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Carta a la Iglesia Católica: No mezclen la fe con la política. De Paolo Luers

Paolo Luers, 14 marzo 2017 / EDH

Estimados obispos, padres y laicos:
Algunos obispos viajarán a Roma para hablar con el Papa sobre la canonización de monseñor Romero. No permitan que este hecho tan anhelado por muchos salvadoreños se contamine por manipulaciones políticas y electoreros.

Si quieren que nuestro país, que todavía busca la reconciliación y la paz, tenga un Santo que nos una, expliquen al Papa que no visite El Salvador en medio de una campaña electoral. Si celebra la canonización de monseñor en septiembre 2017 en San Salvador, como propuso el presidente de la República, no le estaría haciendo ningún favor al país, ni al Santo, ni a la Iglesia salvadoreña. Le estaría haciendo un favor al partido de gobierno, que desde su fundación ha tratado de convertir la figura del mártir en símbolo de su causa política e ideológica. Esta usurpación es una de las razones que a muchos les hizo tan difícil abrazar a monseñor como figura de unidad y reconciliación.

No es correcto lo que vimos el domingo pasado: la pareja presidencial, no conocida por su devoción católica, en la misa del aniversario de la elección del Papa Francisco, y luego a la par del arzobispo, anunciando juntos la fecha de la canonización y de la visita papal que propondrán al Vaticano.

Ya cometieron el error una vez: Permitieron que la beatificación de monseñor Romero se convirtiera en un acto de Estado – y para muchos, lamentablemente, en un acto partidario. No cometan el mismo error otra vez, mucho menos cuando estamos a las puertas de una campaña electoral.

La canonización es asunto de la Iglesia – y de ninguna manera del Estado, mucho menos del gobierno. La visita del Papa será eminentemente pastoral, y no hay que confundirla con una visita de Estado. Como Iglesia tienen que exigir al Estado, al gobierno y a los partidos que respeten el carácter pastoral de la visita papal y de la canonización.

El Salvador es una República laica, aunque a veces dirigentes religiosos y políticos mezclan la fe con la política. Recientemente el arzobispo encabezó una marcha a la Asamblea Legislativa para exigir la aprobación de una Ley. Y un partido político comenzó a exigir a sus militantes que acepten la identificación de su partido con el credo católico. En ambos casos se atenta contra el carácter laico de la política.

El Salvador necesita que se reafirme la estricta separación Estado-Iglesia, por el bien de la Iglesia y de la política. Cúrense en salud y propongan al Papa que venga a celebrar la canonización de Romero, una vez que salgamos de las elecciones del 2018 y 2019. Porque de aquí al marzo 2019 estaremos en campaña electoral.

Con mis saludos al Papa Francisco,

Apetitos. De Cristian Villalta

Si vivir fuera sobrevivir, nadie les necesitaría. Pero en un país como el que sufrimos, para vivir o para sobrevivir se necesitan esperanza, inspiración y una luz.

CRISTIAN VILLALTAChristian Villata, 29 noviembre 2015 / LPG
la prensa graficaAntes, cuando el Estado aterrorizaba sistemáticamente a los salvadoreños, muchos ciudadanos encontraron inspiración en la militancia. Resistir fue un concepto poderoso y muy gráfico en aquellos años; la vida podía tratarse de resistir al enemigo, fuera este el establishment y sus siniestros guardianes, o la utopía y su brazo armado. Ese espíritu de resistencia, esa conciencia de que cada día era singular, de que se estaba escribiendo la historia, inspiró a una generación de modo transversal, y afectó a otra irremediablemente. La revolución y cómo el país la atajó es un tema que desvelará persistentemente a ambas generaciones, inconformes todos por igual.

Resumir esa época es difícil. Sin aldea global, sin world wide web y sin la hiperconectividad a la que nos hemos acostumbrado, fuimos malinformados y desinformados de tal suerte que, aún con los esfuerzos de reconstrucción histórica de unos y otros, sólo intuimos quién cometió qué, y rellenamos las lagunas con una mezcla de evocación heroica y morbo criminalístico. Preferimos evocar esa era, y lo hacemos a través de aquellos personajes en los que nuestros padres creyeron, políticos, gente de armas, líderes sindicales, ideólogos de ambos bandos…

La mayoría de esos hombres y mujeres ya fallecieron, pero sus ideas, por hermosas u horribles que hayan sido, quedaron clavadas en el corazón de sus sobrevivientes. Por pensamiento, palabra, obra u omisión, el futuro del país seguirá ligado a ellos durante décadas. De eso se tratan los líderes.

Nunca admitiré que algún tiempo pasado haya sido mejor, y mucho menos uno en el que murieron tantos de nuestros mejores compatriotas. Pero debemos aceptar que desde entonces, la pobreza de los liderazgos políticos y sociales en El Salvador ha sido paulatina, profunda, irreversible. Ni izquierda ni derecha produjeron más contenido, ni renovaron exitosamente su visión sobre el futuro del país ni la modernización del Estado. Si el FMLN perdió gente brillante durante la guerra, qué decir de los cerebros que dejó fugarse en tiempos de paz merced a su ofuscamiento. En Arena, una vez el lenguaje guerrerista cayó en desuso, advino una confusión que persiste hasta nuestros días, sin más iniciativa que la de las formas (desde el saquismo hasta los megáfonos), resignada a no renovar su fondo. Y en la sociedad civil, es más frecuente encontrar títeres de los poderes fácticos que líderes de opinión.

¿Qué nos queda entonces? La iglesia.

La iglesia salvadoreña acompañó, consoló y reivindicó con mano firme y convicción durante los años más crudos del conflicto. Lo hizo con ideologización en algunos lados, por estricto compromiso evangélico en otros, a la altura de las circunstancias en muchos casos, católica y protestante por igual.

En la paz a la usanza de Maximiliano, en la paz a la usanza de los delfines del PCN, en la guerra, en la postguerra, en todas la iglesia salvadoreña jugó un papel decisivo; siempre hubo una grey a su merced y a su cuidado, encontrando alivio en el servicio del clero, un servicio que osciló desde catalizar espiritualmente las ansiedades hasta el sacrificio de un mártir. Sí, en el país de los asesinatos, la iglesia puso sus mártires.

Pero esta semana, hemos comenzado a enterarnos que en el país de las víctimas, la iglesia también produjo víctimas. Algunos en el clero abusaron de su posición de autoridad para cometer delitos, traicionando sus votos y embaucando a sus feligreses durante décadas.

Podemos lidiar con la pobreza de nuestros líderes políticos y sociales, con los impresentables gobernantes que hemos tenido. Los cada vez más conocidos excesos de algunos ex funcionarios ya no nos sorprenden, burdos ladrones, mafiosos de cuarta. Pero, ¿qué corazón puede quedarle a nuestra sociedad si se confirma que nuestros sacerdotes y pastores no fueron más fuertes que sus apetitos?

Ellos, los que debían convencernos de que vivir no es sólo sobrevivir, ¿tampoco se resistieron?