socialdemocracia

Social. De Fernando Savater

La combinación de parlamentarismo constitucional, libertad regulada de comercio y asistencia social es el mínimo común denominador de la política europea respetable.

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Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 13 enero 2018 / EL PAIS

Uno de los aciertos propagandísticos del franquismo fue llamar “rojos” a todos sus adversarios, desde democristianos a anarquistas. Los desafueros de unos contaminaban a los demás. Hoy se utiliza con idéntica amplitud de desdén el término “socialdemócrata” para descalificar cualquier medio o propuesta cercana al socialismo, sin matices. Aprovechan que los socialistas se desacreditan rebajando su mensaje político a la defensa de excéntricos vocingleros y colectivizadores victimistas de derechos que pueden reivindicarse desde la libertad e igualdad ciudadana. Peor, caen en la incoherencia de exigir fiscalmente a los contribuyentes adinerados mientras protegen en nombre de identidades fantásticas a quienes exigen privilegios para ciertos territorios. Sólo les falta proponer un referéndum pactado para preguntar a los ricos cuántos impuestos consideran justo pagar: ¡ahí sí que encontrarían independentistas entusiastas!

el paisPero eso no invalida el planteamiento socialdemócrata: la combinación de parlamentarismo constitucional, libertad regulada de comercio y asistencia social para todos es desde la II Guerra Mundial el mínimo común denominador de la política europea respetable. Y se puede ir más allá, como señaló hace casi un siglo Harold Laski en ¿Civilizar el mundo de los negocios? (en Los peligros de la obediencia, editorial Sequitur). La mercantilización del mundo no es la vía regia de la libertad ni su condición inapelable. Cabe valorar la propiedad privada sin adorarla: “La propiedad nunca debe ser tan grande como para que su beneficiario pueda ejercer el poder meramente en razón de su magnitud; y nunca debe ser tan pequeña como para no permitir otra preocupación que la búsqueda del sustento material más inmediato”. Ni colectivismo ni oligarquía: un individualismo de la responsabilidad social.

La guerra de las rosas. De Jorge Galindo

En el PSOE se está dirimiendo mucho más que el futuro de Sánchez, Díaz o el socialismo español: en esa batalla se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental.

vhjllow2_400x400Jorge Galindo, 29 septiembre 2016 / EL PAIS

Llevaba tiempo en preparación, con intercambio ocasional de disparos, pero ayer se convirtió en una contienda abierta. Pedro Sánchez tomó la iniciativa convocando un debate interno en la forma de elecciones primarias y congreso del partido. Sus críticos, decía, no se atreverán a negarle la voz a la militancia. Éstos, por su lado, han decidido intentar tomar el control del partido desde arriba, basándose en la idea de que quizás los votantes más moderados tengan otras preferencias. Muchos retratan esta guerra como una mera lucha de poder vacía de contenido, pero pocas son las batallas por el control de un partido que no contraponen visiones de fondo; y no se conoce ningún conflicto de ideas que no conlleve el paisla intención de un bando de imponer las suyas sobre las del rival. El poder y el proyecto van de la mano, y las dudas sobre el segundo suelen emerger cuando el espacio para disfrutar del primero se reduce. Como le sucede a un PSOE que encadena varias derrotas sin precedentes.

De esta manera, la guerra de las rosas dirime mucho más que el futuro de Sánchez, de Díaz, o incluso del socialismo español, pues en ella se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental. Escribía hace unos meses en estas mismas páginas que la formación parecía indecisa entre dos rutas: de un lado se encuentra la alternativa de colaborar con el centro y el centroderecha tradicional, o incluso ocuparlo, forjando un bloque por la estabilidad y las reformas comedidas. El primer ministro italiano Matteo Renzi representa ese camino. El contraargumento define también la vía opuesta: cualquier pacto con las élites es una traición, y por tanto el deber de la socialdemocracia es alejarse, no acercarse, al centroderecha. Hace pocos días, Jeremy Corbyn salía triunfante de su propia guerra interna, en la que también ha empleado a la militancia más movilizada como muro de contención contra los moderados (que otros llamarían establishment) del laborismo. La vía central, una en la que el socialismo se recicla para proponer nuevas coaliciones entre ganadores y perdedores de la evolución económica de los últimos años, permanece inexplorada. Y Pedro Sánchez ha decidido ir a la guerra con la estrategia de Corbyn.

