Pablo Iglesias

El llanto de Iglesias. De Salvador Garrido Román

Nunca hasta ahora, la lucha contra la dictadura fue usada por una organización para la confrontación política.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, tras su intervención en la sesión de control al Gobierno. J.J. Guillén

11 junio 2018 / EL PAIS

Yo fui torturado por Antonio González Pacheco —alias Billy el Niño— en 1972, cuando tenía veinte años. Guardo entre mis cosas el reloj de pulsera que llevaba puesto en el momento de mi detención, destrozado por el culatazo de arma de esbirro. Me puso su pistola en mi pecho y me dijo que mi cadáver aparecería flotando en el río Manzanares. Me preguntó si sabía quién investigaría mi muerte. Se respondió a sí mismo: “También yo”. Y rio su letal amenaza.

Fui entonces preso político, encarcelado por el torturador Billy el Niño. Ocurrió hace 46 años, va para medio siglo y ahora me lo rememora Pablo Iglesias con motivo de su alegato contra el mantenimiento de la concesión de una medalla en 1977. Nunca vi así mi caso en manos de una organización política.

Reprochó al ministro del Interior que la distinción a este torturador no hubiese sido retirada por el Gobierno. No mencionó que la Ley de Amnistía de 1977 supuso tabla rasa sobre estos asuntos: asesinos etarras con delitos de sangre, que volvieron a matar, se beneficiaron de la misma medida. No denunció esta infamia. Pero sí permitió, con sus silencios, que muchos españoles más jóvenes —como él—, pero desconocedores de esta tragedia, vislumbraran la vergüenza de mantener una condecoración a un torturador.

Afirmó Iglesias que ojalá un futuro ministro del Interior socialista haga justicia cuando sabe perfectamente que los hubo en el pasado durante más de veinte años de Gobierno y que no procedieron a la retirada de la condecoración que ahora reclama. A continuación, leyó algunos testimonios de víctimas del torturador en los que se relataba similares y más graves actos impropios hasta de una bestia.

El ministro le contestó que si los relatos que acababa de leer estuvieran recogidos en una sentencia, no habría diputado en la cámara que pensara en el merecimiento de la medalla y que caería sobre el torturador todo el peso de la ley. Iglesias no tenía ninguna sentencia. Su socio de coalición electoral, Alberto Garzón, envió acto seguido un mensaje público en el que incidía en este objetivo partidista acusando de poca vergüenza al ministro por haber defendido “a ese fascista delante de sus víctimas, que estaban en la tribuna” y mostrando su esperanza de que gente así sea expulsada del Gobierno.

Según Iglesias y Garzón, o se retira la medalla o se está en la vergüenza. A mí, sin embargo, me parece vergonzoso que un asunto así sirva para la confrontación partidista. Yo no hice lo que hice para que se usara de esta manera. Yo lo hice para que todos los españoles pudiéramos vivir en libertad, incluidos Iglesias, Garzón y los ministros del Interior, populares y socialistas, claro, y para que las leyes democráticas futuras fueran garantía de que no volviera a ocurrir. Como así fue. Nunca para que fuera arrojado, como una piedra, contra nadie. Cuando terminó su intervención, Iglesias se incorporó, levantó su puño, se sentó. Y lloró.

Mucho antes, en 2011, la ministra italiana de Trabajo lagrimó su comparecencia pública y dio tal imagen icónica la vuelta al mundo. Como cunda el ejemplo, y así parece, se va a generar una contienda política de desconsuelos. En mi caso, me sentí orgulloso de mi contribución a una nueva convivencia y convencido de que la democracia ha demostrado la imposibilidad de que vuelva a reproducirse la barbarie. Me satisfizo haber sido hijo de mi tiempo, comprometido, y me repele hoy la calificación de esclavo del pasado. Vencí al torturador cuando España se transformó en una democracia. Mi satisfacción, ya digo, es la libertad que disfruto, la misma que ocasiona la derrota del torturador.

Karl Popper afirmó que “aún el tirano más poderoso depende de su policía secreta, de sus secuaces y de sus verdugos”. Así, la dictadura se sustentó en numerosos torturadores, entre otros azotes. Uno de ellos fue Billy el Niño. Lo importante fue que no perdurara la tiranía. También André Glucksmann, en su libro “el discurso del odio” ofreció claves para reconocer esa lacra. Una de ellas es que “el odio se maquilla de ternura”. El argumentario del odiador es, señaló Glucksmann: “Quizá me equivoco… pero creía que estaba haciendo bien, voy de buena fe, nada malvado; el perverso eres tú, que osas suponerme tal”. Y con su conclusión me expreso: no necesito odiar el odio para combatir su locura asesina sino que sonrío ante su espantoso ridículo.

