derecha

La falsedad de las identidades. De Manuel Hinds

2 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Hace un par de semanas me invitaron a un conversatorio frente a un grupo de estudiantes universitarios. El tema era si el sistema político del país está colapsado. Sin embargo, por alguna razón que ni los otros invitados (Rubén Zamora y José Miguel Fortín Magaña) ni yo entendimos, el conductor del seminario pensó que antes de entrar a discutir ese tema era indispensable tener claro, de una manera precisa, definida, qué es la derecha y qué es la izquierda. La discusión de ese tema preliminar nos llevó por un camino por el que nunca llegamos al tema de fondo, lo cual fue muy apropiado porque el camino de las identidades ideológicas nunca lo llevan a uno a ningún lugar excepto a conflictos intelectualmente superficiales pero emocionalmente cargados que anulan la posibilidad de funcionar como una sociedad civilizada —que fue el punto que hice en mi primera intervención y en todas las demás. Así, por una de esas casualidades de la vida, una pregunta superficial nos llevó a un resultado real y concreto, relevante al punto que nunca discutimos.

En el continuo interés por definir dos muñecos, uno izquierdista y uno derechista, podía intuirse la angustia de los jóvenes (y de todos los demás) ante un mundo que se vuelve cada vez más complejo y el deseo de convertirlo en uno simple, en el que solo haya blanco y negro, en el que todo lo que pasa pueda explicarse dependiendo de donde viene en términos ideológicos, y en el que toda solución se pueda evaluar en los mismos términos. Es la búsqueda de un mundo como el de Harry Potter, con unos buenos y unos malos, ambos fácilmente identificables para eliminar la angustia de las incertidumbres de la vida real. En ese mundo, uno solo tiene que decidir si uno va con los buenos o con los malos, y de allí saber que todo lo que dicen y hacen los buenos es bueno, y que todo lo que dicen y hacen los malos es bueno. Hay una diferencia crucial entre este mundo que la juventud buscaba en ese conversatorio y el mundo de Harry Potter, por supuesto. Esa diferencia es que en el de Harry Potter es bien claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Esta diferencia no es obvia en el mundo de las identidades ideológicas. Hay que tomar una decisión básica: en qué muñeco quiere uno caber, definiendo así no solo quiénes son los buenos sino también quiénes son los malos. Pero es una sola decisión en la vida. De allí en adelante, no hay necesidad de evaluar ninguna idea, ni de estudiar a fondo una propuesta, ni de buscar argumentos para discutir los temas del país. Basta solo decir “ésta es una idea que viene de alguien de izquierda” o “es una idea que viene de alguien de derecha” para no solo aceptarla o descartarla, sino también para apoyarla o descalificarla frente a los demás —dependiendo de si uno ha decido que los de izquierda son los buenos o los malos, o lo mismo con los de derecha.

Nada hay más negativo para el destino de un país y para causar el colapso de su política y su economía y arte y su cultura y su vida en general. Es la mejor manera de convertir los conflictos que naturalmente surgen en una sociedad en confrontaciones entre dos grupos, por pensar que están en una lucha entre los buenos y los malos, y por sentir que ellos son los buenos, se vuelven totalmente intolerantes. Como en el mundo de Harry Potter, no solo no hay que escuchar a los otros, sino que hay que fulminarlos con lo más cercano que haya a una vara mágica. Este fue el mundo de los nazis, que a todos los clasificaban como de raza superior o inferior, y de los comunistas, que a todos los clasificaban como explotadores y explotados, y que, inmediatamente, procedían a matar a los supuestamente inferiores y a los supuestamente explotadores.

Nada hay más negativo tampoco para la persona individual, que puede perderse el desarrollo integral de su personalidad por ver a las otras personas como figuras unidimensionales de cartón cuando todos somos multidimensionales, de carne y hueso.

