Carolina Avalos

Jóvenes ahora y siempre. De Carolina Ávalos

Si queremos avanzar como sociedad, tenemos que romper las cadenas que nos atan al pasado.

Carolina Ávalos, 14 marzo 2017 / EDH

En los años 80, mi generación no tuvo acceso a una vía política civilizada. Muchos de nosotros, los jóvenes de entonces, enfrentamos frustraciones y vivimos angustias, en un contexto en donde no teníamos una opción democrática para participar en los cambios sociales y hacer que nuestra voz se escuchara. Fue un tiempo en el que se truncaron los sueños de muchos jóvenes: por la muerte; por la emigración a otras tierras; o, simplemente, porque se quedaron haciendo lo mejor que pudieron, dadas las circunstancias de guerra e inicios de la posguerra. Sí, hay que reconocer que fuimos una generación taciturna contra todo nuestro deseo.

Treinta años después, no queremos repetir la historia. Los jóvenes de hoy no tienen por qué renunciar a ser jóvenes, ni abandonar el deseo de impulsar cambios. Además, no podemos ignorar las dinámicas de la globalización y los cambios que esto conlleva en nuestras sociedades. Me refiero a los avances en campos tan variados como la tecnología y las comunicaciones, pero, sobre todo, en nuevas posibilidades de transformación hacia sociedades más modernas, democráticas y sostenibles.

Por eso me parece incomprensible que en el siglo XXI la juventud salvadoreña choque contra una muralla impenetrable cuando es propositiva. Al parecer, sólo hay cabida en las instituciones políticas para los jóvenes que son agentes de transmisión de la línea tradicional y establecida. Esto, claramente, va en contra de la naturaleza misma de lo que significa ser joven, como sujeto apasionado y transformador de la realidad.

La juventud es la levadura que puede contribuir a las transformaciones necesarias en los partidos políticos existentes, e incluso en el mismo sistema político. Apostarle a espacios e instituciones políticas en donde no se exija la obediencia, sino la participación dinámica de nuestros jóvenes, sería un punto de quiebre. Más ahora que  estamos en un momento decisivo en la política nacional: la ciudadanía y los jóvenes, en particular, buscan un tipo de representación política que les haga valer sus ideales, que les canalicen y den respuestas a sus preocupaciones, y que les brinden espacios para participar activamente en el debate nacional y en el planteamiento de propuestas para generar cambios positivos en la sociedad.

Estoy convencida que es un momento decisivo en nuestra vida política. Las diferentes generaciones tenemos que trabajar juntas y dar un giro en la manera de hacer política en nuestro país. No podemos seguir comprometiendo el futuro de nuestros jóvenes y de toda una sociedad. Más aún, cuando vivimos en un contexto social complicado, en donde los jóvenes son las principales víctimas de la violencia social, donde las oportunidades educativas son limitadas, desiguales y de mala calidad. En El Salvador, la matriculación de la educación media (tasa neta) roza el 38 % y la terciaria (tasa bruta) el 30 %, muy por debajo de los promedios de América Latina.

Hay muchos jóvenes que ni estudian ni trabajan (uno de cada cuatro), y que no cuentan con las herramientas necesarias (cualificación, educación, etc.) para poder insertarse en el mercado laboral en condiciones favorables, por lo que siguen engrosando el gran sector informal, todo esto limitando seriamente las posibilidades de movilización laboral y social.

Como sociedad tenemos que abrirle el paso de los jóvenes al conocimiento, al acceso a tecnologías, a la participación política, a las oportunidades de realizarse en su vida laboral, familiar y comunitaria. No podemos seguir truncando las vidas de más jóvenes, con nuestras viejas historias de un mundo mejor antes de la guerra e imponiendo nuestras visiones de manera egoísta: tenemos que conciliar y transitar entre generaciones. O le abrimos el paso a la juventud, o el paso se abrirá a pura presión, como ocurrió con el volcán de San Salvador al hacer erupción en 1917: la presión fue de tal magnitud que la lava buscó salidas alternas.

