GUERRILLA

Carta a uno de los padres que entierran a sus hijos. De Paolo Luers

Paolo Luers, 21 enero 2017 / EDH

paolo luers caricaturaAmigo:
Cuando el domingo fuimos a tu pueblo para pasar un día alegre en tu finca y tomar sopa de gallina de esta que solo la hacen en el campo, nunca nos imaginamos que íbamos a un entierro. Ustedes no estaban cuando llegamos a la hora acordada, y la muchacha, que nos recibió, de nombre María, estaba con lágrimas. Nos contó que el sábado habían matado a balazos a tu hijo y que ustedes andaban en La Unión, recogiendo su cuerpo.

Y yo nunca sabía de este hijo. Llegó un señor, tío de él, excombatiente como vos, y nos contó que durante la guerra tuviste una compañera, su diario hoyhermana, la mamá de este bicho. A ella la mató el ejército, y el niño se crió con otra familia que lo llevó a La Unión. Al terminar la guerra, te costó encontrar a esta familia y reconectar con tu hijo mayor. Y hasta ahora, ya muerto, lo vas a llevar a tu pueblo, para enterrarlo.

Mientras los esperamos, pasaron por la casa vecinos, amigos y ex compañeros de armas tuyos. Hasta el alcalde. Unos muchachos se armaron con picos y palas para ir al cementerio de la comunidad y abrir el hoyo. María hizo comida para todos.

Llegó tu mamá para llorar al nieto que durante años había dado por perdido. Me presentó a una nieta, hija tuya y de otra compañera con la cual te juntaste en los campamentos. La mamá de esta muchacha también murió en la guerra, pero no en combate, sino a manos de sus propios compañeros, en esta perversa “limpieza” que las FPL hicieron en sus propias filas en San Vicente.

Muchas veces me hablaste de esta locura, de este cáncer de desconfianza y deshumanización que se propagó en la guerrilla; de tus reclamos a los comandantes, incluyendo “Leonel”, quien ahora es presidente de la República; de tu frustración que nadie paraba esta locura.

Pero nunca me contaste que tu compañera fue una de las víctimas. Ahora entiendo porque esta pesadilla nunca dejó a perseguirte. Hiciste tu familia de la postguerra, terminaste tu carrera, seguís trabajando, siempre ayudando a quien necesite apoyo, consejo – sin jamás hablar de tus propios demonios. Y siempre listo para reírte a carcajadas, a darle ánimo a la gente, a seguir adelante.

Esta nueva guerra que se come el país, hace un año ya te arrancó a un hermano, y ahora a tu hijo mayor. Y vos nunca hablas de venganza, sino de cómo podemos encontrar fórmulas para parar esta guerra. Un hombre tan fogueado en combate como vos sabe como nadie que las guerras nunca terminan por la vía de las armas, sino dialogando. “Es increíble que los compas (refiriéndose así siempre a los que ahora nos gobiernan) no entiendan esto”, me dijiste la última vez que nos vimos antes de esta domingo que enterramos a tu hijo.

En la tarde llegaste con tu familia – y con tu hijo muerto. Fuimos directamente al cementerio, con los vecinos, los familiares, los excombatientes, el alcalde. No hubo velorio, no hubo discursos. Demasiada gente has enterrado vos, ya no te quedan palabras para discursos o sermones. Yo sé que el día siguiente ibas a seguir trabajando, a cuidar a tu familia, a tus amigos, a tus vecinos. Ya vi como te respetan, como te buscan para que los aconsejés y guiés.

Desde este domingo en tu finca entiendo bien porqué te aman tanto. Lástima que los mejores guerreros, como vos, no tienen espacio en los partidos y la política.

Vamos a seguir trabajando que esta locura de violencia se termine, hablando, dialogando, fortaleciendo las comunidades. Sé que no vas a descansar hasta que lo logremos una sociedad donde los hijos entierren a sus viejos, no al revés. Saludos,

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De los libros a Petkoff. De Ibsen Martínez

TEODORO PETKOFF

TEODORO PETKOFF

Ibsen Martínez, 3 julio 2016 / POETAS&ESCRITORES

1.-

En febrero de 1967, Teodoro Petkoff  Malec (El Batey, estado Zulia 1931),  entonces joven comandante guerrillero del Partido Comunista de Venezuela,   se fugó espectacularmente,  a través de un túnel de 50 metros excavado bajo la prisión militar donde él y otros altos dirigentes comunistas purgaban una condena de 30 años por rebelión. Forzosamente, Petkoff hubo de dejar en su calabozo los libros que había leído y anotado durante su cautiverio. No sería esa su primera ni la más rocambolesca de sus fugas, pero sí la que liminarmente atañe a estas notas.

Pocos años más tarde, andaba yo en mis tempranos veinte  y  camino de un cine del centro de Caracas cuando me detuve a echar un vistazo a los puestos de libros de segunda mano del ya desaparecido Pasaje Coliseo, muy cerca del Capitolio Federal. Revuelto  con novelitas rosa o detectivescas, bestsellers de Jacqueline Susann y Frederick Forsyth, manuales de contabilidad  y libros de Derecho, hallé un ejemplar usado de la Historia de la Guerra Civil Española, de Hugh Thomas.

Era una primera edición, publicada  en 1962 por Ruedo Ibérico, la parisina editorial que fundaron “Pepe” Martínez Guerricabeitia y otros cuatro  exilados españoles. Yo tenía noticia de aquella obra, pero nunca había tenido la ocasión de leerla.

