PSOE

El ‘Brexit’ del PSOE. Editorial de El País

La victoria de Sánchez profundiza la crisis del Partido Socialista.

Pedro Sánchez comparece tras proclamarse su victoria. PIERRE-PHILIPPE MARCOU AFP

Editorial de El País, 22 mayo 2017 / EL PAIS

La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del partido socialista sitúa al PSOE en una de las coyunturas más difíciles de su larga historia. El retorno a la secretaría general de un líder con un legado tan marcado por las derrotas electorales, las divisiones internas y los vaivenes ideológicos no puede sino provocar una profunda preocupación.

La propuesta programática y organizativa de Sánchez ha recogido con suma eficacia otras experiencias de nuestro entorno, desde el Brexit hasta el referéndum colombiano o la victoria de Trump, donde la emoción y la indignación ciega se han contrapuesto exitosamente a la razón, los argumentos y el contraste de los hechos. En este sentido, la victoria de Sánchez no es ajena al contexto político de crisis de la democracia representativa, en el que se imponen con suma facilidad la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento.

Finalmente España ha sufrido también su momento populista. Y lo ha sufrido en el corazón de un partido esencial para la gobernabilidad de nuestro país, un partido que desde la moderación ha protagonizado algunos de los años más prósperos y renovadores de nuestra historia reciente. Lo mismo le ocurrió en los meses pasados al socialismo francés, que se encuentra al borde de la desaparición de la mano del radical Benoît Hamon. Y un desastre parecido se avecina en el laborismo británico, dirigido por el populista Jeremy Corbyn. Sería ilusorio pensar que el PSOE no está en este momento ante un riesgo de la misma naturaleza. En todos los casos, la demagogia —conocida en Podemos o Trump— de los de abajo contra los de arriba se ha impuesto a la evidencia de la verdad, los méritos y la razón. Debemos asumir que esto nos sitúa ante una situación muy difícil para nuestro sistema político.

Sánchez ha construido su campaña sobre dos promesas de imposible cumplimiento. Una, conformar, con la actual configuración del Parlamento, una mayoría de gobierno alternativa al Partido Popular. Pero aunque se haya pretendido convencer a la militancia de que entonces se pudo pero no se quiso, esa mayoría fue imposible en octubre pasado y lo es también ahora, pues el PSOE no tiene la fuerza ni la capacidad de construir una mayoría de gobierno estable.

La segunda promesa ha sido la de redibujar el Partido Socialista como una organización sin instancias intermedias en la que solo existe un líder, el secretario general, y los militantes. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja: el PSOE es un partido profundamente descentralizado, tanto desde el punto de vista orgánico como territorial, donde existen múltiples instancias de poder con las que es inevitable contar. No entender ni respetar esa pluralidad y complejidad es lo que le llevó a perder la secretaría general en octubre pasado.

Fue la combinación de esos dos hechos, la imposibilidad de gobernar y la negativa a aceptar las consecuencias, lo que llevó a Pedro Sánchez a perder el apoyo del comité federal y, eventualmente, a dimitir. Las circunstancias no han cambiado, así que Sánchez vuelve al punto de partida de octubre. Con una diferencia crucial: que lo hace después de una serie de giros ideológicos en cuestiones clave (las alianzas con Podemos y el concepto de nación) que le alejan aún más de la posibilidad de gobernar.

En un momento en el que España enfrenta un grave problema territorial en Cataluña, era más necesario que nunca que el PSOE se configurase como un partido estable y capaz de suscitar amplios apoyos. Lamentablemente, el proyecto de Sánchez, en el que no cuenta con nadie que represente el legado de 22 años de Gobierno del PSOE ni ningún poder territorial significativo, aboca al partido a la profundización de una ya gravísima crisis interna. Como demuestran las debacles electorales que sufren los socialistas en toda Europa, y como ya han experimentado los socialistas en España, los márgenes para la supervivencia y relevancia del proyecto que aspiran a encarnar son de por sí ya muy estrechos. En esas circunstancias, la confusión ideológica y el modelo de partido asambleario en el que se ha apoyado Sánchez fácilmente podrá desmovilizar aún más a sus votantes y alejar a los socialistas del poder.

