Christian Villalta

Civil. De Christian Villalta

La noción de los abusos de autoridad en aras de la seguridad pública ha sido fácil de digerir por la ciudadanía.

CRISTIAN VILLALTA

Christian Villalta, director de El Gráfico

Christian Villalta, 27 agosto 2017 / LA PRENSA GRAFICA

Mucho del mejor periodismo que hay en el país valientemente ha denunciado ejecuciones, intimidación y violaciones al debido proceso; nadie se ha sorprendido. Las reacciones a esa terrible verdad sobre nuestra Policía oscilan entre una disimulada indignación y un nada disimulado entusiasmo.

Esa apatía sobre el tema, y ni qué decir de la fruición con la que muchos compatriotas leen sobre las ejecuciones y los vejámenes es mérito comunicacional del Estado, que a través de sus sucesivos administradores vendió a la violencia como panacea para la violencia.

LPGLos funcionarios, desde Francisco Flores hasta Sánchez Cerén, fueron construyendo esa narrativa en cámara lenta, y en la medida que la realidad fue arrojando más agentes y soldados asesinados, el discurso se fue simplificando, admitiendo menos palabras, hasta reducir conceptos como hábeas corpus, presunción de inocencia o término de la detención a meros eufemismos.

Si en nuestro país aún quedan demócratas, este curso de la historia no puede considerarse sino una derrota. Apenas un cuarto de siglo después del informe de la Comisión de la Verdad, que estableció con meridiana precisión el rol jugado por los cuerpos de seguridad en la instalación del terror como política del régimen militar, no se percibe en nuestra sociedad una preocupación por la garantía irrestricta a los derechos humanos.

Todo el siglo pasado, generaciones de salvadoreños nos resignamos a un modo de vida al margen de los principios del Estado de derecho. Los acuerdos de paz marcan el reconocimiento nacional de ese estatus natural como uno anómalo y perverso, y la necesidad de reandar la historia. Y en ese proceso se decide acabar con el dominio militar y crear una Policía que no se pareciera en nada a “la Policía”.

Por eso es que de los ocho códigos de conducta de los agentes establecidos como obligatorios en la Ley Orgánica de la Policía Nacional Civil, dos tienen que ver con el respeto a los detenidos y la prohibición de la tortura. Por eso, en el acto mismo de su fundación, se le ordena actuar “con estricto apego a los derechos humanos”.

Hace 10 meses, el vicepresidente de la República, cuyas declaraciones en materia de seguridad nunca deben tomarse a la ligera toda vez que es el “kingpin” anticrimen de esta administración, decía al hablar de las Fuerzas Especializadas de El Salvador: “Ojalá, primero Dios, y por el bien de la patria, en un futuro no se cuestione la estrategia, porque si no hacemos lo que tenemos que hacer ahora con el apoyo del país de seguro habremos comprometido el futuro de nuestros hijos y nietos”.

Como él, muchos otros funcionarios aluden a unos deberes crípticos, a “hacer lo que hay que hacer”, a una tarea que se asume con pesadumbre. Es una manera hipócrita de referirse a la militarización de la seguridad pública y al debilitamiento de las garantías constitucionales al que los ciudadanos estamos expuestos cuando las fuerzas élite entran al campo de acción.

Los familiares del personal de seguridad asesinado en cumplimiento de su deber merecen todo nuestro respeto y solidaridad, así como un acompañamiento del Estado que vaya más allá de los dobleces del Dios, Unión, Libertad. Mas la reflexión a la que los salvadoreños estamos obligados hoy no es solo a que estamos perdiendo policías como efectivos de una guerra no declarada; estamos perdiendo a la Policía.

Si con la justificación de una cruzada antipandillas aceptamos que los agentes actúen al margen de la ley habremos perdido todos, y la Policía Nacional Civil lo habrá perdido todo.

