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Carta a los renovadores: No se dejen distraer de populismos. De Paolo Luers

11 abril 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

No es nada nuevo que los partidos tienen que renovarse, principalmente ARENA y FMLN. El error principal (y posiblemente fatal) que pueden cometer es focalizar el debate sobre su renovación en la competencia con Bukele y Nuevas Ideas, tratando de competir con su supuesta “nueva forma de hacer política” – o sea con la demagogia anti política. Lo peor que pude pasar al país es que para las elecciones legislativas del 2021 se desate una carrera entre diferentes formas de populismo. Parece que estamos en este camino, con muchos retomando propuestas o exigencias demagógicas, o incluso tirándole los calzones al presidente electo. Esto es rendición, no renovación.

La necesidad de ARENA y el FMLN de renovarse no surge del hecho que Bukele los haya vencido en la elección presidencial. Este debacle solo fue la factura que pagaron por no atender a tiempo la necesidad de renovación.

Tanto en la izquierda cono en la derecha, la renovación, la democratización y la definición ideológica de los partidos están en discusión desde hace muchos años. En vez de buscar cómo competir contra Bukele en su propio terreno, el populismo, los partidos tienen que retomar el hilo de su propio desarrollo interno y finalmente refundarse con claras definiciones ideológicas. No hay que complicar tanto este asunto. Es mucho más sencillo que parece.

El FMLN tiene que refundarse como partido socialdemócrata, reformista, progresista, con fuerte énfasis en el Estado del Bienestar al modelo de países como Canadá, los países de Escandinavia y Alemania – pero al mismo tiempo rompiendo la barrera ideológica que le ha impedido adoptar la defensa de las libertades y de la institucionalidad republicana.

ARENA tiene que refundarse como partido liberal, republicano, constitucional, con especial énfasis en la defensa de las libertades (no solo económicas, sino también sociales) – pero al mismo tiempo rompiendo la barrera ideológica que le ha impedido adoptar como su propósito histórico la erradicación de la pobreza en El Salvador.

Que en el camino tienen que democratizarse, fomentar nuevos liderazgos, cambiar sus estatutos, el lógico – pero lo más importante será que definan con claridad su proyecto político, su razón de ser.

Si los partidos no logran producir este salto cualitativo, se van a reducir a remanentes de un mapa ideológico desfasado – y otros partidos o movimientos nuevos tomarán su espacio para representar una derecha liberal y una izquierda reformista.

No tienen que reinventar la rueda. Retomen los debates de ruptura dentro del FMLN (ERP/RN; Renovadores; FDR), y las discusiones en ARENA luego de perder el poder en 2009 (incluyendo el documento que en el 2010 surgió para renovar el ideario de ARENA). Olvídense de Nuevas Ideas y definan, bajo su propia lógica, su identidad política. Si lo logran, todos ganamos. En un país con un partido liberal fuerte y uno socialdemócrata consolidado, no cabrá una tienda de variedades populistas como Nuevas Ideas.

Saludos,

¿Son tan malos nuestros partidos políticos? De Joaquín Samayoa

9 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

Ya van quedando pocos días para digerir mensajes, examinar motivaciones, aclarar la mente y tomar una buena decisión.

La campaña va a arreciar en las últimas tres semanas. El Frente se decidió, por fin, a dar la batalla; está haciendo su mejor esfuerzo para ganar o perder honrosamente, luchando. La coalición de partidos de derecha y sus candidatos llevan meses sin descansar un solo día para ganar o recuperar la confianza de los escépticos y de los indecisos.

Mientras tanto, el candidato respaldado por GANA sigue dormido en los laureles que le arrojan las encuestas, evitando exponerse para no decepcionar a sus entusiastas seguidores.

Entre los votantes hay de todo y para todos. ARENA y FMLN conservan su voto duro, menguado y renuente pero siempre respetable. Los votantes más ideológicos son “pro” pero también son “anti”. No son pocos los que persisten en sostener una posición rígida que les da engañosamente una autocomplaciente sensación de firmeza y superioridad moral. “Yo jamás votaré por los arenazis.” “Ni a punta de pistola votaría por los piricuacos.” Estas personas no albergan duda alguna, ni siquiera se molestan en pensar.

