Argentina

Argentina y el costo de su moneda propia. De Manuel Hinds

11 mayo 2018 / El Diario de Hoy

Esta semana Argentina pidió la ayuda del Fondo Monetario Internacional porque ha vuelto a entrar en otra de las crisis monetarias que han sido tan comunes en América Latina. La historia es la de siempre: el público perdió confianza en el peso y lo comenzó a cambiar por dólares porque en los últimos meses el peso se ha devaluado 30 %. Para enfrentar este problema Argentina se ha abocado al FMI para pedir $30,000 millones de préstamo.

Este episodio (como tantos otros similares) cae como anillo al dedo para demostrar la falsedad de la idea, tan común, de que tener una moneda propia es una defensa contra las corridas —el nombre que se les da a estos episodios en los que la gente saca el dinero de los bancos o del país a gran velocidad, poniendo en peligro la solvencia de los bancos o del país entero en el caso de las reservas internacionales (los dólares que guarda el banco central para hacer pagos internacionales). Con una percepción superficial de lo que son los mercados monetarios, mucha gente cree que con tener un banco central emitiendo dinero se resuelve el problema de que la gente lo saque, ya que lo único que se necesita para defender la sanidad de los bancos, piensan simplistamente los que lo dicen, es imprimir dinero más rápido que lo que la gente lo saca.

La realidad es mucho más compleja. El problema es que cuando un país en desarrollo tiene una moneda propia, la gente siempre piensa en términos de dos monedas. El dólar le sirve para medir el valor de las cosas, y la moneda local para operar en el mercado local. La gente está haciendo siempre cálculos para ver en qué moneda guarda sus ahorros, si en pesos o en dólares, y sus decisiones dependen de la rentabilidad que les ofrezca cada una de ellas. Esa rentabilidad tiene dos componentes principales: la tasa de interés, y la tasa a la que cambia el precio de ambas monedas —que, en este caso, es la tasa a la que se devalúa o puede devaluarse el peso con respecto al dólar.

De esta forma, si usted puede ganar 2 % de intereses en dólares y espera que el peso se devalúe en 3 % con respecto al dólar, usted exigirá al menos 5 % para depositar sus ahorros en pesos (2 % de intereses en dólares más lo que va a perder de valor el peso). Si le pagan menos que eso, usted cambia los pesos por dólares, lo que le reduce las reservas internacionales al banco central. Por supuesto, mientras más es el miedo a las devaluaciones, más es la tasa de interés que tienen que pagar los prestatarios del sistema bancario en sus deudas para pagar sus casas y otras inversiones. En Argentina el miedo a la magnitud de la devaluación es tal que apenas se contiene con tasas de interés por encima del 40 %. Usted puede imaginar lo que le pasaría si las tasas de interés en el préstamo de su vivienda subiera a más de 40 %. El banco central tiene que bajar esas tasas de interés. Para bajarlas, sin embargo, el banco central tiene que quitarle el miedo a la gente de que la moneda se va a devaluar, y para eso necesita dar sin esfuerzo dólares, no pesos, al público cuando este los demanda. Si deja de darlos y el mercado se seca, el peso se devaluará todavía más.

Y aquí está la debilidad de los bancos centrales. Ellos pueden imprimir pesos, no dólares, e imprimir pesos no solo no ayuda sino deteriora la situación, porque con más pesos la gente va a querer comprar más dólares. Es por esa razón que entonces, frente a una corrida, el gobierno tiene que ir a pedir un préstamo al FMI, en dólares. Es decir, cuando se necesita defender al sistema bancario, los bancos centrales encuentran que tienen que ir a solicitar préstamos en dólares. Este costo, como los $30,000 millones de Argentina demuestran, es muy alto.

Es también un costo que las economías dolarizadas no tienen, porque en ellas la gente no tiene miedo de que la moneda que ellos usan diariamente pueda devaluarse.

La Bergoglio-política. De Héctor E. Schamis

El Papa debería practicar una democracia de la solidaridad.

Hector-Schamis

Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 20 enero 2018 / EL PAIS

Lo dijo muy bien el periodista Diego Cabot: “¿Venís al barrio seis veces y nunca me tocás el timbre?” Es un tuit, pero al leerlo casi se puede escuchar el acento porteño en el reproche. Tal vez con tonada del propio barrio de Flores, allí de donde Jorge Bergoglio, hoy Francisco, es oriundo.

Es que cada viaje del Papa a América, y es el sexto justamente, termina en un debate sobre dónde no va, en lugar de dónde sí. Su avión cruza el espacio aéreo argentino camino a Chile y Perú, o llega a Brasil, aterriza en La Paz y sigue a Asunción, pero jamás desciende en Ezeiza para ir a tocarle el timbre a sus vecinos de Flores. Para muchos es un deliberado desplante al presidente Macri.

el paisLo cual todavía hoy desconcierta. Ello debido a que, siendo Cardenal Primado de Argentina y Arzobispo de Buenos Aires, y cuando era sistemáticamente agredido desde la Casa Rosada, su principal aliado en la zona de la Plaza de Mayo era el entonces Jefe de Gobierno de la ciudad, Mauricio Macri.

El encono kirchnerista era tal que cuando fue elegido Sumo Pontífice en marzo de 2013, Cristina Kirchner entró en un torbellino de verborragia contra él, acusándolo hasta de haber sido cómplice del secuestro y cautiverio de dos sacerdotes jesuitas en 1977. El odio se transformó en amor dos días después, por supuesto, ni bien las encuestas revelaron que los argentinos estaban más que felices por tener un Papa compatriota.

De ahí que irrite que Bergoglio haya adoptado la estrategia de la pose fotográfica, una actuación que además satura: parco cuando Macri lo visitó en Roma y alegre, sonriente y cálido con cuanto miembro de la nomenclatura kirchnerista se encuentre, incluida la propia Cristina Kirchner en cinco oportunidades y varios de los procesados por corrupción de su gobierno.

El Papa tal vez ya haya administrado el perdón divino a quienes lo maltrataron por años, pero en Argentina causa perplejidad. Esa es la Bergoglio-política, una acrítica propensión a lo nacional y popular—al relato insustancial de lo nacional y popular, esto es—y una mirada algo estrecha y basada en mitos antiguos. Como cuando dijo, varias veces, que el problema de América Latina es “el liberalismo económico fuerte” porque “los sistemas liberales no dan posibilidades de trabajo y favorecen delincuencias”. Los chavistas piensan igual.

He aquí el instrumental cognitivo que el Sumo Pontífice lleva a todas partes. Con lo cual la perplejidad de los argentinos se exporta a otras latitudes. Lo mismo ocurrió en Chile esta semana; el mismo prejuicio, la misma sobreactuación fotográfica. Allí se ve a un Bergoglio exultante de alegría con la presidenta Bachelet, y se ve a un Bergoglio frío, con cara de disgusto en la foto con el legítimo presidente electo Piñera, a quien no vio en privado. Tal vez debido a que Piñera es liberal.

