Stalin

La desesperanza aprendida. De Manuel Hinds

manuel hindsManuel Hinds, 3 enero 2017 / EDH

En un artículo reciente el Dr. José María Sifontes, psiquiatra, escribió acerca de un experimento realizado por el Dr. Martin Seligman en 1967. En el experimento un perro era sometido a experiencias contradictorias en un cuarto dividido en dos partes por una pared baja que el perro podía saltar. De pronto, una luz roja se encendía, y el suelo de la zona donde estaba el perro se electrizaba. El perro saltaba a la otra zona y descubría que esa no estaba electrizada. Al ver la luz encenderse, sin esperar a que el piso se electrizara, se saltaba la barda y se quedaba tranquilo en el lado no electrizado.

diario hoyPero una vez se encendió la luz y al saltar se encontró que con que la zona a la que saltaba estaba electrizada y tenía que saltar de regreso a la otra. Al poco tiempo aprendió que al encenderse la luz no tenía que saltar. Pero de pronto entonces todo comenzó a cambiar caóticamente, de modo que a veces la luz anunciaba que se electrizaría el suelo en donde estaba, a veces que no, a veces que las dos se electrizarían al mismo tiempo, a veces que nada pasaría. El perro comenzó a llenarse de angustia. Primero se volvió agresivo, pero luego comenzó a deprimirse, hasta que llegó un momento en el que dejó de comer, y se tiró en el suelo sin reaccionar cuando le electrizaban el suelo. Había perdido la esperanza de poder alterar su destino, y se entregó pasivamente a lo que pasara.

Este estado de ánimo se volvió permanente, aun cuando sacaron al perro de ese cuarto. A ese estado le llamaron “impotencia aprendida” o “desesperanza aprendida”. Es lo que les pasa a las personas sujetas a estímulos poderosos y totalmente contradictorios, a la esperanza y luego a la desesperanza, al pánico y a la tranquilidad.

Stalin fue un experto en esta técnica. Por ejemplo, durante la época del Gran Terror mató a decenas de sus asistentes más cercanos, militares y civiles, tratándolos como al perro en el experimento. Los mató uno a uno, en una progresión en la que todos los que iban quedando vivos no podían tener ninguna duda racional de que el turno inevitablemente les iba a llegar a ellos. Se veían todos los días y hubieran podido unirse y derrotar a Stalin. Y sin embargo, no hicieron nada porque Stalin les había inducido la impotencia.

Todos se daban cuenta de quién iba a ser la próxima víctima porque Stalin lo abrazaba y le decía frente a todos que lo quería mucho, y que a pesar de que había cometido muchos errores, y que aunque merecía castigos, nunca le haría nada. En las semanas siguientes Stalin lo sometía a un tratamiento de grandes cariños y amenazas cada vez más ominosas. A Nicolás Bukharin, por ejemplo, cuando ya Stalin lo había abrazado y amenazado por semanas, lo llegaron a buscar a media noche los de la NKVD, la policía secreta. En ese momento sonó el teléfono. Era Stalin, que le dijo que los mandara al diablo, porque él siempre lo iba a querer. Bukharin los mandó al diablo a los policías y se fueron. Un día, ya nadie detuvo a los de la NKVD, se lo llevaron y lo mataron después de una farsa de juicio. Nadie levantó un dedo por Bukharin. En el juicio, sin embargo, dijeron que Bukharin había denunciado como traidores a Stalin a otros de los íntimos de éste, y Stalin los abrazó, y les dijo que aunque merecían castigo, no les haría nada. El proceso volvió a comenzar.

Uno piensa, ¿Cómo es posible que se dejaron? Y luego piensa, ¿no es esto lo que nos están haciendo, día a día, diciendo que van a tomar el poder total, que van a hacer de este país una Cuba y una Venezuela, para luego decir, “son exageraciones que decimos para nuestras bases, pero no haremos nada contra la democracia”? ¿No es lo mismo que invitar al diálogo y al mismo tiempo quemar llantas en las calles y desatar a los troles? Esas tácticas contradictorias son la manera de inocular la desesperanza aprendida, para que nadie se oponga a su asalto final al poder.

El fin del comunismo. De Antonio Elorza

el paisResulta preciso volver a Lenin para entender hasta qué punto era irreformable el régimen soviético, basado en la eliminación de la democracia y de todo pluralismo mediante la violencia de Estado.

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Antonio Elorza, catedrático de ciencia política en la Universidad Complutense. Fundador de Izquierda Unida, que abandonó en 2008.