Lo que es nuevo en esta elección es la magnitud del segmento de los “anti” que creen tener suficientes razones para rechazar a ambos partidos tradicionales por igual. Sin mayor análisis, han llegado a la conclusión de que la política electoral de nuestro país ha alcanzado una especie de parteaguas histórico: Ni ARENA ni el FMLN merecen una nueva oportunidad. Esa creencia les deja solamente dos opciones: o se quedan en su casa, o se tragan todo el rollo de innovación, honradez y cambio que les ha vendido Bukele.

Es todavía muy incierto si esa manera de ver las cosas persistirá hasta el día de la elección y será determinante, en números significativos, en la decisión de abstenerse, anular o votar por Bukele. Lo cierto es que los dos partidos que hasta hoy han sido mayoritarios han dejado mucho que desear. Pero también es cierto que el electorado parece juzgar a esos partidos de manera bastante sesgada, con base únicamente en los casos, relativamente pocos pero muy publicitados, de corrupción en las más altas esferas del gobierno, a lo cual se suma el evidente fracaso para controlar la espiral de violencia con sus nefastas consecuencias para la economía del país.

Hay otros muchos errores, por acción u omisión, imputables a ARENA y FMLN a lo largo de las tres décadas en que se han turnado la presidencia y el control de la asamblea legislativa. Esos errores deben pesar y están pesando en la decisión de la mayoría de los votantes. Pero también debiera pesar un criterio, a mi juicio, sumamente importante.

Mal que bien, de buena o mala gana, ambos partidos han sido responsables al mantener, y en no pocos casos fortalecer, la institucionalidad del sistema de democracia representativa.

Con lamentables retrasos y con un enorme desgaste que bien pudo haberse evitado, han sido capaces de alcanzar acuerdos en los asuntos más polémicos y divisivos que han debido solventarse para allanar el camino hacia la consolidación del estado democrático de derecho. Han respetado los principios más fundamentales de nuestro sistema de gobierno: la separación e independencia de poderes, la libertad de asociación, pensamiento y expresión, la alternancia en el ejercicio del poder político. Eso se dice fácil pero no es poca cosa.

Igualmente responsables han sido, al fin de cuentas, los partidos que una vez fueron grandes, democracia cristiana y concertación nacional, y ya no lo son pero conservan un caudal de votos respetable y suficiente para influir en la política nacional. También estos partidos han incurrido en faltas graves, han estirado demasiado sus principios para formar alianzas turbias, han encubierto la corrupción, han intentado constantemente manosear las instituciones y han hecho prevalecer sus intereses partidarios sobre el interés y las necesidades de la sociedad. Pero igual han contribuido, en los momentos más críticos, a facilitar la gobernabilidad democrática.

Con las anteriores consideraciones no pretendo disculpar a nadie, pero es necesario poner en perspectiva algunas afirmaciones que me parecen demasiado gruesas y mal sustentadas. No creo que nuestro sistema de partidos esté agotado, como muchos afirman con pasmosa ligereza, sin insinuar siquiera una alternativa que pudiera ser considerablemente mejor. No creo tampoco que nuestros partidos sean peores que los de cualquier otro país, incluidas las democracias más antiguas y más desarrolladas. En todas partes se cuecen habas. En todas partes hay intrigas, corrupción y abusos de poder.

Definitivamente los ciudadanos debemos seguir exigiendo y colaborando para que nuestros partidos políticos sean mucho más éticos, más modernos, más eficaces. Lo que me resulta totalmente incongruente es pensar que un sistema de partidos que se considera muy malo pueda corregirse sustituyéndolo por un caudillo, por un macho sin dueño, por un líder populista con claras tendencias autocráticas. Eso siempre resulta muy mal. Eso siempre termina en la destrucción, desde el poder, de todos los mecanismos democráticos de control de los abusos de poder. Eso siempre termina en dictadura prolongada, con consecuencias nefastas e irreversibles. Si alguien tiene alguna duda, que pregunte a los cubanos, a los venezolanos, a los nicaragüenses.

