Cristina López

Políticas de teatro. De Cristina López

Este tipo de acoso es parte del show: es para que la audiencia en general tome nota de los costos que acarrea criticar al presidente electo, buscando silenciar a aquellos con menos tolerancia a la toxicidad propia de este tipo de maniobras.

25 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

Imagínense por un momento estar en los zapatos de la persona encargada de manejar la cuenta de Twitter oficial de la Policía Nacional Civil el miércoles de la semana pasada. Imagínese, mientras la persona hacía su trabajo, ver que el presidente electo desde al alcance masivo de su propia cuenta de Twitter decide exigirle a al cuerpo policial que libere a dos detenidos. Obviamente, es poco lo que puede hacer al respecto de las exigencias del presidente electo la persona con el rol de “community manager”. Y obviamente, esto es algo que sabe el presidente electo.

Pero eso no importaba. El punto no era abogar por los detenidos (que a mi parecer, fueron víctimas de una detención fue autoritaria y la libertad de expresión incluye la libertad de protestar, pero no es ese el tema de esta columna). El punto de la demanda era el show: parecer que abogaba por los detenidos mientras le tiraba carne roja a su base de seguidores. Difícilmente se le escapa al presidente electo que twitearle a la cuenta del Ministerio Público tiene el mismo efecto para fines prácticos y legales que pagar una deuda con dinero de Monopoly.

Pero el show debía continuar, e inmediatamente, como ballet coreografiado entraron en acción el tipo de mecanismos que anuncian el nivel de desinformación y propaganda que podemos esperar de los próximos cinco años de gobierno: los titulares luminosos de “medios” sin historial o legado de cubrir periodismo del de verdad, presentando al presidente electo como paladín de los derechos humanos (sin aclarar la falta de consecuencia jurídica de que un ciudadano sin la autoridad de darle una orden a la Policía Nacional Civil le envíe un tweet con una orden y con un límite de tiempo para cumplirla), mientras sus seguidores y fanáticos comenzaban a llenar las redes sociales de alabanzas y halagos.

La peor parte de esta rutina vino del rol que juegan los más tóxicos elementos del discurso político salvadoreño, y que se abalanzaron a insultar a las voces racionales que simplemente, señalaban lo obvio: que si había ilegalidad en las capturas, los mecanismos para la liberación de los detenidos no están en Twitter, sino en las autoridades competentes y que por bien intencionado que fuera el tweet del presidente electo y por apasionado que fuera el clamor de sus seguidores, ningún mecanismo legal había sido activado. Por decir algo así, a Erika Saldaña (columnista de este periódico, presidenta del Centro de Estudios Jurídicos y abogada con casi una década de experiencia constitucional desde la Corte Suprema de Justicia) la atacaron vulgarmente los fans del presidente electo, incluido el ex-diputado Walter Araujo, cuyos aportes al discurso político no estarían fuera de lugar en la sección de sol general en el Estadio Cuscatlán.

Este tipo de acoso es parte del show: es para que la audiencia en general tome nota de los costos que acarrea criticar al presidente electo, buscando silenciar a aquellos con menos tolerancia a la toxicidad propia de este tipo de maniobras. No es difícil imaginar que desafortunadamente, cada uno de los elementos de este show se van a repetir constantemente durante la próxima administración, pues al presidente electo le ha sido valiosísimo durante su carrera política, incluyendo administraciones municipales y campañas.

@crislopezg

El techo de vidrio no importa tanto como las paredes. De Cristina López

11 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

La semana pasada, en el contexto del día internacional de la mujer, un reportaje periodístico señalaba que a pesar de la creciente participación de las mujeres en cargos de elección pública, continuamos relegadas.

Según el reporte de la Prensa Gráfica, en la Asamblea Legislativa, “el promedio de diputadas propietarias en los últimos cinco períodos ha sido del 25%”. Señalaba también el reporte que nuestro país tampoco ha visto una mujer en la presidencia, ni a la cabeza del órgano judicial. A este suceso, de las notables brechas de representatividad para las mujeres en posiciones de poder (tanto políticas o corporativas) algunos le han llamado “el techo de vidrio”.