La Bergoglio-política se acerca a todo aquel que tan solo hable mal del liberalismo, sin importar si se ha enriquecido en el poder, como los Kirchner; si mantiene una dinastía absolutista en pleno siglo XXI, como los Castro; o si es un déspota inepto y criminal, como Maduro. Bergoglio les sonríe a todos ellos, pero no a los Macri y los Piñera, las Damas de Blanco que rechazó ver, y las esposas de los presos políticos venezolanos que se encadenaron en la Plaza de San Pedro sin ser recibidas.

La situación de Venezuela merece un párrafo aparte. El silencio de Bergoglio ante la perversidad del régimen es ya intolerable, es decir, frente a la represión, los crímenes, el hambre, la enfermedad y el destierro que sufren los venezolanos. Mientras se hallaba en Chile ocurrieron las ejecuciones extrajudiciales de Óscar Pérez y su grupo de policías rebeldes, sin que se escuchara una sola palabra del Papa.

Pero así es la Bergoglio-política, dogmática, más que tolerante e inclusiva, y al mismo tiempo pragmática en lo que no debe: los principios. Las víctimas de aquellos que declaman contra el capitalismo, pero que se han enriquecido con él, parecen tener menos importancia que las víctimas de la explotación del capitalismo.

Ya que hace política, el Papa debería practicar una democracia de la solidaridad, ofreciéndola a todo aquel que sufre y que ha sido despojado de derechos, en vez de seleccionar ideológicamente a quien. Ello resta y excluye por definición, contradice su misión primordial.

Como lo resumió la Diputada Lilita Carrió en una entrevista en marzo de 2016: “Fue elegido Papa y jefe espiritual, no dirigente de una Unidad Básica. Es un líder espiritual que le gusta el poder como a nadie. Bueno, que lo ejerza en el Vaticano. Los fieles no queremos que sea peronista, macrista ni nada. Queremos que sea el pastor de todos”.

Y “todos”, tratándose del Papa, también quiere decir “todos en todo el mundo”. Para ser el pastor de todos debe archivar la Bergoglio-política.

@hectorschamis

Pérez-Reverte: “Las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca”

Autor de 25 novelas y ex corresponsal de guerra, el narrador español dice que todos encuentran pretextos para aliviar su conciencia, afirma que las redes sociales “son formidables pero están llenas de analfabetos” y augura que el mundo que viene será audiovisual.

Foto: Martín Lucesole

Loreley Gaffoglio, 28 mayo 2017 / LA NACION


En burdeles de Bangkok, lejos del olor a pólvora y el repiqueteo de las balas, hubo un tiempo en que el joven corresponsal de guerra les prestaba el oído a veteranos colegas. Entre copas y desahogos vivenciales, esos tipos curtidos por la barbarie, marcados por el desarraigo y la soledad, eran hábiles periodistas de trincheras. Siempre urgidos por llegar primeros para contarle al mundo cómo muta la vida bajo el asedio, a aquellos viejos reporteros los años de guerras “los hacían envejecer muy mal”. Desorientados en tiempos de paz, la lucidez para interpretar el mundo en aguas serenas los hundía incluso en una suerte de vacío existencial.

Arturo Pérez-Reverte no quería terminar como ellos. Lo olfateó rápido, en esas tertulias de madrugada y cigarrillos entre historias de mil batallas: “El periodismo de guerra es bueno -dedujo- mientras uno sepa salirse a tiempo.” Igual que cuando se renuncia a un amor que jamás llegará a buen puerto. Los años y las revueltas armadas se sucedían y el avezado corresponsal -firma descollante del diario Pueblo y más tarde de la TVE-, no había urdido siquiera su retirada.

El reposo del guerrero, aquel que lo estrenó como novelista, sobrevino tras la guerra civil angoleña en los años 80: “Una enfermedad tropical, de las muchas que he tenido, aunque nunca una venérea”, se confiesa, lo mantuvo meses en Madrid lejos del ruedo. Para matar el tiempo, por placer y divertimento, se impuso escribir una novela. El húsar, el soldado imberbe de la caballería ligera, ávido por entrar en combate y repeler a las huestes napoleónicas, pasó sin pena ni gloria. Tras el golpe de Estado en Túnez en 1987, al reportero lo acechó otro ímpetu literario: nació, así, de un tirón, El maestro de esgrima, una suerte de reescritura de las novelas de Dumas.

Aunque sin ansias de fama -después de todo, era un periodista de fajina, un outsider de las letras-, su tercer libro, tal vez, sosegaría su inventiva. Pero con La tabla de Flandes, éxito descomunal en toda Europa, se fraguaba el Pérez-Reverte novelista.

“Soy un escritor accidental, nunca tuve vocación de ser escritor”, evoca este Athos de las letras, temido articulista y prolífico autor de 25 novelas imperecederas. El cartaginés exhibe los modos de un dandy. Conversa con paciencia de orfebre en un ámbito que desentona con sus recuerdos bélicos. Entre mármoles de arabescato, copas de cristal y una vista soberbia al Río de la Plata, el décimo piso del Hotel Alvear perfila, sin embargo, su presente como megaestrella literaria.

“Es un caballero, pero no es un caballero”, dirá el rey Arturo, al citar a la actriz Gloria Swanson en un film de los años treinta, Esta noche o nunca, sobre su último personaje, Falcó. Una descripción elíptica que también proyecta (o deforma) al audaz ex reportero de guerra, al novelista encumbrado, marino insomne y díscolo académico de la Lengua, que una semana más tarde firmará parado y estoico ejemplares de su obra hasta que las velas se apaguen en la Feria del libro.

Para saber quién es Pérez-Reverte y conocer sus vivencias en la guerra, ¿hay que leer El pintor de batallas?

Mi biografía está repartida en todas mis novelas, porque les presto a mis personajes la mirada que mi vida y mis lecturas me han dejado. Pero El pintor de batallas es una novela autobiográfica. Tiene un cinco por ciento de novelesco: todo lo que cuento, lo que ocurre, las circunstancias, y hasta la mirada del protagonista, son reales.

¿Por qué nunca volviste a abordar ese registro, entre filosófico y confesional, que para muchos es tu obra más deslumbrante?