Pablo Iglesias representa un liderazgo cesarista que le permitió convocar una consulta entre los inscritos de Podemos sobre la permanencia de los cargos que su compañera Irene Montero y él tienen, cuestionada tras la compra de su nueva residencia. Obligó y sometió un asunto privado a la consideración política de su organización. Convirtió su designio personal en un referéndum político. Sin encomendar su voluntad a comité de dirección interno, conocido, alguno. Este comportamiento suyo fue autoritario y no veo razón alguna, sino todo lo contrario, para así calificarlo.

De aquella experiencia adversa no me quedó ningún estigma por suerte. De toda la transición política sí conservo una conciencia crítica que, con el tiempo, me mantiene en alerta contra los vestigios autoritarios y, hoy, me generan considerarlos un esperpento.

Salvador Garrido Román es periodista, fue secretario general del sindicato de CC. OO. de Correos y Telégrafos, elegido en su congreso constituyente de 1977.

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Congreso de Podemos: la segunda victoria de Rajoy

La canonización de Iglesias radicaliza a Podemos y beneficia al líder del PP en el juego del antagonismo inofensivo.

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Pablo Iglesias, este domingo, en Vistalegre. Santi Burgos

Rubén Amón, 11 febrero 2017 / EL PAIS

el paisNo contento Rajoy con haber ganado el congreso del PP con una adhesión norcoreana, también ha ganado el congreso de Podemos. Nada le conviene más al presidente del Gobierno que la proclamación de Iglesias como líder supremo. Porque consolida el fuego cruzado PSOE en el mito de la pinza. Y porque es un antagonismo inofensivo en ambas direcciones. Rajoy quiere gobernar e Iglesias quiere liderar la oposición.

Semejante conveniencia acaso representa la mayor paradoja del fervor pablista que se ha vivido en Vistalegre. La suya es una victoria rotunda. Y recibida con entusiasmo hooliganista en el ruedo de Carabanchel. No sabemos qué hubieran decidido los votantes de Podemos —cinco millones— en una finalísima abierta, pero el escrutinio militante favorece la opción militante. Incluso otorga la razón a Iglesias en su estrategia maximalista-victimista-sentimentalista: o todo el poder o me marcho a casa.

Ha funcionado la coacción. No hasta el punto de esconder la fractura del errejonismo —la lista de Íñigo un tercio del consejo ciudadano—, pero sí con todos los argumentos de represalia para totemizar el piolet y desencadenar la purga. No quiso mencionarla Iglesias en el trance de la levitación nazarena. Ni podía hacerlo: el graderío reclamaba la unidad como remedio terapéutico a la pelea de gallos.

Hubiera sido una torpeza exhibir la cabeza de Errejón a semejanza sacrificial de la Medusa, pero la condescendencia piadosa de estas primeras horas en nada contradice las medidas ejemplares del Directorio. Lo sabían los errejonistas desde que trascendieron los resultados por una filtración. Y lo percibieron más todavía cuando Iglesias compareció en el escenario impecablemente encorbatado.

El abrazo de cortesía a Errejón precipitó el histerismo de los militantes. Interpretaban la escena como una hermosa reconciliación. Iglesias extiende una mano. El problema es la otra. Y hasta qué punto es verosímil el eslogan de la “Unidad y humildad” que Iglesias convirtió en anáfora mecánica de la gran homilía dominical. Humildad e Iglesias son conceptos antitéticos. Unidad y Podemos, exactamente lo mismo, sobre todo después del trauma cainita que ha supuesto el Congreso.

Requiere un enorme esfuerzo de ingenuidad imaginar la reconciliación. No ya por los desencuentros personales, sino por la incompatibilidad de los modelos políticos. La victoria de Iglesias radicaliza el discurso de Podemos. Se arriesga a perder peso en caladero izquierdista, pero conecta con las bases. De otro modo no se hubiera aclamado y canonizado en Vistalegre a los apóstoles de la subversión. Diego Cañamero se pavoneaba como un héroe proletario. A Bódalo se le evocaba como un epígono de Miguel Hernández. Monedero exigía la idolatría en los pasillos. Y Miguel Urbán, condotiero de los “anticapis”, acaparó los mayores decibelios, superando con creces cualquiera de las intervenciones de Pablo Iglesias. Y no puede decirse que escasearan.