La única buena solución a los males de los partidos políticos es el fortalecimiento de las instituciones llamadas a controlarlos y a evitar que el ciudadano esté completamente desprotegido ante los abusos de poder. Es utópico pensar que pueden desaparecer de la escena política la codicia, la vanidad, la ineptitud y la prepotencia. Las luchas por el poder y el ejercicio del poder hacen aflorar las peores miserias humanas. No es cosa de ideologías. La política no es poesía.

Los ciudadanos habremos hecho bien esta parte de nuestra tarea si elegimos al candidato que mejor pueda corregir las tendencias negativas de su propio partido, al más capacitado para dialogar y entenderse con otros sectores políticos, económicos y sociales, al más apto para fortalecer y hacer más eficaces las instituciones del Estado, al más honesto, al más competente. De eso se trata la elección que haremos en unas pocas semanas.

Muelas. De Cristian Villalta

30 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Alguna vez fui a votar convencido de lo que estaba haciendo. Fue hace algunos años.

Desde entonces, participo en las elecciones como quien va al dentista. Ustedes también, a menos que pertenezcan a la minoría de salvadoreños que se ve directamente beneficiado por la victoria de un candidato a través de un empleo en la administración pública, de participar en el saqueo al erario o del montaje de una empresa ad hoc para ganar licitaciones.

En esa sensación desagradable que ha marcado nuestros últimos ejercicios electorales, la de estar participando en un bingo en el que solo puedes ganarte una paliza o una burla, coinciden dos realidades: la pobreza generalizada de los cuadros partidarios y la mediocre producción intelectual de los partidos políticos.

El dogmatismo que prevalece en los cuadros partidarios no es casualidad: para su clientela, intelectualmente minimalista, es más fácil abrazar a ciegas el librito de la jefatura de turno aun negando el ideario y la historia. Esa es la tragedia de la derecha, rica en areneros y pobre en liberales; ese es el drama del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, en el que ya no caben ni demócratas ni socialistas, sino solo arribistas.

Ninguno de esos partidos superó su condición de antípoda, de opuesto del otro, y agotaron las sucesivas campañas en descalificarse sin proponer una visión de país realista y a largo plazo. Claro, no se vieron forzados a hacerlo porque las elecciones, hasta 2019, se trataron solo de ellos.

Consecuencia directa del estatismo ideológico de unos y otros ha sido la pérdida de “sex appeal” de ambos partidos. Para un ciudadano educado, profesional y patriota, afiliarse a uno de esos partidos, a cualquiera, no es razonable. Es un escenario en el que solo puedes perder. ¿A quién se le antoja formar parte de un club en el que siguen creyendo tolerable celebrarle los natalicios a Roberto d’Aubuisson o aplaudirle los crímenes a Cuba, Nicaragua y Venezuela?

En el ecosistema de esas fuerzas siempre hubo partidos serviles, las más de las veces cómplices por unas migajas. En eso se convirtieron los antes poderosos PCN y PDC, y el CD que alguna vez enorgulleciera tanto a los demócratas.

Anomalía de ese medio ambiente, una vez purgado de ARENA Elías Antonio Saca quiso construir un tercer polo del espectro partidario y abrazó a GANA, un Frankenstein con pedazos de ARENA al que su primo Hérbert asistió como comadrona en 2009.

Cuestionado por los indicios de corrupción de sus principales cuadros, en especial Guillermo Gallegos, GANA participó de la gran telenovela de nuestros tiempos y como desenlace cuenta en sus filas con Nayib Bukele, personaje que ha recorrido el mismo peregrinaje ideológico de Saca, pero en la dirección opuesta. Purgados de su partido matriz, a cada uno en su momento le pareció más práctico y menos comprometedor hablar de estrategia que de ideología. Eso ocurre cuando no se tiene una, o cuando prefieres ocultarla.