Los jóvenes tienen el potencial de transformar la sociedad y de exigir, reformar y construir las vías democráticas para ello. Tengo la convicción que apoyaremos en este camino a los jóvenes, hijos nuestros, y futuros padres y madres de nuestros nietos, sobre todo porque es nuestro anhelo que se conviertan en ciudadanos de pleno derecho.

@cavalosb

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No renunciemos al futuro. De Carolina Ávalos

carolina avalosCarolina Ávalos, 14 febrero 2017 / EDH

Cesó la guerra infernal y fratricida. Sí, aquella que muchos no comprendimos del todo. La guerra contra las injusticias sociales, para rescatar de la miseria a cientos de miles de salvadoreños… pero a la vez aquella que por su misma fuerza y crueldad nos enterró, nos atemorizó y nos expulsó de nuestras tierras.

Desbordados con las expectativas de desarrollo en un país que había logrado la “paz”, un cuarto de siglo después los ciudadanos nos hemos desencantando del rumbo que ha tomado El Salvador. Los dos principales partidos políticos son producto, precisamente, de un país arrasado por la guerra, y pareciera que han llevado a cabo sus políticas inspiradas en una interpretación al revés de la famosa cita de Clausewitz: en El Salvador, la política ha sido, y sigue siendo, “la continuación de la guerra por otros medios”. Pero las instituciones del Estado no son para el arrendamiento de los partidos políticos; no “se alquilan” para los combates y beneficios partidarios.

diario hoyRecientes acontecimientos políticos y sociales nos permiten prever que esta corrupción de la política está en un punto de inflexión. Un ejemplo de ello han sido las respuestas de preocupación y rechazo total, por parte de la sociedad civil organizada y la población en general, a los ataques sistemáticos realizados por algunos políticos del Ejecutivo y el Legislativo contra la Sala de lo Constitucional (entre 2012 a 2016), que han llevado a una encrucijada entre la democracia y el oscurantismo. Pero no basta con las manifestaciones de rechazo, es necesario incrementar el poder de incidencia ciudadana directamente en los temas claves del país y que la voz de la ciudadanía sea decisiva en la conducción de la cosa pública.

La firma de la paz es un capítulo de nuestra historia reciente que se conmemoró y celebró con fervor. Inclusive en el discurso presidencial se les ofrece un par de líneas a todos aquellos que murieron durante la guerra: “permanece con nosotros el ejemplo y sacrificio de grandes salvadoreños y salvadoreñas que dieron su vida por un mejor futuro para El Salvador”. Más de 50 mil de ellos eran civiles —ni militares ni guerrilleros—, y no pidieron sacrificarse. Al contrario, se les arrebató la vida. Fueron víctimas de la guerra a quienes no se les ha hecho justicia.

Veinticinco años después, estamos viendo con terror y angustia cómo la cifra de asesinatos ha llegado a superar las cifras de víctimas civiles durante la guerra, y cómo las víctimas en esta etapa de “guerra social” son también olvidadas. Este terror, al igual que durante la guerra, está empujando a muchos a buscar su propio camino hacia el exilio, para que las balas no les alcancen a sus hijos, a sus madres, a su familia…

Todos los días vemos una o más noticias de asesinatos, en donde nuestros jóvenes son los protagonistas, sin reparar que estamos perdiendo a nuestro más valioso tesoro. Sí, todos somos responsables de ello, pero principalmente lo es el Estado, ya sea por negligencia e ignorancia, por ineficacia o ineficiencia, por las políticas erróneas o la omisión de ellas, por la prepotencia y la ceguera de muchos funcionarios al ostentar el poder y por la falta de entendimiento de la democracia.

Estoy convencida que podemos cambiar el rumbo de nuestro país, y me uno al llamado que muchos ciudadanos y columnistas hacen a los legisladores para que consideren las reformas legales necesarias para elecciones transparentes, y a la ciudadanía para la participación activa y protagónica en la vida política a través del voto, pero, sobre todo, a través de la participación organizada en proyectos ciudadanos que buscan incidir en la paz y en el desarrollo de toda la sociedad. Al final, el futuro de El Salvador está en las manos de los salvadoreños. No renunciemos a él.