La alternativa de Ferraz impide facilitar una investidura de Rajoy independientemente de las veces que el país acuda a las urnas. Para ello, se ha apoyado en la porción más movilizada de la militancia. Por eso, la cúpula solo se ha movido de su segundo plano cuando ha considerado que está dispuesta a asumir explicar a las bases por qué se hace lo contrario de lo que quieren. El argumento, según ellos, es sencillo: seguir sin Gobierno deja España en una situación de bloqueo inaceptable. No es distinto del esgrimido por el resto de partidarios de las grandes coaliciones en los países del norte de Europa. Lo que omiten es que este coste en estabilidad a corto plazo se ve compensado por el beneficio de escuchar a quien pide cambio, manteniendo el sentimiento antiestablishment a raya. La experiencia en esos mismos países apunta a que cualquier unión entre el centroizquierda y el centroderecha no hace sino alimentar las pulsiones extremas en ambos lados del espectro.

“Si se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución
y potencia a sus rivales antielitistas”

Los nuevos partidos contienen esa intención de asalto al poder tanto como representa un deseo de modificación profunda en las politicas y en las instituciones. Fomentar lo segundo sin dejar espacio a lo primero es el gran reto de la vieja izquierda, y la vía de concentración no lo facilita.

Es por eso que es esta una guerra que no acaba aquí, ni dentro de nuestras fronteras, sino que se libra en la esfera continental: los distintos partidos socialdemócratas del continente vienen tomando posiciones desde hace años. Impulsados por convicciones ideológicas o por necesidades de competición electoral, la socialdemocracia europea en pleno enfrenta el mismo dilema: estabilidad o cambio. El viaje hacia el centro, que ha sido su ruta más habitual en las últimas décadas, no resulta hoy muy atractivo. La ausencia de un crecimiento ecónomico sólido y, sobre todo, repartido de manera equitativa debilita los argumentos de quienes propongan profundizar en el capitalismo, así sea con un corte social: para qué, pensarán muchos votantes, si ya no salimos ganando con el sistema actual. Ante semejantes situaciones de crisis estructural los socialdemócratas se han caracterizado por proponer nuevos proyectos que retejiesen la relación entre Estado y mercado. Pero hoy día carecen por completo de uno. O, mejor dicho, han renunciado a él.

“Cuando el movimiento es hacia la izquierda,
se puede terminar por dar alas al conservadurismo”

En realidad, la ruta de la innovación ya ha sido señalada por otros: reformas estructurales a cambio de amplio estímulo fiscal con universalización y mejora de las coberturas, a pagar por el capital y por las clases medias y altas, en una combinación que permita afrontar los retos que plantea la globalización y la tecnificación del mundo del trabajo, impulsando al mismo tiempo la plena igualdad de la mujer en el terreno económico y social. El relato está ahí, pero la clave es que ya no funciona a nivel estatal. En una Europa dividida entre acreedores y deudores, la única manera de llevar adelante un nuevo proyecto de crecimiento inclusivo es con un pacto entre los primeros y los segundos. Pero los socialdemócratas europeos llevan años atrapados en la separación progresiva de ambos mundos, de manera que Alemania cada vez está más lejos de Grecia, y Holanda, de España. Ahora, con un espacio electoral mucho más reducido en sus plazas nacionales, el centroizquierda se afana en buscar maneras más simples de sobrevivir. Llegó su hora de administrar la miseria.

La guerra de las rosas del PSOE no es más que un episodio de esta gran contienda. Si finalmente se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución y potencia a sus rivales anti-elitistas. Pero si el movimiento acaba siendo hacia la izquierda sin matices, se habrá producido un equilibrio inestable de futuro incierto, que posiblemente dará alas al conservadurismo. La integración europea, única respuesta al entuerto, se ha quedado así huérfana de la atención que merece. Salvo por aquellos que, por supuesto, están contentos de tenerla toda para ellos, como chivo expiatorio perfecto. Resultaría triste, y paradójico, que Europa muriese por la cobardía de quienes en el pasado crecieron bajo su manto, pero hoy no se atreven a defenderla. Así les vaya la vida en ello.

La responsabilidad política del PSOE. De Fernando Mires

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. Fotografía de Sergio Perez. Reuters.

