Farc

¿Estallará la Paz en Colombia? De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 10 octubre 2016 / EDH

El presidente Santos amaneció con la noticia de que le dieron el Nobel de la Paz por sus esfuerzos intentando poner fin a 52 años de conflicto con las FARC, el imperio ideológico de drogas y armas que le ha arrebatado al gobierno el monopolio del uso de la fuerza en gran parte del territorio colombiano. Lo positivo del Nobel es que le reconocerá al presidente el intento y podrá servir para incentivar la continuación de las negociaciones de paz. No necesariamente convencerá a la polarizada Colombia en la que triunfó el “no” en el referéndum que legitimaría los acuerdos de paz, y ojalá no vuelva inflexible al “sí” en lo que a continuar un diálogo respecta.

diario hoyTambién es positivo que el Nobel de la Paz comience a rehabilitar su pésima imagen, dañada en gran parte por haber intentado convertirse en un premio a la popularidad y no al mérito. Ejemplo de lo anterior es que le dieron el premio al presidente Barack Obama, en el primer año de su administración, cuando lo único que había hecho era hablar de paz pero no forjarla. Su legado dejará cientos de civiles muertos en intervenciones de drones en el Medio Oriente, y un par de violaciones al debido proceso que desdicen de lo que el premio supuestamente significa. Santos por lo menos, algo de esfuerzo ha hecho, con independencia de los resultados desalentadores del referéndum.

La paz no necesita marketing. La quiere todo el mundo. Por eso muchos han tachado a los de la postura del “no” automáticamente de intransigencia, cuando dentro de sus posturas, hay varios detalles que vale la pena llevar al diálogo. Entre ellos, las concesiones políticas que se han hecho a las guerrillas, como la cuota garantizada de espacios en el cuerpo legislativo. El poder político es del pueblo para conceder, no del gobierno; es por eso que los espacios solo deberían garantizarse si cuentan con la legitimidad de una elección popular luego de una contienda electoral con diversas propuestas políticas en competencia. Se pueden señalar muchos defectos de los acuerdos de paz salvadoreños, pero la incorporación de las guerrillas a la esfera política sucedió por medio de la elección popular, revistiendo de legitimidad las victorias políticas de los ex-guerrilleros, otorgando un ejemplo digno de emular en el campo de la resolución de conflictos.

Si bien los del “no” tienen argumentos dignos de llevar al debate para continuar aportando insumos a un mejor acuerdo de paz, deben evitar la intransigencia que obstaculiza no sólo el acuerdo perfecto (que no existe) sino también los acuerdos posibles. Específicamente, en el caso de Uribe, el “no” y sus argumentos corren el riesgo de perder credibilidad si se usan como simple herramienta de bloqueo a Santos, o como una herramienta útil para el protagonismo político.

Lo que es un hecho es que la inacción sería dañina para todas las partes involucradas: el sí, el no, y las FARC, puesto que como bien señaló la organización WOLA (Washington Office on Latin America) hay procesos importantes como el desarme de las FARC, supervisado por la comunidad internacional, que estaban por iniciar y que los resultados del referéndum dejan en una suerte de limbo. Pocos incentivos pueden tener las FARC de continuar voluntariamente el desarme ya que sin la ratificación del acuerdo de paz, los guerrilleros mantienen intacto su estatus de fugitivos ante la ley.

Desde cualquier punto de vista, el proceso de paz colombiano merece la atención del mundo. No solo es la primera vez que se lleva a cabo una negociación de este tipo en un mundo interconectado y con tecnología que facilita la participación de muchas más partes que antes, su éxito o fracaso también podrían proveer aprendizaje que países como El Salvador podría aplicar a su estrategia para lidiar con las maras.

@crislopezg

Aquí no ha pasado nada. De Joaquín Villalobos

El resultado del referéndum obliga en Colombia a negociar,
no a retornar a la guerra.

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JOAQUIN VILLALOBOS

Joaquín Villalobos vive en Inglaterra. Fue asesor tanto del presidente Uribe como del presidente Santos.

Joaquín Villalobos, 5 octubre 2016 / EL PAIS

Dice mi amigo Héctor Aguilar Camín en una de sus novelas que “la política, vista de cerca, aun la política más alta, es siempre pequeña, mezquina, miope, una riña de vecindario. Solo el tiempo da a los hechos políticos la dignidad distante, el sentido superior que es su justificación y, con suerte, su grandeza”. El virtual empate en el plebiscito colombiano es menos fatal de lo que parece y podría derivar en una mayor solidez para la paz. Toda negociación es un proceso compuesto por negociaciones simultáneas que ocurren entre los contendientes y dentro de los contendientes. Desde el inicio fue claro que la paz estaba cerca en La Habana, pero lejos de los consensos de Bogotá. El resultado del referéndum no es el regreso a la guerra, sino el comienzo de la política y este es el propósito fundamental del proceso, por lo tanto aquí no ha pasado nada.

