antipolítica

Veinte años de estafa. De Henrique Capriles

Uno de los líderes de la opsición democrática venezolana, Henrique Capriles, hace balance de 20 años del régimen chavista. Capriles ha sido presidente de la Cámara de Diputados hasta su disolución por la Asamblea Constituyente de Hugo Chávez en 1999, alcalde de Baruta, gobernador del Estado de Miranda y candidato opositor a la presidencia.

Segunda Página

Hwnrique Capriles, ex gobernador de Miranda

Diciembre 2018 / HENRIQUE CAPRILES

Esta semana se cumplieron dos décadas de una de las más lamentables farsas políticas en la historia de América Latina: el inicio de una supuesta “revolución” que prometió justicia social, pero que en veinte años sólo ha conseguido convertir la vida de los ciudadanos en un infierno, marcado por el hambre, la corrupción y la muerte. Nuestra amada Venezuela es en 2018 el país más pobre de toda la región.

Cuando Hugo Chávez Frías llegó al Poder, luego de las elecciones de diciembre de 1998, en Venezuela se inició un proceso, premeditado y alevoso, cuyo objetivo inicial fue fracturar a la sociedad en dos sectores polarizados que instalaron en el país una confrontación infértil y el caldo de cultivo para las desgracias que hoy vivimos los venezolanos.

Al comprender que sólo dividiéndonos sería posible instalar en Venezuela su tipo de gobierno, la Democracia venezolana fue herida de muerte. Y así comenzaron la instalación de un modelo político autoritario y corrupto, el secuestro de las instituciones y la quiebra del aparato productivo de la Nación por acciones que van desde las expropiaciones y los controles de precios y de cambio, hasta una serie de políticas públicas ideadas para quebrar a la inversión privada y hacer al pueblo cada vez más dependiente del gobierno.

Aun así, para muchos debe mantenerse viva una pregunta que los hechos han ido respondiendo: ¿cómo fue que logró instalarse en Venezuela un proyecto tan vil e ineficaz a la vez?

Y para responderla hay que echar mano de la historia y hacerse cargo de aquello que, desde el liderazgo opositor, quizás no hayamos sabido leer, responder ni aprovechar.

Tal como recuerda en un trabajo publicado la profesora Margarita López Maya, el chavismo apareció en medio de un hartazgo del pueblo en cuanto a la corrupción de las élites y sucesos significativos, como El Caracazo o las dos intentonas violentas de golpe de Estado en 1992. Si a eso le sumamos la fiereza con la que la antipolítica se apoderó de todos los discursos posibles, incluso en los políticos de aquella vieja guardia que alguna vez enfrentó la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, la llegada al Poder de Hugo Chávez se convirtió en un riesgo inminente, en una amenaza cumplida, en un mal augurio.

Y aunque muchos advertimos que el peligro de la instalación de un gobierno no creyente de las reglas democráticas estaba latente en un proyecto como el propuesto por el entonces candidato Chávez, muchos hicieron oídos sordos y se dedicaron a emborracharse de carisma con el presunto outsider de este cuento.

Los partidos no resistieron la embestida. La democracia había sido lacerada. Había que hacer algo.

Ante la fragmentación de la sociedad, surgimos una nueva generación de políticos empeñados en no cometer los errores del pasado. Así le dimos forma a proyectos que terminaron transformándose en partidos políticos de un nuevo siglo y en una nueva manera de entender la política como un compromiso con la idea de estar al servicio del Pueblo.

Sin embargo, mientras esto sucedía en las filas de la naciente oposición, el oficialismo hacía uso de un lenguaje simplista, demagogo, que insistía en dividir a la sociedad con premisas fundadas en el odio, el revanchismo, la frustración.

Aprovechando que estábamos peleando entre nosotros, Hugo Chávez logró que su partido empezara a crecer gobierno adentro. Se tratara del MBR-200, del MVR o del hipertrofiado PSUV, Chávez se encargó de hacerle creer a su militancia que era él quien encarnaba al Estado y que sus antojos y caprichos estaban justificados en ese revanchismo peligroso y malsano que confunde la justicia con la venganza.

Después de los sucesos de abril de 2002, creo que el oficialismo tuvo que reconocer que aquel disfraz de políticos alternativos con el cual tapaban su verdad ya no les servía.

Quizás Venezuela fue el único país petrolero al cual la época de la bonanza, con un barril de petróleo que durante años rondó los cien dólares, le trajo más malas noticias que buenas. La cantidad de dinero que entró en Venezuela por concepto del petróleo patrocinó una de las cleptocracias más sinvergüenzas del mundo.

Robaron. Hoy siguen robando, pero en aquel momento robaron sin piedad. Robaron mucho. Robaron a manos llenas. Y mientras sus equivocaciones iban conduciendo al pueblo hacia el hambre, la enfermedad, la muerte, decidieron no rectificar.

Hugo Chávez y su petrochequera seguían por el mundo comprando complicidades. Regalaron nuestro petróleo, empeñaron nuestro futuro e hicieron los peores negocios que Venezuela ha hecho en su historia comercial. Los mismos negocios que hoy tienen a nuestro país hipotecado a China y Rusia.

Su supuesto “carisma” pretendió comprar el apoyo de naciones que incluso habían sido diezmadas y torturadas por totalitarismos militares, disfrazando su autoritarismo de generosidad continental. Un capricho petrolero que le salió irresponsablemente caro al país, pero bastante barato a Cuba, a China y en especial a Petrocaribe.