El líder de Podemos se sucede a sí mismo al frente de Podemos. El problema es que Iglesias es la virtud y el límite del movimiento. Todavía se necesitan en el esquema paterno-filial y en los rescoldos del mesianismo, pero tanto se refuerza su liderazgo agresivo, tanto se desvanecen sus posibilidades de llegar a la Moncloa.

La restauración del modelo feroz conforta a Iglesias en la devoción de la militancia y demuestra que el espíritu de Izquierda Unida se ha apoderado de las esencias, pero representa un enorme límite electoral. El límite que aspiraba a rebasar Errejón normalizando la vida institucional y convenciendo a los suyos de que el futuro de Podemos, de haberlo, está a la derecha de Podemos. E insistiendo en que la idea de cultivar temerariamente el fantasma del “estado fallido” no lograba otra cosa que hacer de Rajoy el patrón nacional de los pensionistas y el rompeolas a la incertidumbre. Larga vida a Mariano.

La izquierda caníbal. De Pere Vilanova

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. EMILIO NARANJO (EFE)

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. EMILIO NARANJO (EFE)

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

Pere Vilanova, 3 enero 2017 / EL PAIS

Un axioma ampliamente aceptado sostiene que los procesos revolucionarios, o percibidos como tales por algunos de los actores implicados, tienden a devorar a sus protagonistas. O, dicho de otro modo, en determinados contextos existen muchas posibilidades de que algunos o varios de los movimientos y partidos implicados incurran en procesos de autodestrucción. Podemos aceptar que se trata de una constante histórica, pero algunos ejemplos son más pedagógicos que otros. No hace falta remontarse a la antigüedad; la Revolución Francesa estableció un paradigma en este aspecto. La manera como los jacobinos destruyeron a los girondinos, a pesar de que habían protagonizado juntos la derrota del antiguo régimen, fue sólo el prólogo de cómo los radicales de Robespierre liquidaron a los “indulgentes” (gravísima acusación) Danton, Hebert y Desmoulins. Aquí liquidación equivalía a guillotina, no a tediosos lances vía Twitter. Y a continuación, los más aterrorizados por el terror, liquidaron a su vez a Robespierre y su núcleo duro. ¿Quién sobrevivió a todos? Fouché, que empezó siendo el más antimonárquico en los días de la Bastilla, se ganó el apodo de “el ametrallador de Lyon” en los días de máximo terror jacobino, se puso de lado cuando la caída de Robespierre, y reaparece como… jefe de policía de Napoleón, cuando este restableció un cierto orden (“su” orden). Y, cuidado, Fouché es el inventor del concepto moderno de la policía política. Un superviviente nato, por cuanto a la caída de Napoleón reaparece, bajo la monarquía restaurada, como duque de Otranto.

el paisSe puede argumentar que la Revolución Rusa, algunos de cuyos líderes gustaban de buscar semejanzas con la Revolución Francesa, depuró el modelo en su versión más violenta. Nadie podía pensar durante los años que van de la publicación del libro ¿Qué hacer?, de Lenin, en 1902 a la muerte de este en 1924, que hacia 1929 el oscuro exseminarista georgiano Josif V. Djugashvili se convertiría rápidamente en el gran Stalin. Y ahí los métodos dejaron a Robespierre como una especie de aficionado en eso del terror. Cuando las purgas de 1936 y 1938, el politburó del Partido Bolchevique de 1918 había sido liquidado físicamente en su totalidad, menos Trotski, que fue asesinado en 1940 en México por un camarada catalán, Ramón Mercader.