Hillary Clinton, después de gastar miles de millones de dólares en una campaña política infructuosa, aludió a la metáfora del techo de vidrio en más de un discurso. Y sin embargo, la atención que le dedicamos a la barrera invisible que impide a las mujeres llegar a la cima, a veces nos distrae de una conversación, a opinión personal, un tanto más importante: las aparentes paredes de vidrio que impiden paridad verdadera entre hombres y mujeres en campos como el acceso a la salud, el mercado laboral, ingresos económicos, entre otros. Son conversaciones importantísimas, porque estas “paredes” afectan a números bastante más grandes que los techos de vidrio.

Claro, la representación política importa. Idealmente, una verdadera seña de representación democrática sería que los representantes reflejaran demográficamente a sus constituyentes — es decir, que el porcentaje de mujeres en cargos de elección popular fuera representativo del porcentaje de mujeres en la población. Importa en el sentido de que inspira a otras mujeres a buscar puestos de poder político, ayuda a retar viejos estereotipos patriarcales sobre los roles que les competen a las mujeres, etc. Pero tristemente, no hay evidencia de que tener leyes que impulsen la representatividad en la política (como cuotas obligatorias de género) haga nada por deshacer las paredes de vidrio: un ejemplo es que entre variables como el porcentaje de mujeres en cuerpos parlamentarios y mejoras substantivas en índices que miden paridad de género en áreas como salud, educación y mercado laboral, no hay correlaciones ni impactos estadísticos significativos.

El caso de Ruanda ilustra perfectamente lo anterior. En 2016, Ruanda era el país con el porcentaje más grande de mujeres en el órgano legislativo, muy por encima de varios países desarrollados, con un 64%. Ese mismo año en Suecia, el porcentaje de mujeres en la legislatura era de 44% y en Estados Unidos era apenas 19%. Por varias razones, incluyendo el hecho de que el genocidio de 1994 en Ruanda aniquiló a un porcentaje enorme de hombres y la constitución de 2003 que ordenó que hubiera una reserva del 30% de las posiciones parlamentarias para las mujeres. Y a pesar de esa victoria numérica que produjo varios titulares periodísticos, la realidad diaria de las ruandesas es radicalmente distinta a la realidad de las suecas y las estadounidenses, en el sentido que varias variables de desarrollo demuestran desigualdades que favorecen a los hombres.

Es la existencia de tantas brechas entre hombres y mujeres en el campo de los ingresos económicos, el mercado laboral, o el acceso a la salud, por ejemplo, si explican muchas de las razones por las que continúan existiendo techos de vidrio. Muchas de estas brechas no se rompen con leyes, sino con cultura. Y la cultura solo cambia cuando los individuos cambiamos. ¿Nos atrevemos?

@crislopezg

Proteger el periodismo es proteger la democracia. De Cristina López

4 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

No hay cosa que les de más miedo a los tiranos que la verdad bien contada. De lo anterior es evidencia el más reciente desastre internacional desatado por los caprichos autoritarios de Nicolás Maduro. Había accedido a una entrevista la semana pasada con Jorge Ramos, tratando de limpiar el nefasto rol que su gobierno ha tenido en poner a millones de venezolanos en la espantosa posición de tener que decidir entre buscar otro país o morir de hambre.

Ramos es, en este momento, uno de los periodistas más famosos del mundo —no solo porque sus reportajes alcanzan a millones de latinoamericanos a través de Univisión (incluyendo a la audiencia hispanohablante de Estados Unidos, que no es poca cosa), sino porque uno de sus talentos incluye hablarle a los poderosos en la cara, sin miedo ni medias tintas, obligándolos a explicar sus acciones y rendir cuentas.

Esta característica le costó a Ramos un par de horas de libertad y la pérdida de todo el material periodístico que su equipo había recogido en su visita a Venezuela. A Maduro no le pareció que Ramos le enseñara, en su cara, la consecuencia de sus políticas de corrupción y hambre, porque, según lo reportó posteriormente Ramos, inmediatamente después de que el periodista le enseñara a Maduro un video en un iPad que mostraba un grupo de venezolanos registrando un camión de la basura para encontrar su siguiente tiempo de comida, Maduro se comportó como el tirano estereotípico que es. No solo Ramos no logró sacarle a Maduro el comentario que buscaba, haber tenido la osadía y atrevimiento de hacer su trabajo como se debe le costó su libertad por un par de horas y la consecuente expulsión de Venezuela.

