arte

Camus y el compromiso político. De Tomás Llorens

En el ecuador del franquismo el compromiso político no era un dogma ideológico; era, simplemente, algo que corría prisa. Y una generación a la que luego se le negó el mérito se encargó de eso.

Tomás Llorens es historiador del arte y fue director del Reina Sofía (1988-1990).

19 mayo 2018 / EL PAIS

Para César Cimadevilla
en memoriam

Leí La peste en el invierno de 1959-1960. Yo tenía 23 años y Camus me llegaba demasiado tarde y demasiado pronto. Demasiado tarde, porque, para entonces, yo ya había leído La náusea y los cuentos de El muro y estaba deslumbrado por Sartre. Demasiado pronto, porque mi experiencia vital era todavía demasiado corta para apreciar todo el valor literario de la novela.

La peste es, en efecto, una de las grandes novelas del siglo XX. Sobre todo, por la voz del narrador. Como en una tragedia de Esquilo, es esa voz coral, más que los episodios que se engastan en ella, la que mantiene la tensión de la narración. Distante, objetiva, rítmica, cuenta la aparición de la peste, su progreso lento e inexorable, las estadísticas crecientes de los muertos semanales, luego diarios, el pulso árido de la ciudad sin árboles, el devenir de sus callejas y bulevares minerales, cerradas sobre sí mismas, abandonadas a su propio delirio. Ese ritmo mantenido es inseparable de las ideas que lo habitan. El punto culminante de la narración es un episodio en el que se cuenta el contagio y la muerte de un niño. Apenas 24 horas. Página tras página, los síntomas desfilan con precisión clínica ante los ojos del lector, párrafo tras párrafo las expectativas de remisión se tensan para acabar, una y otra vez, frustradas, convertidas en nada. Pero es también a lo largo de esa agonía donde se revela con más claridad el combate de las ideas. El escándalo de la tortura de un inocente. La inexistencia, o, peor, la indiferencia, de Dios. El pulso ciego de la vida y de la muerte. La fragilidad, liviana y seca, de la solidaridad entre los hombres.

La única opción era el aquí y el ahora,
por muy carentes de sentido que se presentaran

Leí La peste a destiempo, pero muchos amigos la leyeron en el momento adecuado y, gracias a ellos, Camus tuvo una influencia decisiva en nuestra generación. El régimen franquista atravesaba lo que luego supimos que era su ecuador, y las ideas del escritor francés inspiraron los comienzos de nuestra revuelta. En primer lugar, naturalmente, por la metáfora transparente que hacía de la peste una figura del nazismo. Pero, también, por el escándalo de la injusticia social y de la corrupción larvada del régimen franquista. Por la irritación que nos producía, no solo la Iglesia católica, sino la religión en sí misma, con su carga de esperanza vana y de engaño. Y, más allá de la Iglesia y de la religión, todas las retóricas de la trascendencia en todas sus manifestaciones. No queríamos saber nada de ningún dogma ni de ningún más allá. (Tampoco —al menos algunos de nosotros— del más allá que preconizaban los comunistas).

La única opción posible era el aquí y el ahora, por muy carentes de sentido que se nos presentaran. En último término, como única posibilidad, estaba solo la ciencia. Rieux, el protagonista de La peste, es médico y lucha con la enfermedad sin otras armas que las del conocimiento científico. Es cierto que Camus —seguidor de Nietzsche, en definitiva, aunque lejano— es consciente de las limitaciones e insuficiencia de la ciencia —“su lucha es una derrota continuada”—; pero al mismo tiempo tiene claro que no hay otra cosa —“eso no es razón para dejar de luchar”—. La ciencia y la solidaridad. El compromiso con los compañeros de combate.