No fue una novela feliz; pero era lo que necesitaba escribir. Durante un año y medio ajusté cuentas con mis recuerdos. Usé los que no eran agradables, casi como un ejercicio de reflexión personal. Todo ese álbum de fotos oscuras en 21 años de guerra pesaba demasiado y pensé que escribiendo sobre eso, ordenaría la memoria. Si Territorio comanche había sido un libro más lúdico, sobre cómo se vive en ese mundo, El pintor… fue algo mucho más duro y profundo que decía: “Mirad como se ve este mundo”. Esa gimnasia cumplió su cometido y a partir de allí mi vida como novelista cambió. Cerré una puerta y abrí otras. No hubo ni habrá otro libro igual. Escribo para pasarlo bien. Soy un escritor feliz, pero lo soy aún más cuando escribo las historias que quiero y que me faltan contar.

Esa novela contiene una de las escenas sexuales más magistrales de la literatura contemporánea ¿Es un desafío abordar ese terreno?

No, cada novela tiene su exigencia. En Hombres buenos el almirante lee literatura erótica y hay mucha delicadeza. En Falcó, el sexo es más brutal. En El pintor… esa escena en Venecia es intensa, porque su historia de amor lo es. Intento que lo erótico esté en sintonía con el contexto general del libro. Jamás me autocensuro, aunque puedo equivocarme. Y muchas veces dejo que el lector complete las escenas.

Olvido, el gran amor que acecha al protagonista, ¿existió?

Ya no recuerdo si existió o no. Tampoco importa: vida y literatura son una misma cosa.

¿Umberto Eco te marcó como novelista?

No, fue clave por otras razones. Él entendía a la literatura como yo. Cuando empecé a escribir se hacían novelas aburridas; la trama no importaba pero sí el estilo. En la Argentina hay mucho de eso, escritores que no tienen nada que decir. Esa literatura onanista, vaciada de ideas, que se mira al espejo. ¡Y a mí qué coño me importa! Estaba escribiendo La tabla de Flandes y al leer El nombre de la rosa tuve la certeza de que no estaba solo ni equivocado: Que hace falta haber leído mucho para poder escribir. Que el teatro griego, Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Montaigne, Stendhal, todo es un mismo lugar y que El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie es tan obra maestra como La marcha de Radetzky de Joseph Roth. Es como cuando luchas contra un temporal: estás mojado, llevas días sin dormir, tratando de no perderte y, de pronto, ves un puntito en el radar. Otro velero con las velas izadas, peleando como tú. Lo ves, le mandas un mensaje de radio y luego observas cómo se va perdiendo en el temporal hasta desaparecer. Ahí te dices: “No estoy solo”. Así me hizo sentir Eco. “No soy yo el raro, los raros son ellos.”

¿Cuál es el momento de mayor inseguridad al escribir?

Cuando voy por la mitad de la novela. Te pongo otro ejemplo del mar: trazas un rumbo hacia el cabo Spartivento, y de golpe todo se va al carajo: no te funciona la electrónica, sólo tienes la carta náutica, el piloto automático y el compás. Calculas el rumbo, pero llevas navegando un día y ya no sabes si vas bien o vas mal, pero ruegas haber hecho bien los cálculos. Pasa igual en la novela: en la mitad dejo de verla desde afuera y pierdo la conciencia de la calidad de mi trabajo. “Espero haber hecho bien los cálculos -me digo-, porque ya no puedo ver si voy bien o mal y tengo que seguir.” Ese es el momento de incertidumbre que, como todo, se sobrelleva con cojones.

Foto: Martín Lucesole

¿Nunca te hunde?

Es estresante, claro, pero a mí no me hunde nada. Si no lo hizo la guerra, me hundirán los años, pero no la vida.

¿Volverías a elegir esa vida?

Sin duda. La guerra es una forja estupenda para quien sobrevive a ella. Esos años con libros en la mochila me ayudaron a interpretar la guerra, a digerirla de una manera intelectualmente razonable. Les debo todo. Sin eso, no sería escritor ni sería nada. Pero la guerra también es útil y sirve mucho para la paz. Te inyecta realidad en dosis muy intensas y si tienes estómago y una buena constitución, la soportas. Ves lo peor y ves lo mejor. Gente solidaria que se sacrifica, que tiene fe, valor, dignidad, orgullo. La guerra tiene una parte horrible y una parte nutritiva para quien sabe o puede mirarla con lucidez. Pero si eres cirujano de casos extremos, abogada de mujeres violadas, bombero o policía, también te acercas al horror.

¿Te dejó traumas?

No visibles, al menos. Pero no todos logran sobrevivirla emocionalmente. Soy un tipo estable, duermo bien. Cuando los recuerdos se hacen demasiado presentes, cojo un libro o voy a navegar y todo se sitúa de nuevo en su sitio.

¿La imaginación no basta para escribir, hay que vivir primero?

Sí. Hice bien en priorizar eso. Yo quería ir a la guerra y navegar; ver cómo era eso. Siempre elegiría la experiencia. Escribir es secundario. Haber tenido una vida intensa te mantiene vivo como escritor. Muchos están muertos sin saber que lo están. Porque en la vida todo se agota. La ventaja es tener la mochila llena y seguir siendo lector, porque tus viejas lecturas se resignifican con tu biografía.

Foto: Martín Lucesole

¿La de los Balcanes fue tu guerra más atroz?

En todas vi lo peor. En El Salvador daba la vuelta por los basureros y contaba siete cadáveres de niños atados con alambre, quemados con cigarrillos. En el Líbano vi matar prisioneros. Pero los Balcanes fueron muy fatigosos: tres años de continua barbarie.

Nunca quedó claro si usaste armas.

Sólo una vez, por necesidad, en el 77, en Eritrea. No me gusta contarlo. Fue una derrota devastadora. Las fuerzas etíopes atacaron, hubo una matanza y había que huir hacia la frontera con Sudán. “Toma un arma y búscate la vida -me dijeron-. No podemos cuidar de ti”. Luchamos con un grupo para abrirnos paso hasta cruzar la frontera. No recuerdo si llegué a tirar. Sí que como iba armado, los sudaneses me confundieron con un mercenario y me encarcelaron una semana en Sudán. Además, tenía disentería; podría haber muerto. Si hay que ir al infierno, ya sé cómo es.

En tus novelas asoma cierta mirada indulgente hacia aquel que comete atrocidades.

No es eso. He visto a gente infame hacer cosas maravillosas y a amigos hacer canalladas. En Eritrea, durante los combates, me asignaron un soldado, Boldai, que me cuidaba cuando enfermé. Boldai atravesaba el fuego etíope para buscarme agua. Cuando su ejército tomó la ciudad, lo vi matar prisioneros y violar mujeres delante de mí. Sé cómo ellas gritan cuando las violan y cómo luego se resignan. Y ese tipo era mi amigo.

¿Cuál fue tu reacción?