Algunos medios estadounidenses señalaron que el hecho de que Ramos cuente con nacionalidad estadounidense pudo haber influido en su pronta liberación y expulsión. Algo de verdad hay en ese análisis, simplemente porque los periodistas venezolanos que como Ramos han intentado hacer su trabajo, han tenido peor suerte. Según la revista de periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York, por lo menos 60 medios de comunicación privados en Venezuela han cerrado como resultado directo del chavismo. Una de las primeras acciones de Hugo Chávez para cimentar el autoritarismo que continúa permeando ahora fue la de cerrar Radio Caracas Televisión y sustituirla con TVes, un canal que maneja el pro-chavista Winston Vallenilla.

Con idioteces del CONATEL (la agencia gubernamental de Venezuela que regula los medios de comunicación y sus contenidos) cerraron 34 estaciones de radio en 2009 alegando “procedimientos legales” sin mayor explicación. Lo que vino después fue VTV, el brazo propagandístico del régimen que continúa pintando la crisis como un ataque de imperialismo americano en contra de la soberanía bolivariana. Los periódicos de mayor circulación fueron comprados por aliados internacionales del régimen, y Globovisión, por un par de individuos con procesos judiciales abiertos por corrupción y lavado de dinero. La recesión económica se está comiendo a los demás medios pequeños, mientras que el órgano judicial arremetió con demandas y procedimientos contra los periodistas independientes hasta obligar a varios al exilio.

Muchas cosas contribuyeron a que el chavismo continúe perdurando a pesar de estar en quiebra, de no contar con apoyo internacional y de depender de la corrupción para mantenerse en el poder, y una de ellas sin duda alguna fue la falta de una prensa fuerte, independiente y con dientes. La efectividad del chavismo fue que dejaron sin micrófono a aquellos con la capacidad de contarle a un electorado crítico las razones por las que el emperador tenía años de estar desnudo.

El autoritarismo no tiene ideología. Uno de sus antídotos es el periodismo de calidad. Ese que cuenta las historias importantes sin filtrar con base en quién afectan o benefician. Si podemos aprender algo de Venezuela, que sea lo siguiente: un electorado crítico hace bien en volverse escéptico de los gobernantes que arremeten contra los medios.

@crislopezg

La política del “siempre ha sido así”. De Cristina López

17 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Existe un concepto en el estudio de las ciencias sociales llamado “dependencia del camino” o “path dependence” en inglés. Se refiere a las limitaciones que todas las decisiones tomadas anteriormente ejercen sobre las decisiones presentes. Para poner un ejemplo, la dolarización de 2001 puso al país en un camino del que, para bien o para mal, sería demasiado costoso salirse. La decisión tomada entonces, de adoptar el dólar como moneda de circulación legal, limita decisiones actuales, como la de imprimir moneda propia e influir en la política monetaria nacional. Sin embargo, también existe el peligro de pensar que todas las decisiones anteriores limitan irrevocablemente las decisiones presentes y paralizan la posibilidad de cambiar, y pensar así es peligroso porque impide imaginar alternativas. Se impone el costumbrismo y se continúan haciendo cosas sin pensar por qué, simplemente porque “siempre ha sido así”.

La política del “siempre ha sido así” es peligrosa porque atrofia la imaginación. Sin la capacidad de imaginar un futuro diferente es prácticamente imposible llevar una nación al desarrollo. Y hay tantas cosas que perpetuamos sin mayor intencionalidad simplemente porque no tenemos la audacia de cuestionar alternativas más prácticas. La semana pasada, una propuesta valiente del diputado no partidario Leonardo Bonilla puso en evidencia lo mucho que la política del “siempre ha sido así” domina nuestro quehacer nacional. Bonilla ha propuesto una reducción del número de diputados en la Asamblea Legislativa.

Sobran motivos para por lo menos considerar la propuesta: podría aumentarse la representatividad si eligiéramos representantes por distritos, habría mucha más cercanía con los constituyentes, generando mayores incentivos para la existencia de verdaderos mecanismos de rendición de cuentas. Fuera de eso, se abriría una oportunidad para la reducción de costos operativos e ineficiencias que imperan en la Asamblea. Y sin embargo, aparentemente basado en la política del “siempre ha sido así”, el mismísimo presidente de la Asamblea, Norman Quijano, demostró un desconocimiento deprimente del ordenamiento jurídico cuando descartó la propuesta de Bonilla sin argumento alguno, diciendo que el número de diputados estaba establecido por la Constitución y que por lo tanto, se necesitarían dos períodos legislativos para lograr una reforma así.