El nuevo “HDP” de la derecha. De Ricardo Aguilar

17 october 2018 / EL DIARIO DE HOY

Dice la leyenda que en 1939 Franklin Delano Roosevelt admitió una problemática relación con el sanguinario dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Según el apócrifo episodio, FDR admitió que el hombre fuerte de Managua “puede que sea un HDP, pero es nuestro HDP”.

Más allá de discutir la autenticidad de ese episodio, que también ha sido atribuido a una opinión de Roosevelt sobre Rafael Trujillo, dictador dominicano, es importante que comprendamos qué nos quiere decir una frase de este tipo y pensar si alguna vez hemos caído en una actitud similar.

Esta frase es, a mi forma de ver, un ejemplo claro de realpolitik. Es decir, de poner los intereses prácticos y a aliados circunstanciales antes de consideraciones de principios, valores o filosofía política. Esta realpolitik es la que permitió, por ejemplo, que durante el siglo XX diferentes gobiernos de Estados Unidos dieran apoyo a sanguinarios dictadores que les ofrecían “mano de obra local” en su larga campaña contra la difusión de las ideas comunistas, disfrazada de promoción democrática.

Asimismo, esta realpolitik es la que ha llevado a centenares de mentes supuestamente progresistas a defender regímenes autoritarios que se autodenominan de izquierda, únicamente porque estos parecen ser enemigos de su enemigo tradicional, la derecha. En todos estos casos, estas alianzas implican guardar silencio sobre atrocidades, abusos de poder y violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Con el fin de la Guerra Fría y el advenimiento de los procesos de democratización en el Continente, parecíamos haber entendido estas lecciones y el panorama político al fin ofrecía la opción de que un compromiso con los límites al ejercicio del poder, venga de donde venga, era el estándar mínimo que exigirle a un gobernante a cambio de cualquier apoyo.

Pero la vida política es cíclica y en 2018 nos encontramos otra vez con discursos políticos que defienden y justifican a los nuevos aprendices de dictadores y nuevamente se malabarean excusas para evitar censurarlos y llamarlos por lo que son: abusivos, maleantes, mentirosos, corruptos y, en muchos casos, opresores asesinos.

A este tristemente célebre club de enemigos de la democracia se le ha unido recientemente un digno representante del renacimiento de ideas absolutistas en el siglo XXI. Me refiero al outsider brasileño Jair Bolsonaro, el cual se ha subido en la frustración con la política tradicional y los escándalos de corrupción en Brasil y ha montado una plataforma personalista cargada de misoginia, racismo y apologías al poder sin límites.

No debería requerir tanto esfuerzo intelectual el censurar automáticamente a un tipejo de estos, que ha hecho “bromas” sobre violación, que ha ofrecido aceptar los resultados electorales solo si gana, que considera que en su país no hubo “suficiente” dictadura, que cree que la violencia se combate con más violencia estatal, entre muchas otras circunstancias peligrosas.

Sin embargo, Bolsonaro estuvo cerca de agenciarse una abrumadora victoria en la primera vuelta presidencial brasileña y fuera del país, se ha convertido en el nuevo HDP de la derecha, que encuentra formas extrañas de defenderlo, pretende ignorar sus cuestionables discursos y recurre al básico razonamiento de “es que la corrupción de…”, como si la derecha brasileña no estuviera también manchada de corrupción.

Brasil está a punto de cometer un garrafal error con gravísimas consecuencias institucionales. Y gran parte de la derecha latinoamericana camina en una peligrosa cornisa al validar a Bolsonaro solo para descalificar a la izquierda y justificar su incesante y cansina paranoia que sigue viendo al fantasma del comunismo en todas partes.

Desde ahí es fácil resbalar al conocido abismo de tener que guardar silencio a horrores a cambio de no concederle un punto a los rivales político-ideológicos. Estoy seguro de que cualquiera de ellos con acceso a internet ha podido ver sus declaraciones más controversiales y seguro piensa que sí, es un “HDP”, pero lo han adoptado como su “HDP”. Esto es imperdonable y estos apologistas serán cómplices del declive de la decencia y el respeto a los derechos humanos en Brasil y del derrumbamiento gradual de la aceptación de la democracia en la región.