Imagínate una ciudad ardiendo, llena de muertos, donde se remataban a los heridos y yo diciéndole al eritreo: “Oye, no, eso está mal”. ¿Qué podía hacer salvo negarme a participar? Ellos insistían. Muy pocas certezas sobreviven a eso. No puedes pedirme que vea el mundo como alguien que no ha estado allí. Tampoco se lo puedes pedir a un ex combatiente de Malvinas. Otra cosa que he aprendido es que el remordimiento es muy raro y es fugaz. Por higiene mental, siempre se encuentra un justificativo para no sufrir. Y al final todo el mundo -desde aquel que va borracho y atropella a un niño al que mata para robarte el reloj- encontrará un pretexto para alivianar esas cargas en la conciencia.

¿Cuáles son las tuyas?

No te las voy a contar a ti. Más que cosas malas en mi vida como reportero fueron las cosas que podría haber hecho y no hice. Son imágenes que me revisitan y que, como todos, también necesito justificar: tenía que transmitir, no era mi guerra, me hubieran matado. Las chicas violadas que gritaban en Eritrea, ¿qué iba a hacer? Por poco me matan a mí también. Pero los gritos siguen aquí [se toca la cabeza]. El niño herido que me miraba en Nicosia [Chipre] con el oso de peluche; el chico en Paso de Las Yeguas [Nicaragua] que me pedía ayuda cuando diez tíos de Somoza se lo llevaban y lo iban a matar; el perro en Beirut con la pata rota. ¿Pude hacer algo? Hasta yo mismo me busco coartadas morales. Imagínate ahora al hijo de puta de la ESMA. Ninguno tiene remordimientos. Todos dirán que hacían su deber y cumplían órdenes.

Un concepto muy revertiano, el hombre como ángel y bestia.

Nadie es ciento por ciento hijo de puta. Hasta el más miserable es capaz de un acto de grandeza, lo cual no lo excusa de ser un hijo de puta. Mira, en el año 78 viajé a la Antártida en un barco de la Armada, el Bahía Buen Suceso, hundido por los ingleses después de la guerra de Malvinas. Era un viaje científico a las bases argentinas y ahí conocí a varios oficiales jóvenes encantadores de la marina. Tipos elegantes, brillantes, divertidos y nos hicimos muy amigos. Me daban información, viajamos a varios sitios y cenábamos en la Costanera. Algunos fueron mis contactos durante la guerra de Malvinas. Años después, abro el periódico y reconozco sus fotos. El titular decía: “Detuvieron a los represores de la ESMA”. Eran Ricardo Cavallo, a quien conocía como Marcelo, y otros. Esto demuestra que no siempre identificas el mal cuando lo tienes cerca. Y eso que soy experto en detectar hijos de puta. A éstos ni los olí.

Foto: Martín Lucesole

¿Cómo fue tu experiencia en Malvinas?

Cubrí la guerra desde Buenos Aires, me quedé seis meses y una vez me llevaron en un Hércules a Puerto Argentino por el día. Mi experiencia no fue halagadora para la Argentina. Vi chicos desorientados en una guerra imposible de ganar. Recuerdo menos el hecho de haber estado en las islas aquel día que lo que sucedía aquí. Trasmitía cada noche para el diario Pueblo desde un Entel de la calle Florida y días antes del fin de la guerra venía por la calle y oí que en los bares todos gritaban goool. Mientras los chicos están muriendo -pensaba-, éstos celebran el gol de Maradona. Ese día comprendí que la Argentina iba a perder y que merecía perder. Siempre he procurado no tomar partido en las guerras, ya que todos los bandos tienen motivos para hacer lo que hacen. Pero en Malvinas sin querer lo tomé. Esos pilotos llamados Sánchez, Pérez, de bigotes, peinados para atrás, que iban con esos cojones contra la flota inglesa, eran italianos, españoles, eran mis primos, mis hermanos. No podía evitar tener esa proximidad psicológica con ellos. ¿Y si ganan? -pensaba-. Estos hijos de puta de la Junta Militar van a estar reforzados. Un día llamé exultante al diario: “Le hemos dado a la Invencible”, dije. “Le habrán dado, querrás decir”, me corrigió. Era mi guerra también, algo rarísimo. Al margen de que los ingleses me caen bastante mal.

¿Por qué dejaste El bar de Lola, tu espacio de debate los domingos en Twitter?

Porque me cansé de que un simple tuiteo se convirtiera en titular de prensa todos los lunes. Era ridículo que una cosa dicha en tono relajado se tradujera luego en Pérez Reverte insultó a una feminista. Mis lectores saben quién soy, no se guían por un tuit. Y para el que no entienda, que lea y aprenda. Era fatigoso tener que explicar cosas obvias. Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos, gente con ideología pero sin biblioteca, y pocos jerarquizan. Es el lector el que debe discernir e interpretar. Dan igual valor a una feminista de barricada que a un premio Nobel.

¿Tiene utilidad hacerse de enemigos?

Es inevitable. Sin querer vas haciéndolos, porque la vida significa tomar opciones. Pero el enemigo es útil. Es como el mar, que es muy hijo de puta. Saber que lo es, que está ahí esperando que cometas un error para acabar contigo, te da, como decía Conrad, una saludable incertidumbre. No te duermes nunca. Cuando navego solo, pongo el piloto automático y un despertador cada 15 minutos. Duermo en cubierta atento a los mercantes. El saber que estoy en peligro, me mantiene vivo. La vida es igual: saber que hay enemigos te ayuda a cuidarte más. A recordar que el mundo es un lugar peligroso y que debes estar alerta, adiestrado, listo para combatir.

¿No es extenuante?

No para un guerrero. El mundo se divide entre sacerdotes y guerreros: los que manipulan sin correr riesgos y los que los asumen. A mí me gusta pelear.

Las feministas te asedian.

Las más radicales, que como los fundamentalistas de cualquier tipo, son muy folclóricas. Es ahí cuando la estupidez me enfada. Si me hubieran leído, sabrían que en mis novelas las mujeres superan al hombre. El único tipo de mujer que me interesa, literaria o personalmente, es la mujer valiente. No es el amor ni el sexo lo que las perfila, sino la lealtad. Es gente a la que consideras un igual.

¿Fuiste un niño feliz?

Muy feliz. Crecí con la biblioteca de mis abuelos y de mi padre, con libertad, junto al Mediterráneo. Era una época en la que se podía correr sin peligro por el campo, ir a las montañas, a la playa. Andaba horas por los montes jugando a lo que había leído. Esa mezcla de libertad infantil y de lecturas -era muy imaginativo- fueron mi forma de comprender el mundo. Estudié con los hermanos maristas, pero casi todo lo aprendí en casa.

¿Quién te enseñó a navegar?

