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Carta a los pesimistas y llorones: ¿Quién dice que este país no tiene futuro? De Paolo Luers

15 diciembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

(Desde Amsterdam) ¿Quién dice que este país no tiene futuro?
¿Quién dice que solo somos un país de llorones, por una parte, y violentos por la otra?
¿Quién dice que los jóvenes no tienen iniciativa?

Conozco una chica, nacida en familia pobre rural, que aparte de viajar todos los días de Suchitoto a San Salvador para estudiar ya montó su propio negocio, fabricando y vendiendo carteras con diseños que podrían competir en Milano, Barcelona o New York. Acaba a ganar en su universidad un concurso de emprendedurismo. El cheque lo va a invertir en una maquina profesional de coser…

Conocí a una chava que regresó de Francia, donde se graduó en derecho y sociología. Le ofrecieron trabajo en Europa, pero decidió regresar a su país, para montar una ONG que trabaja con niños de la calle, les da acceso a comida, educación y techo…

Vi crecer en Suchitoto a un bichito que enseñó a mi hijo el arte de vender tamales. Se dedicaba a esto para apoyar a su mamá y sus hermanos menores. Luego de salir del bachillerato, en vez de ir a la U, se consiguió un chance en una productora de video, jalando cables, cargando bultos, armando luces. Hoy es camarógrafo y editor, responsable de muchas tomas que todos los días vemos en la campaña. No me gusta esta campaña, pero me encanta que el bicho reconstruyó la casa de su mamá y le paga a su hermano los estudios para convertirse en cocinero profesional…

Conozco, también en Suchitoto, a un joven que, a pesar de que se dedica a la agricultura, que sostiene a su familia, se considera actor profesional. Saca orgullo y autoestima de ambas capacidades: la agricultura y el teatro… No se parece al bicho que conocí hace 10 años, cuando entró en el primer taller de teatro. Y es un actor excelente. Pero se queda en su pueblo para formar otros.

Hace pocos días conocí a un músico quien, luego de terminar sus estudios de guitarra en Cuba, en vez de aceptar ofertas para tocar en orquestas, regresó a El Salvador y se dedica a formar maestros de música para que ellos formen a jóvenes talentos en comunidades marginadas.

En unos días voy a ir a celebrar los 80 años de una señora que armó en Suchitoto una institución que se dedica a apoyar a cientos de jóvenes que quieren abrirse caminos como los que los arriba mencionados ya están recorriendo.

Repito:
¿Quién dice que este país no tiene futuro?
¿Quién dice que solo somos un país de llorones, por una parte, y violentos por la otra?
¿Quién dice que los jóvenes no tienen iniciativa?

Las potencialidades son infinitas. Solo hay que descubrirlas, quitarles los obstáculos, y crear condiciones para que se desarrollen. Esto espero yo del próximo gobierno.

Saludos,


Forrando Paz. De Gloria Raskosky

Gloria Raskosky
Directora de ConTextos El Salvador

4 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

“Soy de Las Palmas, de aquella pequeña ciudad en medio, junto y debajo de la gran Zona Rosa…
Soy de donde dicen: “Si entras, ya no salís”.
Y sí, orgullosamente de ese lugar, porque si nunca has caminado por mi laberinto, no digas que no hay salida. ¡Y se lo grito a todo el mundo!”

(Extracto del poema “Yo Soy”, por Gaby, joven de Las Palmas).

Los jóvenes en El Salvador son estigmatizados por la violencia que los rodea, pero no siempre son sus causantes, sino sus víctimas. Viven el paradigma de un ciclo de violencia, donde la geografía define su identidad y su futuro.

Este martes 4 lanzamos Forrando Paz, un esfuerzo del colectivo Foropaz, colaboración entre Fundación H. De Sola y la ONG ConTextos, que intenta romper estos estigmas de una juventud sin esperanza, para darles una cara y subir las palabras de los jóvenes en más alto riesgo del país, presentando sus retratos y escritos. Jóvenes como Gaby, de la Comunidad Las Palmas, que se niegan a aceptar la narrativa social de una juventud estigmatizada. Trabajando con cinco organizaciones de la sociedad civil, Forrando Paz presenta los retratos de más de 120 jóvenes líderes que viven en comunidades de alto riesgo que veremos en la pared externa del Museo Nacional de Antropología, Dr. David J. Guzmán.