 

Anuncios

La izquierda caníbal. De Pere Vilanova

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. EMILIO NARANJO (EFE)

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. EMILIO NARANJO (EFE)

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

Pere Vilanova, 3 enero 2017 / EL PAIS

Un axioma ampliamente aceptado sostiene que los procesos revolucionarios, o percibidos como tales por algunos de los actores implicados, tienden a devorar a sus protagonistas. O, dicho de otro modo, en determinados contextos existen muchas posibilidades de que algunos o varios de los movimientos y partidos implicados incurran en procesos de autodestrucción. Podemos aceptar que se trata de una constante histórica, pero algunos ejemplos son más pedagógicos que otros. No hace falta remontarse a la antigüedad; la Revolución Francesa estableció un paradigma en este aspecto. La manera como los jacobinos destruyeron a los girondinos, a pesar de que habían protagonizado juntos la derrota del antiguo régimen, fue sólo el prólogo de cómo los radicales de Robespierre liquidaron a los “indulgentes” (gravísima acusación) Danton, Hebert y Desmoulins. Aquí liquidación equivalía a guillotina, no a tediosos lances vía Twitter. Y a continuación, los más aterrorizados por el terror, liquidaron a su vez a Robespierre y su núcleo duro. ¿Quién sobrevivió a todos? Fouché, que empezó siendo el más antimonárquico en los días de la Bastilla, se ganó el apodo de “el ametrallador de Lyon” en los días de máximo terror jacobino, se puso de lado cuando la caída de Robespierre, y reaparece como… jefe de policía de Napoleón, cuando este restableció un cierto orden (“su” orden). Y, cuidado, Fouché es el inventor del concepto moderno de la policía política. Un superviviente nato, por cuanto a la caída de Napoleón reaparece, bajo la monarquía restaurada, como duque de Otranto.

el paisSe puede argumentar que la Revolución Rusa, algunos de cuyos líderes gustaban de buscar semejanzas con la Revolución Francesa, depuró el modelo en su versión más violenta. Nadie podía pensar durante los años que van de la publicación del libro ¿Qué hacer?, de Lenin, en 1902 a la muerte de este en 1924, que hacia 1929 el oscuro exseminarista georgiano Josif V. Djugashvili se convertiría rápidamente en el gran Stalin. Y ahí los métodos dejaron a Robespierre como una especie de aficionado en eso del terror. Cuando las purgas de 1936 y 1938, el politburó del Partido Bolchevique de 1918 había sido liquidado físicamente en su totalidad, menos Trotski, que fue asesinado en 1940 en México por un camarada catalán, Ramón Mercader.

“La derecha se autodestruye menos, sugieren algunos,
porque tiene mucha más experiencia del poder”

Podríamos ampliar el caso a la Revolución Cultural china de 1966 a 1971, cuando “espontáneamente” los guardias rojos decretaron su pintoresca y sangrienta campaña de “fuego graneado contra el cuartel general”, es decir, las viejas jerarquías del régimen comunista fundado en 1949. Pero, cuidado, tan espontáneo era el movimiento que evitó cuidadosamente criticar a Mao Tse Tung, a la policía política y… al Ejército. ¿Cómo acabó aquello? Pues un día de 1971, un avión que llevaba a Lin Piao, el más radical de los promotores de la Revolución Cultural, se cayó en Mongolia. Versión oficial: era un agente al servicio del imperialismo y del revisionismo soviético. Al final, la caída de la “banda de los cuatro” a la muerte de Mao abrió la puerta al viraje conducido por Deng Siao Ping, de tal modo que —salto en el tiempo— hoy Xi Jinping es el líder más esperado en… Davos!

Más allá de estas constantes, la ventaja hoy en día es que en nuestros sistemas políticos estas dinámicas se producen sin sangre, es más una cosa de las redes sociales, de las tertulias incendiarias y de la era de la posverdad. Pero algunas preguntas subsisten. ¿Por qué la izquierda es más autodestructiva que la derecha? Algunos sugieren que esta tiene mucha más experiencia del poder, económico y del otro, y eso deriva en un pragmatismo que hace que, si nos despistamos, los Bárcenas, Correa, Camps son ya cosa de un pasado lejano sin ninguna relación con el actual partido en el Gobierno, o que el PDECat no tiene nada que ver con la herencia judicial convergente. Por su parte, los socialistas franceses ¿pueden permitirse siete (sic) candidatos en las primarias para unas elecciones presidenciales que perderán casi seguro? O los socialistas españoles seguir dando el espectáculo, Sánchez, Díaz, López, entre acusaciones de “traición” y mantras sobre “lealtad al partido”, mientras el presidente de la comisión gestora hace lo que puede y sería quizá el mejor candidato posible. ¿No se trataba de un debate de “ideas y no de personas”? Pero la tentación es irresistible: ¿cómo no imaginar a Pablo Iglesias como Robespierre, a Errejón como Danton y desde luego a Echenique como el gran Fouché? Sin guillotinas, pero con Twitter. Y si no, tiempo al tiempo.

