Salvador Samayoa

Los partidos políticos y el factor territorial. Claves electorales (4). De Salvador Samayoa

Salvador Samayoa, firmante de los Acuerdos de Paz

24 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

Si las próximas elecciones fueran normales, como las conocemos hasta ahora, incluyendo en los últimos años la novedad del uso más generalizado de las redes sociales, se podrían proponer escenarios y hasta aventurar pronósticos de resultados más o menos racionales que darían probablemente la ventaja al candidato de la coalición, aún a sabiendas de que el escenario social y el declive de uno de los dos partidos tradicionales podrían favorecer al retador.

Ahora, sin embargo, hay dos factores relativamente desconocidos en la política de El Salvador: el sedimento de una alternancia que era necesaria pero resultó frustrante y el experimento comunicacional de un político que ha apostado todo a las redes sociales y ha despreciado por completo la proximidad con la gente y el trabajo territorial.

El primer factor nos tiene todavía en una incertidumbre difícil de ponderar. Antes, durante muchas décadas, desde el ascenso al poder de Martínez en 1932, los gobiernos eran de derecha y no había más que hablar. La Democracia Cristiana de los 80 fue una inconsistente y efímera excepción, que además continuó la saga de gobiernos de derecha buscando sofocar los embriones de insurrección.

Hasta 2009 entonces, después de más de tres cuartos de siglo de dominación, el advenimiento de un gobierno de izquierda fue visto por amplios sectores como la única opción, y en términos electorales eso facilitó siempre cualquier ejercicio de predicción. En otras palabras, era más fácil predecir la dirección del cambio cuando ARENA era el único partido con desgaste en el imaginario popular y el FMLN era una esperanza antes de gobernar y luego, con menos entusiasmo, todavía fue digno de una segunda oportunidad. Por eso en los últimos 20 años ARENA y el FMLN coparon el 90% de los votos en cada contienda electoral. Ahora, en cambio, está bastante claro que eso modelo no va más, y lo que tenemos es un sistema de ecuaciones simultáneas con tres incógnitas difíciles de descifrar.
El segundo factor de novedad es el de un candidato que ha despreciado olímpicamente el factor territorial. En otras contiendas recientes en la región, vimos retadores que ganaron usando con maestría las redes sociales, pero en todos los casos -Obama,Trump, Bolsonaro y López Obrador- además de esa estrategia de comunicación, atendieron siempre a la prensa, recorrieron a lo largo y ancho sus países, hablaron en persona con la gente, animaron a sus seguidores, dieron la cara, se mostraron, se expusieron y en ese intercambio crecieron contando con la experiencia, la organización, los recursos y el soporte logístico de potentes maquinarias partidarias.

En el caso de Bukele, el fenómeno político ha sido casi exclusivamente virtual. No ha ocurrido frente a frente, sino en pantallas de instagram, facebook y whatsapp. Mientras los candidatos del FMLN y ARENA han salido a más de 200 municipios del país, visitando en ruta a varias poblaciones cada vez, el candidato de GANA ha salido en muy contadas ocasiones, siempre en ambientes completamente controlados, a realizar actividades como producciones cinematográficas, más para difundir en las redes que para presentarse ante la gente.

Ausente ha estado el candidato y con el motor apagado el taxi que ha utilizado. Extraño fenómeno el de un candidato que se avergüenza del partido en el que se inscribió como requisito formal, pero al que no lo une una militancia o un compromiso real. En esa lógica ha pensado que aparecer ante simpatizantes o bases partidarias con los emblemas y con los dirigentes de GANA afectaría su imagen, considerando la mala reputación de ese partido por señalamientos de corrupción, iguales o peores por cierto a los que la gente atribuye al partido de gobierno y a los partidos que forman la coalición.

En resumidas cuentas, ni el candidato ni el partido han pateado el territorio en un esfuerzo impresionante de movilización. Adicionalmente, después de tres o cuatro apariciones en alguna Universidad o Fundación, el candidato se ha negado también a participar en debates públicos y a dar entrevistas o declaraciones a la prensa escrita y a la televisión.

Por su parte, sus adversarios principales llevan ya más de cuatro meses en actividades territoriales, motivando a sus bases partidarias, saludando a miles de personas en jornadas casa por casa a lo largo y ancho del país. En el caso de ARENA con un candidato que sin ser extraordinario cuando habla en la plaza pública o en la televisión, a cambio ha mostrado un perfil de extraordinaria calidez y genuina empatía en el trato con la gente más sencilla y humilde de la población. En el caso del Frente, cuesta arriba en la recuperación de la confianza de la gente, su candidato ha hecho también un gran trabajo en todo el país, mostrando carácter, tesón en la adversidad, buen talante y mucha capacidad.

