PODEMOS

¿Socialdemócratas? Editorial de EL PAIS

Podemos abraza la socialdemocracia para tratar de compensar el pacto con IU.

El nuevo Consejo Político federal de Izquierda Unida, tras la elección de Alberto Garzón (centro de la foto, con camisa blanca) como nuevo coordinador en una etapa marcada por el acercamiento a Podemos. Fernando Alvarado EFE

El nuevo Consejo Político federal de Izquierda Unida, tras la elección de Alberto Garzón (centro de la foto, con camisa blanca) como nuevo coordinador en una etapa marcada por el acercamiento a Podemos. Fernando Alvarado EFE

Editorial, 7 junio 2016 / EL PAIS

el paisLa repentina autoproclamación de Pablo Iglesias como un “socialdemócrata” y el intento de situar a Podemos en el terreno de “la nueva socialdemocracia” sacrifica la coherencia ideológica al objetivo táctico de atraerse a toda costa votos socialistas y así superar electoralmente al PSOE. No existe constancia, en un partido que presume de apertura a los militantes, de un debate interno que haya llevado a Podemos a abrazar la socialdemocracia, ni menos aún de que se haya presentado con esta seña de identidad a anteriores comparecencias en las urnas. Tampoco consta que en el Parlamento Europeo Podemos haya decidido abandonar el grupo parlamentario Izquierda Unitaria Europea, al que se adscribió tras las elecciones europeas de 2014.

No es este el único tema en el que los líderes de Podemos muestran su capacidad de retorcer los conceptos y las ideologías. Por ejemplo, cuando se reclaman patriotas plurinacionales o, mejor todavía, cuando se dicen capaces de defender un soberanismo europeísta. Si existe algo verdaderamente antagónico a lo largo del Viejo Continente es el soberanismo y el europeísmo, cuya primera ambición ha sido siempre la de superar los nacionalismos.

El problema de fondo al que parece responder la súbita conversión ideológica es el abandono de la transversalidad, concepto con el que Podemos navegó en anteriores mares electorales con la voluntad de escaparse del encasillamiento en la izquierda para captar votos en diferentes zonas del espectro ideológico. Una vez consumada la coalición con Izquierda Unida, ya es imposible sostener que la nueva oferta electoral es simplemente una fuerza política que se identifica o es capaz de representar a todo tipo de gente, con la única condición de que no formen parte de las élites.

Proclamarse socialdemócrata es la nueva astucia táctica con la que Iglesias pretende anclarse en el centroizquierda. El líder de Podemos ha entendido que para alcanzar el poder es mejor crear polémica sobre su conversión socialdemócrata y así evitar asustar a los votantes sensibles al frentismo de izquierdas.

Una vez consumada esta transformación, Iglesias alancea al PSOE con la etiqueta de “vieja socialdemocracia”, intentando otra vez sembrar la división entre los electores del partido aprovechando los altavoces que le prestan a diario los amigos del Gobierno. Este repentino viraje no debería tener mucho recorrido. Como demuestran los sondeos, los ciudadanos sitúan al PSOE casi en el centro ideológico, mientras que perciben a Podemos casi en la extrema izquierda.

Quién iba a decir que la socialdemocracia, a la que tantos han coincidido en considerar agonizante —si no muerta y enterrada—, iba a convertirse en un terreno de disputa electoral. La socialdemocracia realmente existente, es decir, el PSOE y su candidato a La Moncloa, Pedro Sánchez, deberían sacar de este episodio energías para defender con convicción que su oferta política y sus ideas tienen futuro. Porque habrá que convenir, al menos, en que algo de bueno tiene la socialdemocracia cuando tantos se reclaman de ella.

 

El narcisismo de Podemos. De Enrique Krauze

Los líderes del partido emergente han escalado el poder con credenciales del saber. Están convencidos de que, desde el claustro universitario, pueden imponer su maqueta de sociedad perfecta. Son capitalistas curriculares y guerrilleros de salón.

 

 

 

EULOGIA MERLE

ENRIQUE KRAUZE

Enrique Krauze es escritor y director de la revista Letras libres.

Enrique Krauze, 25 abril 2016 / EL PAIS

Para “entender Podemos” no hay que verlo como lo que dice ser, sino como lo que es. No es un núcleo de pensamiento crítico, sino un núcleo de narcisismo universitario (típicamente latinoamericano) como el que ha estudiado desde hace cuarenta años el mexicano Gabriel Zaid. En De los libros al poder escribe: la universidad otorga credenciales de saber para escalar en la pirámide del poder. A veces, ese asalto al poder ha sido pacífico, otras no. En América Latina, a partir de la construcción imaginaria de la universidad como nueva iglesia, varias generaciones de universitarios buscaron imponer a la realidad la maqueta ideal de la sociedad perfecta. La guerrilla latinoamericana (en Perú, Centroamérica) no fue campesina, ni obrera ni popular: la encabezaron profesores y estudiantes. Si la realidad no se ajustaba a sus teorías, peor para la realidad. Para nuestros países, el costo histórico de la guerrilla universitaria ha sido inmenso.

el paisPodemos es la versión española de la caracterización de Zaid. La confirmación está en el texto Entender Podemos, publicado por Pablo Iglesias en la revista inglesa New Left Review (julio/agosto de 2015). Se trata de una vaporosa teoría de la historia universal que desemboca en… Podemos. Ante la “derrota de la izquierda en el siglo XX [informaba Iglesias], el pensamiento crítico quedó reducido al trabajo de universitarios”. Solo en el claustro universitario podía surgir la “producción teórica” que hiciera posible una “izquierda realista”. Al sobrevenir la crisis financiera global, el “vaciamiento” de las soberanías estatales europeas y la indignación social por los casos de corrupción en las elites políticas, España tuvo la fortuna de contar con “el conocido grupo de docentes e investigadores de la Universidad Complutense de Madrid”, que integraría Podemos.

El objetivo de ese “núcleo” de “pensamiento crítico” era “agregar” las nuevas demandas derivadas de la crisis en torno a un “liderazgo mediático” capaz de “dicotomizar” el espacio público. ¿Cómo lograrlo? Volteando a “las experiencias acontecidas en América Latina”, ricas en “instrumentos teóricos para interpretar la realidad española”. De hecho —imaginaba Iglesias—, Europa toda se hallaba en un “proceso de latinoamericanización, entendido como la apertura de una estructura política”. Por un lado, había que absorber la obra del filósofo Ernesto Laclau (principal teórico del populismo en Latinoamérica). Por otro, había que “pensar políticamente en clave televisiva”, objetivo que se logró con los programas La Tuerka y Fort Apache, nuevos “partidos” que trasladaron la política del Parlamento a la televisión. Esos programas —revelaba Iglesias— fueron la escuela que “nos formó para el asesoramiento en comunicación política que desarrollamos paralelamente en España y América Latina”. Pero, para superar “ciertos estilos” (que Iglesias, enemigo del castellano pero amigo del oxímoron, llamaba “movimientistas paralizantes”), se requería algo más: “Usar mi protagonismo mediático”. Era necesario “identificar al pueblo de la televisión con un nosotros nuevo”. Así fue como la “representación de las víctimas de la crisis” encarnó en su propia persona: “El fenómeno televisivo”, el “tertuliano-referente”, “el significante”, “Pablo Iglesias/el profesor de la coleta”.