Forrando Paz forma parte del proyecto “Inside Out”, del artista urbano francés JR, para deconstruir paradigmas sociales y generar preguntas. Inside Out, se ha llevado a cabo en más de 150 países y ahora El Salvador se suma a esta iniciativa global.

En ConTextos transformamos la educación tradicional en una experiencia de aprendizaje dinámico, fomentando el pensamiento crítico, el diálogo y la expresión. A través de nuestro programa “Soy Lector”, proveemos un desarrollo profesional intensivo de mejores prácticas para maestros y líderes escolares para aprender a facilitar conversaciones con sentido, basadas en textos y libros de alta calidad. Cuando los estudiantes comparten sus ideas y opiniones, participan en discusiones activas con sus compañeros, tienen el instinto humano de compartir sus experiencias de vida, incluyendo las de violencia y trauma, pobreza, migración y pandillas, generando así historias de vida que pueden ser parte de una reflexión para todos, quienes escriben y quienes las leen, para sanarse y convertirse en agentes de cambio en sus comunidades.

Así fue como desde 2013, desarrollamos el Programa de Soy Autor, un Currículum de Aprendizaje Socio-Emocional, dirigido directamente a jóvenes afectados por la violencia y el trauma siendo ellos sus víctimas, testigos o responsables. Trabajamos con jóvenes para que, en los círculos de autores, los participantes ilustren, escriban, editen y publiquen sus memorias. Durante este proceso reflexivo, ellas y ellos aprenden a aceptar la retroalimentación crítica, mejoran sus habilidades lectoras, su escritura y reflexionan sobre el pasado para imaginar un futuro diferente.

En ConTextos creemos que las respuestas a muchos problemas que afectan nuestras comunidades se encuentran dentro de ellas mismas. Necesitamos generar el espacio de diálogo, pensamiento crítico y facilitar medios que permitan expresarnos para iniciar un proceso de paz interna que después se permee a las comunidades y así a través del país, realizando esfuerzos y acciones generando paz.

Forrando Paz nos muestra por medio de los rostros a jóvenes que trabajan arduamente como líderes en sus comunidades, quienes proveídos de la oportunidad, escriben y dan voz a sus reflexione, que quieren hacer una diferencia y construir un El Salvador en paz. Nuestra invitación es no solo a observar, sino conocerlos, ver a los jóvenes más allá de los estigmas, como nuestro más grande valor, genuinos, alegres, perseverantes y comprometidos.

http://www.contextos.org

“OSCURO” y la violencia policial. El comic decomisado por la PNC – Versión completa / Entrega 2

En esta entrega de “Oscuro”, el comic decomisado por a PNC, el personaje central Oscar (“Oscuro”) se topa con la violencia de la policía: una ejecución extrajudicial. Es tal vez por eso que el comic molesta a los comisionados y al ministro de Seguridad. Detrás de a actuación de las autoridades no solo hay un problema de la libertad de expresión y las artes, sino uno aun más preocupante: si nuestros policías no entienden este comic, significa que no entienden la situación, los miedos y el lenguaje de los jóvenes en las comunidades.

Segunda Vuelta

24 noviembre 2018 / FUNDE – SEGUNDA VUELTA

Si no ha visto la primera entrega de “Oscuro”, leala aquí
Lea la carta de Paolo Luers sobre “Oscuro” y  PNC

Lea también:

Policía decomisa cómic sobre violencia sin orden judicial

Así es el cómic sobre violencia decomisado por la PNC

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Generación comprometida. De Max Mojica

En El Salvador necesitamos a gritos una “generación comprometida”, que hable, que se arriesgue, que escriba, que piense, que marche, que olvide su propia seguridad, su conveniencia, su egoísmo, su metro cuadrado y se comprometa de cara a los demás y, principalmente, con el futuro de nuestro país.

Max Mojica, 26 junio 2017 / EDH

El calificativo de “Generación Comprometida” se le asigna a un movimientos social y literario surgido en nuestro país durante la década de 1950, en el cual participaron tanto escritores nacionales como de varios países latinoamericanos residentes en El Salvador, por encontrarse exiliados de sus países de origen a consecuencia de las persecuciones políticas que sufrían en los mismos.