El error es entendible si viniera de un ciudadano común y corriente: no cualquiera se sabe de memoria los contenidos del Código Electoral, donde se establece el número de diputados, y se le perdonaría al ciudadano común y corriente haber olvidado la lección de estudios sociales donde se explica que las reformas legislativas apenas requieren 43 votos. Pero que el presidente de la Asamblea ponga en evidencia su falta de entendimiento de las razones por las que el cuerpo legislativo que dirige se conforma de una u otra manera, que no tenga claro qué procedimientos se requieren para cambiar dicha conformación, y aparte, no tenga verdaderas razones de peso por lo menos a considerar el debate, es equivalente a un contador o asesor financiero con dislexia numérica. ¿Cuántas alternativas estamos dejando engavetadas por el apego a la costumbre?

El desarrollo de nuestro país depende de que tengamos suficientes líderes con la audacia de imaginar diferentes maneras de hacer las cosas, dispuestos por lo menos a vender los pros y contras de sus ideas. No podemos seguir haciendo las mismas cosas y esperar resultados distintos —si existe una justificación razonable para continuar con el mismo número de diputados que tenemos, que sea porque ha habido un debate al respecto intencional y razonado, y no solo porque “siempre ha sido así”.

@crislopezg

Hay que reventar la burbuja. De Cristina López

11 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

No ha habido escasez de análisis de los resultados del 3 de febrero, varios acertados en la lectura de que la victoria de Nayib Bukele marca el inicio de una era post-partidista. Por lo menos para los partidos mayoritarios: no dimensionaron la magnitud del hartazgo de la gente al respecto de sus legados de corrupción y clientelismo. No importó a quienes llevaran de candidatos. En la derrota de ARENA y el FMLN el problema no fueron los pilotos, sino los vehículos.

Algo que también reflejaron los resultados del 3 de febrero fue el grosor blindado de la burbuja en la que vive un sector influyente de la población. El hecho de que hubiera quienes se sorprendieron con los resultados, aun cuando la mayoría de encuestas los venían prediciendo por meses, demuestra un nivel de negación brutal ante la realidad, especialmente cuando la realidad no les gusta. Prefirieron por meses cuestionar la estadística que sus propios paradigmas, tachando hechos, medibles y cuantificables, como opiniones. Sobre-estimaron espectacularmente “el trabajo territorial”, repitiendo esas palabras, “trabajo territorial” como mantra, asumiendo que numerosos mítines en todos los rincones del país tendrían un efecto de crear cercanía con la gente que no estaban capturando las encuestas. Ignoraban, quizás por falta de familiaridad con la manera en que ahora se consume la información, que mientras Martínez y Calleja se subían en tarimas a diestro y siniestro, Bukele ya estaba dentro de las casas de la gente, vía Facebook Live.

Le trataron de hablar a los votantes apareciendo en los mismos programas televisivos de siempre, esos que prácticamente sólo ven los mismos analistas políticos que aparecen en ellos, mientras Bukele iba al show de La Choli. En números, el locutor Salvador Alas “La Choli” tiene tres veces más seguidores en Twitter y Facebook que programas como Frente a Frente o Debate con Nacho. Decididamente abarcan demografías diferentes. La demografía de la que depende el futuro del país, esa que nació después de los acuerdos de paz y que no siente reverencia o apego nostálgico alguno ni con la marcha de ARENA o la efigie de Shafick Handal, decididamente no está viendo Frente a Frente, ni esperando con ansias participar en el próximo mitin cercano. Ninguno de los analistas políticos pertenece a esta demografía y parecen no entenderla.

Esa demografía está permanentemente conectada a internet y tiene razones de sobra para estar escéptica de los partidos tradicionales: administraciones pasadas que robaron cientos de millones de dólares, tasas de desempleo y subempleo altísimas, educación pública deplorable, pésimas condiciones en servicios de salud. La posibilidad de alcanzar la movilidad social que permite costear mejores oportunidades educativas y servicios privados de salud simplemente es mucho más difícil para quienes viven en territorios controlados por las maras. Cuando la movilidad social empieza a depender de la suerte más que del esfuerzo, el populismo (sobre todo el populismo que Bukele presentó, filmado en alta definición) es una opción sumamente tentadora, sin importar que se haya filmado con fondos públicos que no se destinaron hacia políticas de desarrollo.