“La derecha se autodestruye menos, sugieren algunos,
porque tiene mucha más experiencia del poder”

Podríamos ampliar el caso a la Revolución Cultural china de 1966 a 1971, cuando “espontáneamente” los guardias rojos decretaron su pintoresca y sangrienta campaña de “fuego graneado contra el cuartel general”, es decir, las viejas jerarquías del régimen comunista fundado en 1949. Pero, cuidado, tan espontáneo era el movimiento que evitó cuidadosamente criticar a Mao Tse Tung, a la policía política y… al Ejército. ¿Cómo acabó aquello? Pues un día de 1971, un avión que llevaba a Lin Piao, el más radical de los promotores de la Revolución Cultural, se cayó en Mongolia. Versión oficial: era un agente al servicio del imperialismo y del revisionismo soviético. Al final, la caída de la “banda de los cuatro” a la muerte de Mao abrió la puerta al viraje conducido por Deng Siao Ping, de tal modo que —salto en el tiempo— hoy Xi Jinping es el líder más esperado en… Davos!

Más allá de estas constantes, la ventaja hoy en día es que en nuestros sistemas políticos estas dinámicas se producen sin sangre, es más una cosa de las redes sociales, de las tertulias incendiarias y de la era de la posverdad. Pero algunas preguntas subsisten. ¿Por qué la izquierda es más autodestructiva que la derecha? Algunos sugieren que esta tiene mucha más experiencia del poder, económico y del otro, y eso deriva en un pragmatismo que hace que, si nos despistamos, los Bárcenas, Correa, Camps son ya cosa de un pasado lejano sin ninguna relación con el actual partido en el Gobierno, o que el PDECat no tiene nada que ver con la herencia judicial convergente. Por su parte, los socialistas franceses ¿pueden permitirse siete (sic) candidatos en las primarias para unas elecciones presidenciales que perderán casi seguro? O los socialistas españoles seguir dando el espectáculo, Sánchez, Díaz, López, entre acusaciones de “traición” y mantras sobre “lealtad al partido”, mientras el presidente de la comisión gestora hace lo que puede y sería quizá el mejor candidato posible. ¿No se trataba de un debate de “ideas y no de personas”? Pero la tentación es irresistible: ¿cómo no imaginar a Pablo Iglesias como Robespierre, a Errejón como Danton y desde luego a Echenique como el gran Fouché? Sin guillotinas, pero con Twitter. Y si no, tiempo al tiempo.

El fin del comunismo. De Antonio Elorza

el paisResulta preciso volver a Lenin para entender hasta qué punto era irreformable el régimen soviético, basado en la eliminación de la democracia y de todo pluralismo mediante la violencia de Estado.

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Antonio Elorza, catedrático de ciencia política en la Universidad Complutense. Fundador de Izquierda Unida, que abandonó en 2008.

Antonio Elorza, 22 diciembre 2016 / EL PAIS

Hace ahora veinticinco años, el 25 de diciembre de 1991, el presidente Gorbachov anunció la disolución de la URSS, consecuencia del fallido golpe de Estado del 21 de agosto. La cuesta abajo iniciada dos años antes en las democracias populares llegaba a su conclusión lógica: el fin del comunismo soviético. De esa trayectoria parecía participar incluso China, sin que percibiéramos que Tian an-men había sido el muro contra el cual se estrellaron definitivamente las expectativas democráticas. Recuerdo también haber asistido con Javier Pradera a unas jornadas sobre Cuba en Madrid, donde se daba por supuesto que estaban contados los días del castrismo, privado del maná ruso.

Pero “la última palabra todavía no ha sido pronunciada”, según advirtió el jefe de la Stasi, Mischa Wolf, tras la caída de la República Democrática Alemana (RDA). El año de 1991 supuso el fin del comunismo soviético, y con él de la presencia efectiva de los partidos herederos de la Tercera Internacional en Europa. No de los regímenes comunistas extraeuropeos. Bajo el liderazgo de Deng Xiao Ping, China reemprendió el experimento que la revolución cultural abortó en sus preliminares, de recurso a la disciplina confuciana, sin sombra de pluralismo político, hasta consolidar una vía de crecimiento económico sometida al monopolio de poder del Partido Comunista Chino (PCCh). Fue imitada por Vietnam y Laos. Por su parte, gracias a las subvenciones de Chávez, el régimen castrista malvivió hasta hoy. Y en Corea del Norte se afirma una tiranía dinástica de signo belicista, configurando un modelo de país-cárcel.

El denominador común fue el recurso a una represión permanente. El enorme éxito económico de China ha permitido dejar de lado la reivindicación política, salvo en Hong Kong, pero aun donde la gestión económica sigue arrastrándose, caso de Cuba, a pesar del lavado de fachada propiciado por Obama, sigue bloqueada toda apertura política. Igual que sucedía en España con Franco, los cubanos saben que Raúl Castro dispara. El cambio de imagen afecta para Cuba solo a los medios occidentales y a los inversores, no a los derechos humanos.

