leído a García Márquez?
Ah, claro. De memoria me lo sabía. Leí “Cien años de soledad” en una sola noche. Estaba en Nueva York viviendo con mi mamá y una amiga de ella llegó de México y nos dijo: les traje este libro que lo tienen que leer porque es maravilloso. Eso fue en 1967. Amanecí leyéndolo, despacito para que no se acabara. Entonces pasar por Aracataca fue maravilloso. Y una cosa más increíble todavía, absolutamente absurda: a la salida se nubló muchísimo, se puso negro, como que iba a caer un aguacero, y cuando me di cuenta había en la ventana una nube de mariposas amarillas.

Puro realismo mágico. Podría pensarse que no fue verdad.
Sí, uno puede decir que no fue verdad. Pero pasó. Porque además antes había muchos más insectos en el mundo. Ahora me doy cuenta, manejando por la carretera, que no se te queda en el parabrisas ni un solo insecto. Se están acabando. Y las mariposas más.

¿Cómo fue esa primera imagen de Bogotá?
En esa ocasión solo estuve de paso, pero sí me acuerdo que era una ciudad pacata, gris, donde se comía tan mal que yo, que soy de tan buen apetito, no comía. Bastante sin gracia. Perdón.
Algo ha cambiado… Cómo no. No sé por qué, pero es una ciudad vital, interesante. Y hoy se come muy bien.

Cuenta que en Nueva York vivía con su mamá. ¿Cómo fue su relación con ella?
Fue una influencia enorme en mi vida. Una mujer brillante. Gran lectora. Tenía mucho talento para escribir. Era secretaria y durante muchos años tuvo una columna en una revista mexicana. Era bilingüe y se preocupó mucho porque yo no perdiera el español. Una mujer con mucha chispa y sentido del humor. Muy vital. Creo que fue un golpe para ella que yo no quisiera ir a la escuela ni a la universidad. Si de pronto se le ocurrió que no era lo mejor para mí seguir una carrera en la danza, nunca me lo dijo. Si temía por mi vida cuando yo estaba en Centroamérica, jamás me lo dijo. Después me enteré por su mejor amiga que, por supuesto, se preocupaba. Pero nunca me habló de eso. Era una mujer de una gran libertad. Y que respetó siempre mi libertad.

¿Por qué quiso ser bailarina? ¿Alguien bailaba en su familia?
Creo que, hasta la fecha, somos muchísimas las niñas que hemos visto “Las zapatillas rojas” a los seis, siete, ocho años. Y algo que para mí sí es un misterio: por qué las niñas vemos una película en la que la protagonista se muere bailando, literalmente, y decimos “quiero ser bailarina”. Y a partir de ahí nadie nos quita eso de la cabeza. Esa película fue una influencia enorme. Una amiga tiene una hija de 10 años que está fascinada con el ballet y le dijo algo increíble como “yo sé que para bailar hay que sufrir”. Y es una niña feliz, con un hogar feliz. Me parece que con esa idea, con esa emoción, entramos todas a la danza. Hay algo muy poderoso en eso para las mujeres.

¿La dificultad que implicaba le llamaba la atención?
Tú sabes que los delfines, por ejemplo, cuando los tienen en cautiverio y les enseñan cosas, llegan a su práctica muertos de la emoción. Es maravilloso que te reten, que superes obstáculos, que aprendas una cosa nueva todos los días, que avances. Eso está no solo en la mente humana, sino en la naturaleza de todo ser vivo con inteligencia.

A los 16 años deja Ciudad de México para irse a Nueva York, tras el sueño de la danza…
Sí, precisamente porque mi madre estaba viviendo allá y me dijo que fuera, con la idea de que siguiera mi formación en el estudio de Martha Graham. Yo estaba bailando con una compañía mexicana, el Ballet Nacional de México, donde usábamos la técnica Graham como método de entrenamiento. Así que ir a su estudio me llamó muchísimo la atención.

Tuvo maestros muy reconocidos. No solo Graham, sino Merce Cunningham o Twyla Tharp.
¿Cuál de todos ellos fue el que le dio el no a su carrera en la danza?
Twyla Tharp. Aunque después, cuando regresé de Cuba y estaba sumamente desnutrida y flaca, Merce vino un día y a su manera me dijo que le gustaría que yo volviera a un ensayo. Yo en ese momento ya estaba con la Revolución. Y le dije que no.

O sea que quedó una puerta abierta en la danza…
Sí.

El período que vivió en La Habana, como profesora de un grupo de bailarines cubanos, fue difícil para usted. Incluso dice que esa temporada le cambió la vida. ¿Por qué?
Porque me sacó de la danza, que era mi universo. Me quedé en el limbo.

Hubo un momento, durante ese período, en el que se planteó si en realidad el arte servía para algo…
Es que en la revolución cubana se había impuesto mucho la ortodoxia soviética, y decía que efectivamente el arte era una cosa secundaria. Y que o servía a las masas o no tenía valor. Esa es una diferencia muy importante: si el arte no tiene valor en sí, un artista no puede existir.

A los seis meses de irme de Cuba fue el escándalo de Heberto Padilla, que tuvo que retractarse públicamente de sus poemas porque a alguien se le ocurrió que eran antirrevolucionarios. Seis años antes de que yo llegara, el arquitecto de las escuelas nacionales de arte donde di clases había tenido que irse del país y quedó en la ignominia, porque su arquitectura era contrarrevolucionaria.