Mi tío era capitán de la marina mercante y desde muy pequeño mi padre, que era ingeniero, me llevaba a navegar. Trabajaba en una refinería de petróleo y se embarcaba hacia Arabia Saudita, Irak para comprobar la calidad del crudo en los pozos. Crecí entre cuentos de mar y ajedrez. Ya de chico no veía al mar como un límite, sino como un camino. Nunca me sentí tan bien como el día en que conseguí ser capitán de yate, el título máximo para un civil. Más que los libros que escribí, ése es mi mayor orgullo.

¿Qué tipo de travesías hacés?

Hace poco fui a Cerdeña y volví. Como no tengo jefes, me voy a Alicante y zarpo desde allí. Puede ser un par de días hasta un mes. Navego todo el año, con buen o mal tiempo, me da igual. El mar limpia la cabeza y allí todo deja de tener importancia: Rajoy, la capa de ozono, el fin del mundo. Sólo eres libre de verdad en ese desierto que es el mar.

¿Tenés hermanos?

Sí, un hermano y dos hermanas, soy el mayor. Nunca hablo de la retaguardia.

¿Por qué?

Porque, como decía un amigo: “Que los divierta su puta madre”.

¡Qué lástima! Tus novelas y relatos tuvieron 13 adaptaciones al cine y a la TV. ¿La literatura está condenada a migrar hacia la pantalla?

Sí. La narrativa, como la novelística, en una generación estarán muertas. Si fuera un joven escritor, con ambición literaria, escribiría guiones para series. El guión tiene el mismo valor literario que la novela, sólo que en él interviene más gente. Ya quisiéramos tener en literatura la misma calidad que hoy tienen muchas series. El mundo que viene es audiovisual. La letra impresa está condenada a desaparecer. Tardará más o menos. Pero no hay que dramatizar.

¿La alta cultura volverá a ser para una elite?

Creo que habrá una diferenciación clara: una cultura popular de masas, más mediocre, diluida, pasteurizada y otra de elite, de consumo personal, fragmentada en individuos. Una suerte de gueto de culto individual como en plan monacal: el individuo con su biblioteca, su música y sus consumos personales. La cultura tal y como la hemos entendido desde Homero hasta ahora, como mecanismo que tira de la sociedad, como referencia moral, intelectual y salvación del hombre, está condenada a muerte. Creo que trasmutará en una especie de híbrido, donde se mezclarán Borges con la telenovela mexicana; la Mona Lisa y la Venecia de turistas. Será una cultura sin jerarquización, donde para la gente tendrá igual importancia una selfie en la torre Eiffel que asistir a un concierto en la Ópera de Viena. La paradoja es que la cultura ha accedido a lugares impensados, pero todo ha debido devaluarse para tornarse accesible, con lo cual lo positivo de la cultura se pierde.

¿La salvación es entonces individual?

Sí. La salvación colectiva es imposible. Lo he visto, no es teoría. ¿Quiénes se salvan? Los más listos, más egoístas, hábiles y rápidos. Eso también lo aprendí en el mar: el primero que muere es el idiota. Y si el estúpido es el que promueve el nivel de salvación, estamos todos condenados. Hay que apartarse de él y buscar tu propia salida.

Como España, la Argentina tiene un pasado traumático no resuelto. ¿Es una entelequia aspirar a una historia más neutral para las próximas generaciones?

Eso se logra con cultura, entendiendo que todos tienen muertos en el armario. No hay que negarle al malo que hable. Si Hitler diera hoy una conferencia, habría que ir a oírlo. Pero hoy se confunde diálogo con apostolado, sin tener en cuenta de que todo sirve para comprender. En Sarajevo le pagué a un francotirador para que me dejara acompañarlo. Me contó por qué mataba y cómo elegía a sus víctimas. Si hubiera dicho a éste no lo saco en el telediario, habría renunciado a ese conocimiento. Nunca vas a convencer a un hijo de puta de que no lo sea, pero puedes entender por qué lo es y de esa forma evitar cruzarte con él.

Hoy eso no es políticamente correcto, aunque es la regla del periodismo.

Me da igual. Lo difícil es complejo, la gente no acepta las ambigüedades porque no es culta. He escuchado a asesinos, torturadores, criminales, y eso me ha enriquecido. Pero para eso hay que estar educado. Porque si te acercas sin nada, la vida te arrastra. Hay que ser alumnos continuos de la vida. Europa está acabada por esa carencia.

¿El islam es la otra amenaza?

El islam es una norma medieval incompatible con un mundo democrático moderno. Es anacrónico y su aplicación a un sistema democrático occidental basado en Platón, la Revolución Francesa, el feminismo y los derechos humanos, es incompatible con la libertad.

Cultura, inteligencia o belleza, ¿qué valorás más?

¿A qué edad? Varía, hay momentos para cada cosa. Puedes empezar por la belleza, seguir por la cultura y llegar a la inteligencia. Pero después de esa tercera etapa, vuelve la belleza. Es una belleza diferente, matizada por la cultura y la inteligencia, y eso la convierte en una belleza distinta. A mi edad busco la fusión de las tres en todas las cosas.

1951

Nace en Cartagena, España, el 25 de noviembre

1973

Licenciado en periodismo, ingresa como corresponsal de guerra en el diario Pueblo

1990

Publica La tabla de Flandes, se proyecta internacional-mente como novelista y cubre la revolución de Rumania y las guerras de Mozambique y del Golfo

1994

Tras 21 años como corresponsal y luego de cubrir durante tres años la guerra de los Balcanes, abandona la TVE y se dedica de lleno a la literatura

1996

Publica El capitán Alatriste, saga de siete novelas, traducida a 40 idiomas, cuyo primer volumen es adaptado al cine, protagonizado por Viggo Mortensen

1999

Roman Polanski lleva al cine El club Dumas, bajo el título La novena puerta

2003

Es nombrado miembro de la Academia Real Española y al año siguiente adapta el Quijote como lectura escolar

2016

Publica Falcó y funda el sitio cultural Zenda sobre libros y escritores

2017

La agencia EFE le concede el Premio Don Quijote de Periodismo

El futuro

En septiembre publicará su segunda novela sobre Falcó; se estrenará la segunda parte de La Reina del Sur, en formato de serie y el film Oro, basado en su relato de la conquista de América

Carta al FMLN: Están quedando solos, camaradas. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 27 septiembre 2016 / EDH

Estimados amigos militantes del Frente:
No sé hasta cuándo lo pueden negar sus dirigentes, pero ustedes se están quedando solos en el mundo. Sus principales aliados, ídolos ideológicos y financistas están en serios problemas o agarran otros caminos. Están demasiado ocupados para sobrevivir (algunos para no ir a la cárcel o para tener que buscar ‘asilo político, como lo hizo su primer presidente, Mauricio Funes de ingrata recordación), para poderles ayudar con dinero, apoyo político y fuerza ideológica.

diario hoyEn Brasil, Dilma Rousseff y el PT están fuera del poder, por manejar mal la misma crisis fiscal que ustedes también están enfrontando sin saber cómo solucionarla. Y Lula está enfrentando juicios de corrupción que lo pueden llevar a la cárcel, pero seguramente liquidarán su capital político como líder creíble de la izquierda. Lo ismo está pasando a su gran amiga Cristina Kirchner en Argentina, quien luego de haber perdido las elecciones está siendo abandonada por su propio partido en la lucha que le tocará ante la justicia.