Los “años sesenta” se etiquetaron
y ridiculizaron ferozmente

El compromiso social y político fue, como es sabido, la señal distintiva de nuestra generación. Y dejó su marca en la vida cultural española. Para bien y para mal. Para bien, porque fue un ethos intensamente compartido. Pocos períodos de la historia de la cultura española del siglo XX presentan un aspecto tan compacto y unitario como el decenio que transcurrió entre la segunda mitad de los años cincuenta y la segunda mitad de los años sesenta. Y esa compacidad se traduce, me atrevo a decirlo, en la fuerza y calidad de la mejor literatura y el mejor arte de esos años. Para mal, porque esa fuerza y calidad fueron negadas en la década siguiente. Contra el ethos del compromiso, se alzó la bandera de la autonomía del arte y la literatura. El final del franquismo y los primeros años de la Transición transcurrieron bajo el signo creciente de la pintura-pintura y de la literatura autorreferencial. Los años sesenta se etiquetaron y ridiculizaron ferozmente. Tanto que, aún hoy, siguen siendo mal entendidos. Los artistas, escritores, científicos e historiadores “comprometidos” del siglo XX se siguen caricaturizando como intelectuales anacrónicos, dogmáticos, proclives a sacrificar la calidad literaria, artística o científica de lo que hacían en aras de una miope instrumentalización política.

Releyendo La peste he reencontrado un pasaje que fue clave para nuestra generación. Uno de los personajes principales de la novela es Rambert, un joven periodista forastero que queda involuntariamente encerrado en la ciudad cuando se declara el estado de peste. Aunque es un hombre proclive al compromiso político, que ha luchado con las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española, Rambert considera ahora que el problema de la ciudad apestada no es el suyo y decide abandonarla para reunirse en Francia con la mujer que ama. Ante la imposibilidad de hacerlo legalmente, acaba optando por una evasión clandestina. Tras varias tentativas fracasadas, se le presenta finalmente la ocasión de hacerlo. Sin embargo, llegado el momento crítico, cancela el proyecto para ponerse al servicio de los equipos de ayuda médica que combaten la peste. Cuando lo comunica a su amigo Rieux, el médico encargado de la organización de esos equipos, Rambert espera una felicitación conmovida. Rieux, sin embargo, al principio calla y luego acaba diciendo que no le entiende. “Nada en este mundo vale tanto como para renunciar a lo que se ama”. Sin embargo, dice Rambert, el propio Rieux ha renunciado a reunirse con su joven mujer, enferma en un sanatorio fuera de la ciudad. ¿Por qué ha decidido quedarse a cuidar de los enfermos? “No lo sé. Creo que lo hago porque es lo que corre más prisa”. El conflicto entre el compromiso político y la plenitud existencial de quien se entrega a “lo que ama” —sea esto lo que sea: una mujer o la creación artística o literaria— no se resuelve en la teoría, sino en la acción y solo de modo provisional. En el ecuador del franquismo el compromiso político no era un dogma ideológico; era, simplemente, algo que corría prisa.

Vista ahora, más de medio siglo después, difícilmente podría imaginarse una actitud más libre.

 

Una crítica del arte y la cultura oficiales en El Salvador. De Évelyn Galindo-Doucette

6fcad8df-68cf-49e6-9593-c45d4dc2a767_XXXLWÉvelyn Galindo-Doucette, 17 julio 2016 / LPG-SéptimoSentido

Miguel Rubio, del colectivo peruano de teatro Yuyachkani, una vez dijo: “Nada de lo que uno representa en escena se compara con lo que está sucediendo en este país”. Con esto el dramaturgo hacía referencia a la teatralidad del Estado y a la puesta en escena de un espectáculo político que reúne la “coreografía” de la sociedad actual con símbolos e iconografía históricos. Eric Hobsbawm conceptualiza este proceso nacional como “la invención de una tradición histórica”, arraigada en el presente y que circula a través de una cultura y arte oficiales.