Hay quienes se ofenden ante la observación de que hay una burbuja en que el privilegio desconecta de la realidad. Descalifican este tipo de observaciones como “resentimiento social”, y no como verdad incómoda. Hay que reventar la burbuja. Sus habitantes son quienes se fueron a dormir el 3 de febrero sorprendidos con los resultados, indicando que en su día a día no hablan con personas que piensan diferente porque prefirieron pensar que las encuestas estaban trucadas antes de oír el clarísimo mensaje que tenían. Si no oyen lo que les dicen los votantes (y quienes decidieron ni siquiera ir a votar), ¿cómo pretenden gobernarlos?

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. @crislopezg

Gracias, Carmen Aída. De Cristina López

A pesar de estos meses de atención grotesca y discriminatoria, Carmen Aída Lazo no ha dejado de ser una voz racional y mesurada, enfocada en el futuro y el potencial de El Salvador…

1 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Hay algo que espero no se pierda entre el análisis post-elección y el ruido ensordecedor del proselitismo: un espacio de apreciación humana, sin agenda política alguna, hacia Carmen Aída Lazo. Con independencia de lo que deparen los resultados, la manera en la que se ha conducido durante la campaña política la vuelve desde ya una figura histórica.

Si bien El Salvador ya tuvo una mujer en la vicepresidencia (que fue víctima también en su momento de ataques sexistas), en la coyuntura en la que Ana Vilma de Escobar resultó electa, Facebook, Twitter, WhatsApp y los sitios web de noticias falsas y ataque no estaban siendo explotadas por las campañas de la misma manera que ahora.

El análisis independiente del periodista mexicano Alberto Escorcia reveló el altísimo nivel de manipulación cibernética en la campaña electoral salvadoreña, en la que granjas de cuentas inauténticas han contribuido a crear una burbuja que encierra, en palabras de Escorcia, “una falsa realidad del panorama” con el potencial de “alterar la libre elección de los votantes salvadoreños.”

Todos los candidatos deben ser sujetos de escrutinio justo, pero el sexismo vulgar y asqueroso que ha enfrentado Carmen Aída Lazo (y Karina Sosa, aunque en menor volumen) simplemente por ser mujer ha sido evidencia deprimente del machismo cultural y la desigualdad de género sintomática de la falta de desarrollo de nuestro país.

Considerando la manipulación reportada que las campañas hicieron en redes sociales con legiones de cuentas inauténticas, es bastante obvio que detrás de varios ataques existió intencionalidad por parte de la campaña de Nayib Bukele en explotar los peores elementos de nuestra cultura (por ejemplo, el machismo de valorar a las mujeres por su atractivo) para atacar a su competencia.

Me consta. Lo viví en carne propia. En un tweet relaté (con evidencia, porque adjunté las capturas de pantalla que conservé en su momento) una ocasión en la que Bukele me ofreció via WhatsApp acompañarlo como concejal en su candidatura por la alcaldía capitalina. Era 2014 y en aquel momento yo le daba el beneficio de la duda y admiraba el potencial de su trayectoria. Cualquier intención de servir en su equipo se me desplomó cuando en la misma conversación me dijo (transcripción literal): “Hasta ahorita de concejales sólo tengo al Dr. Fabio Castillo”, seguido de “La segunda serías vos: joven, inteligente y sexy jajaja”.

La sensación humillante de sentirme minimizada no se me ha olvidado. Estoy segura que en la oferta que le hicieron al doctor Castillo, no se mencionó su atractivo físico y sexual. La risa no vuelve el sexismo menos tóxico porque no minimiza lo que hay detrás: que a la hora de considerar a las mujeres y su participación en política y el mercado laboral, se vale aludir a sus aspectos físicos de maneras que no se hacen con los hombres. En esa diferencia descansa la inequidad. Y esa inequidad la ha tenido que aguantar Carmen Aída Lazo por meses, solo por atreverse a aspirar a un puesto de servicio público.