Hay quien piensa que para ser político
no hay nada mejor que ser politólogo

Para los huérfanos de “pensamiento crítico”, estas ideas seminales no son fácilmente comprensibles. Por eso, en beneficio de los legos, a mediados de 2014 el tertuliano/referente y significante concedió en Venezuela una entrevista para un programa de televisión donde se le ve escuchando a Hugo Chávez: “La revolución avanza, la patria avanza [decía el Comandante en 2012]. Esto solo es posible en socialismo, solo es posible con un Gobierno que coloque en primer lugar al hombre, al humano, a la mujer, a la niña, al niño”. Visiblemente conmovido, Iglesias reacciona en “clave televisiva”: “…Cuántas verdades nos ha dicho este hombre… Lo que está ocurriendo aquí es una demostración de que sí hay alternativa, de que la única manera de gobernar no es gobernar para una minoría de privilegiados y contra las mayorías sociales. Ese es el ejemplo de América Latina… una alternativa para los ciudadanos europeos”.

El mensaje era el mismo para el lector de la New Left Review y el “pueblo de la televisión”: el futuro de España y de Europa era y debía ser (historia y norma, poder y deber, hermanados) la Revolución Bolivariana encabezada por su respectivo caudillo mediático.

Para refutar a Iglesias, alguien señaló lo mucho que Laclau debe a Carl Schmitt, teórico del nazismo, experto en la “dicotomización”, que veía la historia como el escenario de dos fuerzas: “Amigo” y “enemigo”. (Traducción para España: por un lado “el pueblo”, representado por Podemos, representado por Iglesias; por otro el “no pueblo”, representado por todas las otras formaciones políticas). Pero a estas alturas esos reparos intelectuales son lo de menos. Ahora, la mejor refutación de la teoría de Podemos está en la espantosa realidad en la que viven “el hombre, el humano, la mujer, la niña, el niño” en la Venezuela creada por el chavismo, una devastación sin precedente en América Latina, comparable a la provocada en Zimbabue por Robert Mugabe.

La mejor refutación de sus  teorías
está en la espantosa realidad que viven los venezolanos

El profesor Iglesias, por supuesto, no admitirá nunca esa realidad. Y se entiende: Podemos tiene intereses creados en creer lo que cree o dice creer. Esos siete millones de euros no se cobraron en vano. Lo que no está claro es el sentido de esa operación de “asesoramiento en comunicación pública”. ¿Cobraron por un servicio prestado al chavismo o cobraron por el honor de ser asesorados por Hugo Chávez, el mayor experto mundial en “dicotomizar” a la sociedad, “pensar políticamente en clave televisiva” y construir un “liderazgo mediático”?

Sobre el peso relativo de la teoría y la práctica en su doble rol de Secretario General y Politólogo, Iglesias confiesa: “Sin el segundo, el primero no habría sido posible”. Lo cual supone que la universidad prepara a las personas para la vida. ¿Es así? Zaid llegó a la conclusión de que la mitología universitaria es responsable de ese y otros equívocos, que impiden un progreso que sirva a la vida. Cualquier profesionista responsable sabe que la experiencia práctica, con sus errores inevitables, es la verdadera maestra. No obstante, en una extraña vuelta al platonismo, hay quien piensa que la teoría prepara para la práctica y en cierta medida la supera. Y que para ser político nada mejor que ser politólogo.

Los líderes de Podemos han escalado el poder con credenciales del saber. Son capitalistas curriculares. Son guerrilleros de salón. Desde los peligrosos cañaverales de la Complutense, construyeron teorías contra el poder democrático financiados por el poder revolucionario. Del ciudadano español depende desenmascarar su inanidad teórica, su inexperiencia práctica, su vasta mentira, su mala fe.

 

Así, no Podemos. Editorial de El País/España

La agresividad de Pablo Iglesias encubre los problemas en su ‘holding’ político.

Pablo Iglesias habla durante la segunda sesión de investidura de Pedro Sánchez, el 4 de marzo de 2016. Francisco Seco AP

Pablo Iglesias habla durante la segunda sesión de investidura de Pedro Sánchez, el 4 de marzo de 2016. Francisco Seco AP

el paisEditorial, 9 marzo 2016 / EL PAIS

Las complicaciones en la negociación de los socialistas con Podemos se producen tras el fuerte viraje dado por esta formación en las últimas semanas. Tras disfrazarse de socialdemócrata en la campaña previa a las elecciones generales del 20 de diciembre, Pablo Iglesias bloqueó la posibilidad de un Gobierno presidido por el socialista Pedro Sánchez, tras haber pretendido imponerle su persona como vicepresidente plenipotenciario y el programa que costaba a los españoles un aumento del gasto público de 96.000 millones de euros en tres años, entre otras condiciones.

Frente a las interpretaciones electoralistas dadas en su día a ese viraje —Podemos habría exigido condiciones inviables para provocar nuevas elecciones, en la confianza de dar el sorpasso al PSOE—, las noticias sobre la multiplicación de crisis internas nos asoman a otra realidad. Consciente de que gobierna una formación inestable, Iglesias ha forzado la máquina de los ataques al enemigo exterior para tratar de encubrir las tensiones internas. Sin olvidarse de salpicarlo con gestos tan humanos como el ejercicio de alcahuetería practicado por Iglesias al comentar una hipotética relación personal entre uno de sus correligionarios y una colega del PP, utilizando para ello nada menos que un debate de investidura.

No parece que lo hayan apreciado muchos de los electores que inicialmente habían comprado los desgarradores discursos de Podemos “contra la casta” y “el candado del 78”: la mitad de sus votantes desaprueba el veto de esta formación a Pedro Sánchez como candidato a la presidencia del Gobierno, según una encuesta de Metroscopia. Para acabarlo de arreglar, el grupo de izquierda anticapitalista que dio origen a Podemos quiere romper del todo con los socialistas y forzar las elecciones, sin duda para polarizar aún más la incandescente situación política española.