La guerra de las rosas. De Jorge Galindo

En el PSOE se está dirimiendo mucho más que el futuro de Sánchez, Díaz o el socialismo español: en esa batalla se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental.

vhjllow2_400x400Jorge Galindo, 29 septiembre 2016 / EL PAIS

Llevaba tiempo en preparación, con intercambio ocasional de disparos, pero ayer se convirtió en una contienda abierta. Pedro Sánchez tomó la iniciativa convocando un debate interno en la forma de elecciones primarias y congreso del partido. Sus críticos, decía, no se atreverán a negarle la voz a la militancia. Éstos, por su lado, han decidido intentar tomar el control del partido desde arriba, basándose en la idea de que quizás los votantes más moderados tengan otras preferencias. Muchos retratan esta guerra como una mera lucha de poder vacía de contenido, pero pocas son las batallas por el control de un partido que no contraponen visiones de fondo; y no se conoce ningún conflicto de ideas que no conlleve el paisla intención de un bando de imponer las suyas sobre las del rival. El poder y el proyecto van de la mano, y las dudas sobre el segundo suelen emerger cuando el espacio para disfrutar del primero se reduce. Como le sucede a un PSOE que encadena varias derrotas sin precedentes.

De esta manera, la guerra de las rosas dirime mucho más que el futuro de Sánchez, de Díaz, o incluso del socialismo español, pues en ella se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental. Escribía hace unos meses en estas mismas páginas que la formación parecía indecisa entre dos rutas: de un lado se encuentra la alternativa de colaborar con el centro y el centroderecha tradicional, o incluso ocuparlo, forjando un bloque por la estabilidad y las reformas comedidas. El primer ministro italiano Matteo Renzi representa ese camino. El contraargumento define también la vía opuesta: cualquier pacto con las élites es una traición, y por tanto el deber de la socialdemocracia es alejarse, no acercarse, al centroderecha. Hace pocos días, Jeremy Corbyn salía triunfante de su propia guerra interna, en la que también ha empleado a la militancia más movilizada como muro de contención contra los moderados (que otros llamarían establishment) del laborismo. La vía central, una en la que el socialismo se recicla para proponer nuevas coaliciones entre ganadores y perdedores de la evolución económica de los últimos años, permanece inexplorada. Y Pedro Sánchez ha decidido ir a la guerra con la estrategia de Corbyn.

La alternativa de Ferraz impide facilitar una investidura de Rajoy independientemente de las veces que el país acuda a las urnas. Para ello, se ha apoyado en la porción más movilizada de la militancia. Por eso, la cúpula solo se ha movido de su segundo plano cuando ha considerado que está dispuesta a asumir explicar a las bases por qué se hace lo contrario de lo que quieren. El argumento, según ellos, es sencillo: seguir sin Gobierno deja España en una situación de bloqueo inaceptable. No es distinto del esgrimido por el resto de partidarios de las grandes coaliciones en los países del norte de Europa. Lo que omiten es que este coste en estabilidad a corto plazo se ve compensado por el beneficio de escuchar a quien pide cambio, manteniendo el sentimiento antiestablishment a raya. La experiencia en esos mismos países apunta a que cualquier unión entre el centroizquierda y el centroderecha no hace sino alimentar las pulsiones extremas en ambos lados del espectro.

“Si se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución
y potencia a sus rivales antielitistas”

Los nuevos partidos contienen esa intención de asalto al poder tanto como representa un deseo de modificación profunda en las politicas y en las instituciones. Fomentar lo segundo sin dejar espacio a lo primero es el gran reto de la vieja izquierda, y la vía de concentración no lo facilita.

Es por eso que es esta una guerra que no acaba aquí, ni dentro de nuestras fronteras, sino que se libra en la esfera continental: los distintos partidos socialdemócratas del continente vienen tomando posiciones desde hace años. Impulsados por convicciones ideológicas o por necesidades de competición electoral, la socialdemocracia europea en pleno enfrenta el mismo dilema: estabilidad o cambio. El viaje hacia el centro, que ha sido su ruta más habitual en las últimas décadas, no resulta hoy muy atractivo. La ausencia de un crecimiento ecónomico sólido y, sobre todo, repartido de manera equitativa debilita los argumentos de quienes propongan profundizar en el capitalismo, así sea con un corte social: para qué, pensarán muchos votantes, si ya no salimos ganando con el sistema actual. Ante semejantes situaciones de crisis estructural los socialdemócratas se han caracterizado por proponer nuevos proyectos que retejiesen la relación entre Estado y mercado. Pero hoy día carecen por completo de uno. O, mejor dicho, han renunciado a él.

