Christian Villalta

Uno. De Christian Villalta

Ya no más superestructura. Dejemos a Rousseau, a Hobbes, a Locke y a Dagoberto. No hablemos de la cosa pública; hablemos de esa cosa llamada políticos. Hablemos de un político.

Christian VillaltaChristian Villalta, 13 noviembre 2016 / LPG

Hay olvidos que son un pecado; otros, una bendición. Nuestra historia con las personas, las que queremos, puede entenderse como paréntesis de luz entre el olvido. Y hay otras gentes con las que lo mejor que puede hacerse, por lo que representan y por lo que dicen, es olvidarlas.

Y así estábamos hasta que, subido en una tarima con un pastor y un sacerdote, y con la Biblia en las manos, Guillermo Gallegos unía en una misma oración las palabras “GANA y Dios”, celebrando su juramentación como nuevo presidente de la Asamblea Legislativa.

la prensa graficaGallegos es la quintaesencia de la política partidaria en El Salvador. Ha llegado a presidir al principal órgano del Estado merced estrictamente a las negociaciones barriobajeras del FMLN con el partido que fue su satélite durante buena parte de la administración Funes, así como gracias a la blandenguería de ARENA, que nunca denunció el pacto entre esas dos fuerzas pese a que sumó suficientes votos para sentarse a negociar otras condiciones después de marzo de 2015.

En ninguna de sus alocuciones Gallegos alude al mandato de la ciudadanía; hasta el cinismo tiene un límite. Recordemos que este hombre tuvo apenas 53 votos más que Cristina López en la pelea por las diputaciones de San Salvador.

De los 24 diputados por San Salvador elegidos en ese ejercicio electoral, el de 2015, solo López y Rodolfo Parker tuvieron menos votos. El resto, los otros 21, tuvieron hasta el triple de aceptación y apoyo del electorado. Bueno, hasta ese exquisito prohombre antítesis del darwinismo que es Blandino Nerio ganó más votos.

Eso respecto de los que ganaron la curul. Pero hay otros 27 ciudadanos que también ganaron más votos. Ninguno de ellos se llevó la diputación pese a tener más legitimidad popular por esa farfullez de cocientes y residuos.

Una última y ya no más numeritos: el cociente por diputado en San Salvador fue de 25,879 votos por escaño. Este señor estuvo más de 1,500 votos abajo del cociente.

¿Qué legitimidad puede tener su nominación como presidente del Parlamento? Solo la que se consigue puertas adentro, en el reparto de prebendas y privilegios gubernamentales, oculto a la opinión pública, estilo de hacer política del cual ha sido digno representante junto con muchos de los que ahora lo aplauden como en un baile de máscaras.

En su jornada de juramentación, el representante de GANA, uno de los instrumentos a través de los cuales Elías Antonio Saca pretendió asaltar (sin albur) el poder, se dejó fotografiar y filmar rezando, y en la plenaria lanzó algunos reclamos a los legisladores de las dos fuerzas mayoritarias, invitándolas a la cordura. Dicen que viene con un manual de austeridad bajo el brazo y se presume que es del agrado de algunos embajadores.

Ahí es adonde confieso el Alzheimer. Y pregunto: ¿este es el mismo Guillermo Gallegos que ha pedido instalar la pena de muerte un año así y el otro también? ¿Era un homónimo suyo el que defendió la intentona de obligar a la Sala de lo Constitucional a concurrir de modo unánime en sus resoluciones? ¿Es esta la persona que está de acuerdo con armar a los civiles y refundar ORDEN? ¿Es el mismo diputado que ha viajado con fondos públicos a eventos a los que nadie lo ha invitado?

Sé que es, una vez conocido el futuro político de su padrino, el nuevo vocero de esa horchata de populismo conocida como “derecha social”. Con eso bastaba para olvidarlo, pero esa comedia llamada establishment político cuscacriollo quiso volverlo visible. Veámoslo pues, pero con objetividad.

El envase. De Christian Villalta

La política es todavía el mercado más monopolizado y anacrónico del país.

