Felipe González

Devolvamos la democracia a Venezuela. De Felipe González.

El 2 de febrero, miles de venezolanos salieron a protestar en contra del gobierno de Nicolás Maduro. Foto Credit Meridith Kohut para The New York Times
Felipe González, ex-presidente del gobierno español

14 febrero 2019 / THE NEW YORK TIMES

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MADRID — Tengo vínculos políticos y personales con Venezuela desde hace más de cuatro décadas. Conocí y disfruté de la amistad de Rómulo Betancourt, fundador de la democracia venezolana; de la relación con Carlos Andrés Pérez, quien gobernó al país en dos periodos, y con todos los presidentes de la Venezuela democrática.

Tanta y tan intensa ha sido mi relación con Venezuela que, tras el golpe de Estado fallido contra el presidente Hugo Chávez, a finales de 2002, el entonces secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Kofi Annan, me pidió que fuera su representante personal para el país. Le dije que no quería, pero que tampoco podía negarme. Añadí que Chávez no lo aceptaría por mi amistad con Pérez, quien era su bestia negra, y porque él creía que España había tenido algo que ver con ese golpe. Aclaré que era verdad mi amistad con Pérez (incluso cuando discrepamos), pero que yo no estaba a favor de ningún golpe de Estado, ni en ese momento ni cuando lo intentó el propio Chávez, en 1992, entonces un teniente coronel que intentó derrocar a Pérez. Como esperaba, Chávez rechazó la propuesta.

Siempre entendí que la relación entre España y Venezuela era fundamental. Venezuela fue un actor importante en América Central y el Caribe, además del refugio político de muchos exiliados de las dictaduras latinoamericanas y, con los años, de cientos de miles de españoles. Esa tierra siempre los acogió como una hermana.

Así que, desde el gobierno o como mero ciudadano comprometido con los valores de la democracia y el progreso, he dedicado tiempo y esfuerzo a ayudar a los venezolanos a recuperar sus libertades. Lo he hecho desde una posición que ha sido tan incómoda como incomprendida por los que proclaman unos valores y se dedican a ejercer los contrarios, pero no me importa: la defensa de la democracia no tiene color político ni puede tener “padrinos” por razones ideológicas.

No exagero cuando digo que Nicolás Maduro ha convertido a Venezuela en un Estado fallido. Por eso no podemos fallarles a los venezolanos y debemos ayudarles a recuperar su democracia.

El gobierno de Maduro ha destruido el aparato productivo de un país rico en recursos, en donde aproximadamente el 90 por ciento de la población vive en la pobreza. Ha generado una atroz escasez de alimentos de primera necesidad y medicamentos básicos y ha provocado una hiperinflación sin precedentes. Ha forzado el mayor éxodo de la historia de América Latina, vaciado las instituciones e instaurado una tiranía arbitraria donde los opositores carecen de los más mínimos derechos, incluyendo el derecho a la vida.

La mayoría de las democracias occidentales han dictaminado que las elecciones del 20 mayo de 2018 fueron ilegales y fraudulentas. La Asamblea Nacional, que es la única institución elegida democráticamente que queda en el país, ha obrado correctamente al designar a Juan Guaidó como presidente encargado. Dudar de su legitimidad es dudar de la democracia. La paradoja más increíble es que la oposición sea la que le exija a Maduro el respeto a la constitución bolivariana, creada durante el mandato de Hugo Chávez, y sea él quien la incumpla.

Aunque llegue mucho más tarde de lo que me habría gustado, estamos ante una oportunidad única para devolver la democracia a Venezuela. No será una tarea fácil. Maduro tiene la fuerza que le dan las armas mientras que la Asamblea Nacional, que tiene toda la legitimidad, carece de poder fáctico. ¿Cómo cambiar este fatal equilibrio?

En primer lugar, debemos apostar por una unidad sin titubeos ni fisuras. Las naciones democráticas que reconocen a Guaidó deben reforzar su legitimidad política y su autoridad sobre los activos económicos del país, dentro y fuera de él. Ello privará a Maduro de los recursos para seguir oprimiendo a los venezolanos y mandará una señal muy clara a sus seguidores, particularmente a los militares, de que carecen de futuro a su lado.