¿Se puede ganar una elección de nivel nacional sin partido, sin otra forma de organización popular y sin un líder presencial? Apuesta arriesgada, sin precedentes, y pronóstico aún pendiente de comprobar o descartar. Si ocurre sería un fenómeno social parecido a los mitos de la antigüedad: una explicación de las cosas o una historia que se toma como verdadera en una determinada comunidad; unos protagonistas prodigiosos y fantásticos; una creencia en los poderes y virtudes de personajes que nadie ha visto ni puede ver. Como Júpiter o Neptuno, que no eran reales, pero la gente temía desatar su ira y creía ciegamente en su poder.

Pasando de los mitos a la realidad, el FMLN en su peor crisis de abandono militante, social y clientelar tuvo más del doble de votos que GANA en la pasada elección legislativa y municipal. Por su parte ARENA y los partidos de la Coalición sobrepasaron en marzo por un millón de votos a este mismo partido al que muchos atribuyen una segura victoria sin mayor explicación.
Se ha hablado hasta la saciedad del rechazo de la gente a cualquier partido tradicional, pero eso es en parte realidad y en parte táctica electoral. Lo que sabemos hasta ahora es que los candidatos suman o restan, pero no pueden ganar sin organización ni activistas ni fuerza territorial. ¿Será cierto que eso está a punto de cambiar?

Vea las primeras tres entregas de la serie Claves Electorales
de Salvador Samayoa en estos links:
(1) El escenario electoral
(2) La recuperación del Frente
(3) El voto de los jóvenes

El voto de los jóvenes. Claves electorales (3). De Salvador Samayoa

Salvador Samayoa, firmante del los Acuerdos de Paz

23 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

Nunca como ahora se ha considerado en El Salvador tan decisivo el voto de los jóvenes en una elección presidencial. La pirámide demográfica y el tamaño relativo de cada grupo de edades en el padrón han sido prácticamente los mismos en las últimas décadas, pero en otras contiendas no se habló de diferencias importantes en las preferencias de cada grupo etario, ni de mayor incidencia de alguno de estos segmentos en el resultado general. Ahora parece, al escuchar comentarios bastante generalizados, que los más jóvenes son los que van a decidir quién será el próximo presidente del país.

Vale la pena, entonces, analizar con más detenimiento esta creencia o percepción, comenzando por definir la edad bajo la cual se considera a una persona “joven” en diferentes contextos de política internacional. Todo es relativo en esta vida. Por citar solo un par de referencias regionales, para la Juventud del Partido Socialista Unido de Venezuela, la organización incluye desde adolescentes de 15 años hasta jóvenes de 30, con idéntico criterio, por supuesto, que su homóloga cubana. Para UNESCO, que debe definir con rigor la población-objeto de sus programas, la categoría de “jóvenes” abarca hasta los 24 años.

Lo normal sería, entonces, que en términos de nuestro padrón electoral tomáramos como jóvenes a los segmentos de 18-24 y 25-29 años de edad. Esto sería congruente, además, con un criterio sociológico que atendiera a la independencia del hogar de los padres, el matrimonio, la formación de una familia, el primer empleo, la finalización de estudios superiores, si es el caso, y otros hitos propios del crecimiento personal. Sin embargo, para hacer un ejercicio más favorable a quienes piensan que los jóvenes decidirán la elección -y que la decidirán en determinada dirección- hemos ensanchado el parámetro hasta incluir también al grupo de 30-34 años, cerrando de esta manera cualquier posible objeción.

De conformidad con esta definición, observamos que los menores de 35 años constituyen el 39.7%, casi el 40% del padrón electoral, mientras que los mayores de 35 constituyen el tramo más largo, el 60% de los ciudadanos habilitados para votar.

Contando con la base de datos de los últimos veinte años, podemos afirmar que los jóvenes han votado siempre – hasta ahora- en menor proporción que los mayores. Tomando como referencia numérica la primera vuelta de la última elección presidencial, los jóvenes de 18-34 años votaron aproximadamente 5% menos que el promedio nacional. Si se mantiene o se modifica esa tendencia, será una de las claves del resultado electoral.
En la política como en el deporte, las estadísticas están para romperlas. Que un equipo no haya ganado veinte años en el campo de otro no significa que en el siguiente partido tampoco ganará. Que los jóvenes siempre hayan votado en proporción menor que los mayores no significa que esta vez también lo harán. Sin embargo, no podemos ignorar que los datos puros y duros en estos meses previos no han negado pero tampoco han sugerido un cambio en el patrón histórico de participación electoral.

En efecto, de 43,757 jóvenes que cumplirían 18 años entre la fecha de cierre del padrón (6 de agosto de 2018) y el día anterior a la elección (2 de febrero de 2019), y que tenían derecho a votar si hacían un trámite previo de solicitud de su documento de identidad, solo 2,149 lo hicieron (4.91%). Este dato de falta de interés se refiere solo a los nuevos votantes de 18 años y no al segmento juvenil en su totalidad, pero sin duda es un indicador que debemos considerar.