O sea, una vez que estableces ese criterio, cualquier cosa puede ser contrarrevolucionaria, que es lo que sucedió con el estalinismo. En Cuba nunca hubo estalinismo, pero sí la posibilidad de que gente envidiosa destruyera las carreras de otras personas con ese argumento. Y yo me lo creí. Creí que, efectivamente, el arte que no servía para algo iba en contra de la revolución. Y como no pude con esa contradicción interior, me salí de la danza.

En The New Yorker el texto tiene calidad literaria o no.
Aunque eso era antes. Creo que ahora lo que importa es
la información. Antes podías escribir sobre un señor
que criaba verduras miniatura y, si tenía calidad literaria,
funcionaba. Ya no. Son los tiempos.

Es increíble cómo llegó a estar de involucrada con el espíritu revolucionario.
No hay nadie que tenga un temperamento menos partidario y de masa y de fervor ideológico que yo. Pero es que tener 20 años y estar sola, desconectada absolutamente de todas tus relaciones, todas, tu familia, tus amistades, tu actividad, todo, te produce eso.

En ese tiempo usted se deprimió y llegó a pelearse con la vida…
Sí, fue una depresión muy fuerte. Hay una cosa de la que se habla poco y son los suicidios dentro de los regímenes revolucionarios. Porque obligatoriamente mucha gente, y no solo los artistas, entran en contradicción con sí mismos, con lo que desean y con lo que se tolera. ¿Qué dice Shakespeare? El infierno que puede haber entre el momento en que se te ocurre algo y lo llevas a cabo.

Usted relata todo lo que vivió durante esos meses en La Habana en un espejo, el único libro en el que habla de su vida personal de forma tan directa. ¿Cómo se sintió al escribirlo?
Fue interesante. Ese libro me permitió ver muchas mentiras que yo tenía acerca de mí misma. En ese sentido fue muy saludable. Escribir sobre uno mismo es muy sanador. Yo me había tenido una cierta autocompasión antes y había pensado que la vida me había tratado mal y de repente entendí que lo que en realidad sucedió fue que mi vida había sido maravillosa en muchos sentidos. El regalo del arte, de la danza, de tantos mundos que he podido conocer.

Después de La Habana viajó a Nueva York y luego a Nicaragua. ¿También por el tema revolucionario?
Claro. Pero antes yo había regresado a México. Y trabajé primero como profesora de inglés, luego como profesora de español con unos becarios japoneses, y después como intérprete simultánea, que es lo mejor que me ha salido en la vida. Era buenísima en eso, buenísima. Empecé traduciendo congresos médicos y ahí seguí. De veras, era excepcional. Jamás tomé un curso y no me costaba ningún esfuerzo. Ese ha sido mi talento mayor, realmente. Fue una época bonita. Y en esas estaba cuando me fui a Nicaragua.

En un momento en el que podía poner en riesgo su vida…
Cuando eres joven, no piensas en esas cosas. Jamás. Yo venía de la derrota de Salvador Allende y ese horror que fue Chile. Y de repente aparece una cosa que, no sé cómo, pero se sentía que iba a triunfar. Desde la primera imagen que vi en la televisión, que era la secuela de la toma del Congreso por los sandinistas, la gente que salió a las calles masivamente, era claro que iban a triunfar. Y dije: quiero ver eso.

La terquedad, que es una de sus características.
No cabe duda. Si yo me reconozco algún mérito, es ser terca. Y algún defecto también.

Esa terquedad, enfocada en el trabajo periodístico, ¿tiene algún límite? ¿O llega un momento en el que desiste?
Hay un momento en que reconozco una imposibilidad. Pero mientras haya una opción, continúo. Como con el papa Francisco, que no me dio la entrevista para el perfil que escribí, pero hasta el último día estuve haciendo el intento por todos los medios posibles. O cuando me fui a parar en frente de la cárcel de Bello, en Antioquia. Estaba haciendo un texto sobre la masacre de Segovia. Fue mi primer artículo para The New Yorker, aunque nunca salió. Le dimos 20 vueltas y no logramos armarlo. Pero le trabajé. Y me habían dicho que uno de los que había participado en la masacre estaba en esa cárcel. Tomé mi camioncito y me fui. Al llegar, me dijeron que no podía entrar. Yo iba vestida con mi ropa brasileña, tan chic, no te imaginas. Una falda negra hasta los tobillos, divina. Unos pliegues, un lino finísimo. Y una blusita blanca, de lino también. Y dije pues me voy a quedar aquí al rayo del sol hasta que algo pase. Como a la hora, me abrieron la puerta y me dijeron: “Hermana, venga”.

¡Pensaron que era una religiosa!
¡Claro! Una evangélica. Fue buenísimo. Y la entrevista estuvo de parar los pelos. Él no confesó que había participado, pero me contó su vida.

¿Y el texto nunca salió?
No, no lo logramos. En The New Yorker el texto tiene calidad literaria o no. Aunque eso era antes. Creo que ahora lo que importa es la información. Antes podías escribir sobre un señor que criaba verduras miniatura y, si tenía calidad literaria, funcionaba. Ya no. Son los tiempos.

Los reportajes que conocemos en todos sus libros fueron originalmente escritos en inglés. ¿Se siente mejor escribiendo en ese idioma?
Todos excepto “La Habana en un espejo” y las columnas de comida. Lo que pasa es que yo me hice escritora en inglés y en The New Yorker. Cuando escribí “La Habana en un espejo” –que lo hice en español para sacarlo de un contexto gringo porque yo viví esa experiencia como una muchacha de 20 años mexicana–, me di cuenta de que no soy tan buena escritora en español, y además me dañó el inglés. Entonces, dije “no lo vuelvo a hacer”. Llevaba años perfeccionando un instrumento y tuve que desmontarlo y montar otro aparato, y fue difícil retomarlo después.

