Rajoy

Un Gobierno inviable. Editorial de El País

La moción desalojará a Rajoy, pero no generará más estabilidad política.

Pedro Sánchez del PSOE y Pablo Iglesias de PODEMOS durante el debate sobre la moción de remover a Rajoy del gobierno.

1 junio 2018 / Editorial de EL PAIS

La resistencia de Mariano Rajoy a dimitir —aún queda formalmente tiempo para que lo haga y apelamos enfáticamente a su responsabilidad para que responda en ese sentido— ha dejado al Congreso de los Diputados atrapado entre dos tiempos y requerimientos difíciles de conciliar entre sí.

Por un lado, un indiscutible imperativo ético obliga a desalojar al presidente de La Moncloa —que se despide insultando al Parlamento y a los votantes con su ausencia en la sesión vespertina y abrir un nuevo tiempo que dignifique la política y las instituciones democráticas lejos de la corrupción generalizada del PP. Por otro, si la Cámara censura con éxito al Gobierno, el tiempo de la urgencia ética deberá dar paso al tiempo normal de la política bajo otro Gobierno, que debería contar con un programa y apoyos parlamentarios que proporcionen estabilidad política y económica en un momento especialmente delicado. Desafortunadamente, no va a ser así.

El rechazo de uno a dimitir y del otro a ir a las urnas e
s un elemento adicional a la crisis

Como se constató este jueves en el hemiciclo, ni el presidente del Gobierno puede continuar ni el líder de la oposición tiene la capacidad política de liderar un Ejecutivo estable y coherente. La gobernabilidad de España está a punto de pasar de las manos de un líder, Mariano Rajoy, culpable de esta crisis institucional por su incapacidad para afrontar su responsabilidad política, a otro, Pedro Sánchez, que rechaza acudir a la ciudadanía para obtener un mandato claro para seguir adelante. Con su rechazo a convocar a las urnas para solventar esta grave crisis, los líderes de los dos partidos que han gobernado la democracia muestran que no tienen confianza en sí mismos ni en sus votantes para que renueven el apoyo que en otros tiempos les dieron. El rechazo de uno a dimitir tras haber perdido la mayoría y del otro a ir a las urnas para tener una mayoría estable se convierte así en un elemento adicional de la crisis del sistema democrático en el que la política se ha instalado desde 2015. Con su proceder, tanto uno como otro pretenden evitar el castigo de sus votantes en las urnas, aunque cabe preguntarse si a la larga no lo agravarán. Esto es lo más probable.

Asistimos, en realidad, al duelo entre dos políticos sin futuro; al último impulso, quizá, de dos dirigentes de dos partidos que se agarran desesperadamente entre sí ante el viento que los arrastra. Uno y otro parecían calcular si es mejor o peor apurar unos cuantos meses en La Moncloa para pilotar así en mejores condiciones las próximas elecciones. Entendemos que, no importa cuál de los dos pilote, ambos conducen la nave hacia un destino fatal. En ningún momento en el duelo Sánchez-Rajoy parecía adivinarse la menor preocupación por los intereses ciudadanos.

Intentar gobernar con unos apoyos
contraproducentes es una imprudencia

Mucho nos tememos que la crisis del sistema, ya grave, se agudizará si Sánchez logra su empeño de instalarse y permanecer en el Gobierno con el magro apoyo que proporciona un núcleo estable de 84 diputados que solo de forma excepcional ha logrado sumar una mayoría absoluta para lograr su investidura. Gobernar un país que afronta retos políticos, económicos, sociales y territoriales de indudable calibre con un apoyo tan exiguo sin duda generará inestabilidad, y con ello contribuirá a deteriorar la confianza en las instituciones.

Prueba de la artificialidad e inviabilidad del Gobierno que se propone es el programa que presentó Sánchez en el Congreso, que incluye la pretensión de gobernar con los Presupuestos Generales recién aprobados por el PP, al que aspira a desalojar, y que fueron motivo de una enmienda a la totalidad de su partido por su carácter supuestamente antisocial y regresivo. O el empeño en sacar adelante una importantísima agenda legislativa en materia económica y social desde un Gobierno monocolor que, con 84 diputados, representaría el 24% de los escaños de la Cámara.

Más preocupa si cabe el deseo expresado por el candidato de “tender puentes” y “dialogar” con las fuerzas independentistas catalanas cuando se sabe que ese diálogo —como dejó muy claro Tardà y ratificó después Iglesias— solo puede versar sobre el cómo y el cuándo se celebrará una consulta sobre la independencia de Cataluña. Hay que recordar que el bloque constitucional formado por el PP, el PSOE y Ciudadanos que ha gestionado la respuesta a la crisis catalana y la aplicación del artículo 155 ha contado con 254 escaños, esto es el 72% de la Cámara. Sin embargo, con sus 84 escaños, el PSOE será minoritario en la coalición de 180 diputados con la que pretende gobernar, pues todos los partidos que le apoyan (Unidos Podemos, Bildu, ERC, PDeCAT y PNV) son partidarios, de una forma o de otra, del derecho a decidir, eufemismo de un derecho a la autodeterminación que no cabe en la Constitución. ¿Puede aspirar Sánchez a gestionar la crisis catalana siendo minoría dentro de su propia coalición parlamentaria y siendo minoría dentro del bloque constitucional? Difícilmente.

Desalojar a Rajoy, insistimos, es un imperativo. Intentar gobernar sin apoyos o, peor, con unos apoyos contraproducentes, una imprudencia. Tal y como hemos sostenido, en aras de evitar la inestabilidad y la deslegitimación del sistema democrático, apelamos a una pronta convocatoria a las urnas en fecha pactada por todos los grupos parlamentarios que quieran garantizar la estabilidad y la gobernabilidad y que piensen que la solución más eficaz y más democrática es dar la voz a los ciudadanos.

España, en la ratonera de Calibán. De Pedro J. Ramírez

“Our natures do pursue, like rats that ravin down the proper bane, a thirsty evil, and when we drink, we die” (Measure for measure I, 2).

Pedro J. Ramírez,

Pedro J. Ramírez, director de El Español

Pedro J. Ramírez, 2 octubre 2017 / EL ESPAÑOL

Pablo Iglesias revolotea, sin escrúpulo alguno, como un ave de presa sobre el espacio urbano de Barcelona, a la espera de lo peor, pero tiene razón en algo fundamental: suceda lo que suceda, este domingo 1 de octubre de 2017 lo que él llama “el régimen del 78”, es decir la España constitucional que conocemos, habrá quedado vista para sentencia.