En Nicaragua, Daniel Ortega dio un paso falso hacía el desmontaje de la democracia, y ahora enfrenta un boicot financiera por parte de Estados Unidos y los organismos internacionales, precisamente cuando el presidente Sánchez Cerén está pidiendo ayuda en Washington para salvar su gobierno.

En Cuba, el papa emérito de la izquierda latinoamericano Fidel sigue hablando de revolución y solidaridad, mientras su hermano Raul está haciendo las paces con Estados Unidos y abre el camino para una transición al capitalismo.

En Venezuela, el chavismo (el ‘faro’, que durante años ha iluminado y financiado al FMLN) enfrenta ahora ya no un movimiento opositor, sino a una movilización popular contra la miseria, la corrupción y la ruptura de la Constitución. El régimen fundado por Hugo Chávez, quien siempre supo movilizar a los pobres resentidos de su país para dar sostén a su ‘revolución bolivariana’, hoy se topa con la ira de los barrios, que siempre han sido baluartes chavistas impenetrables para la oposición.

Y la situación económica, que los chavistas han provocado en Venezuela, es tan dramática que incluso el actual gobierno de Maduro tuvo que cerrar el chorro de dólares y petróleo barato, que Chávez abrió para apoyar a los partidos alienados al ALBA y así convertir a Venezuela en una potencia regional. Siguen sosteniendo (transitoriamente y de manera reducida) la economía de Cuba, pero para poder hacerlo han tenido que sacrificar a sus ‘amigos’ en Bolivia, Ecuador, Nicaragua… y El Salvador.

Les quedan a ustedes sus fieles ‘aliados’ Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, ¿pero qué apoyos pueden esperar de ellos, a parte de sermones del ‘buen vivir’? Nada, porque con los cambios en Argentina, Brasil, Venezuela y Cuba ellos han quedado igual de abandonados y huérfanos que ustedes mismos.

Triste panorama para un partido que a la mitad de su segundo gobierno está agotado de soluciones, incluso de discursos, condenado a administrar por dos años y medio la crisis de seguridad y el descalabro fiscal, teniendo que pedir cacao a la oposición, a la empresa privada, al Fondo Monetario Internacional (el símbolo de imperialismo y neoliberalismo en su discurso ideológico de décadas) y a Washington…

Sus dirigentes ni siquiera siguen siendo dueños del imperio ALBA, que José Luis ‘Ramiro’ Merino ha construido con los petrodólares venezolanos. De este imperio quedará una cadena de gasolineras adornadas por la estrella del Frente, pero propiedad de los venezolanos, quienes necesitan recuperar algo de sus inversiones en El Salvador. Y el comandante ‘Ramiro’, durante años el paymaster y hombre fuerte del FMLN, ha desaparecido de la escena pública, seguramente para planear su defensa (o su asilo) para el momento que al fin le alcancen los casos de corrupción que ventila la fiscalía.

Se acabó la fiesta, camaradas. O regresan a la realidad y negocien con la oposición una transición que les puede asegurar un futuro como oposición consolidada, o se hunden como sus falsos a amigos del Sur.

Piénsenlo, amigos en el Frente, comiencen a movilizar energía renovadora, antes de que sea tarde. Tal vez haya futuro para una izquierda salvadoreña que se libere del autoritarismo. Muchos estaríamos dispuestos a ayudarles. Saludos,

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¿Fracasó la izquierda latinoamericana? De Martín Caparrós

Rachel Levit

Rachel Levit

Martín Caparrós, 16 septiembre 2016 / THE NEW YORK TIMES

NEW YORK TIMESYa no sé cuántas veces lo he visto escrito, lo he oído repetido: está por todas partes. La frase se ha ganado su lugar, el más común de los lugares, y no se discute: la izquierda fracasó en América Latina.

Es poderoso cuando un concepto se instala tanto que ya nadie lo piensa: cuando se convierte en un cliché. El fracaso de la izquierda en América Latina es uno de ellos. El fracaso de los gobiernos venezolano, argentino o brasileño de este principio de siglo es evidente, y es obvio que sucedió en América Latina; lo que no está claro es que eso que tantos decidieron llamar izquierda fuera de izquierda.

Hubo, sin embargo, un acuerdo más o menos tácito. Llamar izquierda a esos movimientos diversos les servía a todos: para empezar, a los políticos que se hicieron con el poder en sus países. Algunos, en efecto, lo eran —Evo Morales, Lula— y tenían una larga historia de luchas sociales; otros, recién llegados de la milicia, la academia o los partidos del sistema, simplemente entendieron que, tras los desastres económicos y sociales de la década neoliberal, nada funcionaría mejor que presentarse como adalides de una cierta izquierda. Pero las proclamas y la realidad pueden ser muy distintas: del dicho al lecho, dicen en mi barrio, hay mucho trecho.

La discusión, como cualquiera que valga la pena, es complicada: habría que empezar por acordar qué significa “izquierda”. Es un debate centenario y sus meandros ocupan bibliotecas, pero quizá podamos encontrar un mínimo común: aceptar que una política de izquierda implica, por lo menos, que el Estado, como instrumento político de la sociedad, trabaje para garantizar que todos sus integrantes tengan la comida, salud, educación, vivienda y seguridad que necesitan. Y que intente repartir la riqueza para reducir la desigualdad social y económica a sus mínimos posibles.

Creo que, en muchos de nuestros países, poco de esto se cumplió. Pero creer y hablar es relativamente fácil. Por eso, para empezar a pensar la cuestión, importa revisar las cifras que intentan mostrar qué hay más allá de las palabras discurseadas. Por supuesto, el espacio de un artículo no alcanza para un recorrido completo: cada país es un mundo. Así que voy a centrarme en el ejemplo que mejor conozco: la Argentina del peronismo kirchnerista.