Y así, entre un capricho y otro, el oficialismo convirtió al Banco Central de Venezuela en el alcahuete de PDVSA, contaminó instancias como el Tribunal Supremo de Justicia o el Consejo Nacional Electoral y llenó el mapa de violencia, dándole a sus colegas militares un poder casi infinito en cuanto al monopolio de la violencia, pero sin olvidar que también era necesario armar su propio aparato parapolicial y así llenar los barrios y las zonas populares de armas a favor de un proyecto político.

Aun así llegó 2007, el año en que aquel hombre que se creía indestructible y que supuestamente estaba en contra del estatus quo perdió los estribos. El problema de creerse invencible es que nunca estás preparado para la derrota. Y aquel año, como dice el adagio, la verdad nos hizo libres.

Y entonces el proyecto político se reconoció en su esencia: lo único importante era mantenerse en el Poder, bien fuera a punta de real o a punta de pistola.

El pensamiento único fue, poco a poco, cercando a quienes menos tienen. Y en los barrios, en el campo, en la pobreza, el ciudadano se iba convirtiendo en un sujeto dependiente de los mismos caprichos que destrozaron a la democracia y la separación de poderes.

No hubo más alternancia. No hubo pluralidad. No hubo tolerancia.

La violencia y la corrupción son las únicas constantes en su proyecto de país.

Y en 2012 y en 2014 y en 2017 y hoy en día reprimen y amenazan a las fuerzas opositoras y democráticas desde donde hemos decidido defender a una mayoría verdadera.

La muerte de Hugo Chávez y el relevo de Nicolás Maduro, en unas condiciones de facto que todos en el país conocemos, terminó de poner en evidencia que la supuesta “revolución” no fue sino una farsa, ideada para que un grupito se enriqueciera, mientras el resto no sabe qué comerá mañana y el déficit fiscal sigue creciendo, convirtiéndonos en uno de los dos únicos casos de hiperinflación en lo que va del siglo.

La supuesta “revolución” pasó de tener un amplio respaldo en las urnas electorales de 1998 a ser una tiranía que tiene miedo de medirse en unas elecciones libres y que, además, hoy es responsable del mayor éxodo de venezolanos en nuestra historia desde la Independencia.

Una revolución convertida en una vergüenza política irreparable.

Han ejercido el Poder durante dos décadas y no son responsables sino de muertes y desgracias. Hagan el repaso y se darán cuenta: no existe ni siquiera un programa social, una obra de insfraestructura, una política pública o algún plan de gobierno del cual puedan sentirse orgullosos.

Tanto es así que se han dedicado a amenazar, perseguir, encarcelar e incluso asesinar a los líderes políticos que no nos callamos y que nos mantenemos del lado del Pueblo, acompañándolo en sus desgracias y buscando juntos las soluciones posibles y la conquista de la Libertad y la Democracia.

Aun así, muchos seguimos aquí. Trabajamos como nunca para no repetir errores. Nos ha tocado asumir las equivocaciones, rectificar, hacernos cargo. Y lo hacemos porque tenemos un compromiso real con quienes han puesto el pecho en nombre de una lucha común.

A pesar del blackout en los medios, a pesar de las amenazas y la violencia, seguimos aquí convencidos de que pronto seremos gobierno. Y sobretodo lograr que ese cambio por el que tanto hemos soñado los venezolanos se convierta en una vigorosa realidad.

Y para entender esto es importante asumir que el contexto ha cambiado: ya no hay un líder carismático comprando consciencias con una petrochequera, porque incluso fueron capaces de quebrar a la mayor petrolera estatal del continente por su afán de robar y destrozar el aparato productivo.

Ha sido difícil poner en evidencia global las características autoritarias que el gobierno venezolano ha impuesto durante estos veinte años. En algún momento el dinero ayudó a distraer las consciencias. Sin embargo, ya el costo político es demasiado alto: ninguno de los cómplices de siempre está dispuesto a seguir siendo asociado con Nicolás Maduro, mucho menos cuando casi todos han perdido el Poder.

Nicolás Maduro ha decidido ejercer el peor rol y con eso marcará la debacle de los vestigios de credibilidad política que todavía algún distraído podría adjudicarle al chavismo gobernante. Y no porque el 10 de enero sea una fecha mágica, sino porque decidieron mantenerse en el Poder a como diera lugar, sin importarles si eso significaba asfixiar al pueblo y matarlo de hambre, con tal de no soltar los privilegios.

Son veinte años que deben servirnos como aprendizaje político.

Son veinte años que deben servirnos como una lección contra la antipolítica, la fascinación por los outsiders y los vendedores de humo.

Son veinte años de una dolorosa farsa que cuando tenga que hacer su inventario conseguirá muchas más vergüenzas y crueldades que obras y conquistas.

No permitamos que vuelva a instalarse el espejismo de la antipolítica como una opción. Trabajemos juntos y asumamos la necesidad de convertir estos veinte años en algo que no deberá repetirse nunca más. Es nuevamente hora de rescatar la democracia y nos corresponde blindarla contra el revanchismo, el falso populismo y la demagogia. Si cumplimos con ese objetivo, si asumimos la responsabilidad y entendemos que sólo entre todos podremos reparar el inmenso daño que han hecho en estas dos décadas, nada impedirá el progreso de nuestra Venezuela.

El futuro es nuestro. Y es indetenible. ¡No lo olvidemos!

¡Que Dios bendiga a Venezuela!