El ejemplar estaba en estupendas condiciones, y aunque, al ojearlo, advertí que estaba profusamente subrayado a lápiz, en dos colores (azul y rojo), el precio era una ganga, sobre todo considerando que no era nada fácil por entonces hacerse en  Caracas de aquella legendaria edición. Gasté lo que llevaba encima y me fui andando hasta la cercana Plaza Bolívar donde me senté en un banco, a leer a la sombra de los jabillos. Sólo entonces llamó mi atención la firma del antiguo  dueño: una firma discreta, minúscula aunque muy legible, en un ángulo de la portadilla: “Teodoro Petkoff”. Luego –me dije– los subrayados bicolores debían ser suyos.

Mucho tiempo después supe, por boca del propio  Teodoro –es así, a secas, como  lo conocen y llaman todos los venezolanos–, que aquel ejemplar formaba parte de la pequeña biblioteca que los guardas de la prisión militar del cuartel San Carlos sacaron a remate luego de su fuga por el túnel.

Disponerme a leer a Hugh Thomas comentado por Teodoro Petkoff tenía para mí en aquel momento ni más ni menos que el valor de  lectura de la Guerra de las Galias, anotada por Napoleón Bonaparte. El motivo no era otro que la admiración que entre muchos de mi generación –la de los nacidos en los cincuenta del siglo pasado– no podía dejar de infundir la figura de un hombre capaz de empuñar las armas sin dejar, al mismo tiempo, de producir una considerable masa de elaboración teórica acerca de la crisis del  movimiento comunista mundial, crisis que por aquellos años se manifestaba de mil modos.

Para irnos entendiendo, hablo de un tiempo en que, con vertiginosa rapidez, se sucedían en el planeta acontecimientos políticos y culturales, solo en apariencia disyuntos y casi todos ellos señalados por una especie de “rebeldía inespecífica” contra todo lo establecido, y también, por el malestar de muchísimos rebeldes ante el dogma marxista-leninista.

La-guerra-civil-española-cover1-2Suele atribuirse, con razón, un valor  especial al “mayo francés” en la gestación del clima global de ideas políticas de la época, pero tal como yo  recuerdo el final de mi  bachillerato público, para la mayoría de quienes en Venezuela nos interesábamos por la política de izquierdas  –muy precozmente,  entre los trece y los quince años, como ha sido tradición en nuestros países hasta bien entrada la década de los ochenta–, el año 1968 resultó  memorable, no tanto por “la ofensiva del Tet” vietnamita o  las pedreas y los grafiti parisinos como por la invasión soviética a la antigua Checoslovaquia que, en agosto de aquel año cero de nuestros descontentos, puso fin a la llamada “primavera de Praga”.  El “Che” Guevara había muerto en Bolivia, en octubre del año anterior.

La insurgencia de la izquierda armada en la Venezuela de los años 60 fue tan corta como trágicamente inconducente, y aunque costó muchas vidas, no logró otra cosa que liquidar disparatadamente sus  posibilidades de hacerse del poder, al tiempo que un bipartidismo socialdemócrata, de prácticas electorales populistas y menos que pasable eficiencia en la gestión del petroestado,  que dominó la escena hasta fines del siglo pasado.

En Venezuela, como en casi todo el resto del continente, “la autoridad moral y el prestigio de Fidel Castro, junto con la fascinación que ejercía sobre la totalidad de los cuadros intelectuales o políticos que visitaron La Habana en aquellos primeros años de ímpetu de la Revolución Cubana, resultaron ser la exportación revolucionaria más importante de la isla”.

La cita anterior es del mexicano Jorge Castañeda quien, en su libro La utopía desarmada (1993), hace una distinción que juzgo muy pertinente al referirse a la izquierda venezolana: “En América Latina, los grupos armados germinaron como reacción a los partidos comunistas”, casi todos ellos, en efecto, muy cautos a la hora de pensar en empuñar las armas. “Una excepción fue Venezuela  –prosigue Castañeda–, donde Douglas Bravo y Pompeyo Márquez condujeron al Partido Comunista de Venezuela al intento, casi suicida, de declarar una lucha armada contra una democracia establecida hacía poco y que encabezaba el socialdemócrata Rómulo Betancourt”.

La izquierda venezolana fue rápidamente derrotada y, muy  fragmentada, hubo de replegarse durante décadas a bastiones donde habría de permanecer hasta fines del siglo pasado, cuando adhirió, con raras excepciones, a la candidatura presidencial de Hugo Chávez: el periodismo, la universidad pública, las publicaciones  culturales, muchas de ellas subsidiadas por el Estado, un parlamentarismo crónicamente minoritario y un sindicalismo testimonial irrelevante.

Pero en 1968, los jóvenes   comunistas estábamos en la ilegalidad y a solo dos años del ascenso del socialista Salvador Allende a la presidencia de Chile, por vía electoral, en 1970.

La vida de Petkoff, en los años que van de 1958, cuando fue derrocada la dictadura  del general Marcos Pérez Jiménez, hasta fines de la década de los sesenta, puede  narrarse segmentadamente, teniendo como hitos sus frecuentes subidas a la montaña, sus carcelazos y sus espectaculares fugas.  Pero fue la invasión soviética a Checoslovaquia  lo que lo llevó a cuestionar el corpus de nociones que, hasta entonces,  explicaban el mundo, según la izquierda.

