¿El final de la postguerra? De Manuel Hinds

8 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Los países necesitan una narrativa, y todos eventualmente generan una. El Presidente electo Nayib Bukele pareció marcar un hito en nuestra narrativa cuando, en la proclamación de su victoria, dijo que ella representaba el final del largo conflicto entre las derechas y las izquierdas que había consumido las energías de varias generaciones, primero en una guerra y luego en una paralizante posguerra. Esta observación tocó una fibra en mucha gente que identifica la narrativa de nuestro pasado reciente como la de ese conflicto ideológico interminable que se había personificado en los dos partidos políticos que lo han protagonizado desde los años ochentas. En esa narrativa lo importante era ese conflicto, esa polarización concretada en dos específicos partidos políticos. La idea del Presidente electo era que, habiendo derrotado a esos dos partidos, la polarización que ha hecho tanto daño al país quedaba anulada, igual que las diferencias de opinión entre gente de izquierda y de derecha. Dicho en palabras que se usaban en el siglo pasado, la idea es que “muerto el perro (ARENA y el FMLN) se acabó la rabia (la polarización ideológica)”.

Pero hay otra narrativa que puede describir los hechos del pasado reciente de una manera más ajustada a la realidad pasada y futura. Esa narrativa es que los Acuerdos de Paz que terminaron con la guerra nunca se orientaron a eliminar las diferencias de opinión entre la derecha y la izquierda, sino a crear instituciones que canalizaran estas diferencias, y otras que puedan existir en otras dimensiones no ideológicas, de una manera pacífica y democrática. Estas instituciones eran necesarias porque lo que había prevalecido en nuestro país habían sido regímenes en los que un caudillo (sobre todo en el siglo XIX y principios del XX) o un grupo de militares (desde Martínez hasta principios de los años Ochenta) imponía su voluntad sobre el pueblo basados no en la ley, sino en la fuerza. La idea de enfocarse en establecer estos procesos democráticos y las instituciones que los sostienen fue muy sabia, porque es evidente que los conflictos (ideológicos o de otra índole) son inevitables en los conglomerados humanos, por lo que tratar de evitarlos diseñando una sociedad perfecta es imposible. Lo que sí se puede hacer es manejar eficientemente estos conflictos, asegurando que se resuelven democráticamente y respetando los derechos fundamentales de todos los ciudadanos.

La guerra terminó cuando los conflictos dejaron de dirimirse a balazos en la guerra y comenzaron a dirimirse a través de las instituciones democráticas. Aunque ha habido muchos problemas, ese proceso ha sido muy exitoso, como lo ha demostrado, en una de las dimensiones del estado, la manera impecable con la que se realizaron las elecciones, que contrasta con los problemas que tienen Venezuela, Nicaragua y Honduras para arreglar la transmisión del poder, comenzando por la voluntad de los presidentes de no abandonar la presidencia aunque tengan que acudir a la fuerza y a la sangre. Hay muchas instituciones, como la libertad de prensa, que funcionan muy bien el país, a diferencia de otros países y a diferencia de lo que era El Salvador hasta los Ochenta.

En términos del desarrollo del país, esta narrativa es mucho más importante que la que se centra en el conflicto entre ARENA y el FMLN, que siempre puede ser reemplazado por otros conflictos diferentes o similares. Siempre los habrá.

Más aún, es demasiado pronto para decir que ARENA o el FMLN han pasado a la historia o que las diferencias ideológicas están terminadas. Los dos partidos pueden recuperarse en el futuro, y las dos ideologías —o los criterios de decisión que cada una de ellas implica en el gobierno— seguirán siempre vivas, como lo están en países muy desarrollados. Además, GANA tendrá que definir su propia ideología y sus programas de gobierno y comenzará a tener el desgaste del gobierno y pasará del lugar desde donde se tiran las piedras al lugar en donde caen.

Finalmente, y mucho más importantemente, la responsabilidad por mantener el desarrollo institucional del país, por promover la democracia y por no imponer caudillajes está ahora en el nuevo gobierno. Eso, que es lo más importante, no ha cambiado en nada. Esas responsabilidades nunca se acaban, independientemente de quién gane las elecciones. Y esto es lo que el pueblo le exigirá al nuevo presidente.

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