“Cuando el movimiento es hacia la izquierda,
se puede terminar por dar alas al conservadurismo”

En realidad, la ruta de la innovación ya ha sido señalada por otros: reformas estructurales a cambio de amplio estímulo fiscal con universalización y mejora de las coberturas, a pagar por el capital y por las clases medias y altas, en una combinación que permita afrontar los retos que plantea la globalización y la tecnificación del mundo del trabajo, impulsando al mismo tiempo la plena igualdad de la mujer en el terreno económico y social. El relato está ahí, pero la clave es que ya no funciona a nivel estatal. En una Europa dividida entre acreedores y deudores, la única manera de llevar adelante un nuevo proyecto de crecimiento inclusivo es con un pacto entre los primeros y los segundos. Pero los socialdemócratas europeos llevan años atrapados en la separación progresiva de ambos mundos, de manera que Alemania cada vez está más lejos de Grecia, y Holanda, de España. Ahora, con un espacio electoral mucho más reducido en sus plazas nacionales, el centroizquierda se afana en buscar maneras más simples de sobrevivir. Llegó su hora de administrar la miseria.

La guerra de las rosas del PSOE no es más que un episodio de esta gran contienda. Si finalmente se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución y potencia a sus rivales anti-elitistas. Pero si el movimiento acaba siendo hacia la izquierda sin matices, se habrá producido un equilibrio inestable de futuro incierto, que posiblemente dará alas al conservadurismo. La integración europea, única respuesta al entuerto, se ha quedado así huérfana de la atención que merece. Salvo por aquellos que, por supuesto, están contentos de tenerla toda para ellos, como chivo expiatorio perfecto. Resultaría triste, y paradójico, que Europa muriese por la cobardía de quienes en el pasado crecieron bajo su manto, pero hoy no se atreven a defenderla. Así les vaya la vida en ello.

Triunfos y errores de un líder accidental

El núcleo dirigente y de asesores del que se rodeó contribuyó a cultivar en su cabeza una manía persecutoria.

Pedro Sánchez , durante su rueda de prensa de renuncia. Foto: JAVIER SORIANO /AFP

Pedro Sánchez , durante su rueda de prensa de renuncia. Foto: JAVIER SORIANO /AFP

Rafa de Miguel, 2 octubre 2016 / EL PAIS

el paisPedro Sánchez tuvo dos grandes momentos en su fugaz trayectoria hacia el auge y la caída. Recuerdo muy bien el primero: un diputado del que apenas se conocía nada relevante entre los periodistas del Congreso, más allá de su buen porte, quiso tomar un café conmigo para contarme —como a otros muchos, claro está—cómo se estaba recorriendo toda España, de agrupación en agrupación del PSOE, para promover su candidatura a las primarias del partido. El mundo es de los osados. La valentía, incluso la temeridad, puede ser un valor añadido en política si se ve acompañada por la suerte. Sánchez la tuvo y la supo utilizar. Se convirtió en el candidato perfecto de todos aquellos cuyo objetivo último no era otro que frenar al favorito, Eduardo Madina. Como el personaje de la película, Sánchez se convirtió en el “líder accidental”.

Su segundo gran momento le llegó también de rebote. La renuncia de Mariano Rajoy a intentar su investidura, tras el 20-D, llevó al Rey a ofrecer a Sánchez esta oportunidad. Y la aprovechó bien, hasta donde pudo llegar. El acuerdo pactado con Ciudadanos fue un modelo de generosidad y colaboración. Era un buen documento, y podría haber sido la base de un buen Gobierno si no fuera porque desde el principio fue un canto a la melancolía. Ni el PP ni Podemos iban a permitir ese “Gobierno transversal”.

Junto a esos dos grandes momentos, el ya dimitido secretario general ha tenido sin embargo muchos errores. Algunos especialmente graves. El núcleo dirigente y de asesores del que se rodeó contribuyó a cultivar en su cabeza una manía persecutoria, casi obsesiva, respecto a las amenazas procedentes de los dirigentes territoriales críticos, especialmente de la líder andaluza, Susana Díaz. Era evidente que los tenía enfrente, que en las conversaciones privadas le llamaban de todo menos bonito, pero respetaron hasta el final su estrategia, su candidatura y hasta sus razones para retrasar un congreso siempre pendiente.