Se sorprenden algunos sectores críticos de Podemos por los procedimientos impuestos por Iglesias en el gobierno de su organización, pese a la inquietud que reina desde hace tiempo en ella por la soberbia y el “endiosamiento/arrogancia” exhibidos por el cabeza visible de la formación, como lo explica el documento interno publicado por EL PAÍS. Resulta ciertamente difícil mantener la cohesión de lo que no es un partido político, sino un holding de grupos con distintas bases territoriales, intereses no siempre coincidentes y voluntad dudosa de plegarse a la voz de mando, como lo prueban las dimisiones en cadena de dirigentes próximos al número dos, Iñigo Errejón, en la organización madrileña de Podemos.

Tratar de humillar a los adversarios políticos con imposiciones inviables, denunciar en todos los tonos el pacto del PSOE con Ciudadanos: esas son las razones políticas exhibidas desde la cúpula de Podemos. Su objetivo nunca ha sido apoyar un Gobierno socialista, como hace el resto de la izquierda en Portugal, sino sustituirlo, como Syriza hizo en Grecia con el PASOK. Pero ni siquiera eso basta para recoser las costuras. De muchas maneras, se lo están diciendo a Pablo Iglesias desde sus propias filas: así, no podemos.

En el nirvana de Iglesias también se pone el Sol. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 14 febrero 2016 / EL MUNDO

En el paraíso que nos viene anunciando Pablo Iglesias, y que según sus previsiones está cada vez más cerca, la virtud política sustituirá a los pecados de la casta y seremos iluminados por la verdadera democracia. La prensa será respetada, las responsabilidades políticas asumidas, la democracia interna del partido gobernante ejemplar y el nepotismo cosa del pasado. Adiós a los cuñados con despacho. Tendremos un Gobierno capaz de decirle cuatro cosas a Angela Merkel -no como ese pusilánime de Tsipras-, y se plantará cara a los mercados. Nuestros dirigentes irán al trabajo en bicicleta y subvencionarán una a quienes queramos seguir su ejemplo. El país será, al fin, purificado.

el mundoYa decía Quevedo que nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir, porque la parte fácil siempre es la primera. Prometer. Podemos y sus partidos afines ya tienen el poder en algunas plazas importantes y se puede empezar a medir cuánto se ha avanzado allí en la búsqueda de Shangri-La e incluso si hay alguna intención de alcanzarlo. Los periodistas de EL MUNDO han ido a comprobarlo en una serie de reportajes que esta semana hace parada en el Madrid de Carmena, después de nuestra visita a Cádiz, donde (casi) estuvimos con Kichi, el alcalde de Podemos.

No lo conseguimos del todo porque la idea que el regidor gaditano tiene del trato con la prensa no le permitió encontrar tiempo para hablar de su gestión, pero sí conceder entrevistas a quienes quisieran preguntarle por el Carnaval. Si hubiéramos podido, le habríamos preguntado si el fin del nepotismo es compatible con contratar a las parejas de los miembros de su equipo como asesores; si considera que luchar contra la pobreza es fotografiarse en un palco con familias sin hogar, mientras sigue sin solucionar su promesa de dar una vivienda a quienes viven sin luz ni agua corriente; o si tiene previsto dedicar más tiempo a gestionar la ciudad y menos a la farándula propagandística, como piden los empresarios, comerciantes y asociaciones de vecinos que han perdido la paciencia con la política de plató y disfraz.

La pregunta que todo el mundo se hace -¿cómo sería un Gobierno de España con Podemos?- es difícil de responder, y unos pocos alcaldes no tienen por qué ser representativos de todo lo que haría el partido, pero empezamos a tener suficientes pistas como para que resulte innecesario que los ministros de Mariano Rajoy compitan entre ellos por lanzar la advertencia más apocalíptica. Cada vez que nos anuncian el fin del mundo tal como lo conocemos, en cuanto Pablo Iglesias llegue al poder, sólo consiguen sumar votos para el partido morado en las próximas elecciones, sobre todo, porque el discurso del miedo viene de un grupo carcomido por la corrupción que ha perdido toda legitimidad para dar lecciones hasta que no se regenere.

El problema no es que Podemos sea un partido amigo de ETA, sino que carece de un proyecto integrador común para España; el problema no es que quiera acabar con el modelo económico vigente -Iglesias le duraría a Angela menos que Tsipras-, sino que sus propuestas son irrealizables y el mero hecho de formularlas en una posición de responsabilidad agravarían nuestra crisis; el problema tampoco es que algunos de sus miembros se vayan de excursión anarquista a Venezuela, sino que sus líderes hayan mostrado en un pasado reciente su admiración por un régimen que ha empobrecido una nación inmensamente rica y mantiene a disidentes encarcelados. La pregunta es legítima: ¿ven en ese modelo un ejemplo a seguir y en qué?

Podemos y sus partidos hermanos están demostrando sin ayuda su incapacidad para la gestión y la prueba no está ni siquiera en los errores cometidos en los ayuntamientos de Cádiz o Madrid, sino en la determinación de gobernar sólo para quienes les votaron y piensan como ellos. La prioridad no parece el servicio público, sino ganar tontas batallas ideológicas. No es limpiar las calles, sino redefinir la imagen que los niños tienen de los Reyes Magos. No es arreglar el tráfico, sino utilizar la cultura para avanzar su agenda política. No es hacer que la ciudad funcione mejor, sino retirar placas franquistas -y algunas que no lo son- y cambiar el nombre de las calles. Al final va a resultar que la nueva política no era más que eso: mantener a su manera los vicios de la vieja y prometer que, una vez alcanzado el Shangri-La, el líder hará que el Sol se ponga sólo cuando convenga al pueblo.

Felipe González: “Ni el PP ni el PSOE deberían impedir que el otro gobierne”

En un contexto de incertidumbre tras las elecciones generales, el expresidente socialista explica su punto de vista sobre la actual crisis política y ofrece un marco en el que pueda encontrarse una salida.

Felipe González, en su despacho en Madrid ULY MARTÍN

Felipe González, en su despacho en Madrid ULY MARTÍN

Antonio Cano (director de El País, 28 enero 2016 / EL PAIS

el paisComo recuerda en esta entrevista, hace 20 años que Felipe González salió del Gobierno y 19 desde que abandonó la secretaría general del PSOE. Sin embargo, su influencia dentro de su partido y en la sociedad no solo no ha decrecido en este tiempo, sino que ha aumentado ahora que el país vive la zozobra de una crisis política de muy difícil solución y de consecuencias inciertas.

