solidaridad

Temblores. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Ronaldo Schemidt para AFP

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 24 septiembre 2017 / PRODAVINCI

Estaba a punto de pagar, en la caja del supermercado, cuando alguien gritó. A partir de ahí, todo se desató en un instante. Un grito, dos gritos, y tres más, y cuatro y cinco y seis gritos. Los cuerpos comenzaron a correr hacia fuera. Se disparó la alarma sísmica. Y ya todos fuimos una marea de voces y de gestos, desbordándose en el estacionamiento.

Yo pensé en Cristina, en la casa. Vivimos muy cerca del supermercado, casi enfrente, en el segundo piso de un edificio de 1951. Traté de caminar pero el movimiento del piso me lo impedía. El asfalto era gelatina. Resultaba incluso difícil mantener cierto equilibrio. Era como tratar de permanecer de pie sobre un vértigo. Buscar apoyo en los carros era inútil. Todo formaba parte del mismo vaivén. Arriba, las ramas de los árboles danzaban de manera desordenada. Hasta los segundos parecían cuartearse.

prodavinciLlegué por primera vez a la capital de México a finales de 1995 y, desde ese momento, he ido cultivando una relación cada vez más cercana con esta ciudad diversa y fascinante. En los tiempos en que no he vivido aquí, siempre he permanecido suficientemente cerca. Ya tengo demasiados afectos hundidos en estas piedras que, a veces, parecen aguas. No hay en el planeta un lugar tan descomunal y a la vez tan frágil. Aquí, el único equilibro posible está en la gente.

El primer apartamento que renté estaba en la Plaza Río de Janeiro, en la colonia Roma. Aunque había pasado una década, esa zona seguía cargando con la mala fama que le dejó el terremoto de 1985. Era un barrio sísmicamente muy inseguro. Ahí, también, viví mi primer temblor chilango. Y a lo largo de todos estos años, he ido sumando temblores y alarmas. Pero nunca nada fue como lo que ocurrió este 19 de septiembre. En mi memoria, solo se mueve de la misma manera la noche del 29 de julio de 1967.

Sucedió en Caracas. Yo tenía siete años y mi familia acababa de mudarse a un edificio en la avenida Rómulo Gallegos. Era de noche y estábamos cenando. De repente, los platos comenzaron a moverse sobre la mesa. Recuerdo el susto, el brinco de los cubiertos sobre el mantel, los chillidos, la oscuridad completa. Mi padre gritó más fuerte que todos y nos obligó a colocarnos debajo de una viga. Mi madre buscó mi hermana menor, que apenas tenía un año y estaba dormida en un cuarto. Después, los seis bajamos por las escaleras. Todavía recuerdo con frío ese descenso. Todo a oscuras. Todo lleno de alaridos y llanto. Había grietas en las paredes, faltaban escalones. Una mujer dejó un zapato olvidado en el tercer piso. La calle era una locura. Pero estaba firme. No recuerdo si nos pusimos a llorar.

No pudimos regresar a nuestra edificio y pasamos un año viviendo en el kínder de un colegio donde mi papá daba clases. En algunos sábado de mi infancia, veo todavía a unas monjas jugando volibol en un patio desierto. (Quizás por eso –como señala un amigo- me entusiasma tanto la serie “The Young Pope”). Recordé todo esto de golpe esta semana, mientras trataba de permanecer en pie en el estacionamiento, durante esa fugaz eternidad que llamamos terremoto. Cuando por fin la tierra se detuvo, una señora que estaba a mi lado, me miró aterrada: “¿Ya?”, musitó. Suplicante. Esa mínima palabra abarcó toda la dimensión de nuestro miedo, de nuestra vulnerabilidad: ¿ya estamos otra vez vivos?

Los mexicanos cultivan una virtud sorprendente y envidiable: la solidaridad instantánea. La solidaridad que no pregunta, que no espera que la llamen, que no pide permisos. Antes aun que las autoridades o que los medios de comunicación, los ciudadanos ya estaban ahí, en la zona de desastre, activados, sabiendo cómo reaccionar, dispuestos a hacer todo lo necesario. Con insólita rapidez, una gran mayoría de ciudadanos comenzaron a colaborar en las labores de rescate y apoyo a las víctimas de lo ocurrido. Se multiplicaron los voluntarios, se crearon centros de acopio, se establecieron prioridades y se canalizaron informaciones y esfuerzos, todo el mundo buscó cómo podía ayudar. Para decirlo en códigos de canción ranchera, se trata de una sentimentalidad que también sabe ser eficiente. Lo ocurrido esta semana demuestra que no hay nada más eficaz que el amor.

Porque, finalmente, en el contexto de las arduas labores de rescate, siempre se llega a punto donde la tecnología o las herramientas son inútiles, donde ya no sirven los teléfonos celulares ni los instrumentos térmicos, donde ni siquiera se puede escavar con un pico o una pala…Es el punto donde la experiencia más humana y más básica es la única que puede hacer algo. Es el rescatista delgado que se cuela por una grieta, que se arrastra por un túnel. Es el rescatista que, en medio de los escombros, levanta su puño cerrado y establece una seña que se va repitiendo como una ola. “¡Silencio total!”, grita de pronto una voz. Y se hace el silencio. Un silencio que llega a los animadores de turno en la televisión, que se prolonga incluso hasta los televidentes. Un silencio total en una de las ciudades más grande del mundo. Un silencio que se ha vuelto esperanza, que busca del otro lado de las ruinas una voz, un golpe tenue, una vida.