Y así llegamos a esta elección, cuya campaña arranca esta semana. Con esas opciones, es imposible que no nos duelan los dientes.

Perezosa postdata: si el lector es tan morboso como sospecho, no le diré cuál fue el último candidato por el que voté convencido; solo admitiré que me equivoqué… gravemente.

Preferencias electorales. De Roberto Rubio

10 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

La última encuesta de la LPG pone en evidencia varias cosas. No hay seguridad que la disputa presidencial se hará entre ARENA y FMLN, tal como ha venido ocurriendo. Este último es desplazado a un tercer lugar. El candidato Bukele explica la importante alza de GANA, pero también GANA explica la caída en popularidad de Bukele. Habrá segunda vuelta, y si no cambian las circunstancias actuales es bastante posible que los contendientes sean ARENA y GANA. Al momento, los que no manifiestan sus preferencias electorales son la mayoría (51.6 %), el partido mayoritario es “los sin partido”.

Esto último es fundamental pues con un segmento poblacional tan amplio, cualquier cosa puede pasar. La clave del triunfo estará entonces en la capacidad que tengan los partidos de seducir a dicho segmento, donde se encuentran desencantados, voto escondido, dudosos, expectantes, etcétera.

Este partido de “los sin partido” era la pecera donde pescaba Bukele, con su discurso anti partido, con su distancia crítica de la política tradicional. Sin embargo, con su incorporación a GANA, su discurso de la anti política pierde credibilidad y se esfuma la distancia con la partidocracia. El pescador ha sido pescado… y por el partido que simboliza los peores vicios de esa partidocracia que antes criticaba. Por tanto, ahora todos los candidatos tienen probabilidades semejantes para atraer ese segmento clave para el triunfo electoral.

El Salvador, a diferencia de sus países vecinos, ha gozado de cierta institucionalidad, y la presencia de un sistema político relativamente fuerte, aunque con sus deformaciones y vicios que ya conocemos, ha permitido cierto grado de gobernabilidad. No es casual que la dispersión o ausencia de partidos políticos fuertes en Guatemala, o la práctica inexistencia de partidos como en Nicaragua, son factores que explican su cuasi ingobernabilidad. De ahí que la buena gobernanza y solución a muchos de los graves problemas que aquejan a nuestro país pasa por la transformación y modernización de los partidos políticos, especialmente de ARENA y el FMLN. Solo esta renovación podrá acercar a buena parte de ese segmento no partidario, así como alejarnos del populismo y del gansterismo político que le vende espejitos y manipulaciones mediáticas a los desencantados.

Esa transformación/modernización de los principales partidos significa, entre otras cosas: enfrentar con habilidad la contradicción entre la necesidad de renovación y las resistencias internas al cambio sin debilitar su organización territorial; fortalecer el liderazgo y autoridad de los candidatos sobre la parte esclerótica de sus cúpulas; distanciarse con firmeza de su pasado de corrupción y de sus propios corruptos; mostrar capacidad legislativa de establecer acuerdos de nación y/o entendimientos en políticas públicas que a corto plazo enfrenten los graves problemas de inseguridad, endeudamiento, desempleo, corrupción y relación con Estados Unidos; arrinconar a los que internamente impulsan alianzas turbias, como las que buscan algunos dirigentes del ex partido comunista dentro del FMLN. El perfil de los candidatos de ARENA y FMLN tiene todo el potencial para promover pronto esos cambios. Sus principales adversarios son sus propios partidos.

Por el momento nada está decidido. Tal como están las cosas, los que decidirán la elección presidencial son los que aún no han decidido. Y a estos sectores no se les llega solicitando fidelidad ideológica o partidaria, sino con propuestas y candidatos atrevidos y osados. Tienen que arriesgarse. Es mucho lo que está en juego.

