El liderazgo en los tiempos del cólera. De Guillermo Miranda Cuestas

Guillermo Miranda Cuestas, 19 abril 2017 / EDH

“Necesitamos ayuda, no vemos la luz del sol”, dice en perfecto inglés un pandillero de la mara Máquina. Ni su cara tatuada, ni mi sospecha de las mil y un razones que pudieron llevarlo a la cárcel de Mariona, evitan que sienta empatía por los ojos más tristes que he visto en mi vida. Entre las oscuras celdas altas del sector dos, la deshumanización se aprecia en cada mirada de desaliento de quienes hablan como quien tiene una última oportunidad de rogar auxilio; o de pedir un rollo de papel higiénico luego de semanas de escasez. Pero aun en los “morideros de pobres”, como en las páginas de García Márquez, la esperanza y el amor sobreviven a los tiempos del cólera. Esta vez, en forma de liderazgo, como el de Rodrigo.

“Venir acá me inspira a apurarme”, concluye Rodrigo al final de la visita. A 36 kilómetros de Mariona, Rodrigo lidera una empresa cuya filosofía se resume en brindar segundas oportunidades e invertir en su gente. No es una maquila tradicional, sino un modelo de negocio inclusivo y sostenible en el que los trabajadores construyen proyectos de vida. Más del 10% de la planilla son personas con discapacidad y expandilleros rehabilitados en iglesias aliadas. Además de recibir clases de inglés y de completar su educación básica, los empleados estudian carreras de ingenierías o informática dentro de la compañía, a través de un convenio con la Universidad Don Bosco. Bajo la dirección de Rodrigo Bolaños, League Central America ha disminuido extraordinariamente la rotación de sus colaboradores, diversificado su negocio a nuevos emprendimientos en tecnología e innovación gracias a las nuevas habilidades desarrolladas, multiplicado su capital y recibido numerosos reconocimientos internacionales. Actualmente, es sujeta de estudio en prestigiosas instituciones como la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, que envió a tres investigadores, a quienes me sumé en su visita a Mariona, para observar el modelo y replicarlo en el ecosistema emprendedor salvadoreño. Ahora, volvamos a la cárcel.

“Quiero mejorar la vida de esta gente, pero necesito más recursos para emplear”, asegura el director de Mariona. Luego de dos años al frente, la visión de Elmer Mira encuentra sus frutos en el que fue uno de los penales más problemáticos del país. Pasada la escena descrita al inicio de esta columna, la esperanza regresa en el recorrido al comprobar que el ocio carcelario ya es ajeno a la mayoría de reclusos. La atmósfera es de deportes al aire libre, clases de francés, teatro o ajedrez, panadería, talleres artesanales, confección de uniformes o programas de agricultura –todo impartido por los mismos presos. Si bien el hacinamiento continúa y donde hay diez camas duermen 28, el compromiso del nuevo director ha provocado una ola de cambios en distintos niveles; desde mejorar la infraestructura hasta controlar zonas que antes pertenecían a pandilleros. Elmer se despide con una reflexión: “el sistema penitenciario es central en la estrategia nacional de seguridad”.

El Salvador tiene futuro porque hay ciudadanos que transforman batallas que otros dan por perdidas. Rodrigo y Elmer son solo puntas de dos lanzas que se levantan día a día con la determinación de miles de salvadoreños luchadores como Marlene, una madre soltera que finalizó su bachillerato contra todo pronóstico y está por terminar ingeniería biomédica, mientras disfruta a su hijo en la guardería que League le proporciona; o Juan, que entró a la pandilla Barrio 18 cuando tenía 11 años y nunca pensó que una empresa valoraría su potencial por sobre sus tatuajes; o la banda Nemi, que con sus voces y 13 instrumentos de cuerda, percusión y viento refrescan los pasillos de Mariona con música andina, boleros, baladas y rock; o los grupos religiosos que hacen obras de misericordia y brindan alimento espiritual en las cárceles y comunidades. El desafío es aprovechar estos liderazgos y garantizar que tales cambios no solo dependan de la buena voluntad de algunos, sino de instituciones culturales y políticas permanentes que le den continuidad hacia un horizonte más lejano y más brillante. El desafío es hacer de estas excepciones, la regla general.

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