Christian Villalta, 11 septiembre 2016 / LPG

A falta de analistas, el FMLN y ARENA buscan asesoría en publicidad. Es lo lógico cuando la sociedad ya no espera de ellos producción de pensamiento político ni evolución programática sino solo imagen. Para venderte la misma gaseosa, lo que necesitas es cambiar el envase. Y si en Compitalandia y Confusiolandia no quieren cambiar el producto (o no saben fabricar más que la misma chuchería), pues a lucir cool aunque sea sin sustancia, que con eso basta para que los de siempre nos manchemos el dedito.

la prensa graficaDel recetario para lucir cool, una de las que personalmente más me seduce es la pretensión de transparentar sus métodos, de hacer política ante el escrutinio popular y de rejuvenecer sus filas con nuevos cuadros de la que quieren hacer gala las cúpulas en ambos patios. Políticos de entreguerras festejan que haya modos menos histriónicos de lucir fresco ante el electorado que subirse al Tagadá o bautizar chuchos en Twitter. Practicar la democracia intramuros de los partidos es estar “in”, y nadie muere en el intento.

ARENA lo hizo, en una elección que tuvo el efecto de un megaspot publicitario, para bien y para mal. Para bien porque el guion no admitía mayores desviaciones y eso garantizó la efectividad del mensaje: contendientes con el mismo discurso, matizado con algunas frases casi futboleras de Hugo Barrera (no hay futbolistas viejos ni jóvenes, solo malos y buenos…), debates sin ninguna agresión, tiempo para mostrar al menos un ratito a cada uno de los que importan en el partido, y una idílica imagen de unidad, de disciplina granítica, de hermandad republicana, este último un mensaje fundamental luego de una época bizarra de medios melones, transfuguismo y maletinazos. Para mal porque en lugar de duplicar su respuesta al país, a través de dos personas que suponemos creen en lo mismo, ARENA no respondió la pregunta esencial: ¿si ya se cansó de ser oposición, qué ofrece de distinto al electorado que lo sacó del poder en 2009? No bastará con cambiar unas coplas del himno, vamos.

Desde el Gobierno, el FMLN también se esmera en vender una imagen de bloque granítico pero con tristes resultados para su cúpula. Uno se imagina los pucheros de Medardo, José Luis y Norma (disculpen la confianza, pero nombrarlos por su pseudónimo me parecería aún más igualado) cuando alguno de sus cuadros más jóvenes no se adhiere al manual. Por manual, entendámonos, compañero, no me refiero al librito de Fedor Vasilievich Konstantinov –qué materialismo histórico ni qué ocho cuartos, diría Sigfrido–, sino a las consignas que funcionarios, diputados y alcaldes rojos deben usar en caso de emergencia.

Por ejemplo, si se habla de la CIGIG, mentarle su madre a la embajadora; si se habla de Venezuela, hablar de soberanía y bajo ninguna presión hablar de democracia; si se cuestiona la participación de algunos oficiales de la Fuerza Armada en el tráfico de armas, poner cara de circunstancia; si se habla de Rais, tararear una de Juanga; y si se habla de la tregua, mutis.

Ni ARENA ni el FMLN conectan con la sociedad, con lo que la clase media exige ni con lo que la renta más baja y la informalidad necesitan. Difícilmente ocurrirá en el corto plazo: la derecha política no renovará su ADN mientras la derecha económica siga traumada por Saca; y mientras siga gobernando, el FMLN solo será útil para sí mismo.

Ambos partidos necesitan una renovación profunda, botando peso muerto, lastre ideológico y cuadros oportunistas e inservibles. De esa purga saldrían toneladas de basura. Si no hallan qué hacer con ella, faltaba más, se la venden a Nicaragua, que ha demostrado en los últimos días una curiosa pericia para el manejo de los desechos tóxicos.

 

Promiscuas. De Christian Villalta

¿Por qué ha sido tan fácil prostituir a nuestras instituciones?

Christian Villalta, 28 agosto 2016 / LPG

Los nuestros no son maravillosos gánsteres, la mayoría o vulgares sátrapas con algún pedigrí o arribistas que le pegaron al gordo. Ninguno fue tan hábil como para no dejar sepultada en huellas, grabaciones, groseros indicios o inexplicable pecunio su pretensión de defraudar al Estado o servirse de él ilegalmente. Ni maquiavélicos ni cartesianos, ni más interesantes que el Sirra ni más inteligentes que el Directo. Ladrones. Mentirosos. Gentuza.