 

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Naufragio. De Christian Villalta

Pocos periodistas y columnistas tienen la capacidad (y voluntad) de abordar el tema de “la tregua” no de manera de blanco/negro o bueno/malo, sino de manera diferenciada y honesta. Christian Villalta es uno de estos pocos. No estoy de acuerdo con todos sus planteamientos, pero sí estoy convencido que este es el debate que necesitamos.

Paolo Luers/Segunda Vuelta

CRISTIAN VILLALTA

Christian Villalta, director de El Gráfico

Christian Villalta, 13 agosto 2017 / LA PRENSA GRAFICA

Entiendo que los detalles de “la Tregua” le paren los pelos y remuevan las entrañas. Cada uno de los detalles que figuran en el relato de Carlos Burgos Nuila, alias Nalo, mueve a la opinión pública del estupor ante la variedad de delitos que presuntamente se habrían cometido en el marco de “la Tregua” con la anuencia del Ejecutivo, a la indignación por el albedrío del que los funcionarios hicieron gala.

LPGSin embargo, hay cuatro acotaciones no por poco populares menos imprescindibles: primera, que la información fundamental que sustenta la acusación fiscal parte del testimonio de un pandillero, criminal confeso, que está sometido a toda la presión posible de las autoridades; segunda, que los autores intelectuales de este despropósito, de este paréntesis de ilegalidad en la política de seguridad del Estado, no están siendo juzgados; tercera, si el ministerio público pondera así de alto la confesión de su testigo estrella, ¿por qué no ha procedido contra los políticos del Fmln y Arena que habrían financiado a las pandillas a cambio de conductas electorales?; y cuarta, que la atención pública se está centrando en la anécdota penitenciaria, y no en ese naufragio que ha sido la política de seguridad de los dos gobiernos del Fmln.

Las acotaciones no son populares porque la tendencia en la opinión pública, la inercia de la cosa es someter a guillotina a los operarios de “la Tregua”, desde Raúl Mijango hasta Nelson Rauda, incluyendo a todos aquellos que se hayan permitido decir en público, durante el último sexenio, que el manodurismo no era la solución al problema pandilleril, y que no había que descartar otros caminos. Ese listado, pese a ser tan heterogéneo como para juntar a varios jerarcas católicos, al colega Paolo Luers y a algunos voceros de la izquierda no alineada con el oficialismo, nunca incluyó oficialmente ni a Mauricio Funes ni a Munguía Payés ni a Óscar Ortiz, pese a que fueron padres de esa criatura.

El Salvador no tuvo ocasión de discutir sobre esos “otros caminos” para el problema de las maras, su sostenido reclutamiento y el flagelo que suponen para cientos de miles de ciudadanos. Y buena parte de la culpa la tuvieron las administraciones areneras que confiaron en el músculo policial, hiperactivado con los esteroides de un discurso maníqueo; con el tejido social dejado a su suerte, sin inversiones sociales decisivas en las comunidades urbanas marginales, la represión sólo sirvió para fortalecer más una visión del mundo y de la vida que es caldo nutricio de la pandilla.

Acto seguido, fue decepcionante que nuestros dos primeros gobiernos de izquierda no hayan tenido un plan para trabajar este tema, ni siquiera una filosofía, una lectura unívoca. Esa es la única explicación a lo torpe de sus actuaciones en estos siete años, mismas que pasaron de lo reactivo a lo clandestino, y de lo clandestino nuevamente a lo reactivo, rayando otra vez el manodurismo. Por clandestino, me refiero a que durante poco menos de tres años, el Ejecutivo y su círculo cercano creyeron posible resolver la encrucijada de las maras a hurtadillas del país, en un ejercicio innecesariamente conspirativo.

Esa es la más pesada de las culpas que el Fmln soporta en esta materia: que cualquier enfoque no represivo ni militar sobre la reconstrucción de la comunidad marginal y excluida -ese, no otro, es el camino para combatir a la pandilla- se vea socavado y satanizado por la discutida ejecución de “la Tregua”.