Pero también es esencial devolver al conflicto a su esfera original, que es América Latina. Venezuela no debe convertirse en un escenario más de la pequeña guerra fría que Estados Unidos y Rusia vienen librando en frentes como Siria y Ucrania. Estados Unidos, Rusia y China deben evitar ver a Venezuela como una pieza más en su lucha de poder geopolítico. Absteniéndose de interferir, pueden evitar un impasse que podría darle a Maduro tiempo y recursos para aferrarse al poder.

La gestión de la crisis venezolana debe ser devuelta a los actores de la región. La Unión Europea, con el apoyo de Canadá, debe abrir los espacios para que pueda actuar el Grupo de Lima, que conforman catorce países latinoamericanos. También, debe sumar al presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, a la causa de la democracia en Venezuela y hacer ver al régimen cubano que no puede mantener más tiempo su injerencia en Venezuela ni seguir parasitando sus recursos.

El retorno de la democracia a Venezuela exige que los pirómanos se hagan a un lado. Las amenazas y bravatas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre una invasión militar deben cesar inmediatamente. Sería irónico, si no fuera trágico y preocupante, que el gobierno de Trump —aislacionista por vocación y con una nula preocupación por la promoción de la democracia en el mundo— convirtiera a Venezuela en un objetivo central de su política exterior. Estados Unidos hace tiempo que agotó el cupo de intervenciones militares en América Latina. Ese escenario debería quedar como un mal recuerdo del siglo XX. Por eso pido a los líderes demócratas y republicanos en el congreso estadounidense que trabajen juntos con sus socios y vecinos latinoamericanos y europeos para devolver la democracia a Venezuela de forma legal, legítima y pacífica.

El presidente encargado, Juan Guaidó, tiene delante de sí una tarea colosal. Debe tomar el control del país, poner las fuerzas armadas al servicio de las instituciones democráticas, desarmar a las milicias bolivarianas, hacer frente a la catástrofe humanitaria y migratoria y estabilizar la economía.

El gobierno de transición que lidere Guaidó deberá convocar unas elecciones presidenciales, pero ese objetivo requerirá tiempo, pues antes es necesario reconstruir el Consejo Nacional Electoral, liberar a los presos políticos y elaborar un censo electoral válido. La reconstrucción institucional es, como todo lo que vale la pena, costosa en tiempo y en esfuerzos. Sería una miopía política, con riesgos de conflicto permanente, apurar a Guaidó por el mero hecho que la transición se haga incómoda para algunos socios internacionales.

Restaurar la democracia en Venezuela es posible, pero el proceso es tan frágil y precario como la salud de los venezolanos, que han perdido en promedio 11 de kilos de peso. Maduro, por el contrario, sigue bien alimentado y sus adeptos continúan robando los recursos del país a escala masiva. El presidente encargado, Juan Guaidó; la Asamblea Nacional, portadora de la legitimidad democrática, y el pueblo de Venezuela necesitan el aliento y apoyo de una comunidad de naciones democráticas que sea unida y esté determinada a ayudarles a recuperar la libertad que su país merece.

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El paso definitivo de la trama totalitaria. De Felipe González

Nunca un país, que no haya sido azotado por una cruenta guerra, ha sido depredado y destruido económica y socialmente en menos tiempo.

Manifestación contra el régimen de Nicolás Maduro en el viernes en Caracas. MARCO BELLO REUTERS

Felipe González, ex presidente socialista del gobierno español

Felipe González, 1 abril 2017 / EL PAIS

La sentencia de la Corte Suprema anulando todos los poderes de la Asamblea Nacional es el paso definitivo que completa la estrategia de la trama totalitaria que desgobierna Venezuela.

Un gobierno cívico militar, somete al Poder Judicial, al Consejo Nacional Electoral y líquida la democracia anulando los poderes de la Asamblea Nacional.

Desde diciembre de 2015 el diseño totalitario viene avanzando ocupando todos los espacios de poder, el político institucional y el económico social.