Primero, las condiciones generales: entre 2003 y 2012 el precio de la soja, su principal exportación, llegó a triplicarse. Los aumentos globales de las materias primas ofrecieron a la Argentina sus años más prósperos en décadas. Con esa base privilegiada y 12 años de discursos izquierdizantes, Cristina Fernández de Kirchner dejó su país, en diciembre pasado, con un 29 por ciento de ciudadanos que no pueden satisfacer sus necesidades básicas: 10 millones de pobres, dos millones de indigentes. El 56 por ciento de los trabajadores no tiene un empleo estable y legal: desempleados, subempleados, empleados en negro y en precario. Un tercio de los hogares sigue sin cloacas y uno de cada diez no tiene agua corriente. Y hay casi cinco millones de malnutridos en un país que produce alimentos para cientos de millones, pero prefiere venderlos en el exterior.

Aunque, por supuesto, el relato oficial era otro: en junio de 2015, la presidenta Fernández dijo en la Asamblea de la FAO que su país sólo tenía un 4,7 por ciento de pobres; su jefe de gabinete, entonces, dijo que la Argentina tenía “menos pobres que Alemania”. Para conseguirlo, su gobierno había tomado, varios años antes, una medida decisiva: intervenir el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos y obligar a sus técnicos a producir datos perfectamente inverosímiles.

Pese a los discursos, en los años kirchneristas también aumentó la desigualdad en el acceso a derechos básicos como la educación y la salud. En 1996, el 24,6 por ciento de los alumnos iba a escuelas privadas; en 2003 la cifra se mantenía; en 2014 había llegado al 29 por ciento. Los argentinos prefieren la educación privada a la pública, pero no todos pueden pagarla: su uso es un factor de desigualdad importante, y creció un 20 por ciento en estos años.

En 1996 la mitad de la población contaba con los servicios médicos de los sindicatos, el 13 por ciento un plan médico privado y el resto, el 36 por ciento más pobre, se las arreglaba con la salud pública. La proporción se mantiene: entre 15 y 17 millones de personas sufren la medicina estatal, donde tanto funciona tan mal. Es la desigualdad más dolorosa, como bien pudo ver la presidenta Fernández cuando —diciembre de 2014— se lastimó un tobillo en una de sus residencias patagónicas y la llevaron al hospital provincial de Santa Cruz. Allí le explicaron que no podían curarla porque el tomógrafo llevaba más de un año roto, y la mandaron en avión a Buenos Aires, 2.500 kilómetros al norte.

Mientras las diferencias entre pobres y ricos se consolidaban, mientras la exclusión de un cuarto de la población producía más y más violencia, las grandes empresas seguían dominando. En agosto de 2012 Cristina Fernández lo anunciaba sonriente: “Los bancos nunca ganaron tanta plata como con este gobierno”. Era cierto: en 2005 se llevaban el 0,33 por ciento del Producto Interno Bruto; en 2012, más de tres veces más. Ese mismo año el Fondo Monetario Internacional informaba que la rentabilidad sobre activos de los bancos argentinos era la más grande del G-20, cuatro veces mayor que la de los vecinos brasileños. Y la economía en general siguió con la concentración que había inaugurado el menemismo: en 1993, 56 de las 200 empresas más poderosas del país tenían capital extranjero y se llevaban el 23 por ciento de la facturación total; en 2010 eran más del doble —115— y acaparaban más de la mitad de esa facturación.

Y esto sin detenerse en el sinfín de corruptelas que ya colman los tribunales de justicia con ministros, secretarios, empresarios amigos, la propia presidenta. ¿Se puede definir “de izquierda” a un grupo de personas que roba millones y millones de dineros públicos para su disfrute personal?

Ni detenerse en la locura personalista que hace que estos gobernantes –y por supuesto la Argentina– identifiquen sus políticas consigo mismos. ¿Se puede definir “de izquierda” a una persona que desprecia tanto a las demás personas como para creerse indispensable, irreemplazable?

Son más debates. Mientras tanto, sería interesante repetir la operación en otros países: comparar también en ellos las proclamas y los resultados. Quizás allí también se vea la diferencia entre el reparto de la riqueza que llevaría adelante un gobierno de izquierda y el asistencialismo clientelar que emprendió éste. Quizás entonces se entienda por qué, mientras algunos de estos gobiernos se reclamaban de izquierda, sus propios teóricos solían llamarlos populistas, una tendencia que la izquierda siempre denunció, convencida de que era una forma de desviar los reclamos populares: tranquilizar a los más desfavorecidos con limosnas —subsidios, asignaciones— que los vuelven más y más dependientes del partido que gobierna.

Pero el lugar común pretende que lo que fracasó fue la izquierda –y eso les sirve a casi todos. A aquellos gobiernos, queda dicho, o a sus restos, para legitimarse. Y a sus opositores del establishment para tener a quien acusar, de quien diferenciarse, y para desprestigiar y desactivar, por quién sabe cuánto tiempo, cualquier proyecto de izquierda verdadera.

Lea lo nota de Jorge Castaneda:

Nueve millones, tres monjas y el fin de una época. De Martín Caparrós

José Lopez, exsecretario de Obras Públicas en Argentina, es escoltado por las fuerzas especiales el jueves 16 de junio. A. B AFP

José Lopez, exsecretario de Obras Públicas en Argentina, es escoltado por las fuerzas especiales el jueves 16 de junio. A. B AFP

José López, exsecretario de Estado de Obras Públicas en Argentina, escondía grandes cantidades de dinero, armas y relojes en un convento.

martin caparrosMartín Caparrós, 18 junio 2016 / EL PAIS

El episodio fue un Berlanga de ocasión: en los suburbios turbios de Buenos Aires, una noche de invierno, un señor bajito se baja de un gran coche con varios bolsos en las manos, trastabilla, toca el timbre de un convento; espera, nervioso, no le abren. En el monasterio de las Hermanas Orantes y Penitentes de Nuestra Señora de Fátima viven tres monjas muy viejitas, con problemas de sueño: suelen tomar pastillas. El señor, desesperado, lanza los bolsos sobre el muro, salta; un vecino lo ve y, preocupado por las monjitas, llama a la policía. Suenan sirenas, llegan dos patrulleros, el señor sale, se identifica: es José López, secretario de Estado de Obras Públicas durante los Gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. La policía le pregunta qué hay en esos bolsos; nada, unos papeles. Los abren: los fajos de dólares rebosan. El señor exsecretario les ofrece dinero para que olviden y se vayan: es el procedimiento acostumbrado. Por alguna razón no se lo aceptan.

el paisEn los bolsos había 90 kilos de billetes: nueve millones de dólares, euros, yuanes, relojes de lujo, una ametralladora; ahora José López está preso y su abogada —una cantante de cumbia que se ha hecho fotos con poca ropa en revistas al uso— lo quiere hacer pasar por perturbado. El que está perturbado por el hecho es el país: la farsa trágica del convento de Fátima parece ser el desastre final del kirchnerismo. Hay quienes lo celebran: el Gobierno y sus defensores, por supuesto. Pero también la izquierda, las fuerzas que buscan algún cambio.