Con independencia de lo que el juez haga con el testimonio de alias Nalo, es imperativo que el Gobierno reconozca el fracaso del enfoque represivo, y que acepte su responsabilidad en este juego de sombras.

Primavera. De Christian Villalta

CRISTIAN VILLALTAChristian Villalta, 16 julio 2017 / LPG

Un drama, una purga, apenas buena televisión… La renuncia de dos diputados del partido ARENA a sus candidaturas hace 15 días admitió reacciones extremas. Esta materia ya es noticia vieja, pero más que las renuncias por sí mismas, las lecturas que de ellas se hizo dicen mucho sobre los tiempos de la derecha en El Salvador.

LPGLa reacción más repetida, común entre jóvenes que se identifican con ARENA o con alguno de sus contenidos ideológicos, fue lastimera, con sensación de pérdida. En sus comentarios o de las conversaciones que se tiene con ellos uno deduce que hubo una febril expectativa sobre la renovación de ese partido. Varios asociaban esa renovación con esos diputados, otros entendían que acogerlos de nueva cuenta no solo a ellos sino, en consecuencia, a los heterogéneos cuadros juveniles que les apoyan en su ejercicio personal habría sido un signo de apertura al menos en el método. Finalmente, otros creían que su presencia en las asambleas areneras abriría la agenda a temas que el influjo católico ultraconservador en el COENA no admite.

Vale la pena detenerse en este concepto por su repetición y lo profundo de la convicción con que se escucha. Muchos ciudadanos de renta alta y media creen que los partidos políticos deben ser esencialmente pluralistas, así como que ARENA es la quintaesencia del liberalismo político.

Que muchos de nuestros jóvenes crean en el pluralismo como un imperativo de los partidos políticos es materia para el optimismo. Es una evidencia de su tolerancia, del descrédito en el que han caído los fanatismos y dogmatismos de izquierdas y derechas, del poco aprecio que se le tiene hoy a los puritanismos, desde los religiosos hasta los ideológicos. Para un montón de jóvenes que ya son económicamente activos, que ya se interesan en la cosa pública y en las noticias de nuestro proceso democrático, el pluralismo es una creencia de valor, y no admiten para su vida sino libertad de conciencia y de opinión.

¿Por qué gentes así de prometedoras e inteligentes creen que una agenda contemporánea cabe siquiera de modo cínico en los partidos? ¿O que las cúpulas arenera, pecenista o del FMLN aspiran a la renovación? El dogmatismo y la militancia tozuda son los abrevaderos de nuestros institutos políticos. La revisión no está en su hechura ni en sus genes; al contrario, les interesa repetirse, viejas ideas en cuencos nuevos. Así se explica el meteórico ascenso de algunos retrógrados acá y allá, jóvenes que hablan como poseídos por el espíritu de Maximiliano Hernández o de Cayetano Carpio. Es la intolerancia reproducida compulsivamente, estupidez por mitosis. Esa es “la juventud” que unos y otros venden, que no es ni siquiera relevo de dirigentes, sino estatismo administrativo e ideológico, pero con nuevos soldados. Nuevos políticos sí, nueva política no.

Igual de desolador es que se asocie a ARENA con el liberalismo político. Desde el inicio de la posguerra, los financistas del partido estuvieron más interesados en el liberalismo económico, entiéndase poca regulación del mercado, reducción de impuestos, irrelevancia de la beneficencia pública, que en el liberalismo político (igualdad ante la ley, separación de poderes y otros pilares del constitucionalismo). ¿Qué carajos les va a importar a los dueños de un partido conservador una agenda liberal contemporánea? Les interesa tanto como al FMLN… nada. Afortunadamente, el desarrollo de la sociedad, el pulso de la nación y la conciencia de las estructuras constitucionales de la democracia y su defensa tiran para el otro lado, en dirección opuesta a la polarización.

Mientras ARENA se prepara para el invierno, el pensamiento político liberal se acerca lentamente a su primavera.