Después de varios días en los que su silencio ha sido interpretado de muy diversas maneras y su posición manipulada en beneficio de intereses particulares —“estoy cansado de que interpreten lo que suponen que pienso o debería pensar”—, González explica en estas páginas su verdadero punto de vista sobre la situación actual y ofrece un marco en el que pueda encontrarse una salida.

Para ello, sostiene el expresidente del Gobierno, es preciso que los dos principales partidos del país, el Partido Popular y el PSOE, ambos derrotados en las recientes elecciones, dejen a un lado la preocupación por su futuro y antepongan los intereses de España. Defiende un proyecto reformista que supere el inmovilismo practicado durante estos años por Mariano Rajoy y el liquidacionismo que pretende Podemos.

González califica de “irresponsabilidad” la decisión de Rajoy de renunciar a formar Gobierno sin retirarse ni permitir que otro dirigente de su partido lo intente. También alerta sobre los riesgos de un pacto del PSOE con Podemos, partido del que afirma que pretende “liquidar el marco democrático de convivencia y, de paso, a los socialistas”. No defiende ninguna combinación precisa para formar Gobierno. Prefiere un Gobierno progresista y reformista, pero admite que es muy difícil porque no existe una mayoría de esa naturaleza en el Parlamento. En todo caso, recomienda que ni el PP ni el PSOE impidan que el otro forme Gobierno si ellos mismos no lo pueden lograr.

Pregunta. ¿Considera que la crisis actual puede ser la prueba de que el sistema político español ha entrado en crisis?

Respuesta. Hace algún tiempo que presenta síntomas de deterioro el sistema surgido de la Transición y la Constitución del 78. Después de más de tres décadas que deben ser calificadas de éxito histórico para España, el sistema necesita reformas y cambios regeneracionistas. Pero las actitudes inmovilistas y las liquidacionistas estrechan el margen para propuestas de reforma que son cada vez más necesarias.

La crisis financiera y sus terribles consecuencias económicas y sociales han acelerado la sensación de que hacen falta cambios. Muchos ciudadanos ven en peligro los derechos que consideran adquiridos, en sanidad o educación, por ejemplo. Pero también han sufrido un ajuste basado en el paro, la devaluación salarial, la precarización del empleo y la consiguiente pérdida de dignidad del trabajo. Ahora, en la frágil recuperación, los ciudadanos siguen viendo que las desigualdades no se corrigen. La sensación de agotamiento aumenta con la serie permanente de casos de corrupción, tanto los que están llegando a la justicia como los que aparecen sin cesar.

La crisis aumenta de tamaño por la aparición del secesionismo, que plantea un desafío para una España que ha sido un espacio público compartido durante 500 años. La propia Unión Europea se ha equivocado en el enfoque de esta crisis que nos afecta a todos, y España es cada vez menos relevante en las decisiones de la Unión.

“No tendrían que negar la posibilidad
de un Gobierno si no pueden hacerlo ellos”

Así que, en efecto, vivimos una especie de final de ciclo, sin que se abra paso un proyecto reformista imprescindible para España. En los años ochenta sabíamos dónde estábamos y qué queríamos ser, pero, como otras veces en la historia, parece que nos hemos salido de la ruta y no sabemos ni a dónde vamos ni quiénes somos. Falta un proyecto reformista para España.

P. ¿Por qué entonces ha sido el PP el partido más votado?

R. Eso es un hecho, porque la concentración de voto de la derecha en torno al PP ha sido mayor que los votos en el espacio de la izquierda. Hemos pasado a lo que he dicho en otras ocasiones: un Parlamento a la italiana, pero sin italianos para manejarlo. Pero lo relevante es que el PP no ha sido capaz de leer el resultado como lo que es: una derrota. No solo por perder casi 60 diputados, sino porque está siendo rechazado por los demás partidos. O sea, porque la mayoría del Parlamento es muy crítica con la gestión del Gobierno y su comportamiento en estos años.

Es notable que es muy fuerte el rechazo a Rajoy, que no ha querido ni quiere asumir responsabilidades como dirigente del PP y del Gobierno. Igual de fuerte es el rechazo a Pablo Iglesias por la reacción que inspira su política liquidacionista. Pero ninguno de los dos quiere interpretarlo así.

P. ¿Y el Partido Socialista? Pedro Sánchez apareció la noche electoral celebrando un resultado que valoró como “histórico”. ¿Ha sabido el Partido Socialista interpretar el resultado?

R. Creo que esa lectura errónea de los resultados afecta también al Partido Socialista, que ha sufrido una derrota clara en las urnas y debería haber considerado la voluntad de los ciudadanos.

“Quiero que España tenga Gobierno.
Yo prefiero que sea progresista y reformista”

Además, se está confundiendo la idea de que en un eje de izquierda y derecha hay más votos en la izquierda, como ha ocurrido casi siempre. De esa noción se deriva, sin más, que se dan posibilidades de Gobierno de izquierda mayores de las que hay en la realidad, no solo en la aritmética parlamentaria, sino en las necesidades de que haya un Gobierno progresista y reformista, con base suficiente para llevar adelante su tarea.

P. ¿Existe una mayoría progresista en este Parlamento?

R. Ojalá existiera una mayoría progresista y reformista, porque esa sería la opción que preferiría como la mejor para España. Pero analizando la representación parlamentaria no creo que exista. Esto no contradice que tampoco exista una mayoría conservadora. De ahí la dificultad en la que estamos.

P. ¿Le decepciona o le preocupa esa falta de una mayoría progresista?

R. Lo que más me preocupa es la necesidad de un Gobierno para España basado en un programa que permita que haya reformas en la Constitución, en el sistema electoral, en educación, en sanidad o en relaciones industriales. Pero de esto no está hablando nadie. Creo que se habla más de votos para la investidura que de votos para desarrollar un programa de Gobierno al servicio de los españoles.

Cuando digo esto, no estoy hablando de derogar leyes pasadas sino de propuestas reformistas y de los votos que estas necesitan para salir adelante. En definitiva, creo que los ciudadanos esperan diálogo y acuerdos en este escenario de fuerzas elegidas más allá del bipartidismo imperfecto de las últimas décadas, que parece claro que ha quedado atrás.

P. Entonces, ¿quién debe tratar de formar Gobierno?

R. En principio, el orden lógico es que lo intente la minoría con más votos y representación, que es el PP. Pero ese espectáculo montado el viernes pasado en la ronda de consultas del Rey tanto por Iglesias como por Rajoy no es indicativo de que este último ni su partido estén tomándose en serio su responsabilidad. Esa jugada del candidato del PP, declinando hacerse cargo de la investidura y al mismo tiempo manifestando que no se retira, es de una irresponsabilidad difícil de calificar. ¿Qué pretende? ¿Propone que se estrellen otros y ofrecerse él después como única solución? ¿Habrá pensado en las implicaciones que tiene para todas las instituciones este juego? ¿Está pensando solo en sí mismo, sin tener en cuenta los intereses de España?