Ilustración: Javier Muñoz

No en el sentido de que habrá absolución o condena para estos 40 años de imperfecta convivencia en libertad -que eso quedará para la Historia y, a nuestros efectos, dará lo mismo-, sino en el sentido de que el periodo, el modelo y el sistema habrán llegado a su fin, ante todo aquel que tenga ojos para ver.

el españolSerá una jornada clave en la que los focos de la opinión mundial se fijarán de forma simplista y distorsionada en esta extraña democracia que tiene que desplegar a miles de policías para impedir votar a millones de ciudadanos, espoleados machaconamente hacia las urnas, mientras los organizadores de tan descomunal desobediencia colectiva -que el número dos de Interior bautiza como “picnic”- continúan en sus cargos públicos, tras acumular un sin número de flagrantes delitos.

Cuando dejen de rodar los peligrosos dados del azar, los acontecimientos habrán podido alcanzar la categoría de catastróficos -no faltará incluso quien busque su Bloody Sunday– o quedarse en simplemente desastrosos. Pero nada bueno habrá sucedido para nadie. Y esa desoladora suma, necesariamente negativa, conlleva la cruz y la raya que toca poner bajo la experiencia constitucional que surgió de la Transición.

“Los acontecimientos habrán podido alcanzar la categoría de catastróficos o quedarse en simplemente desastrosos”

Un régimen político que no ha logrado impedir, ni por las buenas, ni por las malas, ni con el diálogo, ni con las amenazas, ni con la ley y los jueces, ni con la Policía y la Guardia Civil, lo que, en el mejor de los supuestos, será un monumental bochorno colectivo, es evidente que ha dejado de constituir un marco útil para afrontar los problemas de la sociedad española. Al menos en lo que a algo tan sustancial como el modelo de organización del Estado –el maldito Título Octavo- se refiere.

¿Qué nos ha pasado? Pues que nos hemos suicidado en los términos exactos descritos por la tremenda cita de Shakespeare que encabeza esta Carta: “Como las ratas que tragan vorazmente su propio veneno, nuestras inclinaciones corren detrás de un mal del que están sedientas, y cuando bebemos, morimos”.

El “veneno” han sido los recursos y competencias del Estado, entregados, en nombre de identidades trucadas, a las autoridades autonómicas, por parte de unos gobiernos centrales dotados de precarios mecanismos y nula capacidad política de controlar su lealtad institucional.

Eso ha permitido a tales autoridades autonómicas suministrar paulatinamente la pócima, aumentando poco a poco la dosis, estimulando las “inclinaciones”, primero de los vascos y ahora de los catalanes, hacia el “mal” del nacionalismo excluyente, del que tan fácil era hacer que se sintieran “sedientos”.

Sobre todo en medio del desierto, sólo interrumpido por los pedregales de la corrupción, que ha venido suponiendo lo español, como definición y como proyecto colectivo. Y con la fatal consecuencia para los envenenados de que “cuando bebían, morían” en su complejidad individual y en su disposición a articular una comunidad nacional por encima de los mezquinos intereses parroquiales.

Esa “muerte” de millones de individuos como ciudadanos libres e iguales, hacia la que ya progresan también tantos mallorquines, menorquines e ibicencos, una parte fronteriza de valencianos y aragoneses, un puñado de canarios, asturianos o andaluces, amén de la porción correspondiente de gallegos, augura la inexorable defunción por fallo multiorgánico de la España de la Constitución del 78.

“Esa ‘muerte’ de millones de individuos como ciudadanos libres e iguales augura la inexorable defunción por fallo multiorgánico de la España de la Constitución del 78”

¿Qué nos ha ocurrido para fracasar tanto? Hay una respuesta con las luces largas y otra con las de cruce.

La primera es que hemos padecido todos los riesgos del federalismo, sin ninguno de los antídotos que conlleva la regulación de su reconocimiento expreso. La segunda es que hemos preferido, en este último tramo decisivo, circular sobre el piso deslizante de una calzada helada, estólidamente aferrados al volante de una declamación huera y campanuda, en vez de proteger las ruedas del vehículo con las cadenas para situaciones de alto riesgo previstas en el artículo 155 de la Constitución. El resultado estará mañana a la vista de todos. Pero antes tendremos que tragarnos el “picnic”.

El efecto, primero embriagador y euforizante, después bloqueador y letal, del “veneno” raticida de “Medida por Medida” ha sido -por citar otra obra de Shakespeare- como el del aguardiente que los dos pícaros, arrojados a la isla, suministran al salvaje Calibán en La Tempestad. Bajo sus efectos canta y baila, lanzando desacompasados gritos de “¡Libertad, libertad! ¡Prosperidad, prosperidad!”, para reclamar la soberanía sobre la isla en la que nació.

Un bufón y un pastelero han dado alas a sus “inclinaciones”, proporcionándole la droga de la que estaba “sediento” y potenciando su rebelión contra el dominio del prudente Próspero, al que considera un ocupante extranjero. La canción de Calibán bien podría convertirse en el himno oficial del 1-O:

“No más peces que pescar,

no más leña que romper,

no más platos que lavar,

no más ropas que tender.

¡Tan, tan, Calibán,

rotos tus hierros están!”

No desbarro: algunos exégetas de Shakespeare han presentado recientemente a Calibán como una especie de freedom fighter contra el colonialismo. También como el buen salvaje de Rousseau, dedicado en su estado de naturaleza a preparar trampas para monos y ratones. Pero los críticos más solventes, desde Jan Kott a Harold Bloom, subrayan su primitivismo feroz, su falta de civilización, su condición semihumana o, para ser más exactos, de “hombre incompleto”, fácilmente manipulable, lastrado por su fanático victimismo.

Un Calibán nace pero sobre todo se hace. Estremece contemplar esos vídeos de escolares catalanes de nueve años -hijos de inmigrantes incluidos- jugando a pegar carteles “para votar y ser libres”. Estremece escuchar las consignas pueriles del Tomorrow belongs to me de la Plaza Universidad. Estremece oír la plegaria de los “cristianos por la independencia”, dignos émulos de los patriotas de 1714 que entregaron el mando a la Virgen de La Merced, en la misma iglesia de Pompeya en la que imperaban el padre Ruperto y sus legendarios huevos. Estremece comprobar cómo avanza impertérrito el Ejército de los Sonámbulos, enarbolando sus esteladas, cual estandartes sagrados, camino de la consecución de su único objetivo sobre esta tierra, sin riesgo alguno de tropezar con la razón o de resbalar sobre la lógica. Esto es lo que hemos engendrado.