Uno. De Cristian Villalta

Ya no más superestructura. Dejemos a Rousseau, a Hobbes, a Locke y a Dagoberto. No hablemos de la cosa pública; hablemos de esa cosa llamada políticos. Hablemos de un político.

Christian VillaltaCristian Villalta, 13 noviembre 2016 / LPG

Hay olvidos que son un pecado; otros, una bendición. Nuestra historia con las personas, las que queremos, puede entenderse como paréntesis de luz entre el olvido. Y hay otras gentes con las que lo mejor que puede hacerse, por lo que representan y por lo que dicen, es olvidarlas.

Y así estábamos hasta que, subido en una tarima con un pastor y un sacerdote, y con la Biblia en las manos, Guillermo Gallegos unía en una misma oración las palabras “GANA y Dios”, celebrando su juramentación como nuevo presidente de la Asamblea Legislativa.

la prensa graficaGallegos es la quintaesencia de la política partidaria en El Salvador. Ha llegado a presidir al principal órgano del Estado merced estrictamente a las negociaciones barriobajeras del FMLN con el partido que fue su satélite durante buena parte de la administración Funes, así como gracias a la blandenguería de ARENA, que nunca denunció el pacto entre esas dos fuerzas pese a que sumó suficientes votos para sentarse a negociar otras condiciones después de marzo de 2015.

En ninguna de sus alocuciones Gallegos alude al mandato de la ciudadanía; hasta el cinismo tiene un límite. Recordemos que este hombre tuvo apenas 53 votos más que Cristina López en la pelea por las diputaciones de San Salvador.

De los 24 diputados por San Salvador elegidos en ese ejercicio electoral, el de 2015, solo López y Rodolfo Parker tuvieron menos votos. El resto, los otros 21, tuvieron hasta el triple de aceptación y apoyo del electorado. Bueno, hasta ese exquisito prohombre antítesis del darwinismo que es Blandino Nerio ganó más votos.

Eso respecto de los que ganaron la curul. Pero hay otros 27 ciudadanos que también ganaron más votos. Ninguno de ellos se llevó la diputación pese a tener más legitimidad popular por esa farfullez de cocientes y residuos.

Una última y ya no más numeritos: el cociente por diputado en San Salvador fue de 25,879 votos por escaño. Este señor estuvo más de 1,500 votos abajo del cociente.

¿Qué legitimidad puede tener su nominación como presidente del Parlamento? Solo la que se consigue puertas adentro, en el reparto de prebendas y privilegios gubernamentales, oculto a la opinión pública, estilo de hacer política del cual ha sido digno representante junto con muchos de los que ahora lo aplauden como en un baile de máscaras.

En su jornada de juramentación, el representante de GANA, uno de los instrumentos a través de los cuales Elías Antonio Saca pretendió asaltar (sin albur) el poder, se dejó fotografiar y filmar rezando, y en la plenaria lanzó algunos reclamos a los legisladores de las dos fuerzas mayoritarias, invitándolas a la cordura. Dicen que viene con un manual de austeridad bajo el brazo y se presume que es del agrado de algunos embajadores.

Ahí es adonde confieso el Alzheimer. Y pregunto: ¿este es el mismo Guillermo Gallegos que ha pedido instalar la pena de muerte un año así y el otro también? ¿Era un homónimo suyo el que defendió la intentona de obligar a la Sala de lo Constitucional a concurrir de modo unánime en sus resoluciones? ¿Es esta la persona que está de acuerdo con armar a los civiles y refundar ORDEN? ¿Es el mismo diputado que ha viajado con fondos públicos a eventos a los que nadie lo ha invitado?

Sé que es, una vez conocido el futuro político de su padrino, el nuevo vocero de esa horchata de populismo conocida como “derecha social”. Con eso bastaba para olvidarlo, pero esa comedia llamada establishment político cuscacriollo quiso volverlo visible. Veámoslo pues, pero con objetividad.