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. Fotografía de Sergio Perez. Reuters.

Politólogo chileno radicado en Alemania

Politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 9 septiembre 2016 / PRODAVINCI

Ya estamos en septiembre del 2016 y aún no asoma humo blanco en los vaticanos de la política española. Todos los dirigentes políticos aducen que quieren evitar unas terceras elecciones donde nadie, con excepción del abstencionismo, ganaría. A la vez, todos piensan que la parte más grande de la responsabilidad política yace en las inexpertas manos de Pedro Sánchez. Lamentablemente, eso es cierto.

El PSOE tiene tres opciones. La primera, mantener el bloqueo al PP y a Rajoy, y con ello abrir el camino hacia terceras elecciones. La segunda, aliarse con Podemos y las autonomías. La tercera, abstenerse y facilitar el acceso del PP —apoyado por Ciudadanos— al gobierno. La primera es la peor para la política del país. La segunda es la peor para el PSOE. La tercera permite al PSOE asegurar su rol de oposición sin comprometerse con el PP y a la vez salvar el principio de gobernabilidad sin el cual ninguna democracia puede existir.

Frente a ese panorama tan simple, la pregunta es: ¿qué impide al PSOE tomar posición por la tercera alternativa y no postergar más un parto que ya está llegando a los nueve meses?

Las encuestas han hablado claro. Gran parte de los votantes del PSOE prefieren un gobierno PP a nuevas elecciones (INE 20.08.2016). Entonces, el problema hay que buscarlo al  interior del propio PSOE; vale decir, en las aspiraciones de algunos de sus miembros por alcanzar posiciones de poder en un próximo gobierno, sea con la ayuda de Podemos o con las del mismísimo demonio.

La alternativa pretendida por Sánchez, la de formar una tríada con Podemos y Ciudadanos hay que descartarla. Ciudadanos y Podemos han llegado a ser, después de las erráticas aventuras de Pablo Iglesias, partidos antagónicos. La alternativa de aliarse con Podemos significaría para el PSOE ceder toda la iniciativa al populismo de Pablo Iglesias y a los secesionismos de ultraderecha y ultraizquierda que lo secundan. Esa alianza llevaría a la destrucción del PSOE. Tal vez por eso Iglesias apuesta a ella.

Puede ser que los dirigentes del PSOE teman una crisis de partido si abren el camino a Rajoy. De ahí que, a última hora, los socialistas andaluces y Felipe Gonzáles hayan convertido el antagonismo PSOE-PP en una cuestión personal. La exigencia de que el señor de la investidura sea otro, no Rajoy, dada la inmensa corrupción amparada por este último, podría ser posible. Pero serviría únicamente para salvar las apariencias. Con o sin Rajoy, el PP es el mismo PP.

Es cierto, el PSOE puede perder más de algunos puntos si permite que Rajoy sea investido. Pero si no apoya a esa investidura, será sindicado como el partido más egoísta, el que impidió la gobernabilidad, el que dejó en ridículo a la política de España.

Ya no hay más que explorar. Nada más que conversar. El PSOE debe elegir entre Guatemala o Guatapeor. Rajoy, con todos sus defectos a cuestas, debe ir al gobierno y así el PSOE tendrá tiempo para reinventarse (que mucha falta le hace) en la oposición, único lugar en donde puede combatir al principal enemigo de España. Ese enemigo no es Rajoy. Es el populismo ultranacionalista que cercena a la nación.

Bien harían los dirigentes del PSOE en recordar las tres virtudes de la política expuestas por Max Weber en su clásico libro Política como profesión. Esas virtudes son la pasión, la mesura y la responsabilidad. De las tres, la última es sobredeterminante.La pasión sin responsabilidad lleva a la locura. La mesura sin responsabilidad lleva a los peores oportunismos.

En el PSOE luchan en este momento la pasión contra la mesura. La responsabilidad todavía no ha aparecido en escena.

prodavinci

¿Socialdemócratas? Editorial de EL PAIS

Podemos abraza la socialdemocracia para tratar de compensar el pacto con IU.