Carta al candidato de GANA: ¿Cuál de sus caras es la verdadera? De Paolo Luers

29 noviembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Señor Bukele:
Si comparo su discurso en la Universidad de El Salvador con sus exposiciones en FUSADES, me pregunto cuál de los dos realmente refleja sus concepciones e intenciones. Ante los estudiantes, un discurso incendiario contra el gran capital – ante los empresarios la promesa de proteger al sector privado. Ante un público de izquierda, como en la UES, expresiones de desprecio y amenaza a las instituciones, por ejemplo la Asamblea Legislativa y la Fiscalía General – ante un público supuestamente de derecha, en FUSADES, el compromiso de respetar la institucionalidad y de cuidar la seguridad jurídica.

 Un día se nos presenta un candidato queanuncia que va a “gobernar con el pueblo”, organizándolo en “Comandos” y movilizándolo contra cualquier obstáculo institucional o político que enfrentaría su gobierno – y el día siguiente asegura en FUSADES que será garante de la institucionalidad. Estas contradicciones no abonan a su credibilidad y no construyen confianza.

Usted ha tenido la suerte que en FUSADES lo trataron con guantes de seda. Sus interlocutores fueron demasiado educados (otros dirían “blandengues”) como para toparlo con sus incongruencias y su doble cara. O para desnudar la ausencia de conceptos claros, estructurados que uno espera de un candidato presidencial. Esto tiene que ver con la admirable capacidad de victimizarse que usted ha mostrado: víctima de todo el sistema de “los desiempre”, de los poderes fácticos, de los medios de comunicación, y de campañas negras. Las campañas de ataque en redes sociales, por parte de actores anónimos, realmente son contraproducentes: crean un clima en el cual personas decentes y competentes, como los de FUSADES, se sienten inhibidos a ejercer la debida y rigurosa crítica.

Usted se presenta como un político nuevoque trasciende las ideologías. Para muchos suena bien. Para mi, no. Desconfío de políticos que dicen no tener ideología. Sospecho que son oportunistas. Trascender ideologías no significa navegar con diferentes banderas, dependiendo de la audiencia. No significa no tener posiciones claras y coherentes, sino más bien marcar posiciones claras, pero sin permitir que sean obstáculos para buscar entendimientos y acuerdos con quienes tengan otras posiciones. Esto es pragmatismo, realismo y voluntad de concertación.

La ambigüedad es su principal debilidad. Puede interpretarse como mentira o como falta de claridad y principios. Pero cualquiera de las dos cosas lo descalifica como líder de una nación que necesita resolver sus serios problemas.

Usted tiene que decidirse si quiere reformar el sistema de democracia pluralista que hemos construido a partir de los Acuerdos de Paz – o si quiere seguir descalificándolo e insinuar que pretende cambiarlo de forma y fondo. Si es lo primero, deje de usar el discurso de anti política, descalificando el diseño institucional del país. Si es lo segundo, tenga el valor de decir con franqueza con qué pretende sustituirlo – y convierta las elecciones en un referéndum sobre un cambio de sistema.

Saludos,

No es bloqueo, es la ley. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

4 junio 2018 / El Diario de Hoy

El descontento contra los partidos políticos actuales es tierra fértil para nuevos proyectos. En los últimos meses hemos presenciado los primeros pasos de planes liderados por políticos que se retiraron o fueron expulsados de sus partidos originarios, como Johnny Wright, exdiputado de ARENA, ahora líder de “Nuestro Tiempo”; Josué Alvarado excandidato del PDC, hoy con el partido “Vamos”, y Nayib Bukele, exalcalde del FMLN, actualmente con “Nuevas Ideas”.

Todas estas iniciativas llevan distintos ritmos de acuerdo con sus pretensiones. Construir un partido, con base en la legislación actual, requiere mucho tiempo, esfuerzo y dinero. Si la idea era participar en las elecciones de 2019, ya iniciando 2018 iban tarde. En las redes sociales hemos sido testigos de que iniciativas como Nuevas Ideas han creado una narrativa de “bloqueo a la voluntad de un pueblo que quiere cambio”. Todos estamos claros de que la política salvadoreña urge de aires de renovación, cambio de las viejas mañas y que las personas tienen derecho a asociarse como lo crean conveniente.

Nuevas Ideas y cualquier otro grupo de personas tienen derecho a constituir un partido político y participar en las elecciones para cargos de elección popular. Pero esta participación debe sujetarse a lo que dice la Constitución, la Ley de Partidos Políticos y la máxima autoridad en materia electoral, el Tribunal Supremo Electoral –TSE–; así ha sido con todos los partidos políticos que han entrado a la contienda en El Salvador en la época de la posguerra, sumando alrededor de 35 partidos políticos.

Parte del discurso de los simpatizantes de Nayib Bukele es que “el sistema se protege a sí mismo” y por eso se bloquea su iniciativa de un nuevo partido. Pues sí, el sistema republicano está diseñado para protegerse a sí mismo de personas que buscan tratos diferenciados bajo una misma ley, alterar a conveniencia su aplicación, de quienes manipulan la opinión pública y quieren hacerse ver como víctimas ante un descontento personal. Como dice el reconocido adagio jurídico, “dura es la ley, pero es la ley”.