A cambio, Sánchez fue encerrándose en su círculo. Cortó la comunicación con el resto de dirigentes. Acumuló derrotas electorales de las que ni siquiera se tomaba la molestia de hacerse responsable. Alimentó expectativas imposibles de Gobiernos alternativos. Hablaba de volver a intentar un pacto con Ciudadanos y Podemos, en el que apenas nadie creía, y lanzaba a la vez señales de otro pacto con Iglesias y los independentistas que, ese sí, escandalizaba a sus compañeros de partido. Pero sobre todo, cruzó la raya al querer envolverse en la militancia y hablar de bandos: “los subalternos del PP”, llamó a sus críticos, “frente al proyecto autónomo y de izquierdas” que aseguraba representar. En su huida hacia adelante, no entendió que el deterioro sufrido por el PSOE podía ser irreparable. Que no se trataba solo de evitar la amenaza de Podemos. Que ponerte a los mandos de un Ferrari no garantiza saber adónde te diriges ni que seas un buen conductor.

La responsabilidad política del PSOE. De Fernando Mires

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. Fotografía de Sergio Perez. Reuters.

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. Fotografía de Sergio Perez. Reuters.

Politólogo chileno radicado en Alemania

Politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 9 septiembre 2016 / PRODAVINCI

Ya estamos en septiembre del 2016 y aún no asoma humo blanco en los vaticanos de la política española. Todos los dirigentes políticos aducen que quieren evitar unas terceras elecciones donde nadie, con excepción del abstencionismo, ganaría. A la vez, todos piensan que la parte más grande de la responsabilidad política yace en las inexpertas manos de Pedro Sánchez. Lamentablemente, eso es cierto.

El PSOE tiene tres opciones. La primera, mantener el bloqueo al PP y a Rajoy, y con ello abrir el camino hacia terceras elecciones. La segunda, aliarse con Podemos y las autonomías. La tercera, abstenerse y facilitar el acceso del PP —apoyado por Ciudadanos— al gobierno. La primera es la peor para la política del país. La segunda es la peor para el PSOE. La tercera permite al PSOE asegurar su rol de oposición sin comprometerse con el PP y a la vez salvar el principio de gobernabilidad sin el cual ninguna democracia puede existir.

Frente a ese panorama tan simple, la pregunta es: ¿qué impide al PSOE tomar posición por la tercera alternativa y no postergar más un parto que ya está llegando a los nueve meses?

Las encuestas han hablado claro. Gran parte de los votantes del PSOE prefieren un gobierno PP a nuevas elecciones (INE 20.08.2016). Entonces, el problema hay que buscarlo al  interior del propio PSOE; vale decir, en las aspiraciones de algunos de sus miembros por alcanzar posiciones de poder en un próximo gobierno, sea con la ayuda de Podemos o con las del mismísimo demonio.

La alternativa pretendida por Sánchez, la de formar una tríada con Podemos y Ciudadanos hay que descartarla. Ciudadanos y Podemos han llegado a ser, después de las erráticas aventuras de Pablo Iglesias, partidos antagónicos. La alternativa de aliarse con Podemos significaría para el PSOE ceder toda la iniciativa al populismo de Pablo Iglesias y a los secesionismos de ultraderecha y ultraizquierda que lo secundan. Esa alianza llevaría a la destrucción del PSOE. Tal vez por eso Iglesias apuesta a ella.

Puede ser que los dirigentes del PSOE teman una crisis de partido si abren el camino a Rajoy. De ahí que, a última hora, los socialistas andaluces y Felipe Gonzáles hayan convertido el antagonismo PSOE-PP en una cuestión personal. La exigencia de que el señor de la investidura sea otro, no Rajoy, dada la inmensa corrupción amparada por este último, podría ser posible. Pero serviría únicamente para salvar las apariencias. Con o sin Rajoy, el PP es el mismo PP.

Es cierto, el PSOE puede perder más de algunos puntos si permite que Rajoy sea investido. Pero si no apoya a esa investidura, será sindicado como el partido más egoísta, el que impidió la gobernabilidad, el que dejó en ridículo a la política de España.

Ya no hay más que explorar. Nada más que conversar. El PSOE debe elegir entre Guatemala o Guatapeor. Rajoy, con todos sus defectos a cuestas, debe ir al gobierno y así el PSOE tendrá tiempo para reinventarse (que mucha falta le hace) en la oposición, único lugar en donde puede combatir al principal enemigo de España. Ese enemigo no es Rajoy. Es el populismo ultranacionalista que cercena a la nación.