Antonio Elorza, 22 diciembre 2016 / EL PAIS

Hace ahora veinticinco años, el 25 de diciembre de 1991, el presidente Gorbachov anunció la disolución de la URSS, consecuencia del fallido golpe de Estado del 21 de agosto. La cuesta abajo iniciada dos años antes en las democracias populares llegaba a su conclusión lógica: el fin del comunismo soviético. De esa trayectoria parecía participar incluso China, sin que percibiéramos que Tian an-men había sido el muro contra el cual se estrellaron definitivamente las expectativas democráticas. Recuerdo también haber asistido con Javier Pradera a unas jornadas sobre Cuba en Madrid, donde se daba por supuesto que estaban contados los días del castrismo, privado del maná ruso.

Pero “la última palabra todavía no ha sido pronunciada”, según advirtió el jefe de la Stasi, Mischa Wolf, tras la caída de la República Democrática Alemana (RDA). El año de 1991 supuso el fin del comunismo soviético, y con él de la presencia efectiva de los partidos herederos de la Tercera Internacional en Europa. No de los regímenes comunistas extraeuropeos. Bajo el liderazgo de Deng Xiao Ping, China reemprendió el experimento que la revolución cultural abortó en sus preliminares, de recurso a la disciplina confuciana, sin sombra de pluralismo político, hasta consolidar una vía de crecimiento económico sometida al monopolio de poder del Partido Comunista Chino (PCCh). Fue imitada por Vietnam y Laos. Por su parte, gracias a las subvenciones de Chávez, el régimen castrista malvivió hasta hoy. Y en Corea del Norte se afirma una tiranía dinástica de signo belicista, configurando un modelo de país-cárcel.

El denominador común fue el recurso a una represión permanente. El enorme éxito económico de China ha permitido dejar de lado la reivindicación política, salvo en Hong Kong, pero aun donde la gestión económica sigue arrastrándose, caso de Cuba, a pesar del lavado de fachada propiciado por Obama, sigue bloqueada toda apertura política. Igual que sucedía en España con Franco, los cubanos saben que Raúl Castro dispara. El cambio de imagen afecta para Cuba solo a los medios occidentales y a los inversores, no a los derechos humanos.

Mirando hacia atrás, a pesar de la profunda crisis del “socialismo realmente existente” en los años 80, el happy end difícilmente hubiera llegado sin el reformismo de Gorbachov y su reticencia a emplear las armas en la defensa de los regímenes soviéticos. Por algo es tan odiado en su país. Pensemos en la importancia en Rusia del sentimiento continuista de exaltación nacional, hoy encarnado por Putin, quien sin duda en 1989 y 1991 hubiese actuado de otro modo. Hay un hilo rojo desde el imperialismo zarista a Stalin, y de este al actual presidente ruso. Stalin no dudó en elogiar una política zarista de expansión territorial, que asumió explícitamente como heredero a partir de 1939, aprovechando cada ocasión para ensanchar fronteras. En cuanto a Putin, desde su posición en la KGB, vio en el desplome de la URSS “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”; y por lo que se ve, hará todo lo posible para su restauración en nombre de Rusia, sin que cuenten los muertos y las violaciones del derecho internacional. Sus vecinos lo saben demasiado bien.

La imagen gloriosa del orden soviético, o lo que quedaba de ella tras Praga 68 y las noticias del desplome económico, se derrumbó como un castillo de naipes. Las maravillas de la RDA cantadas por Mundo Obrero al borde de la caída del muro, o la construcción del socialismo, pregonada aun en 1988 por Julio Anguita, fueron borradas por la realidad del aberrante régimen policial de La vida de los otros, y unas economías no competitivas con las occidentales. “Proletarios de todo el mundo, perdonadnos ” (verzeihen uns) ponía una inscripción en boca de Marx y Engels. Y la apertura de los archivos soviéticos deshizo el mito de que la monstruosidad de Stalin había sustituido al comunismo auténtico de Lenin, quien desde 1917 fue creador consciente de un Estado terrorista.

“Se ha deshecho el mito de que la monstruosidad de Stalin
había sustituido al comunismo auténtico”

¿Por qué no se dio respecto del comunismo una imprescindible clarificación? No sirve aducir que quiso la emancipación de la humanidad, ya que produjo lo contrario. Pero sí es cierto que su lucha contra regímenes reaccionarios, de no alcanzar el poder, constituyó un factor democrático de primer orden por su determinación y por la entrega y sacrificio de sus militantes. Recordemos aquí, entre otros muchos, a figuras ejemplares como Simón Sánchez Montero, José Sandoval, Domingo Malagón. Con todas sus contradicciones, también Pasionaria, Joan Comorera, José Díaz. Y Federico Sánchez.