En días recientes, conversando con un amigo de ideología conservadora, profesional serio, inteligente y normalmente sensato, le comenté que los números no daban para vaticinar una segura victoria del candidato de GANA basada solo o de manera primordial en el voto de los jóvenes como muchos han querido argumentar. Le dije que aún asumiendo dos hipótesis favorables a Bukele: la primera que esta vez los jóvenes votaran en igual proporción que los mayores, y la segunda que hasta un 60% de ellos lo hiciera a su favor, eso solo le daría 17% de los votos válidos, si contábamos hasta 29 años, y 23.8% si contábamos hasta 34 años, y que de allí para arriba, en el tramo más largo del padrón, aunque tuviera buen desempeño, difícilmente obtendría cuotas similares de votación. El comentario de este amigo me dejó atónito. Con certeza exenta de duda, en consonancia con lo que mucha gente cree, me respondió que el 80% -y como mínimo el 70%- de los jóvenes votaría por Bukele. ¿Razón?, pregunté. “Porque es un fenómeno”, respondió.

Su comentario me motivó a investigar un poco y a preguntarme qué tan cierto es que los jóvenes están votando masivamente a candidatos novedosos que desafían a las cúpulas de los partidos tradicionales, que exhiben un extraordinario manejo de las redes sociales y que ganan arrasando en sus países las elecciones presidenciales. Veamos la evidencia reciente en la región.

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) barrió hace seis o siete meses en 31 de las 32 entidades federativas mexicanas y obtuvo el mayor número de votos en toda la historia de México. Según “exit polls” de Parametría, el 55% de los jóvenes de 18-25 años y el 62 de los jóvenes entre 26 y 34 años le dio su respaldo en las urnas. Por Obama en 2012 votó el 60% de jóvenes de 18-29 años, y el 52% de jóvenes de 30-44 años, según la “exit poll” de Pew Reaserch Center, publicada por NBC-NPR. Por Trump en 2016 votó el 37% de jóvenes de 18-29 años y el 42% de 30-44 años. Por Jair Bolsonaro votó el 55% de jóvenes entre 16 y 34 años en Brasil, en octubre del año pasado, según las mediciones de “Datafolhia”.

Estos son los 4 “fenómenos” electorales más recientes en nuestro continente. Todos ellos, cada uno a su manera, políticos extraordinarios y carismáticos. Todos maestros en el manejo de las redes sociales. Todos buscando la presidencia en países con capas medias frustradas y enojadas, bien por la violencia, bien por la corrupción y la desigualdad social. Los jóvenes votaron por ellos, pero no en tan alta proporción.

A la vista están los números de El Salvador y de cualquier país de la región. Será que Bukele, como dice mi amigo, es más “fenómeno” que Bolsonaro, Trump, Obama y López Obrador? Tal vez no es del todo improbable, pero es un pronóstico poco razonable.

Vea las primeras dos entregas de la serie Claves Electorales
de Salvador Samayoa en estos links:
(1) El escenario electoral
(2) La recuperación del Frente

La recuperación del Frente. Claves electorales (2). De Salvador Samayoa

Salvador Samayoa, firmante de os Acuerdos de Paz

22 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

En 2014, por primera vez en 20 años, se presentó en elecciones presidenciales una alternativa fuerte y un desafío creíble a la hegemonía del FMLN y ARENA. Hasta ese momento, los dos partidos habían obtenido en promedio el 90% de los votos válidos en primera vuelta, dejando a terceros una reducida franja de 10% de la votación. El candidato de “Unidad” fue Antonio Saca, en ese momento un formidable oponente, todavía sin demandas de corrupción, buen político, carismático, de trato agradable y entrador con la gente. Tony era ampliamente conocido en todo el país y apreciado en las clases medias por sus políticas sociales, aunque sus ex correligionarios las tildaran de populistas. Su candidatura generó una expectativa considerable y mucho ruido. Las encuestas vaticinaron apretado triple empate con probable paso de Saca a la segunda vuelta. Al final la coalición liderada por GANA obtuvo el 11.44% de los votos, lejos de los partidos mayoritarios.

Ahora tenemos de nueva cuenta un desafío a los dos grandes partidos, pero esta vez el retador, un político de menos quilates comparado con Saca, se ha mantenido durante varios meses en la primera posición. Además de plasmar esa ventaja, los sondeos de opinión han dejado claro que la suerte de Nayib Bukele está ligada a la suerte del FMLN más que a otros factores de la contienda electoral. En pocas palabras, sin negar que el candidato de GANA pueda pescar alguna trucha en otro estanque, los que afirman que marcarán la bandera golondrina son en gran medida desertores electorales del FMLN. Bukele solo sube si baja el Frente, y solo sube mucho si el Frente baja mucho, a tal grado que para ganar necesita un colapso estrepitoso del Frente a nivel nacional. En otras palabras, solo podría proclamar su victoria parado sobre la tumba del FMLN, como sepulturero de 50 años de lucha popular.

Bukele solo sube si baja el Frente. Para ganar necesita un colapso estrepitoso del Frente a nivel nacional.