A decir verdad, no se trató precisamente de que una venda cayera de sus ojos, pero la clara noción del fracaso de la vía insurreccional que asediaba sus ideas de cambio social desde hacía ya tiempo, sumada a la irreversible decepción que entrañaba aquella reprise del sofocamiento de la revuelta húngara de 1956, lo llevaron a escribir Checoslovaquia: el socialismo como problema [1969], el libro que lo puso en el mapa mundial de la contestación a todo lo que Joseph Brodsky llamó con tino ” civilización soviética”.

Durante la lucha armada, afirmaría Petkoff más de veinte años más tarde, dos contradicciones se hicieron visibles en la conducta política del Partido Comunista; de cualquier partido comunista, no solo del PCV.

“Por una parte, nos habíamos alzado en nombre de la defensa de la democracia, acusando a Betancourt de pretender vulnerar tan cara conquista de los venezolanos y, sin embargo, proponíamos al país, implícitamente, por nuestra pura y simple condición de partido comunista, un modelo de sociedad, la soviética, que más anti-democrática no podía ser. Difícilmente podíamos ser entendidos por nuestros compatriotas. Pero, por añadidura, tres años atrás, en 1965, el PCV había condenado enérgicamente y, desde luego, con toda razón, la intervención imperial de Johnson en Santo Domingo. No obstante, en agosto de 1968 se nos pedía que aplaudiéramos y que nos solidarizásemos con la intervención imperial de Brezhnev en Checoslovaquia. El PCV, por supuesto, lo hizo, en un acto de esquizofrenia política que no podía sino alejarnos aún más del entendimiento común de los venezolanos”.

Fue, justamente, en la clandestinidad que siguió a aquella fuga cuando Petkoff escribió “Checoslovaquia: el socialismo como problema”, un libro que le ganó ser anatemizado por el mismísimo Leonid Brezhnev, en su informe al XXIV Congreso del PCUS, en 1970, junto a Roger Garaudy y Ernst Fischer, eminentes filósofos marxistas, como “amenaza” para el comunismo mundial.

La invasión soviética a Checoslovaquia, mal disfrazada de intervención de las tropas del Pacto de Varsovia solicitada por las autoridades checas, tuvo lugar el 21 de agosto; para septiembre, recuerda Petkoff, ” nos reunimos en  mi «concha» ( escondite) Germán Lairet, Antonio José Urbina y yo, quienes junto con Alexis Adam habíamos sido los cuatro solitarios votos en el Comité Central del PCV, reunido poco después de la invasión, contrarios a la resolución que aprobaba la intervención soviética. Aquella noche de la clandestinidad arribamos a la conclusión de que era preciso abandonar el PCV y fundar un nuevo movimiento político, claramente diferente del comunista. Socialista, por supuesto, pero democrático. Esto es, no comunista. Nuestra disidencia no fue, como para otros, coartada para abandonar la lucha, sino motivación para continuarla, con el mismo afán de justicia, empero desde una perspectiva nueva: la libertaria”.

Así  nació un libro que aún se lee con provecho, tal es su calidad predictiva de lo que  traería la perestroika, el desplome político del bloque del este europeo y la caída del muro de Berlín.

2.-

La fuga por “el túnel del [cuartel] San Carlos”, como fue conocida, no fue la única de las legendarias fugas petkoffianas desde prisiones tenidas por inexpugnables– en una de ellas, anterior a la que aquí comento, logró descolgarse con una soga desde el séptimo piso del Hospital Militar de Caracas–, pero sí la que me acercó a sus libros.  Comenzando por los de la pequeña biblioteca que Petkoff juntó durante su encarcelamiento y que los guardas de la prisión sacaron a remate poco tiempo después de cegar el túnel.

El subrayado bicolor de Petkoff en aquel ejemplar del libro de Thomas intrigaba al adolescente admirador del dirigente comunista que yo era. No sabría hoy decir por qué  el lápiz rojo me parecía subrayar elementos “estratégicos” en el relato de la guerra civil española, mientras que el lápiz azul resaltaba matices, episodios sugestivos, relevantes conexiones con otros ámbitos, filosóficos o literarios. Pero  así fue como leí aquel libro “comentado” en dos colores.

A fines de los años setenta ya militaba yo, como activista a tiempo completo, en la nueva organización fundada por Petkoff y sus contemporáneos. Un día fui designado asistente suyo en el contexto de una carrera interna por la candidatura presidencial de 1978.

Me apresuro a decir que su adversario era José Vicente Rangel, por entonces un prestigioso periodista y parlamentario de centro izquierda, famoso en la violenta década anterior por su denodada lucha contra los bárbaros excesos de la represión antiguerrillera.

Petkoff perdió en toda la línea aquella contienda interna que fue para mí una lección democrática: el fundador y líder indiscutido de un partido se medía con un outsider independiente …y perdía. Pero  lejos de desconocer los resultados, como han hecho tantos caudillos partidistas en nuestra América, Petkoff acató disciplinadamente el mandato del partido y se convirtió en formidable activista de la candidatura presidencial de Rangel.

Mi trabajo entrañaba acompañar al precandidato en largos viaje por tierra, a todo lo largo y ancho del país, turnándonos al volante de un escarabajo Volkswagen,  modelo 67 de Petkoff. La conversación, que bien podía ser de política, infaliblemente giraba, sin embargo, en torno a una pasión compartida: la lectura.