@cavalosb

La Sociedad de los Dictadores Muertos. De Carolina Ávalos

, 6 diciembre 2016 / EDH

Durante el siglo XX y comienzos del XXI, América Latina no ha estado ajena de los regímenes políticos liderados por dictadores, aquellas personas ‘que se arrogan o reciben los poderes políticos y, apoyadas en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica’, y que han reprimido los derechos humanos y las libertades individuales.

“La educación nos hace libres” es una frase repetida por muchos pero es, quizás, algo inexacta. Al decir que Cuba tiene los mejores indicadores de educación, podríamos estar de acuerdo todos, pero ¿es ésta una “educación liberadora” (Frei)? ¿Aquella que comienza con liberar nuestra propia conciencia hacia una auténtica búsqueda de la libertad, y que nos ayuda a transformar la sociedad, para que en ella prime el bien común? La educación en este régimen dictatorial, después de medio siglo, ¿ha hecho libre a Cuba? Eso le corresponde a la sociedad cubana responder, y es ella la que debe reflexionar sobre la sociedad que anhelan.

diario hoyLa ‘revolución ha devuelto la dignidad al pueblo’, dicen algunos, pero más bien muchas veces se intenta inmolar la libertad en aras de una supuesta dignidad. Si nos obligaran a elegir entre ambas, siempre lo haría por la libertad, porque dignidad sin libertad tiene otro nombre: sumisión (humillación al ser humano). El pueblo cubano abrió paso a una revolución con la esperanza de superar este flagelo, pero después de medio siglo sigue sumergido en la pobreza y la coerción de las libertades.

A los salvadoreños nos corresponde, desde nuestra posición en la sociedad, velar para que sean garantizados los derechos plasmados en la constitución de la República, pero sin olvidarnos que también tenemos deberes y responsabilidades como ciudadanos. Así, involucrarnos en la educación y la formación (de los valores humanos y sociales) de nuestros hijos, es construir y transformar nuestra sociedad. Pero una sociedad que le dé importancia a la ‘educación para la libertad’ y no al fiasco de una “seudo-dignidad” contra la libertad, basada en adoctrinar desde la infancia, y, en colocar a los ‘ciudadanos’ como piezas de un orden impuesto y no como protagonistas de su historia vital. Se vuelve un imperativo que la educación se brinde en función de la libertad, en donde cada individuo desde su nacimiento pueda realizarse como ciudadano pleno y contribuir así a la consolidación de la democracia y el Estado de Derecho, de un El Salvador en donde se garanticen los derechos humanos y las libertades individuales.

En libertad para la libertad, y no para una sociedad sin partidos políticos, sin instituciones independientes, sin elecciones libres que son los modelos basados en la represión, la falta de libertades individuales y la violación sistemática de los derechos humanos. Sociedades perforadas, en donde sus regímenes drenan lo que les incomoda para asegurar y perpetuar su poder, liderados por hombres carismáticos, que cada vez más van integrando la “Sociedad de los Dictadores Muertos”, antípoda de la Sociedad de los Poetas Muertos. A diferencia de esta última, en la que predomina el pensamiento crítico, la creatividad y el romper esquemas como esencia para la poesía (el alma liberadora), la Sociedad de los Dictadores Muertos es aquella en donde a mi parecer domina una ‘falsa’ utopía.

Más aún, ahora que la historia de la humanidad está en un punto de inflexión, como país no podemos quedarnos al margen de las transformaciones globales —la cuarta revolución industrial—, en donde la educación juega el papel central. Esto nos impone desafíos trascendentales. El primero de ellos es lograr un sistema educativo que transforme radicalmente las capacidades humanas, necesariamente basado en las libertades, y cuyo objetivo último sea la construcción sin distracciones de una democracia plena.