En línea con el antecedente de los frentes populares de 1936, el eurocomunismo, la búsqueda de un comunismo democrático, fue su expresión. “Si los comunistas no somos los demócratas más consecuentes”, advirtió Togliatti, “seremos superados por la historia”. Pero mal cabía esperar esa revisión ante la pinza de una presión occidental dominada por un anticomunismo de guerra fría, y de la ofensiva permanente desatada desde la URSS de Brezhnev. Así, nunca se dio la imprescindible ruptura del cordón umbilical con el marxismo soviético. Salvo en el Partido Comunista Italiano (PCI), las limitaciones eurocomunistas eran insalvables, caso en Francia de Georges Marchais —”el hombre de Cromagnon de la izquierda”, Mitterrand dixit– o de un Santiago Carrillo que pretendía impulsar la democracia desde “el Partido Comunista de siempre”, el de Stalin, y en lo posible, al modo de Stalin.

Luego intervino la máscara. Así, entre nosotros, Izquierda Unida, convertida en la antítesis de su proyecto, sirviendo solo para amparar la hibernación comunista, con punto de llegada en el jurásico “clase contra clase” de Alberto Garzón, simple apéndice de Podemos. De hecho la formación morada es hoy, bajo Pablo Iglesias, inconsciente seguidora de “aquel calvo genial” (sic), quien enseñó en 1917 como puede obtener respaldo de masas una organización rígidamente centralizada en manos de un jefe. ¿Finalidad? Entregarse a la erosión de la libertad —aquí, del orden constitucional— y a la eliminación de todo competidor de izquierda.

“Como sucedía con Franco en España,
los cubanos saben que Raúl Castro dispara”

Resulta preciso volver a Lenin para entender hasta qué punto era irreformable el comunismo soviético, basado en la eliminación de la democracia y de todo pluralismo mediante la violencia de Estado. Lo probó el fracaso de los intentos finales del propio Lenin por hacer del partido “una gota en el mar del pueblo”. Su dictadura del partido-Estado desembocaba inevitablemente en Stalin.

1991 fue el fin de la URSS, la muerte de una utopía, pero no significó la extinción del comunismo, dada la supervivencia directa de su legado en China, Vietnam, o Cuba, e indirecta en regímenes de opresión y miseria (Venezuela, Nicaragua). Tampoco canceló la exigencia de seguir luchando contra la injusticia social.

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¿Democracia directa?

 

A 75 años del asesinato de Trotsky. De Fernando Mires

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Fernando Mires, historiador y politólogo chileno, catedrático en la Universidad Oldenburg en Alemania

Fernando Mires, 26 agosto 2015 / PRODAVINCI

Hace 75 años (para ser preciso, el 20 de Agosto) fue asesinado en México León Trotsky. Los hechos que condujeron al vil asesinato son conocidos. Ramón Mercader, comunista catalán, fue reclutado por la NKVD para que cometiera el crimen ordenado por Stalin, tarea que realizó con el más profesional de los esmeros. Todos esos episodios han sido acuciosamente narrados en la magnífica novela de Leonardo Padura, “El hombre que amaba a los perros”.

Sobre la novela de Padura también se ha escrito mucho y no voy a agregar más palabras para elogiarla, por mucho que lo merezca. Me limitaré en estas líneas a constatar solo un punto; y es el siguiente:

Aunque una novela histórica no sea un texto de historia, permite, gracias al uso de la imaginación, alcanzar verdades a las que no alcanza ni debe alcanzar la historiografía. Desde esa perspectiva la narrativa histórica puede convertirse en un perfecto auxiliar de la historiografía.

Un historiador ha de limitarse a comprobar la verdad de los hechos, a construir causalidades, a indagar sobre las consecuencias, a revelar datos desconocidos. Pero en ningún momento debe especular acerca de las motivaciones personales que llevan, como en el caso de la historia de Ramón Mercader, a cometer un asesinato. Por lo mismo, nunca debe dictar veredictos morales y mucho menos adentrarse en los laberintos psíquicos de un personaje histórico. Esta última es una tarea que ni siquiera está permitida a los psicoanalistas pues ellos saben muy bien que nunca hay que emitir juicios no surgidos de la comunicación interpersonal. Dichos límites no existen, en cambio, para un novelista.

Un novelista si no escribe en clave de ficción, por mucho que esta sea originada desde una realidad objetiva, es un mal novelista. Pero un gran novelista es también quien siguiendo la ruta de la ficción logra extraer, de modo imaginario, una verdad subjetiva que ayuda a entender mejor -valga la paradoja- la verdad objetiva de los hechos. Solo así se explica por qué la mayoría de quienes han leído la novela de Leonardo Padura terminan sintiendo una profunda compasión por Ramón Mercader.