Bien harían los dirigentes del PSOE en recordar las tres virtudes de la política expuestas por Max Weber en su clásico libro Política como profesión. Esas virtudes son la pasión, la mesura y la responsabilidad. De las tres, la última es sobredeterminante.La pasión sin responsabilidad lleva a la locura. La mesura sin responsabilidad lleva a los peores oportunismos.

En el PSOE luchan en este momento la pasión contra la mesura. La responsabilidad todavía no ha aparecido en escena.

prodavinci

¿Ha dejado el PSOE de ser progresista? De José Luis Álvarez

Para sobrevivir, los partidos de centroizquierda están luchando con la izquierda por conquistar el voto de protesta, emocional y desinformado sobre la globalización, un voto anclado en el pasado y al margen de los retos del futuro.

1472814664_809112_1473180735_noticia_normal_recorte1

José Luis Álvarez es profesor de liderazgo de INSEAD (Francia y Singapur).

José Luis Álvarez es profesor de liderazgo de INSEAD (Francia y Singapur).

José Luis Álvarez, 7 septiembre 2016 / EL PAIS

Si la pregunta fuera sobre la izquierda —el Estado como agente económico dominante y, últimamente, una vocación nacionalista antieuropea— la respuesta sería fácil. Sin embargo, el interrogante sobre el progresismo de partidos de centroizquierda, como el PSOE, que durante décadas han corregido el capitalismo vía socialdemocracia, es pertinente, ya que para sobrevivir están luchando —quizás rindiéndose ya— contra la tentación de coincidir con la izquierda, compitiendo en la búsqueda del voto de protesta, emocional, y desinformado sobre las posibilidades de la globalización —un voto no progresista, anclado en el pasado no el futuro—. Como ha dicho Iglesias, la izquierda tiene el corazón antiguo. Tiene razón. Y las políticas.

Abundan los corrimientos del centroizquierda a izquierda. Como la ocupación del liderazgo del laborismo por el negacionismo de Blair, quien superó el thatcherismo asumiéndolo en parte, y del que se resiente más su pragmatismo (la izquierda recela de cualquier ejercicio incremental del poder) que el fiasco iraquí. O el “purismo” anti-Wall Street de Sanders (hay algo de catolicismo medieval en el rechazo de las finanzas por la izquierda). O la fracasada movilización contra los social-liberales Valls y Macron por los sindicatos franceses, esa izquierda que Rocard calificó como la más retrógrada de Europa (aquí, Tardà ha afirmado que la muy anarquista democracia directa —la calle, las asambleas, las huelgas— es superior a la democracia representativa).

el paisEl PSOE ha empezado a ceder a la tentación izquierdista. Ha establecido alianzas con quienes quieren eliminarlos, como en la Comunidad Valenciana, como con Colau el PSC (ese partido que se ha autodestruido y al que no importaría arrastrar consigo al PSOE). También ha adoptado el vocabulario dramático de Izquierda Unida —“austericidio”, “emergencia social”— cuando el Estado de bienestar no ha sido eliminado por el PP —no porque no haya querido o podido—. Está habiendo una salida desigual en cargas de la crisis y con recortes, pero el Estado de bienestar persiste (hasta Rajoy se ve obligado a decir que hay que defenderlo). Expresiones como “austericidio” le hacen el juego a Podemos y no se corresponden con la realidad. No son cool. Obama ganó porque era No Drama Obama. Lo progresista no es dramático.

Pero lo que más cuestiona el progresismo del PSOE viene de la demografía. Los votos que han permitido al PSOE superar a Podemos proceden de las cohortes de mayor edad, no urbanas y con menor generación de valor económico. Es decir, el partido que más tiempo ha gobernado la modernización ya no es materialmente progresista porque sobrevive gracias a fuerzas productivas poco avanzadas. El progresismo solo puede surgir de sectores profesionales urbanos, industriales o posindustriales, ganadores en la economía global (Podemos representa al voto urbano que se siente perdedor en la globalización). De manera similar, la militancia del PSOE tampoco proviene de sectores productivos objetivamente progresistas y es, además, emocionalmente izquierdista. El ejercicio de un Gobierno progresista siempre ha necesitado de un acto previo de liderazgo precisamente contra las bases radicales, como cuando González forzó la renuncia al marxismo y el sí a la OTAN. Incluso las condiciones materiales de existencia del grupo dirigente del PSOE —los Sánchez, López, Hernando, Batet, Luena— ponen en duda el progresismo del partido ya que en la mayoría de los casos su apuesta existencial es local: luchar por vacantes en las cadenas de oportunidades de carrera que todo cambio de Gobierno estatal abre. Difícilmente saldrá de ese núcleo una renovación ideológica que adecue el centroizquierda a la globalización.