En inglés se le nota, además, una ironía que a veces no alcanza a percibirse en las traducciones al español…
Sí, el inglés tiene metido eso. El wit, esa cosa tan particular con las palabras, con la ironía, con la distancia. Me gusta y me ha servido mucho para escribir. En español no es tan fácil el juego de palabras. Es menos juguetón. Por eso hay tan pocos escritores cómicos en este idioma. Si te pones a ver, ¿quién? Ibargüengoitia, que se merece estatua, ¿y quién más? Bioy Casares, de pronto, Osvaldo Soriano. Son muy pocos. Como que escribir en español es una actividad seria, ¿no? Zafarme de eso también fue muy importante. Todos los escritores del Boom te contaban que ponían a Tchaikovsky para escribir, a Prokófiev. Y yo decía: órale.

Este oficio del periodismo puede también ser una especie de autobiografía, ¿no le parece?
Totalmente.

¿Ha buscado, quizás, una respuesta sobre usted?
Durante toda esa época en Centroamérica seguramente estaba tratando de procesar todavía el año que viví en Cuba. Aunque no me diera cuenta de eso. Pero, por otro lado, también estaba descubrir América Latina. Los mexicanos somos muy orgullosos, con mucha razón, además, de nuestro país. Pero descubrir Latinoamérica fue una aventura maravillosa. Un país fascinante como Colombia, por ejemplo, o como Brasil, aunque nunca me enamoró de la misma manera. O Argentina. O Perú. Fue maravilloso haber convivido con cada país. Quién me iba a decir que iba a pasar un total de seis meses reporteando en Bolivia.

Después de recorrer estos países y de ese conocimiento profundo de Latinoamérica, ¿por qué cree que parecemos condenados al conflicto, a la violencia?
No sé. En épocas en que la violencia era revolucionaria, que era una cosa light si lo miramos en comparación con lo que es la violencia hoy, yo me preguntaba por qué no hemos tenido un movimiento revolucionario político pacifista, por qué acá nunca ha habido un Martin Luther King o un Gandhi. Esa es la gran pregunta para mí. Además, si lo hubiera, no tendría ni cinco de posibilidades. Y en parte creo que se debe a la religión católica y su énfasis sobre los mártires. El martirologio lo traemos como parte de nuestra concepción del mundo. El Che Guevara, de alguna manera, encarnó todo ese deseo de martirio y muerte.

Y también está la voluntad tremenda de los regímenes de derecha de crear mártires a mansalva. Cuando yo hacía la pregunta, me decían es que aquí tú no puedes protestar pacíficamente. No, pero en la India tampoco. Y en Estados Unidos tampoco, en épocas de Martin Luther King. Eso es una parte. También creo –comprobadamente en el caso de Brasil– que la guerrilla que estuvo presa dejó una enseñanza de la violencia a los presos comunes. Eso se transmitió. Y viceversa, en Colombia: la guerrilla se volvió criminal. Ese juego entre violencia y crimen no ha ayudado. Y en eso se montó el narcotráfico. El gran culpable de la violencia en América Latina es Estados Unidos y la prohibición de las drogas.

Porque eso ha dado para alimentar generaciones de criminales. Tampoco entiendo mucho por qué la gente mete cocaína, por ejemplo, si se pone a pensar de dónde viene. Cuánta gente ha muerto o ha sido explotada brutalmente en el proceso.

¿Cómo ha visto el acuerdo de paz en Colombia?
Accidentado, pero fundamentalmente glorioso. Un país sin guerra es mejor que un país con guerra. Pero creo que aquí hay una especie de estrés postraumático que hace que a la gente le parezca normal vivir con violencia. Todas las dificultades que ha tenido el proceso de paz surgen de esa incapacidad para voltear la página y decir esto ya pasó, esto ya terminó y ahora hay que hacer un intercambio de cosas que uno cede para que eso que nos ha atormentado tanto tiempo –que es la violencia y la criminalidad de los grupos armados– se acabe. Y es trágico lo que ha sucedido. Porque Colombia es un país que cuando mira al futuro, es glorioso, y cuando se queda trabado en el pasado, no se abre puertas.

México también está pasando por un momento complicado…
No creo que lo de México sea un momento, es una condición de la que nos vamos a tardar años en salir. Quizá sea por los temblores, pero México es un país que sí sabe darle la vuelta a la hoja. Esto pasó y ya, mañana a otro cuento. Pero la corrupción que fomentó y aupó el PRI durante 72 años es absolutamente general. Y es la que ha permitido que la violencia sea tan desbordante. El narcotráfico se montó en la corrupción y hoy es el que manda. Allá tenemos un problema que no me imagino cómo resolver. Es más grave que el de Colombia porque finalmente, aunque frágiles, aquí están los acuerdos de paz. Se hicieron. Lo de México no veo por dónde empezar a resolverlo porque no hay dos partes que se sienten a platicar.

Usted vivió un año en Europa. ¿Cómo le fue en ese continente?
Viví en Madrid, Londres y París. Pero París es un lugar al que vuelvo siempre. Me gusta, a pesar de que se ha vuelto una especie de Disneylandia para turistas. Pobres parisinos. Entiendo por qué son tan malhumorados. Y mira que el único país donde he sido víctima de racismo es Francia. Un tipo se negó a venderme un boleto de tren. Eso pasó hace tiempo, pero no creo que haya cambiado. La migración va a ser un problema grave en el mundo porque no va a parar. El cambio climático va a provocar una migración nunca vista. De hecho, ya la está provocando. La crisis del medio ambiente es una crisis política.