Otra de las ideas que rondan el discurso de bloqueo de Bukele es que “en una democracia el pueblo decide y hay que dejar que lo haga”; por supuesto que hay que dejar al pueblo participar, pero debe decidir con base en las reglas del juego ya fijadas de manera previa por las leyes, sino viviríamos en una completa anarquía. Estamos claros de que nuestras instituciones podrían ser más eficientes. Pero una cosa es pedir al TSE que trabaje con celeridad y otra es volver a esta el villano de la historia de forma injustificada. La Ley de Partidos Políticos es la que establece las reglas del juego electoral, incluyendo requisitos y plazos en lo que deben actuar. Si estos se cumplen, no hay nada anormal.

Nayib Bukele y sus simpatizantes lo único que han hecho a la fecha es convertirse en voceros del discurso antipartidos. Pero no hemos visto acciones objetivas que demuestren por qué son distintos. Todos los partidos dijeron en su momento que querían cambiar al país y que el pueblo estaba de su lado; y todos han incumplido. Debe demostrar qué lo hace diferente a estos, transparentar dirigentes, fuentes de financiamiento, pensamiento político, cuáles son sus propuestas específicas para solucionar los problemas del país y en qué consisten las tan promocionadas nuevas ideas. Si no lo hace, su discurso no pasa de ser simple retórica y esbozos de un engaño.

Decir que “hay que cambiar el sistema” puede ser una idea peligrosa. El problema no es el sistema, sino quienes lo han ensuciado. La Constitución salvadoreña establece una forma de gobierno republicana, democrática y representativa, lo cual tiene como fundamento las reglas preestablecidas del juego, la garantía de los derechos fundamentales y el respeto a las instituciones. Esto no tiene por qué ser cambiado, pues lo contrario implica un régimen autoritario donde gobierna una o un grupo de personas.

Los malos de la historia no son el sistema, las ideologías, la política o los partidos, sino esas personas que la han utilizado para satisfacer intereses personales. Hay que renovar la política abriendo nuevos espacios de participación y limpiando los actuales partidos. Pero todo bajo el marco de lo que dice la Cotnstitución y las leyes. En el fondo se trata de respetar y defender la institucionalidad.

La antipolítica. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

14 mayo 2018 / El Diario de Hoy

Los partidos políticos no son malos. Lo anterior quizá le haya quitado las ganas de seguir leyendo, pues la idea generalizada en El Salvador es que los partidos políticos son la raíz de nuestros problemas. A pesar de eso, hay que tener claro que los partidos son parte fundamental en una república democrática; si no, viviríamos en un régimen autoritario o totalitario. El problema son los políticos, no los partidos.

Aunque no parezca, hemos avanzado. Antes el presidente de la República tomaba decisiones de otros órganos del Estado, después de los Acuerdos de Paz se le quitó ese poder al presidente y se le dio a los partidos, que lo abusaron para llenar de políticos las instituciones. Ahora tenemos proceso de despartidización de las instituciones públicas. Falta trabajo por hacer, pues los desaciertos y la intención de manipulación siguen vivos, pero ahora la ciudadanía está exigiendo resultados y transparencia de los funcionarios. Esto solo se logrará depurando y fortaleciendo a la democracia representativa.

En las últimas semanas ha surgido una fuerte crítica sobre el sentimiento antipolítica que está tomando realce en nuestro país. Imposible que culpen a la ciudadanía cuando cada partido conoce su historia. Los políticos ofendidos o sus simpatizantes dicen que el discurso antipartidos alimenta a personas ególatras y figuras mesiánicas que pretenden incursionar en la política salvadoreña. Pero están viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio; antes de culpar al ciudadano descontento por las simpatías hacia un líder populista deberían criticar a los encargados de trabajar y que no han hecho mucho: los mismos partidos políticos.

En El Salvador el sentimiento de la antipolítica irónicamente está siendo alimentado por el pobre y torpe actuar de los partidos políticos. Basta ver los shows en los que se transforman las plenarias o los pocos resultados legislativos; las controversiales formas en las que aprueban reformas de ley como pasó con la Ley de Extinción de Dominio, aumentan el descontento ciudadano. A este paso los partidos están cavando su propia tumba.

También hay que tener claro que, producto del descontento con la clase política, en el ambiente están tomando forma diversos mensajes populistas. Esos que se han montado sobre la ola antipartidos y plantean como ideario la suma de quejas ciudadanas, sin principios y sin plantear ninguna forma concreta de cómo resolver los problemas sociales. La idea de querer transformar el sistema montados sobre una figura de un líder mesiánico es peligrosa.

El sistema político en el que vivimos es producto de un empate entre la derecha conservadora y la izquierda revolucionaria. Se busca permanentemente la separación efectiva de poderes y el control reciproco entre quienes tienen el poder. Si alguien derrota al sistema político actual no tenemos garantía de que lo que lo sustituya sea mejor. Las figuras autoritarias que nos ha dejado la historia nos dicen que el remedio puede salir peor que la enfermedad.

Repito, los partidos políticos no son malos. Lo malo son las personas que han corrompido la política al buscar satisfacer un interés propio o de sectores y no el de la población; que han hecho que dé pena pertenecer a un partido político. El sentimiento antipolítica no lo fortalecemos las personas que manifestamos nuestro descontento con las cosas que hacen en la Asamblea y fuera de ella, sino los mismos partidos al no interiorizar y enmendar sus errores.

La única forma de combatir la antipolítica y evitar el quiebre del sistema de partidos es que estos se renueven en ideas y personas. Las dirigencias deben entender que la forma en que han actuado en los últimos años es lo que ha provocado el rechazo en la población; se debe impulsar el cambio generacional de quienes toman las decisiones y dan la cara por sus partidos; y esa renovación debe ser inmediata, pues las elecciones presidenciales de 2019 están a la vuelta de la esquina. Si los políticos no quieren que se les siga satanizando deben buscar la forma de revalorizar su bandera y refrescar sus decisiones.