el paisDurante muchas décadas Colombia ha sido, por un lado, una democracia que ha funcionado bastante mejor que en otros lugares del continente, pero al mismo tiempo ha vivido una violencia más severa y prolongada que la que generaron algunas dictaduras. Terminar el conflicto supone lidiar con estas realidades como si se tratara de unir a dos países distintos. Esto implica confrontar diferencias sobre cómo se vive o se ha vivido el conflicto. A mayor proximidad o lejanía de la guerra corresponden más unidad o mayor indiferencia de la sociedad para un acuerdo. El éxito de la estrategia militar del Estado alejó el conflicto de los centros vitales, pero creó un nicho electoral rentable para la competencia política que dificulta los consensos sobre el acuerdo de paz. En ese sentido, el plebiscito fue más una medición de fuerzas de cara a las elecciones presidenciales del 2018 que un referéndum sobre la paz.

Se podría pensar que fue incorrecto realizar la consulta. Sin embargo, el casi empate en el plebiscito deja clara la importancia que tenía su realización. Con una sociedad dividida la implementación de los acuerdos estaría en riesgo sin consensos políticos. Para imponerse, tanto el como el no, requerían una ventaja abrumadora, pero con una diferencia tan estrecha el mandato de los ciudadanos sirve para que los políticos negocien y no para retornar a la guerra. Esto es altamente positivo para el proceso de paz.

Se puede pensar también que fue incorrecto firmar el acuerdo con las FARC sin tener un consenso con la oposición, pero eso hubiera implicado perder la oportunidad de desatar la dinámica que sobre la marcha ha puesto fin a medio siglo de guerra. La existencia de un acuerdo minuciosamente elaborado, los encuentros con las víctimas, el cese de fuego bilateral que ya está funcionando, los contactos entre militares y combatientes, el cese de fuego unilateral del ELN, la posibilidad de que este grupo se sume al proceso, el impresionante interés de la comunidad internacional, el perdón público ofrecido por el líder de las FARC, el despliegue de Naciones Unidas para verificar el desarme y la reducción dramática de la violencia en el último año, son todas sólidas conquistas que se relacionan con haber tomado la oportunidad por la paz.

“La voluntad de combate tanto de insurgentes
como de militares está ahora bajo la influencia
de esta realidad construida por el acuerdo firmado”

La voluntad de combate tanto de insurgentes como de militares está ahora bajo la influencia de esta realidad construida por el acuerdo firmado. En otras palabras, la guerra está atrapada y bajo pleno control de la política. Nadie puede despreciar el enorme valor que esto tiene, al igual que no se puede despreciar la necesidad del consenso con quienes llamaron a votar por el no. Pero sin guerra hay mejores condiciones para que los políticos colombianos hagan ahora su oficio de negociar.

Dicen que no hay mal que por bien no venga y al parecer esto ha ocurrido en Colombia. La polarización es claramente la amenaza más grave al posconflicto y ha venido creciendo exponencialmente entre las principales fuerzas políticas, dividiendo no solo a la sociedad, sino a las familias. La polarización no solo haría fracasar el proceso de paz, sino que podría llevar al país a una crisis de gobernabilidad. Algo similar a lo ocurrido en El Salvador, donde la paz fue un éxito que los partidos convirtieron en fracaso. El empate del referéndum obliga a que los políticos se reconcilien para detener y revertir la polarización y esto es buena noticia. La guerra ha concluido y ha comenzado la política y en esta, recordando a Camín, la intriga, los egos y las vanidades pesan tanto como los intereses estratégicos, esto la vuelve complicada y peligrosa, pero también menos aburrida.

Joaquín Villalobos fue guerrillero salvadoreño y es asesor del Gobierno colombiano en el proceso de paz con las FARC.

Luego del ‘no’ en Colombia: Primero negociar con la oposición y luego con las FARC. De Paolo Luers

paolo3Paolo Luers, 3 octobre 2016 / EDH-Observador

Los colombianos dijeron ‘no’ al acuerdo que Santos firmó con las FARC. Un resultado reñido, pero no es no. Que nadie diga que los colombianos votaron en contra de la paz y en pro de la guerra. Ya expliqué en mi carta a los colombianos del sábado pasado que fue una locura convocar un referéndum y poner a la gente escoger entre guerra y paz: “Ambos campos reducen la discusión a una caricatura. Unos quieren convencer a ustedes que el sí es un voto por la paz, y otros que el no es un voto por la guerra. No es así la realidad: El Acuerdo de Paz no garantiza por si mismo la paz – y el rechazo de los Acuerdos, así como los negociaron en Cuba, no significa por si la continuación de la guerra.”

observadorAhora Santos tiene que hacer lo que hubiera tenido que hacer desde un principio: negociar primero con la oposición democrática y luego con la oposición armada fuera de la ley. Un acuerdo para poner fin a una guerra de 52 años con cientos de miles de muertos y millones de desplazados no puede ser sólido si no surge del consenso de todo el espectro político democrático. ¿Cómo va un presidente negociar con un grupo armado y vinculado al narcotráfico si no es capaz de negociar un acuerdo con la oposición democráticamente legitimada?

