Ortega

Lo bueno, lo malo y lo feo del primer día de negociación. De Fabián Medina

En la negociación, Daniel Ortega busca tiempo, legitimidad, impunidad y dinero. Del otro lado, básicamente todo lo contrario.

28 febrero 2019 / LA PRENSA

Día de negociación

Camino a mi trabajo, paso por Metrocentro y la gasolinera en la que antes, a veces, me detenía para comprar algún café, está cercada por una cinta amarilla. La cerraron. Se la quitaron a su dueño. Es día de negociación y no está el canal 100 por ciento Noticias trasmitiendo lo que ocurre. Ahí estaría Lucía Pineda, posiblemente en el terreno, micrófono en mano, y tal vez Miguel Mora, desde el estudio haciendo un análisis con un panel. Pero no están. Su canal está tomado. Mientras Nicaragua está pendiente de lo que suceda este día en que se juega su suerte, el canal desde el que transmitía 100 por ciento Noticias, pasa un documental extranjero sobre implantes molares. Miguel y Lucia esta presos. Aislados.

Don Alex

Una de las primeras imágenes del día es la de don Alex Vanegas, el maratonista azul y blanco. Incansable. Asoma su cara por una ventanilla del microbús que lo llega a entregar a su casa. Don Alex no para. Agita una calzoneta azul y blanco. Brinca y reclama. “Yo estaba en “Jelepate City”, dice burlesco y se quita la camisa para mostrar su espalda picoteada por los bichos de la cárcel. Los guardias que lo custodian no hallan qué hacer con él. Quieren que se calle, que entre a la casa y se esconda de los periodistas. Pero don Alex es indomable. “No sean cara de barro”, reclama. “Dicen que estoy libre pero no me dejan”. Cuánta admiración y respeto despierta este señor que encarna lo mejor del espíritu nicaragüense.

Mesa redonda

Mientras eso pasa, en el INCAE arrancan las negociaciones. Las primeras fotografías llaman la atención por dos cosas, principalmente: uno, la ausencia total de mujeres en la mesa redonda, y dos, que la composición de la delegación gubernamental parece decir “estamos aquí para no ir a ningún lado”. Daniel Ortega se tomó todo su tiempo. Esperó que el agua le llegara al cuello para sentarse a negociar y su apuesta es simular que negocia sin soltar nada. Pone negociadores sin capacidad de negociar. Quiere ganar tiempo mientras se calman las amenazas que lo acechan y lo acorralan.

Secuestro

Más que una negociación política parece la negociación de un secuestro. Es como si alguien de afuera pide desde un megáfono que libere a algunos de los rehenes en un gesto de buena voluntad para que puedan negociar. Libera cien. Pero se deja 600. No quiere soltar sus fichas de un solo. Arrinconado piensa que si cede, se juega la vida o su libertad. Y está dispuesto a escapar así, con la pistola en la sien de sus rehenes, y, si se puede, llevándose el botín robado.

Castillo de naipes

En las redes sociales, los simpatizantes del régimen lucen desconcertados. Están los que ven esta negociación como una victoria de su comandante, otros que no lo entienden, siempre les dijeron que los presos eran los peores terroristas de mundo y lo están liberando. Unos más piden que confíen en sus dirigentes, que ellos saben lo que hacen, que como siempre “esperen las orientaciones”. Y, por supuesto, están los que temen que esto pueda ser el principio del fin, y que a la hora que el castillo de naipes se venga abajo nadie esté para darles la protección prometida.

Fichas de negociación

Lo presos siguen llegando a sus casas. Prefirieron ir a dejarlos casa por casa para evitar la celebración de todos juntos. No son libres, les aclaran. Ortega no quiere soltar la cuerda. Entre los liberados, sin embargo, faltan Miguel, Lucía, Edwin, Medardo, Pedro, Irlanda, Amaya y 600 más. Personas, la mayoría muchachos e incluso niños, que solo buscaban una mejor Nicaragua para todos y están ahí, presos, algunos en mazmorras inhumanas, porque el dictador necesitaba fichas para canjear cuando llegara el momento de una negociación.

Expectativas

En la redacción de LA PRENSA hay agitación. Una colega me pregunta qué pienso de esta negociación. Lamentablemente, le digo, no pongo muchas esperanzas. Ortega busca tiempo, legitimidad, impunidad y dinero. Del otro lado el gran propósito madre debería ser elecciones libres y anticipadas que permitan reconstruir Nicaragua, con justicia y libertad, o que Ortega demuestre en ellas que la mayoría de los ciudadanos quiere una dictadura como la suya. Los dos propósitos, por ahora, lucen irreconciliables. Pero la historia nos dice que, en asuntos de negociaciones, una vez que comienzan pueden terminar con la triste gloria de un cachinflín o convertirse en la explosión nuclear que lo cambie todo. Démosle el voto de confianza y estemos atentos.

La flor de pino. De Mario González

“Si al pasar por Sacaclí te preguntaran por mí, les dirás que me fui lejos, pero un día volveré porque no me hallo sin ti”, llora La Flor de Pino, uno de mis corridos favoritos de tiempos de la Revolución nicaragüense, del maestro Carlos Mejía Godoy.

30 julio 2018 / El Diario de Hoy

Por momentos me parece haber vuelto a julio de 1979 y saber de los últimos combates entre los guerrilleros sandinistas y los guardias nacionales de Anastasio Somoza, el último de una dinastía de dictadores que sometió a Nicaragua con mano dura por 50 años.

Sin embargo, ahora la dictadura dinástica la dirige Daniel Ortega, quien comandaba en aquel entonces la guerrilla sandinista y que ha sofocado a sangre y fuego todo foco de sublevación entre la población, de la misma manera que lo hicieron Somoza y sus antecesores.

Esto significa que desgraciadamente nuestros hermanos nicaragüenses derrocaron una dictadura entonces para tener ahora otra dictadura -casi una monarquía con rey y reina– que hace iguales o peores cosas con las fuerzas policiales y escuadroneras a su servicio. Hasta el maestro Mejía Godoy, que componía corridos e himnos al Frente Sandinista, ahora llora por los masacrados junto a sus madres e increpa a los orteguistas por tanta barbarie.