De la estofa de los lectores impenitentes está hecha nuestra amistad desde aquellos años. Ella se ha ritualizado en un continuo y jamás interrumpido préstamo de libros nunca devueltos porque, ni Teodoro ni yo, somos bibliómanos: tácitamente, se considera a buen recaudo y siempre al alcance de la mano el libro prestado al amigo.

Daré cabal idea del tipo de lector omnívoro  que es Teodoro –rara avis en la clase política de nuestra América– con la lista de libros de su propiedad que, alzando la vista hacia mi estantería puedo reconocer como préstamos suyos, siempre acompañados de entusiasta recomendación: Una Historia de la revolución francesa, de Francois Furet; Stoner, una edición original ( Vintage, 1965) de la novela de John Edward Williams, hoy redescubierta por la crítica; Teoría de las opiniones de Jean Stoetzel, un clásico moderno traducido por Petkoff en 1972; La veritá sull’economia cecoslovca, Ed. Etas Kompass, Milano, 1969.; de nuevo Furet: El pasado de una ilusión: ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX.

( 1995).

Erudito del béisbol, fanático  de los “Tiburones de La Guaira”, dos títulos lo delatan como economista también interesado en la historia cultural latinoamericana: Moneyball: The art of winning an unfair game, del periodista económico y padre de la “sabermetría” beisbolística, Michael Lewis, y Orgullo de La Habana, una singular historia del béisbol en Cuba cuyo autor es el egregio scholar de literatura latinoamericana de la Universidad de Yale, Roberto González Echevarría.

3.-

Desde la primera insurgencia de Hugo Chávez en 1992, Petkoff  adversó sus tiránicos designios con  decisión y denuedo, siempre desde sus posiciones de izquierda democrática. En 1998, Petkoff renunció al MAS, el partido que había fundado 27 años atrás, dramatizando así su desacuerdo con el apoyo electoral que una convención del partido acordó a Chávez.

Admirador confeso del don para reinventarse de Clint Eastwood, Petkoff, por entonces rayando en los 70 años, dispuso para sí una nueva trinchera: el periodismo. El matutino de barricada que fundó en 2000, Tal Cual, descolló por una novedad : el editorial opositor ocupaba por completo su primera plana. Desde Tal Cual, Petkoff no solo se ha opuesto a la deriva autoritaria del chavismo, sino a los extravíos golpistas de la oposición. En 2015, le fue otorgado en España el Premio Ortega y Gasset por “la extraordinaria evolución personal que le ha llevado desde sus inicios como guerrillero a convertirse en un símbolo de la resistencia democrática a través del diario que dirige”.

En el curso de la era chavista no ha hecho sino añadir títulos a su dilatada producción teórica, desplegada en libros que ya alcanzan una treintena, escritos todos en un culto y caraqueñísimo español. Quizá el más deslumbrante y persuasivo sea El chavismo al banquillo: pasado, presente y futuro de un proyecto politico (Planeta, Bogotá, 2011).

Hace poco, en Caracas, estuve de visita en casa del ya octogenario Petkoff. La conversación, comme d’habitude, derivó hacia los libros y, sin que ya sepa a santo de qué, volvimos a hablar de su ejemplar de La guerra civil española  de Hugh Thomas. Quise, luego de 40 años, conocer  la cifra del subrayado  en dos colores, qué entrañaba el azul, qué destacaba el rojo.

–Nada en especial; en realidad, me era indiferente cuál punta del lapíz bicolor usaba– respondió. –Soy daltónico–.

Ibsen Martínez

 

Foto-IbsenEscritor de profesión. Vivo en Caracas, Venezuela, petroestado populista de la Cuenca del Caribe. Escribo ficciones, piezas teatrales,  ensayos y artículos. Me interesan sumamente la historia económica, la literatura pianística, los temas petroleros y energéticos, los cambios que trae consigo la vejez y la reseña periodística de ideas ajenas. He publicado dos novelas ( “El mono aullador de los manglares”, Mondadori, Caracas, 2000) y “El señor Marx no está en casa”  ( Colección La otra orilla, Norma, Bogotá, 2009). 

 

Vea: Entrevista a Teodoro Petkoff.
“No soy el gurú de la oposición”.
De Paolo Luers/2010

Carlos Fuentes y su novela póstuma sobre Carlos Pizarro, líder guerrillero. Una reseña y un capítulo

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Carlos Pizarro, líder del M-19, envuelve su pistola en una bandera colombiana en el acto de entrega de armas del grupo guerrillero, en marzo de 1990. ZORAIDA DÍAZ / REUTERS


el pais‘Aquiles o El guerrillero y el asesino’, es el título de la obra del escritor mexicano en la que trabajó más de 20 años. EL PAÍS te avanza en primicia un capítulo de la novela.

 Winston Manrique Sabogal, 15 mayo 2016 / EL PAIS
“No mates, por favor”, fue la petición del padre, antes de que el hijo cogiera las armas y se echara al monte y luego a la ciudad con el sueño de cambiar la historia de Colombia.

“No mates”, insistió el padre militar a su hijo Carlos Pizarro Leongómez delante de sus cuatro hermanos que prometían seguirlo.

“Ríete de todo lo que te pido, llámame cobarde, anticuado, pero toma en serio esto: no mates”, suplicó el padre, por tercera vez. Pero el muchacho no hizo caso, afanado por cumplir su cita con el destino. Alborotó el avispero colombiano en los setenta y ochenta con la guerrilla urbana Movimiento 19 de abril (M-19). Su presencia fulgurante lo llevó con 38 años a cambiar las armas por la paz y los votos como candidato a la presidencia. Siete semanas después, el 26 de abril de 1990, un niño de 13 años, su misma edad cuando asomaron sus primeras ideas revolucionarias, lo mató en un avión.