El gobierno venezolano sabe que desde el seis de diciembre del 2015, había perdido el apoyo de la inmensa mayoría de los ciudadanos. El gobierno sabe que ha perdido la credibilidad de las instancias internacionales a las que pertenece.

El gobierno sabe que ha perdido la legitimidad en el desastroso ejercicio de sus funciones provocando una crisis económico social sin precedentes. El gobierno sabe que sólo se apoya en la fuerza de las armas mientras le duren.

Por todo esto ha decidido reprimir y encarcelar a la oposición, liquidar la libertad de prensa y perseguir la libertad de opinión, por eso ha decidido controlar a la población hundida en la pobreza y la escasez de alimentos a través del mecanismo represivo de los CLAP, por eso gobierna en un permanente estado de excepción abusando de todos los poderes del Estado, concentrados en una sola mano.

Nada es legítimo democráticamente en su actuación, por eso liquidó el referéndum revocatorio que demandaban los ciudadanos, por eso liquido las elecciones a Gobernadores.

Nunca un país,que no haya sido azotado por una cruenta guerra, ha sido depredado y destruido económica y socialmente en menos tiempo, nunca se ha producido la liquidación de la libertades democráticas más que por la técnica de un golpe de estado, y si faltaba algo para demostrar que la democracia venezolana ha sido destruida, el golpe del Tribunal Supremo contra la Asamblea Nacional lo ha dejado claro.

Nadie puede llamarse a engaño. La trama totalitaria de Venezuela se ha completado dramáticamente.

Bogotá 31 de marzo de 2017

Trump: los muros de su cerebro. De Felipe González

El presidente de Estados Unidos solo confía en sus “pulsiones” sicopáticas y en los que adulan sus modos insultantes y engañosos. Sus políticas proteccionistas y el rechazo a la globalización llevarán al país a la decadencia como “primera potencia”.

Felipe González fue presidente del Gobierno español de 1982 a 1996.

Felipe González, 6 marzo 2017 / EL PAIS

La política como gobierno del espacio público que compartimos está atrapada entre la arrogancia tecnocrática y la osadía de la ignorancia. Entre los “brillantes” posgraduados que creen que la complejidad de los problemas sociales se resuelve con algoritmos infalibles de laboratorio; y los necios, los que no saben, pero no saben que no saben y ofrecen respuestas arbitristas que simplifican y distorsionan la realidad.

Ni unos ni otros dudan cuando incursionan en el espacio público, como portadores de la “verdad” o de la “posverdad”. Y aunque mi reflexión hoy está dedicada a los segundos, no deja de preocuparme la arrogancia distante de estos supuestos sabios que nunca explican sus errores, porque para ellos es la realidad la que falla.

El necio puro (ne scio) es bastante inofensivo, incluso positivo cuando sabe que no sabe y busca apoyo para cubrir su ignorancia. El necio peligroso es el que tiene poder sobre los demás y, como no reconoce su ignorancia, menosprecia la opinión de los otros. Trata de imponer su “posverdad” simplificadora, se busca enemigos como responsables de la realidad que se inventa, aunque aproveche algunos elementos de la verdad y los miedos que esta genera siempre.

NICOLÁS AZNÁREZ

Los muros más peligrosos de Trump están ya construidos y petrificados en su cabeza. Son los que más deberían preocupar en Estados Unidos, en México o Latinoamérica, en la Unión Europea y en el resto del mundo, porque este personaje está al frente de la “todavía” primera potencia del globo. En su mente nunca hubo un proyecto para gobernar la diversidad que hace fuerte a su país. Nada parecido a un programa de gobierno en su campaña y, menos aún, en su discurso de investidura. Porque este señor solo confía en sus “pulsiones” sicopáticas y en los que adulan sus modos insultantes y engañosos.