Lo más vergonzoso es que gobiernos como el salvadoreño apoyen ese régimen, un proceder con el cual no me siento representado, al igual que la mayor parte de la población que se identifica con la democracia y la tolerancia.

Las decenas de miles de muertos en las guerras de Nicaragua y El Salvador deben de estar retorciéndose en sus sepulturas de saber que su sacrificio fue en vano, pues terminaron entronizándose regímenes que procuran el totalitarismo y la imposición o, como el venezolano, llevan a su gente al punto de literalmente comer basura o a huir hacia Colombia.

Lo más triste es que en casos como el Venezuela o Nicaragua no hay gobiernos ni organismos que dicen velar por los derechos humanos que protesten con la misma energía que lo hicieron contra otras dictaduras militares del siglo XX. Un punto importante: tanto la nicaragüense como la venezolana son dictaduras militares actualmente, lo que tanto repudiaban en el pasado.

Lo que más sorprende es la hipocresía de los funcionarios y troles del oficialismo rasgándose las vestiduras y echando espumarajos, con los ojos desorbitados como la niña de El Exorcista, porque en aquel momento Norman Quijano dijo que la revolución sandinista abrió esperanzas entre los centroamericanos. Pues no mintió. El 19 de julio de 1979 fue un día en que tanto la derecha como la izquierda nicaragüenses y de Centroamérica celebraron juntas la caída de Somoza y se estableció un gobierno de amplia participación que el mismo Daniel y su camarilla se encargaron de desestabilizar hasta que excluyeron al empresariado y establecieron un Estado policial que llevó al país a una nueva guerra y a la bancarrota. Similar a lo que está pasando ahora en Venezuela, en la Nicaragua de los 80 un dólar podía llegar a valer un millón de córdobas por la hiperinflación que trajo hambre y miseria a los nicaragüenses, algo peor que en los tiempos de Somoza.

Los pueblos languidecen o se someten al arbitrio de déspotas que se dicen “progresistas” y que conspiran para acabarse instituciones independientes que garanticen el balance de poderes, como los órganos de justicia de los países.

Lo hemos visto acá mismo cómo el oficialismo intenta a toda costa meter a sus cuadros obedientes en instituciones clave como la Corte Suprema de Justicia y la Sala de lo Constitucional y persisten con descaro pese a verse descubiertos y denunciados.

Mientras oro por un mañana mejor para mis hermanos nicaragüenses se me vienen a la mente aquellos versos de mi infancia que dicen que “Hoy que pasé por la pulpería, la Tere Armijo me vio llorar, en mis pestañas alborozadas quedó una lágrima rezagada de aquel ayer que no volverá… Si me preguntas por qué tu nombre no lo podría nunca olvidar, has de saber que lo llevo dentro, en el aroma de los almendros que hoy retoñaron en mi solar…”

Carta abierta al Sr. presidente de la República. De Rubén Zamora

Con mucha tristeza y preocupación he leído sus declaraciones en La Habana sobre la situación que el pueblo hermano de Nicaragua está pasando y en las que expresa su apoyo a Daniel Ortega y su régimen.

28 julio 2018 / La Prensa Gráfica

Sr. Presidente Sánchez Cerén:

Me he sentido muy defraudado, pues por décadas, antes y durante la guerra, la defensa de los derechos humanos fue una de nuestras tareas principales; cuando las fuerzas armadas y la policía los violaban sistemáticamente, supimos levantar nuestra voz y luchar por su respeto; en aquel momento a muchos de nuestros compañeros y amigos esto les costó cárcel, torturas e incluso la misma vida, pero siempre creímos que luchar por el respeto a la voluntad del pueblo y a su integridad valía la pena el sacrificio; escucharlo ahora defendiendo al régimen de Ortega que día a día y en forma creciente está pisoteando por lo que durante tantos años luchamos me entristece, sobre todo cuando lo escucho de su boca como presidente de la República. Sepa, señor presidente, que, al declarar su apoyo incondicional a Ortega, Ud. no está hablando por la mayoría del pueblo salvadoreño, sino para mantener intereses materiales y políticos mezquinos de un grupo que depende de que Ortega siga en el poder.

No puedo entender su posición cuando para todo el mundo está claro que Ortega y Murillo se aferran al poder frente a un pueblo que les está pidiendo se vayan; hablan de paz, pero es claro que sus acciones buscan no un acuerdo político, sino que los salve el cansancio de los ciudadanos y que se rindan para lograr la paz de los muertos. Ud., por su propia experiencia, sabe que el pueblo, cuando se rebela, es muy difícil calmarlo con palabras y mucho menos cuando, semana tras semana, el número de asesinados por la policía y las bandas paramilitares Orteguistas lo masacran: esta es la experiencia que Ud., junto con miles de salvadoreños, vivimos y que nos permitió unos Acuerdos de Paz dignos, tuvimos confianza y lo logramos; la esperanza en la paz de los cementerios lo único que logra es aumentar la responsabilidad criminal de los gobernantes.

Es muy difícil aceptar, Sr. presidente, que por un lado Ud. se declara en favor de Ortega y al mismo tiempo, su embajador ante la OEA se abstiene de votar a favor o en contra de una resolución censurando a Ortega,… ¿es falta de coordinación entre San Salvador y Washington?, ¿o fue simplemente evitar ser el tercer voto en contra de una resolución aprobada por 21 países aunque esto hubiera sido coherente con lo que Ud. dijo en La Habana?