Esa es la cúspide del fanatismo, una película que ya vimos, terminó mal, nos costó mucho pero algunos están intentando revivir.

A mí no me da pena ser de derecha. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 22 agosto 2016 / EDH

Cuando se le pregunta a cualquiera cuál es su opción política, sea empresario, profesional, empleado, ama de casa, etc., se siente chic y despolarizado el contestar que su posición política e ideológica es de “centro”. En algunos casos, incluso se siente algo “progre” revelar sus simpatías por las opciones políticas de izquierda. Todo, menos declarar públicamente ser “de derecha”, ¿por qué?

La principal causa es que el discurso de la izquierda ha profundizado tanto en nuestra psiquis colectiva que nos da algo de penita decir que somos de derecha; es como si, al decirlo, nos convirtiéramos instantáneamente en unos dogmáticos-reaccionarios, puritanos, fascistas, militaristas, antidemocráticos, antiecológicos, antiliberales, totalitarios, diario hoycontrarrevolucionarios, enemigos del bienestar general y social, serviles al imperialismo, explotadores y obsesionados con la obtención del lucro a toda costa. Quizás por ello algunas personas que defienden o sostienen una ideología de derecha, creen que es necesario “disculparse” cada vez que defienden ideas, o conceptos propios de esa ideología. Como si al hacerlo estuviésemos haciendo algo incorrecto.

Pero ¿qué es ser de “derecha”? Pues bien, la respuesta es la siguiente: Somos de derecha todos aquellos que creemos en la defensa de la propiedad privada, en la libertad individual y comercial, en el imperio de la ley y en el Estado de Derecho. Pertenecemos a esa ideología todos aquellos que creemos en la solidez y permanencia de las instituciones republicanas, en la libertad religiosa, en el derecho a la vida, en la vigencia y defensa de los fundamentos judeocristianos que forjaron nuestra historia común como país, así como a la civilización occidental a la que pertenecemos.

Por ser de derecha, nos parece contraproducente la fiscalidad excesiva y abusiva por parte de un Estado obeso e ineficiente; por creer que la empresa privada es la que mejor administra los recursos (que siempre son escasos), los de derecha nos oponemos a la nacionalización de las empresas, así como a la creación y mantenimiento de empresas estatales usualmente corruptas e ineficientes. Con igual fuerza, al ser de derecha, nos oponemos al mal uso y despilfarro de fondos públicos, cuyo principal fin es la creación de extensas redes de “clientes políticos” dependientes de subsidios que no generan productividad ni sano trabajo, sino que degradan a los ciudadanos al hacerlos dependientes irremediable y eternamente, de la caridad pública.

Cuando tu digas que eres de derecha, implícitamente estás diciendo que crees que es la educación del pueblo, de los pequeños, de los más necesitados, de los pobres, en donde está la clave para garantizar un futuro de progreso para El Salvador. Aceptas que el individuo tiene derechos irreductibles e inalienables, tales como la libertad de culto, de movimiento, de expresión; por ello, los de derecha defendemos la libertad de prensa, de radio y de televisión, defendiendo el derecho que tienen los demás (los de izquierda, los comunistas, los ateos, los cristianos, etc), para decir lo que quieran, con el único límite de no sobrepasar o lesionar con la expresión de sus ideas, la libertad física o moral de otro individuo.

¿Por qué entonces nos tenemos que avergonzar de los valores y principios que por siempre han sido defendidos por la derecha? Resulta claro que la izquierda, por décadas, ha hecho su trabajo, ha reducido a los de derecha a un estereotipo al que nos da “pena” pertenecer; por ello muchos pensadores y políticos se esfuerzan tanto en actuar, decir y proclamar que son “centro”, es decir, esa masa de personas sin ideas políticas claras que parecen barcos sin brújula a la deriva. No sé ustedes, pero teniendo claro lo que propone la ideología de derecha, a mi no me da pena decirlo: yo soy de derecha; ¿te da pena a ti?