Mirando hacia atrás, a pesar de la profunda crisis del “socialismo realmente existente” en los años 80, el happy end difícilmente hubiera llegado sin el reformismo de Gorbachov y su reticencia a emplear las armas en la defensa de los regímenes soviéticos. Por algo es tan odiado en su país. Pensemos en la importancia en Rusia del sentimiento continuista de exaltación nacional, hoy encarnado por Putin, quien sin duda en 1989 y 1991 hubiese actuado de otro modo. Hay un hilo rojo desde el imperialismo zarista a Stalin, y de este al actual presidente ruso. Stalin no dudó en elogiar una política zarista de expansión territorial, que asumió explícitamente como heredero a partir de 1939, aprovechando cada ocasión para ensanchar fronteras. En cuanto a Putin, desde su posición en la KGB, vio en el desplome de la URSS “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”; y por lo que se ve, hará todo lo posible para su restauración en nombre de Rusia, sin que cuenten los muertos y las violaciones del derecho internacional. Sus vecinos lo saben demasiado bien.

La imagen gloriosa del orden soviético, o lo que quedaba de ella tras Praga 68 y las noticias del desplome económico, se derrumbó como un castillo de naipes. Las maravillas de la RDA cantadas por Mundo Obrero al borde de la caída del muro, o la construcción del socialismo, pregonada aun en 1988 por Julio Anguita, fueron borradas por la realidad del aberrante régimen policial de La vida de los otros, y unas economías no competitivas con las occidentales. “Proletarios de todo el mundo, perdonadnos ” (verzeihen uns) ponía una inscripción en boca de Marx y Engels. Y la apertura de los archivos soviéticos deshizo el mito de que la monstruosidad de Stalin había sustituido al comunismo auténtico de Lenin, quien desde 1917 fue creador consciente de un Estado terrorista.

“Se ha deshecho el mito de que la monstruosidad de Stalin
había sustituido al comunismo auténtico”

¿Por qué no se dio respecto del comunismo una imprescindible clarificación? No sirve aducir que quiso la emancipación de la humanidad, ya que produjo lo contrario. Pero sí es cierto que su lucha contra regímenes reaccionarios, de no alcanzar el poder, constituyó un factor democrático de primer orden por su determinación y por la entrega y sacrificio de sus militantes. Recordemos aquí, entre otros muchos, a figuras ejemplares como Simón Sánchez Montero, José Sandoval, Domingo Malagón. Con todas sus contradicciones, también Pasionaria, Joan Comorera, José Díaz. Y Federico Sánchez.

En línea con el antecedente de los frentes populares de 1936, el eurocomunismo, la búsqueda de un comunismo democrático, fue su expresión. “Si los comunistas no somos los demócratas más consecuentes”, advirtió Togliatti, “seremos superados por la historia”. Pero mal cabía esperar esa revisión ante la pinza de una presión occidental dominada por un anticomunismo de guerra fría, y de la ofensiva permanente desatada desde la URSS de Brezhnev. Así, nunca se dio la imprescindible ruptura del cordón umbilical con el marxismo soviético. Salvo en el Partido Comunista Italiano (PCI), las limitaciones eurocomunistas eran insalvables, caso en Francia de Georges Marchais —”el hombre de Cromagnon de la izquierda”, Mitterrand dixit– o de un Santiago Carrillo que pretendía impulsar la democracia desde “el Partido Comunista de siempre”, el de Stalin, y en lo posible, al modo de Stalin.

Luego intervino la máscara. Así, entre nosotros, Izquierda Unida, convertida en la antítesis de su proyecto, sirviendo solo para amparar la hibernación comunista, con punto de llegada en el jurásico “clase contra clase” de Alberto Garzón, simple apéndice de Podemos. De hecho la formación morada es hoy, bajo Pablo Iglesias, inconsciente seguidora de “aquel calvo genial” (sic), quien enseñó en 1917 como puede obtener respaldo de masas una organización rígidamente centralizada en manos de un jefe. ¿Finalidad? Entregarse a la erosión de la libertad —aquí, del orden constitucional— y a la eliminación de todo competidor de izquierda.