Es muy difícil aceptar, Sr. presidente, que, en medio de esta crisis, no se dimensione su impacto a nuestra región, especialmente, cuando todos los gobiernos de la región votaron a favor de la condena y solo nosotros nos abstuvimos. La crisis en Nicaragua está afectando seriamente a todos los países hermanos y no es con apoyos internacionales a Ortega que se resolverá, al contrario, esos apoyos, lo único que consiguen es hacer a su gobierno cómplice de los abusos que Ortega e impedir que nuestro país pudiera jugar un papel positivo en la solución del conflicto. Lo que en Nicaragua se necesita es una salida política a una situación en la que el gobierno ha perdido el control de la mayor parte de su territorio y que solo puede parcialmente recobrarlo a base de sangre y fuego, y que, al no contar con sus fuerzas armadas, que se han retirado del conflicto argumentando que su deber es proteger a la población y no reprimirla, recurre al paramilitarismo, que es internacionalmente condenado por ilegal y bárbaro.

Finalmente, Sr. presidente, estamos frente a un proceso electoral interno, que la situación de su partido no es la más fácil, después de la derrota de hace unos meses y ante un elección que se avecina; si alguien debería levantar su voz es el candidato a la presidencia, pero está claro que después de las desafortunadas declaraciones, primero del secretario general del partido en el gobierno y ahora de sus declaraciones, lo único que le queda al candidato es o desautorizarlo o callar y estas son opciones no ganadoras para ningún candidato. Lo que muchos nos preguntamos es si la posición que Ud. y el secretario del partido han adoptado, se produce por adherirse a una solidaridad con quien fue su aliado en la lucha por la democracia, la cual me parece mal entendida, pues esta nunca puede ser excusa para encubrir crímenes como el que los Ortega Murillo están cometiendo contra su pueblo ni puede anteponerse a principios tan fundamentales como el respeto a los Derechos Humanos o si lo es por mantener arreglos previos con los Ortega.

Créame, Sr. presidente, he pensado mucho antes de escribir estas letras y párrafo tras párrafo me ha costado mucho lograrlo, por el respeto que le tengo y la consideración que Ud. siempre me ha otorgado; sin embargo, está la conciencia del deber de luchar, como lo hicimos por muchos años, por el respeto a la vida humana.

Parque Jurásico. De Sergio Ramírez

La defensa de la represión en Nicaragua que ha hecho el Foro de Sao Paulo es retórica vacía y contraria al espíritu humanista de la izquierda.

Sergio Ramírez, novelista y columnista nicarguense, fue vicepresidente en el primer gobierno sandinista

25 julio 2018 / EL PAIS

Hace poco el senado uruguayo votó por unanimidad una resolución de condena a la represión sangrienta que sufre Nicaragua. El Frente Amplio que cobija a la izquierda de distintos matices, el Partido Nacional y el Partido Colorado, de derecha y centro derecha, y los socialdemócratas, liberales, socialcristianos, todos concurrieron en reclamar a Ortega “el cese inmediato de la violencia contra el pueblo nicaragüense”. Durante el debate, el expresidente José Mujica, al referirse a los cerca de 350 muertos de la masacre continuada, dijo unas palabras que suenan ejemplares: “me siento mal, porque conozco gente tan vieja como yo, porque recuerdo nombres y compañeros que dejaron la vida en Nicaragua, peleando por un sueño…y siento que algo que fue un sueño cae en autocracia…quienes ayer fueron revolucionarios, perdieron el sentido en la vida. Hay momentos en que hay que decir ‘me voy'”.

Son palabras ejemplares porque representan lo que siempre he creído son los fundamentos éticos de la izquierda, basados en ideales permanentes más que en ideologías que se quedan mirando hacia el pasado. Una postura similar la han asumido partidos y personalidades de izquierda en España, Chile, Argentina, México, que rechazan el fácil y trasnochado expediente de justificar la violencia del régimen de Ortega contra su propio pueblo, echando las culpas al imperialismo yanqui, según la cartilla.

Otros artículos del autor

Es lo que ha hecho el Foro de Sao Paulo, reunido en La Habana, al emitir una declaración en la que, con pasmoso cinismo, se rechaza “el injerencismo e intervencionismo extranjero del gobierno de Estados Unidos a través de sus agencias en Nicaragua, organizando y dirigiendo a la ultraderecha local para aplicar una vez más su conocida fórmula del mal llamado “golpe suave” para el derrocamiento de gobiernos que no responden a sus intereses, así como la actuación parcializada de los organismos internacionales subordinados a los designios del imperialismo, como es el caso de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)”.

Hay que leer en voz alta a estos señores reunidos en La Habana la declaración de Podemos emitida en Madrid: “reclamamos la investigación y el esclarecimiento de todos los hechos sucedidos durante las movilizaciones, incluyendo la rendición de cuentas ante los tribunales por parte de las autoridades policiales y políticas que se hallen responsables de las violaciones de los Derechos Humanos cometidas”.

El coro burocrático en La Habana termina justificando crímenes
en nombre de una ideología férrea que no acepta los cambios de la historia

A un discurso trasnochado lo acompaña siempre un lenguaje obsoleto. ¿Esta del Foro de Sao Paulo es la izquierda, o lo es la que representa el pensamiento humanista de José Mujica? Aquella pesada diatriba nada tiene que ver con la realidad de Nicaragua. Es la retórica hueca, lejana a todo contacto con la verdad, que se quedó perdida en las elucubraciones de una ideología fosilizada. En el parque jurásico no hay pensamiento crítico.

El oficio ético de la izquierda fue siempre estar del lado de los más pobres y humildes, con sentimiento y sensibilidad, como lo hace Mujica. En cambio, el coro burocrático termina justificando crímenes en nombre de una ideología férrea que no acepta los cambios de la historia. Defender el régimen de Ortega como de izquierda, es solo defender su alineamiento dentro de lo que queda del ALBA, que ya no es mucho, tras el fin de la edad de oro del petróleo venezolano gratis, y el golpe mortal que le ha dado, también desde una posición ética, el presidente Moreno de Ecuador.

Para entender el lenguaje perverso de quienes redactaron la resolución del Foro de Sao Paulo, y los sentimientos de quienes la aprobaron, hay que ponerse la capucha de los paramilitares que sostienen a sangre y fuego al régimen en Nicaragua, y olvidarse de las centenares de víctimas, entre ellos niños y adolescentes.