Si cualquier mandatario del mundo hubiera descrito la “realidad” americana como lo hizo Trump en su discurso de toma de posesión, lo habríamos descalificado como sectario y fanático cargado de odio hacia Estados Unidos. Merece la pena analizar esa “oratoria” digna de un autócrata que se siente por encima de las instituciones, que desprecia a su propio pueblo, que busca enemigos y culpables en los que no son como él, sean inmigrantes, mujeres o minorías de cualquier tipo. En esa pieza inaugural se comprenden qué tipo de muros anidan en su cabeza y orientan sus abundantes decretos presidenciales o sus constantes tuits.

Habría que esperar que una parte de los “apaciguadores” que afirmaban (todavía quedan muchos) que no haría lo que proponía en su campaña o en sus muchas medidas de estas semanas de ejercicio efectivo de la presidencia estuvieran ya apercibidos de lo que se propone. Porque demuestra una audaz ignorancia de la realidad interna y externa sobre la que trata de proyectar su poder.

“La democracia no garantiza el buen gobierno,
pero permite cambiar al que lo hace mal”

También es lógico esperar que sus imitadores se crezcan y multipliquen complicando la gobernanza de la democracia representativa, la única que ampara nuestras libertades, en los espacios del mundo en que existe. Y poco importa que se presenten bajo el paraguas, más supuesto que real, de ideologías de izquierdas o de derechas. Lo que los une, o los junta en “manada”, es su posición etimológicamente reaccionaria ante el vértigo de los cambios inducidos por la revolución tecnológica y su aprovechamiento fraudulento de miedos comprensibles en conjuntos sociales sensibles.

Porque estamos viviendo una transformación a nivel global que, como lo fuera la Revolución Industrial, no es reversible, que genera una interdependencia creciente, que cuestiona al Estado nación como ámbito de realización de la soberanía, de la democracia o de la identidad. La diferencia con la Revolución Industrial es la vertiginosa velocidad de la implantación de la actual.

Los reaccionarios aprovechan el miedo al cambio, cierran fronteras, rechazan al otro, al que es diferente, se atrincheran en el nacionalismo sin memoria de la destrucción que provocó en el siglo XX. Vuelven al proteccionismo y las guerras comerciales. Una revuelta contra la revolución tecnológica que utiliza los medios de esta para negarla y enfrentar a la defensiva sus consecuencias.

Pero hay algo detrás del triunfo electoral de personajes como Trump que revela la necesidad de introducir elementos de gobernanza en la globalización, para hacerla más previsible y, sobre todo, para hacerla más justa en la redistribución, para replantearse el modo y tiempo de trabajo disponibles. La función de la política progresista no es rechazar o negar el cambio tecnológico, ni instrumentalizar los miedos que genera para replegar a nuestras sociedades en busca de “utopías regresivas”, sino prepararnos para enfrentar ese cambio aprovechando lo que ofrece de bueno y minimizando los riesgos que comporta para no dejar a nadie en la cuneta.

“En su mente nunca hubo un proyecto para gobernar
la diversidad que hace fuerte a su país”

La primera sociedad que va a pagar el precio de los muros mentales de Trump es la americana. La buena noticia es que esta sociedad está reaccionando inmediatamente, movilizándose para combatir desde dentro las pulsiones reaccionarias y discriminatorias instaladas desde el 20 de enero en la Casa Blanca. Son conscientes de que estas políticas niegan la diversidad de la propia sociedad americana, la que le da complejidad pero también fortaleza. Son conscientes de que EE UU es una sociedad de minorías entrelazadas en las que la imposición de una de ellas sobre otras los lleva a una nueva “caza de brujas”, al aumento de los delitos de odio contra el que ven como diferente y, por eso, culpables. Son conscientes de que están en peligro derechos civiles dolorosamente conseguidos. Una sociedad construida por y desde la inmigración que no puede satanizarla.

Tal vez no sepan, todavía, los efectos económicos y sociales de estas políticas aislacionistas y amenazantes. En la mente amurallada de Trump no entra la comprensión de lo que es una empresa global y Estados Unidos tiene las principales empresas globales del mundo. Son empresas que producen en el mundo, buscando economizar costes y buscando talento allá donde lo encuentran. Son empresas que venden en el mundo y prefieren un comercio abierto. Claro que la obligación de la política es limitar los abusos con marcos regulatorios razonables, pero no cerrar las fronteras y provocar guerras comerciales.