Ha escrito temas alejados de la violencia y los conflictos, como el reportaje sobre el tango o sobre Celia Cruz. ¿Cómo se siente cuando hace estos textos?
Si tú ves, en mi primera época de The New Yorker, no hay textos sobre violencia. “Al pie de un volcán te escribo” no es un libro sobre violencia. Pero la verdad es que sí le agradezco muchísimo a National Geographic que me haya dado la oportunidad de escribir las notas más divertidas de mi vida. Que me mandó a Buenos Aires a escribir sobre el tango. O me pidió que fuera a Bolivia a escribir sobre las cholitas. Qué delicia. Como las columnas de gastronomía, el texto sobre la canción ranchera o el de Celia Cruz. Siempre he sentido más urgencia de escribir sobre las injusticias que padece la gente de este hemisferio, pero cuando puedo hacerlo sobre otra cosa, soy feliz. Qué dicha escribir sobre las infinitas maneras que tiene la gente, esa misma gente, de sobrevivir y gozar.

Le gusta mucho la cocina. ¿Por qué?
Por la satisfacción de compartir. Yo no cocino para mí. Me fascina ofrecerles a los demás. Me encanta una mesa rodeada de gente feliz con lo que está comiendo. No lo hago mucho, pero cuando puedo me muero de la felicidad. Justamente ahorita estoy haciendo masa tras masa de pizza para encontrar la que me quede como quiero. El pan es algo mágico: harina, agua, sal y unos bichitos vivos que se llaman levadura. Y con eso haces qué cantidad de cosas increíbles. El pan me fascina. Hacerlo. Y transformar.

La música es otra de sus aficiones…
Todas las músicas afro me mueven mucho. Desde el blues de Chicago hasta no tanto la bossa nova, sino la samba propiamente. Pasando por la salsa cubana y neoyorquina. Y la clásica, claro. Pero hoy escucho mucho menos música que antes. No sé si es porque no tengo un equipo bueno acá, pero la verdad es que no escucho ni remotamente lo mismo. Creo que es un asunto logístico. A todos nos fue dando jartera eso de sacar un disco compacto y ponerlo. Y lo digital no es lo mismo. A veces ni siquiera oyes las canciones completas.

¿Toca algún instrumento?
No, no tengo mucha coordinación manual. Siempre me preguntaban que si tocaba guitarra. Supongo que tengo cara de hacerlo. En Centroamérica me confundían con Joan Báez. Así que las preguntas eran: ¿Tocas guitarra? ¿Eres Joan Báez? Sería por la idea de un look, algo, no sé. Yo me sentía mal de no tener mi guitarra.

En respuestas anteriores habla del periodismo en pasado. ¿Ya no lo está ejerciendo de la misma forma?
Cada vez hago menos. Esa es la realidad. Supongo que estoy en la edad en que participo en juntas asesoras. Tenía la idea de un libro que se me fue a pique. Pero hago otras cosas que me distraen. Cuarenta años es mucho.

Solía definirse como exbailarina. ¿Todavía?
Creo que si rascas, hasta la fecha de hoy. Porque no es una cosa de superficie. Es de médula. Es algo que te forma y te marca de una manera que no se te borra.

¿Piensa volver a vivir en México?
Voy con frecuencia. No sé si vuelva a vivir. Quizás. O talvez no. La vida no es lo que uno pronostica, ya lo dijo John Lennon, es lo que ocurre cuando estás entretenido haciendo otros planes. Uno controla mucho menos de lo que piensa. Si algo he aprendido es que la vida es un largo accidente.

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“Saqueo público”. De Eduardo Torres

Eduardo Torres, abogado y ex-director editorial de El Diario de Hoy

12 junio 2018 / El Diario de Hoy

Rechazo categóricamente que haya recibido dinero de la Administración Saca, de la de Funes, ni de nadie, para comprar mi conciencia en el ejercicio de la función periodística. Ni dinero público ni dinero privado. Me honra que durante mis décadas de ejercicio periodístico nadie llegara siquiera a insinuarme la posibilidad de una “menta”, quizá porque mi conciencia nunca estuvo, está, ni estará a la venta.

Fiel a mis convicciones he evitado siempre referirme a procesos como el de “Saqueo público”, que le competen a la Fiscalía General de la República, a jueces de primera instancia y a tribunales superiores de justicia, ya que por principio y por formación creo, para todos, en el principio de inocencia y en el debido proceso, sea el caso de mayor o menor envergadura. Debo en esta única oportunidad romper esta norma de vida por haber sacado “terminación” de la tormenta desatada con el caso anticorrupción destapado la semana anterior.

La historia fue así: una publicación digital saca un “supuesto listado” (titulado así) de periodistas que habrían recibido dinero de las partidas secretas de las administraciones de Funes y Saca; alguien toma los nombres y los tuitea y esto es retuiteado por alguien con mayor alcance en la blogosfera. Hasta ahí nada que aclarar, ya que en especial el mundo del Twitter se presta para eso y más; tampoco se puede pretender ponerle puertas al campo.

De esos dos “supuestos listados” Mauricio Funes escribe un Tweet mencionando cuatro nombres, incluido el mío —señalando a tres medios de comunicación donde trabajamos y/o trabajan las personas citadas— y le pregunta al Fiscal General: “Señor Fiscal, va a incriminar a los periodistas que según su criteriado estrella recibieron dineros ilegales de partidas de Capres?”. Es esto lo que me obliga a aclarar que jamás recibí un solo centavo ni público ni privado para comprar mi voluntad durante el ejercicio de mi labor periodística. Mi conciencia nunca ha estado, está, ni estará a la venta.