“Estremece contemplar esos vídeos de escolares catalanes de nueve años -hijos de inmigrantes incluidos- jugando a pegar carteles”

Confieso mi impaciencia, pero no será hoy cuando abra el “segundo sobre”, en relación a Rajoy y su Gobierno. La única prioridad debe seguir siendo parar el golpe de Estado de Puigdemont y Junqueras. Ahora bien, una cosa es que el Ejecutivo merezca todo el apoyo de los defensores de la legalidad constitucional, mientras intente sofocar la sedición en marcha “sin renunciar a nada”, y otra que no nos demos cuenta, con desolación, consternación y espanto, de cómo ha cambiado en estas tres últimas semanas la dimensión del problema y la estrategia para combatirlo.

Hasta el bochornoso pleno de la ruptura en el Parlament, el adversario perfectamente identificable, al que había que doblegar, era el gobierno de la Generalitat, con la adenda de Forcadell y su Mesa y los líderes de Omnium y la ANC. Una vez que se permitió que, desobedeciendo flagrantemente al TC, las leyes del Referéndum y la Transitoriedad fueran votadas y aprobadas, ya eran todos los diputados separatistas los que quedaban en rebeldía.

Luego el círculo se amplió a los alcaldes dispuestos a ceder sus locales para la votación del domingo. Más tarde a los directores de centros escolares o sanitarios, elegidos para la consulta. Después a los ciudadanos dispuestos a ejercer de presidentes o vocales en las mesas, amenazados por la Agencia de Protección de Datos. Ayer ya estábamos hablando de imputar a miles de personas. Ahora el colectivo sobre el que no cabe más remedio que ejercer la coacción es ya el de la multitud de votantes que saldrán de su casa papeleta en ristre.

Cielo santo, ¿cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí, con una base popular descontrolada e ingente, a punto de desparramarse por miles de puntos de votación, sin que se haya maniatado a la cúpula que sigue manejando los resortes de la conspiración, desde los despachos oficiales que les ha confiado el Estado al que llevan camino de destruir?

“Ahora el colectivo sobre el que no cabe más remedio que ejercer la coacción es ya el de la multitud de votantes que saldrán de su casa papeleta en ristre”

Lo que debía haberse zanjado como un torrencial pulso vertical -con su correspondiente trama, nudo y desenlace- entre Rajoy y Puigdemont, entre Soraya y Junqueras, entre Romeva y un tal Dastis, entre Ana Pastor y Forcadell, ha degenerado en una descomunal confrontación horizontal entre Calibanes y Piolines sobre un océano de gasolina que cualquiera puede incendiar.

Para miles, para decenas de miles, para cientos de miles, tal vez para millones de catalanes, la jornada de este domingo no puede deparar sino dos experiencias personales, a cual más lamentable: la de topar con un agente uniformado que les impida votar o la de lograr sortear el cerco y conseguir depositar la papeleta, a modo de transgresión heroica contra el Estado que proclama ser el garante de sus libertades. Cualquiera de los dos episodios es de los que dejan huella en sus protagonistas y en la historia oral de una comunidad. Desde ahora el vértigo del choque de trenes con España ya no será una fantasía de las élites sino una vivencia de la calle.

Ese es el gran éxito que ha cosechado Puigdemont antes de que alboree el día sobre el campo de batalla. Ha conseguido arrastrar a Rajoy -y con él a España entera- a su terreno, el de la socialización del conflicto, en la embocadura de la ratonera ante la que Calibán aguarda a sus presas, imbuido de ansia de desquite, cegado por los falsos dioses del culto a su identidad profanada, embriagado por el eco de su propio clamor de libertad.

Diga lo que diga el balance oficial de las dos partes, algo quedará roto para siempre este domingo en Cataluña. El actual Estado de las Autonomías ha fenecido, ahogado en un desbordamiento que no ha sido capaz ni de contener, ni de encauzar, ni de reprimir. Pretender extender su vigencia mediante unas elecciones autonómicas en las que todo jugaría a favor de los separatistas, como ingenuamente anhelan los valientes amigos de Ciudadanos, no serviría sino para dificultar su embalsamamiento y resurrección.

“El vértigo del choque de trenes con España ya no será una fantasía de las élites sino una vivencia de la calle”

Escribo sí, resurrección, porque la oportunidad de la reforma, la renovación, la regeneración o la remudanza -conceptos tan afines a varias hornadas de la Tercera España con la que me identifico- ha pasado ante los ojos de Albert Rivera y sus demás patrocinadores entre vacilaciones y tacticismos. Después de este 1-O ya no basta el recauchutado, el parcheo o el lifting. Tenemos un cadáver -o al menos una apariencia de cadáver- sobre la mesa. Sólo insuflando un nuevo ser en ese cuerpo exánime, podremos devolverle a la funcionalidad de la vida.

Llamémosle, para tranquilidad de todos, “reforma constitucional”; pero estamos abocados a un auténtico proceso constituyente o, si se quiere, reconstituyente. No con base cero, pero sí con la determinación de escuchar a la musa del escarmiento -que decía Azaña- y evitar repetir los errores que nos han hundido en la actual miseria institucional. Y, por supuesto, parando el reloj en Cataluña, esta vez sí, por las buenas o por las malas.

Porque llegará un día en que muchos catalanes engañados en su buena fe descubrirán, al igual que le ocurre al pobre Calibán, que han seguido como si fueran “dioses” a simples estafadores y oportunistas, tan miserables como el bufón y el pastelero de La Tempestad. Pero, de igual manera que Próspero abandona la isla a su suerte para revivir en otro lugar y de otra forma, puede que en ese momento España ya no esté en Cataluña o ni siquiera exista como tal.

Hemos llegado al término de un viaje. Emprendamos otro antes de que esa “muerte imperfecta” de la que hablaba l’Encyclopedie y en la que aun nos encontramos, dé paso a una “muerte absoluta” ante la que “nullum est medicamen in hortis“. Todavía queda una esperanza, si la hora grande de la Política sucede por fin al tedio interminable de la papiroflexia provinciana.

Congreso de Podemos: la segunda victoria de Rajoy

La canonización de Iglesias radicaliza a Podemos y beneficia al líder del PP en el juego del antagonismo inofensivo.

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Pablo Iglesias, este domingo, en Vistalegre. Santi Burgos

Rubén Amón, 11 febrero 2017 / EL PAIS

el paisNo contento Rajoy con haber ganado el congreso del PP con una adhesión norcoreana, también ha ganado el congreso de Podemos. Nada le conviene más al presidente del Gobierno que la proclamación de Iglesias como líder supremo. Porque consolida el fuego cruzado PSOE en el mito de la pinza. Y porque es un antagonismo inofensivo en ambas direcciones. Rajoy quiere gobernar e Iglesias quiere liderar la oposición.