Si nuestro sistema político es derrotado por la desconfianza, el vencedor pretenderá rehacerlo como quiera, sin balances, sin contrapesos, sin republicanismo y podríamos tener algo peor que lo que hay. Lo malo no es el sistema, son los políticos. Cambien.

La política y la anti-política. De Manuel Hinds

Manuel Hinds-05Manuel Hinds, 20 febrero 2018 / EDH-Observadores

En los últimos años ha habido, no sólo en el país sino en el mundo entero, una oleada de críticas a los partidos políticos que se ha convertido poco a poco en una crítica hasta ahora irracional del sistema de partidos políticos. Digo irracional porque dicha crítica no sugiere una alternativa que pudiera sustituir al sistema de partidos sin caer en los mismos problemas que este tiene y sin crear otros problemas todavía peores. Ominosamente, estas críticas abren la puerta para la única alternativa a los sistemas de partidos en los cuales las decisiones son tomadas por grupos mayoritarios de personas, llámense o no partidos. Esta alternativa lógicamente es el sistema en el que las decisiones son tomadas por una sola persona, la tiranía.

observadorLa historia está llena de ejemplos de casos en los que los que atacan el sistema de partidos terminan prohibiéndolos para tomar control tiránico de la sociedad. Lenin y los bolcheviques criticaban al sistema democrático de partidos de la misma forma y con los mismos argumentos que se usan hoy día con el mismo propósito. Eventualmente, cuando estuvieron en el poder, los bolcheviques, consistentemente con su crítica de los partidos políticos, los prohibieron enteramente…excepto el partido de ellos mismos. Mussolini y sus fascistas hacían las mismas críticas y también actuaron en consecuencia: prohibieron todos los partidos políticos menos el fascista. Lo mismo hizo Hitler en Alemania.

No hay otra alternativa. O las decisiones se toman por mayorías, y esto requiere organizaciones políticas (llamadas o no partidos), o se toman por un tirano individual o un grupo tiránico que se impone sobre todos los demás al prohibir que se organicen en partidos políticos.

El tema puede discutirse hablando de política en vez de partidos. La política es el arte de lograr una decisión partiendo de millones de opiniones diferentes. La anti-política es el arte de sacar las decisiones sin tener que consultar o tomar en cuenta estos miles de opiniones, lo cual sólo se puede hacer tomando e imponiendo decisiones tiránicamente.
Mucha de la gente que critica la política y el sistema de partidos políticos cree que el país debería de manejarse de esta forma: con un tirano que imponga su orden en la sociedad. Está bien. Cada quien puede creer lo que quiera. Pero también hay mucha gente que cree que la democracia se mejoraría si se eliminara la política y los partidos políticos, sin darse cuenta de que al eliminar estas se destruiría precisamente lo que ellos quieren destruir—la democracia misma.

Pero hay algo que debe rescatarse de la insatisfacción de la gente con el sistema de los partidos políticos, y esto es que hay ciertas actividades que son indispensables para el desarrollo del país que no deberían de estar en manos de los partidos políticos, o por lo menos no totalmente en manos de ellos, porque por naturaleza los partidos tienden a manejarlos mal. Entre estos temas están la educación, la salud, y la cultura, que son mucho mejor manejados por las comunidades locales que por los políticos.

En realidad, en los países más desarrollados, como los nórdicos y los anglosajones, estos temas están altamente descentralizados, y no están descentralizados a entidades políticas locales sino a instituciones comunales locales, tales como las juntas de padres de familia en el caso de la educación, y a juntas también locales en el caso de hospitales, centros de salud y centros culturales. Esta descentralización a instituciones locales no políticas no elimina el papel de los partidos políticos, que a través del ejecutivo y el legislativo tienen que decidir ciertas políticas generales, coordinar los esfuerzos locales, y proporcionar recursos provenientes de la recaudación nacional de impuestos, pero pone el manejo de los recursos en manos de los que tienen más interés en que se manejen y se auditen apropiadamente.

Descentralizar en esta manera es esencial para que nuestros esfuerzos por elevar el valor agregado de nuestra producción y de generar una fuerte cohesión social para resolver los problemas de violencia y pobreza puedan dar los frutos necesarios.

Es crucial que la descentralización de estas tareas no se realice a instituciones políticas como las alcaldías, en donde estarían sujetas a presiones políticas, quizás peores que las existentes a nivel nacional. Estas tareas deben descentralizarse a organizaciones cívicas con un fuerte interés en la calidad de los servicios públicos entregados a la población.

Salvador Samayoa: “La gente tiene derecho a estar enojada, pero debe cuidarse de los falsos profetas”

De acuerdo al firmante de la paz y observador político de El Diario de Hoy, los salvadoreños y especialmente los jóvenes no deben de “borrarse” de la participación política, sino involucrarse y hacerse cargo del país y su destino.

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Entrevista de Guillermo Miranda Cuestas, 16 febrero 2018 / El Diario de Hoy

A semanas de la elección del 4 de marzo y ante voces que gritan votar nulo o quedarse en casa, el firmante de la paz y exdirigente del FMLN durante el conflicto armado, Salvador Samayoa, explica con acostumbrada agudeza crítica y lenguaje franco por qué no da igual cómo quede integrada la próxima Asamblea Legislativa.