No puedo imaginar a un ultraderechista aliado del imperialismo yanqui más atípico que Alvarito Conrado, el niño de 15 años, estudiante de secundaria, que por un natural sentido de humanidad corría a llevar agua a unos muchachos desarmados que defendían una barricada en las cercanías de la Universidad Nacional de Ingeniería, y le dispararon un tiro en el cuello con un arma de guerra. Fue al mediodía del 20 de abril, muy al inicio de las protestas que ya duran tres meses. Lo llevaron, herido de muerte, al hospital Cruz Azul del Seguro Social, y se negaron a atenderlo. Murió desangrado. Alvarito es hoy un icono, con su sonrisa inocente y sus grandes lentes. Agente del imperialismo, conspirador de la ultraderecha empeñado en derrocar a un gobierno democrático de izquierda. La izquierda jurásica.

Cambia, todo cambia. De Sergio Ramírez

Lo único que no ha cambiado en Nicaragua es la esperanza por una vida nueva, y la fe en un país democrático, justo y libre.

Manifestantes disparan morteros caseros, el pasado 9 de junio, durante los enfrentamientos entre manifestantes y policias en Masaya (Nicaragua). Foto: Bienvenido Velasco Blanco EFE

Sergio Ramírez, novelista y columnista nicarguense, fue vicepresidente en el primer gobierno sandinista

11 junio 2018 / EL PAIS

Nicaragua es hoy un país distinto. Otro país. Quien lo vio antes del 18 de abril, cuando comenzaron las matanzas indiscriminadas de jóvenes, hoy no lo reconocería. Pero tampoco lo reconoce, menos de dos meses después, quien estuvo para esos primeros días infernales. Así me lo dice el periodista salvadoreño Carlos Dada, testigo de aquella primera rebelión desarmada reprimida salvajemente en las calles de Managua, y ha vuelto ahora, más de un mes después, y se aloja en el mismo hotel donde, si antes había alguno huéspedes, hoy él es el único, y la penumbra en la sala de estar ha crecido en medio de la soledad

Para finales de abril la Cid Gallup publicó una encuesta donde el 70% de la gente rechazaba la permanencia del matrimonio presidencial en el poder. Lo primero que la firma encuestadora reconocía es que ahora sí la gente se había expresado con libertad, diciendo lo que pensaba, sin miedo ni dobleces. Primer gran cambio a anotar.

Para entonces los asesinados eran 35; ahora que ya vamos llegando a los 140, ese 70% de repudio debe haber seguido creciendo, sobre todo después del fatídico 30 de mayo, cuando la gigantesca marcha en homenaje a las madres de los caídos, que congregó en Managua a cerca de medio millón de nicaragüenses, terminó en una despiadada masacre bajo el fuego de francotiradores apostados en las alturas del estadio nacional de béisbol Denis Martinez.

Denis, el pitcher latinoamericano de grandes ligas con el récord de mayor número de juegos ganados, y dueño de la hazaña de haber lanzado un juego perfecto, protestó con firmeza porque el estadio que lleva su nombre fuera empleado para actos de violencia contra el pueblo que lo venera como un héroe nacional.

Luego, cuando las temibles camionetas Hilux de doble cabina, con sicarios cubiertos con pasamontañas que disparan sin piedad ni contemplaciones desde la tina, empezaron a multiplicar sus recorridos por las calles, y crecieron los asaltos y saqueos, la vida nocturna empezó a apagarse y los restaurantes y los bares a cerrar sus puertas. Hoy hay un toque de queda voluntario después de las seis de la tarde.

“Nicaragua es hoy un país distinto. Otro país”

¿Cómo ha seguido cambiando el país? En los barrios de Managua, para impedir el paso de las funestas Hilux, la gente levanta barricadas de adoquines o cualquier material a mano. Y las carreteras están cortadas por más de 80 tranques que son el aviso de un verdadero paro nacional. Mientras en el diálogo nacional mediado por los obispos de la iglesia católica, ahora interrumpido, el Gobierno no acepte negociar la democratización, —que empieza por parar la violencia policial y de las fuerzas paramilitares, y adelantar para una fecha inmediata las elecciones, con un nuevo tribunal electoral y con garantías internacionales, sin Ortega ni su esposa de candidatos—, el paro nacional va a seguirse consolidando, sin que nadie lo decrete.

Los tranques en las carreteras, que son la expresión más evidente de la protesta ciudadana, van paralizando al país. Los suministros básicos y el combustible comienzan a escasear, y miles de furgones de carga, que atraviesan Nicaragua para ir desde Guatemala a Panamá y viceversa, se han quedado entrampados en las carreteras. Las fronteras al norte y al sur del país, están cerradas. Y los tranques son un verdadero cerco alrededor de Managua.

“Los suministros básicos y el combustible comienzan a escasear”

Entonces, tampoco la ciudad de Masaya, cercana a la capital, era hoy lo que es, un bastión de la resistencia civil. Trancada por todos sus costados con parapetos de compleja construcción, las calles cortadas a trechos en cada barrio por barricadas, la autoridad real, porque ahora la autoridad moral es lo que más pesa, la tiene el sacerdote Edwin Román, párroco de la iglesia de San Miguel. Mientras tanto, la fuerza policial se halla sitiada dentro de su cuartel.

La ciudadanía desarmada controla ahora una ciudad entera donde la represión se ha enseñado no solo matando jóvenes, sino también incendiando, y saqueando comercios de todo tamaño. El baluarte es el barrio indígena de Monimbó, como lo fue durante la insurrección que derrocó a Somoza.

Una ciudad tapiada hacia afuera, pero donde la vida ciudadana se hace con la normalidad que se puede. Un amigo me dice que sortea las barricadas para ir por el pan y los nacatamales del desayuno del domingo. Solo hay que cuidarse de los francotiradores.

Lo único que no ha cambiado en Nicaragua es la esperanza por una vida nueva, y la fe en un país democrático, justo y libre.