Semejante conveniencia acaso representa la mayor paradoja del fervor pablista que se ha vivido en Vistalegre. La suya es una victoria rotunda. Y recibida con entusiasmo hooliganista en el ruedo de Carabanchel. No sabemos qué hubieran decidido los votantes de Podemos —cinco millones— en una finalísima abierta, pero el escrutinio militante favorece la opción militante. Incluso otorga la razón a Iglesias en su estrategia maximalista-victimista-sentimentalista: o todo el poder o me marcho a casa.

Ha funcionado la coacción. No hasta el punto de esconder la fractura del errejonismo —la lista de Íñigo un tercio del consejo ciudadano—, pero sí con todos los argumentos de represalia para totemizar el piolet y desencadenar la purga. No quiso mencionarla Iglesias en el trance de la levitación nazarena. Ni podía hacerlo: el graderío reclamaba la unidad como remedio terapéutico a la pelea de gallos.

Hubiera sido una torpeza exhibir la cabeza de Errejón a semejanza sacrificial de la Medusa, pero la condescendencia piadosa de estas primeras horas en nada contradice las medidas ejemplares del Directorio. Lo sabían los errejonistas desde que trascendieron los resultados por una filtración. Y lo percibieron más todavía cuando Iglesias compareció en el escenario impecablemente encorbatado.

El abrazo de cortesía a Errejón precipitó el histerismo de los militantes. Interpretaban la escena como una hermosa reconciliación. Iglesias extiende una mano. El problema es la otra. Y hasta qué punto es verosímil el eslogan de la “Unidad y humildad” que Iglesias convirtió en anáfora mecánica de la gran homilía dominical. Humildad e Iglesias son conceptos antitéticos. Unidad y Podemos, exactamente lo mismo, sobre todo después del trauma cainita que ha supuesto el Congreso.

Requiere un enorme esfuerzo de ingenuidad imaginar la reconciliación. No ya por los desencuentros personales, sino por la incompatibilidad de los modelos políticos. La victoria de Iglesias radicaliza el discurso de Podemos. Se arriesga a perder peso en caladero izquierdista, pero conecta con las bases. De otro modo no se hubiera aclamado y canonizado en Vistalegre a los apóstoles de la subversión. Diego Cañamero se pavoneaba como un héroe proletario. A Bódalo se le evocaba como un epígono de Miguel Hernández. Monedero exigía la idolatría en los pasillos. Y Miguel Urbán, condotiero de los “anticapis”, acaparó los mayores decibelios, superando con creces cualquiera de las intervenciones de Pablo Iglesias. Y no puede decirse que escasearan.

El líder de Podemos se sucede a sí mismo al frente de Podemos. El problema es que Iglesias es la virtud y el límite del movimiento. Todavía se necesitan en el esquema paterno-filial y en los rescoldos del mesianismo, pero tanto se refuerza su liderazgo agresivo, tanto se desvanecen sus posibilidades de llegar a la Moncloa.

La restauración del modelo feroz conforta a Iglesias en la devoción de la militancia y demuestra que el espíritu de Izquierda Unida se ha apoderado de las esencias, pero representa un enorme límite electoral. El límite que aspiraba a rebasar Errejón normalizando la vida institucional y convenciendo a los suyos de que el futuro de Podemos, de haberlo, está a la derecha de Podemos. E insistiendo en que la idea de cultivar temerariamente el fantasma del “estado fallido” no lograba otra cosa que hacer de Rajoy el patrón nacional de los pensionistas y el rompeolas a la incertidumbre. Larga vida a Mariano.

La obra conjunta de Iglesias y Rajoy. Editorial de El País

Mariano Rajoy y Pablo Iglesias EFE

Mariano Rajoy y Pablo Iglesias EFE

Con su plan de destruir el centro, ambos nos condenan a la ingobernabilidad.

Editorial, 19 junio 2016 / EL PAIS

el paisA una semana de las elecciones generales, algunos tratan de hacernos creer que los ciudadanos que se acerquen a las urnas solo tienen ante sí una única y dramática decisión: apoyar a un bloque de derechas dirigido por el PP o, por el contrario, sumarse a un bloque de izquierdas encabezado por Podemos.

Esa dicotomía es falsa e interesada. Primero, porque, como muestran todas las encuestas, una mayoría considerable de españoles se sitúa en posiciones ideológicas cercanas al centro. Segundo, porque, como muestra el sondeo de Metroscopia publicado hoy por EL PAÍS, aunque la mayoría de votantes del PP preferirían gobernar con Ciudadanos, y los de Podemos con el PSOE, los socialistas y los de Ciudadanos se decantan con toda claridad por coaliciones transversales que incluyan a sus partidos, antes que por fórmulas en las que no estén ellos dos.

La lógica de bloques la promueven aquellos que quieren hacer creer que solo se puede gobernar España desde un extremo ideológico en confrontación con el otro extremo. Pero esta lógica no solo es falaz sino destructiva para nuestro país. Basta con examinar las propuestas programáticas de los cuatro partidos en liza —cosa que, por desgracia, una campaña electoral basada en las emociones y el trazo grueso no parece estar permitiendo—, para comprobar que la confluencia programática entre PP y Ciudadanos, por un lado, y PSOE y Unidos Podemos, por otra, es mucho menor que la existente, por ejemplo, entre socialistas y Ciudadanos.

El nuevo tablero político, multipartidista, hace bastante inútil reivindicar la victoria en votos como única fuente de poder. Eso se aplica especialmente a Mariano Rajoy: el mal balance de legislatura, su deteriorada imagen a costa de los innumerables casos de corrupción sufridos en sus filas y su reticencia tras el 20-D a abrir negociaciones conducentes a una investidura le invalidan para liderar una coalición, necesariamente transversal, que promueva los cambios y reformas necesarios para España. Además, si como indican las encuestas, sus resultados fueran peores que los del 20-D, resultará muy difícil que continúe como líder de su partido, ya que, como ha señalado Albert Rivera, eso cerraría al PP toda posibilidad de permanecer en el Gobierno.

Al otro lado del tablero político, Pablo Iglesias es, pese a postularse como la única alternativa a Mariano Rajoy, el dirigente con menos posibilidades de ser presidente del Gobierno. Es imposible imaginar que los socialistas —después de haber visto malograda la investidura de Pedro Sánchez por la resistencia de Podemos siquiera a abstenerse— se dispongan ahora a convertir a Pablo Iglesias en jefe de un Ejecutivo en el que el PSOE juegue el papel de comparsa. Mantenemos la posición defendida en su día desde este espacio editorial de que el PSOE no puede gobernar con Podemos porque esta es una fuerza esencialmente populista y de variable orientación ideológica que no ha demostrado fiabilidad ni actitudes como para gobernar para todos los españoles. Esa posición es mucho más rotunda si el PSOE es tercera fuerza por el deseo de los votantes de ver a los socialistas en la oposición.

