Epicuros de a pie. De Cristina López

1 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

Escribo a menudo de las redes sociales porque más allá de transformar la manera en la que compartimos información, han transformado para muchas generaciones las maneras en las que disfrutamos (¡o sufrimos!) la vida. Y entre esos componentes de la vida, la comida. Basta abrir una cuenta en Instagram (una red social fotográfica) para notar la democratización de la crítica gastronómica. Si antes la crítica gastronómica era una arena limitadísima en la que solo participaban restaurantes impagables y paladares caprichosos con acceso a una plataforma mediática, ahora todas las opiniones cuentan y se aplican a cualquier comida.

Como toda tendencia influida por los medios visuales, esta democratización viene con incentivos perversos que ya la industria de la comida comienza a explotar para intentar “viralizar” platillos en las redes sociales. La viralidad de un plato (y por ende, su popularidad en un mercado tan saturado como es el de la industria de la comida) depende tanto de su potencial fotogénico (que se vea delicioso) como de su potencial de causar envidia (que vean que estoy comiendo algo delicioso). Un término popularizado en inglés es el del FOMO o “fear of missing out”, que se traduce en “miedo a perderse algo”. En pocas palabras, la sensación de ser excluidos de algo que parece popular, es un poderosísimo mecanismo que el mercadeo explota para vender. El incentivo perverso para la industria es empezar a poner más énfasis en la presentación y el potencial fotogénico de la comida que en la frescura, originalidad, y armonía de sus ingredientes.

Pero no todo es perverso. Algo bueno ha traído este despertar generalizado en la curiosidad gastronómica y es que ha venido a crear “Epicuros” de a pie. Epicuro fue el filósofo griego cuya escuela de pensamiento surgió en respuesta al estoicismo. Los estoicos invitaban a buscar la felicidad en aceptar el presente y sus circunstancias tal y como eran (sin dejar que el deseo de buscar el placer o el miedo al dolor fueran incentivo alguno a cambiar las circunstancias del presente). En pocas palabras, la mera virtud era suficiente para la felicidad, por lo que la resiliencia a la desventura era en sí misma, felicidad. El epicureanismo, por el otro lado, ponía la política a un lado para buscar la felicidad guiada por los placeres de la vida (sin confundir con el hedonismo, pues Epicuro sugería que la prudencia debía guiar esta búsqueda). Estos placeres sin duda incluyen la comida, pues si su fin fuera únicamente darle gasolina al cuerpo, habríamos nacido sin papilas gustativas.

Y la coyuntura indica que sobran las razones para alegrarnos de que haya cada vez más Epicuros de a pie. Si, es de buenos ciudadanos priorizar algún interés en la política. Pero es de humanos interesarnos en buscar la felicidad y si esta, por pequeña que sea, es accesible con un par de mordiscos en la búsqueda de sabores nuevos, bienvenida sea. Con la fragilidad de nuestro Estado de derecho, la corrupción dentro de la política, la falta de desarrollo y demás males que aquejan a nuestros tiempos, no está de más encontrar paz en la forma que venga. Empacada en los sabores milenarios que nuestros antepasados fraguaron de maíz, frijol, y otros granos, o en nuevos sabores que fusionan culturas en geografías radicalmente diferentes a la nuestra. En platillos accesibles a cambio de centavos al lado de un carretón o a la luz de candelas en mantelería fina. Sea como sea, que si lo que nos deviene son peores tiempos, que nos encuentren con la boca llena.

@crislopezg

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