Aquiles, lo llamó Carlos Fuentes. Aquiles o El guerrillero y el asesino tituló el escritor mexicano la historia de este hombre en la que estuvo inmerso más de 20 años. Un proyecto investigado a fondo; varias veces empezado en sus diferentes máquinas Olivetti; varias veces desechadas sus diferentes versiones. Nada le convencía. Ni estructura, ni enfoque, ni voz. Un desvelo para alguien sin miedo a experimentar, como lo hacía con otros libros que publicó entre medias y con obras imprescindibles como La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra nostra o La Silla del Águila. Fuentes parecía devorado por la vorágine de la propia historia de Pizarro y de Colombia… Hasta que halló el feliz mecanismo que lo llevaría a escribir una de sus mejores novelas de los últimos tiempos, aunque no alcanzó a revisarla y la dejó con muchas anotaciones e indicaciones de cómo armarla. Fuentes murió el 15 de mayo de 2012. Tenía 83 años, los números invertidos de la edad de su Aquiles.

Carlos Fuentes, en Cartagena de Indias, en 2011. Daniel Mordzinski

Carlos Fuentes, en Cartagena de Indias, en 2011. Daniel Mordzinski

 “Fuentes no quiso entregar el manuscrito mientras el conflicto armado más antiguo de América Latina no llegara a su fin”, cuenta Silvia Lemus, viuda del autor, en el prólogo del libro. Lemus lo ha entregado ahora, siguiendo el deseo de Fuentes porque “coincide con la que parece ser la última negociación entre la guerrilla y el gobierno colombiano: la hora de la verdad, el fin de las cuentas pendientes, el comienzo de la paz”. La novela, que se publicará este jueves, 19 de mayo, en España y América Latina, sale bajo el sello de Alfaguara y el Fondo de Cultura Económica, con edición de Julio Ortega. Es el testamento de un autor que, explica el experto, “nunca escribió dos libros iguales”. “Pero esta novela descubre el tema central de toda su obra: el hombre enfrentado a su destino, en lucha entre la voluntad y la fortuna, cuyo sacrificio es el altísimo precio que demanda una historia que no logra hacer la paz consigo misma”.

Fuentes desanda los pasos que condujeron al destino trágico de su Aquiles. Encuentra el camino cuando él mismo entra en esa historia y se convierte en testigo de los últimos minutos de Pizarro en el avión que lo llevaba de Bogotá a Barranquilla, aquel jueves soleado de abril. Su voz, como pocas veces lo hizo en sus libros, adquiere un tono entre lírico, confidencial y épico para contar el lado más personal que político del guerrillero, a la vez que deambula por la historia de Colombia y sobrevuela la de América Latina. Esa voz revelada en la novela es la suma de las voces de familiares, amigos, testigos y noticias de prensa, radio y televisión durante más de 20 años sobre la vida del guerrillero colombiano que tanto le conmovió.

La historia está situada en algún lugar entre la realidad y la imaginación, entre el sueño y la pesadilla. La novela es un híbrido de géneros literarios, crónica, cuento, lírica, ensayo, monólogo, reflexión. “Convierte a sus personajes en lenguaje, dialoga con el lector”, afirma Ortega. “Donde la historia resuelve el luto civil, y donde la lectura busca hacer sentido para que los héroes no abandonen el lenguaje y sigan actualizando sus demandas”. El resultado es una mezcla de fábula y alegoría llena de simbolismo sobre el curso de la vida de Carlos Pizarro, mientras se cruzan pasajes históricos de la violencia de Colombia como ánimas en pena.

Si Pizarro es Aquiles, otros tres comandantes guerrilleros del M-19 asumen aquí nombres de héroes homéricos salidos del polvo del campo de batalla de Troya: Jaime Bateman, uno de los fundadores, es Diomedes; Álvaro Fayad, cofundador, es Pelayo; e Iván Marino Ospina, fundador, es Castor.

Y Fuentes hace las veces de Hermes. No salda cuentas, es notario, relata, describe. No justifica por qué se hicieron guerrilleros, ni por qué crearon dolor amparados en el sueño del cambio, pero da los argumentos de ellos. Esboza un retrato de la realidad colombiana sembrada de injusticias de toda calaña, esparcida de enemigos agazapados de la paz y contaminada de una “corrupción que como el espíritu santo está en todas partes, pero nadie la ve”.

Claroscuros de un héroe

Este Hermes muestra lo que hay dentro de la coraza de esos hombres, lo que protege las manos que agarran en una el escudo y en otra la espada. Retrata los claroscuros y pliegues de esos “héroes por fuera, niños por dentro” y el aliento revolucionario en sus mentes a costa de muchas cosas al margen de la ley.

En la novela no aparece la parte más política ni del arrepentimiento por asuntos como el secuestro de la Embajada de República Dominicana, en 1980; ni de la toma del Palacio de Justicia en 1985 (con 43 civiles, nueve magistrados de la Corte Suprema de Justicia, 11 soldados y 33 combatientes muertos y 11 desaparecidos y un edificio en llamas). ¿Por qué? “La lógica de la novela renuncia al juicio de la historia tanto como a la agonía de las cuentas pendientes”, explica Ortega. Y añade: “La tragedia convoca, más bien, la piedad que restañe las heridas”. A cambio, la novela es, también, el testamento sentimental y crítico de Fuentes sobre América Latina.