A finales de 2008 Joao Santana fue contratado para dirigir y ejecutar la campaña electoral del entonces candidato presidencial del FMLN, Mauricio Funes. Santana es considerado un gurú de la publicidad política por su manera de captar y traducir la esencia popular. Ha sido catalogado por los medios de comunicación internacionales como el “creador de presidentes de izquierda” y algunos lo comparan con Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda que fusionó el arte y la cultura en la maquiavélica campaña de propaganda del partido nazi.

septimo sentidoSu trabajo en El Salvador puede usarse para ilustrar esa “invención de una tradición histórica”. Es probable que a partir de 2008 Santana haya sugerido la utilización de la iconografía del beato Óscar Romero como un símbolo estatal: se hizo uso de la memoria del arzobispo para ganarse la confianza de la población. Se trató de un esfuerzo consciente del Gobierno para establecer una conexión metafórica entre el Romero de los setenta y ochenta con el programa político actual de la izquierda.

Entre 2009 y 2014 se cambió el nombre del aeropuerto internacional a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, se patrocinó arte “oficial” como el “Romero” del pintor Rafael Varela colocado en Casa Presidencial y se lanzó una campaña de publicidad que declaraba que el FMLN caminaba “por el rumbo señalado por Monseñor Romero”.

Sin embargo, el Romero que vimos (principalmente con el gobierno de Funes) como ícono oficial no es el mismo Romero de antes. Una imagen se convierte en iconografía precisamente porque trasciende su momento histórico. Después de 2009 la imagen del arzobispo representa y comunica nuevos significados que tienen que ver con la política actual, ya algo lejos de lo que era su figura histórica.

Mi intención no es argumentar en contra de la representación de figuras y eventos históricos asociados con una política de izquierda, nada más lejos. Es claro que una parte de la performance y de la cultura visual patrocinadas por el Estado abre un espacio público para recordar un pasado que no está relacionado con la memoria emblemática de los grupos de la derecha política. También es claro que las transiciones políticas abren un espacio para la reemergencia de memorias que antes se suprimieron: la memoria histórica que promueven los gobiernos de izquierda sirve como una respuesta necesaria a la que ha dominado la historia nacional desde antes de la masacre de 1932.

Pero cuando el arte reitera una visión oficial y deja de servir para la crítica de esta, entra en el campo de la propaganda. La esperanza del arte y de la cultura está, por tanto, en las propuestas artísticas de lógicas sociales alternativas, contestatarias y complejas que logran conciliar la solidaridad con las víctimas de la guerra con un ejercicio crítico de la memoria y de la realidad social.

Esto lo vemos en las obras visuales y escénicas de muchos artistas independientes, por ejemplo, Mauricio Esquivel, Ronald Morán, Mayra Barraza, Muriel Hasbún y Víctor Crack Rodríguez, quienes desafían e interrumpen la hegemonía de las narrativas políticas dominantes del gobierno de turno. El arte y la cultura no son pantallas estáticas para la proyección ideológica, sino telones en un movimiento constante entre el imaginario colectivo y los recuerdos personales, entre las formaciones incompletas de la realidad actual y los residuos del pasado.

Carta a los artistas salvadoreños: Cero tolerancia con la censura. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 30 abril 2016 / EDH

Estimados amigos:
El jueves en la noche una exposición colectiva de 7 artistas salvadoreños tuvo que montarse en la calle, porque Casa Presidencial había ordenado cerrar las puertas de la Sala Nacional “Salarrué” para que nadie viera esta muestra pictórica. Todos pensábamos que en El Salvador ya estaba superada la censura como instrumento del poder político de disciplinar el arte. Pensábamos mal…

Por suerte, los artistas ya no aceptan la censura. Inmediatamente montaron sus obras en la acera encima de la Sala Nacional, a la orilla del Parque Cuscatlán, convocaron a la comunidad artística y los medios, y convirtieron la exhibición en una protesta contundente contra la censura gubernamental.

diario hoyResulta que en El Salvador la Secretaría de Cultura no es del Estado, como debe ser, es de la Presidencia de la República. Pero Casa Presidencial puede ser muy dueña de la Secretaría (y a través de ella de la Sala Nacional, del Teatro Nacional, de la Biblioteca Nacional, de la Compañía Nacional de Danza, del CENAR, de las Casa de Cultura…), pero no son dueños ni amos de los artistas.

