Christian Villalta

Civil. De Christian Villalta

La noción de los abusos de autoridad en aras de la seguridad pública ha sido fácil de digerir por la ciudadanía.

CRISTIAN VILLALTA

Christian Villalta, director de El Gráfico

Christian Villalta, 27 agosto 2017 / LA PRENSA GRAFICA

Mucho del mejor periodismo que hay en el país valientemente ha denunciado ejecuciones, intimidación y violaciones al debido proceso; nadie se ha sorprendido. Las reacciones a esa terrible verdad sobre nuestra Policía oscilan entre una disimulada indignación y un nada disimulado entusiasmo.

Esa apatía sobre el tema, y ni qué decir de la fruición con la que muchos compatriotas leen sobre las ejecuciones y los vejámenes es mérito comunicacional del Estado, que a través de sus sucesivos administradores vendió a la violencia como panacea para la violencia.

LPGLos funcionarios, desde Francisco Flores hasta Sánchez Cerén, fueron construyendo esa narrativa en cámara lenta, y en la medida que la realidad fue arrojando más agentes y soldados asesinados, el discurso se fue simplificando, admitiendo menos palabras, hasta reducir conceptos como hábeas corpus, presunción de inocencia o término de la detención a meros eufemismos.

Si en nuestro país aún quedan demócratas, este curso de la historia no puede considerarse sino una derrota. Apenas un cuarto de siglo después del informe de la Comisión de la Verdad, que estableció con meridiana precisión el rol jugado por los cuerpos de seguridad en la instalación del terror como política del régimen militar, no se percibe en nuestra sociedad una preocupación por la garantía irrestricta a los derechos humanos.

Todo el siglo pasado, generaciones de salvadoreños nos resignamos a un modo de vida al margen de los principios del Estado de derecho. Los acuerdos de paz marcan el reconocimiento nacional de ese estatus natural como uno anómalo y perverso, y la necesidad de reandar la historia. Y en ese proceso se decide acabar con el dominio militar y crear una Policía que no se pareciera en nada a “la Policía”.

Por eso es que de los ocho códigos de conducta de los agentes establecidos como obligatorios en la Ley Orgánica de la Policía Nacional Civil, dos tienen que ver con el respeto a los detenidos y la prohibición de la tortura. Por eso, en el acto mismo de su fundación, se le ordena actuar “con estricto apego a los derechos humanos”.

Hace 10 meses, el vicepresidente de la República, cuyas declaraciones en materia de seguridad nunca deben tomarse a la ligera toda vez que es el “kingpin” anticrimen de esta administración, decía al hablar de las Fuerzas Especializadas de El Salvador: “Ojalá, primero Dios, y por el bien de la patria, en un futuro no se cuestione la estrategia, porque si no hacemos lo que tenemos que hacer ahora con el apoyo del país de seguro habremos comprometido el futuro de nuestros hijos y nietos”.

Como él, muchos otros funcionarios aluden a unos deberes crípticos, a “hacer lo que hay que hacer”, a una tarea que se asume con pesadumbre. Es una manera hipócrita de referirse a la militarización de la seguridad pública y al debilitamiento de las garantías constitucionales al que los ciudadanos estamos expuestos cuando las fuerzas élite entran al campo de acción.

Los familiares del personal de seguridad asesinado en cumplimiento de su deber merecen todo nuestro respeto y solidaridad, así como un acompañamiento del Estado que vaya más allá de los dobleces del Dios, Unión, Libertad. Mas la reflexión a la que los salvadoreños estamos obligados hoy no es solo a que estamos perdiendo policías como efectivos de una guerra no declarada; estamos perdiendo a la Policía.

Si con la justificación de una cruzada antipandillas aceptamos que los agentes actúen al margen de la ley habremos perdido todos, y la Policía Nacional Civil lo habrá perdido todo.

 

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Naufragio. De Christian Villalta

Pocos periodistas y columnistas tienen la capacidad (y voluntad) de abordar el tema de “la tregua” no de manera de blanco/negro o bueno/malo, sino de manera diferenciada y honesta. Christian Villalta es uno de estos pocos. No estoy de acuerdo con todos sus planteamientos, pero sí estoy convencido que este es el debate que necesitamos.