¿Cómo entonces es que se sirvieron de algunos de los más caros funcionarios, y se ubicaron al centro de una corrupción tan metódica que incluso subvirtió la naturaleza de algunas instituciones públicas? ¿Tal cosa es posible? ¿Por qué?

la prensa graficaPorque pudieron. Porque el dinero les alcanzó para sobornar a quienes debían o para convidar al despojo a todos los que cabían. Porque las instituciones que debían liderar la construcción de un Estado de derecho en El Salvador, las que debían erguirse como pilares de nuestra vida en democracia, están erguidas sobre la misma miasma que las instituciones del pasado: exclusión, desequilibrio e impunidad. Y en instituciones de ese calado, la pregunta no es quién sino cuánto.

En el siglo pasado, la razón de ser de nuestras instancias más importantes fue preservar un statu quo rico en desequilibrio, un listado de entidades que sobrepasa lo obvio –la Fuerza Armada, los cuerpos de seguridad– y que incluso alcanzó a aquellos órganos que debían combatir esa lógica social como el Consejo Nacional del Salario Mínimo o el Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria.

Después de la firma de los Acuerdos de Paz, un nuevo país era necesario, y la Fiscalía General de la República, la Policía Nacional Civil, el Consejo Nacional de la Judicatura y la Corte de Cuentas de la República gozarían de un compromiso inalienable como garantes para conseguirlo. Debían hacerlo a través de la profesional persecución del delito, de la humanización de los cuerpos de seguridad, del manejo de la seguridad pública desde una perspectiva civil, de la contraloría a todos los funcionarios y de una aplicación de la justicia que garantizara el derecho de defensa y que no contemplara ninguna figura extrajudicial. El fracaso ha sido espectacular.

Los poderes reales del país han conspirado exitosamente contra la transformación del Estado. La resistencia de algunos sectores al fortalecimiento de la administración pública, ya sea porque se lucran de la liviandad de los contralores o porque sus efectos se transformarían en mayores controles a sus actividades, legales o no, se tradujo durante las primeras décadas de nuestra posguerra en un diseño presupuestario que ha impedido el blindaje de los fiscalizadores.

Por otro lado, en la designación de los funcionarios de segundo grado, todos los partidos políticos han actuado como operadores de sus financistas; a eso se debe que la calificación profesional o la idoneidad moral de los candidatos haya pasado (obviamente) a un plano secundario. Por eso hemos tenido lo que hemos tenido, en su mayoría empleados de otros señores y enemigos de la ciudadanía.

Por eso es que en esas instituciones que debían ser ejemplares se respira un ambiente de casa de citas. No es porque los sospechosos de moda hayan sido más tenaces, audaces ni atrevidos que sus predecesores (ustedes eligen si de Carlos Perla para adelante o de Carlos Perla para atrás). Es porque la revolución ciudadana que debía inspirar a esas instituciones nunca comenzó, por obra y gracia del servilismo de nuestros diputados y de quienes los dirigen.

Sin instituciones fuertes, dependeremos de qué tan estoico sea el funcionario de turno. La democracia necesita una lógica inversa: un fiscal puede fallar; la Fiscalía no puede fallarnos.

Paz. De Christian Villalta

Divulgar la verdad y hacer justicia no es un modo valiente de construir la paz. Es más bien el único modo de construir la paz.

Christian Villalta

Christian Villalta, 24 julio 2016 / LPG

“Bajo ningún aspecto sería saludable que participaran en el manejo del Estado quienes hayan cometido hechos de violencia como los que la Comisión ha investigado”.

Esa fue la tercera recomendación en el informe de la Comisión de la Verdad.

“Las personas a las que se refieren los párrafos precedentes, como cualesquiera otras igualmente implicadas en la perpetración de los hechos de violencia descritos en el presente informe, incluso los civiles y los miembros de la Comandancia del FMLN nombrados en las conclusiones de los casos, deben quedar inhabilitadas para el ejercicio de cualquier cargo o función pública por un lapso no menor de 10 años y para siempre de toda actividad vinculada con la seguridad pública o la defensa nacional”.

la prensa grafica¿Por qué no se inhabilitó públicamente a los civiles involucrados con el encubrimiento de los crímenes cometidos por la Fuerza Armada o en el financiamiento y actuación de los grupos paramilitares? ¿Por qué no se procedió con esa purga en las filas del FMLN? ¿Por qué algunos de los militares señalados en el informe continúan participando en la política?

Quizá no había suficientes cuadros en las filas de ambos bandos. Quizá creyeron que era necesario permanecer vigentes mientras la democracia comenzase a dar de sí. Y, sin el quizá, sabían que desde la política era más fácil mantener los cadáveres bajo llave.