El Presidente y la democracia. De Luis Mario Rodríguez

7 junio 2018 / El Diario de Hoy

El empeño del Gobierno por respaldar a los regímenes de Venezuela y Nicaragua ensombrece por completo el compromiso del presidente Sánchez Cerén con la democracia. Lo hace cómplice de quienes tuercen el Estado de derecho, reprimen a sus opositores, impiden la celebración de comicios libres, transparentes y justos, violentan la independencia de las instituciones y concentran el poder político. Al avalar semejantes atropellos a los fundamentos de todo sistema democrático, el gobernante salvadoreño y su partido aplauden como normales las conductas de Daniel Ortega y Nicolás Maduro. Significa una aceptación expresa de los métodos y actuaciones que han servido durante años para manipular la política y particularmente las elecciones transformándolas en instrumentos que les permiten perpetuarse en el poder.

La posición del profesor Sánchez Cerén reconociendo la legitimidad de su colega venezolano contradice el rechazo a la reelección de Maduro expresado, entre otros, por el “grupo de Lima”, integrado por 14 naciones, por la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA), en el que participan 37 exjefes de Estado y de Gobierno, y por la Organización de los Estados Americanos (OEA) que recién aprobó una resolución, con el concurso de 19 Estados parte, en la que desconocen los resultados de las pasadas elecciones en Venezuela. Con su postura el Ejecutivo ubica a El Salvador en el grupo de países que secundan a las tiranías y amparan prácticas autoritarias.

La resolución de la OEA sobre la situación venezolana acordada durante la Asamblea General celebrada esta semana no contó con el voto de El Salvador. De nuevo nuestras autoridades prefirieron abstenerse y con ello dieron la espalda a los postulados de la Carta Democrática Interamericana. Es una muy mala noticia que el país se sume a quienes ignoran el sufrimiento de cientos de miles de ciudadanos que padecen ahora mismo la represión gubernamental. Lamentablemente la cancillería salvadoreña no ha suscrito ni una tan sola declaración de la OEA en la que se condena el proceder totalitario de Maduro. Cualquier elogio al presidente Sánchez Cerén por su respeto a la Constitución y por abstenerse de impulsar cambios a la forma de gobierno durante el tiempo que lleva como inquilino de casa presidencial, se desvanece al confirmar su predilección por sistemas en los que se calla la voz de los opositores, se les encarcela y además se les restringen todas sus libertades.

Las posturas respecto de Nicaragua siguen el mismo patrón que las efectuadas sobre Venezuela. El Gobierno se ha limitado a publicar un comunicado en el que felicita a los distintos actores por la instalación de una “mesa de diálogo”. En ese mensaje se ignoraron por completo las decenas de manifestantes asesinados por parte de las fuerzas de seguridad, las desapariciones y los reclamos de diferentes sectores.

El prestigioso periodista nicaragüense, Carlos Fernando Chamorro, en una síntesis muy apretada, presenta una radiografía de la represión orteguista: “primero, el exceso de violencia policial, segundo, los ataques de las bandas paramilitares, tercero, aparecen los francotiradores, cuarto, crean el caos y el terror, quinto, criminalizan la protesta cívica con acusaciones y represalias”. Nada de eso impresiona a quienes lideran la política exterior salvadoreña. No existe ni el menor asomo de solidaridad con las “madres de abril”, ni con los estudiantes que libran una batalla desigual con el oficialismo, ni lo hubo en el pasado ante las denuncias internacionales de fraudes electorales y de cooptación de las instituciones públicas. Por el contrario el abrazo fraternal y amistoso, sin reparo alguno por parte del presidente Sánchez Cerén, que recuerda la camaradería del FMLN con su par en Nicaragua, ha sido dirigido hacia los Ortega y Murillo.

Este comportamiento siembra la duda acerca del interés del partido oficial en elegir magistrados independientes para la Corte Suprema de Justicia, un Fiscal que continúe con el combate a la corrupción y un Tribunal Supremo Electoral que custodie celosamente el derecho de los ciudadanos a designar a sus representantes. El candidato presidencial del Frente debe sentar posturas claras al respecto, alejarse expresa y públicamente de las apuestas despóticas de los líderes actuales de su organización partidaria y esforzarse por conducir a esta última hacia posiciones moderadas, que respeten el sistema republicano, democrático y representativo.

Nicaragua: el costo escondido. De Manuel Hinds

18 mayo 2018 / El Diario de Hoy

Por muchos años varios sectores de El Salvador en la mal llamada derecha (los que creen que el triunfo de la derecha es que las empresas hagan muchas utilidades) han considerado a Nicaragua como el gran ejemplo para el desarrollo de este país, la solución perfecta para los desequilibrios políticos y económicos característicos de la América Latina: dejar todo el poder político en las manos de un gobernante que al mismo tiempo, al estilo del viejo Somoza, deje al sector privado hacer lo que quiera en la economía contra una servidumbre entregada al líder político. También, varios sectores en la mal llamada izquierda (la que cree que el triunfo de la izquierda está en que individuos que se dicen de izquierda y apoyan servilmente Venezuela y a Cuba se mantengan en el poder) también la han visto como un modelo a seguir, ya que los “compas” de la Revolución Sandinista se han enquistado en el gobierno y en la empresa privada y se han enriquecido tanto y más que los secuaces de los Somoza.

Mucha gente que no pertenece a estos grupos también han pensado en algún momento en que este sería un buen modelo, ya que, por un costo en pérdida de libertad, otros derechos individuales y una cierta cantidad económica para mantener a los que regentean el régimen, se ha logrado una alta inversión extranjera y la armonía social.