La antipolítica. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

14 mayo 2018 / El Diario de Hoy

Los partidos políticos no son malos. Lo anterior quizá le haya quitado las ganas de seguir leyendo, pues la idea generalizada en El Salvador es que los partidos políticos son la raíz de nuestros problemas. A pesar de eso, hay que tener claro que los partidos son parte fundamental en una república democrática; si no, viviríamos en un régimen autoritario o totalitario. El problema son los políticos, no los partidos.

Aunque no parezca, hemos avanzado. Antes el presidente de la República tomaba decisiones de otros órganos del Estado, después de los Acuerdos de Paz se le quitó ese poder al presidente y se le dio a los partidos, que lo abusaron para llenar de políticos las instituciones. Ahora tenemos proceso de despartidización de las instituciones públicas. Falta trabajo por hacer, pues los desaciertos y la intención de manipulación siguen vivos, pero ahora la ciudadanía está exigiendo resultados y transparencia de los funcionarios. Esto solo se logrará depurando y fortaleciendo a la democracia representativa.

En las últimas semanas ha surgido una fuerte crítica sobre el sentimiento antipolítica que está tomando realce en nuestro país. Imposible que culpen a la ciudadanía cuando cada partido conoce su historia. Los políticos ofendidos o sus simpatizantes dicen que el discurso antipartidos alimenta a personas ególatras y figuras mesiánicas que pretenden incursionar en la política salvadoreña. Pero están viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio; antes de culpar al ciudadano descontento por las simpatías hacia un líder populista deberían criticar a los encargados de trabajar y que no han hecho mucho: los mismos partidos políticos.

En El Salvador el sentimiento de la antipolítica irónicamente está siendo alimentado por el pobre y torpe actuar de los partidos políticos. Basta ver los shows en los que se transforman las plenarias o los pocos resultados legislativos; las controversiales formas en las que aprueban reformas de ley como pasó con la Ley de Extinción de Dominio, aumentan el descontento ciudadano. A este paso los partidos están cavando su propia tumba.

También hay que tener claro que, producto del descontento con la clase política, en el ambiente están tomando forma diversos mensajes populistas. Esos que se han montado sobre la ola antipartidos y plantean como ideario la suma de quejas ciudadanas, sin principios y sin plantear ninguna forma concreta de cómo resolver los problemas sociales. La idea de querer transformar el sistema montados sobre una figura de un líder mesiánico es peligrosa.

El sistema político en el que vivimos es producto de un empate entre la derecha conservadora y la izquierda revolucionaria. Se busca permanentemente la separación efectiva de poderes y el control reciproco entre quienes tienen el poder. Si alguien derrota al sistema político actual no tenemos garantía de que lo que lo sustituya sea mejor. Las figuras autoritarias que nos ha dejado la historia nos dicen que el remedio puede salir peor que la enfermedad.

Repito, los partidos políticos no son malos. Lo malo son las personas que han corrompido la política al buscar satisfacer un interés propio o de sectores y no el de la población; que han hecho que dé pena pertenecer a un partido político. El sentimiento antipolítica no lo fortalecemos las personas que manifestamos nuestro descontento con las cosas que hacen en la Asamblea y fuera de ella, sino los mismos partidos al no interiorizar y enmendar sus errores.

La única forma de combatir la antipolítica y evitar el quiebre del sistema de partidos es que estos se renueven en ideas y personas. Las dirigencias deben entender que la forma en que han actuado en los últimos años es lo que ha provocado el rechazo en la población; se debe impulsar el cambio generacional de quienes toman las decisiones y dan la cara por sus partidos; y esa renovación debe ser inmediata, pues las elecciones presidenciales de 2019 están a la vuelta de la esquina. Si los políticos no quieren que se les siga satanizando deben buscar la forma de revalorizar su bandera y refrescar sus decisiones.

Si nuestro sistema político es derrotado por la desconfianza, el vencedor pretenderá rehacerlo como quiera, sin balances, sin contrapesos, sin republicanismo y podríamos tener algo peor que lo que hay. Lo malo no es el sistema, son los políticos. Cambien.