Ellos, los protagonistas de esa guerra y de aquellos acuerdos (o de aquellos crímenes), pueden escribir los libros que quieran explicándolo. Sus testimonios dan para varios documentales, para otra década de entrevistas con pretensiones revisionistas. Algunos suenan interesantes incluso hoy.

Pero todos esos personajes padecen de lo mismo: inconsciencia de su irrelevancia.

En cuanto nacían, Cronos devoraba a sus hijos, estúpido y criminal, porque la profecía rezaba que uno de su estirpe lo derrocaría. A nuestros victimarios, es la historia la que hoy los supera, la que les exige que transijan, que cedan el poder, el control de sus instrumentos, el usufructo de sus banderas, o que se conformen con los privilegios de su generoso retiro a cambio de desaparecer por fin de la escena. A unos cuantos, por sus crímenes; a la mayoría, por anacronismo.

Línea penúltima de su libreto, generales en retiro, diputados y ministros por igual culpan a cuatro magistrados de ser el caballo de Troya de una maniobra desestabilizadora, como si el acto de contrición que la nación necesita para reconciliarse con su pasado involucrara a las instituciones y no a las personas. Las instituciones que debían cambiar o desaparecer ya lo hicieron; las personas, no.

No entienden que la lógica histórica, esa de la que fueron peones excepcionales, es la que ahora los arrincona, los conmina. Con sala o sin ella, El Salvador terminaría en este trance, 25 años después del último asesinato político.

Ellos, unos y otros, renunciaron al terrorismo desde el Estado y desde la insurgencia a cambio de convivir. Decidieron hacerlo aceptando que algunos criminales se arroparan, en uno y otro bando, con la mullida colcha de la vida democrática. Alcanzaron paulatinamente un equilibrio. Pero equilibrio no es justicia. Y sin justicia, esto a lo que llaman paz dándose golpes de pecho no es sino una indigna epidemia de desconsuelo.

Yo, usted, que crecimos mientras ellos hacían la guerra, acaso pueda conformarme. Pero que nuestros hijos hereden esta patria amnésica e hipócrita es una idea miserable.

La decisión de la Sala de lo Constitucional de declarar inconstitucional la Ley de Amnistía del 1993 ha provocado un complejo y controversial debate. Hemos documentado este intercambio de opiniones, publicando artículos con argumentos en pro y en contra de la sentencia, y lo seguiremos haciendo.

Segunda Vuelta

La nota de Christian Villalta ha provocado el siguiente intercambio en Twitter:
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“Nini”. De Christian Villalta

Es el nuevo nombre para la vieja tara de la marginalidad.

Christian VillaltaChristian Villalta, 27 junio 2016 / LPG

Como le suele pasar a la discusión de la cosa pública en El Salvador, cuando el debate comienza a valer la pena llegan los políticos y lo bajerean. No importa si se trata de reordenamiento territorial, medio ambiente, de la Ley de Amnistía o de los límites del Estado y del mercado, la pezuña de los cavernícolas se posará irremediablemente sobre la mesa. Y por extensión, por sufrir de una sociedad poco educada, poco amiga del análisis y feliz consumidora de la virguería y del lugar común, la agenda nacional se trivializa en tiempo récord, una y otra vez.

Así se explica que en el país más violento de América, en lugar de esforzarnos por analizar las causas de la marginalidad de la que decenas de miles de jóvenes son víctimas, nos entreguemos a discutir si los “ninis” merecen que el Estado les subsidie o no el pasaje del autobús…

la prensa graficaEs cierto, el Gobierno se equivoca en la comunicación, y en lugar de divulgar un informe del Banco Mundial sobre la materia lanza una idea con escandaloso tufo populista, pero un tema de esta trascendencia para el futuro nacional merece ser el centro de la agenda política, y no nacer muerto solo por la torpeza de sus voceros.

El informe del Grupo Banco Mundial no deja lugar al equívoco, y su sola lectura basta para desatender las consideraciones que muchos de nuestros “pensadores liberales” han hecho en los últimos días sobre la inversión en recurso humano. Según ese informe, el tema de los “ninis” –entiéndase la alta tasa poblacional de personas en edad casi productiva que no estudian ni trabajan– es dramático porque tiende a perpetuar la transmisión de la disparidad de una generación a la siguiente, obstruyendo la movilidad social e impidiendo de tajo la reducción de la pobreza en América Latina. Claro, esa realidad late en cada país con sus propios matices, y en el caso de El Salvador, lleva adjunto un fuerte sesgo por el fenómeno de las pandillas y la confusión generalizada sobre qué grado de reclutamiento tienen estas en los suburbios.