En El Salvador, el presidente Freddy Cristiani no dio ningún paso decisivo en las negociaciones de paz con el FMLN sin involucrar a los demás partidos y el sector privado. Santos lo quiso hacer sólo, y aunque es injusto, es entendible que surgiera la sospecha que se trababa de un pacto entre su sector político y las FARC, no de un acuerdo de nación. Santos avanzó al mismo tiempo en el entendimiento con las FARC y en la polarización con la oposición dirigida por el ex presidente Uribe. No es sólo su culpa, Uribe gustosamente contribuyó a esta polarización, pero Santos es el presidente y es él que tiene la responsabilidad de construir acuerdos apoyados por todos.

Ahora no le queda otra que hacer lo que no fue capaz (o no quiso) hacer antes: negociar con la oposición para conformar una nueva comisión negociadora que, en base de un concepto concertado, abra la renegociación con las FARC. No hablo de una negociación tripartita entre Santos, Uribe y las FARC. Hablo de la necesidad de crear una posición conjunta entre las fuerzas democráticas del país para negociar con las FARC. Sólo así puede salir un acuerdo sólido asumido por toda la nación. Sólo así, viéndose enfrentado a toda la Colombia democrática, las FARC se van a ver obligadas a dejar de insistir en las concesiones que Santos les hizo – y que llevaron al fracaso de su referéndum.

Ni Uribe ni las FARC se pueden negar a una renegociación en estos términos. Es un error asumir que el gane del ‘no’ sea una victoria de Uribe y que ahora puede sabotear la búsqueda de la paz. Es una victoria de la mayoría de los colombianos que quieren la paz, pero una paz sólida y que no genere nuevas divisiones.

La comunidad internacional también tiene que hacer un análisis autocrítico de su papel en la construcción de la paz en Colombia. Hubieran tenido que mediar entre Santos y Uribe, entre gobierno y oposición, en vez de crearle a Santos la ilusión que podría construir la paz negociando con una minoría dejando afuera las inquietudes del 50 % de la población y del espectro político democrático. Otro fracaso de la política internacional de Estados Unidos, otra muestra de confusión de Naciones Unidas…

El ‘no’ del referéndum no es ninguna razón de regresar a la guerra, es un llamado para regresar a la política racional. A lo mejor es lo mejor que podía pasar a Colombia. Cuesta imaginarse que la paz hubieran sido sostenible, si hoy el sí hubiera ganado con 50.23% de los votos, con el 49.77% de los colombianos objetando los términos de los acuerdos. El referéndum fue mala idea desde un principio.

 

El precio de la paz. De Mario Vargas Llosa

Yo no lo tenía tan claro antes de leer el artículo de Héctor Abad Faciolince. Pero ahora, si fuera colombiano y pudiera votar, yo también votaría por el ‘sí’.

Ilustración: FERNANDO VICENTE

Ilustración: FERNANDO VICENTE

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 18 septiembre 2016 / EL PAIS

Los buenos artículos me gustan casi tanto como los buenos libros. Ya sé que no son muy frecuentes, pero ¿no ocurre lo mismo con los libros? Hay que leer muchos hasta encontrar, de pronto, aquella obra maestra que se nos quedará grabada en la memoria, donde irá creciendo con el tiempo. El artículo que Héctor Abad Faciolince publicó en EL PAÍS el 3 de septiembre (Ya no me siento víctima), explicando las razones por las que votará en el plebiscito en el que los colombianos decidirán si aceptan o rechazan el acuerdo de paz del Gobierno de Santos con las FARC, es una de esas rarezas que ayudan a ver claro donde todo parecía borroso. La impresión que me ha causado me acompañará mucho tiempo.

el paisAbad Faciolince cuenta una trágica historia familiar. Su padre fue asesinado por los paramilitares (él ha volcado aquel drama en un libro memorable: El olvido que seremos) y el marido de su hermana fue secuestrado dos veces por las FARC, para sacarle dinero. La segunda vez, incluso, los comprensivos secuestradores le permitieron pagar su rescate en cómodas cuotas mensuales a lo largo de tres años. Comprensiblemente, este señor votará no en el plebiscito; “yo no estoy en contra de la paz”, le ha explicado a Héctor, “pero quiero que esos tipos paguen siquiera dos años de cárcel”. Le subleva que el coste de la paz sea la impunidad para quienes cometieron crímenes horrendos de los que fueron víctimas cientos de miles de familias colombianas.