“Cuando gobernó, contó con un liderazgo pragmático
y con unos cuadros excelentes”

Progresista es reconocer que no hay alternativa al capitalismo global, pero este ha de ser corregido desde la racionalidad. Es utilizar la fiscalidad para prevenir desigualdades injustas (hay desigualdades justas): todos los impuestos necesarios pero ni un euro más de los necesarios. Por ello, es defender la reforma de la administración sin estar anclado —como la izquierda— en que fines públicos sean servidos por medios públicos. El progresismo es pragmático —como dijo en su día González, siguiendo a Deng Xiaoping, “gato blanco, gato negro, tanto da, lo importante es que cace ratones”—. Es no temer la tecnología y apostar por el crecimiento, porque se ha de partir de la creación de riqueza. Es creer en la igualdad de oportunidades y en una desigualdad basada en el mérito. Por ello las políticas más importantes son las de educación. Es llamativo que haya más pasión en Ciudadanos cuando habla de educación que en el PSOE. Educación para el mérito es la clave progresista del futuro.

Y también es progresista convertir la piedad y compasión que merecen las dos o tres generaciones que han perdido el tren de la globalización —no por su culpa— en políticas de oportunidad para ellos.

La retórica izquierda-derecha ya no captura los dilemas básicos actuales. La escisión fundamental es ahora entre progresistas y reaccionarios. Esta división coincide con la existente entre pragmáticos o racionales por un lado y antisistema o populistas por otro. Y sí, en esta escisión, el PSOE está con el PP y no con Podemos. Pero, sobre todo, coincide con la escisión entre globales y locales, que aleja al PSOE irremediablemente de los nacionalistas y de Podemos. La izquierda ha pasado de ser fundacionalmente “internacional” para ahora, precisamente cuando la globalización es real, volverse “nacional”.

“Solo es libre quien pueda elegir dónde trabajar,
sin estar limitado por demarcaciones estatales”

El programa que permitió al PSOE largos años de gobierno fue que a los españoles les fuera bien en su integración en Europa. Era un programa centroizquierdista, no izquierdista. Tal fue la hegemonía de este programa internacionalista que el PP no pudo ir contra él. Para implementarlo, el PSOE contó con un liderazgo carismático y pragmático y con unos cuadros excelentes en la gestión de la administración, que acabaron triunfando en Europa y el mundo, como Solana y Almunia. El PSOE también contó con la ayuda de progresistas-realistas, no todos socialistas ni de centroizquierda, especialistas en capitalismo y sus organizaciones, como Boyer, De la Dehesa y Pastor; y con especialistas en Europa como Solbes. Sin sectores profesionales progresistas y globalizados el PSOE no puede continuar modernizando España. El partido no da para ello.

Hoy sólo hay un programa progresista posible: capacitar a los españoles para que les vaya bien en la globalización. Solo es libre —no alienado— quien pueda elegir dónde trabajar, sin estar limitado por demarcaciones estatales. El ámbito de las posibilidades de los españoles no está limitado a España. Trabajar en Europa, Norteamérica y ciertas partes de Asia es aprovechar las oportunidades de la globalización.

La dirección del PSOE está tentada por el izquierdismo y el localismo. Si elige mal, los progresistas españoles lo considerarán un partido más, ya no el partido modernizador por excelencia. En política, el pasado, la marca, no legitima adhesiones eternas.

Ni Rajoy ni Sánchez. Editorial de EL PAIS

el paisPedimos a los dos responsables del bloqueo que den un paso atrás.

 Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en sus actos de partido este sábado.

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en sus actos de partido este sábado.

Editorial, 4 septiembre 2016 / EL PAIS

Fracasada la investidura de Mariano Rajoy, se glosa lo sucedido como si fuera un incidente de recorrido. Domina la impresión de que el PSOE puede entrar en crisis, bien porque dirigentes de peso obliguen a Pedro Sánchez a abstenerse en un segundo intento de Rajoy, bien porque el propio Sánchez consiga seguir adelante en su insensato camino. Y empieza a ponerse sobre la mesa la necesidad de que el PP busque un nombre que sea capaz de generar más apoyos de los que ha conseguido Rajoy. No menos extendida se encuentra la idea de acudir a votar por tercera vez, en Navidad o quizá una semana antes.