P. Como usted menciona, esos episodios de la investidura se produjeron con el Rey de por medio. ¿Cree que esto compromete de alguna forma el papel del Rey?

R. El Rey es un jefe de Estado con la ventaja de que debe obrar con neutralidad respecto a las opciones políticas en juego. Esto exige un respeto por parte de los líderes políticos para preservar esa neutralidad en el marco de la Constitución y las leyes. Por eso me ha preocupado el juego partidista del viernes pasado cuando acabó la primera ronda de consultas. Nadie tiene derecho a decirle al jefe del Estado que ni acepta ni se retira, como hizo Rajoy.

“La pinza que el PP hizo en Andalucía
con Podemos no es un ejemplo a imitar”

P. Si se confirma esa renuncia de Rajoy, ¿es posible un Gobierno progresista liderado por el PSOE?

R. Si tenemos en cuenta la aritmética parlamentaria, sí es posible ese Gobierno, pero con enormes dificultades para llevar adelante una tarea de Gobierno reformista y progresista. Obviamente, Pedro Sánchez debe cumplir el mandato de los electores y también del comité federal del Partido Socialista y debe intentarlo si fracasa el candidato del PP, sea o no Rajoy.

Para hacerlo tiene que hablar con todos, ya que eso es el diálogo, y dejar claro con qué programa para España está dispuesto a gobernar. Reitero que no se trata de sumar votos para una investidura, sino de tener una base coherente de apoyos para gobernar, que no es lo mismo.

El comportamiento arrogante de los líderes de Podemos, con humillaciones que ponen al descubierto cuáles son sus verdaderas intenciones, no se debe aceptar. Esos dirigentes, con el debido respeto que merecen sus votantes y los grupos que se han sumado a las distintas plataformas, quieren liquidar, no reformar, el marco democrático de convivencia, y de paso a los socialistas, desde posiciones parecidas a las que han practicado en Venezuela sus aliados. Pero lo ocultan de manera oportunista. Del mismo modo, dejaron de hablar de Grecia cuando más lo necesitaron sus amigos. Son puro leninismo 3.0.

Para colmo, plantean también con disimulo la autodeterminación, algo que contradice un proyecto para España como espacio público que comparten 46 millones de ciudadanos que quieren ser tratados como tales, también para decidir en igualdad de derechos y obligaciones su destino común.

P. ¿Cree que es legítima la formación de un Gobierno cuya única coincidencia sea la de ser anti-PP?

R. A mí no me gustan los Gobiernos anti lo que sea, aunque los haya vivido yo mismo. Recuerde el “váyase señor González”. Los Gobiernos deben proponerse para realizar proyectos, no para negar los de los otros.

“Las actitudes inmovilistas y las liquidacionistas estrechan
el margen para propuestas de reformas muy necesarias”

Pero no es un problema de legitimidad, como usted dice. Es una obviedad recordar que para las reformas que necesita España hay que contar con el PP en bastantes casos, porque esa es la realidad parlamentaria. Del mismo modo, parece lógico exigir al PP que diga qué está dispuesto a hacer por convicciones y, por tanto, es lógico esperar que lo haga tanto si está en el Gobierno como si pasa a la oposición.

P. ¿Es partidario de una gran coalición entre PP, PSOE y Ciudadanos?

R. De ninguna manera. Me parece una propuesta que nace de un fracaso y que no se plantea la gobernanza de España en el medio plazo. El fracaso es el de la estrategia que algunos llaman del “Gobierno del Ibex”, una suma PP-Ciudadanos que fuese mayoritaria, creando así una pinza contra el Partido Socialista apoyando la subida de Podemos. ¿Recuerdan a Rajoy el 6 de diciembre animando a Iglesias? “Vas bien Pablo, vas bien”, le decía.

Eso falló, y pasaron del lema “hay que salvar al soldado Sánchez”, ideado para hundir al candidato, a hacer a Sánchez responsable de la estabilidad que sugieren, ya después de las elecciones del 20 de diciembre.

Para colmo, dejar el espacio de la oposición a Podemos es una gran estupidez, más aún que un error, generada por la falta de visión de España en el medio plazo. Mire, si no se emprenden las reformas que necesitamos, incluida la regeneración democrática frente a la corrupción rampante que nos inunda cada día, estamos contribuyendo a alimentar a los que desean liquidar el marco democrático de convivencia que tenemos.

P. ¿Cuál es entonces el mejor Gobierno posible?

R. Eso es mucho pedir en una entrevista como esta, pero creo que ha llegado el momento de mirar a los ciudadanos y abandonar estrategias de trileros como las que hemos visto el viernes pasado. A nadie le extrañará que a estas alturas de mi vida prefiera que haya un Gobierno con programa acordado para España, porque lo necesitamos, incluso si no es el Gobierno que más me guste a mí personalmente.

Podríamos contar el número de escaños en dos dimensiones: la de izquierda y derecha o la de los que sumen en un proyecto reformista para España, un eje en el que no entran los que quieren acabar con esa realidad o ponerla en riesgo.

“Vivimos un final de ciclo… No sabemos ni a dónde vamos ni quiénes somos. Falta un proyecto reformista para España”

Si los partidos políticos estuvieran hablando de programas de Gobierno y no de aritméticas parlamentarias incompatibles en todo o en parte con un Gobierno estable, sería menos complicada la respuesta.

Pero el ambiente no es ese. Es un momento más de regates cortos y oportunistas, o de supervivencias personales como la de Rajoy, que de miradas largas para dar respuesta a los desafíos de España.

P. ¿Algún ejemplo de esos regates cortos?

R. Un ejemplo: PP y Ciudadanos sumarían 163 diputados. Por otro lado, PSOE, Podemos e Izquierda Unida sumarían 161 diputados. Esto último sería una especie de tripartito, que dependería para lograr mayoría del mismo número de diputados, más o menos, de los que dependían los del bipartito anterior, pero en condiciones menos compatibles, porque han derivado hacia posiciones de ruptura de España, más que de acuerdos para gobernar.

Por tanto, lo podría intentar el PP, con Rajoy o con otro candidato, con Ciudadanos, para arrancar con el encargo del Rey.

También podría ser el PSOE, hablando y negociando hacia Ciudadanos y hacia la amalgama de Podemos, pero dejando claros los elementos esenciales para que se pueda hablar de un Gobierno para España.