¿Qué hay detrás de esta censura? ¿Qué tiene esta exposición que Casa Presidencial no pudo tolerar?

El recibo-contrato de César Menéndez

La introducción a “la última Cena” de la Secretaria de Cultura – antes de recibir ordenes

“La Ultima Cena” es un proyecto colectivo que surgió hace dos años. La primera vez escuché de esta idea por boca de los dos hombres que la impulsaron: el pintor Antonio Bonilla y el coleccionista Gerardo Martínez. Llegaron a La Ventana y me expusieron, con mucho entusiasmo, la idea: “La última cena marera”. En el catálogo de la exposición (con introducción de la actual Secretaria de Cultura de la Presidencia Silvia Elena Regalado), Gerardo resume su idea así: “Dios ha escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y El ha escogido lo débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte; y lo vil y despreciado del mundo ha escogido… y en este momento esto se resume en nuestro país en una palabra: pandillas. Así que, tenemos asociaciones ilícitas, a los monstruos y demonios que avergüenzan nuestra sociedad, pero que necesitan del rescate, y a la vez a nuestro El Salvador, plasmados en un lienzo.”

Gerardo Martínez expuso esta idea a los artistas, y les ofreció financiarles a cada uno su obra. Y varios de los mejores aceptaron el reto con entusiasmo y se apuntaron: César Menéndez, Mayra Barraza, Antonio Bonilla, Mauricio Mejía, Juan Carlos Lazos Tablas, Hernán Reyes y Salvador de la Mancha.

El recibo-contrato de César Menéndez

El recibo-contrato de César Menéndez

Cuando ya los cuadros, todos de gran formato, estaban listos, propusieron el proyecto a la Secretaría de Cultura. Mayra Barraza, directora de la Sala Nacional y artista participante; Augusto Crespín, pintor y Director Nacional de Artes; y Silvia Elena Regalado, escritora y Secretaria de Cultura, abrazaron la idea – y se comenzó a organizar la exhibición.

Pero los artistas (tanto los autores de la muestra, como los que dirigen la Secretaría) no tomaron en cuenta que en el transcurso del año que se trabajó la idea, el país ha cambiado. Cuando comenzaron a pintar las obras de “La última cena”, el gobierno hablaba del “gran diálogo nacional” para combatir la violencia. Cuando la muestra estaba lista, el gobierno habló de “la gran guerra contra las pandillas”, comenzó a diabolizar cualquier diálogo con los sectores fuera de la ley. Y cuando se trató de inaugurar la muestra, el país discutía masacres, batallones de limpieza, despliegue militar, defensas civiles con o sin armas, ejecuciones extrajurídicas…

En una situación donde pasan leyes que quieren penalizar que alguien se siente en una mesa para hablar con pandilleros, ¿cómo Casa Presidencial iba a permitir que su Secretaría de Cultura iba a exponer en su Sala Nacional unos cuadros, donde Jesús celebra la última cena con mareros tatuados? El arte es libre, pero no para tanto…

Primero uno de los artistas, que además tiene un cargo en la Secretaría, quiso retirar su obra. Pero Gerardo Martínez había pagado por estas obras, y además cada artista pintó su cuadro libremente, sin interferencia ninguna en su creación y contenido. Aceptaron la idea central – ya cada uno plasmó en el lienzo su propia visión. Por tanto, el coleccionista y promotor de la exposición insistió que todos los cuadros se exhibieran. Pero, un día antes de la inauguración vino la orden de censura – directamente de Casa Presidencial.

La expo va al exilio: a la calle

La expo va al exilio: a la calle. Foto: El Faro

El poder político no aguanta que nadie, ni los artistas, se salgan del guión oficial que ahora se llama: guerra. Pero por suerte, pueden controlar a la Secretaría de Cultura y sus Sala, pero no al arte ni a los artistas. La exposición se hizo. No en la Sala, pero en la calle. Le gente vino, la solidaridad funciona.