Paolo Luers/Segunda Vuelta

CRISTIAN VILLALTA

Christian Villalta, director de El Gráfico

Christian Villalta, 13 agosto 2017 / LA PRENSA GRAFICA

Entiendo que los detalles de “la Tregua” le paren los pelos y remuevan las entrañas. Cada uno de los detalles que figuran en el relato de Carlos Burgos Nuila, alias Nalo, mueve a la opinión pública del estupor ante la variedad de delitos que presuntamente se habrían cometido en el marco de “la Tregua” con la anuencia del Ejecutivo, a la indignación por el albedrío del que los funcionarios hicieron gala.

LPGSin embargo, hay cuatro acotaciones no por poco populares menos imprescindibles: primera, que la información fundamental que sustenta la acusación fiscal parte del testimonio de un pandillero, criminal confeso, que está sometido a toda la presión posible de las autoridades; segunda, que los autores intelectuales de este despropósito, de este paréntesis de ilegalidad en la política de seguridad del Estado, no están siendo juzgados; tercera, si el ministerio público pondera así de alto la confesión de su testigo estrella, ¿por qué no ha procedido contra los políticos del Fmln y Arena que habrían financiado a las pandillas a cambio de conductas electorales?; y cuarta, que la atención pública se está centrando en la anécdota penitenciaria, y no en ese naufragio que ha sido la política de seguridad de los dos gobiernos del Fmln.

Las acotaciones no son populares porque la tendencia en la opinión pública, la inercia de la cosa es someter a guillotina a los operarios de “la Tregua”, desde Raúl Mijango hasta Nelson Rauda, incluyendo a todos aquellos que se hayan permitido decir en público, durante el último sexenio, que el manodurismo no era la solución al problema pandilleril, y que no había que descartar otros caminos. Ese listado, pese a ser tan heterogéneo como para juntar a varios jerarcas católicos, al colega Paolo Luers y a algunos voceros de la izquierda no alineada con el oficialismo, nunca incluyó oficialmente ni a Mauricio Funes ni a Munguía Payés ni a Óscar Ortiz, pese a que fueron padres de esa criatura.

El Salvador no tuvo ocasión de discutir sobre esos “otros caminos” para el problema de las maras, su sostenido reclutamiento y el flagelo que suponen para cientos de miles de ciudadanos. Y buena parte de la culpa la tuvieron las administraciones areneras que confiaron en el músculo policial, hiperactivado con los esteroides de un discurso maníqueo; con el tejido social dejado a su suerte, sin inversiones sociales decisivas en las comunidades urbanas marginales, la represión sólo sirvió para fortalecer más una visión del mundo y de la vida que es caldo nutricio de la pandilla.

Acto seguido, fue decepcionante que nuestros dos primeros gobiernos de izquierda no hayan tenido un plan para trabajar este tema, ni siquiera una filosofía, una lectura unívoca. Esa es la única explicación a lo torpe de sus actuaciones en estos siete años, mismas que pasaron de lo reactivo a lo clandestino, y de lo clandestino nuevamente a lo reactivo, rayando otra vez el manodurismo. Por clandestino, me refiero a que durante poco menos de tres años, el Ejecutivo y su círculo cercano creyeron posible resolver la encrucijada de las maras a hurtadillas del país, en un ejercicio innecesariamente conspirativo.

Esa es la más pesada de las culpas que el Fmln soporta en esta materia: que cualquier enfoque no represivo ni militar sobre la reconstrucción de la comunidad marginal y excluida -ese, no otro, es el camino para combatir a la pandilla- se vea socavado y satanizado por la discutida ejecución de “la Tregua”.

Con independencia de lo que el juez haga con el testimonio de alias Nalo, es imperativo que el Gobierno reconozca el fracaso del enfoque represivo, y que acepte su responsabilidad en este juego de sombras.