Pero Héctor, en cambio, votará sí. Piensa que, por alto que parezca, hay que pagar ese precio para que, después de más de medio siglo, los colombianos puedan por fin vivir como gentes civilizadas, sin seguirse entrematando. De lo contrario, la guerra continuará de manera indefinida, ensangrentando el país, corrompiendo a sus autoridades, sembrando la inseguridad y la desesperanza en todos los hogares. Porque, luego de más de medio siglo de intentarlo, para él ha quedado demostrado que es un sueño creer que el Estado puede derrotar de manera total a los insurgentes y llevarlos a los tribunales y a la cárcel. El Gobierno de Álvaro Uribe hizo lo imposible por conseguirlo y, aunque logró reducir los efectivos de las FARC a la mitad (de 20.000 a 10.000 hombres en armas), la guerrilla sigue allí, viva y coleando, asesinando, secuestrando, alimentándose del, y alimentando el narcotráfico, y, sobre todo, frustrando el futuro del país. Hay que acabar con esto de una vez.

¿Funcionará el acuerdo de paz? La única manera de saberlo es poniéndolo en marcha, haciendo todo lo posible para que lo acordado en La Habana, por difícil que sea para las víctimas y sus familias, abra una era de paz y convivencia entre los colombianos. Así se hizo en Irlanda del Norte, por ejemplo, y los antiguos feroces enemigos de ayer, ahora, en vez de balas y bombas, intercambian razones y descubren que, gracias a esa convivencia que parecía imposible, la vida es más vivible y que, gracias a los acuerdos de paz entre católicos y protestantes, se ha abierto una era de progreso material para el país, algo que, por desgracia, el estúpido Brexit amenaza con mandar al diablo. También se hizo del mismo modo en El Salvador y en Guatemala, y desde entonces salvadoreños y guatemaltecos viven en paz.

“La revolución de los barbudos sirvió para que
millares de jóvenes se sacrificaran inútilmente”

El aire del tiempo ya no está para las aventuras guerrilleras que, en los años sesenta, solo sirvieron para llenar América Latina de dictaduras militares sanguinarias y corrompidas hasta los tuétanos. Empeñarse en imitar el modelo cubano, la romántica revolución de los barbudos, sirvió para que millares de jóvenes latinoamericanos se sacrificaran inútilmente y para que la violencia —y la pobreza, por supuesto— se extendiera y causara más estragos que la que los países latinoamericanos arrastraban desde hacía siglos. La lección nos ha ido educando poco a poco y a eso se debe que haya hoy, de un confín a otro de América Latina, unos consensos amplios en favor de la democracia, de la coexistencia pacífica y de la legalidad, es decir, un rechazo casi unánime contra las dictaduras, las rebeliones armadas y las utopías revolucionarias que hunden a los países en la corrupción, la opresión y la ruina (léase Venezuela).

La excepción es Colombia, donde las FARC han demostrado —yo creo que, sobre todo, debido al narcotráfico, fuente inagotable de recursos para proveerlas de armas— una notable capacidad de supervivencia. Se trata de un anacronismo flagrante, pues el modelo revolucionario, el paraíso marxista-leninista, es una entelequia en la que ya creen solo grupúsculos de obtusos ideológicos, ciegos y sordos ante los fracasos del colectivismo despótico, como atestiguan sus dos últimos tenaces supérstites, Cuba y Corea del Norte. Lo sorprendente es que, pese a la violencia política, Colombia sea uno de los países que tiene una de las economías más prósperas en América Latina y donde la guerra civil no ha desmantelado el Estado de derecho y la legalidad, pues las instituciones civiles, mal que mal, siguen funcionando. Y es seguro que un incentivo importante para que operen los acuerdos de paz es el desarrollo económico que, sin duda, traerán consigo, seguramente a corto plazo.

“El modelo revolucionario es una entelequia en la que ya creen
solo grupúsculos de obtusos ideológicos”

Héctor Abad dice que esa perspectiva estimulante justifica que se deje de mirar atrás y se renuncie a una justicia retrospectiva, pues, en caso contrario, la inseguridad y la sangría continuarán sin término. Basta que se sepa la verdad, que los criminales reconozcan sus crímenes, de modo que el horror del pasado no vuelva a repetirse y quede allí, como una pesadilla que el tiempo irá disolviendo hasta desaparecerla. No hay duda que hay un riesgo, pero, ¿cuál es la alternativa? Y, a su excuñado, le hace la siguiente pregunta: “¿No es mejor un país donde tus mismos secuestradores estén libres haciendo política, en vez de un país en que esos mismos tipos estén cerca de tu finca, amenazando a tus hijos, mis sobrinos, y a los hijos de tus hijos, a tus nietos?”.

La respuesta es sí. Yo no lo tenía tan claro antes de leer el artículo de Héctor Abad Faciolince y muchas veces me dije en estas últimas semanas: qué suerte no tener que votar en este plebiscito, pues, la verdad, me sentía tironeado entre el y el no. Pero las razones de este magnífico escritor que es, también, un ciudadano sensato y cabal, me han convencido. Si fuera colombiano y pudiera votar, yo también votaría por el sí.