En suma, hay que entender la nueva realidad que han querido los electores, que exige que haya diálogo y acuerdos. Y que puede repetirse, en peores condiciones, si los responsables políticos no asumen el resultado y devuelven la responsabilidad que les toca a los ciudadanos en nuevas elecciones.

P. ¿Y un Gobierno del PSOE con Ciudadanos? ¿Ve eso posible?

R. Intentar llegar a un acuerdo con Ciudadanos dentro de la aritmética parlamentaria significa tener una base para las reformas que necesitamos. Si se habla de Gobierno de reformas y de progreso, hay que tener fundamentos programáticos y número de diputados para apoyarlos. En este ejercicio el PP tiene que dejar claro si sus posiciones programáticas, aún en la sombra, lo son por convicción o por oportunismo de Gobierno. Porque no habrá reformas de calado si el PP practica la vetocracia.

P. ¿Qué se debe hacer con la crisis de Cataluña durante este periodo de Gobierno en funciones?

R. Que haya un Gobierno en funciones no quiere decir que haya un vacío de poder. Si alguien lo ve así, se equivoca.

“El PP no ha leído el resultado como es: una derrota. No solo por perder 60 diputados sino por su rechazo en el Parlamento”

La democracia exige que la ley, tanto la Constitución como el Estatuto, se cumpla, incluso para cambiarla. Sin esa premisa, se pone en peligro la democracia misma y el marco de convivencia que nos hemos dado entre todos los españoles. Si alguien se salta la legalidad, el Gobierno tiene la obligación de restablecerla. Y tiene además los instrumentos parlamentarios para hacerlo.

Soy muy crítico con el inmovilismo y me gusta muy poco la respuesta judicial, porque creo que lo prioritario en política es una respuesta política como paso imprescindible. El inmovilismo tiende a ampararse en el Tribunal Constitucional u otras variantes, porque no cumple con su obligación.

Por eso, cumplida la ley como condición democrática, debe haber una clara disposición al diálogo, algo que se viene obstaculizando en los últimos años.

P. ¿Qué papel cree que debe cumplir su partido en una situación como la actual?

R. No soy responsable del partido, ni tengo responsabilidad institucional. Hace 20 años que salí del Gobierno y 19 de la secretaría general del Partido Socialista. No me toca decidir.

Me gusta que se debata y que se adopten posiciones claras ante los ciudadanos, manteniendo la unidad. Yo opino como ciudadano que vota al PSOE y milita en él, con la carga de la experiencia vivida en España, en Europa, en América y en otros lugares.

También soy prudente a la hora de decir lo que pienso a los líderes del partido. Si me preguntan, respondo, pero intentando no entrometerme nunca.

A veces sufro, porque estoy en desacuerdo con unos o con otros, incluso con unos y con otros, pero trato de ser prudente sin perder la libertad y la responsabilidad como ciudadano y votante.

Ahora acepto esta entrevista porque estoy cansado de que otros interpreten lo que suponen que pienso o debería pensar, dependiendo de gustos o de intereses. Como cualquiera, me puedo equivocar, algo a lo que incluso tengo derecho, pero me gustaría no interferir, sin renunciar a opinar cuando quiero o creo que necesito hacerlo.

Así que comprendo la inquietud, pero no me toca decidir lo que tiene que hacer el partido. Y esto es algo que asumo con serenidad.

 Felipe González, junto a la opositora venezolana Lilian Tintori en su visita a Caracas en junio. M.G. EFE


Felipe González, junto a la opositora venezolana Lilian Tintori en su visita a Caracas en junio. M.G. EFE

P. Desde esa libertad personal, ¿qué cree usted que es un proyecto progresista en el momento presente de España?

R. Necesitamos recomponer las fracturas en la cohesión social de las políticas que se han hecho en la crisis y hacerlo con criterios de sostenibilidad, con la visión puesta en el momento que vivimos en España y en el mundo.

Diría que necesitamos una economía social de mercado, algo que en Europa se está poniendo en cuestión, aunque sea parte de su identidad fundamental. En España son muchas las desigualdades provocadas, y hay que corregirlas con un modelo económico capaz de combinar la necesidad de ser competitivos para generar riqueza y la de redistribuir con justicia el excedente que se genere.

Tenemos que dignificar el trabajo, superando la precariedad, mejorando los salarios y relacionándolos con la productividad. En fin, tenemos que recomponer nuestro sistema de acceso universal a la sanidad; pactar una reforma educativa en general y de la Formación Profesional en concreto, y apoyar en serio, no con palabras, la investigación y la innovación para mejorar nuestra capacidad de competir y de generar empleos dignos.

Deberíamos federalizar nuestro modelo autonómico, garantizando la descentralización política y la financiación, preservando el poder del Gobierno central como responsable de la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos. Como ve, creo en una descentralización política que reconozca y garantice la diversidad, pero no creo en una centrifugación que ponga en peligro la realidad misma de España.

Hay que tomarse en serio la reforma de la ley electoral y mucho más en serio, por su gravedad, la regeneración del sistema para luchar con rigor contra las prácticas corruptas que nos están ahogando.

Esta es solo una parte de las cosas que se deberían estar debatiendo y acordando entre los responsables políticos, para salir cuanto antes de este juego de sombras.

“Analizando la representación parlamentaria,
no creo que exista una mayoría progresista y reformista,
que sería la opción que preferiría”

En fin, progresar es hacer reformas frente al inmovilismo y al liquidacionismo, ambos fenómenos que han acompañado demasiado tiempo a nuestra historia. Si fuimos capaces de superarlo en la Transición, ¿por qué no lo vamos a poder hacer ahora?

P. ¿Cree que el PSOE debe negociar con el PP?

R. Me parece indiscutible que se debe dialogar con el PP. Otra cosa es que haya margen o no para acordar cosas que faciliten lo que acabo de decir. Pero la experiencia de Gobierno de Rajoy ha sido de decretos leyes e imposiciones sin ningún diálogo y eso hay que intentar superarlo. Pero en democracia hay que atender el mandato de las urnas, en el que se incluye ese diálogo sin reservas.

P. ¿Cree que el PSOE debería, llegado el caso, permitir con su abstención la formación de un Gobierno en España?

R. No quiero definir la posición del partido como tal. Dicho esto, creo que ni el Partido Socialista ni el PP ni otros deberían negar la posibilidad de un Gobierno para España si no están en condiciones de hacerlo ellos con sus formulaciones y programas.

Lo que digo vale pues para cualquier partido responsable, porque jugar a impedir que gobierne otro aunque yo no pueda gobernar no conduce a nada. Lo que el PP hizo en Andalucía para impedir un Gobierno del Partido Socialista en una pinza con Podemos no es un ejemplo de práctica democrática responsable, y es algo que no hay que imitar.