Que un joven salvadoreño sea considerado “nini” no se reduce a decir que “ni estudia ni trabaja”; supone admitir que, a menos de que su entorno cambie de modo excepcional, ese joven nunca estudiará, que aunque trabaje nunca cotizará porque no se empleará formalmente, y que sus hijos tendrán reducidas posibilidades de romper ese círculo de pobreza. De lo que hablamos es de marginalidad, de exclusión, de inmovilidad social, todas ellas caldos de cultivo de la violencia.

En una de esas abstracciones a las que estamos tan acostumbrados, a los salvadoreños nos ha dado por creer que lo peor que le puede pasar a uno de nuestros jóvenes, de nuestros niños, es ser reclutado por la pandilla. Es una noción fácil de amasar porque si bien “ser ‘nini’” no es sinónimo de vagancia ni de ilegalidad, supone ser un joven de renta baja residente en la ciudad, sin oportunidades de empleo y sin ingreso a la universidad. Ergo, candidato a la pandilla.

Pero a muchos de nuestros jóvenes ya les ocurrió lo peor. Nadie invirtió en su educación, nadie le brindó una oportunidad laboral a sus padres o a sus madres (ellos, que tampoco alcanzaron la escolaridad necesaria), y nadie se empeñó en convencerlos de que su vida solo se trataría de sobrevivir, clandestino o no.

Así viven miles de nuestros paisanos, y así vivirán sus hijos a menos que el Estado los ponga en el centro de su preocupación y cuidado, y lo haga ya. Y sin disparar otro tiro.

Idiotas. De Christian Villalta

La pregunta no es de dónde ha salido tanto incapaz, sino por qué dejamos que nos representen.

Christian Villalta

Christian Villalta, 12 junio 2016 / LPG

Idiotas siempre hubo. En todos lados, desde la Torre de Babel hasta nuestros días.

No se entienda por idiota al sinónimo de meme, tonto o imbécil, acepción del término que preferida por madrecitas y maestras para llamarnos a recato, se popularizó generación tras generación.

Por idiota, me refiero a aquella actitud ante los temas de la polis que asumía la mayoría de los ciudadanos, preocupados solo en lo suyo, en las pequeñeces de su vida privada, incapaz de ofrecer algo al colectivo, que los griegos denominaban ‘idiotes’. Idiotez, a secas.

la prensa graficaAl idiota, poco y nada le interesaba la discusión de los temas de la ciudad. Quizá a algunos no les apetecía, embebidos en lo suyo, egoístas desde lo más profundo de su ADN; pero sospecho que a la mayoría de esos atenienses a los que Aristóteles llamaba así, la política no les apetecía porque no la entendían. Idiotas por ignorancia, pues.

En Atenas vivían unas 40 mil personas; acaso el 10 % de esas gentes participaba en las asambleas populares en las que la democracia se practicaba de modo directo, a veces hasta por mera aclamación. Y si ya entonces se consideraba censurable el poco interés de los ciudadanos en aquellos ejercicios, qué podemos decir de las democracias representativas de este Occidente posmoderno.

La democracia representativa es, en esa línea, el Edén para los idiotas. Delegan su voluntad y soberanía en unas personas a las que solo conocen a través de jingles y cándidos spots, o de sus encendidos tuits (eso coleccionan ahora los biógrafos de nuestros “estadistas”: tuits…), y durante cinco años reducen el ejercicio de su ciudadanía a quejarse de ellas en el Facebook. Para hacerlo, no es necesario mover ni mancharse un dedo, porque lo mismo da el voto que la abstención a esos efectos.

Teóricamente, en nuestro sistema político todos somos un poco idiotas. Algunos entenderán la cosa pública mejor que otros pero al final, hemos renunciado a participar porque estamos profundamente desencantados. No consideramos posible conmover al Estado para que sea más útil, menos invasivo, más moderno. Ese desencanto lleva tantos años cociéndose en el alma de nuestra sociedad que ahora nos conformamos con cualquier versión atrofiada de ese Estado. La última de ellas, patéticamente reivindicada por unos y otros es la de un Estado policial abusivo y matón, que promete gobernabilidad a cambio de silencio. El miedo convertido en ideología, la tiranía de la ideología sobre el pensamiento.