Además, el camino hacia La Moncloa de Podemos se ve lastrado por el hecho de que suscita casi tanta reticencia como el PP en el conjunto de la sociedad: el 57% nunca votaría a los populares, y el 43% tampoco lo haría nunca por Podemos, mientras solo un 14% manifiesta absoluto rechazo hacia el PSOE o Ciudadanos.

La centralidad viene también obligada por el deterioro de las dos fuerzas dominantes en el anterior sistema bipartidista, PP y PSOE, que parecen reunir ahora una menor intención de voto, y posiblemente, menos escaños, que en diciembre.

Hay que pedir a los electores que decidan su voto siendo conscientes del difícil marco español y europeo en que les toca decidir. Y a los partidos, que abandonen el terreno de la banalización y del simplismo. No se puede confundir al electorado gritándole que no hay más opción que Rajoy o Iglesias. Todavía existen muchos votantes indecisos y hay campaña por delante.

Desde la transversalidad se pueden encontrar soluciones de gobierno que traigan a la vez cambio y estabilidad, y reformas sin rupturas, además de soluciones para cuestiones enquistadas, como la de Cataluña. Por el contrario, desde la polarización, el frentismo y la dinámica de bloques solo se puede garantizar una continua crispación que conduce a que los problemas se perpetúen.

El sanedrín de EL ESPAÑOL pone nota a los líderes políticos

Rivera obtiene la máxima nota seguido de Pablo Iglesias, según el análisis de 10 firmas del diario.

Rivera charla con el presidente del Congreso. Efe

Rivera charla con el presidente del Congreso. Efe

2 marzo 2016 / El Español

el españolAlbert Rivera es el líder político mejor valorado por un sanedrín de 10 firmas de EL ESPAÑOL que han analizado el fondo y la forma de las intervenciones de los cuatro líderes políticos en el debate de investidura.

El líder de Ciudadanos obtiene una nota media de 7,05 (sobre 10) por delante de Pablo Iglesias, que logra un 6.

El presidente en funciones Mariano Rajoy obtiene un 5,4 y el candidato Pedro Sánchez se queda al borde del aprobado con un 4,5.

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En la encuesta lanzada en el perfil de Twitter de EL ESPAÑOL, Rivera ganaba holgadamente la votación de los lectores.

A continuación, el análisis y las notas personalizadas de las diez firmas de EL ESPAÑOL

1. Alberto Lardiés

Albert Rivera, 7

Es el único de los cuatro que no ha leído ni una línea. Su discurso ha sido el más centrado ideológicamente y el menos bronco en las formas. Ha sido el más tranquilo. No ha caído en las provocaciones de Iglesias y ha sorprendido al atacar con dureza a Rajoy. Ha defendido su pacto con el PSOE con más solidez que el candidato a la investidura.

Pablo Iglesias, 6’5

Desde el punto de vista formal, su discurso inicial quizá haya sido el más brillante de todos los que se han pronunciado. Sus dotes como orador y su telegenia han funcionado. Ha conseguido marcar la pauta con sus ataques a Sánchez y, sobre todo, con sus feroces críticas a Rivera. Eso sí, ha desbarrado en su rifirrafe con el candidato y con el grupo socialista. En ese momento, ha perdido los nervios que suele controlar.

Mariano Rajoy, 6

El presidente del Gobierno en funciones se ha despachado a gusto contra Sánchez. Su retranca y su ironía han sido efectivas a lo largo de su discurso. Domina el estrado por su experiencia. En cuanto al contenido, se ha limitado a atacar y desacreditar al candidato del PSOE.

Pedro Sánchez, 4

Paradójicamente, el peor parado en este debate es el candidato a la presidencia del Gobierno. Carente de reflejos y de capacidad para improvisar, Pedro Sánchez no ha sabido defenderse de los múltiples ataques recibidos. Al igual que en su discurso del martes, no ha aportado ningún golpe de efecto en la forma ni en el contenido.

2. Ana Romero

Mariano Rajoy, 8Ha exhibido maestría parlamentaria: experiencia e ironía. Ha hecho reír incluso a diputados que no son del PP. Ha despertado a la Cámara del letargo del día anterior. Pablo Iglesias, 7 Leído y cultivado, le fallan las formas: cuando se enfada le sale la vena asamblearia. Grita demasiado. En el futuro, si logra amaestrar a la fiera que lleva dentro, puede ser un gran parlamentario. Albert Rivera, 6 No tiene la talla parlamentaria de Rajoy ni la garra de Iglesias, pero ha cumplido con creces. Hace buenos intentos por improvisar (no como Sánchez). Pedro Sánchez, 4El peor. Plano, aburrido, no se sale del guión (como le han echado en cara Rajoy e Iglesias). Tiende al ‘rigidismo mecanicista’: da igual lo que le digan, repite su guión. Debate mal.

3. Daniel Basteiro

Albert Rivera, 8

Defendía el mismo acuerdo que Sánchez, pero su discurso tuvo un hilo conductor, apeló al sentido común y estaba salpicado de citas pertinentes y buenas referencias. Desde la lógica básica fue capaz de poner contra las cuerdas al PP. La agresividad de Iglesias contrastó con su talante, mucho más sereno, que potenció su imagen frente a los demás líderes.

Mariano Rajoy, 6

Rajoy tiró de retórica para tapar una verdad incómoda. Nadie fuera de su partido apuesta por que sea reelegido como presidente. Rajoy fue capaz de transmitir la idea de un cierto vigor y se le vio fresco, quizás porque no se jugaba nada, pero sus argumentos fueron fácilmente desmontados por sus oponentes. Su tono burlón y sus insultos a Sánchez le restaron credibilidad. Llamar “bluf” a Sánchez no le ayudará a conseguir sus votos.

Pablo Iglesias, 6

Iglesias tuvo algunos momentos muy efectivos, pero evitó hablar de la aritmética, principal argumento en contra del Gobierno que le propone a Sánchez. Tampoco habló del fondo de las medidas y se centró en hablar de las formas y del pasado. Sus gritos y falta de respeto a los demás partidos (ante los que Errejón ponía una cara que era un poema) restaron credibilidad a la pretendida épica.

Pedro Sánchez, 5

Tenía el papel más difícil. Como candidato a La Moncloa, era el saco de boxeo llamado a recibir más golpes. Y, sin embargo, el debate podía suponer un gran trampolín mediático, una pasarela para un nuevo liderazgo. Pero Sánchez no destaca por su oratoria y en el cuerpo a cuerpo es peor que sus contrincantes. Podría haber hecho mucho más y salió muy magullado.