Como no es posible ser una potencia global sin empresas globales, en la era Trump Estados Unidos iniciará su decadencia como “primera potencia”. No puede esperar que sus empresas produzcan en EE UU, que los americanos consuman lo que allí se produce y que los demás países sigan consumiendo lo que venden sus empresas globales.

¿Cómo va a combinar política de aranceles altos y desplazamientos de producción mucho más costosos a Estados Unidos sin encarecer los precios para el consumidor americano y empobrecerlo en la práctica? ¿Cómo bajará los impuestos y aumentará el gasto (infraestructuras y defensa) sin desequilibrar las cuentas públicas? Seguramente pensará que él mismo puede servir de ejemplo evadiendo impuestos. Claro que eliminará gastos sociales (en salud y en otros rubros), rompiendo todos los resortes de la cohesión social.

La democracia no garantiza el buen gobierno, pero nos permite cambiar al que lo hace mal. Por eso, a la larga, es siempre mejor. ¡Mantengamos la esperanza!

González y Aznar piden la excarcelación de los presos políticos: “Venezuela es una dictadura”

Los expresidentes han pedido la liberación de Leopoldo López, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años.

 El padre de Leopoldo López, junto a José María Aznar, Ana Botella, Albert Rivera, Felipe González, Alberto Ruiz-Gallardón, entre otros. POOL

El padre de Leopoldo López, junto a José María Aznar, Ana Botella, Albert Rivera, Felipe González, Alberto Ruiz-Gallardón, entre otros. POOL

Daniel Ramírez, 16 febrero 2017 / El Español

el español“¡Tengo vaho en la cámara!”, ha chillado un periodista justo antes de empezar. La sala de reuniones del despacho de abogados Cremades & Calvo Sotelo ha absorbido casi un centenar de personas con motivo del homenaje a Leopoldo López, líder de la oposición en Venezuela, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años este sábado. El motivo de los sudores, los empujones y la gente subida a las sillas: la comparecencia conjunta de José María Aznar y Felipe González.

“Antes del discurso del padre de Leopoldo haremos una foto de familia”, ha dicho el organizador del acto. ¿Familia? Entonces, las risas de los dos expresidentes –aunque no cruzadas–, que han posado juntos. “En Venezuela ha desaparecido la democracia. Es una dictadura tiránica y represiva. Maduro pisotea las libertades”, han coincidido.

En un alegato compartido, González y Aznar han cerrado filas en torno a la Organización de Estados Americanos (OEA): “Hay que apoyarles para que pueda aplicarse en Venezuela la Carta Democrática”. Este mecanismo podría culminar con la suspensión del Gobierno de Maduro y la convocatoria de unas nuevas elecciones presidenciales.

El apoyo de Trump

El público, en una mesa hexagonal justo al lado de la improvisada tribuna al fondo de la sala, reunía exministros, exalcaldes y distintas personalidades del mundo del espectáculo: Javier Solana, Alberto Ruiz-Gallardón (abogado de Leopoldo López), Ana Botella, Albert Rivera, Bertín Osborne, Cayetana Álvarez de Toledo… Presentes PP, PSOE y Ciudadanos, faltaba Podemos. Iglesias, un día antes, dijo sobre la participación de González y Aznar: “Echan más leña al fuego”.

El homenaje a Leopoldo López llega justo después de que Donald Trump también pidiera su excarcelación tras mantener una reunión con la esposa del político venezolano, Lilían Tintori.

González: “Todas las pruebas son falsas”

“Todas las pruebas son falsas, forzadas”, ha empezado González en relación a la “instigación a la violencia pública” que refiere Maduro para mantener en la cárcel a López. “En Venezuela ha desaparecido la democracia. Es un país destruido. El parlamento no tiene capacidad de control. No hay reglas”, ha continuado. En un discurso que ha durado alrededor de veinte minutos, ha bromeado sobre el nombramiento del actual vicepresidente de Maduro: “Para conocerle lean cualquier novela de delincuentes”.