@cavalosb

Historia de dos ciudades. De Carolina Ávalos

, 22 noviembre 2016 / EDH

De todos es conocida la famosa obra de Dickens  “Historia de dos ciudades”, sobre París y Londres durante el siglo XVIII. La primera representa la situación de conflicto y cambios sociales y, la otra, el orden y la paz, es decir: los ‘peores tiempos’ y los ‘mejores tiempos’.

diario hoyEn nuestro caso, cuando firmamos la paz tuvimos la expectativa de mejores tiempos, pero 25 años después la mayoría podría percibir que estamos en el peor de los tiempos, ante una crisis compleja y con falta de perspectivas hacia el futuro… Pero yo creo que también estamos en el mejor de los tiempos, porque la ciudadanía está ejerciendo cada vez más su rol protagónico en función de la transformación de la sociedad, con una mayor exigencia de honestidad, transparencia y eficacia.

San Salvador ha sido catalogado por Los Angeles Times como ‘la capital de los homicidios del mundo’ y por Huffington Post como ‘el país más violento del mundo en tiempos de paz’. Admitámoslo, esto no es nada alentador. Hablamos mucho de la paz pero no la hemos vivido. Un ejemplo de ello es la desesperación diaria de la mayoría de los ciudadanos ante esta tan ‘real percepción’; es lógico que muchos buscan salidas en la migración o en una resignación malsana.

Lo cierto es que las políticas públicas para mejorar las condiciones de seguridad y desarrollo no han sido eficaces. Al contrario, el Gobierno trabaja bajo el enfoque del ‘Némesis’ (la destrucción del enemigo) que, inspiradas en cierta desesperación y ánimo de venganza, generan más duda y confusión que tranquilidad y seguridad; esta política puede, incluso, generar mayor violencia.

¿Qué es lo que hace falta en la formulación de las políticas públicas? Las transformaciones sociales surgen desde los territorios y se hacen sostenibles en ellos, y por tanto, uno de los grandes ausentes en la formulación de políticas coherentes e integrales han sido los gobiernos locales y las comunidades.

Este año participé como parte del comité de selección del Mayors Challenge (el Reto de los Alcaldes) de América Latina y el Caribe, promovido por Bloomberg Philantropies, y que en años anteriores se realizó en Europa y Estados Unidos. Con ideas muy audaces —visionarias, innovadoras y sostenibles— participaron 290 ciudades de 19 países de la región para resolver problemas complejos de las urbes modernas. Comparto esta experiencia porque quiero destacar el potencial que tienen las ciudades para enfrentar problemas complejos y convertirlos en oportunidades de desarrollo sostenibles.

Las principales ciudades en nuestro país no están alejadas de los problemas que las grandes urbes enfrentan ni de los efectos de la transición demográfica, entre ellos: el subempleo; la inseguridad; la migración interna; el bono demográfico (relación económica entre la población productiva y la inactiva); la urbanización acelerada y la proliferación de asentamientos humanos irregulares (precarios), lo que contribuye al aumento del riesgo ambiental.

Asimismo, hemos avanzado en un marco normativo que considera el desarrollo y ordenamiento territorial, un fondo para el desarrollo económico y social (Fodes), y la instalación reciente de los Concejos Municipales Plurales, instrumentos importantes para avanzar en la gobernabilidad y la transparencia, pero que se encuentran aún lejos de alcanzar todo su potencial.

La aprobación de legislación adecuada y la creación de nuevos instrumentos son importantes, aunque no son por sí mismos la solución definitiva. Es preciso y urgente revisar estos mecanismos, dotándolos de recursos financieros dignos, y adecuarlos a los desafíos actuales de un mundo globalizado, el cambio climático y las exigencias mismas de los ciudadanos para realizarse plenamente, a través de un empleo digno y de la participación democrática en los asuntos municipales.

Enfocarse en crear ciudades sostenibles es la vía ineludible que debemos tomar si no queremos que en El Salvador el “peor de los tiempos” se instale definitivamente.