Por eso la recuperación del Frente, tanto si ocurre como si no ocurre, es una de las claves más importantes del próximo evento electoral. Desde un punto de vista cuantitativo no sería muy difícil para el Frente alcanzar cotas que lo pusieran en la rampa de entrada a la segunda vuelta. En su peor versión, sumados sus votos en coalición, en marzo del año pasado, tuvo más del doble de votos que el partido de Bukele. Si no recuperara ni un solo voto de los que desertaron en marzo, pero tampoco redujera ese caudal, tomando el padrón de 2019 y suponiendo una participación similar a la primera vuelta de 2014, el FMLN tendría un piso de 20% de los votos válidos en la elección presidencial.

Los números tienen la gracia de ser exactos. Entre marzo de 2014 y marzo de 2018 el FMLN perdió más de 900,000 votos. Si de ellos recupera solo a tres de cada 10, con la misma hipótesis de participación de 55%, tendrá 30% de los votos válidos. Eso es más -tal vez mucho más- de lo que puede dar por seguro un candidato que tiene una ventaja considerable en las encuestas, pero no tiene todavía probada la conversión de sus simpatizantes en masivo voto popular.

Sería, sin embargo, un error hacer cuentas alegres con los números, porque la recuperación de la confianza ha debido enfrentar enormes resistencias, no solo en la base partidaria, sino también en la base social, tan decisiva en una contienda electoral. La estruendosa caída de 2018 tuvo causas bien diversas, algunas superables, otras no. Muchos votos se perdieron por puntuales decisiones gubernamentales, otros por la bancarrota de los programas clientelares. No vienen al caso los punteos exhaustivos, ni los balances que incluyan elementos positivos. Más que uno u otro desatino, lo que tal vez resulte difícil de perdonar es la frustración de la esperanza popular.

En esta dimensión se sitúa el resentimiento y el reclamo de muchos excombatientes y militantes históricos que se sintieron abandonados y enojados por lo que calificaron como arrogancia de funcionarios y dirigentes partidarios. Y en esta dimensión se sitúa la indignación de la gente por la corrupción y la escandalosa ostentación. Quizá la mayor parte de dirigentes del Frente no se enriqueció, pero al final fue devastadora la tibieza de su posición en materia de corrupción, agresiva cuando los corruptos fueron otros, tolerante y hasta cómplice con los propios.

La decepción en ese aspecto fue crucial, pero al votante menos militante, con clara definición de izquierda democrática, que fácilmente puso medio millón de votos en las dos últimas elecciones presidenciales, también le pesó la reiterada complicidad de la vieja guardia del FMLN con los gobernantes autoritarios de Venezuela y Nicaragua, justo en el momento en que más pisotearon las libertades públicas, anularon los mecanismos democráticos, burlaron la voluntad soberana de sus pueblos, asesinaron estudiantes en las calles y desataron la más odiosa represión contra la oposición.

Por todo esto debe renovarse el proyecto político de izquierda en el país. En el ADN de izquierda hay impulsos y agendas que difícilmente asumirán otras corrientes y que son vitales para amplios segmentos de la población. Entre otras la defensa del consumidor, la protección ambiental, la obra pública comunal, el precio de las medicinas, el alza del salario mínimo, la igualdad de género, el derecho laboral y la política social. Que esta última haya estado mal planteada y convertida en ineficiente programa clientelar, o que en otros temas los gobiernos del Frente lo hayan hecho mal, no implica que estas líneas se deban abandonar.

Debe renovarse el proyecto político de izquierda en el país. En el ADN de izquierda hay impulsos y agendas que son vitales para amplios segmentos de la población.

Pero la renovación del instrumento partidario de la izquierda solo ocurrirá desde el entusiasmo y la energía de la recuperación de su base electoral. En ese camino, Bukele no es la solución. Al contrario, para cualquier proyecto de izquierda es su destrucción. Los militantes tienen derecho a no creer en la capacidad de cambio de la actual Dirección, pero tienen a las puertas, tan pronto como el próximo año, una convención estatutaria para cambiar la situación.

A pocos días de los comicios persiste la incertidumbre sobre la recuperación del FMLN y esta es, sin duda, la clave más importante del resultado electoral. Su candidato ha hecho un gran trabajo. Ha exhibido dotes de estadista y mucho potencial. En la organización y en círculos sociales se perciben aires de remontada y una militancia más energizada, pero las encuestas siguen contándole al Frente una historia de terror. Tienen la palabra los votantes, los de izquierda en este caso. Ojalá no vayan de mal a peor.

Vea la primera entrega de la serie Claves Electorales de Salvador Samayoa en este link: El escenario electoral

El escenario social. Claves electorales (1). De Salvador Samayoa

Salvador Samayoa, firmante de los Acuerdos de Paz

21 enero 2018 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

Al analizar la perspectiva electoral, lo normal es dedicar más atención a la fortaleza o debilidad de los partidos, al perfil y desempeño de los candidatos, a las pocas propuestas realmente importantes que presentan, a la eficacia de la estrategia comunicacional, a la publicidad, al trabajo territorial, a las encuestas, a los cálculos de participación o a la credibilidad del Tribunal Electoral. En condiciones de estabilidad política y relativa paz social, en estos aspectos se encuentran las claves del análisis de lo que puede pasar, pero en situaciones especiales, con indicios de ruptura de parámetros normales, tal vez lo más sensato sea observar con mayor detenimiento el escenario social.