4. Ana I. Gracia

Albert Rivera, 8

El presidente de Ciudadanos ha sabido defender mejor que el candidato Pedro Sánchez el pacto que firmó con los socialistas. Además de presentarse en un tono mucho más educado que el de sus contrincantes políticos, supo sacar de sus casillas al PP diciéndole a la cara que tiene que regenerarse.

Pablo Iglesias, 7,5

El líder de Podemos no defraudó a su electorado. Si bien falló en las formas y en pasarse de frenada, supo resquebrajar el discurso del PSOE y revolvió al candidato Pedro Sánchez, que no será capaz de sacar adelante la investidura sin su apoyo. Sacar los trapos más sucios del PSOE de Felipe González provocó el momento más tenso de la sesión y la escenificación de que el pacto de izquierdas está roto.

Mariano Rajoy, 6

El presidente del Gobierno en funciones resurgió de sus cenizas, donde estaba desde que el rey encomendó a Pedro Sánchez formar gobierno. El líder del PP utilizó una fina ironía para desmontar el Pacto de ‘El abrazo’ y, a la vez, levantar la moral de su grupo parlamentario, que la tenían por los suelos desde que dejó pasar el turno y cedió todo el protagonismo a los socialistas. Aún hay algo de esperanza, creen en Génova.

Pedro Sánchez, 3

Ha sido el portavoz que más desapercibido pasó por el hemiciclo y su discurso no fue el de un candidato a la Presidencia del Gobierno. Ni estuvo hábil en sus palabras ni rápido en la réplica. Por no sacar, el socialista no sacó a relucir ni la corrupción que asola al Partido Popular para intentar ganarse la confianza de los diputados que aún no tienen decidido su voto.

5. Jordi Pérez Colomé

Pablo Iglesias, 8

Ha leído el texto demasiado rápido, pero es su actitud. Ha sido duro y con poco humor, pero eficaz. Cuando habla, se hace escuchar. Siempre dice algo o al menos los dice distinto.

Albert Rivera, 7

Con Iglesias, ha refrescado al panorama. Rivera no lee y lo que puede ser una ventaja hace que a veces recurra demasiado a repeticiones o vaguedades para asegurar. Las réplicas de Rivera e Iglesias han sido igual o más brillantes que sus intervenciones iniciales. Entre ambos, han sacado de quicio a PP y PSOE. Sus diputados han sido más educados que los partidos tradicionales.

Mariano Rajoy, 5

Su único rol era decir no y descalificar el pacto entre Ciudadanos y el PSOE. Ha cumplido con discreción. Su discurso ha sido más jugoso que el inicial de Pedro Sánchez. Pero ha sido más de lo mismo.

Pedro Sánchez, 5

Tenía la oportunidad de demostrar que era su momento para ser presidente. No lo ha aprovechado. Sus discursos y réplicas han sido correctos. Tenía un muro delante y no lo ha superado.

6. John Müller

Mariano Rajoy, 4,5

El diputado de La Restauración.

Pedro Sánchez: 3,5 y Albert Rivera: 6,5

Ambos son diputados de la democracia, pero con distinto tonelaje.

Pablo Iglesias, 5

Diputado del final de la Segunda República.

7. Peio H. Riaño

Mariano Rajoy, 3

Con el guión es insuperable. Las dotes de parlamentario parecen haber aflorado una vez se ha convertido en un cargo en funciones. Siempre se ha legitimado como un ser compungido, circunspecto y cariacontecido, sobrio y comedido por la responsabilidad de gobernar al resto. Parece que la nueva versión de Rajoy es la del sujeto cínico que cree tener los deberes hechos y con matrícula de honor. Parece haber encontrado en el sarcasmo su única tabla de salvación.

Albert Rivera, 5

Apelando al espíritu de la serenidad y del pacto, ha tratado de convencer a los votantes conversos del PP que miraban atentos su actuación en el Congreso. A todos aquellos votantes que traicionaron su papeleta tradicional les ha pedido que sigan creyendo en él en las inminentes Elecciones Generales. Ha hecho lo posible por evitar el enfrentamiento y las malas formas de patio de colegio de la vieja política, y erigirse como el individuo ejemplar que cumple con su deber por encima de lo personal. Símbolo de la España petrificada.

Pablo Iglesias, 5

En precampaña es imparable. Ha demostrado, desde el tono al contenido, que sus intenciones están en las Elecciones Generales. Recupera su discurso más duro y enfrentista para ganar por KO a la izquierda tradicional, más preocupada por pactar con la derecha. Se ha centrado en fulminar a Sánchez y lo ha conseguido, sobre todo con sus artes asamblearias, cuando lo dibujaba como un desperdicio de las maneras más pervertidas de la vieja política.

Pedro Sánchez, 3

Rígido, tieso y sin profundidad. Probablemente hayamos visto al peor candidato a presidir el Gobierno de España de todos los que se han presentado en el Congreso de los Diputados. Sin contenido y con una solvencia de ficción, ha apelado al debate y al diálogo, al consenso por el interés general, en una investidura suicida para reforzar su renacimiento en el PSOE. Pedro Sánchez -que ha llegado a decir que “el PP no es un partido corrupto”- ha recordado al personaje de Bill Murray en Lost in Translation.

8. Jorge Sáinz

Pablo Iglesias, 6

El líder de Podemos estuvo certero en su primer turno. Pero se ‘calentó’ demasiado en las réplicas. Iglesias ha perdido la sonrisa de la campaña electoral. No encaja las réplicas cuando le descolocan. Pero sus palabras son toda una novedad en el Congreso.

Albert Rivera, 8

El presidente de Ciudadanos fue de menos a más. Iglesias lo dijo: “Si hay un ganador hoy, ése es usted señor Rivera”. Vendió el pacto con el PSOE con más vehemencia que el PSOE y logró doblegar al PP, forzando a Rajoy a pedir un turno de palabra por alusiones para contener la hemorragia. La improvisación de Rivera es marca de la casa, pero a veces le lleva a repetir mantras. Fue uno de los primeros diputados en normalizar el castellano en el Parlament de Cataluña. Sus palabras en catalán en el Congreso fueron un acierto.

Mariano Rajoy, 6

El presidente demostró que está cómodo en la oposición. El primer turno fue de lo mejor del día, minimizando el pacto entre PSOE y Ciudadanos con ironía y cierto ingenio. “Se estudiará en los colegios”, dijo. En las réplicas no aportó nada nuevo.

Pedro Sánchez, 5

El candidato ha tratado de mostrar un perfil más presidenciable y de consenso. No ha entrado a las provocaciones de Iglesias y sin embargo ha conseguido sacar de punto al líder de Podemos con dardos certeros como el de Otegi. Ha logrado defenderse, pero no es un orador brillante. Ha estado templado y algo mejor que el día anterior.