Implicado desde hace más de un año con el caso de López, González, que viajó a Venezuela para intentar estar presente en uno de los juicios, ha relatado algunos datos que ilustran la desolación venezolana: “Más de 30.000 personas murieron fruto de la violencia en el último año. Hay más de 100 presos de conciencia”. González ha lamentado que el diálogo que finge Maduro “sólo sirva para humillar a la oposición”. “¡Con presos políticos no hay democracia!”, ha exclamado para terminar.

José María Aznar, pegado a González, ha sido el siguiente en intervenir. El despacho ofrecía banquetas a los redactores, atrapados por una muralla de cámaras. Una fortaleza que casi le cuesta una caída a Ana Botella cuando intentaba atravesarla.

“Venezuela es una dictadura represiva”

“Hoy unimos nuestra voz y la levantamos con fuerza para pedir la liberación de los presos políticos venezolanos”, ha introducido Aznar. “Venezuela es una dictadura represiva. Las libertades son pisoteadas y las personas encarceladas injustamente”.

Aznar, amigo de la familia López, ha insistido en apoyar a Almagro, secretario de la OEA, para garantizar la aplicación de la Carta Democrática. “Tenemos que presionar internacionalmente”. Leopoldo López: “De verdad, gracias”.

El padre de Leopoldo López, del mismo nombre, ha cerrado el acto entre lágrimas. Ha intervenido justo después de proyectarse un vídeo que recorre la trayectoria de su hijo y lo muestra en prisión, clamando por la libertad de Venezuela. “Sé que mi voz no es la que quieren oír, pero hoy representa la de todos los presos políticos venezolanos”, ha expresado.

“Muchas gracias a estos dos expresidentes, grandes dirigentes, y también amigos”, ha dicho con la vista puesta en González y Aznar, a los que ha abrazado repetidas veces. “Los presos políticos están en la cárcel esperando una justicia que saben que no llegará”, ha criticado.

Sobre Maduro, ha aseverado: “Asaltan el erario público, son el mayor veneno de la sociedad moderna, hacen daño al mundo. El pueblo venezolano no disfruta siquiera de los bienes cotidianos”.

El padre del mayor opositor a Maduro, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años este sábado, ha dicho no encontrar palabras en el diccionario para expresar su agradecimiento a España: “De verdad, muchas gracias”. Se ha despedido, otra vez, con lágrimas en los ojos.

Opiniones sobre el acuerdo colombiano. Felipe Gonález y Joaquín Villalobos

El mejor de los acuerdos posibles

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa.

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, 22 junio 2016 / EL PAIS

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa. Siempre ha sido más fácil hacer la guerra que construir la paz.

La guerra es más dolorosa por sus víctimas y sus horrores, más costosa en recursos humanos y materiales, pero más simple. Al final, se trata de destruir al otro, a lo que dé lugar. Quien tiene más capacidad de hacerlo, puede terminar ganando.

Hacer la paz, crear una cultura de paz, ampliar la democracia para que quepan todos los que estén dispuestos a renunciar a la violencia, recuperar a los desplazados, reconocer y compensar a las víctimas y trabajar, gobernar, para todos, con un desarrollo incluyente, es una tarea más compleja, más difícil, pero mucho más satisfactoria.

Eso es lo que toca ahora, en esta nueva etapa de la historia de Colombia. Y hay que hacerlo con todos los poderes del Estado, con sus instituciones y con todos los ciudadanos que quieren la paz, la libertad y el bienestar de Colombia.

¡La paz es de los colombianos y para los colombianos! ¡La paz es de todos y para todos! La paz que quiere toda América Latina. La paz que alegra al mundo, atenazado por guerras y conflictos en Oriente Medio, en África… ¡Por fin una buena noticia! ¡Por fin se acaba el conflicto más antiguo de América Latina!