El escenario en el que se desarrolla el drama de nuestra elección presidencial es algo más que un marco típico de pobreza y es más complejo que el trillado desencanto político de la población. Tiene que ver con el estado de ánimo de la gente, con la expectativa de futuro, con la calidad de las relaciones sociales, familiares, laborales y vecinales, con la precariedad del empleo, con el irritante hacinamiento domiciliar, con el transporte público, con la impotencia ante la violencia, con la cancelación del TPS, con la incertidumbre, con la indignación por la corrupción, con el espejismo de la sociedad de consumo, con las cosas por las que se puede culpar a los políticos o al gobierno y también por las que no.

Cuando se repite hasta la saciedad el cliché del deterioro de los partidos o se analiza la situación de la economía en sus parámetros clásicos, no se capta ni de lejos el problema en su más profunda dimensión psicosocial. Por una parte, el malestar y la bronca de mucha gente, como en otros países, rebasa los ámbitos de la política y se dirige a las élites en general, incluyendo en muchos casos al estamento empresarial, que a veces también presta servicios de muy mala calidad o exhibe prácticas gerenciales que molestan a los trabajadores y a los consumidores por igual.

Por otra parte, El Salvador no está ni cerca de un rechazo de la gente a los partidos como el que hemos observado en los últimos años a nivel regional, aunque tal vez el FMLN tenga ahora un riesgo de deterioro similar.

En Guatemala los partidos que llegaron al poder terminaron con un nivel de repudio que los hizo desparecer. Le ocurrió al MAS de 1990, al PAN de 1995 y al PP de 2011. En Costa Rica, Unidad Social Cristiana, tres veces ganador presidencial, terminó con 3.9% en 2010, recuperó luego algunos puntos pero igual quedó bien lejos de su antigua solidez. En Honduras, la debacle del partido Liberal, y de Nicaragua mejor ni hablar.

Sin negar el factor de desgaste y los problemas de credibilidad de los partidos tradicionales, la disposición tan ingenua, tan manipulable, tan sorda, tan ciega, tan empecinada, tan despreocupada de mucha gente a comprar el cuento de las “nuevas ideas” responde más a un fenómeno que aún no hemos comprendido y con el que todavía no sabemos lidiar: la evolución sociológica de la desigualdad.

Desigualdad hubo siempre, como siempre hubo pobreza y marginalidad, pero sin duda en estos tiempos se siente más. Esto no se trata del índice de “Gini” o de números indicadores del desarrollo social. En términos medibles, la pobreza rural tiene ahora menos analfabetismo, más escuelas, más unidades de salud, y hasta un poco más de agua y de electricidad. Además se ha vaciado bastante con la continua emigración del campo a la ciudad. La clase media, por su parte, tiene ahora muchas más cosas de las que tenía 50 años atrás.

El problema es que ahora, por el costo de la vida, por los horarios de trabajo, por la saturación de la ciudad, por las distancias, por la violencia y por muchas cosas más, a pesar de su progreso relativo, la gente en las capas medias y en las zonas marginales tiene muchas más dificultades que antes para satisfacer su legítimo nivel aspiracional y para llevar una vida más o menos funcional.

La desigualdad antes estaba aislada. Ahora las ciudades se han apretado y la pobreza urbana convive más de cerca con la riqueza y con un mundo esplendoroso de consumo allí a la par. En otras palabras, demasiadas cosas buenas a la vista que no se pueden comprar.

La desigualdad antes era resignada. Todavía resuenan los versos del cancionero argentino en los oídos de los que nos sumamos en los años 70 a la lucha popular: “El patrón está contento porque me ve religioso, soñando con la otra vida y en esta comiendo poco”. Ahora no hay resignación, y bien que no la haya, pero mal que en vez de esperanza se transforme en rabia y frustración.

La desigualdad antes era reprimida, sin posibilidad de aflorar y de luchar terminaba en los calabozos y mazmorras de la Guardia Nacional. Ahora hay democracia y libertad, incluyendo libertad de castigar, al menos en las elecciones, a quienes se perciban como responsables de la situación económica y social.

La desigualdad antes estaba incomunicada y ahora dispone de redes sociales y sobre todo de “WhatsApp”, susceptibles por cierto a una desinformación y manipulación descomunal.

Además de esta evolución sociológica de la desigualdad, algo fundamental se ha roto en el “contrato social” y los jóvenes son los que lo sufren más. Ya no solo los pobres o los marginados, sino los que tienen sus estudios terminados. Nosotros crecimos con la convicción de que a cambio de buena educación, esfuerzo y honestidad tendríamos un empleo estable, ingresos crecientes y una vida buena con seguridad. Esta certeza se desvaneció. Por cierto, no solo en El Salvador. Hace poco Estefanía citó en “El País” un “tuit” que se hizo viral: una chica pregunta ¿cómo hicieron nuestros padres para comprar una casa a los 30 años, eran narcos o qué? Eso expresa de manera sencilla la precaria perspectiva de movilidad social de la clase media actual.