“Como sucedía con Franco en España,
los cubanos saben que Raúl Castro dispara”

Resulta preciso volver a Lenin para entender hasta qué punto era irreformable el comunismo soviético, basado en la eliminación de la democracia y de todo pluralismo mediante la violencia de Estado. Lo probó el fracaso de los intentos finales del propio Lenin por hacer del partido “una gota en el mar del pueblo”. Su dictadura del partido-Estado desembocaba inevitablemente en Stalin.

1991 fue el fin de la URSS, la muerte de una utopía, pero no significó la extinción del comunismo, dada la supervivencia directa de su legado en China, Vietnam, o Cuba, e indirecta en regímenes de opresión y miseria (Venezuela, Nicaragua). Tampoco canceló la exigencia de seguir luchando contra la injusticia social.

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¿Democracia directa?

 

Intimida que algo queda. De Juan Cruz

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el paisLa tendencia de Pablo Iglesias de decirle a los periodistas cómo deben ejercer su oficio tiene antecedentes.

MD78. MADRID, 24/05/07.- El escritor Juan Cruz, esta mañana durante una entrevista con Efe en la que habla de su nueva obra, "Ojalá octubre", en la que rinde homenaje a la figura de su padre y a la gente humilde de su entorno, que "supieron perder con dignidad". EFE/J.L. PinoJuan Cruz, 2 noviembre 2016 / EL PAIS

La tendencia de Pablo Iglesias de decirle a los periodistas cómo deben ejercer su oficio, este modo suyo de intimidar a los profesionales para que se replieguen ante él y los suyos, tiene antecedentes. En Venezuela, por ejemplo, y en Argentina. Él dictó, con algunos de sus compañeros más apresurados en la mecánica de la reprimenda, la norma de que no se puede hablar de Venezuela aquí, pero él habló mucho de Venezuela, y también habló para Venezuela, y para repúblicas amigas. Hasta que fue oportuno que no llorara por Hugo Chávez y dejó de decir Hugo antes de que dejara de decir Alexis o antes de que dejara de decir todos los nombres propios que antes no se le caían de la boca.

Después de dictar que no se hablara de Venezuela dictó cómo debía informarse desde España para América, y puso de ejemplo EL PAÍS, al que había que desactivar como un peligro para la comprensión del futuro de los países a los que se dirigía en aquel sur. Lo hizo a través de un programa al que convocó a gran parte de sus más fieles contertulios para decir, a vuelta de tuerca, que somos un peligro para el mundo que él quiere construir. Luego vinieron algunas anécdotas simbólicas que tienen que ver con su concepto del periodismo.

Como otros líderes que no son de su cuerda, se burló de periodistas por su vestimenta e incluso por sus informaciones, para que acallaran bajo sus gritos o sus burlas las informaciones que estuvieran en sus manos. Y ha llegado ahora a la desfachatez profesional de llenar de tuits y otras maniobras de los suyos y de los adquiridos para hacer que una emisora de radio, la SER, de este grupo, fuera acusada de decir lo que él dice que no dijo después de que todo el mundo escuchara que no dijo algo distinto que lo que la cadena resumió. Él y los suyos consiguieron que Mariela Rubio pareciera un seudónimo de Juan Luis Cebrián en el caso Espinar y ahora lo han intentado de nuevo con la desfachatada y prolija declaración del propio Iglesias sobre las mujeres: intimida que algo queda. Y quedó.

La técnica es esa, la intimidación, auxiliada por las redes sociales que manejan él mismo y sus compañeros de equipo con una destreza que desarma al contrario que cree que si las redes lo destrozan ya no volverá sano a casa. Y a esa intimidación nos hemos prestado los periodistas hasta convertirnos en rehenes de su buen humor o de su malhumor, de su concepto (el de Iglesias, el de los suyos) torcido de un oficio del que ya se ríe abiertamente, y a muchos parece que nos divierte el harakiri.

Sé que lo que estoy diciendo aquí tendrá las consecuencias habituales, que ya son una constante en la relación de Podemos con el periodismo al que no llegan a borrar del todo, aunque lo intenten sus más ágiles portavoces, ellas y ellos. Pero no me puedo callar porque yo vi ese periodismo ya, en las charlas de Hugo Chávez y en un programa argentino burlón alentado por Cristina Kirchner y los suyos; se titulaba 6, 7, 8 y era una agresión sin cuartel contra todo aquel periodista (de EL PAÍS incluido) que osaba decir lo que no estaba legislado por los altavoces de aquel periodo oscuro del periodismo argentino.