Por varios días las respuestas asquerosas de los seguidores (artificiales o no) de Bukele a mi tweet simplemente reforzaron mi punto sobre el sexismo del candidato y pusieron en evidencia que en El Salvador, a las mujeres que denunciamos estos abusos se nos tilda de mentirosas u oportunistas (como si le debiésemos al patán que se pasó la cortesía de esperar un momento conveniente para él para discutir el tema).

En los ataques continuos que recibe Lazo se nota que para la campaña de Bukele y sus seguidores, los méritos de las mujeres (y vaya que los tiene ella) valen menos que lo que los hombres opinen de su apariencia. Y a pesar de estos meses de atención grotesca y discriminatoria, Carmen Aída Lazo no ha dejado de ser una voz racional y mesurada, enfocada en el futuro y el potencial de El Salvador, inspirando ojalá a una nueva generación de niñas a ser parte clave del desarrollo del país, sin que importe lo que opinen los trolles.

Por este ejemplo, ¡gracias Carmen Aída!

@crislopezg

La corrupción mata. De Cristina López

21 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY

El primer episodio del año en Radio Ambulante, el podcast de NPR dedicado a contar reportajes periodísticos de Latinoamérica, se trató sobre la tragedia de la discoteca “República Cromañón” en Argentina. En 2004, la discoteca se quemó enterita en un accidente prevenible durante un concierto de rock, dejando 194 muertos y miles de heridos. Aún con los años de por medio entre la tragedia y ahora, el relato es uno que invita a la reflexión porque paso a paso y más allá de la tragedia específica, es un relato con fallos identificables que siguen vigentes en muchos de nuestros países latinoamericanos.

Según el reportaje, la cantidad de gente dentro de la discoteca sobrepasaba por mucho las capacidades físicas. Es como si a punta de mala costumbre vamos volviendo los hacinamientos (voluntarios en tantos casos, en estadios o tiendas cuando hay rebajas) tan comunes, ordinarios, e irrelevantes, que se nos hace fácil digerirlos y actuar con indiferencia ante los hacinamientos forzados en tantos centros penales. Esa noche (y muchas otras) en Cromañón, las leyes que obligan a limitar el número de personas para habilitar espacios comercialmente, simplemente quedaron de adorno.

Aparte de haber llenado el espacio más allá de su capacidad, muchas puertas de emergencia estaban cerradas con cadenas y candados inexplicablemente. Eso causó que al momento de desatarse la oscuridad total al perder electricidad en medio del incendio, un alud de personas se dirigió a los rótulos iluminados con las letras de “salida”, resultando en un altísimo número de fallecimientos bajo la estampida humana que creyó que las cosas estarían funcionando como deberían y habría efectivamente una salida. No es que no hubiera leyes: es que fueron ignoradas.

El incendio en sí mismo, si bien un accidente sin dolo alguno, pudo haberse prevenido también. Había reglamentos que impiden la pirotecnia en espacios cerrados. En muchos de nuestros países la pirotecnia en sí está regulada con rigidez. Falló la cultura: era parte de la cultura del rock en el momento iluminar candelas romanas durante los conciertos, fueran dentro o fuera. Una de las chispas encendió el techo, que estaba cubierto con materiales además de inflamables, sumamente tóxicos. Según los doctores, la asfixia derivada del humo tóxico mató más gente que las estampidas o las llamas. Muchos sobrevivientes se quitaron la vida años después de la tragedia: por secuelas de traumas psicológicos y síndromes de culpa del sobreviviente, ambas consecuencias comunes después de tragedias masivas.

Sí, todas las anteriores son circunstancias quizás muy propias del país, la cultura, y sin duda, de ese momento. Podría argumentarse que es del tipo de situaciones trágicas que difícilmente se repiten. Y sin embargo, tantos de los elementos que tuvieron que cumplirse para que se diera la tragedia, se cumplen todos los días en los países en desarrollo, incluyendo a El Salvador. Los sobornos y las mordidas le permiten a muchos comerciantes deshonestos incumplir reglamentos de seguridad. La corrupción dentro de las instituciones invita a que inspectores, policías, agentes metropolitanos y demás elementos a cargo de hacer cumplir el estado de derecho se hagan del ojo pacho. La cultura del vivianismo, donde gana el más vivo, invita a que mares de individuos vean el quebrantamiento de la ley como parte ordinaria de la vida en sociedad, y eso, en entornos donde los riesgos son intrínsecos, como el tráfico, o actividades multitudinarias, deja muertos. Hay que decirlo claramente, la corrupción mata: instituciones, culturas, y por supuesto, personas.