Los eventos de las últimas semanas han dado un baño de realidad a los que así pensaban. El pueblo que supuestamente estaba lleno de armonía ha mostrado que bajo la aparente tranquilidad y satisfacción del pueblo nicaragüense hay un terrible descontento, y que la aparentemente bondadosa tiranía es en realidad capaz de ser mortífera y profundamente destructiva. De una manera que nosotros no podemos ni siquiera entender, Nicaragua sigue siendo la hacienda de un tirano, igual que lo fue en la época de los Somoza que comenzó en 1937 y duró hasta 1979, cuando los sandinistas lo derrocaron pretendiendo dar final a las dictaduras en su país. En los años subsiguientes, una sección de los sandinistas, y en especial Daniel Ortega y su mujer Rosario, tomaron control del gobierno y, con un intermedio en los años Noventa, se apoderaron del país y volvieron a tornarlo en una hacienda comandada por unos propietarios con la ayuda de unos mandadores. Es una historia muy triste para un país.

Los que hablaban maravillas de esa hacienda Nicaragua se olvidaron de mencionar, o quizás nunca lo supieron, que durante todos estos años, ya casi 40 desde que Somoza cayó, Nicaragua siguió siendo terriblemente pobre, con un ingreso por persona que es apenas el 64% del de El Salvador, con una clase media mucho más pequeña que la de nuestro país y con cero desarrollo institucional. ¿Para qué querían instituciones, si estaban felices con la tiranía de Daniel y Rosario?

Los tristes acontecimientos de Nicaragua ponen el foco sobre lo que es el progreso de una sociedad, y sobre lo que es la resistencia al cambio. Los acontecimientos trágicos de las últimas semanas muestran que dejar en manos de un tirano el poder total del país por la promesa de que este no convertirá el país en comunista es en realidad un pacto con el diablo que, como en todos los mitos que narran estos pactos, tiene un costo terrible que se manifiesta solo en el futuro y de una manera altamente destructiva.

Como decía Lord Acton, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Ya muchas personas habían comprendido el sentido de estas palabras antes de los acontecimientos de los últimos días —cuando, por alguna razón, sus derechos se convirtieron en obstáculos para los tiranos y sus mandadores, como cuando a estos les gustaron las hijas de los ciudadanos, o cuando estos pidieron participación en sus negocios, o cuando dijeron algo que ofendió a los dioses del Olimpo Sandinista. Ahora el pueblo buscó manifestar sus descontentos, y esos dioses respondieron con metralla y violencia irrestricta.

La culpa de todo esto no lo tienen los Ortega por haber sido tiranos, sino los nicaragüenses por haberlo permitido, sometiéndose a ellos servilmente. Hoy están comenzando a pagar el costo de haberlo hecho.

Los grandes empresarios ante la crisis en Nicaragua. De Ligia Elizondo

Ligia Elizondo, nicaraguense, Master en economía y administración pública.
exfuncionaria del
PNUD

17 mayo 2018 / El Diario de Hoy

No debe de ser nada cómodo estar en los zapatos de la empresa privada. Me refiero a los empresarios grandes, que se pueden contar con los dedos de la mano, que decidieron establecer una alianza con la familia Ortega durante la última década. Es decir, la cúpula empresarial que ha utilizado al Cosep (Consejo Superior de la Empresa Privada) como vocero y defensor de sus intereses. Esta unión de intereses “tácticos” permitió que capitales nacionales se consolidaran y expandieran y se creara un clima económico estable que incluso atrajo inversión extranjera. El “quid pro quo” entre este sector y los Ortega-Murillo ha sido objeto de amplio análisis, así que no me detendré a enumerarlo.

Lo que ahora ha quedado en evidencia es el costo acumulativo que estamos viviendo por haberse empeñado los principios democráticos más fundamentales, a cambio de asegurar un espacio económico rentable y “estable”. No estoy emitiendo juicio alguno sobre la búsqueda del gran capital por la rentabilidad, ya que a fin de cuentas la función del capital en el sistema capitalista es crear rentas y el papel de los empresarios es generar ganancias. Ello requiere de un clima económico estable, entendido.

Lo que sí merece un detenido análisis es ese costo acumulativo que ahora estamos pagando y del que el “quid pro quo” no se libra. Este condujo a que las élites empresariales cerraran los ojos mientras el orteguismo desmantelaba uno a uno los pilares de la institucionalidad democrática y tejía un entramado de corrupción, nepotismo y autoritarismo peor que el de la dictadura somocista.

Mientras el régimen hiciera las concesiones que la cúpula empresarial requería para invertir y crecer, simplemente se dio por visto —o no visto— todo lo demás, ese era el arreglo. Como resultado hemos pasado del somocismo al orteguismo, y aunque ha habido crecimiento, inversiones y expansión del consumo, las bases sobre las que se construye una nación democrática, libre y soberana, están hecha pedazos.

Hoy esa confortable alianza les ha explotado en la mano, al revelarse abierta y masivamente la faceta sanguinaria del régimen: el asesinato, a sangre fría, de más de cincuenta jóvenes ejerciendo sus derechos ciudadanos. Asimismo, la transformación de la Policía Nacional, un cuerpo pagado por los nicaragüenses para garantizar su seguridad ciudadana, convertida cruel e irresponsablemente en maquinaria represiva y mortal contra el propio pueblo. La caza despiadada de jóvenes en las calles ha hecho revivir en el imaginario colectivo acciones del somocismo que creíamos haber desterrado de nuestro país para siempre. Ni digamos la reciente ola de agresión contra el pueblo de Masaya.

Si esta insurrección comenzó con un grupo de jóvenes protestando por los bosques y el Seguro Social, hoy el país entero se ha volcado en las calles, pacíficamente, en repudio del régimen. Este rechazo generalizado cruza generaciones, clases sociales, colores políticos, religiones e ideologías. Es el pueblo nicaragüense reclamando lo que justamente le pertenece, el derecho a vivir en un país libre, justo, donde prevalezca el imperio de la ley y la institucionalidad democrática. Es la ciudadanía siguiendo la voz de su conciencia, rechazando los crímenes contra la sociedad civil, que de continuar se convertirán en crímenes de lesa humanidad. Es un rechazo contundente al orteguismo que ha demostrado no ser más que un triste resabio del somocismo.