Mientras, si aún hay algún resabio de esperanza en nuestros corazones y se nos ocurre preguntar por la política, nos hacen creer que para participar hay, o que suscribirse a un partido político, o que ser millonario para lanzarse como independiente. En resumidas cuentas, en cada comedor de la clase media se mastica como más práctico expresar las preferencias hacia uno u otro lado del espectro partidario a través del pudoroso ejercicio del voto. Eso pese a que sabemos que el voto no decide cuestión alguna; si acaso, solo define quiénes deciden. Si acaso. Si el que decide es un meme, tonto o imbécil, así nos irá.

Disculpen tanta vuelta. Pero era o eso o decir, a secas, en 38 palabras, que los idiotas no son el que se gasta los impuestos en guaro, la que trivializa un crimen ambiental con una ocurrencia o quien le achaca la tregua a los gatos del ministro, sino nosotros, el soberano, por soportarlo.

 

Matarnos. De Christian Villalta

Las reformas al Código Penal tan felizmente abrazadas por los políticos salvadoreños en estos tiempos de crispación deberían incluir el delito de apología de la violencia, con el agravante de “en funcionario público”.

Christian VillaltaChristian Villalta, 29 mayo 2016 / LPG

Y en el caso de los funcionarios de elección popular, además de multas, la represión a esas expresiones podría extenderse a días de cárcel y horas de trabajo comunitario. Digo, ya puestos en plan espartano, que es lo que vende.

No exagero, aquí no hay pretensión de hipérbole. Expresiones como “este año será de pura represión”, “hay que limpiar la zona” o la reivindicación de la pena de muerte caben dentro del coloquio privado de los ciudadanos, acostumbrados a una larga data de violencia, pero no en el discurso público, ni siquiera en la cháchara regular de diputados ni ministros.

Además de una simplificación de la realidad solo atribuible a la estupidez, ¿qué explicación cabe para estas manifestaciones?

la prensa graficaPrimero, una convicción profundamente antidemocrática según la cual es posible transformar la violencia directa sobre el individuo en autoridad y en respeto a la norma, sin daños colaterales y con el máximo de eficacia. Entre eso y Stalin hay tres pulgadas.

Confío en la evolución del pensamiento político de algunos líderes del FMLN; así como hay algunos que, en desafortunada jerga protocompita, dicen estar dispuestos “a partirse la madre contra los golpistas”, sé que hay otros que entendieron que el Estado avanzará en la medida que las instituciones se fortalezcan y que se construya ciudadanía y el tejido social sane. Pero ¿de qué sirve pensar de modo moderno, qué utilidad tiene salir de la caverna del totalitarismo y entender que la democracia es preferible, acaso viable, si acto seguido le sueltan la correa a sus mastines?

Es difícil creer que adentro del Gobierno no haya un debate en este momento acerca de qué tan lejos se ha ido en el peligroso camino de la militarización y de la pérdida del carácter civil de nuestra Policía.

Uno entiende el silencio de la oposición política sobre la necesidad de fiscalizar a los cuerpos de seguridad. Una de las piedras fundaciones del partido ARENA es la concepción del Estado como monopolio de la violencia, y por ende la suscripción incondicional a sus cuerpos represivos. No ha llegado el día que un diputado arenero, ni siquiera uno de sus delfines a los que el mero hecho de tener sentido común ya los hace ver cool y progresistas, se confiese preocupado por la actuación policial.

En la antípoda de esos reflejos ideológicos, uno creería más probable que desde las filas del FMLN se escuchara una preocupación. Es difícil creer que no hubo uno solo de nuestros ministros al que no se le haya indigestado la imagen del general Munguía Payés, usando su traje de fatiga, sentado como si tal cosa en el Salón Azul. Pero cuando has perdido el fondo, ya no reparas en las formas, ¿no?

Volviendo a nuestro aprendiz de Joseph Goebbels, futuro presidente de la Asamblea Legislativa, sería menos difícil aceptar que la cabeza de uno de los poderes del Estado piensa de ese modo si desde el Judicial o el Ejecutivo llegaran los contrapesos si no fácticos por lo menos mediáticos, sembrando un debate en la opinión pública. Al menos a nivel de la superestructura, diría Carlitos Marx. Pero cabe otra explicación para esos dichos: además de que pronunciarse en esa clave es impune, hacerlo es popular. De siniestro pasa a ser folclórico, y del folk pasa a ser aceptado, tolerado, considerado, como si después de 200 años de vida republicana, nuestro única experticia fuese matarnos unos a otros.