@MaxMojica

El Arte de la Política. De Bernard Garside, embajador del Reino Unido

La vida y el arte rara vez son de color blanco o negro.  Asimismo, la política es mucho más compleja que la izquierda y la derecha. Pero la tendencia histórica ha sido una simplificación excesiva:   estás con nosotros o contra nosotros.

Bernard Garside, embajador del Reine Unido

Bernard Garside, embajador del Reino Unido

Bernard Garside, 20 agosto 2015 / EDH

Sin embargo cuando miramos los resultados históricos de las elecciones en democracias genuinamente libres y abiertas, estos tienden a cambiar desde la izquierda a la derecha y de nuevo a la izquierda con el paso del tiempo. Lo llamo el tedio de los diez años. Siempre hay excepciones porque el mundo es un lugar complejo, y diferentes grados y estilos de ‘’democracia libre y abierta’’ existen. Pero esta tendencia subyacente es aún, usualmente visible.

Sugiere que una población libre, abierta y democrática promedio es por naturaleza centrista en sus políticas. Entonces, luego de aproximadamente  una década de políticas de derecha, el deseo natural es de una medida de izquierda y viceversa; un giro político subconsciente diseñado para balancear la política y las políticas de su país. Entonces, ¿por qué los partidos políticos de centro generalmente son incapaces de ganar las elecciones? ¿Talvez  parecen demasiado comprometedores? O talvez porque las personas temen la emergencia de una dominación centrista lo que, a su vez,  podría llevar a un gobierno autoritario, el cual en su extremo, es dañino y difícil de quebrar.
Las políticas de derecha e izquierda siguen siendo populares porque ellas tienden a ser más claras y más decisivas. Sin embargo, tal como tu doctor te dirá, ¡todos los extremos pueden ser malos para tu salud!

La clave es el balance. Indiscutiblemente los países más exitosos son aquellos donde los políticos gobernantes de ambos lados, derecha e izquierda, rigen con confianza, transparencia y claridad. Pero también donde ellos reconocen que su tiempo es siempre limitado y, por tanto, usan su tiempo en el poder para incluir algunas prioridades, ideas o políticas de la parte de oposición. Puedo imaginar que algunos deben pensar que esto no sólo es contra intuitivo, sino también loco. Pero tragarse el orgullo personal y el orgullo del partido político extendiendo una mano solo para el diálogo, sino además para ayudar genuinamente a la oposición a producir algunas de sus políticas , permite que la parte gobernante ayude a moldear y balancear la introducción de las políticas de la oposición (la cual, si la tendencia histórica es correcta, será introducida de igual forma cuando ellos retornen el poder). También provee una plataforma para avances sustanciales de largo plazo que están dirigidos a los mejores intereses del país mientras que también promueve instituciones gubernamentales sólidas y la gobernanza. Es la definición de estadista.

Esto, por supuesto, no es fácil y se necesita de un  verdadero coraje político. Pero la habilidad de llegar a las otras partes políticas en beneficio de los intereses a largo plazo del país es lo que separa a los países exitosos de los países sin éxito, permitiéndoles introducir sus propias políticas dentro y fuera del gobierno, mientras recortan cualquier elemento extremo de las políticas del partido de oposición.
Para que este estilo de políticas funcione el enfoque debe estar dirigido hacia el futuro y no hacia el pasado. Un enfoque en el futuro es lo que ayuda a construir esperanza nacional, prosperidad y éxito. Este es el verdadero arte de las políticas y el mundo podría hacer mucho más con él.

El futuro de la derecha. De Rodrigo Molina Rochac

Es evidente que la izquierda que hoy gobierna a El Salvador no ha podido hacerle frente a los grandes problemas que afectan a la población. Pero no es suficiente reconocer el fracaso de un Gobierno, es necesario tener claro cuál es su alternativa.