@cavalosb

La crisis de El Salvador: reflexionemos juntos. De Carolina Ávalos

carolina avalosCarolina Ávalos, 8 noviembre 2016 / EDH

A más de dos mil 400 metros de altura desde Machu Picchu, la “Montaña Vieja” en el santuario histórico y patrimonio de la humanidad, hago una reflexión para mi querido país.

Machu Picchu es una de las nuevas maravillas del mundo moderno. Construido antes del siglo XV, es una ciudad majestuosa, que devela la impresionante organización de la sociedad Inca y su sorprendente conocimiento de arquitectura e ingeniería. En Machu Picchu, además, pueden sentirse los más de seis siglos de historia humana que ha logrado rozarla. Es un lugar que llena de mucha tranquilidad y que ayuda a meditar sobre los temas tan complejos que nos envuelven diariamente en nuestras sociedades hoy en día.

diario hoy¿Qué lección aprendí aquí? Que al final somos nosotros mismos, los seres humanos, los que le damos forma a la sociedad que queremos y erigimos. Es en la búsqueda de ese legado que diseñamos cómo también debemos y podemos transformarla.

La sociedad salvadoreña enfrenta problemas tan complejos que pareciera que pasará más de medio siglo para ver un cambio sustancial hacia su modernidad y democracia plena. Las decisiones políticas y de los gobernantes se tienen que dar bajo criterios de un conocimiento íntegro de la realidad, del buen manejo de los recursos disponibles en nuestra sociedad (naturales, culturales, sociales, financieros, físicos) y bajo los principios democráticos.

La situación actual de El Salvador en todos los ámbitos del desarrollo se explica en gran parte por el manejo inapropiado y poco eficaz de la cosa pública. Por otra parte, contamos con un sector privado que funciona en un entorno con muchas deficiencias, a saber: inseguridad jurídica; baja competitividad; y en un mercado de trabajo muy fragmentado, con un alto nivel de informalidad. Además, en el país contamos con una sociedad civil todavía débil, pero cada vez más organizada, activa y participativa. A pesar de su limitada organización, es evidente que la ciudadanía salvadoreña demanda mayor transparencia, y se ha vuelto intolerante ante la corrupción y la impunidad.

¿Qué decisiones deberían adoptar nuestros gobernantes para llevar El Salvador hacia el futuro?

En primer lugar, nuestros gobernantes deben apostar, de verdad, por nuestro recurso más importante: nuestros ciudadanos, que siguen en una parte considerable, olvidados, enfrentándose a la alternativa de la mera subsistencia y la migración. Mientras carezcamos de servicios públicos de una mínima calidad la política oficial hacia ese sector  será “pura paja”.

En segundo lugar, nuestros gobernantes deben implementar políticas realistas y eficaces de desarrollo económico, que generen puestos de trabajo digno y riqueza nacional. ¿De qué sirve “soñar” con plataformas logísticas regionales o con desarrollos turísticos, si nuestros gobiernos no han logrado hasta hoy poner las bases y generar los acuerdos para convertirlas en realidad?

Tercero, nuestros gobernantes deben superar definitivamente la mentalidad de confrontación, heredada de la guerra, y que sigue tan presente en nuestra vida política, mediática y social. Creo que no es exagerado decir, y lo digo con tristeza, que el principal enemigo para el desarrollo de El Salvador en todos los ámbitos, en los últimos 25 años, hemos sido nosotros mismos.

Nos acercamos al XXV aniversario de los Acuerdos de Paz  en medio de una crisis política sin precedentes desde 1992. La ciudadanía exige cambios importantes en nuestra vida política, y los exige ya. Hay dirigentes y representantes de la sociedad que podrían ser parte de la solución de esta crisis, otros, por desgracia para los ciudadanos y vergüenza para ellos, seguirán siendo parte del problema.