El nuevo Consejo Político federal de Izquierda Unida, tras la elección de Alberto Garzón (centro de la foto, con camisa blanca) como nuevo coordinador en una etapa marcada por el acercamiento a Podemos. Fernando Alvarado EFE

El nuevo Consejo Político federal de Izquierda Unida, tras la elección de Alberto Garzón (centro de la foto, con camisa blanca) como nuevo coordinador en una etapa marcada por el acercamiento a Podemos. Fernando Alvarado EFE

Editorial, 7 junio 2016 / EL PAIS

el paisLa repentina autoproclamación de Pablo Iglesias como un “socialdemócrata” y el intento de situar a Podemos en el terreno de “la nueva socialdemocracia” sacrifica la coherencia ideológica al objetivo táctico de atraerse a toda costa votos socialistas y así superar electoralmente al PSOE. No existe constancia, en un partido que presume de apertura a los militantes, de un debate interno que haya llevado a Podemos a abrazar la socialdemocracia, ni menos aún de que se haya presentado con esta seña de identidad a anteriores comparecencias en las urnas. Tampoco consta que en el Parlamento Europeo Podemos haya decidido abandonar el grupo parlamentario Izquierda Unitaria Europea, al que se adscribió tras las elecciones europeas de 2014.

No es este el único tema en el que los líderes de Podemos muestran su capacidad de retorcer los conceptos y las ideologías. Por ejemplo, cuando se reclaman patriotas plurinacionales o, mejor todavía, cuando se dicen capaces de defender un soberanismo europeísta. Si existe algo verdaderamente antagónico a lo largo del Viejo Continente es el soberanismo y el europeísmo, cuya primera ambición ha sido siempre la de superar los nacionalismos.

El problema de fondo al que parece responder la súbita conversión ideológica es el abandono de la transversalidad, concepto con el que Podemos navegó en anteriores mares electorales con la voluntad de escaparse del encasillamiento en la izquierda para captar votos en diferentes zonas del espectro ideológico. Una vez consumada la coalición con Izquierda Unida, ya es imposible sostener que la nueva oferta electoral es simplemente una fuerza política que se identifica o es capaz de representar a todo tipo de gente, con la única condición de que no formen parte de las élites.

Proclamarse socialdemócrata es la nueva astucia táctica con la que Iglesias pretende anclarse en el centroizquierda. El líder de Podemos ha entendido que para alcanzar el poder es mejor crear polémica sobre su conversión socialdemócrata y así evitar asustar a los votantes sensibles al frentismo de izquierdas.

Una vez consumada esta transformación, Iglesias alancea al PSOE con la etiqueta de “vieja socialdemocracia”, intentando otra vez sembrar la división entre los electores del partido aprovechando los altavoces que le prestan a diario los amigos del Gobierno. Este repentino viraje no debería tener mucho recorrido. Como demuestran los sondeos, los ciudadanos sitúan al PSOE casi en el centro ideológico, mientras que perciben a Podemos casi en la extrema izquierda.

Quién iba a decir que la socialdemocracia, a la que tantos han coincidido en considerar agonizante —si no muerta y enterrada—, iba a convertirse en un terreno de disputa electoral. La socialdemocracia realmente existente, es decir, el PSOE y su candidato a La Moncloa, Pedro Sánchez, deberían sacar de este episodio energías para defender con convicción que su oferta política y sus ideas tienen futuro. Porque habrá que convenir, al menos, en que algo de bueno tiene la socialdemocracia cuando tantos se reclaman de ella.

 

Nubarrones. De Fernando Savater

En España son paradójicamente tiranos los que cumplen las leyes, no los que las desafían. Algunos están más preocupados por la reacción del Estado ante el plebiscito catalán que por este atropello al derecho a decidir de los ciudadanos.

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 5 agosto 2015 / EL PAIS

Gane quien gane las elecciones generales, lo único que puede asegurarse es que tendremos un gobierno socialdemócrata, aunque se presente bajo otro rótulo ideológico. En Europa nadie se contenta con menos en lo social, pero tampoco quiere menos libertad en lo político. Como señaló Tony Judt, “la socialdemocracia es el discurso cotidiano de la política europea contemporánea”. De modo que los mas aviesos y traviesos liberales hablan al ponerse serios como socialdemócratas (sin dejar de hacer chistes sanguinarios contra ellos) y los comunistas mas dogmáticos también cuando quieren conseguir votos (sin dejar de considerarles blandos oportunistas y siervos del capital). Es un alivio que sea así.