El envase. De Cristian Villalta

La política es todavía el mercado más monopolizado y anacrónico del país.

Cristian Villalta, 11 septiembre 2016 / LPG

A falta de analistas, el FMLN y ARENA buscan asesoría en publicidad. Es lo lógico cuando la sociedad ya no espera de ellos producción de pensamiento político ni evolución programática sino solo imagen. Para venderte la misma gaseosa, lo que necesitas es cambiar el envase. Y si en Compitalandia y Confusiolandia no quieren cambiar el producto (o no saben fabricar más que la misma chuchería), pues a lucir cool aunque sea sin sustancia, que con eso basta para que los de siempre nos manchemos el dedito.

la prensa graficaDel recetario para lucir cool, una de las que personalmente más me seduce es la pretensión de transparentar sus métodos, de hacer política ante el escrutinio popular y de rejuvenecer sus filas con nuevos cuadros de la que quieren hacer gala las cúpulas en ambos patios. Políticos de entreguerras festejan que haya modos menos histriónicos de lucir fresco ante el electorado que subirse al Tagadá o bautizar chuchos en Twitter. Practicar la democracia intramuros de los partidos es estar “in”, y nadie muere en el intento.

ARENA lo hizo, en una elección que tuvo el efecto de un megaspot publicitario, para bien y para mal. Para bien porque el guion no admitía mayores desviaciones y eso garantizó la efectividad del mensaje: contendientes con el mismo discurso, matizado con algunas frases casi futboleras de Hugo Barrera (no hay futbolistas viejos ni jóvenes, solo malos y buenos…), debates sin ninguna agresión, tiempo para mostrar al menos un ratito a cada uno de los que importan en el partido, y una idílica imagen de unidad, de disciplina granítica, de hermandad republicana, este último un mensaje fundamental luego de una época bizarra de medios melones, transfuguismo y maletinazos. Para mal porque en lugar de duplicar su respuesta al país, a través de dos personas que suponemos creen en lo mismo, ARENA no respondió la pregunta esencial: ¿si ya se cansó de ser oposición, qué ofrece de distinto al electorado que lo sacó del poder en 2009? No bastará con cambiar unas coplas del himno, vamos.

Desde el Gobierno, el FMLN también se esmera en vender una imagen de bloque granítico pero con tristes resultados para su cúpula. Uno se imagina los pucheros de Medardo, José Luis y Norma (disculpen la confianza, pero nombrarlos por su pseudónimo me parecería aún más igualado) cuando alguno de sus cuadros más jóvenes no se adhiere al manual. Por manual, entendámonos, compañero, no me refiero al librito de Fedor Vasilievich Konstantinov –qué materialismo histórico ni qué ocho cuartos, diría Sigfrido–, sino a las consignas que funcionarios, diputados y alcaldes rojos deben usar en caso de emergencia.

Por ejemplo, si se habla de la CIGIG, mentarle su madre a la embajadora; si se habla de Venezuela, hablar de soberanía y bajo ninguna presión hablar de democracia; si se cuestiona la participación de algunos oficiales de la Fuerza Armada en el tráfico de armas, poner cara de circunstancia; si se habla de Rais, tararear una de Juanga; y si se habla de la tregua, mutis.

Ni ARENA ni el FMLN conectan con la sociedad, con lo que la clase media exige ni con lo que la renta más baja y la informalidad necesitan. Difícilmente ocurrirá en el corto plazo: la derecha política no renovará su ADN mientras la derecha económica siga traumada por Saca; y mientras siga gobernando, el FMLN solo será útil para sí mismo.

Ambos partidos necesitan una renovación profunda, botando peso muerto, lastre ideológico y cuadros oportunistas e inservibles. De esa purga saldrían toneladas de basura. Si no hallan qué hacer con ella, faltaba más, se la venden a Nicaragua, que ha demostrado en los últimos días una curiosa pericia para el manejo de los desechos tóxicos.