El calificativo de “comprometida” le fue atribuido por el poeta Ítalo López Vallecillos al núcleo inicial de escritores conformado por personajes que pasaron a la Historia Nacional como sensibles autores con un notoria profundidad social que recogía y denunciaba los problemas de la época, los cuales, curiosamente, son esencialmente los mismos que vivimos hoy: pobreza, exclusión, corrupción, intolerancia, autoritarismo y nula apertura a las ideas políticas renovadoras. Tales autores eran el propio López Vallecillos, Irma Lanzas, Waldo Chávez Velasco, Álvaro Menéndez Leal, entre otros.

La “segunda fase” de la Generación Comprometida ocurrió a finales de la Década de los Cincuenta con la creación del Círculo Literario Universitario de la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador, integrado a su vez por connotados pensadores y escritores como Roberto Armijo, José Roberto Cea, Manlio Argueta y Tirso Canales, siendo el más destacado y conocido miembro, el poeta Roque Dalton.

Esta Generación Comprometida surge en la sociedad salvadoreña con una notoria fuerza intelectual y cultural, que pretendía sacudir y darle un giro a la conciencia de una sociedad básicamente agraria de costumbres aletargadas, como era la salvadoreña de mediados del siglo pasado. La fuerza con que surgió el movimiento que quería un cambio social y político para la época, se la imprimieron los jóvenes promotores del movimiento, con su típica camaradería solidaria y generosa, y a su vez, arriesgada, ya que no se debe perder de vista que sus posturas y filosofía política eran una mezcla de ideas progresistas, democráticas y, para algunos, comunistas, las cuales contrastaban con el conservadurismo de corte dictatorial de los gobiernos militares imperantes en casi todo el siglo XX en nuestro país.

El problema de ahora es que en El Salvador tenemos de todo, menos una “Generación Comprometida”. Nuestros jóvenes, entre 18 y 30 años, no obstante ser a nivel porcentual, los que mayor incidencia podrían tener como sector de votantes del padrón electoral para las elecciones de 2018 y 2019, han declarado en diversas encuestas que no les interesa la política nacional, como si la “cuestión política” fuera un evento lejano, el cual, independientemente de sus resultados, nunca les llegaría a afectar, cuando es precisamente en estas próximas elecciones que se juega el futuro mismo de esos jóvenes, sus familias y en definitiva, de su país.

Los jóvenes reclaman un cambio, quieren transparencia y eficiencia en el manejo de la cosa pública y aspiran que se combata la corrupción en el Estado –venga de donde venga-, pero curiosamente, esos mismos jóvenes son los que no se quieren involucrar en nada para obtener, precisamente, los cambios que reclaman. Ningún cambio ocurre por generación espontánea; ocurre cuando el individuo le “mete el diente” al problema, cuando se trabaja para buscar una solución, cuando uno se arriesga, se involucra, se compromete, se esfuerza. Las cosas difícilmente ocurrirán, las situaciones raramente variarán, cuando estamos sentados viendo televisión o siendo únicamente “activos” a nivel de redes sociales, a la inocente espera que “alguien más” haga algo. De seguir con esa actitud, lo más probable es que peinemos canas, recostados en nuestra poltrona, antes de que algo pase y de la nada, surja ante nuestros ojos un mejor país.

En El Salvador necesitamos a gritos una “generación comprometida”, que hable, que se arriesgue, que escriba, que piense, que marche, que olvide su propia seguridad, su conveniencia, su egoísmo, su metro cuadrado y se comprometa de cara a los demás y principalmente, con el futuro de nuestro país. Ya hay muchos que hemos dado ese paso: Sulen Ayala, Beto Sáenz, Daniel Olmedo, Erika Saldaña, Cristina López, Alfredo Atanasio, Ricardo Avelar, Gerardo Guerra, los hermanos Luis y José Portillo, Bessy Ríos, Johnny Wright, Guillermo Miranda, Eduardo Lovo, Aída Betancourt, Carmen Aída Lazo, Claudia Umaña y otros jóvenes reunidos en grupos como De Cinco en Cinco, Medio Lleno, Censura Cero, Uno más Uno, Proyecto Cero, solo por citar a algunos.