Toca a ustedes, los artistas, defenderse de la censura, de la imposición, de la intolerancia. Toca a nosotros, los escritores y periodistas, entender que la censura comienza contra el arte – pero si no la paramos, continuará contra los medios, el periodismo, la literatura.

Pueden haber muchos que no les gusten los cuadros de Antonio Bonilla, César Menéndez y Cía. No se trata de esto. Se trata de la libertad. No puede ser el gobierno es quien decida qué es bueno o malo en el arte.

Ánimo y aplauso para los artistas de la muestra “La última cena”. Saludos,

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Mayra Barraza: La última Cena: "Duchamp" en El Salvador

Mayra Barraza: La última Cena: “Duchamp” en El Salvador

 

Antonio Bonilla: "La última Cena: La Incertidumbre de la Espera"

Antonio Bonilla: “La última Cena: La Incertidumbre de la Espera”

 

César Menéndez: "La última Cena de la Reconciliación"

César Menéndez: “La última Cena de la Reconciliación”

Una artista borra la frontera de Estados Unidos y México

Ana T. Fernández pinta una franja del muro para generar el efecto visual de que desaparece

Parte del muro fronterizo pintado por Ana Teresa Fernández. / Anateresafernandez.com

Parte del muro fronterizo pintado por Ana Teresa Fernández. / Anateresafernandez.com

Elena Reina, 22 octubre 2015 / EL PAIS

Se ha abierto una puerta en el enorme muro oxidado que separa México de Estados Unidos. La artista Ana Teresa Fernández, de 34 años, ha marcado de azul cielo una pequeña parte de la frontera para borrarla en la mente de los mexicanos, aunque el efecto visual dure apenas unos segundos. La vista hacia el vecino del norte se extiende, por primera vez, hasta el horizonte. Es el único punto donde no la interrumpen unos barrotes.

El PaisLa pintora mexicana llamó a este proyecto Borrando la frontera, pero reconoce que tiene un efecto contrario. “De una manera u otra, al momento de esconder algo o quitarlo empiezas a darte cuenta de su presencia”, comentó Fernández, natural de Tampico (Tamaulipas). Porque aunque en ese tramo sea más agradable, es todavía más evidente que los barrotes siguen ahí, partiendo el océano en dos.

“Este muro se ha convertido en un pañuelo de lágrimas, un símbolo en donde lamentar las vidas que no lo han podido cruzar”, señala la artista. Fernández expuso esta idea en una muestra celebrada el año pasado en Berlín, bajo el nombre de Border-Bridges, con motivo del 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín. Comenzó pintando la frontera de Tijuana y este mes lo ha hecho en el tramo que cruza la localidad de Nogales, Sonora, donde han participado por primera vez organizaciones estadounidenses y mexicanas, así como los vecinos del municipio.

Los vecinos de Nogales ayudan a la artista a pintar la frontera. / Nick Oza (The Republic)

Los vecinos de Nogales ayudan a la artista a pintar la frontera. / Nick Oza (The Republic)

La artista, que reside en San Francisco, vivió durante varios años en Tijuana, donde podía observar a diario cómo muchos compatriotas intentaban llegar a San Diego. “El muro en California existe más que nada para los mexicanos”, apunta. Quiere utilizar su creación como una plataforma visual para exigir mayor respeto a los derechos humanos de los migrantes no solo en Latinoamérica, sino a nivel mundial.

En el norte recuerdan la frontera con cada comentario polémico que lanza Donald Trump, el candidato republicano a las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Al otro lado de los barrotes están, no sólo los miles de mexicanos que desean penetrarlos, sino los más de 100.000 centroamericanos que expulsa México para que de ninguna manera alcancen un punto en los casi 3.000 kilómetros de línea fronteriza.

En el muro que hoy pinta Ana Teresa Fernández han muerto desde 1998 hasta 2014 más de 6.000 personas. El 6% de las muertes de migrantes en todo el mundo. La artista ha querido borrar ese recuerdo en 10 metros de ancho y seis de alto. Aunque matiza: “No lo hacemos desaparecer. Estamos jalando el telón del cielo hacia abajo”.