@crislopezg

El privilegio de aplicar tests de pureza. De Cristina López

7 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Hoy sí, tras cerrar las fiestas navideñas y de fin de año, en El Salvador ya estamos a nada de las elecciones presidenciales. A estas alturas, la mayoría de gente con un índice saludable de participación cívica tiene, por lo menos, una vaga idea del voto que van a emitir y de las razones que lo motivan. La mayoría de personas motivan su voto con base en las opciones disponibles, pensando en las consecuencias futuras y tomando en consideración los elementos del pasado, pero siempre con base en lo que consideran mejorará sus circunstancias personales y las de sus familias.

Hay otros —y estos son los que no termino de entender— que motivan su voto con base en lo que en política estadounidense llaman el “litmus test” o estándares de pureza que esperan de sus candidatos. Digo que no los termino de entender, quizás porque nunca he estado en esa situación de privilegio espectacular en la que mis circunstancias (económicas, sociales, o de seguridad personal) son tan, tan buenas que no se ven afectadas por el gobierno de turno. Privilegio espectacular (por que la otra opción es crudamente, fanatismo ciego) es lo único que explica a quienes pueden darse el lujo de decidir no votar a menos que los candidatos sean la reencarnación del mismísimo Gandhi.

La realidad es que es saludable no compartir al ciento por ciento la visión de políticas públicas de ninguno de los candidatos. Es saludable porque obliga a cambiar la perspectiva y enfocarla hacia la visión de país. Obliga a comparar candidatos y contrastar todas las opciones —si lo hacemos con cosas tan triviales como modelos de televisor antes de comprometernos a comprar, lo mínimo que se espera de un ciudadano responsable sería aplicar tan siquiera el mismo cuidado con el voto. Obliga a la empatía, a pensar cómo la mayor parte de las políticas afectarán a la mayoría de salvadoreños cuyas condiciones no son de privilegio. Este tipo de ejercicio para la motivación del voto es valiosa también, porque puede traducirse en exigencia de rendición de cuentas en los temas en los que no se coincide del todo y resultar en una mayor participación cívica más allá de solo ir a las urnas.

Pero la motivación superficial basada en que los candidatos y sus equipos pasen tests absurdos de pureza que pocas personas de carne y hueso aprobarían sin hipocresías es la antítesis de un voto motivado y responsable. Por ejemplo, me he encontrado con más de un caso en el que potenciales votantes dicen que no acudirán a las urnas porque consideran que ningún candidato entre todas las opciones es lo suficientemente antiaborto para merecer su voto. En este ejemplo el test de pureza que pretenden exigir de los candidatos y sus compañeros de fórmula, es la absoluta condena al aborto. Quienes emplean este test de pureza consideran que con este tipo de compromiso radical están salvando vidas. Se les olvidó en el camino que en nuestro país, la premisa de que la vida comienza desde la concepción ha sido elevada a principio constitucional. Aplican su test de pureza en las elecciones presidenciales como si no importara que la Constitución solo puede reformarse con dos Asambleas, por lo que importa menos lo que opinen los candidatos a la presidencia o vicepresidencia en una república donde existe la división de poderes y en la que del órgano Ejecutivo dependen otras políticas de vida o muerte, como la seguridad nacional en un país en que las cifras de homicidios diarios tienen dobles dígitos.

Presumen de rectitud de principios, pero en realidad están abdicando su deber como ciudadanos responsables. Tienden a ser también la gente cuyo patrimonio, dirección residencial, o capacidad financiera les protege de las políticas, historial de corrupción, falta de capacidad para manejar la inseguridad, o tendencias autoritarias del candidato que llegue a presidente. Así, cualquiera.

@crislopezg

Encuestas de Uber. De Cristina López

10 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

De Uber se puede tener variedad de opiniones: es una de las fuerzas más disruptoras de la economía del transporte y, al mismo tiempo, una compañía que se ha resuelto el “problema” de tener que cumplir con leyes y protecciones laborales para sus trabajadores al funcionar con una flotilla de “contratistas” o “colaboradores independientes”. Por suerte, esta columna ni es de Uber ni pretende influenciar debate alguno sobre las complejidades de su aparición en el mercado global en general y el salvadoreño en específico.

