Entre molinos y gigantes. De Andrés Betancourt

En la política salvadoreña hay varios grupos de individuos que ven gigantes en lugar de molinos. Viven en una realidad alternativa a la nacional, convencidos de que su visión de país es la correcta, sus propuestas inmejorables y su derecho a incidir en la política, divino.

Andrés Betancourt, 12 julio 2017 / EDH

Las principales fuerzas políticas salvadoreñas han dado un golpe de autoridad en sus respectivos procesos internos. En la izquierda no hay mucha sorpresa, ya que sus convicciones ideológicas favorecen a un partido centralizado y homogéneo como promotor de cambio. Sin embargo, y para sorpresa de muchos, la derecha “renovadora”, promotora del individuo y no el partido como base de acción social, favoreció la uniformidad de pensamiento, sobre la diversidad, al fiel estilo de sus contrincantes políticos. Esta práctica, sin importar de dónde venga en el espectro ideológico, es nociva para todo país, especialmente para aquellos en condición similar a la que se encuentra El Salvador.

La icónica novela de Miguel de Cervantes, “Don Quijote de la Mancha”, además de sus innumerables cualidades literarias, ilustra los riesgos de la uniformidad de pensamiento. En el capítulo VIII, Don Quijote y su escudero Sancho Panza “descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento”. Este, sin embargo, pensó que eran “desaforados gigantes”, con los que haría “batalla” y les quitaría “a todos las vidas”. Sancho Panza le advirtió que estos no eran gigantes, sino “molinos de viento” y que “lo que en ellos” parecían “brazos” eran “aspas”. Don Quijote, ignorando las advertencias, se lanzó a la carga. Sin duda el autodenominado “caballero” vivía en su propio mundo. Pero ¿qué hubiera sucedido si Sancho Panza, en lugar de ser la voz de razón, hubiera visto a los molinos como gigantes? En esa precisa escena, con los dos personajes pensando de la misma manera, los molinos serían, en efecto, gigantes.

En la política salvadoreña hay varios grupos de individuos que ven gigantes en lugar de molinos. Viven en una realidad alternativa a la nacional, convencidos de que su visión de país es la correcta, sus propuestas inmejorables y su derecho a incidir en la política, divino. Ambos lados de la balanza han tenido la oportunidad de poner sus ideas a prueba, y el resultado siempre ha sido uno con índices económicos bajos, altos grados de delincuencia, corrupción, pobreza y exclusión social. Sin embargo, y viendo los resultados del pasado, los mismos que han fracasado siguen controlando las riendas de la política nacional y se rehúsan a abandonar su influencia. La razón de esto, sea por interés propio o por creerse miembros de un grupo de guardianes socráticos, es incierta. Lo certero es que le hace daño al país.

Un partido político que favorezca un escenario en el que todos sus miembros piensan igual, limita el debate interno y por ende las ideas innovadoras que puedan salir a raíz del mismo. De manera similar, restringe la posibilidad de expandir su base, particularmente en sectores del electorado históricamente marginados, como lo son las mujeres y la juventud. Más importante aún, elimina la existencia de un Sancho Panza dentro de sus filas; una voz de razón y equilibrio cuando el partido se ha dejado llevar por prejuicios antiguos y acciones ideológicamente radicales. Es imposible hablar de renovación y prohibir, ya sea con “dedazos” o el constante cambio de estatutos, la entrada de individuos con un pensamiento un tanto diferente, ya que el renovar requiere un cambio de prácticas y estas solo se obtienen con un cambio de motor ideológico, que desecha lo malo del pasado e incorpora lo nuevo del futuro.

Lastimosamente la uniformidad de pensamiento es justificada bajo el eterno umbral de “principios y valores”. Todo ser humano tiene valores que no son negociables y dentro del discurso civil, esto es respetable y honorable. Sin embargo, conectar toda acción a estos – especialmente si son acciones lamentables, que incrementan el poder de las élites que tanto daño le han hecho al país – les resta, irónicamente, credibilidad y apoyo.

Un partido político es el principal medio de cambio en una sociedad democrática. Las diferencias dentro del mismo deberían de forjar una visión holística de país. La diversidad es fuerza y la tolerancia de ambos lados una virtud. El Salvador merece ambas.

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