‘Nobody Has Endless Strength’: Ai Weiwei’s New Life in Europe

Chinese artist Ai Weiwei was finally given his passport back and immediately left the country to join his family in Germany. But he is unsettled by his newfound freedom and he is searching for a new role. SPIEGEL caught up with him in Munich.

Ai Weiwei at the Bayerische Hof hotel in Munich in early August: "It seems surreal to me. Sometimes I feel like I could cry."

Ai Weiwei at the Bayerische Hof hotel in Munich in early August: “It seems surreal to me. Sometimes I feel like I could cry.” Dieter Mayr/ DER SPIEGEL

BernHard Zand, 13 agosto 2015 / SPIEGEL ONLINE

It’s the middle of summer in Munich and the Chinese have arrived. They are lined up in front of the boutiques in Maximilianstrasse, they gather around the buskers on Odeonsplatz and younger couples kiss beneath the Chinese Tower in the English Garden in the evening. All have cameras with them and they take plenty of pictures.

The Chinese artist Ai Weiwei also arrived in Munich a few days ago, and he too is taking huge numbers of pictures, which he then immediately posts to Instagram. Some are snapshots of the kind that his Chinese compatriots send home from Europe. And some are not. One shows him with his six-year-old son Lao during a visit to a Keith Haring exhibition, others were taken during a neurological examination at a Munich clinic. Still another shows the night sky above Allianz Arena, the stadium where Bayern Munich plays. And then there’s the picture of the artist lying shirtless on the banks of the Isar River. Somebody has spelled out the word “FUCK” on his chest using small stones.

“For the first time in my life, I don’t have a precise plan for what I’ll do next,” Ai Weiwei says. “I came to Munich for medical examinations. Then to Berlin and, at the end of the year, to Melbourne.” But beyond that, he doesn’t know what he’ll be doing.

“Ai Lao has gone swimming,” says filmmaker Wang Fen, Ai Weiwei’s partner and mother of their son. She and Ai Weiwei always use his first and last name when referring to their son. “I know,” Ai Weiwei answers. “I should go swimming too. The light is so beautiful and the air is so clear. It seems surreal to me. Sometimes I feel like I could cry.”

Four years ago, Chinese officials arrested the country’s most famous artist just as he was set to embark on a trip overseas. The move came after years of confrontation, and was followed by several years of difficulty. State security held him at an unknown site for almost three months and confiscated his passport. After he was released, Ai was initially placed under house arrest and then monitored around the clock. He often argued, and sometimes even fought, with his minders, particularly when they followed his family. One year ago, Wang Fen and their son moved to Berlin, partially to get Ai Lao out of the firing line.

‘You Know What We Mean’

Western politicians and diplomats, the Germans first and foremost, sought to pressure China into giving Ai his passport back and in recent months, his relationship with the government has eased. His interviews became milder and his tone shifted from abrasive to ironic. He even showed a modicum of forbearance, even sympathy, for his monitors.

This spring, the authorities indicated to him that he would soon be able to show his works in China again and in early June, he opened the first of several exhibitions in Beijing. Three weeks ago, on July 22, he was given back his passport and officials promised him that, should he travel abroad, he would be allowed to return to China.

“They didn’t put me under any special conditions,” Ai Weiwei says. “I asked them about it. But they are Chinese, just as I am. We have many possibilities of communicating such things without actually saying them.” He says it was a “very Chinese moment” when he was handed his passport. It was, he said, delivered with an attitude that can be translated as: “You know what we mean.”

 

Ai Weiwei, his partner Wang Fen and their son Ai Lao arriving in Munich on July 30.

Ai Weiwei, his partner Wang Fen and their son Ai Lao arriving in Munich on July 30. AP/dpa

Ten days later, Ai Weiwei is sitting in the seventh floor of the Bayerischer Hof hotel in the heart of Munich. His suite is painted a soft orange and his balcony has a view of the Frauenkirche, Munich’s cathedral. His son is waiting in the swimming pool for his father to come play. Ai is free. The angry man from Beijing, the provocateur who photographed himself with an outstretched middle finger in front of the Gate of Heavenly Peace, the fighter for freedom of the press and opinions has arrived in the comfort zone.