@cavalosb

Educación: un salto hacia el desarrollo. De Carolina Ávalos

carolina avalosCarolina Ávalos, 25 octubre 2016 / EDH

La Libertad es un derecho inherente a todo ser humano. La mayoría que creemos en la democracia como forma de sociedad estamos de acuerdo con esta idea. Y así como reconocemos que la educación nos hace libres, así es el rol de ésta en la democracia. Mi artículo de hace un mes señaló cómo la falta de prioridad máxima en la educación por parte del Estado pone en juego el futuro de El Salvador, algo que no me cansaré de reiterar.

diario hoyEn estas últimas semanas, la preocupación por la educación en nuestro país es resaltada nuevamente por un estudio de la Fundación para la Educación Superior y por el Quinto Informe Estado de la Región. El primero plantea “¿Qué es una buena escuela?” y propone un índice en cuanto a la calidad escolar, que comprende varias dimensiones y componentes, entre ellos: desempeño institucional; desempeño de los estudiantes; recursos para el aprendizaje; ambiente escolar; y el entorno. El informe, por otro lado, plantea el dilema estratégico de la educación como tema central para el desarrollo en Centroamérica.

Estos estudios resaltan la importancia del aumento de la cobertura educativa (preescolar y media) y la apuesta a la mejora sustancial en la calidad del sistema educativo, y se suman a otros, incluyendo el lanzamiento de la propuesta de Política Educativa: Educación, Generando Oportunidades. Para hacer realidad estos hallazgos el presupuesto público destinado a la educación tendría que aumentarse sostenidamente, hasta lograr los niveles adecuados para el desarrollo de las capacidades de todas los ciudadanos. Algunos estudios hablan de llegar a niveles del 6 al 7 por ciento del PIB (3.4 por ciento en presupuesto 2017), muy similares al de los países más desarrollados que cuentan con sistemas educativos de alta calidad.

También hay que hablar del uso eficiente de los recursos y de la eficacia de este gasto en educación —que deberíamos considerar una inversión— en la mejora de la calidad del sistema y de su impacto en la sociedad.  Como ejemplo, del presupuesto de 2017 (según el proyecto presentado a la Asamblea) se ha destinado al paquete escolar $78.5 millones, y al Vaso de Leche, $7.2 millones, representando entre ambos el 9 por ciento de la asignación total en Educación. Es preciso tomar en cuenta que a estos programas no se les ha comprobado un impacto directo en “la mejora progresiva de la calidad educativa”, según se establece en el presupuesto. Y así existen muchos programas cuya pertinencia   amerita analizar, de tal manera que nos permita orientar los recursos hacia aquellas medidas de política con impacto directo en la mejora sustancial de la calidad de vida de los ciudadanos.

Por otro lado, en este año se destinó para la primera infancia —educación inicial y parvularia— cerca del 7.5 por ciento de la asignación total de Educación. Si consideramos las coberturas de educación inicial (1.8 por ciento) y de parvularia (67 por ciento), estamos hablando de más de 300 mil niños entre 0-6 años fuera del sistema. Las razones por la  inasistencia pueden ser diversas, pero mientras la sociedad no tome esta negligencia en serio, todos nos volvemos cómplices de que cada uno de estos niños (Juancito, María, Isabel) se les trate como “ciudadanos” inferiores y que entren desde que nacen en el círculo perverso de la desigualdad, la pobreza y la exclusión y con la posibilidad de arrastrar estas inequidades el resto de sus vidas.

La máxima responsabilidad es de los políticos y responsables de la conducción del Estado. Pero los ciudadanos no podemos conformarnos y ser espectadores pasivos de esta violación sistemática de los derechos de las personas cuando el Estado no les garantiza el ejercicio pleno de éstos a la educación, la salud, la seguridad alimentaria, la vivienda digna y, en suma, a la libertad. Reflexionemos y tomemos las decisiones correctas y oportunamente: demos ese salto al desarrollo.