Pero es falso lo que se está diciendo y se me atribuye. Quiero que España tenga un Gobierno capaz de sacar adelante un proyecto. Prefiero que ese Gobierno sea progresista y reformista. Si no es posible, no creo que haya que obstaculizar la posibilidad, muy difícil por cierto, de un Gobierno distinto.

P. ¿Qué importancia cree que tiene Europa en la búsqueda de una solución a la crisis actual en España?

R. Verá, yo soy un europeísta crítico con los errores de la Unión Europea en la lucha contra la crisis. Estoy seriamente preocupado por los desafíos que tiene por delante en temas que no se pueden sortear: refugiados, referéndum británico, amenazas a la seguridad y demás. Pero me asombra que el tema de la Unión Europea esté ausente de nuestras campañas y de los debates actuales.

Me preocupa que España sea irrelevante en la sala de máquinas de la Unión Europea, porque el proceso es de soberanía compartida, no de cesión de soberanía para que otros decidan por nosotros.

Dependemos mucho de lo que se decida en Europa, por eso tenemos que decidir con los socios en igualdad de condiciones, no diciendo “lo que nos diga Europa, lo haremos”. Me parece humillante ese comportamiento. Somos parte de Europa, con las mismas responsabilidades que otros en sus decisiones.

Dependemos de la Unión Europea, con quien compartimos soberanía, y tenemos que decidir de forma conjunta para cambiar el rumbo de la Unión.

“Nadie tiene el derecho a decir al jefe del Estado que ni acepta ni se retira,
como hizo Rajoy. Es de una irresponsabilidad difícil de calificar”

P. ¿Cómo cree que puede afectar la crisis de España a la estabilidad de Europa?

R. No soy partidario de esas campañas que tratan de meter miedo a los ciudadanos para condicionar su libre voluntad. Ahí incluyo campañas como las que vienen de la Comisión Europea sobre la formación de Gobierno aquí. Pueden advertir sobre nuestro déficit, pero no interferir en la formación de Gobierno.

Es importante para los españoles resolver nuestros problemas. También es importante para Europa, en la misma medida en que influyen en ella los problemas de otros socios.

P. En las últimas semanas se ha especulado mucho con su nombre en distintos escenarios potenciales, siempre como una especie de solución ideal. ¿Por qué cree que se echa tanto en falta un Felipe González en España?

R. Respuesta negativa: porque les ha dado tiempo a olvidarse de los errores que cometí. Respuesta positiva: porque reconocen que siempre puse por delante los intereses de España y eso se echa de menos ahora.

Las reacciones a esta entrevista:

Pablo Iglesias: “Las bases y votantes del PSOE no piensan como Felipe González”

Rivera coincide con González: Rajoy debe buscar la mayoría o irse

A por Sánchez. De José Ignacio Torreblanca

El ajedrez poltico español se ha complicado aun más con dos movidas: la de Mariano Rajoy de no hacer uso de su derecho de intentar a formar gobierno; y la de Pablo Iglesias de anunciar su candidatura a la vicepresidencia en una colación con el PSOE. Mucho -casi todo- depende ahora de las decisiones del PSOE. Reproducimos aquí un comentario de José Ignacio Torreblanca sobre la complicada relación PSOE-PODEMOS.

Segunda Vuelta

Rajoy, oliendo la sangre, ha decidido dejar pasar al gladiador Sánchez, que se apresta a batirse…

José Ignacio Torreblanca es Profesor Titular en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y Doctor Miembro del Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones.

José Ignacio Torreblanca es Profesor Titular en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y Doctor Miembro del Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones.

José Ignacio Torreblanca, 23 enero 2016 / EL PAIS

Para entender la motivación del sorpresivo anuncio realizado ayer por Pablo Iglesias, que deja fuera de juego a Pedro Sánchez, basta recuperar la entrevista concedida por Iglesias a la revista New Left Reviewen mayo del año pasado. Preguntado sobre el PSOE, Iglesias explica a su interlocutor que dicho partido tiene dentro de sí dos corrientes diferenciadas: una primera, que denomina como de “régimen”, cuya prioridad es detener a Podemos, para lo que estaría dispuesto a gobernar en gran coalición con el PP y Ciudadanos; y una segunda, partidista y más de izquierdas que, consciente de que una gran coalición significaría la implosión del partido, concedería a Podemos el espacio y la legitimidad en el que crecer políticamente. A este análisis, sin duda certero a la vista de lo ocurrido, Iglesias sumaba una inquietante respuesta sobre el papel que él veía que Podemos debía jugar frente a esas divisiones internas. “Podemos”, anunciaba Iglesias, “explotaría las contradicciones del PSOE”.

Nada explica mejor el paso dado ayer por Podemos que el deseo de terminar con un PSOE muy debilitado y con un líder sin margen de maniobra debido a sus pésimos resultados electorales. Para que España fuera como Portugal, el PSOE debería triplicar en tamaño a Podemos, estar cohesionado internamente y mostrar estabilidad en las perspectivas electorales. Pero el PSOE tiene demasiados pocos votos para cabalgar sobre un Podemos ensoberbecido, está dividido internamente y sus perspectivas electorales son malas. Consciente de ello, Iglesias y los suyos han tirado del guión de su serie favorita, Juego de Tronos, y han empujado al PSOE y a Sánchez al precipicio. Porque el anuncio de Iglesias y su humillante escenificación (sin comunicarse previamente con el PSOE) están maquiavélicamente diseñados para lograr el efecto contrario al anunciado: hacer imposible un gobierno PSOE-Podemos. El objetivo de Podemos no es gobernar con el PSOE, como en Portugal, sino destruirlo y reemplazarlo, como Syriza hizo con el PASOK. Sánchez debería pues olvidarse de Lisboa y a cambio mirar a Atenas. Rajoy, oliendo la sangre, ha decidido dejar pasar al gladiador Sánchez, que se apresta a batirse ¿consciente? de que su única victoria posible es ser derrotado con honor.

@jitorreblanca

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La tentación caudillista. De Antonio Elorza

Para Pablo Iglesias, la acción no tiene otro objetivo que la victoria. La elección racional en beneficio del conjunto de la sociedad no tiene lugar en su presentación militarizada de la política, de impronta leninista.