Samayoa no solo distingue entre candidatos honestos y sinvergüenzas, sino entre ideas y proyectos contrapuestos por los partidos políticos en la integración de la Corte Suprema de Justicia, la situación fiscal del país y la calidad de los servicios públicos, entre otros temas. Además, dibuja el peligro del discurso antipolítico a través de los efectos desastrosos que esta ha producido en el vecindario latinoamericano.

“No es cierto que todos sean “la misma porquería”, como dicen algunos. Hay candidatos honestos y hay sinvergüenzas. Tenemos el poder de nuestro voto para apoyar a unos y rechazar a otros. Decir que todos son iguales y que no vale la pena votar es un análisis muy pobre o un planteamiento interesado.”

Salvador Samayoa

A lo largo de esta entrevista, y sobre todo en su conclusión, Salvador Samayoa centra su foco en los jóvenes y destaca que lejos de reproducir amarguras y desesperanza contra el sistema político, deben dedicar su energía y dinamismo para construir una sociedad distinta.

¿Qué significa esta elección para el país?

Esta elección es muy importante, como todas las elecciones. A través de sus resultados se configura un componente importante del poder político del país. Todos sabemos que un poder mal orientado, perverso, corrupto o ideológicamente distorsionado puede hacerle mucho daño a los ciudadanos, a las instituciones, a la economía.

Y de la misma manera, cuando el ejercicio del poder es relativamente sano, aunque no sea del todo eficiente, si está orientado por la decencia y por principios democráticos, se convierte en una garantía importante de respeto a los derechos ciudadanos y en una esperanza de progreso para amplios sectores. O sea que el poder político es muy importante para el desarrollo del país y para la vida cotidiana de las personas.

“Un partido político, por ejemplo, cree, piensa y propone -y si tiene los votos lo va a hacer- que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia deben ser elegidos por votación popular. Eso sería una distorsión y una aberración muy peligrosa.”

Salvador Samayoa

¿Qué está en juego particularmente en estas elecciones del 4 de marzo?

Hay muchos temas que son importantes. En la Asamblea Legislativa se hacen las leyes y se definen las instituciones del Estado. En ese ejercicio se pueden fortalecer o destrozar las libertades públicas. Un partido político, por ejemplo, cree, piensa y propone -y si tiene los votos lo va a hacer- que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia deben ser elegidos por votación popular.

Eso sería una distorsión y una aberración muy peligrosa, sin precedentes nacionales y sin referentes respetables en alguna parte del mundo. La sola idea de que alguien tenga que hacer campaña política para obtener una magistratura, y por tanto, entre otras cosas, tenga que pedir dinero y apoyos a los poderes fácticos, convertirse en figura mediática, adelantar opinión sobre procesos judiciales, comprometerse en cualquier sentido ante la opinión pública o realizar cualquier acción imaginable propia de una contienda electoral para ser elegido magistrado, sería un contrasentido, se prestaría a grotescas manipulaciones de la justicia y nos haría retroceder décadas, hasta los tiempos en que la Corte Suprema era poco más que un apéndice del poder político de turno.

Y así de peligrosa como es esta propuesta, hay un partido político, en este caso el Frente, que si logra los votos necesarios la va a llevar adelante.

Otro tema es el de los impuestos, que tanto nos molestan a los ciudadanos y nos indigna cuando vemos nuestro dinero gastado no solo en viajes y en autos caros de funcionarios del Estado, sino que vemos en la prensa cuántos millones más va a costar el retraso del edificio de la Corte porque estaban mal hechos los planos; cuántos cientos de millones de dólares ha consumido de nuestros impuestos el hoyo del Chaparral, la decisión absurda y corrupta de expulsar al socio estratégico en la producción de energía geotérmica o el abandono por incompetencia del puerto de La Unión; o cuántos millones en intereses de bonos o préstamos internacionales nos ha costado el manejo irresponsable de las finanzas públicas.

Estos y otros despilfarros no han sido solo responsabilidad de los gobernantes, sino también de los diputados. Entonces nos cobran muchos impuestos y despilfarran nuestro dinero cuando no se lo roban directamente, sin darle a la gente servicios públicos de calidad.

Que haya más impuestos o menos impuestos, que se respeten o se expropien los ahorros de pensiones de los trabajadores, que los servicios públicos de salud dispongan de los fondos necesarios para la gente que no puede pagar seguros privados depende, como muchas otras cosas, de cuáles partidos y cuáles candidatos ganen las elecciones de marzo.

“Que un joven se borre de la participación política, que no tenga ninguna esperanza, que tenga un análisis tan malo como para pensar que da igual tener a unos o a otros en la Asamblea Legislativa, me parece de verdad patético. El que llame a los jóvenes a hacer eso se comportaría como un falso líder, como un oportunista; y los jóvenes que lo sigan, si es que lo siguen en esa consigna, demostrarían ser débiles y fácilmente manipulables.”

Salvador Samayoa

 

Hay líderes políticos que dicen que da igual quién gane y que hay que votar nulo o quedarse en casa.

Esto es una imbecilidad. No se puede calificar de otra manera. No es cierto que todos sean “la misma porquería”, como dicen algunos. Ni son iguales en lo que defienden y proponen los partidos, ni son iguales en capacidad y decencia las personas que los representan. Hay candidatos honestos y hay sinvergüenzas. Tenemos el poder de nuestro voto para apoyar a unos y rechazar a otros. Decir que todos son iguales y que no vale la pena votar es un análisis muy pobre o un planteamiento interesado.