9. Miguel Ángel Mellado

Mariano Rajoy, 5

El discurso leído del presidente den funciones fue bueno: se vio que le dio tiempo a prepararlo. En las réplicas estuvo fresco, pero el problema de Rajoy es él mismo, perseguidos por dos palabras agudas: corrupción e inacción.

Pedro Sánchez, 5

Estuvo más entonado que en la primera sesión del debate. Se atrevió a decirle a Pablo Iglesias lo que pensaba de él y sus políticas. Su problema es el 20-D y la debilidad de sus resultados. No venció y convenció a medias.

Pablo Iglesias, 6

Pensando en su electorado, estuvo como siempre: mitinero, asambleario, efectista y eficaz. Pero su enorme ego y su soberbia no le dejan sumar más, si es que lo pretendiera.

Albert Rivera, 7

Dijo algo que se corresponde con el nombre de su partido: nuestros jefes son los ciudadanos. Su afán constructivo y dialogante lo valora la ciudadanía. Los ataques despiadados de Pablo Iglesias le favorecen.

10. Vicente Ferrer

Pedro Sánchez, 8

El líder del PSOE partía con el lastre de la mala intervención de la víspera. No se arredró ante los ataques que le llovieron de izquierda y derecha y contestó a todos sin perder el temple. Supo estar en su papel y, a las patadas de Iglesias, respondió tendiendo la mano una y otra vez. Estuvo ocurrente al referirse a Rajoy “tapón de su partido y de la regeneración”. Le faltó expresividad en algunos momentos.

Albert Rivera, 8

El líder de Ciudadanos logró encontrar el tono institucional y de acontecimiento histórico que merecía la ocasión y supo dar un par de aguijonazos al belicoso Iglesias (“usted nombraría ministro del Interior a Otegi”) y a Rajoy. Demostró reflejos. Cuando, al hablar en catalán, le gritaron “Visca Catalunya Lliure”, respondió: “Libre de corrupción”. Estuvo un poco envarado.

Mariano Rajoy, 5

Su intervención incial fue brillante, pero se fue diluyendo a lo largo del debate hasta acabar flojo y reiterativo en sus argumentos. Su imagen reclamando al árbitro por una falta que Rivera no cometió lo dice todo. Después se ausentó en la réplica del líder de Ciudadanos y pareció descolocado.

Pablo Iglesias,3

Puede que su agresiva intervención cause los efectos esperados por él, pero el líder de Podemos se confundió de ámbito. Hizo un mitin en lugar de un discurso. Hablar más rápido no es hablar mejor; de hecho, las pausas suelen causar un gran efecto en el auditorio. Sacar a relucir la Guerra Civil, los GAL, Millán Astray y los muertos del franquismo, puede contentar a una parte de la sociedad, pero España hace tiempo que superó aquello.

España: El PP y Podemos aniquilan el pacto Sánchez-Rivera

Pedro Sánchez no consigue la confianza de la Cámara y se extiende el convencimiento de que habrá nuevas elecciones el 26 de junio

Albert Rivera le come el terreno al candidato, pide la retirada de Rajoy y se erige como esperanza blanca del centro derecha

Los socialistas apenas ven posibilidad de acuerdo con Podemos tras la arremetida de Iglesias contra Felipe González y sus siglas

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Pedro Sánchez y Albert Rivera abandonaN la tribuna tras sus intervenciones. ALBERTO DI LOLLI

Marisa Cruz, 2 marzo 2016 / EL MUNDO

el mundoEl acuerdo de gobierno suscrito -“con redoble de tambores”, en expresión de Mariano Rajoy-, entre Pedro Sánchez y Albert Rivera, apenas ha tenido unos días de vida. Esta noche decaerá, al mismo tiempo que las esperanzas del candidato socialista de ser investido nuevo presidente del Gobierno. Sánchez no lo ha logrado, y aunque aún le queda una segunda oportunidad, el viernes a última hora, ni siquiera él cree en el milagro.

La Cámara le denegará la confianza. Recabará 130 votos a favor -quizá uno más, gracias a Coalición Canaria– y 220 en contra. Nada indica que este pésimo resultado en sólo 48 horas pueda cambiar y menos aún tras las durísimas intervenciones, el vapuleo, que ha tenido que sufrir el aspirante socialista desde la derecha y desde la izquierda.

Ni Mariano Rajoy, que enhebró un discurso contundente, irónico y sin concesiones abundando en la incapacidad del aspirante para conformar una masa crítica que permita formar gobierno [intervención completa en PDF], ni Pablo Iglesias arremetiendo con toda dureza contra Sánchez por lo que él mismo ha hecho -inclinarse claramente hacia la derecha, en su opinión- y por lo que hicieron sus predecesores al frente del PSOE, dejaron espacio al líder del PSOE para respirar.

Y el poco que le quedó se lo arrebató un Albert Rivera crecido que ha llegado a presentarse como el auténtico árbitro en medio de un panorama de caos en el que todos batallan contra todos. Rivera habló del acuerdo que ha firmado con el PSOE atribuyéndose la paternidad del mismo casi en su totalidad. Supo defenderlo sin aspavientos ni exabruptos.

El presidente de Ciudadanos, en contra de lo que se barruntaba, supo encontrar un hueco en el debate muy alejado del papel de “comparsa” que se le quería atribuir desde el PP, o el de socio de segunda mano que le daba por asignado el PSOE.

VEA EN VIDEO PARTE DEL DISCURSO DE ALBERT RIVERA:
‘No hemos venido aquí para que todo siga igual’

Más aún, Rivera ha sido, pese a sus modales tranquilos, un enemigo feroz. Para empezar, de Rajoy. El líder de C’s reclamó abiertamente la retirada del presidente del Gobierno en funciones. “Con usted no es posible la regeneración”, vino a decir dando por hecho que Rajoy es el obstáculo insalvable que se interpone en el camino del PP- al que no cometió el error de marginar ni excluir, como sí ha hecho Sánchez-, para seguir manteniéndose como opción de gobierno.

Acusó de “pereza” al presidente, metiendo así el dedo en la llaga que los propios populares abrieron cuando constataron que su jefe de filas optaba por aguardar cediendo el terreno de la imagen pública al rival. Utilizó este argumento con habilidad, mucha más que la que demostró Sánchez pese al uso y abuso que hizo del recordatorio de un Rajoy declinando la propuesta de investidura que le hizo el Rey.

Albert Rivera enarboló la bandera de la nueva política la que, dicen, sólo se mueve por los “intereses generales”, la que declara la guerra a la corrupción y la que ha venido para regenerar y modernizar el país con el concurso de la ciudadanía. Y a juzgar por los comentarios, y también por los silencios de pasillo, lo hizo de manera eficaz.

