narrativa

Cuentos. De Cristian Villalta

9 junio 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Una historia bien contada siempre es seductora. El trasfondo puede ser macabro, pero si el parrafeado, el ritmo y los énfasis son adecuados, si lo imposible sabe a posible, si los miedos del protagonista son nuestros mismos miedos ahí estaremos, sentados sobre la piedra o arrepatingados en el sofá, boquiabiertos queriendo saber ¿qué sigue?

Cuéntanos lo que quieras, pero convéncenos, dijimos tantas veces con un libro entre las manos. Y Andersen, Perrault, los Grimm, o sus sobrinos malditos Allan Poe, Kafka y Chéjov nos tomaron de la mano para perdernos entre caperuzas, hombres que se despiertan siendo insectos, reyes desdichados, princesas enterradas vivas y madrastras diabólicas.

Si te educaron entre letras, un cuento nunca es demasiado largo; y viceversa, aunque se trate de un cuentito, como suele ocurrir en este El Salvador en que la gente no lee completo ni su DUI. Pero en la última semana, entre tuit y tuit de Bukele, muchos de mis conciudadanos han leído más que en todo el año pasado. No es literatura en el estricto sentido, pero sí un cuento que no promete ser corto.

Es obvio que el presidente persigue nuestro aplauso, persigue la aprobación cueste lo que cueste. No es que lo espera, es que lo necesita; sabe que nada hay más traicionero que un ciudadano agobiado por la inseguridad, harto de los políticos y descreído del Gobierno. Ya pescó en esas aguas, ya sabe que son traicioneras. Y si en el próximo año y medio a través de GANA o de Nuevas Ideas no altera a su favor la aritmética legislativa, su administración será larga, minada por su minusvalía para el diálogo.

Aspirar a un año y medio de gestión sin que tu popularidad resulte lesionada es ridículo; aunque los graves señalamientos contra la década efemelenista son válidos, la sangre que Sánchez Cerén y su círculo dejaron en Twitter se secará pronto, y las quejas sobre el gobierno anterior sonarán solamente a eso: quejas. O peor aún, sin un hilo conductor entre sus decisiones, sin músculo político para promover iniciativas de ley y sin articulación con los otros órganos, el presidente correría el riesgo de administrar el aparato público pero no el poder.

Ante esa necesidad, la de proteger la imagen presidencial de los embates de la realidad, sus asesores ya le dijeron que los primeros 100 días aunque no sean impecables tendrán que parecerlo, tanto como para relanzar otra vez su marca personal en octubre. Y como tal calificación se construye a puras impresiones (sino, ¿cómo Mitofsky le puso 8.5 a los de Funes?), eligieron el mismo camino de su campaña: contemos cuentos, el repasado “storytelling” como herramienta del marketing político que los gringos se inventaron hace 40 años alrededor de Ronald Reagan.

En otras palabras, al inicio de esta administración lo importante no es el contenido, sino que lo cuentes, insumo para la clientela, materia para los sublimes “spots” del otro trimestre. Como lo fue antes con Flores, con Saca, con Funes, con Ortiz. Pero con un matiz distintivo inalienable: todo el capital de comunicación, toda utilidad de imagen, todo el contenido debe converger hacia el vértice del presidente. Aunque él no cuente el cuento, él es el cuento. Y por eso antes de cualquier otra herramienta para acometer el reto del desarrollo local con rango ministerial, lo primero que hicieron con doña María Chichilco, el mismo día que la nombraron cabeza del ex-FISDL, fue abrirle una cuenta de Twitter.

Día 8, presidente. Cuéntenos ¿qué sigue?

Los liberales y O.J. Simpson. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar es director ejecutivo de CREARicardo Avelar, 2 marzo 2017 / EDH

¿Fue o no fue O. J. Simpson el asesino de su exesposa Nicole Brown y de Ronald Goldman?

Desde 1994, esa ha sido una de las interrogantes principales no solo en el aparato judicial estadounidense sino en millones de personas que han dado seguimiento al que fue apodado el “caso del siglo”.
Orenthal James Simpson fue, hasta el sonado homicidio, uno de los jugadores más talentosos y laureados del fútbol americano, habiendo ganado el trofeo Heisman de este deporte a nivel universitario y logrando números impresionantes como un acarreador profesional con los Bills de Búfalo y los Niners de San Francisco.

diario hoySin embargo, logró fama mundial cuando fue acusado de perpetrar el sangriento asesinato de su exesposa Nicole Brown y Ronald Goldman. Este suceso ha sido inmortalizado en múltiples películas, series libros y documentales y hasta el mismo Simpson, hoy preso por otro tema, ha comentado cuáles le gustan y cuáles no.

Una de las representaciones más recientes del caso es “American Crime Story: The People vs. OJ Simpson”, que en diez capítulos expone la perspectiva de los fiscales y los defensores.

Haciendo uso de múltiples “licencias creativas” y más de alguna exageración, esta serie logra transmitir una lección importante del caso Simpson: que más allá de buscar a un culpable o un inocente por medio de la verdad, el gran reto de ambos bandos en la corte fue contar una historia que tuviera sentido, para el jurado y para el juez.

¿Por qué traigo este caso a colación?

Hace unos días, tuve el gusto de participar en unos debates sobre políticas públicas desde una perspectiva liberal junto a algunos académicos de diferentes rincones de América Latina y España.

En estas discusiones, donde se habló de temas tan diversos como el rol del Estado, el alcance de las decisiones públicas, la sostenibilidad en el tiempo de algunas políticas y mediciones del desempeño de estas, un tema llamó poderosamente nuestra atención.