Todos queremos cambios. Todos queremos vivir en democracia y en libertad. Pero si no nos comprometemos e involucramos, nada de esto sucederá y pasarán los años y seguiremos viviendo lo mismo. La realidad es que el día llegó en que la “generación comprometida” seamos nosotros. Y es nadie nos sustituirá en la lucha por un mejor El Salvador, que nosotros estamos llamados a dar.

@MaxMojica

La infancia perdida… De Luis Mario Rodríguez

Buena parte de los miembros de pandillas son adolescentes que enfrentan la soledad debido a la desintegración de su familia. Buscan compañía, seguridad y pertenencia.

Luis Mario Rodríguez, 13 abril 2017 / EDH

Según una nota publicada por este rotativo, “la muerte acecha a los niños salvadoreños desde los 13 años”. El desglose de los datos es aún más alarmante. El Instituto de Medicina Legal (IML) señaló a El Diario de Hoy que “188 niños fueron asesinados entre 2009 y 2016. Entre las víctimas hubo desde bebés menores de un año hasta niños de 12 años. Son 133 las víctimas de 13 años. Las víctimas de 14 años fueron 346. Además, hubo 728 adolescentes de 15 años asesinados y 1,036 de 16 años”. La Policía Nacional Civil advierte que se trata de pandilleros. “Los matan la pandilla rival, la misma pandilla, los ciudadanos cansados o la policía en enfrentamientos”.

Las pandillas son agrupaciones de individuos que gravitan en una espiral de sentimientos, frustraciones, comportamientos y peligros innumerables y contradictorios. El odio, el rencor y la venganza se mezclan con la incertidumbre, el miedo y la desesperanza.

Buena parte de sus miembros son adolescentes que enfrentan la soledad debido a la desintegración de su familia. Buscan compañía, seguridad y pertenencia. Se aferran a la vida en barrios donde sobrevivir es su trabajo diario y el “salvoconducto” más eficaz lo administran pandilleros líderes cuando ofrecen “protección” a cambio de “lealtad”. El amparo que los muchachos encuentran en las “clicas” no es el de una parentela normal.

Un porcentaje alto apenas alcanza la mayoría de edad. Ahora los hay entre 8 y 9 años. Son grupos de personas con diversos pensamientos y motivaciones. Algunos se involucran para evitar que los acosen o lastimen a sus seres queridos; otros han ennegrecido sus corazones, oscurecido su presente e hipotecado su futuro voluntariamente. Una tercera fracción, por temor a ser “ajusticiados”, permanece en esa negrura aguantando hora tras hora la deshumanización que destilan los cabecillas cuando deciden quién vive y quién muere.

Existe una amalgama que combina asesinos, extorsionistas, violadores, acosadores, ladrones y matones con cipotes que sufren, atemorizados, raptados por una situación en la que no pidieron involucrarse pero que forzosamente padecen. Un buen número de jóvenes quiere dejar ese infierno en el que se encuentra y recuperar su autoestima de niños y niñas, de adolescentes, de hombres y mujeres a los que el sistema y la sociedad parecen haber abandonado.

Después de convivir con ellos por años, la gente ya no distingue entre quienes están allí obligados por las circunstancias, de otros que intencionalmente han desarrollado un gusto por la muerte y el dolor ajenos. La población no diferencia a los que actúan con saña de aquellos que lo hacen porque los jefes pandilleriles y sus secuaces les intimidan y vigilan.

Ciertamente el pueblo ya no soporta las extorsiones en sus pequeños negocios y los asesinatos de familiares y amigos. Se ha derramado demasiada sangre y el dolor, la angustia y el malestar de los residentes en caseríos, cantones, colonias, pueblos y ciudades es inaguantable. Sin embargo, algunos mareros padecen la misma aflicción y abatimiento porque no encuentran una vía de escape. Sobrellevan un silencioso sufrimiento, tanto los reclutados sin su consentimiento, como los que, habiéndose incorporado voluntariamente, desean con todas sus fuerzas renunciar a esas tinieblas y encontrar la luz.

Por esa razón cualquier idea que abra una rendija para rescatar a estos sujetos, por pequeña e insignificante que sea, debe ser aprovechada. Se trata de recuperar un espacio de bienestar y dignidad del que estos muchachos han sido despojados.