En muy pocos días, México nos enseña que la memoria de la tragedia puede ser una poderosa fuerza de salvación. Así como se puede temblar de miedo y de dolor, también se puede temblar de emoción, de solidaridad y de futuro.

Guadalupe: 4 años de albergue. De Gerardo Calderón

En febrero 2010, si hubiéramos hecho caso al Gobierno, 24 familias en Guadalupe, San Vicente, hubieran seguido viviendo en tiendas de campaña o hacinadas con sus familiares por cuatro años.

Gerardo Calderón, ex directivo de Techo

Gerardo Calderón, ex directivo de Techo

Gerardo Calderón, 8 novimebre 2015 / LPG

la prensa graficaDel 7 al 9 de noviembre de 2009 llovió cinco veces más de lo que llueve regularmente durante todo ese mes. Cantidades exorbitantes de agua minaron la tierra expandiendo violentamente la ribera de los ríos y aflojando rocas gigantes en las montañas. Cientos de viviendas fueron destruidas y familias perdieron seres queridos.

En febrero 2010, tres meses después de la catástrofe, la emergencia en los medios de comunicación ya se había esfumado, pero seguía presente en cientos de familias damnificadas. En Guadalupe, 24 familias que habían perdido sus viviendas seguían acampando en la zona verde de una lotificación. En consecuencia, la organización Techo decide apoyar sin titubeos a estas familias con un proyecto de 24 viviendas de emergencia.

Una mañana en Guadalupe, mientras esperábamos los materiales para construir las primeras viviendas de emergencia, recibimos una llamada de uno de los directores del Viceministerio de Vivienda y Desarrollo Urbano. Con tono altanero nos sugiere detener nuestro proyecto ya que ellos habían gestionado la compra de un nuevo terreno en el que construirían viviendas definitivas para estas 24 familias afectadas por el huracán Ida. Dijo que si Techo seguía adelante con su apoyo, las familias corrían riesgo de no ser tomadas en cuenta para su proyecto. Inmediatamente nos reunimos con todas las familias y les planteamos lo que acababa de suceder. Ellas intuían que el proyecto del Gobierno iba a tardar más, “venimos escuchando de ese proyecto desde hace tres meses y seguimos viviendo en tiendas de campaña con nuestras familias”. Cansados de vivir bajo el plástico y la incertidumbre, decidieron no esperar el proyecto del Gobierno y se sumaron entusiasmados a trabajar junto con Techo en la construcción de estas 24 viviendas de emergencia.

Las familias de Guadalupe intuyeron bien. El proyecto del Gobierno tardó más, se concluyó cuatro años después de haber tenido todo “listo y gestionado”. Por fin en 2013 estas 24 familias lograron reubicarse en una nueva colonia, formal, con servicios básicos, segura y donde sus escrituras ya están en trámite.

Dejando de lado la poca capacidad del Gobierno de reaccionar oportunamente ante esta catástrofe, y yendo más allá de imaginar qué hubiera pasado si Techo hubiera cancelado su proyecto por seguir las instrucciones de aquella llamada, es necesario observar el impacto de la ayuda material y apoyo moral que brindó la sociedad salvadoreña en aquellos días de solidaridad nacional.

El huracán Ida nos tocó a todos directa o indirectamente y nos hizo reaccionar con otro huracán, un huracán de buena voluntad. Apenas y las lluvias habían cesado cuando ya habían compatriotas organizándose para recolectar víveres, ropa, medicamentos, etc., otras organizaciones visitaban albergues buscando atender psicológicamente a las víctimas directas de los deslaves de rocas. Las oenegés más expertas no entregaban nada, más bien se llevaban información; andaban con un sinnúmero de formularios que llenaban en entrevistas con el alcalde, víctimas, al examinar el lugar de los hechos, etc. En fin, las toneladas de ayuda y apoyo inundaron las zonas afectadas. De hecho, en una visita de reconocimiento pasé tres horas en una fila interminable de automóviles cargados de paquetes queriendo entrar a la zona de Verapaz y Guadalupe. Seis años después del huracán, algo queda muy claro: ni las toneladas de víveres y abrigo, ni los incontables reportajes de la prensa, ni las constantes visitas de levantamiento de información de las oenegés evitaron que 24 familias de Guadalupe pasaran cuatro años de sus vidas en un albergue temporal de 24 viviendas de emergencia. Para ganarle la batalla a los huracanes, debemos dejar de ser como ellos: fulminantes, que se arman cada uno o dos años, que aparecen con fuerza una noche y se difuminan días después. Ese comportamiento de “huracán” demuestra nuestra ingenuidad al entender las catástrofes en nuestro país, pensamos que sus causas son exclusivamente naturales, impredecibles y con impacto de corto plazo, cuando en realidad lo que ocurre en El Salvador es una catástrofe social permanente, ante la cual pocos reaccionan, esa catástrofe se llama injusticia social. Esto se evidencia en los altos niveles de marginación y exclusión y la poca empatía con los más desfavorecidos. Es de reconocer que huracanes, tormentas, sequías y la violencia afectan desproporcionadamente a los más pobres. Los estragos de estas calamidades están fuertemente determinados no tanto por la fuerza de la madre naturaleza, pero por cómo la sociedad salvadoreña ha decidido organizarse y apoyar a los más excluidos.

El pasado 7 de noviembre se cumplieron seis años desde que nos golpeó el huracán Ida y la sociedad se sensibilizó y actuó de manera excepcional en apoyo a los más afectados. Reconozcamos que la catástrofe que nos azota a diario es la injusticia social, no esperemos el siguiente huracán para solidarizarnos y actuar en consecuencia.