Laura Restrepo, la autora colombiana que lo conoció, dice en el prólogo del libro de cartas De su puño y letra, publicado por una hija del guerrillero, María José: “¿Se equivocó Pizarro en su vocación guerrera, superó sus posibles desvíos al convertirse hacia el final de sus días en adalid de paz, o por el contrario, marcaba el guerrero el ritmo del futuro, y fue el hombre de paz el que apagó la llama? Puede ser. Tanto lo uno como lo otro. La convulsa marea de la Historia no se deja juzgar. Pero aquí lo extraordinario, lo que queda alumbrado con luz sobrenatural, es que en seres como Carlos Pizarro las contradicciones se entreveran para crear leyenda. En él se reproduce una vez más la parábola del héroe clásico”. Restrepo recuerda que “Pizarro solía decir que él, como el coronel Aureliano Buendía, había peleado cien batallas y no había ganado ninguna. Podría decirse más bien que supo caminar de derrota en derrota hasta la victoria final. ¿Pero cuál victoria, para cuándo, a favor de quién y contra quién? Difícil saberlo en tiempos como estos, desdibujados y apáticos”.

Aquella mañana del 26 de abril de 1990, cuando todo parecía recomponerse, el tiempo se detuvo en Colombia. Por cuarta vez en los últimos tres años, por lo nunca visto: cuatro candidatos a la presidencia asesinados. En la hora de Pizarro, Colombia estaba en el vórtice de la violencia infernal creada por las diferentes guerrillas, los paramilitares, el narcotráfico, el narcoterrorismo, la delincuencia común y la corrupción política. Incluso algunos policías y militares habrían estado involucrados en el asesinato del líder guerrillero.

Antonio Navarro Wolff, uno de los compañeros de batallas e ideales de Pizarro y que lo sucedió como candidato a la presidencia y actual senador de la República, asegura que “fue un formidable comandante militar y al mismo tiempo un romántico incorregible. Vio primero que nadie la necesidad de firmar la paz en la América Latina contemporánea y condujo a nuestra organización, el M-19, a la firma de ese primer acuerdo el 9 de marzo de 1990. Además, tenía una manera de hablar muy especial. Cuando se firmó la paz dijo que era ‘para que la vida no fuera asesinada en primavera’, pero no pudo evitar que eso le pasara a él. Lo mataron 46 días después de que juntos firmáramos ese pionero acuerdo de paz”.

Tdodo eso conmovió a Fuentes. El rumbo inevitable de un sino. Su historia, dice Julio Ortega, formaba parte de una trilogía titulada Crónicas de Nuestro Tiempo, que integraban Diana o La cazadora solitaria (sobre las ilusiones y desilusiones de los años 60), Prometeo o el precio de la libertad (sobre un estudiante de Chiloé torturado y asesinado que no llegó a escribirse) y Aquiles... Era el tomo 15 de toda su biblioteca organizada bajo el nombre de La Edad del Tiempo que tenía como colofón este Aquiles o El guerrillero y el asesino narrada en un tiempo sin tiempo. No hay horas, no hay días; solo acciones, solo hechos, solo sueños, solo deseos, solo discusiones, solo promesas, solo preguntas, solo súplicas, como las del padre: “No mates”.

En Colombia hay un dicho que dice que nadie se muere la víspera. Carlos Fuentes lo confirma al desandar la vida del hijo de un militar y una profesora, conocido como el Comandante papito, que tras hacer caso a la súplica de su padre de no matar, después de varios años, el destino lo encontró en un niño que mataba para vivir.

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Lee un capítulo de ‘Aquiles o El guerrillero y el asesino’, de Carlos Fuentes

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La novela póstuma del autor mexicano, sobre Carlos Pizarro, líder del movimiento guerrillero colombiano M-19, saldrá este jueves 19 de mayo.

Carlos Fuentes, 15 mayo 2016 / EL PAIS

10

Fue cuando el otro padre, el padre de ellos, el almirante, fue a sacarlos de la universidad jesuita, nada más le dijo al padre Filopáter:

—Yo le entregué a cuatro muchachos católicos, apostólicos y romanos, y usted me ha devuelto a mi casa a cuatro comunistas.

Se miraron directamente, el papá y sus cuatro hijos varones, sin pestañear, sin entenderse entre sí, sin saber en realidad, ni ellos ni él, cómo las enseñanzas del padre jesuita se convirtieron en convicciones marxistas, cómo al aplicar las ideas aprendidas en la escuela católica a la realidad del mundo extramuros, cada artículo de fe religiosa se iba convirtiendo en artículo de fe política, la rebeldía encauzada en un partido de los pobres, el bien común pero guiado por un líder máximo, la salvación dentro del partido, la necesidad del jefe y el partido para lograr la justicia, la salvación…

—Pero ¿cómo es posible que tú, un hijo mío, un muchacho decente…?

—Lo que tú nos enseñaste, papá…

—Yo no te enseñé nada de esto, yo no pude enseñar…

—Tú y mi mamá nos educaron en esos ideales. Hoy tu hijo se rebela contra la injusticia social.

—¿Quién nos manda, eso nos dices a tu madre y a mí? ¿Quién nos manda haberlos educado bien?

—Muy bien. Voy a ayudar a crear una izquierda democrática en este país. La élite colombiana no ha cumplido con su deber. Nos ha dejado sin opciones.

—¿Matar, ésa va a ser tu opción? ¡Qué infantil!