Dignificar la política salvadoreña. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 12 septimebre 2016 / EDH

El Salvador vive actualmente una crisis de representación de los partidos políticos. Debido a las malas prácticas que se han dado a lo largo de décadas, la palabra “política” ha adquirido una carga emocional negativa, llegando a considerarse una cosa mala. Los ciudadanos no nos sentimos representados completamente por ninguna de las opciones políticas existentes y cuestionamos muchas de las decisiones adoptadas por cada uno de ellos. A pesar de las líneas anteriores, es innegable la importancia de los partidos políticos en la democracia del país, como vehículo del balance de ideas y proyectos para la nación.

diario hoyYa que en los Estados modernos es imposible la práctica de la democracia directa, se vuelve necesario tener personas que se dediquen exclusivamente a velar por los intereses propios de los distintos pensamientos; estos representantes se agrupan en partidos legalmente constituidos, los cuales se constituyen como los únicos medios para el ejercicio de la representación política. Este modelo de democracia representativa, adoptado por la Constitución salvadoreña en el artículo 85, obliga a los distintos sectores representados a armonizar los diversos intereses en juego dentro de una sociedad plural. La derecha generalmente ha representado la defensa del modelo económico liberal, del ejercicio de las distintas libertades y de la eficiencia en el manejo de la cosa pública y privada. La izquierda ha tenido como bandera la lucha por la justicia social, igualdad y solidaridad con los menos favorecidos. Ambos pensamientos son totalmente válidos y y necesarios para complementarse.

Al considerar la gran importancia que tiene la institución del partido político, resulta increíble la manera en que los de El Salvador insisten en desprestigiarse y dejar de ser considerados una opción viable para conducir el país. Hace siete meses escribí mi percepción del partido político de oposición en el país, ese que da la impresión de oponerse a las cosas solo porque sí, que se limita a criticar o a simplemente llevar la contraria; ese partido que deja a un lado el trabajo de proponer soluciones concretas y viables al problema del país para solo actuar de manera reactiva y dispersa. Poco ha cambiado en ese tiempo; la nueva dirigencia de dicho partido tiene una labor cuesta arriba por delante, ya que si el Gobierno lo está haciendo mal, ellos tampoco están haciendo mucho para proponer respuestas a problemas como el déficit fiscal, pensiones, desempleo, malos servicios públicos, entre otros.

Por su parte, el partido en el Gobierno está escribiendo un capítulo lamentable en su historia, al que podríamos denominar “la pseudoizquierda: defender lo indefendible y las crónicas de una cuasi apología del delito”. Es increíble cómo las voces de más peso en ese partido justifican gastos irracionales de fondos públicos, se limitan a seguir culpando a los gobiernos de derecha anteriores de la falta de resultados, cuando tienen más de siete años en el poder.

A mí no me parece que estos voceros del partido del gobierno representen a aquellos que tienen un verdadera ideología de izquierda, aquella que piensa en términos de igualdad y justicia social, pero sobre todo ejecuta con coherencia el pensamiento que proclaman. Este partido político no tienen la necesidad de sugerir la evasión de procesos penales antes que inicien a investigados por delitos de corrupción; no deberían estar defendiendo y negando a ultranza el enriquecimiento ilícito cuando todos hemos visto con nuestros ojos el despilfarro en lujos del expresidente y en los dirigentes de ministerios y autónomas; no deberían anular la institucionalidad cuando no les conviene en términos de costo político.

Dada la gran importancia que suponen cada uno de los partidos políticos, en representación de sectores importantes de la población que comulgan con su ideología y propuestas, es imperativo que estas agrupaciones devuelvan la dignidad a la política y sean un fieles al reflejo del salvadoreño trabajador, emprendedor, que aunque tenga distinta ideología que la persona que está a la par, ambos sean capaces de comulgar con un mismo fin: trabajar por la construcción de un mejor El Salvador. Esto va a pasar necesariamente por limpiar sus filas de los elementos ineficientes y corruptos.