También, y desde el extremo opuesto, brilló Pablo Iglesias en su estreno parlamentario. El líder de Podemos fue para muchos “excesivo” y “doctrinario”. Es su estilo, pero al igual que Rivera no dejó títere con cabeza.

Golpeó sin piedad a Sánchez por haberse inclinado hacia la derecha. Se mostró exigente, incluso autoritario y amenazante. Al PSOE le dejó claro como el agua que no pactará nada con él si no acepta dar un giro de 180 grados, lo que implica abandonar su pacto con Ciudadanos y además asumir todas las demandas que la formación morada plantea y que ahora, a la vista de la debilidad del PSOE, ha encarecido.

Sánchez urgió a Iglesias a aclarar si lo que busca, a la postre, es la celebración de nuevos comicios. El envite, al líder de Podemos, ni le rozó. Más aún, a la vista del debate y de las posiciones manifestadas por unos y otros, la sensación de que el país se encamina derecho hacia las nuevas elecciones el 26 de junio, se extiende como una mancha de aceite.

Si Pedro Sánchez albergaba la esperanza de que a partir de su investidura fallida se iniciara una nueva etapa en la que él encontrara terreno para atraer a la formación morada, hoy ha quedado casi diluida en su totalidad.

Los socialistas, tras escuchar el durísimo ataque que Iglesias lanzó no sólo contra sus propias siglas sino también contra su gran referente, Felipe González, por su pasado “manchado de cal viva”, se sienten tan agraviados que apenas ven posibilidades de entendimiento a medio plazo con Podemos.

Es más, a muchos no les gustó comprobar cómo su candidato insistía en pedirle el voto a Iglesias después de que éste se hubiera cebado con ellos, con su historia y con sus iconos ideológicos.

Tras la sesión de la mañana, interrumpida tras la intervención del portavoz de ERC, Joan Tardà, el debate ha virado esencialmente hacia los planteamientos nacionalistas. El tono ha bajado porque en este campo el frente ante las demandas independentistas es muy amplio. Sánchez no ha cedido ni un milímetro ante las pretensiones secesionistas y ha defendido bien los artículos nucleares de la Constitución. Su posición en este terreno se daba por descontada y por tanto no le ha proporcionado brillo ni le ha permitido recuperar el protagonismo perdido.

Pese a ello, si alguien ha tendido la mano al PSOE o al menos se han mostrado abiertos a dialogar y negociar a partir de la próxima semana, han sido los representantes del nacionalismo catalán y vasco. Pedro Sánchez sabe que con ello no basta e incluso que un acuerdo con ellos puede ser para él un campo de minas.

El discurso de Pedro Sánchez del PSOE:

El periódico que no se podía nombrar. de David Jiménez/director de El MUNDO

RICARDO
David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 28 febrero 2016 / El Mundo

A Felipe González le costó volver a nombrar a este periódico después de la publicación de los escándalos de los fondos reservados, los GAL o la financiación ilegal del PSOE. Para el líder socialista éramos «El Inmundo», como si lo indecente fueran nuestras informaciones y no el reparto de fajos de billetes de dinero público entre sus colaboradores. Dice algo de lo poco que cambian algunas cosas en este país el que hayan pasado dos décadas, la corrupción vuelva a poner contra las cuerdas al partido gobernante y el actual inquilino de La Moncloa también tenga dificultades para referirse a EL MUNDO por su nombre. «Ese periódico que usted cita…», respondía Mariano Rajoy al ser preguntado en Espejo Público por noticias que no eran de su agrado.

El presidente no está contento con el trabajo que hacemos. Normal. Lo contrario, que dirigentes políticos llenaran de felicitaciones el buzón de la redacción, diría poco de nuestra independencia y nos acercaría a lugares donde la prensa no ejerce su función. Siempre me acuerdo del periodista de Corea del Norte que me contó que allí el riesgo no estaba tanto en criticar al líder supremo, algo impensable, como en quedarse corto en la exaltación de su inconmensurable infalibilidad. El periodismo estaba en crisis, había escrito el tirano Kim Jong-Il en el Gran Maestro de los Periodistas, su manual sobre el oficio que ordenó enviar a todas las redacciones, porque no había suficiente «ardor revolucionario» a la hora de diseminar sus pensamientos.

Entiendo que Mariano Rajoy no pretende que lleguemos a ese grado de exaltación de sus logros, que los tiene, pero al presidente le ocurre como a tantos políticos españoles que no terminan de entender la relación entre el poder y la prensa. Cada vez que ésta desvela un caso de corrupción, no importa la contundencia de las pruebas, el Partido Popular atribuye la información a alguna extraña conspiración judicial o periodística. Después vienen las sugerencias de que el rival recibe mejor trato, aunque la hemeroteca demuestre que no es así. Y, cuando todo falla, se organiza una ofensiva para ensuciar el prestigio del medio denunciante, en lugar de gastar esas energías en limpiar su casa.

Sólo en un lugar donde se confunde el papel de la prensa es necesario recordar que no fue «ese periódico» que el presidente elude citar el que envió mensajes de apoyo a Bárcenas tras saberse que tenía cuentas en Suiza. Nos limitamos a publicarlos. No ha sido nuestro diario el que ha imputado al equipo municipal del Ayuntamiento de Valencia de Rita Barberá, aunque nuestras investigaciones ayudaran a destapar el escándalo. Y no fue en nuestra redacción donde se organizaron las tramas Gürtel, Nóos, Palma Arena, Púnica...

La diferencia entre España y países con mayor tradición democrática como EEUU es que allí se publica una investigación y cae hasta el cardenal, como nos recuerda la historia del Boston Globe llevada al cine en Spotlight, mientras que aquí tienes que aguantar una campaña como la que organizó el ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, cuando revelamos las irregularidades en la compra de su ático de la Costa del Sol. Lo nuestro, decía airado, era «periodismo basura». Cuatro años después, el fiscal ha pedido su imputación por cohecho y blanqueo de capitales.

Todo este paseíllo diario de corruptos por los juzgados sería más soportable si no fuera acompañado de la tomadura de pelo de quienes pretenden hacernos creer que el problema consiste en unas pocas manzanas podridas, un periódico innombrable y algunos jueces resentidos. Y, sin embargo, ése es el discurso que se ha puesto en marcha y que tuvo su momento de mayor indignidad cuando el ministro Jorge Fernández Díaz, que tiene entre sus responsabilidades dirigir las Fuerzas de Seguridad que luchan contra la corrupción, sugirió públicamente que detrás de las redadas que afectan a su partido hay una conspiración.

Steinbeck tenía razón: no es el poder lo que más corrompe, sino el miedo a perderlo.

 

@davidjimeneztw