Las órdenes de captura emanadas por la Fiscalía General de la República en contra de Mauricio Funes y de treinta personas más en el marco de la megaoperación “Saqueo público’” es por mucho el tema del momento. Escucho la defensa mediática de Funes, como la de este pasado sábado en CNN en Español, y los cuestionamientos al o los testigos criteriados en el caso, así como sus señalamientos hacia el Fiscal. También escuché ayer la reveladora entrevista del Fiscal General en TCS y los argumentos que dan los fiscales del caso.

En 1999, invitado por USAID, fui uno de tres salvadoreños que asistimos a un congreso internacional anticorrupción, celebrado en Durban, Sudáfrica. Dos cosas me quedaron claras, entre otros: la primera es que hay que quitar discrecionalidad en el uso de los fondos públicos; y la segunda, que hay que romper los vacíos legales (“loopholes”) —evitar que existan limbos jurídicos—. Los fondos públicos son sagrados, su apropiación repercute aún más donde la vulnerabilidad es mayor; va en contra del ser humano, que es el centro de la actividad del Estado.

Apoyo la lucha anticorrupción.

 

Arriesgado pero valiente ejercicio. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 4 abril 2018 / El Diario de Hoy

El pasado 12 de marzo, la revista National Geographic sorprendió a sus lectores con un impactante e introspectivo texto. La pluma de su editora en jefe, Susan Goldberg, firmó un artículo titulado “Por décadas, nuestra cobertura fue racista. Para superar nuestro pasado, debemos reconocerlo”.

Que un medio tan prestigioso admita que hubo racismo en sus páginas es una apuesta riesgosa, especialmente en momentos en que hay más sensibilidad sobre cómo se fracturan las sociedades gracias a la idea de que un grupo de personas es superior a otro. Aun así, optaron por hacerlo.

Para este ejercicio, la revista se apoyó en John Edwin Mason, profesor de Historia de la fotografía e Historia africana en la Universidad de Virginia. El académico resaltó cómo la revista posicionó clichés de poblaciones en lugares “remotos” como África Subsahariana o el Pacífico Sur. A estas las mostraban como poco civilizadas o asustadas por la tecnología, acaso como salvajes. Al mismo tiempo, añadió Mason, las minorías dentro de los Estados Unidos permanecían invisibilizadas por la revista.

A los ojos de este académico, enfocarse en lo exótico silencia los problemas de exclusión y desigualdad. Las décadas de represión y lucha contra esta, de dominio colonial y de saqueo parecieron no existir en una revista que fue para miles su ventana al mundo. Lastimosamente, este mundo quizá permanecerá injustamente idealizado.

Tanto Mason como Goldberg lamentan que la revista no haya utilizado su influencia para educar al público y que, en cambio, haya optado por fortalecer estos estereotipos. Corregir este pasado, añade la editora, significa encararlo.

Este duro pero honesto ejercicio hecho por National Geographic debería marcar la pauta para todos los que nos dedicamos al periodismo y la opinión. Nuestra responsabilidad es enorme, pues de nuestro trabajo depende que el ciudadano salga, día con día, con un panorama más claro del país en que vive.

Para iluminar el futuro de nuestro trabajo es importante que en algún momento emulemos el ejercicio realizado por National Geographic, ya sea como introspección o con publicidad máxima. ¿Estamos orgullosos de todo lo que hemos firmado? ¿De todas las coberturas que hemos aprobado? Y cuando nos equivocamos, ¿fue realmente un error o sabíamos lo que hacíamos? Es importante hacernos estas preguntas.

En la historia de todo medio hay coberturas estelares que permanecerán en los anales de la historia, momentos en los que una línea de investigación reveló un grave escándalo de corrupción, una crisis humanitaria o profundos abusos de poder. Estas historias adornan las paredes de las salas de redacción y marcan la pauta para el trabajo por venir.

Pero hay otro lado de la historia. El de esas notas que sirvieron para prolongar estereotipos, que no hicieron, sino abonar a simplistas dicotomías ideológicas o ayudaron a derribar puentes de diálogo en momentos en que el entendimiento era esencial. Es importante comprometerse a no repetir ese pasado.

Como sociedades, estamos llegando a momentos de grandes oportunidades y grandes riesgos. Las nuevas tecnologías dan acceso a nuevas voces y enfoques, democratizan el conocimiento y permiten establecer un diálogo con los generadores de opinión. Pero también son vehículos para posicionar mentiras, y hay astutos líderes que están aprovechándose del miedo y la ansiedad para hacerse con el poder y abusar del mismo. Y para hacerlo, repiten un mismo guión: el de atacar a la prensa, que ha sido históricamente un valladar contra la corrupción y el poder concentrado. Y luego, posicionan “su verdad”.

Por tanto, nuestro trabajo es más importante que nunca y no solo depende de nuestra técnica periodística y estrategia editorial, sino de la credibilidad. Superar errores del pasado es clave para nuestro futuro. Veamos hacia atrás para comprometernos con las historias que más nos enorgullecen y repudiar los momentos en que fuimos cómplices de narrativas simplistas. Hagámosle frente a nuestros errores pero entendamos por qué los cometimos y alejémonos de tales motivaciones.

En adelante, no más “entrevistas fáciles” o mero posicionamiento farandulesco de políticos. Tampoco ataques injustificados a bandos que nos simpatizan menos. Periodismo honesto, incisivo y edificante. “La democracia muere en la oscuridad”, reza el eslogan del Washington Post. Estamos llamados a proveer luz y claridad. ¿Lo haremos responsablemente?