Puede tratarse de programas de reinserción, de proyectos que les brinden protección y los acepten como refugiados, de iniciativas que les ofrezcan la oportunidad de aprender un oficio, de obtener un empleo y recibir una remuneración producto de una actividad decente y ya no de un acto delictivo. También lo sobrenatural, una conversión, Dios, puede representar una salida, quizás la opción más sólida para “llegar a puerto seguro”.

En el triduo pascual viene bien reflexionar sobre la pena que continúan soportando miles de muchachos en todo el país. Seguir justificando el salvajismo con el que se les trata sin discernir entre quienes piden auxilio y los que delinquen por naturaleza nos convierte en una sociedad indiferente y derrotada.

Los jóvenes en democracia… De Luis Mario Rodriguez

Lo importante es asumir que el relevo o, en su caso la llegada de nuevos liderazgos, frescos en edad o en ideas, que compartan con los que tienen más experiencia, es obligatorio si se quiere evolucionar al mismo ritmo que lo están haciendo otros Estados.

Luis Mario Rodriguez, 23 marzo 2017 / EDH

El interés de las nuevas generaciones por aportar al desarrollo nacional es indispensable. Su ausencia sería inexcusable. Causaría un enquistamiento de quienes han administrado el poder por décadas y condenaría a los ciudadanos a vivir bajo un esquema en el que, lo importante y trascendente, sería mantener los privilegios que el sistema le ha concedido a los primeros. Se esquivaría el debate de temas esenciales para la organización y la vida en sociedad, se impondría, como de hecho sucede ahora mismo, el clientelismo político sobre la meritocracia, y con el retiro o la muerte de los antiguos líderes, también desfallecerían con ellos, hasta apagarse, la luz del republicanismo, la observancia del Estado de derecho y las bases elementales de todo sistema democrático.

Esto no significa, ni por asomo, que en la actualidad se carezca por completo de líderes políticos. Los hay, y de todas las edades. Lo importante es asumir que el relevo o, en su caso la llegada de nuevos liderazgos, frescos en edad o en ideas, que compartan con los que tienen más experiencia, es obligatorio si se quiere evolucionar al mismo ritmo que lo están haciendo otros Estados. La trillada combinación entre “experiencia y juventud” es siempre un buen método para acoplar la prudencia con la temeridad, la calma con la ansiedad y el discernimiento que da el sentido común con los conocimientos que concede la formación académica.

El “encargo democrático” que la nación le entrega a los nóveles activistas y a quienes, después de los cuarenta incursionan en la política o se interesan por incidir en la cosa pública, difiere, sustancialmente, si se trata de una coyuntura política donde la Constitución no se cumple, de aquella otra donde la democracia aún vive, pero se amenaza a la división de poderes, a las elecciones como forma de alcanzar el poder y al respeto de los derechos humanos.

Los jóvenes simbolizaron la figura central en varias de las protestas más emblemáticas en diferentes partes del mundo y en distintas épocas durante el siglo XX. Así lo registra la historia en México, en la República Popular China, en Venezuela y aquí mismo, en El Salvador.

En 1968, la “matanza en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco”, conmocionó a los mexicanos y a la comunidad internacional. Los estudiantes, como en otras partes del orbe, se oponían al autoritarismo y a los “métodos” utilizados por el régimen para desafiar a cualquiera que rechazara su “forma” de gobernar. Las crónicas señalan que el levantamiento estudiantil “marcó una inflexión en los tiempos políticos de México porque fue independiente y contestatario” y se fortalecía con “las demandas libertarias y de democratización que dominaban el imaginario mundial”.

La masacre de la “Plaza de Tiananmén”, en 1989, representa otro de los hechos históricos que confirman el involucramiento de la juventud allá donde el sistema democrático y las libertades se encuentran secuestrados. La foto del joven opositor enfrentando un escuadrón de tanques es la viva imagen de un individuo que exige el cese de la represión, en aquel momento, encarnada por el partido comunista. El Ejército Popular de Liberación disolvió la movilización y aunque la cifra de asesinados no está clara se habló de cientos de manifestantes.

La resistencia de los universitarios venezolanos a la reforma constitucional impulsada por el fallecido Hugo Chávez en 2007 con la intención de establecer la reelección presidencial indefinida, será recordada como otra de las luchas a favor de la democracia en América Latina. Esa fue la primera derrota electoral del exmandatario después de una serie de triunfos consecutivos que le otorgaron el poder desde 1999. En otro caso emblemático la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez fue repelida por los movimientos universitarios salvadoreños. Lideraron la “huelga de brazos caídos” y sacaron al dictador del poder.