A través de la historiografía Ramón Mercader solo puede aparecer como un asesino. Pero a través de la literatura, puede, además, aparecer como una víctima. Sí, una víctima más de un orden totalitario que en nombre de la supuesta verdad “objetiva” terminó construyendo autómatas sin vidas privadas, seres despojados de relaciones afectivas, piezas de una máquina que los controlaba y dominaba sin apelación.

Esas fueron las constataciones por las cuales en un seminario que junto con mi colega Rainer Fabian dirigíamos sobre el concepto de totalitarismo, propusimos como lectura a la espeluznante novela de Arthur Koestler, “Sonnenfinsternis” (Eclipse solar) conocida en español bajo el título de “El cero y el infinito” (1941).

El personaje central de la novela, Rubashov, era un representante imaginario de Nicolás Bujarin, el bolchevique miembro de la vieja guardia leninista, cómplice de la expulsión y del destierro de Trotsky, obligado después por Stalin a declararse culpable de crímenes que jamás había cometido. Por lo mismo fue condenado a muerte. Rubashov, como ocurrió con Bujarin, murió creyendo ser un mártir sacrificado en nombre de un ideal superior.

Lo terrorífico de la novela, sin embargo, no reside tanto en las torturas físicas a las que fue sometido Rubashov, sino en la disuasión ideológica destinada a suplantar su capacidad de pensamiento por la ideología del régimen. Bujarin, efectivamente, murió plenamente convencido de que su confesión, aunque siendo una mentira, podía ser puesta al servicio de una gran verdad. Esa gran verdad era la Revolución Rusa encarnada en la persona de Stalin

Gracias a la gran novela de Koestler pudimos comprender, durante el curso del seminario, la exactitud de las formulaciones de Hannah Arendt cuando entre las diferentes características del fenómeno totalitario destaca la usurpación del espacio íntimo (el del amor, el de los sentimientos, el del pensamiento) por el espacio público (estatal), hasta el punto que el ciudadano comunista perfecto termina siendo no el que piensa sino el que es pensado. ¿Pensado por quién? Por una ideología y por quien desde el poder la representa. En ese sentido podríamos entender al totalitarismo como un fenómeno mediante el cual el pensamiento individual es sustituido por una ideología total. Así sucedió con Nicolás Bujarin. Así sucedió también con Ramón Mercader.

Ramón Mercader no asesinó al revolucionario León Trotsky. Mercader solo “ejecutó” a un traidor, a un agente nazi. El no concibió su acto como un crimen. Todo lo contrario; él, Mercader, fue un héroe elegido por la razón histórica para ayudar al cumplimiento de la gran verdad representada por la URSS y por su gran conductor, el camarada Stalin.

La deducción, después de la haber leído la novela de Padura no puede ser más estremecedora. ¿Significa entonces que cualquiera de nosotros bajo circunstancias parecidas a las vividas por Ramón Mercader podría llegar a convertirse en un asesino? Nadie puede saberlo en términos definitivos. Pero si el Yo deliberante de cada uno es sustituido por la dictadura de un “Super-Yo” o por la de un “Super-Nosotros”, o si perdemos –ya sea por debilidad o debilitación- nuestras capacidades pensantes, o si nos convertimos en agentes secretos de una Ideología de la Razón Histórica, puede ser que no lleguemos muy lejos de donde llegó Ramón Mercader.

Uno de los personajes centrales de la novela de Padura, el escritor cubano Iván Cárdenas Maturell, a quien un arrepentido y enfermo Mercader confió su historia, no se convirtió en un asesino. Pero él nos cuenta –y ahí escuchamos detrás de Iván la voz de Padura hablando no solo de sí mismo sino también de algunos identificables escritores cubanos- como en nombre de supuestos objetivos históricos superiores un joven lleno de ideales puede ser obligado a renunciar a lo que más ama, a su arte literario; a despreciarse a sí mismo; a aceptar incluso, sin chistar, el suicidio inducido de su hermano homosexual.

Al escribir estas líneas no pude sino recordar un día nevado de Viena. Fue durante los años ochenta. Con un amigo quien fuera horrorosamente torturado en las cárceles de Pinochet, dábamos un paseo a lo largo de la Ringstrasse. Entre los detalles que me contó de sus días en prisión, hay uno que no he podido olvidar. Mientras el verdugo apagaba un cigarrillo en su piel, le hizo de pronto una confesión “¿Y tú creí que me gusta hacer lo que estoy haciendo?. No; pero lo hago porque alguien tiene que sacrificarse por la causa. Si ustedes hubieran vencido, a lo mejor bo estaríai haciendo conmigo lo mismo que yo hago contigo”.

¿Lo habríai hecho? – pregunté-.

Calló un momento y luego dijo: “Quien sabe Fernando, quien sabe”