—No me juzgues, padre.

—Tú me juzgas a mí. No seas injusto.

—No, juzgo a tu clase, a tus partidos, la mamá liberal, tú conservador, no sirve de nada. No nos han dejado más opción.

—Mejor estudia y prepárate —dijo vencido de antemano, lo sabía, el padre.

—¿Por qué en este país toda protesta ciudadana es subversiva? ¿Por qué nadie sabe darles salida política a los conflictos? ¿Hay que ahogar los problemas, no es necesario abrirse y darles canales?

—Claro que sí. Por eso no entiendo tu decisión. No la entiendo, hijo. La guerrilla siempre estará allí, esperándote. Edúcate primero…

—Ustedes han convertido la guerrilla en una parte necesaria de nuestra educación. Déjame pasar esa prueba.

—No rompas tu propia cadena evolutiva. Ten paciencia, hijo, piensa más; todo evoluciona, somos parte del universo, todo cambia y cambia caminando hacia el espíritu. No tuerzas el camino espiritual, no mates…

—Que no me maten a mí, es lo que te importa. Gracias.

—Nada ha llegado a su fin, nadie ha dicho su última palabra. Mira lo que dice el padre Teilhard, hay un Cristo cósmico que nos espera, en el cual la humanidad entera se congrega, y la materia se vuelve espíritu…

—Voy a contribuir a eso, no te preocupes.

—¿Matando?

—Creando una sociedad mejor.

—Siempre habrá sociedad y siempre habrá injusticias. Incluso en la sociedad que tú y tus amigos hagan.

—Entonces lucharé contra las injusticias que yo mismo cree o no sepa impedir, papá. Y espero que mis hijos hagan lo mismo.

—No mates. Por favor. No mates. Ríete de todo lo que te pido, llámame cobarde, anticuado, pero toma en serio esto: no mates.

—Eres militar, con respeto te lo digo, ¿cómo te atreves…?

—Cómo te atreves tú, pendejo, malagradecido, inconsciente…

—Araujo merecía la muerte.

—Eso es terrorismo, es anarquía, es confusión. Era mi amigo. ¿Por eso lo hiciste, para ofenderme, como símbolo de tu independencia, qué?

—No fue el único. Un líder obrero que traicionó a los trabajadores. El gerente de una empresa norteamericana. El embajador de Somoza. Secuestrados, pero liberados si nos pagan el rescate para comprar armas.

—No te quedes corto. Asaltos, robos de armas, robos de bancos… No te arrepientas un día de haber escogido una vida indigna de nuestras esperanzas.

No todos los hermanos están de acuerdo. No todos los hermanos estuvieron de acuerdo. El segundo le dio la razón al padre, había que luchar por esa evolución en la que el viejo creía, había que agradecerle al padre que leyera seriamente, espiritualmente, en el seno de un hogar lleno de valores distintos pero buenos, hermano, en eso estarás de acuerdo, aquí en esta familia nadie tiene ideas odiosas. Alegó que todos eran parte de una cultura católica, del espíritu, y tenía miedo de que la época, carajo, la moda y dos veces carajo, las injusticias y crueldades de la Iglesia misma los llevasen a trasladar los dogmas eclesiásticos a los dogmas marxistas. No, dijo el tercer hermano, Aquiles tiene razón, los partidos nos han dejado sin más salida que la guerrilla, no es posible seguir de fraude en fraude electoral, ¿hasta cuándo se le va a extender crédito a un sistema que nunca lo ha merecido? ¿Corrupción e impunidad para siempre? No, hace falta un hasta aquí, pero yo sí tendría cuidado de que la guerrilla no pierda la libertad, hermanos, que no se rebele contra el autoritarismo y acabe creando su propio autoritarismo y justificándolo como el padre Filopáter para obtener el bien común.

—Hemos vivido en un hogar lleno de valores distintos pero buenos —repitió el segundo hermano—. En eso debemos estar todos de acuerdo; aquí en esta familia nadie tiene ideas odiosas…

—A la hermana de nuestro compañero Galán, sólo por la sospecha de haberles dado refugio a los guerrilleros en su finca, la violaron primero, le exigieron que confesara su pasado izquierdista, ella dijo que la única izquierda que conocía era su propia mano, entonces se la cortaron, le metieron su propia mano cortada por la vagina, la dejaron desangrarse y Araujo todavía se la cogió, alternando la mano cortada y su propia verga, mientras agonizaba, diciéndole a la oreja: ahora sí, mona, ahora sí vas a irte al cielo pero habiendo gozado a un macho de verdad, ahora sí que tienes un pasado izquierdista, pero yo te doy un futuro derechista, muérete pensando que un general te dio tu último placer…

No ordenó este crimen. No sucedió sin que él se enterara. Lo cometió él mismo. Y luego vino a sentarse a casa de ellos, de los cuatro hermanos, a hablar con los padres de perros y viajes y bailes y el honor del instituto armado.

Todos le dieron su apoyo a Aquiles. La hermana los escuchó desde la puerta y entró llorando, abrazó a Aquiles y le dijo que ella también, yo también…

«Aquí nosotros decidimos quién es o no es comunista », le dijo Araujo a la muchacha muerta.

—Que nos llamen lo que quieran. Estamos contigo. Te seguimos a donde vayas —le dijeron sus hermanos el día que Aquiles le dio un tiro en la cabeza al general Araujo.

La falta de apoyo popular fuerza un giro en el proceso de paz en Colombia

Santos pone por primera vez un límite, en cuatro meses, para decidir si sigue negociando.