 

Promiscuas. De Cristian Villalta

¿Por qué ha sido tan fácil prostituir a nuestras instituciones?

Cristian Villalta, 28 agosto 2016 / LPG

Los nuestros no son maravillosos gánsteres, la mayoría o vulgares sátrapas con algún pedigrí o arribistas que le pegaron al gordo. Ninguno fue tan hábil como para no dejar sepultada en huellas, grabaciones, groseros indicios o inexplicable pecunio su pretensión de defraudar al Estado o servirse de él ilegalmente. Ni maquiavélicos ni cartesianos, ni más interesantes que el Sirra ni más inteligentes que el Directo. Ladrones. Mentirosos. Gentuza.

¿Cómo entonces es que se sirvieron de algunos de los más caros funcionarios, y se ubicaron al centro de una corrupción tan metódica que incluso subvirtió la naturaleza de algunas instituciones públicas? ¿Tal cosa es posible? ¿Por qué?

la prensa graficaPorque pudieron. Porque el dinero les alcanzó para sobornar a quienes debían o para convidar al despojo a todos los que cabían. Porque las instituciones que debían liderar la construcción de un Estado de derecho en El Salvador, las que debían erguirse como pilares de nuestra vida en democracia, están erguidas sobre la misma miasma que las instituciones del pasado: exclusión, desequilibrio e impunidad. Y en instituciones de ese calado, la pregunta no es quién sino cuánto.

En el siglo pasado, la razón de ser de nuestras instancias más importantes fue preservar un statu quo rico en desequilibrio, un listado de entidades que sobrepasa lo obvio –la Fuerza Armada, los cuerpos de seguridad– y que incluso alcanzó a aquellos órganos que debían combatir esa lógica social como el Consejo Nacional del Salario Mínimo o el Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria.

Después de la firma de los Acuerdos de Paz, un nuevo país era necesario, y la Fiscalía General de la República, la Policía Nacional Civil, el Consejo Nacional de la Judicatura y la Corte de Cuentas de la República gozarían de un compromiso inalienable como garantes para conseguirlo. Debían hacerlo a través de la profesional persecución del delito, de la humanización de los cuerpos de seguridad, del manejo de la seguridad pública desde una perspectiva civil, de la contraloría a todos los funcionarios y de una aplicación de la justicia que garantizara el derecho de defensa y que no contemplara ninguna figura extrajudicial. El fracaso ha sido espectacular.

Los poderes reales del país han conspirado exitosamente contra la transformación del Estado. La resistencia de algunos sectores al fortalecimiento de la administración pública, ya sea porque se lucran de la liviandad de los contralores o porque sus efectos se transformarían en mayores controles a sus actividades, legales o no, se tradujo durante las primeras décadas de nuestra posguerra en un diseño presupuestario que ha impedido el blindaje de los fiscalizadores.

Por otro lado, en la designación de los funcionarios de segundo grado, todos los partidos políticos han actuado como operadores de sus financistas; a eso se debe que la calificación profesional o la idoneidad moral de los candidatos haya pasado (obviamente) a un plano secundario. Por eso hemos tenido lo que hemos tenido, en su mayoría empleados de otros señores y enemigos de la ciudadanía.

Por eso es que en esas instituciones que debían ser ejemplares se respira un ambiente de casa de citas. No es porque los sospechosos de moda hayan sido más tenaces, audaces ni atrevidos que sus predecesores (ustedes eligen si de Carlos Perla para adelante o de Carlos Perla para atrás). Es porque la revolución ciudadana que debía inspirar a esas instituciones nunca comenzó, por obra y gracia del servilismo de nuestros diputados y de quienes los dirigen.

Sin instituciones fuertes, dependeremos de qué tan estoico sea el funcionario de turno. La democracia necesita una lógica inversa: un fiscal puede fallar; la Fiscalía no puede fallarnos.

Paz. De Cristian Villalta

Divulgar la verdad y hacer justicia no es un modo valiente de construir la paz. Es más bien el único modo de construir la paz.