Primavera. De Christian Villalta

CRISTIAN VILLALTAChristian Villalta, 16 julio 2017 / LPG

Un drama, una purga, apenas buena televisión… La renuncia de dos diputados del partido ARENA a sus candidaturas hace 15 días admitió reacciones extremas. Esta materia ya es noticia vieja, pero más que las renuncias por sí mismas, las lecturas que de ellas se hizo dicen mucho sobre los tiempos de la derecha en El Salvador.

LPGLa reacción más repetida, común entre jóvenes que se identifican con ARENA o con alguno de sus contenidos ideológicos, fue lastimera, con sensación de pérdida. En sus comentarios o de las conversaciones que se tiene con ellos uno deduce que hubo una febril expectativa sobre la renovación de ese partido. Varios asociaban esa renovación con esos diputados, otros entendían que acogerlos de nueva cuenta no solo a ellos sino, en consecuencia, a los heterogéneos cuadros juveniles que les apoyan en su ejercicio personal habría sido un signo de apertura al menos en el método. Finalmente, otros creían que su presencia en las asambleas areneras abriría la agenda a temas que el influjo católico ultraconservador en el COENA no admite.

Vale la pena detenerse en este concepto por su repetición y lo profundo de la convicción con que se escucha. Muchos ciudadanos de renta alta y media creen que los partidos políticos deben ser esencialmente pluralistas, así como que ARENA es la quintaesencia del liberalismo político.

Que muchos de nuestros jóvenes crean en el pluralismo como un imperativo de los partidos políticos es materia para el optimismo. Es una evidencia de su tolerancia, del descrédito en el que han caído los fanatismos y dogmatismos de izquierdas y derechas, del poco aprecio que se le tiene hoy a los puritanismos, desde los religiosos hasta los ideológicos. Para un montón de jóvenes que ya son económicamente activos, que ya se interesan en la cosa pública y en las noticias de nuestro proceso democrático, el pluralismo es una creencia de valor, y no admiten para su vida sino libertad de conciencia y de opinión.

¿Por qué gentes así de prometedoras e inteligentes creen que una agenda contemporánea cabe siquiera de modo cínico en los partidos? ¿O que las cúpulas arenera, pecenista o del FMLN aspiran a la renovación? El dogmatismo y la militancia tozuda son los abrevaderos de nuestros institutos políticos. La revisión no está en su hechura ni en sus genes; al contrario, les interesa repetirse, viejas ideas en cuencos nuevos. Así se explica el meteórico ascenso de algunos retrógrados acá y allá, jóvenes que hablan como poseídos por el espíritu de Maximiliano Hernández o de Cayetano Carpio. Es la intolerancia reproducida compulsivamente, estupidez por mitosis. Esa es “la juventud” que unos y otros venden, que no es ni siquiera relevo de dirigentes, sino estatismo administrativo e ideológico, pero con nuevos soldados. Nuevos políticos sí, nueva política no.

Igual de desolador es que se asocie a ARENA con el liberalismo político. Desde el inicio de la posguerra, los financistas del partido estuvieron más interesados en el liberalismo económico, entiéndase poca regulación del mercado, reducción de impuestos, irrelevancia de la beneficencia pública, que en el liberalismo político (igualdad ante la ley, separación de poderes y otros pilares del constitucionalismo). ¿Qué carajos les va a importar a los dueños de un partido conservador una agenda liberal contemporánea? Les interesa tanto como al FMLN… nada. Afortunadamente, el desarrollo de la sociedad, el pulso de la nación y la conciencia de las estructuras constitucionales de la democracia y su defensa tiran para el otro lado, en dirección opuesta a la polarización.

Mientras ARENA se prepara para el invierno, el pensamiento político liberal se acerca lentamente a su primavera.

Apetitos. De Cristian Villalta

Si vivir fuera sobrevivir, nadie les necesitaría. Pero en un país como el que sufrimos, para vivir o para sobrevivir se necesitan esperanza, inspiración y una luz.