Humerto de la Calle y Sergio Jaramillo, en Bogotá. / JOHN VIZCAINO (REUTERS)

Humerto de la Calle y Sergio Jaramillo, en Bogotá. / JOHN VIZCAINO (REUTERS)

Javier Lafuente, Bogotá, 14 julio 2015 / EL PAIS

El creciente desencanto de la opinión pública colombiana ante el proceso de paz ha obligado al Gobierno y a las FARC a dar, en apenas de 10 días, un golpe de timón a las negociaciones. Hasta el punto de que el presidente, Juan Manuel Santos, ha fijado por primera vez en casi tres años una fecha límite para decidir si sigue o no adelante con los diálogos. Será dentro de cuatro meses, el tiempo que ambas partes se han otorgado para evaluar los resultados del desescalamiento del conflicto acordado este domingo en La Habana y ver si logran avances, especialmente en materia de justicia. “Dependiendo de si las FARC cumplen, tomaré la decisión de si seguimos con el proceso o no”, sentenció Santos.

Hasta ahora, lo que ocurría en Colombia apenas afectaba a los diálogos en La Habana. Ese tiempo ya pasó. Que los partidarios de la salida negociada sean los mismos que los de una solución militar, como apuntó una encuesta del 2 de julio, y que junio fuese el mes más violento desde que se inició el proceso, ha urgido al Gobierno y a la guerrilla a acelerarlo. De ahí que concluyeran el domingo agilizar las negociaciones para poner fin a un conflicto de más de 50 años y con cerca de siete millones de víctimas. Ambas partes afirmaron que van a “acordar sin demoras” los términos para alcanzar un cese al fuego bilateral y definitivo incluso antes de la firma de la paz, como estaba estipulado en un principio. Este contaría con la participación de un delegado de la ONU y otro de Uruguay, que ocupa la presidencia temporal de Unasur. Montevideo ha propuesto al exministro de Defensa José Bayardi, un hombre cercano al presidente Tabaré Váquez.

Mientras se alcanza esa tregua definitiva, ambas partes se han puesto de acuerdo en rebajar la intensidad del conflicto, la medida que tiene más efecto en la población al ser la más tangible. Las FARC anunciaron la semana pasada una tregua unilateral, a partir del 20 de julio, durante un mes, que prolongarán finalmente a cuatro. El Gobierno, como respuesta al gesto de la guerrilla, aseguró que adoptará medidas de desescalamiento, aunque no ha precisado aún cuáles serán.

“Nuestras fuerzas armadas están listas para un gradual desescalamiento, si las FARC cumplen. Si no cumplen, estarán listas para enfrentarlas, con la determinación y contundencia con que siempre lo han hecho”, advirtió Santos, en línea con el jefe negociador en La Habana, Humberto de la Calle. “No vamos a repetir experiencias fallidas. No vamos simplemente a paralizar la acción de la fuerza pública por la simple ilusión, que puede resultar frustrada, de lograr un acuerdo”, recalcó el jefe negociador. Tras la última tregua de las FARC, que duró cinco meses, el Gobierno decidió en marzo suspender los bombardeos contra la guerrilla, decisión que levantó tras la muerte de 11 militares en abril.

Ambas partes confían en que esta rebaja de la intensidad del conflicto propicie un clima adecuado para abordar el tema de la justicia, el que marcará el desenlace del proceso. “Lo que falta es el tema más complejo, que es el de cómo lograr el máximo de justicia que nos permita la paz. Este es el punto que va a definir si hay o no paz, y tenemos que superarlo. Ese es el reto. Si llegamos a un acuerdo sobre ese aspecto de la justicia, podremos decir, sin lugar a dudas, que estamos al otro lado”, recalcó Santos.

El giro en las negociaciones ha ido acompañado de un cambio en la política comunicativa del Gobierno. Del hermetismo casi total se ha pasado, en una semana, a la omnipresencia, tanto de los negociadores como, sobre todo, del presidente, tratando de ejercer pedagogía del proceso. Del discurso más catastrofista de De la Calle, que aseguró que cualquier día las FARC no les encontrarían en la mesa de negociaciones, se ha virado al “con estos nuevos avances, por fin veo clara la luz al final del túnel”, pronunciado por Santos en su discurso a la nación del domingo. Quizás sea una frase del presidente, en una entrevista este fin de semana con el diario El Colombiano, la que mejor defina la vorágine actual: “Nunca está la noche más oscura que antes de amanecer”.

EE UU respalda a Santos en su ultimátum a las FARC

Silvia Ayuso, Washington

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, cuenta con el apoyo explícito de Estados Unidos en su último esfuerzo por “acelerar” las negociaciones con la guerrilla de las FARC, a las que ha fijado una fecha límite de cuatro meses para decidir si sigue o no adelante con los diálogos de paz en La Habana.

“EE UU respalda fuertemente el liderazgo del presidente Santos en su búsqueda de un acuerdo negociado”, dijo el lunes el Departamento de Estado norteamericano en un comunicado.

A la par, el Gobierno de Barack Obama, que cuenta desde febrero con un enviado especial para el proceso de paz colombiano, Bernie Aronson, hizo un llamamiento para que las FARC “redoblen sus esfuerzos en la mesa de negociaciones”. La guerrilla debe “demostrar rápidamente avances concretos en los temas restantes, incluido su compromiso con la justicia y con un desarme efectivo”, advirtió Washington.