Así las cosas, si el más vacío, irresponsable y peligroso populismo logra convertir en votos su popularidad, tendremos mucha tela que cortar. En momentos tan cruciales, cabe recordar la sentencia de Víctor Hugo en su “Discurso sobre la Miseria” 170 años atrás. “En esta obra de destrucción y de tiniebla que continúa encubierta, el malvado tiene al hombre infeliz como colaborador fatal”. Moraleja: cualquiera sea el resultado electoral, tendremos que trabajar más y mejor por el bienestar social.

Vea la segunda entrega de la serie Claves Electorales de Salvador Samayoa en este link: La recuperación del Frente

Hora de rectificar. De Salvador Samayoa

18 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY-OBSERVADORES

Siempre he tenido una relación de amabilidad y respeto con el General David Munguía Payés. Y así debe seguir, pero aparte del plano personal, estoy en desacuerdo con su posición sobre la libertad de los militares -la de su cargo, en particular- para hacer declaraciones públicas e incidir de esa manera en la política nacional. Creo, por el contrario, que el Ministro de Defensa no tiene que opinar en temas o asuntos políticos ajenos a su misión constitucional.

El General ha dicho que sí puede porque es “el político de la Fuerza Armada, por ser miembro del gabinete de gobierno”. Pero en eso creo que está equivocado de cabo a rabo. Eso es un invento sin base alguna de carácter legal. Desde los tiempos de Aristóteles, es un principio de lógica elemental que una cualidad que se atribuye al “todo” no necesariamente se atribuye a cada una de sus “partes”. Un gabinete de gobierno tiene, en efecto, naturaleza política. Es un colectivo eminentemente político, pero eso no significa que cada uno de sus miembros es político o puede hacer política, y menos aún que cada uno puede hacer política de la misma manera que los demás.

En su caso, el Ministro de Defensa es el único miembro del gabinete que no puede meterse en política. Aparte de consideraciones históricas sobre situaciones muy recientes y muy sensibles e importantes en nuestro país, la razón es obvia: es el único ministro que tiene miles de hombres armados bajo su mando, sujetos a obediencia y a disciplina militar (la PNC está bajo mando del presidente por disposición constitucional).

Si el Ministro de Agricultura o de Turismo dice que puede haber fraude y agitación social, no se aflige ni su santa mamá. Pero si lo dice el Ministro de Defensa, aunque sea hipotética su consideración, y si además dice que en tal escenario puede verse la Fuerza Armada obligada a intervenir, aunque sea bien intencionada su intención de prevenir; y si además lo dice a pocos días de haber gritado ¡ Fraude! un político particular, de quien hemos comprobado que en caso de derrota llamaría a la violencia sin dudar, entonces, señor Ministro, los significados posibles y la preocupación por sus palabras no se pueden ignorar.

El General debe saber, además, que el ciudadano puede hacer todo lo que la ley no le prohibe, pero el funcionario público solo puede hacer lo que la ley le manda, no tiene más funciones o atribuciones que las que expresamente le otorga la ley. Las suyas están en el artículo 32 de la Ley Orgánica de la Fuerza Armada. Solo puede expresar el punto de vista de la Fuerza Armada (no el suyo propio) ante el Organo Ejecutivo (no ante los medios de comunicación), o ante el Organo legislativo si fuere necesario, y solo puede hacerlo en relación con problemas nacionales relacionados con su función constitucional. Adivinar el futuro o darle resonancia a delirios de personajes políticos está fuera de su rol institucional.

Analizar posibles escenarios de convulsión nacional puede ser aceptable como parte de su responsabilidad, pero en tal caso debiera presentar sus apreciaciones de manera institucional, no personal, y debiera presentarlas al presidente de la república, no a los medios de comunicación social.
En este tema no hay discusión. Es la piedra angular del acuerdo de paz. Es también uno de los supuestos fundamentales de cualquier democracia funcional. El ministro de defensa no se debe meter en la política, mucho menos hacer advertencias -peor aún si son interpretables como amenazas- de intervención del estamento militar. No podemos ir a las elecciones con una pistola en la cabeza. Es muy peligroso -y desatinado- que el Ministro hable de fraude, aunque lo haga de manera hipotética, o haga eco a políticos irresponsables con delirios de fraude electoral y de caos social. Es, además, una ofensa grave a la honorabilidad de los magistrados del Tribunal Supremo Electoral. Si está mal que hable de fraude, peor aún es que haga “llamamientos” a los partidos políticos o a la población en general. Esa, simplemente, no es su función constitucional.