El artículo de Héctor Abad Faciolince al que Vargas Llosa se refiere:
Nuevo capítulo para Colombia. De Héctor Abad Faciolince

 

 

La conspiración por la paz. De Joaquín Villalobos

Solo la política puede concluir la guerra con menos costos y en corto tiempo.

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerraJoaquín Villalobos, 6 septiembre 2016 / EL PAIS

En julio de 2008 las fuerzas militares colombianas realizaron una espectacular operación de rescate que compite con algunas ocurridas durante la segunda guerra mundial o con la realizada por las fuerzas israelíes en Uganda en 1976. En plena selva fueron liberados ilesos 15 secuestrados y capturados dos jefes de las FARC sin disparar un tiro. Teniendo en cuenta lo difícil del terreno, el trabajo de inteligencia, la estratagema empleada y la limpieza en su ejecución, la llamada Operación Jaque no tiene equivalente en el mundo.

el paisA esta acción precedieron y siguieron otros golpes estratégicos a los mandos de las FARC que se agregaban a la recuperación de territorios que había dominado la guerrilla durante décadas. A finales de 2008, la fuerza pública de Colombia había convertido la legitimidad ante los ciudadanos en el centro de su doctrina, al tiempo que había diezmado, arrinconado y colocado a la defensiva a las FARC. Sin embargo, el debilitamiento de estas conducía a una larga guerra de minas en las selvas con riesgo de terrorismo en las ciudades. Los soldados amputados aumentaban y los blancos estratégicos de las FARC escaseaban.

En las guerras irregulares no hay colapso final, sino una degradación del enemigo que puede durar muchos años.Los militares y policías habían hecho muy bien su trabajo, pero solo la política podía concluir la guerra con menos costos y en corto tiempo. En ese momento se planteó lo que se llamó “el alineamiento de los astros a favor de una negociación”. Las victorias electorales de la izquierda en el continente, la necesidad de Cuba de reconciliarse con Estados Unidos, la previsible crisis del régimen venezolano, la debilidad de las FARC, la edad de sus dirigentes y su calidad de última generación de políticos del grupo, abrían la posibilidad de empujarlos a la lucha sin armas.

Negociar en Cuba, con apoyo de Venezuela y con la mayor parte de dirigentes guerrilleros en La Habana resultó incomprensible para muchos. El fundamento de esto era la sincronización histórica de tres transiciones: el final del socialismo cubano, el final del socialismo del siglo XXI y el final de la lucha armada de la izquierda en Latinoamérica. El eslabón más débil del alineamiento era y es la poca importancia que la paz tiene para la política bogotana porque, paradójicamente, la capital disfruta de una paz protegida por medio millón de hombres. Esa tranquilidad ha permitido que los adversarios del proceso intenten convertir la oportunidad histórica de acabar con una guerra de 50 años, 220.000 muertos y seis millones de desplazados, en un tema electoral pasajero. Pretenden asustar con la idea de que de las cenizas de una guerrilla derrotada y odiada puede renacer un nuevo socialismo marxista, comunista y castrochavista en Colombia.

Fantasmas contra la paz. De Joaquín Villalobos

Cualquiera que gobierne Colombia en el futuro podrá hacer más por el país si ya no hay guerra.

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 4 septiembre 2016 / EL TIEMPO

Conforme lo expresan los opositores al acuerdo de paz, lo único justo sería que las Farc aceptaran toda la responsabilidad por el conflicto, entregaran las armas y fueran a prisión. Como esto es imposible, la guerra tendría que continuar. Los argumentos de los adversarios del proceso parten de dos ideas principales: la primera es que las Farc estaban debilitadas y por lo tanto era fácil acabarlas militarmente, y la segunda es que la firma del acuerdo terminará llevando a los insurgentes al gobierno. Son dos argumentos contradictorios: en el primero las Farc están acabadas y en el segundo son poderosas.

TIEMPOLa causa principal del conflicto no han sido las ideologías ni las drogas, sino la permanente ausencia de Estado en gran parte del territorio. El actual acuerdo de paz con las Farc es un resultado con méritos compartidos por los últimos ocho gobiernos. Estos avanzaron en recuperar el territorio a partir de reformar cualitativa y cuantitativamente las instituciones de seguridad.