Este es un slogan típico de movimientos que tienen por bandera la antipolítica y ya sabemos -o debiéramos saber- adónde lleva la antipolítica. Casi todos los casos recientes en los que hubo predicadores de ese tipo -figuras iluminadas, aparentemente frescas, redentores con barba o sin barba, que venían a salvar a la población de la miasma de los partidos- terminaron mal para la gente.

La gente tiene derecho a estar enojada, pero debe cuidarse de los falsos profetas. Mirá lo que pasó en Venezuela: todo comenzó cuando la gente decidió no ir a votar porque estaba cansada de los políticos. Veinte años llevan ya con este régimen oprobioso, incomparablemente más corrupto que los anteriores, sin el menor respeto por los derechos y las libertades democráticas. Era uno de los países más ricos y ahora todo el pueblo se encuentra en la miseria; los pobres que ya eran pobres, las clases medias empobrecidas, las empresas cerradas, los líderes de oposición encarcelados y los “salvadores de la patria” convertidos en tiranos crueles y represivos. Las situaciones donde han ocurrido este tipo de prédicas de que “los partidos no sirven” o “no hay que ir a votar” no han terminado bien para la gente.

Si un líder político o un líder de opinión llama a la gente a no votar, solo hay dos posibilidades: o es muy irresponsable o quiere aprovecharse del cansancio y la desesperanza de la gente por un interés particular. Hasta ahora solo he escuchado a dos o tres figuras mediáticas hacer este llamado. El más prominente es Nayib Bukele. No sé por qué no lo mencionás por su nombre en tu pregunta, como si fuera Lord Voldemort, “el que no debe ser nombrado”.

Sí, por ejemplo, Nayib Bukele.

Bukele tiene un cierto potencial de influencia en los jóvenes, pero en este caso, creo que se ha equivocado y parece que ya ha comenzado a reconocerlo. Ha sido una falta de astucia política -que normalmente le sobra- y una falta de respeto a los jóvenes pedirles precisamente que no voten o que anulen el voto.

Se puede entender que un viejo piense así, que esté amargado, cansado, hastiado, que se haya vuelto escéptico y nihilista, que ya no quiera participar, que no tenga ya esperanza y que caiga en la parálisis política o social hasta el punto de no levantarse siquiera para votar. Pero que un joven, sobre todo un joven de las capas medias urbanas, que tiene mucho que ganar y mucho que perder, a diferencia de los más ricos y los más pobres, se borre de la participación política, que no tenga ninguna esperanza, que tenga un análisis tan malo como para pensar que da igual tener a unos o a otros en la Asamblea Legislativa, me parece de verdad patético. El que llame a los jóvenes a hacer eso se comportaría como un falso líder, como un oportunista; y los jóvenes que lo sigan, si es que lo siguen en esa consigna, demostrarían ser débiles y fácilmente manipulables.

“Es necesario que en cada tiempo haya jóvenes
dispuestos a encarnar el mito de Prometeo,
dispuestos  a arrebatar el fuego de los dioses.”

Salvador Samayoa

Más allá de votar un día, ¿en qué más se puede involucrar un ciudadano común?

Se puede participar de manera más activa y permanente entrando a un partido político. No todas las personas tienen esa inclinación, y algunos que la tienen no aguantan el ácido, pero es obvio que la política sería mejor si en vez de solo crítica entrara otro tipo de gente a la palestra, como en tiempos pasados en los que el compromiso de muchos jóvenes de sectores no muy proclives a la militancia imprimió a las fuerzas políticas mucha energía, innovación, dinamismo y sentido de nación.

También se puede estar en movimientos sociales, en una cantidad de instituciones de la sociedad civil que se preocupan por los problemas del país, que los estudian, los analizan y tratan de tener propuestas e influir en el desarrollo de las cosas. Lo que no se vale es borrarse, no hacerse cargo. Cuando hay conciencia y voluntad de contribuir de alguna manera al bien común, hay muchas modalidades para participar en la vida nacional, muchas formas de hacerse cargo de los problemas del país.

Algunos dirán que es difícil hacerse cargo uno en un sistema tan polarizado que absorbe hacia los extremos.

En primer lugar, no es cierto que esté polarizado, esta es una palabra que repiten como loros muchos “analistas” en los medios de comunicación. En realidad, la polarización es una categoría que el discurso político ha tomado prestada de la física, de ciertas analogías simplificadas -no necesariamente científicas- con la teoría de los campos electromagnéticos, en el particular sentido de la tendencia de las partículas dentro del campo a gravitar por atracción magnética en la órbita de los polos.

“A la política no se puede entrar pidiendo garantías.
Uno logra lo que puede con su esfuerzo y con su lucha.
Uno se enfrenta con poderes que parecen inamovibles.
A veces logramos ablandarlos y hasta removerlos;
otras veces prevalecen los poderes establecidos.”

Salvador Samayoa

Esto es lo que ocurría antes en el país, que no podía haber partidos políticos, medios de comunicación, iglesias, sindicatos, asociaciones gremiales realmente independientes, que tuvieran existencia autónoma, sin vínculos fuertes, afinidad, nexos de subordinación, alianzas con o necesidad de protección de alguna de las fuerzas enfrentadas en el conflicto. Todos terminaban gravitando en torno a uno de los polos; había sindicatos de izquierda gravitando alrededor del Frente y sindicatos de derecha con el gobierno.