El kirchnerismo fue lo peor que le pasó a la izquierda argentina desde la dictadura militar. No sólo terminó convenciendo a millones de votar a la derecha y el centro –en las últimas elecciones, el 90 por ciento de los argentinos lo hizo– sino que volvió sospechoso cualquier discurso de justicia social, redistribución de la riqueza y otras aspiraciones: los usó como pura retórica mientras mantenía las injusticias y la pobreza, y ahora suenan a chistes gastados. Pero, sobre todo, arrastró tras de sí a miles de jóvenes bienintencionados, desvió las energías de cambio de toda una generación y las puso al servicio de sus falsificaciones.

La farsa Fátima ha dejado, por fin, completamente al descubierto la gran farsa. Pocos imaginan que López, que formó parte del círculo íntimo de los Kirchner desde 1994, haya podido actuar sin su aprobación. Acorralada, Cristina Fernández ahora se empeña en demostrar que no es ladrona sino tonta: que sus funcionarios más cercanos robaban sin parar y medio país lo sabía pero ella no. Sea lo uno o lo otro, su tiempo terminó.

Ya se ve: sus seguidores más conspicuos hablan de desaliento, indignación, vergüenza. Se pasaron 12 años sin querer creer que sus jefes no hacían lo que decían y hacían sobre todo lo que no podían decir. Se escudaron, para eso, tras el argumento de que las denuncias eran infundios de la maldita prensa; ahora, la imagen del secretario saltando la tapia mata cualquier excusa.

El hormiguero después de la patada: el resultado de la farsa Fátima será, a mediano plazo, mucha energía social en busca de caminos nuevos, muchos jóvenes que quisieron creer mascando su desaliento y pensando si podrán volver a creer y, en tal caso, qué. Donde se alzaba un muro ahora hay un espacio abierto, las posiciones empiezan a redefinirse. En unos años sabremos cómo será el nuevo capítulo que los 90 kilos de billetes del señor bajito están abriendo en la política argentina.

La transitoriedad del poder. De Héctor E. Schamis

En Argentina y Venezuela, el gran triunfador es la idea de la alternancia.

Hector-SchamisHéctor E. Schamis, 12 diciembre 2015 / EL PAIS

el paisLa democracia se funda y se recrea en base a la alternancia, noción según la cual el poder no es propiedad de ningún partido, grupo, familia o persona. Por el contrario, es un recurso compartido colectivamente y transferible por medio del sufragio universal. Como tal, es transitorio y regulado por un conjunto de normas constitucionales.

En los sistemas parlamentarios el gobierno puede terminar en cualquier momento. Solo es necesario un voto de no confianza para hacer efectivo el principio de la alternancia. El gobierno se disuelve y uno nuevo se forma, ya sea en el Parlamento o por medio de elecciones anticipadas. En los presidencialismos, por su parte, el tiempo en el poder y el calendario electoral son fijos. Pensado como una alternativa a la monarquía, un presidencialismo sin limites de tiempo en el poder terminaría siendo exactamente eso, un régimen monárquico y con rasgos marcadamente despóticos.

Evocar la historia sirve para entender el capricho,
el cinismo, el chantaje y la arrogancia de los oficialismos
derrotados hoy en Argentina y Venezuela

Las autocracias no comulgan con estos principios, pero no obstante muchas de ellas han contado con mecanismos institucionales para enfrentar el inevitable problema de la sucesión. No siendo por convicción, una cierta alternancia ocurre por imposición del almanaque—la vida de un individuo es efímera en términos del tiempo político—tanto como por la necesidad de todo sistema de gobierno de renovarse, incluso las dictaduras.

En el sistema soviético el comité central del partido-Estado se encargaba de la sucesión, una decisión de los jerarcas. Franco restauró la monarquía como regla sucesoria, que derivó en democracia. Pinochet lo hizo por medio de un plebiscito estipulado en la constitución que él mismo escribió. Típicamente, los regímenes militares resolvían la sucesión por medio de decisiones colegiadas de los altos mandos. En la Indonesia de Suharto existían tres partidos políticos que competían entre sí en elecciones regulares. Los tres respondían al dictador, una eficaz mímica de alternancia democrática que duró más de dos décadas.

En notable contraste, los bolivarianos, el ALBA y otros autoritarismos afines no han siquiera pensado en una regla sucesoria, una rutina para enfrentar al implacable paso del tiempo. El ejemplo de la complicada sucesión de Chávez ilustra el punto con elocuencia. El lector dirá que ello es por ser populistas, pero ese es el error de la época: usar el término populismo para todo, tanto que no significa nada.

De hecho, el populismo era más cuidadoso en estas lides. Getúlio Vargas dejó dos partidos detrás, el PSD y el PTB. El PRI respetaba la norma de no reelección presidencial. El peronismo resolvió la crisis de la muerte de su fundador creando un partido político, con elecciones internas y que ganó y también perdió elecciones nacionales. Eso desde 1983 y hasta la llegada del kirchnerismo en 2003.

Evocar la historia sirve para entender el capricho, el cinismo, el chantaje y la arrogancia de los oficialismos derrotados hoy en Argentina y Venezuela. Cristina Kirchner boicoteó la asunción de Macri, incumpliendo sus obligaciones institucionales y amenazando al gobierno entrante. Maduro acusó al pueblo de votar contra sí mismo, en una sorpresiva utilización de la noción de falsa conciencia. Vengativo, además, anunció que no va a construir las viviendas programadas, ello como represalia por el resultado electoral.

Lo notable no es solo el autoritarismo sino la degradación institucional causada por la concepción patrimonialista del poder. Kirchner, Maduro y Cabello pierden los estribos porque su generosidad paternalista recibe la ingratitud como respuesta, bajo la forma de una inconcebible derrota. Rechazan la alternancia no por poseer una elaborada ideologia anti-liberal, sino porque están convencidos que el poder les pertenece por derecho. No piensan en el desafío de la sucesión politica porque los bienes se heredan.

El nepotismo aquí es el orden natural de las cosas, la garantía de la estabilidad que se deriva de la concentración endogámica del poder del Estado. Por ello no son capaces de imaginar que ese poder termine en manos de otro. Si sucede, es ilegítimo. Esas manos son, necesariamente, las de un usurpador. Macri y la MUD acaban de cometer un delito: han hurtado el poder.

Más que nunca, seguirán hablando de golpes destituyentes. De otro modo deberían reconocer que perdieron en elecciones libres. Salvo que uno piense como ellos, quienes continúan repitiendo aquello del “giro a la derecha” en la región, por favor, ¡ya basta! Luego de la liberacion de los presos de conciencia, pocas cosas en la política son más progresistas que la alternancia en el poder.

@hectorschamis