“As a human being, I feel like a cat that was finally released and is now traipsing across the rooftops,” he says. “But as an artist, I have a big problem with this situation. I have only been here for a couple of days and I’m already asking myself: What should I do now?”

Sculptures, Videos and a Rock Album

The four years of permanent conflict and surveillance that began with his 2011 arrest were an extremely productive and creative phase in his life. Ai Weiwei, together with his studio employees, took part in more than a dozen exhibitions: in Europe and the United States. Without leaving China, Ai organized three large exhibitions in Berlin, in Washington and on the former prison island of Alcatraz, in San Francisco Bay. He designed spaces in cities that he wasn’t able to visit, from the German Biennale pavilion in Venice to the Pérez Art Museum in Miami. He documented his isolation during the 81 days he was locked away, he protested against Beijing air pollution, he criticized the awarding of the Nobel Prize for literature to poet Mo Yan and he parodied the Korean musician Psy and his mega-hit “Gangnam Style.” He made sculptures, produced videos and films, and he even recorded a rock album.

“For the entire time, I had a feeling of urgency and danger. With every sentence I began, I was in a hurry to bring it to an end. I didn’t know how much time I had left,” he says. He never wanted the situation to be like that, he says, but the pressure exerted by his oppressors forced him to concentrate, the danger “pushed” him forward.

Now that the immediate danger has passed and the many hurdles in his path would seem to have been removed, where should the resistance now come from that drove his creativity and anger for four years? “I’ve wondered the same thing,” he says, grimly. “But then I applied for a visa for London.” In September, his works will be shown at the Royal Academy of Arts.

Instead of the six-month visa he had been seeking, the British Embassy granted him just 20 days, arguing that he had failed to disclose a criminal conviction. Immediately, the pressure and the anger were back, immediately, the performance artist inside awakened. Ai posted the embassy letter on Instagram and the British authorities were immediately hit by a digital backlash.

After he was arrested in April, 2011, the Chinese authorities said that Ai Weiwei’s production company had committed tax evasion. But his wife, the artist Lu Qing (with whom he is still married), was listed as the company’s director. A verdict was never handed down and the state still hasn’t received the money it claims to be owed. Last Friday, British Home Secretary Theresa May rescinded the embassy’s decision and apologized.

‘Danger Will Never Completely Disappear’

Ai Weiwei doesn’t want to compare Great Britain to China, he says. “Under similar circumstances, I would likely have been forced to wait four years for a six-month visa from China.” But fundamentally, he says, bureaucratic systems often behave similarly. They define their rules independent from reality and focus on self-preservation more than anything else.

He believes that self-preservation is also the primary focus of the political system that has stamped him and, in the last four years, made him into its most recognizable critic. “That’s why the danger will never disappear completely from my life, no matter where I am,” he says. Thomas Mann’s famous dictum from exile, “Where I am, there is Germany,” is true of artists like himself as well, Ai Weiwei says. But he doesn’t just carry Chinese culture with him, as Mann did the German culture. The Chinese state is also there, and it won’t let him out of its sight for as long as it exists.

Ai says he doesn’t know why he got his passport back now. He doesn’t believe there is a connection to the awarding of the 2022 Olympic Winter Games to Beijing, which happened the day after he left the country. “I think my file was in a different department,” he says.

But what about the files of the more than 200 civil and human rights activists who were interrogated or arrested in the days immediately prior to his departure? Some two dozen of them are still in prison, including Pu Zhiqiang, the attorney who defended Ai Weiwei in the tax evasion proceedings. Ai believes that obsession with survival is so core to the regime that the government sometimes overreacts, particularly now, at the peak of a broad anti-corruption campaign.

But can a country-wide campaign against practically all Chinese human rights lawyers really be just an “overreaction?” Just a few months ago, Ai Wewei would likely have found more pointed words to describe such an operation. Today, he notes that the majority of those taken into custody have since been released. And in most of the other cases, the courts have at least become involved. He says that situations such as his, when he disappeared without a trace for almost three months, are less likely to happen now.