@docAvelar

Carta a los colegas periodistas: Cuidado, no son loros. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 27 febrero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimados colegas:
El sábado pasado desayuné con el siguiente titular de La Prensa Gráfica: “ALTO MANDO MILITAR LIGADO A CRÍMENES”. Al abrir el periódico, encuentro la nota, esta vez titulada así: “ESCUADRÓN DE EXTERMINIO EN LA FAES CON AVAL DEL ESTADO MAYOR”.

Para que un periódico acuse al Alto Mando y al Estado Mayor de la Fuerza Armada de esta manera, tiene que tener buenas razones y buenas pruebas.

Pero lo único que tenían fueron alegatos de la fiscalía, en el caso contra tres oficiales de la Fuerza Armada recién detenidos. Repitieron el error usual: Asumir las acusaciones de la fiscalía como hechos, y las pruebas presentadas por la fiscalía como comprobadas.

Hubieran tenido que titular así: FISCALÍA ALEGA QUE…

logos MAS y EDHAl leer la nota completa, uno se da cuenta que los oficiales son acusados de “asociarse con civiles, para favorecer a ocho miembros del área de inteligencia del Ejército que privaron de libertad y torturaron a dos jóvenes en Apaneca.” O sea, la fiscalía acusa a los 3 oficiales de encubrimiento, pero aprovecha el escrito de acusación para hablar de un grupo de exterminio, de asesinatos – y de la complicidad del Estado Mayor y del Alto Mando en todo esto.

Es raro, ¿verdad? Debe llamar la atención a un periodista que la fiscalía dice tener pruebas de algo tan insólito que un escuadrón de muerte militar que opera con aval de la cúpula de la Fuerza Armada, pero sin acusar a nadie de este delito grave. Esta es la primera incongruencia que un periodista debiera haber señalado.

En esta circunstancia, sin que exista una acusación formal de la fiscalía sobre tales delitos, salir con un titular que señala al Alto Mando militar de estar ligado a crímenes y haber avalado operaciones de exterminio, es una decisión editorial muy atrevida. Y muy irresponsable.

La maña de muchos fiscales de meter en sus alegatos de contrabando acusaciones que van mucho más allá de lo que formalmente acusan, y que además comprometen a personas que no están siendo acusados ante los tribunales, debería llevarnos a los periodistas a señalar esta práctica y pedir explicaciones a la Fiscalía General. Es inaceptable que los medios lo reportan como si fueran hechos comprobados. Si un medio asume estos señalamientos de la fiscalía, y los reporta de forma afirmativa, se hace culpable de calumnia.

Ningún periodista se fijó en el hecho que nuevamente la fiscalía estaba violando la ley que prohíbe usar grabaciones obtenidas por intervención telefónica fuera del plazo que la ley establece. Por suerte la jueza sí se fijó y desechó todas las grabaciones. Ella puso en libertad a los tres oficiales, y solo admitió la acusación de encubrimiento.

Habrá un juicio, pero no será contra el Alto Mando, tampoco contra el Estado Mayor, tampoco por la existencia de un grupo de exterminio avalado por la cúpula militar. Precisamente los alegatos que LPG convirtió, de manera afirmativa, en titulares ya quedan desechados por la jueza. Lo mínimo que debería hacer este medio es rectificar su error.

Y lo mínimo que los periodistas tenemos que hacer es ser responsables con tanta cosa que la fiscalía nos quiere servir en bandeja de plata.

Saludos,

44298-firma-paolo

 

Una oda al periodismo. De Cristina López

En nuestro país, hay tanto que le debemos al periodismo, y a los que, entregados al ejercicio de su vocación, se desvelan en horarios complicados, sacrificando tiempo familiar o mejor paga.

Cristina LópezCristina López, 27 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

Para mí, la pasión por el periodismo empezó tempranísimo. No tengo claro si fue culpa de Clark Kent y su cabina telefónica, o de April O’Neal, la audaz reportera neoyorquina cuyas investigaciones la convierten en la mejor amiga humana de las tortugas ninja. Definitivamente, Tintín tuvo mucho que ver: el periodista belga de los cómics de Herge, cuya edad biológicamente indescifrable le permitió por años aventuras que incluían desde llegar a la Luna hasta visitar el fondo del mar, perpetuamente acompañado por su perro Milú.

EDH logSin embargo, ya puesta a decidir qué quería hacer con mi vida, lo del periodismo me dio miedo. No el ejercicio de la profesión, sino la posibilidad de conseguir un empleo teniendo la pluma y la investigación como únicas credenciales. Hice entonces lo que hacemos tantos cobardes con inclinación por las humanidades y estudié derecho, resignada a ver el periodismo de lejos, leyéndolo en vez de escribiéndolo, pero no por eso admirándolo menos. Porque uno de los roles más importantes del periodismo es contarle las costillas al poder, y una de las manifestaciones más obvias del poder se ejerce a través de las políticas públicas, estudié (otra vez cobardemente) políticas públicas: no para ser periodista, sino para entender mejor lo que sale del periodismo.

Sí, por cobardía: porque requiere un grado admirable de valentía ser periodista en los tiempos que estamos viviendo. No solo por el factor de empleo, que siempre es importante y que se ha vuelto un reto en este nuevo mundo globalizado donde la publicidad y las subscripciones ya no pagan los recibos para los medios. Más bien porque para reportar las cosas que importan, el periodista de la actualidad, y específicamente el que ejerce en Latino América, se enfrenta a diario a monstruos espeluznantes: desde las violentas estructuras criminales, a quienes la verdad y la transparencia aterra, hasta estados hostiles, que no quieren que reportes de la realidad pongan en riesgo el ejercicio del poder, así como estructuras informales de poder, anquilosadas en su status quo y aferradas a la manera de ser de las cosas, incomodadas cuando el periodismo cuestiona si la manera de ser de las cosas es también la manera en la que las cosas deberían ser. A veces, preguntar estas cosas pone la vida del periodista en riesgo. A veces, el peligro más benigno es el de equivocarse. Pero no existe el ejercicio del periodismo sin riesgo.