Antonio Elorza, historiador, ensayista y columnista español, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid

Antonio Elorza, historiador, ensayista y columnista español, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid

Antonio Elorza, 19 enero 2016 / EL PAIS

“Pedro, mandas poco en tu partido”, le espetó Pablo Iglesias al secretario general del PSOE en uno de los debates preelectorales. El incidente hacía recordar una visita del periodista cubano Carlos Franqui a Fidel Castro y al Che, que estaban encarcelados en una prisión mexicana. Franqui se atrevió a hacer una crítica a Stalin, para encontrarse con una terminante réplica de Fidel: “Sin un jefe único, aunque sea un mal jefe, la revolución es una causa perdida”. Viene asimismo al caso un párrafo de Disputar la democracia, libro-programa donde Iglesias cita, como no, Juego de tronos,y en concreto la escena en que la reina condena a muerte de inmediato a un consejero por atreverse a afirmar que “conocimiento es poder”. “El poder es el poder”, replica airada la reina. Pablo Iglesias lo anticipa: “el poder nace de la boca de los fusiles”. Toda una profesión de fe democrática.

el paisNo es que las consideraciones doctrinales de Iglesias merezcan excesiva atención, pero sí sirven como útiles indicadores de lo que puede hacer si llega a gobernar. Ahí está su alusión introductoria a Maquiavelo, donde se limita a subrayar la dimensión técnica de un poder ejercido de modo implacable en los principados, lo cual le convierte en el padre de las tiranías modernas. Es el Maquiavelo emparentado con Carl Schmitt, y maestro de dictadores, de Napoleón a Mobutu, pasando por Mussolini, y que al parecer inspira a Iglesias. Olvida que Maquiavelo nunca pensó que esa concepción política fuese deseable, habiendo sido firme defensor del vivere libero en la República de Florencia.

ENRIQUE FLORES

ENRIQUE FLORES

Porque Pablo Iglesias, aun cuando se llene la boca de la palabra una y otra vez, rechaza la democracia, entendida como procedimiento mediante el cual se alcanzan las decisiones políticas. La “disputa”. Por supuesto, considera insuficiente la democracia como espacio pluralista en el cual varios partidos compiten por el voto. Su democracia responde a un criterio finalista: hay democracia si se incrementa el poder de la mayoría y se logra “que desaparezcan los privilegios de los menos”. Resulta claro que si “los menos” controlan las instituciones y vencen en el voto, es que ejercen la manipulación y la democracia no existe. En línea con lo que les dijo a los eurodiputados en su despedida, ante una distribución del poder desfavorable para los más, la contrarrevolución —entonces la destrucción de Europa— triunfa. Lo explicó Monedero: la prioridad corresponde al empoderamiento del “pueblo”, guiado por un jefe carismático, frente a “los menos”, “los privilegiados”, el no-pueblo. Vuelve la apolillada distinción entre democracia formal y democracia real.

Estamos ante una visión maniquea, muy simple, de pueblo frente a poderosos a desalojar de su primacía. De ahí que la violencia sea palanca imprescindible para acabar con las injustas relaciones de poder vigentes. El vocabulario militar es omnipresente. La de Iglesias es una Machtpolitik donde el Estado de derecho consiste en “la voluntad política racionalizada de los vencedores”. Su ejemplo es la Ley de Partidos que ilegalizó al brazo político de ETA: Iglesias menosprecia el detalle de que se trataba de oponer la ley a la impunidad de una organización terrorista. Para él, la acción política no tiene otro objetivo que la victoria, con dosis de ajedrez y sobre todo de boxeo. La elección racional en beneficio del conjunto de la sociedad no tiene lugar en su presentación militarizada de la política, de impronta leninista.

Pablo Iglesias es un político actuante en la democracia, en rigor no un demócrata. Por eso, en la estela de Lenin, las alianzas carecen de valor en sí mismas, y otro tanto sucede con los fines sociales o económicos que persigan, si no permiten aprovechar la convergencia para imponerse al aliado transitorio. Monedero acertó al calificarlo de “leninismo amable”. La táctica de desbordamiento del PSOE es un óptimo ejemplo, respecto de partidos próximos, igual que la voluntad de servirse de las instituciones para alterar su contenido. Si de veras quería aliarse con el PSOE, sobraban las “líneas rojas” anunciadas de inmediato, con el referéndum catalán, que sigue siendo el obstáculo para la alianza anti-PP si el ansia de poder de Pedro Sánchez no lo hace olvidar.

No se extiende demasiado Iglesias sobre el contenido de su “nueva transición”: en el libro recién publicado con ese título concede al tema tres páginas. Ahora bien, los “objetivos imprescindibles” fijados para toda alianza son ya ilustrativos. Importa ganar; lo que resulte de los medios empleados es irrelevante. Así con “el derecho a decisión” generalizado, listo para sacar votos en las nacionalidades y anexos, más la ruleta rusa de la autodeterminación de obligado cumplimiento en Cataluña, saldrá porque lo dice su bola mágica un “Estado plurinacional”. Todas son naciones con su “derecho a decidir”. La revocabilidad de cargos de la Constitución venezolana también tiene su sitio, facilitando así librarse de opositores elegidos mediante la democracia representativa a la cual se opone el referéndum plebiscitario. Y pensando en los resultados monolíticos de la organización de Podemos partido, listo para asaltar el cielo desde un centralismo autocrático, cabe augurar que su ley electoral responderá a análogo propósito. No hace falta seguir alarmando con el proceso constituyente y con la condena de la Constitución del 78: con “cambiar la Constitución”, el objetivo es el mismo.

El culto a la personalidad, y la permanente exaltación de la figura de Iglesias, así como la deformación finalista de la idea de democracia —una democracia plebeya— nos sitúan en el terreno de un caudillismo populista, con bien conocido antecedente, aunque ello no guste al interesado. El silencio de Podemos sobre la tragedia que es la situación venezolana bajo Maduro ahorra todo comentario. Los condicionamientos jurídicos y económicos no cuentan, siendo sustituidos por la promesa de reformas igualitarias. La justicia social sirve así de máscara a la demagogia, amparando de momento la rentable operación de denuncia, tanto del Gobierno conservador que bien lo merece, como del rival/aliado socialista, si no suscribe sus propuestas. El hábil manejo del discurso en Iglesias le permite funcionar a la perfección con falsas evidencias. La factura ya vendrá luego y se cargará en la cuenta de la los malos de la película, tanto internos como de la UE. Lástima que la cita a Tsipras ya no sirva. Y por fin, como en Chávez, ahí están los medios de comunicación, con la televisión en primer plano, para crear en los ciudadanos la ilusión participativa bajo el mando del Líder. Y es que tanto su inspirador, antes, como Iglesias, ahora, son animales televisivos, mucho más avezados en “seducir”, palabra clave para el segundo, que en proponer una gobernación racional. A Pedro Sánchez no parece preocuparle. Nada salvo su victoria pírrica parece preocuparle.

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