Ahora fue Bukele el del cuento del fraude, y su denuncia se cayó por falsedad. Antes fueron otros, y siempre los habrá: políticos derrotados, políticos inexpertos y nerviosos, o manipuladores inescrupulosos que toquen a la puerta de la Fuerza Armada para instrumentalizarla en función de su interés partidario o personal. Cuando toquen a su puerta, la Fuerza Armada no debe responder. Nos ha costado demasiado a los salvadoreños el respeto que ahora profesamos y el orgullo que ahora sentimos por su neutralidad y por su desempeño profesional.

Encuestas y viejas ideas. De Salvador Samayoa

12 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY-OBSERVADORES

Me piden con frecuencia mi opinión sobre las encuestas. Diré pronto lo que pienso. Luego lo desarrollo. No descalifico las encuestas. Nunca lo hago, pero tampoco compro todo lo que dicen. Hay otros elementos de análisis, tanto o más sólidos, más reales sin duda, y en cualquier caso imprescindibles para ponderar lo que puede ocurrir en la próxima elección presidencial.

En años anteriores, algunas instituciones y empresas que hacen estudios de opinión o encuestas sobre preferencias políticas han publicado mediciones muy cercanas a los resultados obtenidos por los diferentes partidos el día de las elecciones, sobre todo en las encuestas realizadas a pocos días del evento electoral. Estas mismas casas, sin embargo, también han publicado en ocasiones preferencias e intenciones de voto bien alejadas de la realidad. Si estas preferencias que miden las encuestas se manejaran como pronósticos, aún sin ser ese su propósito, diríamos que en algunos eventos se han equivocado por más de 20 puntos porcentuales en relación con el resultado electoral.

Hablamos aquí de encuestas serias, que alguna vez se han equivocado de manera muy gruesa, pero tienen casi siempre niveles muy respetables de acierto en sus estudios de opinión. Otras encuestas, francamente, no son dignas de atención, porque tienen muy evidentes sesgos o deficiencias metodológicas, y porque sus números están siempre muy alejados de la realidad, tal como se ha comprobado año tras año al conocerse los resultados de cada votación.

En los últimos meses casi todas las encuestas reflejan un clima de opinión en el que los pronunciamientos a favor del candidato del partido GANA, Nayib Bukele, lo sitúan al frente de las preferencias electorales, a considerable distancia de todos sus adversarios.

Cada uno toma como quiere los sondeos de opinión. Muchos los utilizan para proclamar de manera anticipada una victoria inevitable de Bukele. A estos, obviamente, les encantan los números que arrojan las encuestas. Ya ganaron los tres puntos sin necesidad de jugar el partido y no quieren ni oír hablar de la probabilidad de un resultado diferente.

Otros niegan su validez por sospechas de favoritismo -siempre a flor de piel en nuestro medio- o por argumentos técnicos más o menos aceptables. Lo más probable, sin embargo, es que ni estén equivocadas todas las encuestas al reflejar un clima de opinión favorable a Bukele, ni deban tomarse estos indicadores como demostraciones inapelables del comportamiento futuro de los ciudadanos, porque en esta lógica, si el que va arriba en las encuestas gana seguro y no hay manera de que se produzca otro resultado, no se entendería bien para qué hacemos elecciones; no se entendería bien por qué no hacemos mejor solo encuestas, si -total- el resultado será igual.

Los que toman con triunfalismo las encuestas lo hacen por interés más que por convicción. Recurren a “viejas ideas” que en realidad son viejas tácticas que a veces funcionan. Al crear la percepción de una ventaja insuperable y de una victoria inevitable desmoralizan al adversario principal y envían a otros sectores -a los votantes del FMLN en este caso- el mensaje y la consigna trillada del “voto útil”, de no desperdiciar el voto, de apostar mejor a caballo ganador.

El uso táctico de las encuestas es normal. El triunfalismo puede tener uno de dos efectos: contagiar entusiasmo y hacer más segura la victoria o desmovilizar a los propios adeptos que ya no consideran necesario salir de su casa para ir a votar. Estas posibilidades las analiza cada comando de campaña, pero en cualquier caso lo más sensato para todos es considerar que las encuestas son solo opiniones, obtenidas con mayor o menor rigor estadístico, con mayor o menor solvencia profesional. Lo único cierto es que en un régimen democrático el día de las elecciones puede pasar cualquier cosa.

En resumidas cuentas, Bukele puede ganar el próximo 3 de febrero, pero también puede perder. En favor de su posibilidad de victoria están las encuestas y cierta dosis tal vez magnificada pero importante de frustración y malestar social. Aparte de eso, poco más. En contra de su posibilidad de victoria están otros aspectos de la realidad.

Uno de esos aspectos es la fuerza territorial. Los partidos de la coalición “Alianza por un Nuevo País” controlan 168 gobiernos municipales, a los que accedieron recientemente como expresión de su arraigo popular. El FMLN y sus aliados tienen 66. GANA, el partido de Bukele, tiene 26. Las alcaldías no votan, pero sin duda aportan destreza organizacional y recursos humanos para la movilización electoral.