El liberalismo, que históricamente ha situado bajo los reflectores de la opinión pública temas importantísimos para cuestionar, reforzar o cambiar, enfrenta duras batallas en la opinión pública a pesar de que en muchas ocasiones los puntos que trata tienen sentido técnico y están basados en evidencia.

La moderación en el gasto público, los incentivos que la propiedad privada traen para la conservación de bienes, las virtudes del comercio libre, el respeto a la voluntad de las mayorías sin menoscabo del derecho de las minorías, la tolerancia y las fronteras abiertas son algunos de los temas donde hay suficiente evidencia para considerar que son batallas ganadas por la humanidad y puntos de partida que deberíamos dar por sentados.

Pero esto no es así. No obstante la abrumadora comprobación de éxito que existe sobre estas y otras batallas liberales, estas siempre se las ven difíciles ante sus detractores que, a veces sin evidencia, son capaces de derribarlas con solo articular una narrativa contraria que sea atractiva y popular.

Si el caso de O.J. Simpson nos enseña algo a los liberales es que, además de aproximarnos a la razón en algunos temas, debemos saber narrarlos, saber generar empatía y que estos tengan sentido en un plano intelectual y en uno racional.

Como dijo otro participante de los debates a los que asistí, “hay que ganar la batalla cultural y no solo la economicista”. De no hacerlo, nos veremos forzados a permanecer aislados de la relevancia en el debate político, conscientes de que podíamos proveer soluciones a los problemas más apremiantes pero consternados porque nadie nos escucha.

Si los liberales perdemos la batalla cultural, estamos en riesgo de sacrificar el potencial de nuestros países en materia de progreso y libertades, dando paso a una serie de ideas destructivas -que tanto provienen de la izquierda como de la derecha- cuya legitimidad reside en muchos casos en la arenga, el panfleto y el eslogan.

En términos sencillos, como dice el chileno Ángel Soto, “aprendamos a contar cuentos y no solo a sacar cuentas”.

¡Revolución o muerte, narraremos! De Guillermo Miranda Cuestas

En su libro sobre la revolución, la filósofa Hannah Arendt advierte que el poder absoluto se convierte en despotismo una vez ha perdido conexión con un poder mayor. La historia demuestra en ciertos casos cómo la narrativa de una “revolución”, que supone entregar el poder al pueblo, olvida su causa inicial y sirve de excusa para atropellar los derechos más básicos de las personas. No se trata de derechas o de izquierdas; de hecho, el primer ejemplo a destacar proviene de los regímenes militares en El Salvador.

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 26 noviembre 2015 / EDH

diario de hoyEl Salvador tuvo una revolución en 1948. Al menos, esa fue la narrativa que planteó la élite política de aquel entonces. El Monumento a la Revolución en San Salvador –conocido popularmente como “El Chulón”, por tratarse de un hombre desnudo– corresponde a este período. La “Revolución del 48” fue un movimiento militar que derrocó al poder de turno y que derivó en el Partido Revolucionario de Unificación Democrática (PRUD), que postuló a los dos militares que presidieron el país en los años cincuenta.

El PRUD trató de importar el modelo del Partido Revolucionario Institucional de México. En 1950 se aprobó una Constitución que insertó, por primera vez, una gama de derechos sociales –llamados también “de segunda generación”– y el sufragio universal para las mujeres. Pese a estos y otros avances, principalmente en materia social y financiados por un repunte en los mercados del café y del algodón, la narrativa revolucionaria nunca se tradujo en un verdadero proceso democratizador. Uno de los principales déficits fue establecer un sistema electoral que favorecía al partido en el gobierno. Precisamente, después de los golpes de 1960 y 1961, la primera reforma política ocurrió en 1963 cuando se abrió la representación legislativa a los partidos de oposición a través del sistema proporcional, que aún sigue vigente. Se trató entonces de una mera narrativa revolucionaria con enfoque social y autoritarismo… ¿suena familiar?

En pleno 2015, algunos afirman que hay una revolución en Venezuela. Durante la primera década del Siglo XXI, el alza en los precios del petróleo permitió al gobierno venezolano financiar numerosos programas sociales que redujeron la pobreza de forma significativa. Pasada la bonanza, la historia demostró una vez más la insostenibilidad de un modelo económico basado en el sabotaje a la iniciativa privada. Según cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la pobreza y la indigencia han crecido en los últimos cinco años a niveles superiores a los de inicios de la década de los noventa, cuando la crisis socioeconómica abrió camino a un militar golpista que luego se convertiría en el comandante de dicha revolución. Asimismo, pasada la bonanza, las próximas elecciones parlamentarias del 6 de diciembre se efectuarán a través de un sistema electoral matemáticamente tramposo y en medio de diversos ataques a la oposición, ya sea mediante el encarcelamiento de sus líderes o de las amenazas del presidente actual, quien ya prometió una “unión cívico militar” en caso de perder los comicios.

En El Salvador de 2015 también hay otra narrativa revolucionaria. El partido en el gobierno, autodenominado como “democrático, revolucionario y socialista” y cuya marcha termina con el eslogan “¡revolución o muerte, venceremos!”, acaba de realizar un congreso en el que concluyó que su socialismo integra el modelo de “empresa de economía mixta”. Su empresa Alba Petróleos de El Salvador está formada con capital público –tanto de Venezuela como de El Salvador– y financia no solo las empresas y las campañas electorales de los dirigentes del partido, sino al ministro de Economía encargado de regular el mercado de hidrocarburos. Y mientras estos gobernantes elevan la bandera del socialismo, reducen en varios millones el presupuesto en educación para el año siguiente.

Por tales contradicciones, ese tipo de narrativas no duran indefinidamente y el peso de la historia las derrumba tarde o temprano. Eso sí, entre más tarde se despierta, mayores son los costos.

@guillermo_mc_