Las Farc estuvieron durante décadas confinadas a la ruralidad profunda, pero con el dinero del narcotráfico se fortalecieron y amenazaron centros vitales del país. Luego de que fracasaran las negociaciones de 1998, que incluían concesiones superiores al actual acuerdo de paz, la guerra debió continuar. La batalla para sacar a las Farc de las zonas vitales duró pocos años. Las Farc están ahora muy diezmadas y de nuevo confinadas. Sin embargo, su derrota plena implicaría una guerra larga, cruenta y costosa, en lugares remotos donde la población es escasa y el acceso difícil. Por otro lado, el terrorismo es hijo de la impotencia y es el arma principal de un enemigo acorralado; buscar la derrota total implicaba correr el riesgo de terrorismo urbano. No es cierto que se pueda acabar fácilmente con las Farc. Ha sido mejor una lucha de mesa en La Habana que una larga guerra en las selvas salpicada por terrorismo en las ciudades.

El segundo argumento establece que ‘Timochenko’ podría convertirse en presidente de Colombia. Esto supone que, luego de veinticinco años de desaparecida la Unión Soviética, con millonarios dominando Rusia, con China transformada en potencia capitalista, con Cuba buscando hacer las paces con Estados Unidos para restablecer una economía de mercado, y con el socialismo bolivariano de Venezuela en fase terminal en medio de un desastre descomunal, una insurgencia aislada de la realidad del mundo y de su propio país, profundamente más odiada que amada y dirigida por líderes en edad de retiro, podría hacer el milagro político de resucitar en Colombia un nuevo modelo de izquierda radical.

Continuar la guerra implicaba sacrificios enormes para los jóvenes militares y policías colombianos; las curules otorgadas a las Farc valen nada comparadas con seguir teniendo soldados muertos, ciegos o amputados. Con el acuerdo de paz, la Fuerza Pública podrá dedicarse a luchar contra las bandas criminales y con ello mejorará la seguridad de todos los colombianos.

El fin de la guerra implica el fin de los desplazamientos de población y la posibilidad de trabajar por su retorno. La paz con las Farc permitirá integrar a la Colombia rural profunda, que es inmensamente rica. Esto implica mejor economía, más empleo y menos pobreza. No será fácil, no se puede pasar del infierno al cielo en un día; es un reto descomunal, intelectualmente más difícil que el medio siglo de guerra. Sin embargo, sería un grave error perder la oportunidad de acabar con un conflicto de medio siglo, agitando fantasmas frente a una verdad irrefutable: cualquiera que gobierne Colombia en el futuro podrá hacer más por el país si ya no hay guerra.

Nuevo capítulo para Colombia. De Héctor Abad Faciolince

el paisEl autor de ‘El olvido que seremos’, sobre el asesinato de su padre a manos de los paramilitares, se enfrenta al acuerdo de paz desde su historia familiar y convencido de votar ‘sí’.

Héctor Abad, escritor y periodista colombiano. Héctor Abad Faciolince, 2 septiembre 2016 / El PAIS

Yo he entendido la historia reciente de mi país no a través de ninguna teoría, sino a través de las historias familiares. Cuando uno tiene una familia numerosa, la ficción es casi innecesaria: en una familia grande, todas las cosas han ocurrido alguna vez. Esas historias me permiten reflexionar sobre lo que ha pasado y sobre lo que pasa en Colombia, para luego tomar una decisión que es política, pero también vital, porque no está dictada por la ideología, sino por la imaginación: trato de pensar de qué manera podríamos vivir mejor, sin matarnos tanto, con menos sufrimiento, con más tranquilidad.

Para explicar por qué celebro y estoy tan feliz con el Acuerdo de Paz entre el Gobierno de Santos y la guerrilla de las FARC, voy a intentar reflexionar con ustedes a partir, otra vez, de una historia familiar.

Nunca sentí ninguna simpatía por las FARC. El esposo de una de mis hermanas, Federico Uribe (sin parentesco con el expresidente de Colombia), fue secuestrado dos veces por la guerrilla. La primera vez lo secuestró el Frente 36 de las FARC, hace 28 años, cuando él tenía 35. Once años después, otro grupo lo volvió a secuestrar; los muchachos que lo vigilaban en la montaña eran tan jóvenes que le decían “abuelo” a un hombre de 46. Federico no era, ni es, una persona rica. Tal vez tenía el apellido equivocado. Tampoco era pobre y no sería extraño que los muy pobres lo vieran como muy rico.

Mi cuñado (ahora excuñado, porque en todas las familias hay divorcios) tenía y tiene 120 vacas lecheras en un pueblo a 2.600 metros de altitud en el oriente de Antioquia. Después de un mes secuestrado y de pagar la “cuota inicial” del rescate para que lo soltaran, tuvo que seguir pagando lo que faltaba, en cómodas mensualidades, durante 36 meses más. La guerrilla, tan amable, le dio tres años de plazo para pagar. Ustedes preguntarán: ¿y por qué no acudía a la policía, al Ejército, a las autoridades del pueblo? Él les contestaría: “Permítanme una sonrisa”. En las zonas rurales de Colombia el Estado no existía; hay partes donde no existe todavía; cuanto más lejos esté la tierra de las ciudades principales, menos Estado hay. Si Federico no pagaba las cuotas, tampoco podía sacar la leche de la finca, y de eso vivía. Si no pagaba las cuotas, lo podían matar en la misma lechería. Si no pagaba las cuotas, le podían secuestrar a uno de sus hijos, mis sobrinos. En fin, en ausencia de un Estado que controlara el territorio y defendiera a los ciudadanos, no había otra que pagar. O hacer lo que hicieron otros finqueros: vincularse a un grupo paramilitar que los protegiera a cambio de una cuota mensual parecida. Federico Uribe no era de esos que se complacían en ver matar, y los paramilitares mataban sin preguntar. Además, los paramilitares habían matado a su suegro, a mi papá, y no era el caso de aliarse con otros asesinos.

