Florent Zemmouche

Los territorios perdidos de la república. De Florent Zemmouche

Un reciente estudio sobre las maras y su funcionamiento económico muestra cuánto este aspecto y su impacto son en realidad mínimos.

lorent.jpgFlorent Zemmouche, 23 diciembre 2016 / LPG

La fuerza de las pandillas es otra. Al contrario de lo que afirman ciertas autoridades, no hay que sobrestimar las maras: su violencia y potencia no es teórica, abstracta ni pensada. Es más bien concreta, impulsiva y pragmática.

Justificar el problema de las maras aseverando su ilusoria gran potencia económica resulta ser facilidad y demagogia. Este discurso oficial esconde vergüenza, ceguera e hipocresía. ¿Si las maras son fuertes y peligrosas? Sí. Absolutamente. ¿Si son mafias tentaculares precisamente organizadas como las sicilianas o japonesas? No. A pesar de lo que se ha dicho y escuchado, la respuesta es no. El sistema que las pandillas imponen en El Salvador es concreto. Lo que tienen son territorios y armas, es decir, la práctica de una violencia sin límites. Y lo más inquietante es que estas fuerzas concretas son el fruto de nuestras propias fallas, de nuestra propia debilidad.

la prensa graficaLa influencia de las maras va creciendo ahí donde la del Estado va cayendo hasta desaparecer por completo. Están presentes en zonas abandonadas por la república. Así, las pandillas deducen su legitimidad subsanando la ausencia estatal con una presencia que si bien es criminal, es sobre todo presencia. Se trata de regiones completamente olvidadas por nosotros y por las autoridades: son dos mundos paralelos, el nuestro, y el de los huérfanos del Estado. Son salvadoreños que sobreviven ahí, encontrándose diariamente con el vacío estatal. Y tal soledad es la miel del crimen y de las maras. Por lo tanto, he aquí el problema, es esa desigualdad e incompetencia de nuestro sistema. No le temamos a la concesión ni a la responsabilidad.

Responder por la violencia o por la guerra sería considerar únicamente la parte visible del iceberg. Y dentro de esta misma lógica, organizar negociaciones ocultas (o al menos eso se cree) con dirigentes de las pandillas es un paliativo que obedece a intereses solamente vanos y particulares. Tenemos que atacar a las raíces de la realidad, al subsuelo del problema. Así se llega a los verdaderos desafíos, centrales, como lo es la educación nacional: la estructura social del país necesita el ímpetu de una borrasca de frescura. El presupuesto de educación tiene que ser la prioridad máxima. Sí, esto ya se ha dicho y repetido. Pero ahora hay que hacerlo. Se puede crear más escuelas, cuidar y formar a los docentes ya que de su capacitación y motivación depende en gran parte las del alumno. Un niño tiene que preferir siempre la sala de clases. Incluso, no tendría que escoger; pero cuando se plantea tal elección (y es el caso demasiadas veces), la decisión final tiene que ser la buena. Necesitamos hijos del Estado, no hijos del crimen. Para ello, el árbol educativo con todas sus ramas requiere una atención digna. Debe transmitir los valores de la república, proponer oportunidades, empleos, salarios y la importancia social que soporta cada camino elegido. Asimismo, le incumbe al sistema, mediante una valorización esencial de todos los ciudadanos, que soñar y realizarse sea realmente posible. La escuela nacional tiene que funcionar e ir a clases valer la pena.

La ONG ConTextos ha visto con una clarividencia ejemplar la importancia de este problema. Su acción se concentra justamente y principalmente en los desiertos sociales que son las aulas salvadoreñas. El cambio evolutivo es posible. Apoyemos. Y construyamos un Estado fuerte cuya fuerza no tiene por qué rimar con violencia. Pidamos simplemente responsabilidad, la de no olvidar ni abandonar a nadie.