Las democracias que forman la Unión Europea necesitan una reforma de su alianza en cuestiones esenciales como la inmigración o la garantía de los derechos sociales y, si se logra, serán los que piensan como socialdemócratas los que la lleven a cabo, se definan a sí mismo como tales o no. La UE se inventó para que nunca más hubiera nazismo y para que el comunismo no se extendiese más allá del telón de acero, de modo que es improbable que los herederos ideológicos de esas dos indeseables plagas sean los gestores más adecuados para encabezar su regeneración. Hace poco, viendo a Le Pen aplaudir y apoyar a Tsipras, hemos tenido prueba de ello.

La base necesaria para que la socialdemocracia pueda funcionar satisfactoriamente es la existencia de ciudadanos conscientes preocupados por lo común y lo público, dentro de un Estado lo suficientemente fuerte como para no consentir privilegios discriminatorios en su función protectora: es decir, que ampare el derecho a la diversidad pero impida la diversidad de derechos. Se logró más o menos durante la Guerra Fría y tras la caída del muro de Berlín, aunque fue decayendo después aceleradamente. Como también señaló Tony Judt, “la paradoja del Estado de bienestar, y de hecho de todos los estados socialdemócratas (y cristianodemócratas) de Europa, era simplemente que con el tiempo su éxito mermaría su atractivo”. Todo ello agravado por la creciente deuda de la crisis económica, la inmigración desesperada de quienes huyen de estados fallidos o inexistentes, etcétera.

ENRIQUE FLORES

ENRIQUE FLORES

La ciudadanía democrática se basa en el derecho a decidir de cada cual. Este derecho tiene como cauce y límite la ley constitucional que sustenta el Estado y es, obvio resulta decirlo, igual para todos. En España oímos cosas sorprendentes como que ninguna Constitución europea reconoce el derecho a decidir, cuando todas se basan en él, o partidos que proponen incluir ese novedoso derecho en el ordenamiento constitucional, o sea que proponen la revolucionaria idea de que los zapatos por fin se acomoden a los pies. Naturalmente, el derecho a decidir es meramente político, no prepolítico o suprapolítico. Por tanto, no depende de diferencias culturales, regionales, históricas, etcétera… ni se aplica a entidades colectivas superiores al ciudadano libre e igual a todos los demás.

Cuando uno dice que desde el punto de vista político no hay catalanes, ni vascos ni andaluces (ni mucho menos miniestados con voluntad propia como Cataluña, Euskadi o Galicia) despierta hoy el escándalo de quien niega la evidencia: ¿no es evidente que existen catalanes o vascos de identidad inconfundible? Pero también existen de manera inconfundible varones y mujeres, ateos y creyentes, negros, blancos y amarillos, pero nadie se escandaliza porque tales diferencias no se reflejen en formas de ciudadanía distintas. Son distintos, pero no políticamente distintos. La libertad del ciudadano, a partir de la ley compartida, es poder definirse como prefiera cultural, ideológica, estética o eróticamente: parecerse a quien quiera o diferir de todos. Pero ninguno, individual o colectivamente, tiene derecho a decidir por sí mismo y excluyendo a los demás sobre lo que afecta a todos.

Después de ver y oir a los socialistas en Cataluña y Euskadi, tras la vergüenza de Navarra y los pactos poselectorales, yo no votaría a Pedro Sánchez ni aunque se presentara solo a las urnas con todos los rivales encarcelados por corrupción. Pero tengo curiosidad por conocer esa reforma federal que promete y que, aunque nadie la reclama, está convencido de nos va a encantar a todos. Se parece a esos padres que explican al niño llorón lo bonito que es el kit de química recreativa que va a regalarle en lugar de la pistola de rayos laser que él quiere.

No faltan cuestiones que podrían tratarse en una reforma constitucional: recuperación de competencias estatales en Sanidad o Educación, supresión de la alusión arcaica e inconcreta a los “derechos históricos”, supresión de privilegios tributarios en el País Vasco o Navarra, reforzamiento explícito del laicismo en educación y demás áreas, etcétera… Pero me parece que ésas no son las que propone el señor Sánchez. Lo suyo suena más bien a blindar el control nacionalista sobre las partes de España que han decidido adjudicarse, pero rogando que a cambio de esa concesión no hablen de independencia…al menos en los próximos cinco años. Por cierto, lo del “hecho diferencial” es otra melonada: si A difiere de B, también B difiere de A. Parafraseando el lema de Rebelión en la granja, la novela de George Orwell, todos somos diferentes y no hay unos más diferentes que otros. Para eso está el Estado.