De manera que hoy la cúpula empresarial tiene dos caminos. Puede continuar en la ruta que ha venido o puede rectificar su camino.

Pueden tratar de hacer un pacto con el orteguismo, bajo guisas de armar un “consenso” con algunos grupos selectos, que permitiría a la pareja presidencial seguir gobernando por un tiempo acordado. La justificación sería que la salida de la pareja presidencial puede crear un vacío de poder peligroso, que podría desembocar en una seria desestabilización económica. Por tanto, habría que mantener el status quo, con algunos ajustes y hacer caso omiso de la conciencia. En otras palabras, más de lo mismo, con baño de mermelada.

Contrariamente, pueden rectificar su camino y tratar de recuperar su liderazgo rechazando categóricamente la continuación del actual gobierno. La cúpula empresarial tiene un papel muy importante que jugar, tal como lo jugó con el derrocamiento de la dictadura, conformando una coalición nacional fuerte, que agrupe a todos los sectores políticos y sociales, para exigir civil y ordenadamente la dimisión del presidente y su esposa. Los nicaragüenses lo han dicho claramente al tomarse las calles en todo el país: gobernantes manchados de sangre no tienen derecho a gobernar. Basta.

Si los empresarios optan por más de lo mismo, pensando que un pacto con Ortega va a conducir a la paz social, tendremos crisis para largo. Porque no hay manera que un pueblo que haya perdido tan completamente el respeto por sus gobernantes va a dejarse gobernar por ellos, si no es bajo una brutal represión. Y sabemos que la represión genera violencia, que a su vez genera más violencia. Con el agravante que el sector privado se convertiría también en un blanco de la ira popular. No hay posibilidad de un aterrizaje suave con el gobierno porque ellos mismos quemaron las ruedas.

Si los empresarios siguen su conciencia y optan por el camino moralmente correcto, se puede evitar mayor derramamiento de sangre, un escalamiento de la crisis y el colapso de la economía. Porque la historia ha demostrado que no hay gobierno que resista la fuerza de un pueblo unido. No hay gobierno que resista una oposición cohesionada, que es precisamente lo que en este momento se puede fraguar. El sector privado ha jugado históricamente un papel pivotal y en este momento le corresponde tomar responsabilidad, ejercer su liderazgo y dar un paso firme uniéndose con la ciudadanía nicaragüense, formando un solo bloque que exija el cese a la violencia y el inmediato cambio de gobierno.

La historia ha demostrado que los gobernantes que han sido responsables de crímenes contra la población civil, tarde o temprano terminan pagando sus cuentas frente a la justicia. Los gobernantes actuales no son una excepción.

Carta sobre Nicaragua: Libertad sin sermón ideológico. De Paolo Luers

15 mayo 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Cuando comenzó la crisis nicaragüense, escribí en mi carta a los nicas: “Una vez que el espíritu salió de la botella, no habrá manera de volver a meterlo.”

Hoy, un mes más tarde, esto ya se hizo evidente. Se manifiesta en las calles de las ciudades de Nicaragua, este fin de semana en Masaya. ¿De qué espíritu estamos hablando? Del espíritu de rebeldía que durante años estuvo dormido, y que de repente se volvió a despertar. ¿Por qué estuvo dormido tanto tiempo, a pesar de los evidentes abusos del poder por parte de Daniel Ortega y su clan? Porque una generación entera -la de la post revolución, la post contrarrevolución, la post guerra- estaba paralizada. Estaba entrampada en el esquema revolución-contra, pro soberanía-pro imperialista. No podía haber rebeldía, y ni siquiera una oposición consistente, contra un gobierno vestido del manto del sandinismo y de la defensa de la soberanía nacional.

El gobierno de Ortega hizo todo lo posible para mantener vivo y vigente este esquema de polarización. Cada manifestación de oposición y de crítica fue deslegitimizada de antipopular y pro imperialista – y callada, mientras los opositores fueron empresarios, sandinistas disidentes y liberales progresistas.

Tuvo que crecer una generación que ya no piensa en estas coordenadas. Los que ahora se movilizan en las calles, aparte de aparentemente no tener miedo a la represión, no tienen miedo a las etiquetas políticas e ideológicas. Les dicen ‘burguesitos’ o ‘lacayos del imperialismo’ – y les resbala. Les tildan de ‘traicionar a la patria’ – y no les causa ningún complejo, ni siquiera les provoca defenderse. Simplemente no piensan en estas categorías de patria, soberanía, revolución. Por tanto, no se sienten traidores a nada.

Piensan en otras categorías, donde la libertad no es un concepto político relacionado con la soberanía nacional, sino con los espacios personales y culturales que se sienten amenazados por un gobierno que quiere cubrir todo de una salsa ideológica que les parece insufrible. A esta generación de jóvenes no los van a detener denunciándolos de enemigos de la patria y de la revolución. Los tendrían que parar a pura fuerza, en última instancia de las armas – pero por lo menos la Fuerza Armada ya manifestó que no tendrá parte de esta empresa. Malas cartas para Daniel Ortega y sus cómplices.

Tampoco me parece que hay que idealizar a estos jóvenes. Puedo entender las emociones que esta rebeldía provoca a alguien como Sergio Ramírez, el ex vicepresidente de los tiempos revolucionarios del sandinismo, luego de tanta frustración de ver a esta revolución tan romantizada convertida en una nueva dictadura de un nuevo clan mafioso. Sergio escribe en Twitter: “Al devolvernos la moral, los jóvenes de Nicaragua nos han devuelto la vida. Con esta juventud sin mancha, volvemos a renacer. Con ellos nace por fin el nuevo siglo.”

No sé si estos jóvenes representan una ‘juventud sin mancha’. Es más, no sé si para derribar a un régimen tan obsoleto como el de los Ortega se necesita una ‘juventud sin mancha’, que se sacrifique para ‘devolver la moral’ a una generación que se ha dejado comprar la moral y la dignidad. No es esta la intención de esta generación, sino simplemente ser libres para vivir como quieren, y también liberarse de este interminable e insufrible sermón sobre revolución, patria, y moral que han escuchado de sus gobernantes, pero también de los círculos opositores.