‘Nobody Has Endless Strength’

Berlin gallery owner Alexander Ochs, who has been a supporter of Ai’s since his imprisonment, has called on the media, in the name of the Ai Weiwei’s backers in Germany, to stop pressuring the artist with such questions. “We appeal to the German public to see him in the future as an outstanding artist and not as a political activist,” Ochs told German news agency DPA. “Otherwise, he could be put into a situation that leads the Chinese government to no longer allow him to return. We are convinced that he will be able to have a greater influence in the world as an artist than as a commentator on Chinese foreign and domestic policy.”

That appeal, however, does not appear to have first been cleared with the artist. “That’s crazy,” says Ai Weiwei. “My art has always been political. And it will remain that way.”

What about the psychological toll of having been a political artist for several years in China? Ai Weiwei breathes out slowly before answering. Then he says: “Nobody has endless strength. Nobody can be that strong.”

Although political pressure is still ratcheted up from time to time, the artist says that China has changed “dramatically” in recent years. “The man who was directly responsible for my case four years ago, China’s top security chief Zhou Yangkang, is now in prison along with hundreds of other high-ranking functionaries,” Ai says. “Back then, I didn’t dare even dream of such a thing. Zhou was the engineer of this system. His influence was enormous.”

But a different contradiction has developed in the last four years, as Ai Weiwei repeatedly mentions. China’s version of Twitter, called Weibo, fundamentally changed public life in China a few years ago and also helped increase Ai’s fame as a blogger. More recently, though, the short-message service has been almost completely silenced by the censors. “Weibo is dead,” Ai says. “Because Weibo was a marketplace and the government hates marketplaces where someone can roll out a banner and people can gather around.” Even the state-controlled media reported on the return of Ai’s passport, but if you do a search for Ai’s name on Weibo today, all you get is the message: “Search results for Ai Weiwei may not be displayed due to related laws and legal provisions.”

At the same time, chat platforms like Weixin (WeChat), where small networks and informal news channels are established, are continuing to rapidly expand. “The large arteries may be continually blocked,” says Ai. “But an increasing amount of information is being pumped through the smaller veins. The flow is not decreasing.”

Stories of the Past

After his partner Wang Fen and his son moved to Germany last year, Ai Weiwei moved out of the house next to his studio in the artist quarter of Caochangdi into a hotel and immersed himself under a pile of files and manuscripts. He began writing a book about himself and his father, the late poet Ai Qing, who died in 1996. It will appear in Chinese next year, with a German version to follow soon thereafter.

Like Weiwei, Ai’s father spent some years abroad as a young man and had an ambivalent relationship to the Chinese state for the rest of his life. In 1942, he joined the Communist Party and ultimately became one of China’s leading cultural officials. Among the men he knew well was Xi Zhongxun, the father of the current Chinese president, Xi Jinping. Just like Xi’s father, Ai’s father fell victim to a purge and, again like Xi’s father, was deported to the countryside, where he was responsible for keeping a village toilet clean for a period of five years during the Cultural Revolution.

“The two men fought a very similar battle,” says Ai Weiwei. “I owe it to my son to write down these stories.”

Ai spent Saturday on the banks of the Isar River with his son, on Sunday they went to the zoo and on Tuesday, they watched Bayern Munich beat AC Milan 3:0 at Allianz Arena. He also went in for his medical check-ups and then, a trip to Berlin to discuss taking up a visiting professorship at the University of the Arts there. Ai is documenting everything about his new life in pictures and updates appear constantly in Instagram and Twitter.

He is particularly excited, he says, about Melbourne, where in December, his works will be exhibited for the first time alongside works by Andy Warhol. “Of all modern artists, I feel most closely bound to him,” he says. “Just like me, he had this desperate urge to constantly communicate about everything.” But, Ai says, he has one advantage over Warhol. “Warhol didn’t have the Internet.”