Desde Belisario Betancur hasta Juan Manuel Santos, todos los presidentes, sin excepción, lo han intentado con determinación, con buena fe, interpretando el deseo de la inmensa mayoría de los colombianos. A todos hay que agradecer sus esfuerzos, su contribución.
Ahora está en las manos de los protagonistas de verdad: ¡los ciudadanos de este gran país que es Colombia!

No hay, no puede haber, acuerdos “perfectos” porque no serían acuerdos. Los hay posibles e imposibles. Y este es posible, el mejor de los posibles, aunque cada uno tenga derecho a pensar en que lo hubiera hecho mejor.

Por eso, esta es la hora de la unidad por la paz, por el fin del horror. Para resarcir a las víctimas, a los desplazados, para volver a convivir, para reconciliar a todos los hombres y mujeres de buena fe.

He sido testigo comprometido de todos los esfuerzos para acabar el conflicto, dispuesto siempre a servir, en lo que pudiera, a los presidentes que me lo pidieron. Lo hice como presidente del Gobierno de España y como ciudadano, durante 35 años. Y, ahora, llego a sentirme como un colombiano más, desde ese regalo de nacionalidad compartida del que disfruto.
He participado de las dudas y angustias de todo el proceso. He comprendido la desconfianza de tantos colombianos, tan grande como su deseo de paz.

Quiero agradecer a todos los presidentes de Colombia que me hayan tratado como amigo y me hayan permitido aportar un esfuerzo modesto por la paz. Pero, sobre todo, siento gratitud por los colombianos que me trataron siempre con cariño y respeto. Era lo mismo que sentía y siento por ese pueblo magnífico y próximo.

¡¡¡Felicidades Colombia!!!

El acuerdo de los acuerdos.

El mito de que no era posible la paz en Colombia ha muerto.

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos, 22 junio 2016 / EL PAIS

Medio siglo de conflicto, varios intentos de negociaciones fallidas, dos años de conversaciones secretas y cuatro de negociaciones públicas son el camino recorrido que ha llevado a la guerrilla de las FARC a firmar el acuerdo de cese de fuego y dejación de las armas en La Habana. Las exploraciones confidenciales comenzaron a inicios del año 2010, durante la administración del presidente Álvaro Uribe, ahora el principal opositor al proceso. Esos contactos fueron retomados por el presidente Juan Manuel Santos y, a finales de ese año, se iniciaron conversaciones secretas, se acordó una agenda que incluyó el desarme y se designó a La Habana como sede de las negociaciones. En estos años la opinión pública colombiana se ha mantenido dividida entre los que creían y los que no creían que el desarme de la guerrilla sería posible. Con este acuerdo, las FARC han puesto sus armas sobre la mesa con fecha para dejarlas, por lo tanto el mito de que esto no era posible ha muerto.

Se habla mucho de las garantías y mecanismos para que los acuerdos se cumplan, pero la realidad es el principal garante. Después de muchas décadas de violencia recurrente, está en el propio interés del Estado colombiano tener presencia y llevar el desarrollo a la Colombia rural, profunda y salvaje. Igualmente, después de medio siglo de lucha armada está en el propio interés de las FARC dejar las armas y pasar a la lucha política. En esencia, el acuerdo de paz es el cruce histórico de estos dos intereses. En medio de esto tendrán que atenderse los daños dejados por el conflicto en cuanto a reinserción, justicia, víctimas y narcotráfico.

Progresar jamás implica que las dificultades terminan, progreso es cambiar unos problemas por otros que nacen como producto de que los anteriores fueron resueltos. El gran reto del posconflicto será pacificar en lugares donde la insurgencia, el paramilitarismo y la criminalidad se convirtieron, por la ausencia del Estado, en profesiones bien reconocidas, respetadas y remuneradas. Terminado el conflicto comienza la tarea de reducir la profunda asimetría entre la Colombia sofisticada y la Colombia salvaje. Con el acuerdo de paz otro país está en marcha, pero los retos para que siga avanzando son enormes. Lo que viene sin duda no será fácil, pero será menos peor que los 225.000 muertos y los seis millones de desplazados.

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También existen opiniones críticas, como esta que publicó el ex presidente colombiano Andrés Pastrana en redes sociales