Como quiero el oficio, no tengo ganas de que el periodismo se rinda, anestesiado, ante los que lo quieren meter en el cajón oscuro de la intimidación. Ah, y tampoco me llamo Mariela Rubio.

La obra conjunta de Iglesias y Rajoy. Editorial de El País

Mariano Rajoy y Pablo Iglesias EFE

Mariano Rajoy y Pablo Iglesias EFE

Con su plan de destruir el centro, ambos nos condenan a la ingobernabilidad.

Editorial, 19 junio 2016 / EL PAIS

el paisA una semana de las elecciones generales, algunos tratan de hacernos creer que los ciudadanos que se acerquen a las urnas solo tienen ante sí una única y dramática decisión: apoyar a un bloque de derechas dirigido por el PP o, por el contrario, sumarse a un bloque de izquierdas encabezado por Podemos.

Esa dicotomía es falsa e interesada. Primero, porque, como muestran todas las encuestas, una mayoría considerable de españoles se sitúa en posiciones ideológicas cercanas al centro. Segundo, porque, como muestra el sondeo de Metroscopia publicado hoy por EL PAÍS, aunque la mayoría de votantes del PP preferirían gobernar con Ciudadanos, y los de Podemos con el PSOE, los socialistas y los de Ciudadanos se decantan con toda claridad por coaliciones transversales que incluyan a sus partidos, antes que por fórmulas en las que no estén ellos dos.

La lógica de bloques la promueven aquellos que quieren hacer creer que solo se puede gobernar España desde un extremo ideológico en confrontación con el otro extremo. Pero esta lógica no solo es falaz sino destructiva para nuestro país. Basta con examinar las propuestas programáticas de los cuatro partidos en liza —cosa que, por desgracia, una campaña electoral basada en las emociones y el trazo grueso no parece estar permitiendo—, para comprobar que la confluencia programática entre PP y Ciudadanos, por un lado, y PSOE y Unidos Podemos, por otra, es mucho menor que la existente, por ejemplo, entre socialistas y Ciudadanos.

El nuevo tablero político, multipartidista, hace bastante inútil reivindicar la victoria en votos como única fuente de poder. Eso se aplica especialmente a Mariano Rajoy: el mal balance de legislatura, su deteriorada imagen a costa de los innumerables casos de corrupción sufridos en sus filas y su reticencia tras el 20-D a abrir negociaciones conducentes a una investidura le invalidan para liderar una coalición, necesariamente transversal, que promueva los cambios y reformas necesarios para España. Además, si como indican las encuestas, sus resultados fueran peores que los del 20-D, resultará muy difícil que continúe como líder de su partido, ya que, como ha señalado Albert Rivera, eso cerraría al PP toda posibilidad de permanecer en el Gobierno.

Al otro lado del tablero político, Pablo Iglesias es, pese a postularse como la única alternativa a Mariano Rajoy, el dirigente con menos posibilidades de ser presidente del Gobierno. Es imposible imaginar que los socialistas —después de haber visto malograda la investidura de Pedro Sánchez por la resistencia de Podemos siquiera a abstenerse— se dispongan ahora a convertir a Pablo Iglesias en jefe de un Ejecutivo en el que el PSOE juegue el papel de comparsa. Mantenemos la posición defendida en su día desde este espacio editorial de que el PSOE no puede gobernar con Podemos porque esta es una fuerza esencialmente populista y de variable orientación ideológica que no ha demostrado fiabilidad ni actitudes como para gobernar para todos los españoles. Esa posición es mucho más rotunda si el PSOE es tercera fuerza por el deseo de los votantes de ver a los socialistas en la oposición.

Además, el camino hacia La Moncloa de Podemos se ve lastrado por el hecho de que suscita casi tanta reticencia como el PP en el conjunto de la sociedad: el 57% nunca votaría a los populares, y el 43% tampoco lo haría nunca por Podemos, mientras solo un 14% manifiesta absoluto rechazo hacia el PSOE o Ciudadanos.

La centralidad viene también obligada por el deterioro de las dos fuerzas dominantes en el anterior sistema bipartidista, PP y PSOE, que parecen reunir ahora una menor intención de voto, y posiblemente, menos escaños, que en diciembre.