En España son paradójicamente tiranos los que quieren cumplir las leyes, no los que las desafían. Algunos parecen más preocupados por la reacción del Estado ante el pleibiscito separatista en Cataluña que por este mismo atropello al derecho a decidir de los ciudadanos. Me recuerda aquel desafortunado titular de este periódico tras los atentados del 11 de septiembre (“El mundo teme la reacción de USA”), como si el peligro no fuese el nuevo terrorismo global sino el cabreo de Bush.

Porque el “prusés” no es malo porque sea ilegal, sino que es ilegal porque es malo para la democracia. Y lo peor sería que el Gobierno estatal no hiciese nada efectivo para impedirlo. Algunos se inquietan: ¿suspender la autonomía? ¿y luego qué?¿encarcelar a Mas? ¿y luego qué? Preguntas parecidas se hacían en el País Vasco cuando se intentaba acabar con el doble juego de los que pretendían a la vez estar en el Parlamento y apoyar a ETA. ¿Ilegalizar Herri Batasuna? ¿Y luego qué? ¿Encarcelar a la mesa nacional de HB? ¿Y luego qué? Pues luego ETA renunció a la lucha armada.

Los cochinos socialdemócratas. De José Ignacio Torreblanca

¿Está dispuesto Tsipras a pactar con aquellos a los que quería doblegar y volver a casa como un típico social-traidor?

José Ignacio Torreblanca es Profesor Titular en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y Doctor Miembro del Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones.

José Ignacio Torreblanca es Profesor Titular en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y Doctor Miembro del Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones.

José Ignacio Torreblanca, 11 julio 2015 / EL PAIS

Para la izquierda radical sólo hay una izquierda verdadera. Los socialdemócratas, pobres diablos, son unos social-liberales, social-traidores o, si la discusión se acalora, incluso unos social-fascistas. Del lenguaje de la asamblea se deduce que los socialdemócratas son el principal obstáculo para el triunfo de los valores de la izquierda: unos vendidos que siempre acaban pactando con el capital y la burguesía y en lugar de superar la economía de mercado y la democracia liberal acaban reforzando a ambas. Cada vez que llegan al poder, esos cochinos socialdemócratas, miopes históricamente en cuanto a la dialéctica destructiva del capital y por completo insensibles ante la devastación liberal, se conforman con extraer del sistema unas migajas en forma de redistribución de impuestos y unas pocas oportunidades educativas. Una pena.

El hecho de que esos cochinos socialdemócratas hayan traído a Europa las mejores décadas de su historia en términos de libertad e igualdad no parece impresionar mucho a la izquierda radical. Como tampoco parece impresionarles el hecho de que cada vez que ellos han llegado al poder y llevado a cabo su programa original, sus buenas intenciones han devenido en escasez material, retroceso en las libertades e igualación a la baja de las oportunidades. El Muro de Berlín cayó, y muchos pensaron vanamente que en esa izquierda habría un aprendizaje sobre el pasado. Pero la realidad desmiente esa evolución: los nuevos experimentos de la izquierda radical latinoamericana están acabando, como siempre que el dogmatismo ideológico se impone, con escasez material e incluso con retrocesos en libertades y derechos.

Tras seis meses de retórica y confrontación, Tsipras ha llegado a un cruce de caminos muy familiar para la izquierda. En él ha encontrado el mismo dilema que todos los gobernantes de izquierdas que han accedido al poder han tenido que enfrentar en algún momento. Se trata de una elección entre pragmatismo y dogmatismo, entre incrementalismo y maximalismo, entre las certezas del pasado y las incertidumbres del futuro. Cuando la lucha ideológica desemboca en colas de jubilados en los cajeros, parecería prudente mandar parar máquinas. ¿Está dispuesto Tsipras a convertirse en un cochino socialdemócrata que pacte con aquellos a los que quería doblegar y que acepte volver a casa como un típico social-traidor?

@jitorreblanca