En democracia, sin represores, pero con intimidaciones serias encaminadas a debilitar la forma de gobierno y la transparencia, con una crisis fiscal en ciernes, un magro panorama en materia de seguridad, una economía estancada que no genera empleos y un alto nivel de pobreza, los jóvenes deben reflexionar cuál será su contribución a la construcción de consensos. Hacer lo contrario los asemejaría a quienes ellos pretenden superar.

Eunucos, no. De Cristian Villalta

Mentes inteligentes aún florecen en la sociedad cuscatleca, jóvenes que quieren una primavera para el país, recuperar el espacio para caminar y ser.

Cristian Villalta, 12 marzo 2017 / LPG

Muchas de ellas se aglomeran en las universidades, disfrutando la fortuna de conocerse. Otras esperan una oportunidad de empleo; sin ella, no habrá estudio ni futuro posible, solo supervivencia. Demasiadas de ellas languidecen en un barrio sin mayor oportunidad que la del subempleo o la pandilla.

Toda esa juventud, patrimonio inalienable de El Salvador, figura de modo colateral en la agenda gubernamental. Asignatura imperdible de nuestros actuales cuadros políticos es garantizarle un futuro a esos ciudadanos a través de una mayor inversión en educación y de mejores oportunidades de primer empleo. Concentrar la discusión nacional en si los contribuyentes debemos o no pagarle la liposucción a esta diputada, o en si nuestra pensión debe ocuparse para costear los viajes de Sigfrido o las biblias de Gallegos, es perder un tiempo que no tenemos. El futuro está a la vuelta y es gente que necesita herramientas para aprender y producir.

Por esa metódica falta de respeto del “establishment” político a los jóvenes salvadoreños es que, con sorpresa, descubrimos por estos días que algunos de estos compatriotas del nuevo milenio también deambulan, huérfanos de apoyo, en ARENA y en el FMLN.

Las personas de las que hablo nacieron y crecieron con los gobiernos democráticos posteriores a la guerra; para ellos, pues, la alternancia en el poder es natural, no un resultado de la dialéctica histórica de nuestra nación. Guerrilleros y militares no son sino ignotos personajes de sus libros de texto, y los políticos actuales solo actores infelices de un presente incompleto y perfectible.

En resumen, que para ellos Shafick es tan cercano como los próceres, y d’Aubuisson es un redondel.

Son capaces, son jóvenes, son críticos y la mayoría de ellos aman a su país. Confían en que convertirán a El Salvador en un mejor lugar para vivir. Lo anhelan porque quieren vivir en su tierra como antes lo hicieron sus abuelos y sus padres. Pero con menos odio.

Por eso es surrealista que gente de tal calidad aún se adscriba a estos partidos políticos. Y por “estos” me refiero a su naturaleza, a su diseño, a su inspiración, no a su contenido. ARENA y FMLN responden a la misma pretensión sectaria, a la misma visión de una sociedad dividida en la que solo caben los iguales, a la misma aspiración de aniquilar la disidencia no solo en el metro cuadrado en el que conviven los correligionarios sino en los 21,000 kilómetros del territorio.

Que en uno de ellos quepa toda la falange franquista, se haga quema de Bocaccio y se prohíban los discos de Pink Floyd, o que en el otro partido le sigan creyendo la misa a Medardo ya son las miserias propias de cada quien, mera anécdota, el yin y el yan del mismo circo intolerante.

Me da pena que estos cipotes pierdan su tiempo de ese modo, pero me consuela creer que estas personas fabulosas solo atraviesan una etapa de su aprendizaje: conocer y detestar el modo salvadoreño de hacer política.

Confío en que la vida me permitirá ver al menos el inicio del fin de la partidocracia en El Salvador. Antes, esta juventud prometedora, educada de modo tan ecléctico y desordenado pero a la vez desenfadado y contemporáneo, debe pasar de largo de estos cumbos de mediocridad, y fortalecer la ciudadanía con movimientos civiles vigorosos, llenos de las hormonas de la libertad, no eunucos de los viejos poderes.