liberalismo político

Primavera. De Christian Villalta

CRISTIAN VILLALTAChristian Villalta, 16 julio 2017 / LPG

Un drama, una purga, apenas buena televisión… La renuncia de dos diputados del partido ARENA a sus candidaturas hace 15 días admitió reacciones extremas. Esta materia ya es noticia vieja, pero más que las renuncias por sí mismas, las lecturas que de ellas se hizo dicen mucho sobre los tiempos de la derecha en El Salvador.

LPGLa reacción más repetida, común entre jóvenes que se identifican con ARENA o con alguno de sus contenidos ideológicos, fue lastimera, con sensación de pérdida. En sus comentarios o de las conversaciones que se tiene con ellos uno deduce que hubo una febril expectativa sobre la renovación de ese partido. Varios asociaban esa renovación con esos diputados, otros entendían que acogerlos de nueva cuenta no solo a ellos sino, en consecuencia, a los heterogéneos cuadros juveniles que les apoyan en su ejercicio personal habría sido un signo de apertura al menos en el método. Finalmente, otros creían que su presencia en las asambleas areneras abriría la agenda a temas que el influjo católico ultraconservador en el COENA no admite.

Vale la pena detenerse en este concepto por su repetición y lo profundo de la convicción con que se escucha. Muchos ciudadanos de renta alta y media creen que los partidos políticos deben ser esencialmente pluralistas, así como que ARENA es la quintaesencia del liberalismo político.

Que muchos de nuestros jóvenes crean en el pluralismo como un imperativo de los partidos políticos es materia para el optimismo. Es una evidencia de su tolerancia, del descrédito en el que han caído los fanatismos y dogmatismos de izquierdas y derechas, del poco aprecio que se le tiene hoy a los puritanismos, desde los religiosos hasta los ideológicos. Para un montón de jóvenes que ya son económicamente activos, que ya se interesan en la cosa pública y en las noticias de nuestro proceso democrático, el pluralismo es una creencia de valor, y no admiten para su vida sino libertad de conciencia y de opinión.

¿Por qué gentes así de prometedoras e inteligentes creen que una agenda contemporánea cabe siquiera de modo cínico en los partidos? ¿O que las cúpulas arenera, pecenista o del FMLN aspiran a la renovación? El dogmatismo y la militancia tozuda son los abrevaderos de nuestros institutos políticos. La revisión no está en su hechura ni en sus genes; al contrario, les interesa repetirse, viejas ideas en cuencos nuevos. Así se explica el meteórico ascenso de algunos retrógrados acá y allá, jóvenes que hablan como poseídos por el espíritu de Maximiliano Hernández o de Cayetano Carpio. Es la intolerancia reproducida compulsivamente, estupidez por mitosis. Esa es “la juventud” que unos y otros venden, que no es ni siquiera relevo de dirigentes, sino estatismo administrativo e ideológico, pero con nuevos soldados. Nuevos políticos sí, nueva política no.

Igual de desolador es que se asocie a ARENA con el liberalismo político. Desde el inicio de la posguerra, los financistas del partido estuvieron más interesados en el liberalismo económico, entiéndase poca regulación del mercado, reducción de impuestos, irrelevancia de la beneficencia pública, que en el liberalismo político (igualdad ante la ley, separación de poderes y otros pilares del constitucionalismo). ¿Qué carajos les va a importar a los dueños de un partido conservador una agenda liberal contemporánea? Les interesa tanto como al FMLN… nada. Afortunadamente, el desarrollo de la sociedad, el pulso de la nación y la conciencia de las estructuras constitucionales de la democracia y su defensa tiran para el otro lado, en dirección opuesta a la polarización.

Mientras ARENA se prepara para el invierno, el pensamiento político liberal se acerca lentamente a su primavera.

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