Lo mismo ocurría con los medios de comunicación, alineados con una u otra parte del conflicto, que solo podían subsistir en esa órbita. Algo parecido ocurría con los intelectuales académicos, la seguridad pública, la justicia y todo lo demás. En ese contexto de la guerra sí estaba polarizada la política y la sociedad, porque era casi imposible o no tenía sentido la existencia autónoma o la independencia real de las fuerzas políticas y sociales.

Esta no es la situación que tenemos hoy. No es cierto que El Salvador sea un país polarizado. Distinto es que haya dos fuerzas predominantes, con posiciones a veces irreductibles, cuyo enfrentamiento se considera frecuentemente estéril y absurdo, pero eso no es polarización.

Bueno, pero aún admitiendo que el término “polarización” no sea correcto, ¿cómo se garantiza que el que se meta en política no será absorbido por alguna de estas fuerzas?

La respuesta es simple: nadie lo puede garantizar. Cualquiera puede ser triturado en el trapiche de la política. El que entra debe saber que tiene que luchar para cambiar las cosas. Así ha sido siempre y así seguirá siendo siempre. A la política no se puede entrar pidiendo garantías. Uno logra lo que puede con su esfuerzo y con su lucha. Uno se enfrenta con poderes que parecen inamovibles. A veces logramos ablandarlos y hasta removerlos; otras veces prevalecen los poderes establecidos.

Uno se enfrenta dentro de los partidos con gente dogmática, con ideas anquilosadas, se enfrenta con tremendas resistencias al cambio, con vergonzosas defensas de intereses personales. Los partidos tienen cúpulas instaladas, que no ceden fácilmente sus posiciones. El que quiera entrar tiene que enfrentarse a eso. Es la realidad. Por eso es necesario que en cada tiempo haya jóvenes dispuestos a encarnar el mito de Prometeo, dispuestos a arrebatar el fuego de los dioses.

El sistema. De Cristian Villalta

La democracia salvadoreña goza de la mejor salud que le es posible. A veces parece famélica, sí, pero su alimento principal es la discordia que aflora de modo continuo.

cristian villaltaCristian Villalta, 4 febrero 2018 / La Prensa Gráfica

En esta cuadrícula de tierra que consideramos patria, algunas de las discordias fundamentales a futuro son hasta dónde defender las libertades constitucionales en su oposición a la seguridad pública; qué tan a costillas de los grandes capitales debe fortalecerse la recaudación impositiva; qué tan profundo es el recorte que debe hacerse a la burocracia; y qué tanto debe ignorarse la seguridad de los trabajadores para atraer más inversionistas internacionales y sí eso es ético.

Un listado de este corte puede ser tan largo como se quiera; muchas causas de nuestra ciudadanía languidecen esperando a un político que las haga sus banderas: reciclaje, derechos LGTBI, laicismo versus educación religiosa, etc.

LPGLamentablemente, toda la disensión que tenemos alrededor de estos ejes no civiliza ni modera nuestra vida en sociedad. Ese precepto básico de la democracia, que la diferencia se transforme en acuerdo y concordia, opera en contadas ocasiones entre nosotros porque el debate no es debidamente apreciado en El Salvador.

Así, pese a que tenemos una tonelada de candidatos a diputados y a que en algunos municipios chocan visiones diametralmente opuestas de lo que debe ser la gestión pública, no gozaremos de discusiones entre los contendientes excepto en algunos programas de televisión. Este último mes debería tratarse de esos foros, no de un concurso por sepultar las calles con banderitas ni vaciar las tiendas de a dólar para regalar baratijas en los noticieros.

Tristemente, esta deficiencia no atañe solo a la incapacidad discursiva que sufren algunos candidatos, sino a que el caldo nutricio de los partidos políticos aún es mayoritariamente dogmático. Algunos de los correligionarios más prometedores de ARENA y del FMLN no tienen una sola idea posmoderna, sino solo manierismos ideológicos. ¿Qué puede discutirse con gente que cree en verdades únicas?

¿Nuestra democracia es, entonces, víctima de la operación de los partidos políticos? No. La tara de la cual los ciudadanos salvadoreños debemos liberarnos es de la tiranía de la ideología sobre el pensamiento. Otra cosa es que, en ese afán, los institutos que compiten por el poder nunca serán aliados de la ciudadanía, al menos no en sus versiones actuales, porque no progresaron en los últimos 26 años.

Quizá nuestra vida democrática ha perdido un compás: célebres dinosaurios de nuestra política han sido tan longevos que ahora conviven con los mamíferos. Pero la responsabilidad de los ciudadanos no debe soslayarse, porque la falta de interés en la discusión pública, la grosera falta de civismo que exhibimos elección tras elección y lo desinformados que permanecemos es causal directa para que gente moralmente reprochable o sin ninguna capacidad intelectual gobierne el municipio o nos represente en el Parlamento.

Simultáneamente, hay una emergente narrativa antisistema que nos invita a no participar en las elecciones. Despreciar la participación ciudadana luego de todo lo que El Salvador sufrió por la apertura de eanti políticaspacios políticos a lo largo del siglo XX es infame. Para catalizar desacuerdos y encarar las injusticias en el diseño de nuestro Estado, no gozamos de mejor herramienta que un sistema electoral que, si bien es operativamente perfectible, remedia progresivamente las preocupaciones de la generación que firmó la paz, y de la posibilidad de fortalecer o liquidar a los partidos de nuestra época. El motor de este sistema debe ser una ciudadanía más responsable, no otra perezosa e ignorante.