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Apetitos. De Cristian Villalta

Si vivir fuera sobrevivir, nadie les necesitaría. Pero en un país como el que sufrimos, para vivir o para sobrevivir se necesitan esperanza, inspiración y una luz.

CRISTIAN VILLALTAChristian Villata, 29 noviembre 2015 / LPG
la prensa graficaAntes, cuando el Estado aterrorizaba sistemáticamente a los salvadoreños, muchos ciudadanos encontraron inspiración en la militancia. Resistir fue un concepto poderoso y muy gráfico en aquellos años; la vida podía tratarse de resistir al enemigo, fuera este el establishment y sus siniestros guardianes, o la utopía y su brazo armado. Ese espíritu de resistencia, esa conciencia de que cada día era singular, de que se estaba escribiendo la historia, inspiró a una generación de modo transversal, y afectó a otra irremediablemente. La revolución y cómo el país la atajó es un tema que desvelará persistentemente a ambas generaciones, inconformes todos por igual.

Resumir esa época es difícil. Sin aldea global, sin world wide web y sin la hiperconectividad a la que nos hemos acostumbrado, fuimos malinformados y desinformados de tal suerte que, aún con los esfuerzos de reconstrucción histórica de unos y otros, sólo intuimos quién cometió qué, y rellenamos las lagunas con una mezcla de evocación heroica y morbo criminalístico. Preferimos evocar esa era, y lo hacemos a través de aquellos personajes en los que nuestros padres creyeron, políticos, gente de armas, líderes sindicales, ideólogos de ambos bandos…

La mayoría de esos hombres y mujeres ya fallecieron, pero sus ideas, por hermosas u horribles que hayan sido, quedaron clavadas en el corazón de sus sobrevivientes. Por pensamiento, palabra, obra u omisión, el futuro del país seguirá ligado a ellos durante décadas. De eso se tratan los líderes.

Nunca admitiré que algún tiempo pasado haya sido mejor, y mucho menos uno en el que murieron tantos de nuestros mejores compatriotas. Pero debemos aceptar que desde entonces, la pobreza de los liderazgos políticos y sociales en El Salvador ha sido paulatina, profunda, irreversible. Ni izquierda ni derecha produjeron más contenido, ni renovaron exitosamente su visión sobre el futuro del país ni la modernización del Estado. Si el FMLN perdió gente brillante durante la guerra, qué decir de los cerebros que dejó fugarse en tiempos de paz merced a su ofuscamiento. En Arena, una vez el lenguaje guerrerista cayó en desuso, advino una confusión que persiste hasta nuestros días, sin más iniciativa que la de las formas (desde el saquismo hasta los megáfonos), resignada a no renovar su fondo. Y en la sociedad civil, es más frecuente encontrar títeres de los poderes fácticos que líderes de opinión.

¿Qué nos queda entonces? La iglesia.

La iglesia salvadoreña acompañó, consoló y reivindicó con mano firme y convicción durante los años más crudos del conflicto. Lo hizo con ideologización en algunos lados, por estricto compromiso evangélico en otros, a la altura de las circunstancias en muchos casos, católica y protestante por igual.

En la paz a la usanza de Maximiliano, en la paz a la usanza de los delfines del PCN, en la guerra, en la postguerra, en todas la iglesia salvadoreña jugó un papel decisivo; siempre hubo una grey a su merced y a su cuidado, encontrando alivio en el servicio del clero, un servicio que osciló desde catalizar espiritualmente las ansiedades hasta el sacrificio de un mártir. Sí, en el país de los asesinatos, la iglesia puso sus mártires.

Pero esta semana, hemos comenzado a enterarnos que en el país de las víctimas, la iglesia también produjo víctimas. Algunos en el clero abusaron de su posición de autoridad para cometer delitos, traicionando sus votos y embaucando a sus feligreses durante décadas.

Podemos lidiar con la pobreza de nuestros líderes políticos y sociales, con los impresentables gobernantes que hemos tenido. Los cada vez más conocidos excesos de algunos ex funcionarios ya no nos sorprenden, burdos ladrones, mafiosos de cuarta. Pero, ¿qué corazón puede quedarle a nuestra sociedad si se confirma que nuestros sacerdotes y pastores no fueron más fuertes que sus apetitos?

Ellos, los que debían convencernos de que vivir no es sólo sobrevivir, ¿tampoco se resistieron?