Christian Villalta

Cristian Villalta, 24 julio 2016 / LPG

“Bajo ningún aspecto sería saludable que participaran en el manejo del Estado quienes hayan cometido hechos de violencia como los que la Comisión ha investigado”.

Esa fue la tercera recomendación en el informe de la Comisión de la Verdad.

“Las personas a las que se refieren los párrafos precedentes, como cualesquiera otras igualmente implicadas en la perpetración de los hechos de violencia descritos en el presente informe, incluso los civiles y los miembros de la Comandancia del FMLN nombrados en las conclusiones de los casos, deben quedar inhabilitadas para el ejercicio de cualquier cargo o función pública por un lapso no menor de 10 años y para siempre de toda actividad vinculada con la seguridad pública o la defensa nacional”.

la prensa grafica¿Por qué no se inhabilitó públicamente a los civiles involucrados con el encubrimiento de los crímenes cometidos por la Fuerza Armada o en el financiamiento y actuación de los grupos paramilitares? ¿Por qué no se procedió con esa purga en las filas del FMLN? ¿Por qué algunos de los militares señalados en el informe continúan participando en la política?

Quizá no había suficientes cuadros en las filas de ambos bandos. Quizá creyeron que era necesario permanecer vigentes mientras la democracia comenzase a dar de sí. Y, sin el quizá, sabían que desde la política era más fácil mantener los cadáveres bajo llave.

Ellos, los protagonistas de esa guerra y de aquellos acuerdos (o de aquellos crímenes), pueden escribir los libros que quieran explicándolo. Sus testimonios dan para varios documentales, para otra década de entrevistas con pretensiones revisionistas. Algunos suenan interesantes incluso hoy.

Pero todos esos personajes padecen de lo mismo: inconsciencia de su irrelevancia.

En cuanto nacían, Cronos devoraba a sus hijos, estúpido y criminal, porque la profecía rezaba que uno de su estirpe lo derrocaría. A nuestros victimarios, es la historia la que hoy los supera, la que les exige que transijan, que cedan el poder, el control de sus instrumentos, el usufructo de sus banderas, o que se conformen con los privilegios de su generoso retiro a cambio de desaparecer por fin de la escena. A unos cuantos, por sus crímenes; a la mayoría, por anacronismo.

Línea penúltima de su libreto, generales en retiro, diputados y ministros por igual culpan a cuatro magistrados de ser el caballo de Troya de una maniobra desestabilizadora, como si el acto de contrición que la nación necesita para reconciliarse con su pasado involucrara a las instituciones y no a las personas. Las instituciones que debían cambiar o desaparecer ya lo hicieron; las personas, no.

No entienden que la lógica histórica, esa de la que fueron peones excepcionales, es la que ahora los arrincona, los conmina. Con sala o sin ella, El Salvador terminaría en este trance, 25 años después del último asesinato político.

Ellos, unos y otros, renunciaron al terrorismo desde el Estado y desde la insurgencia a cambio de convivir. Decidieron hacerlo aceptando que algunos criminales se arroparan, en uno y otro bando, con la mullida colcha de la vida democrática. Alcanzaron paulatinamente un equilibrio. Pero equilibrio no es justicia. Y sin justicia, esto a lo que llaman paz dándose golpes de pecho no es sino una indigna epidemia de desconsuelo.

Yo, usted, que crecimos mientras ellos hacían la guerra, acaso pueda conformarme. Pero que nuestros hijos hereden esta patria amnésica e hipócrita es una idea miserable.

La decisión de la Sala de lo Constitucional de declarar inconstitucional la Ley de Amnistía del 1993 ha provocado un complejo y controversial debate. Hemos documentado este intercambio de opiniones, publicando artículos con argumentos en pro y en contra de la sentencia, y lo seguiremos haciendo.

Segunda Vuelta

La nota de Christian Villalta ha provocado el siguiente intercambio en Twitter:
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