Entre toda esta confusión, lo primordial a nuestro juicio es impedir que los españoles tengan que volver a las urnas, algo que hay que evitar de cualquier forma. Se detecta entre muchos de nuestros dirigentes políticos un profundo error de apreciación de lo que significan las urnas, un instrumento que no se puede banalizar. Equiparar la trascendencia de repetir las elecciones a la de una ronda de encuestas daña la credibilidad del sistema político. Lo peor es que se pretende presionar al cuerpo electoral para que acepte dar mayoría amplia a algún partido, lo cual equivale a forzarle a rectificar las decisiones que ya ha tomado. Decimos con toda claridad que forzar una tercera convocatoria de elecciones nos parece un fraude democrático de primer orden que no debe ser consentido. Convocar a la ciudadanía nuevamente simplemente porque disgusta el resultado anterior de las urnas deslegitima tanto al sistema como a los que pretenden hacernos transitar por ese camino.

“Una terceras elecciones supondrían un fraude
a la democracia que no debe ser consentido”

No se puede frivolizar con la idea de que se está mejor sin Gobierno: hasta un mal Gobierno es mejor que el vacío en el que vivimos desde hace ochos meses. Hasta ahora el crecimiento económico no se ha visto mermado por la provisionalidad del Ejecutivo, pero nadie debe tentar la suerte. No habrá Presupuestos del Estado para 2017 sin un Gobierno en plenas funciones, puesto que el Gabinete interino tiene vedado legalmente presentarlos. No se pueden realizar nombramientos. La tensión secesionista de las autoridades de Cataluña y la agitación existente en la Unión Europea —acentuada por el Brexit— requieren un Gobierno muy atento y con plenas capacidades. Tampoco se puede ejercer el control parlamentario sobre el Gobierno en funciones.

“En caso de un bloqueo como el actual,
debe gobernar la fuerza más votada”

Falta en la Constitución un mecanismo de salida para situaciones de bloqueo como la actual. Y convocar las terceras elecciones generales en un año no puede sustituirlo: llevamos dos y ni siquiera está claro que a la tercera vaya la vencida. Por eso las cúpulas partidistas, tan dispuestas a ponerse de acuerdo para una reforma exprés de la ley electoral, tienen otra tarea prioritaria: pactar un procedimiento que impida el grotesco recurso a otras elecciones navideñas. A las demás fuerzas políticas puede parecerles inconcebible permitir el gobierno del partido más votado, pero, a falta de alternativa, esta es la solución más respetuosa con la voluntad expresada en las urnas.

Hemos pedido insistentemente que el PSOE se abstuviera en la investidura de Rajoy y que le permitiese formar Gobierno, por muy poco que lo mereciese. Esa posibilidad se ha esfumado por la terquedad de Sánchez en su viaje a ninguna parte. Ahora ya ha quedado claro que ni Rajoy ni Sánchez, cuando lo intentó en abril, han sido capaces de reunir apoyos suficientes. Quizá ha llegado el momento, como sugirió el viernes Albert Rivera ante el Congreso, de que ambos políticos den un paso atrás y dejen que otros líderes en sus respectivos partidos busquen mejor suerte. Si algo ha quedado claro en todos estos meses turbulentos es que ni Rajoy ni Sánchez reúnen las condiciones adecuadas para gestionar esta crisis. El primero ha sido el más votado en dos elecciones sucesivas y reclama con razón un reconocimiento. Pero lo cierto es que también es la figura que simboliza a un partido que debe pagar un precio por la corrupción. Entendemos el sacrificio personal que esto representa para Rajoy, pero él mismo ha esgrimido en el último debate de investidura argumentos de patriotismo que muy bien pueden valer ahora para justificar ese paso. En cuanto a Sánchez, su incapacidad para hacer buen uso de esos 85 diputados que le han dado los ciudadanos ha sido palpable. Ya debería haber renunciado tras dos derrotas históricas consecutivas. Pero él mismo se ha cargado de razones para hacerlo durante este periodo en el que ha conducido al PSOE a la irrelevancia.

Hay que evitar la repetición de elecciones a cualquier precio. Cuando llegue el momento, insistiremos en que si el PSOE o el PP no pueden formar Gobierno tampoco deben impedir que el otro lo haga, descartando al mismo tiempo aventuras suicidas que los socialistas no deberían permitir jamás. Y creemos que sin Rajoy ni Sánchez las posibilidades de unir fuerzas para que se forme un Gobierno crecen considerablemente.