En este ámbito, Bukele está en desventaja y tiene además una contradicción de difícil resolución. Por una parte desprecia a GANA y piensa que la asociación con este partido deteriora su imagen personal. Por otra parte no tiene aparato propio para el trabajo territorial. Entonces, o bien paga un costo de imagen, o paga un costo por ausencia y escaso contacto con la gente a nivel nacional. Y en esas cavilaciones parece que se ha quedado como el Asno de Burridán.

Otro aspecto que no facilitará la victoria de Bukele es la conformación por edades del padrón electoral. Es evidente que su mayor concentración de votantes estará en los grupos de menor edad. Pero los menores de 35 años son, con pocas centésimas de variación, el 40% del padrón. El perfil sociológico del joven cambia llegando a los 30, pero aún asumiendo que el grupo de 29 a 34 años responda de igual manera que el de 18-29, y suponiendo que una cantidad muy alta como el 50%- 60% de menores de 35 años vote por Bukele, esto le dará solo el 20%- 24% de los votos válidos. De allí para arriba, puede tener entre los mayores una buena votación, pero es poco probable que logre números similares en el tramo más largo del padrón.

El caudal de votos de los partidos en contienda es otro dato que no se puede ignorar. Si la participación es 60%, como en la segunda vuelta de 2014 será casi segura también en 2019 la segunda vuelta electoral, pero si es 55%, como en la primera vuelta, poco más de 1,400,000 votos será suficiente para ganar.

ARENA-PCN-PDC sumaron hace ocho meses una cifra cercana a ese umbral (1,242,502). GANA obtuvo un millón de votos menos que la coalición, y menos de la mitad del FMLN en su peor versión. Cierto, no estaba Bukele, aunque hizo campaña para anular. Cierto, no es lo mismo elección legislativa que presidencial, pero son datos sólidos difíciles de remontar.


Carta a Félix Ulloa: ¡Gracias! De Paolo Luers

13 septiembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimado candidato:
Me encanta la lista de principales críticos de tu proyecto Nuevas Ideas, que presentaste recientemente en una entrevista matutina, y que uno de los “periódicos” digitales de este partido publicó gustosamente: “Hay un coro que son los detractores oficiales de Nayib: Rubén Zamora, Roberto Rubio, los hermanos Samayoa, Jorge Villacorta, Paolo Luers. Los vas a oír en coro orquestado atacando el proyecto de Nuevas Ideas.” 

Para mi, es un honor figurar en esta lista.

Tú conoces muy bien a todos los integrantes de esta lista de honor. Todos son parte de tu propio historial en la izquierda salvadoreña. No te tengo que explicar que todos provienen de la izquierda, y que han jugado su papel en la larga lucha contra el militarismo, la represión y los gobiernos autocráticos – y luego en la solución política al conflicto armado, así como en la construcción de la democracia que se abrió camino luego de la firma de los Acuerdos de Paz.

Pero los integrantes de tu lista no son de cualquier izquierda. Son de la izquierda que estuvo con el Frente cuando se trataba de enfrentar a la dictadura y la supresión de las libertades de expresión y organización, pero que se volvieron críticos del Frente cuando este se transformó en un partido autoritario, vertical y dogmático.

Estás hablando de personas que se enfrentaron a los dirigentes del FMLN, con argumentos sólidos e insistentes basados en los ideales de una izquierda democrática, cuando tu líder Bukele, como él mismo cuenta, se sintió identificado con este partido y se inspiró en la figura de Schafik Hándal.

Estás hablando de personas que descubrieron y criticaron la trampa populista de Mauricio Funes, en el mismo momento que Nayib Bukele comenzó a vincularse a su gobierno nefasto para convertirse en su publicista bien remunerado. Cuando Nayib Bukele entró al FMLN para convertirse en alcalde, muchas de las personas de tu lista (todos, menos Rubén Zamora) en el 2012, fueron atacados e insultados cada sábado en los programas radiales del presidente Funes, porque criticaron su estilo de vida y gobierno.

Estás hablando de líderes de opinión quienes, mientras que tú te acercaste a Tony Saca y apoyaste su intento de regresar al poder en el 2014, insistentemente denunciaron la corrupción y el populismo demagógico que Saca había inyectado al sistema político salvadoreño.

Estás hablando de personas que, mientras Nayib Bukele pactó con las figuras más oscuras del FMLN para convertirse en alcalde de San Salvador para luego aspirar a la candidatura presidencial del FMLN, estaban siendo atacados por estas mismas figuras de la dirección del Frente como “traidores”, porque continuaron señalando al FMLN sus fracasos como partido de gobierno.

Estos son las personas que tú denuncias como “los detractores oficiales” de Nayib Bukele y su pacto con GANA, partido que fue creado por el grupo de Saca y financiado con fondos de la Casa Presidencial de Mauricio Funes.

Somos los que no vamos a permitir que nuevamente, luego de la triste experiencia con Funes, los oportunistas se apropien de las banderas de la izquierda democrática, solo porque de repente asumieron posiciones críticas al FMLN, luego de mamar durante años de sus tetas.

Sólo te puedo agradecer que me hayas incluido en esta lista de honor. 

Saludos,