@cavalosb

La trampa. De Carolina Ávalos

carolina avalosCarolina Ávalos, 11 octubre 2016 / EDH

Al observar cómo un hámster comienza a correr para hacer girar la rueda, vemos que llega al punto en que continúa corriendo porque la rueda está girando. En El Salvador tenemos 25 años de gobiernos que se han turnado en correr y hacer girar la rueda. A veces me da la sensación que hemos caído en la trampa del hámster: decisiones mediocres con resultados mediocres que, como al animalito enjaulado, apenas nos hacen avanzar.

diario hoy¿Cómo podemos superar este correteo sin fin? No todas las decisiones han sido malas, por supuesto, sino seguiríamos en la guerra o con la mitad de la población en situación de pobreza. Pero parece que, ante la crisis fiscal, la rueda sigue girando. Con mucha preocupación, le he dado seguimiento al tema fiscal, a su discusión y a las propuestas para salir de la inminente crisis que el país enfrentará a la vuelta de la esquina.

Mi primera observación es que hay capacidad nacional para proponer, ya que contamos con fundaciones y profesionales que han elaborado propuestas muy precisas de corto y más largo plazo para responder a la crisis. El mismo Fondo Monetario Internacional ha hecho una evaluación que indica que para afrontar la creciente deuda pública, encauzar la sostenibilidad fiscal y financiar la estrategia de seguridad ciudadana se requiere, al inicio, la consolidación fiscal, tomar medidas drásticas del lado del ingreso y del gasto y, en un mediano plazo, establecer un sólido marco fiscal.

Creo que todos estamos de acuerdo con esto. Pero les pregunto a todos: ¿Para qué? ¿Qué queremos como sociedad? Al final de cuentas, la política fiscal es una rama de la política económica, y sus principales instrumentos —el gasto público y los impuestos— están a nuestra disposición para influir en el desarrollo económico y social del país. Por lo tanto, tenemos que tener claro cuál es el camino que queremos tomar. La discusión se ha enfrascado en lo que tenemos que hacer para superar la crisis, pero no en acordar una visión común que nos permita seguir un camino racional y que ponga el interés de nuestros ciudadanos por encima de los intereses partidarios y electoreros.

Un ejemplo —tan claro como el agua del Caribe, no del río Acelhuate—, es la inversión en infraestructura en nuestro país. ¿Cuál debería ser la infraestructura de prioridad máxima? Sin duda alguna: vivienda digna, agua potable y saneamiento, electricidad, escuelas, unidades de salud, caminos rurales y obras de mitigación. Pero cuando uno observa los millones que se han destinado en redondeles en la ciudad de San Salvador y en el próximo baipás de San Miguel, o la campaña de Fomilenio para aumentar 27 centavos al impuesto del Fovial para el mantenimiento de calles, me da vergüenza. Es una cuestión de tener las prioridades correctas.

Invertir en la gente debería ser nuestra máxima prioridad, hasta que no entendamos esto y lo llevemos a una escala adecuada en el país, no contaremos con un capital humano pleno y productivo, tal como lo reiteró el Presidente del Banco Mundial recientemente. La población saludable y educada es el fundamento social para nuestra democracia.

No deseo que en nuestro país se siga arrastrando la pobreza de un tercio de la población y que los gobiernos se vanaglorien por administrarla “eficazmente”. Requerimos de ciudadanos educados y con oportunidades de empleo. En un país con crecimiento se generaría el desarrollo sostenible tan anhelado.

Estoy convencida de que para dar un salto al desarrollo no basta con buscar acuerdos de cómo tratar el tema fiscal, sino para qué fin lo hacemos. Yo no quiero que vivamos 25 años más de inercia política y anclados al pasado —con los mismos actores y los mismos argumentos—. Para iniciar tenemos que poner en la mesa de negociación a nuestra gente como sujetos de desarrollo, restaurar la confianza, establecer y respetar el balance de poderes y el Estado de Derecho. Salgamos de una vez de la “trampa del hámster” y avancemos hacia un mejor El Salvador para todos, con una visión compartida.

@cavalosb