“Mi excuñado Federico, dos veces secuestrado,
se inclina por el no. ‘Quiero que esos tipos paguen
siquiera dos años de cárcel’, me dijo.”

Federico —acabo de llamarlo para preguntarle— va a votar no en el plebiscito sobre la paz. “Yo no estoy en contra de la paz”, me dijo, “pero quiero que esos tipos paguen siquiera dos años de cárcel. Mientras me tuvieron secuestrado mataron a dos”. Yo lo entiendo, lo aprecio y no lo considero un enemigo de la paz, así no esté de acuerdo con él. No me siento con autoridad para juzgarlo y tiene todo el derecho de votar por el no. Pero, aunque lo entiendo, espero que él también me entienda a mí ahora que escribo que voy a votar por el sí. Entiendo su posición sobre la impunidad. Creo tener derecho, sin embargo, a decir que no me importa que no les den cárcel a los de las FARC, pues cuando el presidente Uribe hizo la paz con los paramilitares escribí un artículo en el que sostuve que no me interesaba que los asesinos de mi padre pasaran ni un día en la sombra. Que contaran la verdad, y listo: que los liberaran, que se murieran de viejos. Si no me creen, aquí pueden ver ese artículo, publicado en la revista Semana en julio de 2004.

De izquierda a derecha, los padres de Héctor Abad, su hermana Eva, con su hijo en brazos, y el marido de esta entonces, Federico Uribe. Archivo familiar

De izquierda a derecha, los padres de Héctor Abad, su hermana Eva, con su hijo en brazos, y el marido de esta entonces, Federico Uribe. Archivo familiar

De los 28.000 paramilitares que aceptaron desmovilizarse durante el Gobierno de Uribe, tan solo un puñado de ellos pagaron cárcel, y no porque el presidente lo quisiera, sino porque la Corte Constitucional lo obligó. Su proyecto inicial ofrecía impunidad total. El texto del Acuerdo de Ralito (el sometimiento de los paramilitares) nunca nos lo mostraron; a las víctimas de los paramilitares no nos llevaron a la zona de los diálogos para decirles en la cara el dolor que nos habían causado y para darles la bienvenida a la vida civil, como en mi familia hubiéramos querido hacer; tampoco se sometió el acuerdo con ellos a un plebiscito. Esto no es un reclamo, sino una comparación. Santos ha publicado el texto (larguísimo, farragoso, pero útil, del Acuerdo de La Habana); llevó a las conversaciones a grupos de víctimas (incluso a mí me invitaron, pero no quise ir, pues no me siento víctima ya); y ahora lo somete al veredicto del pueblo.

Si en el caso de los asesinos de mi padre yo estaba de acuerdo con un pacto de impunidad, con la única condición de que los paramilitares contaran la verdad y dejaran de matar, creo tener autoridad moral para decir que también estoy de acuerdo con el Acuerdo de Paz con las FARC, los secuestradores de mi cuñado. En el caso de las FARC, también acepto una alta dosis de impunidad a cambio de verdad. Tengan en cuenta además que por delitos atroces, entre los cuales se incluye el secuestro, no es cierto que en este acuerdo haya impunidad total. Los responsables pagarán hasta ocho años (si lo confiesan todo antes de que empiece el juicio) de “restricción efectiva de la libertad”, no en una cárcel corriente, sino en condiciones que el Tribunal Especial para la Paz decidirá. Y si la confesión ocurre durante el juicio, esos ocho años los pasarán en una cárcel normal. Y si no confiesan y son derrotados en juicio, la pena será de 20 años en cárceles del Estado.

“No estoy de acuerdo con él. Le comprendo y admiro.
Pero esto es lo mejor que el Gobierno pudo lograr
tras cuatro años de negociación.”

Así que no estoy de acuerdo con mi excuñado, a quien comprendo y admiro y sigo queriendo igual, en que se haya firmado un acuerdo de impunidad total. Fue un acuerdo muy generoso con las FARC, sin duda, y ojalá la guerrilla hubiera aceptado pasar siquiera dos años en la cárcel, que es a lo que aspira Federico. Pero esto fue lo mejor que el Gobierno pudo lograr, tras cuatro años de duras negociaciones, con una guerrilla que no estaba completamente derrotada.