En nuestro país, hay tanto que le debemos al periodismo, y a los que, entregados al ejercicio de su vocación, se desvelan en horarios complicados, sacrificando tiempo familiar o mejor paga.

Y, sin embargo, también falta tanto más: más autocrítica y debate abierto cuando hay errores (como lo que vimos recientemente por parte de los periodistas de El Faro). Hace falta cuestionarse más las maneras en las que los modelos de negocio, tan dependientes de la publicidad, afectan la cobertura imparcial e independiente cuando los sujetos a quienes hay que cubrir son también anunciantes.

Hace falta inculcar más apreciación por parte de las audiencias a los medios, ese que quienes ambicionan el poder político quieren combatir, matando al mensajero cuando no les gusta el mensaje, al grado ridículo de producir sus propias “noticias”, que no son más que propaganda digital, un Photoshop brillante de la realidad diseñado para mantener el poder. Pero esta apreciación es ganada y se va perdiendo cuando los medios se vuelven fábricas de titulares que buscan clicks, o meros portavoces de terceros. Hace falta emprender cierta alfabetización periodística, que permita a las audiencias separar la chatarra de lo nutritivo. Esto no pueden hacerlo solo los periodistas y los medios, ni nosotros, los columnistas (ojo, que no somos periodistas: es triste que cada semana toque aclarar la diferencia a ferocísimos críticos).

También le toca a la sociedad civil, que debe recordar que para combatir los retos más grandes que el país enfrenta, desde abusos de poder, corrupción, desigualdades en general, el periodismo es nuestro mejor aliado.

@crislopezg

Los sospechosos de siempre y nuestros prejuicios. De Paolo Luers

paolo3Paolo Luers, 22 noviembre 2017 / EDH-OBSERVADORES

Las cosas no siempre son tan fáciles como parecen. Inmediatamente después del lamentable asalto a un restaurante en la Escalón, en la noche del viernes pasado, circularon reportes en las redes culpando a los pandilleros de Las Palmas.

La policía, el día siguiente, hizo un operativo grande en Las Palmas, y también el domingo y el lunes hubo investigadores de la PNC y de la FGR en la colonia.

observadorEl periódico digital “El Salvador Times” se atrevió incluso a dar nombres: “Según fuentes de este periódico, los responsables del robo masivo son pandilleros de la 18 Revolucionarios que operan en la comunidad Las Palmas. Esta persona recordó que ‘la mayor parte de la colonia Escalón es dominada por ese grupo’. Entre los delincuentes que se señala como responsables del atraco ocurrido la noche del viernes están los alias ‘Chato’, ‘Tun’, ‘Catracho’, “Calín’, ‘Yipi’ y ‘Coquito’; ‘el Chato’ sería el cabecilla” .

Hice mi propia investigación, para ver si se trata otra vez de la vieja estigmatización de esta colonia, o si hay indicios de que desde ahí se planificó y ejecutó este asalto.

En su operativo masivo en Las Palmas, el sábado 18, la PNC no encontró ningún indicio que vinculara a los pandilleros de la 18 Revolucionarios de Las Palmas con el asalto. Solo fue detenido un muchacho que se negó a desbloquear su celular. Al rato fue liberado.

El lunes fue nuevamente detenido y lo siguen interrogando. En su operatividad en Las Palmas, en tres días la PNC no ha encontrado ningún objeto robado en el restaurante. No me explico de cuáles “fuentes” está hablando El Salvador Times. Todas las fuentes que he consultado en Las Palmas coinciden que no hubo ningún movimiento extraño en la noche del viernes; que nadie está vendiendo celulares en la colonia; y que el único detenido no tiene antecedentes de ningún tipo y no es pandillero. Lo conozco como uno de los promotores de deporte de la colonia. Y ni la PNC ni la Fiscalía han publicado información que vincule a la colonia Las Palmas con el asalto del viernes. Ni siquiera a la pandilla de esta colonia, y tampoco al muchacho que detuvieron.

Otro periodista dijo que le consta que en Las Palmas se están vendiendo celulares robados durante el asalto. Tampoco para esto la PNC ha encontrado elementos de confirmación. Los periodistas que se prestan a difundir estas informaciones, sin ofrecer elementos de prueba, tendrían que explicar en qué “fuentes” basan sus afirmaciones. Por ejemplo la afirmación de una “fuente” de que “la mayor parte de la colonia Escalón es dominada por ese grupo (pandilla 18 Revolucionarios de Las Palmas)”.

Yo he manejado durante 10 años un restaurante en la Escalón y fui cofundador de la Asociación La Escalón. Es absurdo afirmar que la colonia Escalón, con sus cientos de negocios (centros comerciales, edificios de oficinas, hoteles y restaurantes) esté “dominada” por una pandilla. Que hay cierta presencia de pandillas en esta colonia, como en casi todos los lugares de la ciudad y del país, es ampliamente conocido. Pero presentar la colonia Escalón como un territorio bajo control de una pandilla es una irresponsabilidad que demuestra que no estamos hablando de medios serios.