Hay que pedir a los electores que decidan su voto siendo conscientes del difícil marco español y europeo en que les toca decidir. Y a los partidos, que abandonen el terreno de la banalización y del simplismo. No se puede confundir al electorado gritándole que no hay más opción que Rajoy o Iglesias. Todavía existen muchos votantes indecisos y hay campaña por delante.

Desde la transversalidad se pueden encontrar soluciones de gobierno que traigan a la vez cambio y estabilidad, y reformas sin rupturas, además de soluciones para cuestiones enquistadas, como la de Cataluña. Por el contrario, desde la polarización, el frentismo y la dinámica de bloques solo se puede garantizar una continua crispación que conduce a que los problemas se perpetúen.

¿Socialdemócratas? Editorial de EL PAIS

Podemos abraza la socialdemocracia para tratar de compensar el pacto con IU.

El nuevo Consejo Político federal de Izquierda Unida, tras la elección de Alberto Garzón (centro de la foto, con camisa blanca) como nuevo coordinador en una etapa marcada por el acercamiento a Podemos. Fernando Alvarado EFE

El nuevo Consejo Político federal de Izquierda Unida, tras la elección de Alberto Garzón (centro de la foto, con camisa blanca) como nuevo coordinador en una etapa marcada por el acercamiento a Podemos. Fernando Alvarado EFE

Editorial, 7 junio 2016 / EL PAIS

el paisLa repentina autoproclamación de Pablo Iglesias como un “socialdemócrata” y el intento de situar a Podemos en el terreno de “la nueva socialdemocracia” sacrifica la coherencia ideológica al objetivo táctico de atraerse a toda costa votos socialistas y así superar electoralmente al PSOE. No existe constancia, en un partido que presume de apertura a los militantes, de un debate interno que haya llevado a Podemos a abrazar la socialdemocracia, ni menos aún de que se haya presentado con esta seña de identidad a anteriores comparecencias en las urnas. Tampoco consta que en el Parlamento Europeo Podemos haya decidido abandonar el grupo parlamentario Izquierda Unitaria Europea, al que se adscribió tras las elecciones europeas de 2014.

No es este el único tema en el que los líderes de Podemos muestran su capacidad de retorcer los conceptos y las ideologías. Por ejemplo, cuando se reclaman patriotas plurinacionales o, mejor todavía, cuando se dicen capaces de defender un soberanismo europeísta. Si existe algo verdaderamente antagónico a lo largo del Viejo Continente es el soberanismo y el europeísmo, cuya primera ambición ha sido siempre la de superar los nacionalismos.

El problema de fondo al que parece responder la súbita conversión ideológica es el abandono de la transversalidad, concepto con el que Podemos navegó en anteriores mares electorales con la voluntad de escaparse del encasillamiento en la izquierda para captar votos en diferentes zonas del espectro ideológico. Una vez consumada la coalición con Izquierda Unida, ya es imposible sostener que la nueva oferta electoral es simplemente una fuerza política que se identifica o es capaz de representar a todo tipo de gente, con la única condición de que no formen parte de las élites.

Proclamarse socialdemócrata es la nueva astucia táctica con la que Iglesias pretende anclarse en el centroizquierda. El líder de Podemos ha entendido que para alcanzar el poder es mejor crear polémica sobre su conversión socialdemócrata y así evitar asustar a los votantes sensibles al frentismo de izquierdas.

Una vez consumada esta transformación, Iglesias alancea al PSOE con la etiqueta de “vieja socialdemocracia”, intentando otra vez sembrar la división entre los electores del partido aprovechando los altavoces que le prestan a diario los amigos del Gobierno. Este repentino viraje no debería tener mucho recorrido. Como demuestran los sondeos, los ciudadanos sitúan al PSOE casi en el centro ideológico, mientras que perciben a Podemos casi en la extrema izquierda.

Quién iba a decir que la socialdemocracia, a la que tantos han coincidido en considerar agonizante —si no muerta y enterrada—, iba a convertirse en un terreno de disputa electoral. La socialdemocracia realmente existente, es decir, el PSOE y su candidato a La Moncloa, Pedro Sánchez, deberían sacar de este episodio energías para defender con convicción que su oferta política y sus ideas tienen futuro. Porque habrá que convenir, al menos, en que algo de bueno tiene la socialdemocracia cuando tantos se reclaman de ella.