Cuando escribo para España, o cuando hablo con españoles, algunos esgrimen el ejemplo de ETA para decirme que el Estado no puede ser condescendiente con los terroristas ni puede perdonar. No creo que los casos se parezcan ni se puedan comparar. Las FARC nacieron en un país violento, muy desigual y muy injusto, lo que no las justifica, pero sí explica en parte su furor. La guerrilla de las FARC llegó a tener 20.000 hombres en uniforme; llegó a tomarse la capital del departamento (Estado) del Vaupés, Mitú. Ejerció control y dominio (como un Estado alternativo que impartía “justicia” y resolvía líos domésticos) en amplios territorios rurales.

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Héctor Abad Faciolince (sentado a la derecha), tras el asesinato de su padre en 1987. Archivo familiar

 Las FARC han sido una guerrilla despiadada, sanguinaria, sin duda. Una guerrilla que cree firmemente y con fanatismo mesiánico en la última religión del siglo XX, el comunismo marxista leninista. En la lucha armada, en su ideología, en sus actos de terror, creo que la guerrilla se equivocó de un modo atroz. Pero en más de medio siglo de desafío al Estado no ha podido ser derrotada por las armas. Colombia tiene el presupuesto de seguridad más alto de América Latina; tiene el Ejército más numeroso; gastamos en armamento lo que no nos gastamos en salud o educación. Tuvo un presidente, Álvaro Uribe, cuya mayor obsesión durante ocho años fue exterminar a la guerrilla que había matado a su padre. La debilitó mucho, las FARC quedaron en menos de 10.000 efectivos, pero tampoco la pudo derrotar. Su ministro de defensa, Juan Manuel Santos, llegó al poder y, al verla debilitada, les volvió a ofrecer lo que todos los presidentes anteriores (incluyendo a Uribe) les habían ofrecido: unas conversaciones para llegar a un acuerdo de paz. Y Santos acaba de conseguir lo que ninguno de los presidentes anteriores consiguió: que las FARC se plegaran a dejar las armas y aceptaran convertirse en un partido político con garantías de seguridad e incluso con una mínima representación en el Congreso en las próximas elecciones.

“Escribir del asesinato de un hombre bueno me curó de la necesidad de aspirar a una cárcel para los asesinos”

En todas las familias hay uno que otro envidioso; se sienten celos aun entre los hermanos. Por eso entiendo tan bien, por eso me parece tan comprensible, tan humano, que los dos presidentes anteriores (Pastrana y Uribe) sientan celos porque Santos haya logrado lo que ellos buscaron sin conseguir. Se entiende también que quieran adoptar para su envidia una máscara más noble, la máscara de la “impunidad”. Pero estoy seguro de que, si ellos estuvieran en el poder, ofrecerían una impunidad igual o mayor que esta. Un presidente mucho más viejo, casi centenario, lúcido, ya curado de espantos y mucho más allá del bien y del mal, Belisario Betancur, un presidente que estuvo a punto de firmar la paz con la guerrilla hace 30 años, pero que fue saboteado por la extrema derecha (mezcla de paramilitares, terratenientes y una franja del Ejército) mediante el exterminio de líderes de izquierda y de todo un partido político, la Unión Patriótica, este viejo presidente, en cambio, conservador y católico, votará por el sí. También Gaviria y Samper harán campaña por el sí.

“Es humano que los presidentes Pastrana y Uribe sientan celos
porque Santos haya logrado lo que ellos buscaron sin conseguir”

Termino: las historias familiares, que son como una novela real, me han obligado a sentir y me han enseñado a pensar mucho sobre el sufrimiento, sobre la justicia y la impotencia, sobre la humillación y la rabia, sobre la venganza y el perdón. Escribir la injusticia que se cometió con mi padre, el asesinato de un hombre bueno, me curó de la necesidad de aspirar a ver en la realidad la representación de la justicia (una cárcel para los asesinos). De alguna manera yo siento que pude hacer justicia contando la historia tal como fue. Seguramente si mi cuñado hubiera podido contar la historia de su secuestro, como lo hicieron Ingrid Betancourt o Clara Rojas, ahora estaría más tranquilo y en el mismo grupo de ellas, el grupo de los que apoyamos el sí. Es por eso que ahora que he contado la historia de Federico, y ahora que he explicado mi posición para un periódico español, yo le preguntaría a mi excuñado lo siguiente: ¿no es mejor un país donde tus mismos secuestradores estén libres haciendo política, en vez de un país en que esos mismos tipos estén cerca de tu finca, amenazando a tus hijos, mis sobrinos, y a los hijos de tus hijos, a tus nietos? La paz no se hace para que haya una justicia plena y completa. La paz se hace para olvidar el dolor pasado, para disminuir el dolor presente y para prevenir el dolor futuro.