Rodrigo Molina Rochac es publicista y miembro del COENA de ARENA

Rodrigo Molina Rochac es publicista y miembro del COENA de ARENA

Rodrigo Molina Rochac, 1 julio 2015 / EDH

Es evidente que la izquierda que hoy gobierna a El Salvador no ha podido hacerle frente a los grandes problemas que afectan a la población. Pero no es suficiente reconocer el fracaso de un Gobierno, es necesario tener claro cuál es su alternativa. Lastimosamente la conceptualización del espectro izquierda-derecha está desfasada, y no es suficiente el título de “derecha” para establecerse como alternativa viable de poder. Está claro que nuestro país necesita un cambio de dirección, pero también está claro que la población salvadoreña quiere una visión clara de ese cambio antes de volverle a apostar a la derecha.

Dentro de esos amplios conceptos de “izquierda” y “derecha”, existen diversas vertientes de pensamiento. La izquierda que hoy gobierna el país, no es la única izquierda, así como la derecha tradicional que hemos conocido, no es la única derecha. Si queremos definir una alternativa viable de poder que pueda volver a ganarse la confianza del pueblo salvadoreño y retornarle la esperanza de un futuro diferente, es necesario definir esa alternativa más allá de la simplificada conceptualización del espectro político que utilizamos regularmente. Si creemos que la derecha debe tener futuro en nuestro país, debemos redefinir, en términos concretos, las convicciones y los principios que la construirán, y así ofrecerán un futuro diferente para el país.

El futuro de la derecha se encuentra, no en la corrupción del pragmatismo político que ha destruido el gran potencial de nuestra nación, sino en la convicción de los principios liberales y republicanos que en el transcurso de la historia han construido a las naciones más prósperas y justas. El futuro lo construirá la sinergia de mentes nuevas e innovadoras con principios claros y perdurables. Lo construirá la valentía de reconocer los errores y las injusticias del pasado para abrir el camino de una nueva visión, de nuevos liderazgos y de una forma diferente de defender y construir nuestra patria.

El cambio y la evolución deben siempre ser constantes, no tímidos pasos a tomar según conveniencia. La fortaleza del pensamiento no está en su rigidez, sino en su capacidad de evolucionar, crecer y aprender. Igual debe ser en el actuar político. Hoy más que nunca se requiere de honestidad, humildad y madurez para quebrar la dinámica estéril de nuestra política nacional. El pasado deja lecciones importantes que debemos internalizar y comprender, pero con estas lecciones asumidas, es necesario pasar la página y dejar atrás sus prejuicios, rencores y conflictos. Se les debe gran reconocimiento y respeto a las generaciones que defendieron nuestra patria, pero es tiempo que una nueva generación construya los fundamentos del futuro.

Nuestro El Salvador tiene todo lo necesario para brillar. Su gente todo el potencial para crecer y prosperar. Nuestra nación puede y debe ser grande. Pero como toda construcción, requiere de trabajo para lograrlo. Es una camino difícil, pero necesario. Inicia con una voz clara que defienda la libertad, la vida y la dignidad de la persona. Una voz que defienda la democracia, la justicia y la república, y rechace rotundamente la corrupción del pragmatismo político. Una voz que enaltezca nuevamente los valores que nos unen como salvadoreños y que pueden sacar a nuestra patria del abandono, el retroceso y el desperdicio en que hoy se encuentra.

Esa es la voz que debemos asumir como derecha, alrededor de la cual nos debemos cohesionar si queremos representar un futuro diferente para el pueblo salvadoreño. Solo la claridad y coherencia de nuestros principios y acciones construirán la credibilidad, la solidez de esa voz la confianza, y nuestra perseverancia y entrega por la patria, el futuro.

Secuestro democrático. De Antonio Navalón

América Latina está huérfana, no tiene ideología ni referentes políticos.

antonio NavalonAntonio Navalón, 28 junio 2015 / EL PAIS

Nadie imaginó que la Constitución de la República de Weimar acabaría siendo la que usaría Hitler para gobernar. Los seres humanos tenemos miedo al cambio, somos sus víctimas y la historia nos enseña que para salir bien de él hay que dirigirlo. En este final de época que vivimos, la gente tiene derecho a cambiar, aunque se equivoque.