La Escalón es una de las zonas más seguras de la ciudad, y el lamentable asalto que pasó el viernes pasado, es la excepción que confirma la regla. Que estas cosas pueden pasar incluso en la Escalón o en San Benito, no es culpa de las comunidades precarias que conviven con esta zona afluente y pujante. Es resultado de la situación general del país, y de la ausencia de una política de seguridad coherente. Es más, la relación entre la zona residencial y de negocios Escalón/San Benito y las comunidades vecinas, incluyendo Las Palmas, se ha mejorado considerablemente a partir de la labor social de la Asociación La Escalón, las gestiones de la Corporación Zona Rosa, fundaciones como Fundemas y Glasswing, intervenciones de la Casa Tomada del Centro Cultural Español y del apoyo de la AID a los proyectos de inclusión social.

No tiene sentido culpar a estas comunidades de todo lo malo que lamentablemente puede pasar en estas colonias. Por el contrario, hay que superar la estigmatización de las comunidades, haciéndolas partícipe del desarrollo social y económico.

Cualquier banda bien organizada del país, vinculada o no a pandillas, puede armar un operativo criminal como el asalto a un restaurante, en cualquier parte de la capital. Mi restaurante fue asaltado tres veces en los 20 años que lo manejamos, dos veces cuando funcionaba en la colonia San Luis y una vez en la Escalón -y dos veces fue comprobable que los autores eran policías. No digo que esto fue el caso en el asalto del viernes, pero tampoco me digan, sin pruebas, que los culpables viven en las comunidades vecinas.

“Furor del hot”. De Ricardo Avelar

¡Hagamos preguntas difíciles! ¡Incomodemos a los candidatos! ¡Cuestionemos cualquier punto que parezca no tener sentido y contrastemos los discursos con la realidad!

ric avelarRicardo Avelar, 13 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Hace pocas semanas, un medio de comunicación local publicó sobre la actividad de un precandidato presidencial en una playa cercana. El titular del artículo desafortunadamente hacía referencia a que el personaje en cuestión generó “furor del hot”.

EDH logSin ánimo de hacer más leña del árbol caído (pues la peculiar nota y su tristemente célebre titular ya recibieron fuertes críticas), es propio reflexionar sobre el rol que los medios de comunicación estamos jugando en esta campaña electoral, de cara a las legislativas y municipales de 2018 y de cara a las presidenciales del año siguiente, y preguntarnos qué tratamiento deberíamos dar a los candidatos, a sus mensajes y a los partidos políticos en esta ajetreada etapa.

La campaña ya está en todo su furor. Ya están los aspirantes a diferentes cargos públicos repartiendo dulces, abrazos, discursos y promesas por cada lugar al que visitan. Y en cada una de sus apariciones buscan asegurar algún espacio en las páginas de los periódicos o tiempo de aire en radio y televisión.

Creo que mal haríamos como medios, periodistas y editores, si limitamos nuestra cobertura a un simple recuento de apariciones públicas, únicamente describiendo los hechos sin ahondar al menos un poco en su significado y su posible impacto, o sin aprovechar para hacer preguntas de peso a quienes buscan los votos.

También considero que una responsabilidad de la prensa, además de contar qué pasó, es traer luz sobre temas opacos. A veces esto se manifiesta en investigaciones que descubren escándalos en el erario y a veces en explicarle a las audiencias los rincones menos conocidos del poder. Ayudar a ilustrar las dinámicas internas de los partidos políticos, sus posibles pugnas por el poder, alianzas y financistas debería ser una aspiración prioritaria, especialmente en época de campaña, pues ayuda a predecir cómo se comportará alguien si accede al poder.

No debemos dejar que el “furor del hot” de la campaña electoral, la urgencia que provoca la elevada cantidad de eventos y el ruido proselitista nos atormenten e impidan ver nuestra misión principal, que no es sugerirle a las audiencias una u otra opción en particular, sino presentar con sentido crítico –pero sin malas intenciones– las propuestas de todos los aspirantes, sin privilegio a banderas partidarias y con total transparencia.

Hacerlo no solo beneficia a nuestros consumidores, que están más empoderados e informados y eventualmente podrán tomar una mejor decisión si eligen acudir a las urnas. También beneficia la credibilidad y el prestigio de nuestras marcas. Además, equivale a apropiarnos de nuestro papel en una democracia: el fiscalizar las políticas públicas y la oferta de estas.

Humildemente sugiero que repensemos qué papel queremos jugar y nos distanciemos de una cobertura simplista, meramente fáctica y hasta panfletaria o “farandulesca” en ocasiones. ¡Hagamos preguntas difíciles! ¡Incomodemos a los candidatos! ¡Cuestionemos cualquier punto que parezca no tener sentido y contrastemos los discursos con la realidad!

El periodista no está llamado a hacer amigos dentro de la política, sino a ser un muro de contención del entusiasmo basado en lo irreal. Si no jugamos nuestro rol, desprotegemos a las audiencias y dejamos vulnerables a nuestros medios. Bastará un clic para que un lector inconforme encuentre un análisis más sesudo en otro sitio y al perder la credibilidad, pasaremos de un “furor del hot” a un tibio desprecio. Y sí, nos lo habremos ganado.

Finalmente, estimados candidatos, no esperen benevolencia ni excesiva indulgencia en la prensa. Fiscalizar su cobertura, cuidar qué se publica y pretender decirle a un medio por dónde orientar sus notas o cada cuánto revela una pobreza de mensaje y una conducta levemente antidemocrática.

Advierto todo esto con el fin de tener un 2018 y un 2019 menos dolorosos e insoportables. Y si se puede, más dignos.

@docAvelar