CRISTIAN VILLALTAChristian Villata, 29 noviembre 2015 / LPG
la prensa graficaAntes, cuando el Estado aterrorizaba sistemáticamente a los salvadoreños, muchos ciudadanos encontraron inspiración en la militancia. Resistir fue un concepto poderoso y muy gráfico en aquellos años; la vida podía tratarse de resistir al enemigo, fuera este el establishment y sus siniestros guardianes, o la utopía y su brazo armado. Ese espíritu de resistencia, esa conciencia de que cada día era singular, de que se estaba escribiendo la historia, inspiró a una generación de modo transversal, y afectó a otra irremediablemente. La revolución y cómo el país la atajó es un tema que desvelará persistentemente a ambas generaciones, inconformes todos por igual.

Resumir esa época es difícil. Sin aldea global, sin world wide web y sin la hiperconectividad a la que nos hemos acostumbrado, fuimos malinformados y desinformados de tal suerte que, aún con los esfuerzos de reconstrucción histórica de unos y otros, sólo intuimos quién cometió qué, y rellenamos las lagunas con una mezcla de evocación heroica y morbo criminalístico. Preferimos evocar esa era, y lo hacemos a través de aquellos personajes en los que nuestros padres creyeron, políticos, gente de armas, líderes sindicales, ideólogos de ambos bandos…

La mayoría de esos hombres y mujeres ya fallecieron, pero sus ideas, por hermosas u horribles que hayan sido, quedaron clavadas en el corazón de sus sobrevivientes. Por pensamiento, palabra, obra u omisión, el futuro del país seguirá ligado a ellos durante décadas. De eso se tratan los líderes.

Nunca admitiré que algún tiempo pasado haya sido mejor, y mucho menos uno en el que murieron tantos de nuestros mejores compatriotas. Pero debemos aceptar que desde entonces, la pobreza de los liderazgos políticos y sociales en El Salvador ha sido paulatina, profunda, irreversible. Ni izquierda ni derecha produjeron más contenido, ni renovaron exitosamente su visión sobre el futuro del país ni la modernización del Estado. Si el FMLN perdió gente brillante durante la guerra, qué decir de los cerebros que dejó fugarse en tiempos de paz merced a su ofuscamiento. En Arena, una vez el lenguaje guerrerista cayó en desuso, advino una confusión que persiste hasta nuestros días, sin más iniciativa que la de las formas (desde el saquismo hasta los megáfonos), resignada a no renovar su fondo. Y en la sociedad civil, es más frecuente encontrar títeres de los poderes fácticos que líderes de opinión.

¿Qué nos queda entonces? La iglesia.

La iglesia salvadoreña acompañó, consoló y reivindicó con mano firme y convicción durante los años más crudos del conflicto. Lo hizo con ideologización en algunos lados, por estricto compromiso evangélico en otros, a la altura de las circunstancias en muchos casos, católica y protestante por igual.

En la paz a la usanza de Maximiliano, en la paz a la usanza de los delfines del PCN, en la guerra, en la postguerra, en todas la iglesia salvadoreña jugó un papel decisivo; siempre hubo una grey a su merced y a su cuidado, encontrando alivio en el servicio del clero, un servicio que osciló desde catalizar espiritualmente las ansiedades hasta el sacrificio de un mártir. Sí, en el país de los asesinatos, la iglesia puso sus mártires.

Pero esta semana, hemos comenzado a enterarnos que en el país de las víctimas, la iglesia también produjo víctimas. Algunos en el clero abusaron de su posición de autoridad para cometer delitos, traicionando sus votos y embaucando a sus feligreses durante décadas.

Podemos lidiar con la pobreza de nuestros líderes políticos y sociales, con los impresentables gobernantes que hemos tenido. Los cada vez más conocidos excesos de algunos ex funcionarios ya no nos sorprenden, burdos ladrones, mafiosos de cuarta. Pero, ¿qué corazón puede quedarle a nuestra sociedad si se confirma que nuestros sacerdotes y pastores no fueron más fuertes que sus apetitos?

Ellos, los que debían convencernos de que vivir no es sólo sobrevivir, ¿tampoco se resistieron?