Cuando uno mira América Latina se pone a temblar. El Tío Sam sigue ahí. El maíz, el petróleo y las materias primas siguen yendo hacia el norte y más lejos, hacia China. Y las instituciones siguen prendidas con alfileres.

En octubre hay elecciones en Argentina y Cristina Kirchner sólo puede embarazarse del gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli (que dijo que “o se está con el modelo o no se está. Una mujer no puede quedarse medio embarazada”) porque los demás son enemigos del kirchnerismo y porque hacer política en ciertos países de Latinoamérica consiste, sobre todo, en “hacer de viudas”.

En la región, se encuentran las frágiles patas del triunfo de las izquierdas convertidas en lo peor de la derecha. Por ejemplo, el Brasil de Dilma Rousseff. ¿Valía la pena vulnerar el código penal para cumplir el sueño de un Gobierno de izquierda reformista en manos de Lula da Silva? Por lo que se ve, sí. Y en Ecuador, Rafael Correa, convertido en masacrador de la libertad de expresión, en el anti-Jefferson de América, creando una procuraduría para encarcelar a los periodistas que discrepen de lo que es o no es noticia según el Gobierno.

¿Y qué decir de Hugo Chávez en Venezuela? Un fantasma que ya no recorre América. Un fantasma convertido en pájaro ante alguien que una vez fue político y ser humano, pero que acabó en caricatura de ambos llamado Nicolás Maduro. Y enfrente, un gobernante cuya principal arma es el tráfico de drogas llamado Diosdado Cabello.

Siguiendo el recorrido de las Américas, en busca de ideologías, surgen fenómenos como el Partido de la Gente y el Partido Progresista en Chile que cuestionan el enfoque de la estructura política y le cambian la piel al continente. América tenía tres referentes ideológicos: uno, basado en Cuba y el sueño de la izquierda; otro de la derecha, que era el palo del Tío Sam y los dictadores que han asesinado impunemente. Y un tercero, que era la síntesis entre lo bueno y lo malo: el ejemplo de la Transición española. Hoy América está huérfana, no tiene ideología ni referente.

Cuba se va asimilando como país capitalista y el juego se llama poder. EE UU sólo tiene intereses geoestratégicos. Y España trata de encontrarse entre un modelo fracasado y hundido en la corrupción y la pérdida de identidad, tanto que no se sabe si en unos años seguirá habiendo monarquía o república.

Mientras tanto, México no tiene modelo político y las izquierdas huelen a naftalina como en el caso de López Obrador. Las derechas no existen porque, en países con más de 60 millones de pobres, ser de derecha es jugar a la ruleta rusa sobre una revolución violenta.

Los análisis de las elecciones —lo que ocurra en Argentina, el resultado en Guatemala o quién gane en Perú— presentan tantas incógnitas como certezas. Certezas: lo viejo no sirve y se quedó estrecho. Incógnitas: lo nuevo sólo sirve para gritar que lo viejo está obsoleto.

Hubo un momento en que el problema eran las drogas y los militares, pero el problema sigue siendo la corrupción. El presidente de México, Enrique Peña Nieto, tiene que ser consciente de que perjudica al país cuando dice que “hay que domar la condición humana”. Y uno se pregunta: ¿Qué quiere decir? Es sencillo, hay que hacer leyes y cumplirlas. No puede llevarse lo que es de todos sólo para unos pocos. No proclame transparencia, demuéstrela castigando a los malos.

En ese panorama, la búsqueda y la construcción de nuevas ideologías es el mayor desafío de América Latina y, una vez que acabe la ocupación de los EE UU y el desplazamiento de los chinos, podremos encontrar un territorio donde sea posible crear nuevos referentes políticos que hoy son simplemente inexistentes.

¿Quién es Antonio Navalón?
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