Mancha o no, esta juventud no va responder a llamados ideológicos de ninguna índole. Y esto es lo que la hace tan simpática y fuerte.

Vea también:
Carta a los nicas: Al fin rebalsó el vaso. De Paolo Luers

Derrotar la “Nica Act” en Managua. De Carlos Fernando Chamorro

Es imperativo vencer el miedo para denunciar y documentar la corrupción.

Carlos Fernando Chamorro, periodista y opositor nicaragense. Ex-director de Barricada, el órgano oficial de los sandinistas en los años 80. Hijo de Pedro Joaquín Chamorro, editor de La Prensa asesinado en 1978 por los somozistas, y de Violeta Chamorro, ex-presidenta de Nicaragua

Carlos Fernando Chamorro, 7 abril 2017 / CONFIDENCIAL

La nueva versión de la ley Nica Act que pretende establecer el veto del gobierno de Estados Unidos a los créditos de Nicaragua ante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Mundial (BM), y el Fondo Monetario Internacional (FMI), es condenable por razones éticas y también prácticas. La pretensión de cercenar el acceso del pais a créditos internacionales para obras de desarrollo, no admite ninguna clase de justificación política. No solamente porque el acceso a los organismos multilaterales de crédito es un derecho soberano, sino además porque su suspensión perjudicaría más a la población al privarla de obras de infraestructura productiva y social, que a la dictadura que pretende sancionar.

Se trata de un proyecto de ley contrario al interés nacional. Pero la causa de la Nica Act no reside en las supuestas gestiones de sectores de la oposición en el congreso de Estados Unidos, como alega irresponsablemente un comunicado oficial, sino en la demolición de las instituciones democráticas provocada por el Gobierno. El único responsable de eventuales sanciones económicas y políticas es el presidente Ortega que ha violado de forma recurrente la Constitución de la República, en tanto con los fraudes electorales, la anulación de la separación de poderes, la represión política, y la corrupción, ha atropellado convenios internacionales suscritos por Nicaragua sobre democracia y derechos humanos.

El nuevo proyecto de la Nica Act amplía y endurece las condicionalidades que ya estaban contempladas en la ley aprobada el año pasado, pero es más grave áun porque ignora totalmente los resultados del acuerdo político entre el Gobierno y el secretario general de la OEA, Luis Almagro, que fueron concebidos para frenarla. Para nadie es un secreto que la única razón por la que el comandante Ortega accedió a dialogar con la OEA, fue por la amenaza de la Nica Act que surgió como consecuencia del cierre del espacio político antes de las elecciones de noviembre. Súbitamente, el Gobierno pasó de pedir la destitución de Almagro a dialogar a puertas cerradas con la OEA, mientras Almagro engavetó su informe sobre el colapso de la democracia en Nicaragua, para incentivar a Ortega a hacer pequeñas concesiones sobre la mecánica electoral.

El resultado fue un acuerdo político a ejecutarse en tres años que incluye un “borrón y cuenta nueva”, evidenciando el doble rasero de Almagro para tratar los casos de Nicaragua y Venezuela. Pero al revivir la Nica Act ignorando el diálogo con la OEA, los congresistas norteamericanos confirman que Almagro y Ortega desperdiciaron una oportunidad. El acuerdo no resulta creíble como una hoja de ruta para restablecer la democracia en Nicaragua, porque no toca los asuntos torales relacionados con la violación de la misma Carta Democrática de la OEA. Y si alguna duda quedaba, Ortega ha desacreditado el acuerdo con Almagro en el debate sobre la crisis de Venezuela, en el que su gobierno aparece defendiendo a la dictadura de Nicolás Maduro y atacando a la misma OEA, que supuestamente le serviría de paraguas ante el congreso norteamericano. De manera que mientras Almagro le reclama a los congresistas que la Nica Act “no es constructiva” y pide tiempo hasta que su diálogo brinde resultados, en su comunicado el gobierno de Ortega ni siquiera reivindica los compromisos mínimos que adquirió con Almagro y la OEA, porque en realidad su único interés ha sido ganar tiempo, sin haber tenido jamás la convicción de restablecer la democracia.

El futuro de la Nica Act como ley es, por ahora, impredecible pues depende de factores políticos asociados a la dinámica interna del Congreso y el Senado norteamericano. Lo único claro es que la amenaza de sanciones económicas solo puede ser derrotada en Managua y no en Washington. Aquí es donde está la raíz del problema: la demolición de las instituciones democráticas y la corrupción pública, que en este medio de comunicación hemos documentado con pruebas, sin que la Contraloria, la Fiscalía, la Asamblea Nacional, o la Corte Suprema de Justicia, hayan realizado alguna investigación oficial para castigar a los corruptos. La única virtud que tiene la Nica Act es que obligará a la sociedad nicaraguense, y en particular al sector privado que mantiene una alianza económica con el régimen autoritario, a confrontarse con el cáncer de la corrupción y la falta de transparencia pública, que por ahora no forma parte de su agenda.

En Nicaragua no necesitamos que el Departamento de Estado de EE.UU. publique un informe sobre la corrupción, como demanda la Nica Act, para constatar la existencia de una corrupción desenfrenada. Bastaría que las autoridades investiguen las denuncias que ha presentado la prensa independiente sobre el desvío ilegal de más de 4,000 millones de dólares de la cooperación estatal venezolana que, sin rendición de cuentas, han estado al servicio de los negocios privados de la familia presidencial. Y aunque esto no es viable a corto plazo, porque carecemos de un Estado democrático, es imperativo vencer el miedo para denunciar y documentar la corrupción. Si de verdad queremos frenar la Nica Act, el primer paso es ponerle límites a los abusos del poder y la corrupción. De lo contrario, el país seguirá siendo rehén de una dictadura institucional que ahora enfrenta la amenaza de sanciones sanciones económicas. Mañana puede ser incluso peor.