Esta columna es sobre las conversaciones políticas interesantísimas que durante la semana pasada, en una visita exprés de esta hermana lejana a mi añorado El Salvador, tuve en el contexto de movilizarme en Uber. Con el servicio me topé con una muestra estadística interesante: los conductores variaron en edad, sexo, profesión u oficio y provenían además de diferentes zonas aledañas a la capital o a La Libertad. Obviamente no estoy abogando por sacar conclusiones con peso estadístico alguno, y es claro que socioeconómicamente los conductores tienden a ser más parecidos que distintos (en el sentido que todos tienen acceso a carro y a tecnología celular en teléfono inteligente) como para no representar más que a un sector sumamente específico de la clase media.

Tuve la suerte de que todos me resultaron platicones, y el tráfico insoportable que nuestra bien intencionada pero insuficiente infraestructura permite, contribuyó al espacio para platicar con tiempo sobre el país. En específico, la situación política y lo que puede que nos depare en las próximas elecciones. Y aunque, de nuevo, las pláticas carecen en lo absoluto de peso estadístico ni deberían inspirar predicción alguna sobre lo que nos depara después de febrero del próximo año, a mí me sirvieron muchísimo, pues, como salvadoreña en el exterior interesada en la coyuntura nacional, las redes sociales son el único medio en el que consumo noticias nacionales. Las opiniones que ahí se vierten son la única manera en la que, desde allá, puedo construir mi percepción sobre la popularidad o efectividad de diferentes candidatos y propuestas y, en cierto modo, tomar la temperatura de ciertos temas.

Y nada: las pláticas me botaron mi percepción construida a punta del ruido de las redes sociales de que el candidato de Nuevas Ideas no tiene competencia. O por lo menos la percepción de que es el incuestionable mesías que resolverá todos los problemas. De la mayoría de conversaciones sobre lo que se habla en redes sociales saqué la conclusión de que hay cierto hartazgo de que el diálogo político y la discrepancia de opiniones de cualquier tipo se hayan vuelto tan tóxicos. Hay quienes dijeron que prefieren no opinar porque el costo de decir opiniones impopulares o que contrarias (incluso en la manera más leve) a lo que parece ser la mayoría se ha vuelto demasiado alto: con bullying, memes sexistas (esto solo lo mencionaron las mujeres), o insultos.

Más allá de candidatos, hablamos de problemas. Y de lo raro que resulta que en un país donde el mayor problema parece ser la seguridad pública, que el tema no sea el eje único y principal de todos los candidatos. Una de las historias que oí, de un conductor que antes hacía rutas dentro de diversas colonias y de cómo tuvo que abandonar ese empleo cuando las maras lo volvieron inviable, me recordó que es imposible hablar de trabajo para todos sin incluir las políticas que harán factible que los trabajos no le cuesten la seguridad a la gente. Sin tratar de hacerle propaganda a Uber, los candidatos deberían considerar darse una vuelta y hablar, sin ideas preconcebidas, con los conductores. Las pláticas son más informativas que la bulla digital.

@crislopezg


Elecciones digitales. De Cristina López

3 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Está más que establecido que las redes sociales y la interconectividad global han venido a revolucionar varias industrias, algunas más que otras. Las disrupciones del universo digital han impactado de maneras obvias los rubros comerciales, donde las compras a través de internet le comienzan a hacer la competencia a las tiendas en los centros comerciales, y para bien o para mal, han impactado el rubro del periodismo.

El oficio periodístico en la actualidad ya no puede darse el lujo de mantenerse al margen de las redes sociales: ahora es parte de ellas. Los periodistas que en los próximos años decidan ignorar la influencia que la desinformación y la inmediatez informativa juegan en las percepciones y en la capacidad de reportar la verdad se verán incapacitados de hacer su trabajo o relegados a la inefectividad. Lo anterior también es un reto para los educadores cuya responsabilidad es preparar a los ciudadanos del futuro: ¿cómo enseñarle a los votantes del futuro a mantener una dieta informativa de calidad que les permita discernir entre el ruido informativo y la realidad? La amenaza de que la urgencia de las trivialidades ofusquen lo importante hace a nuestras sociedades especialmente vulnerables a la retórica de políticos demagogos y oportunistas.

Similarmente, otro rubro tremendamente afectado por la ubicuidad de las redes sociales ha sido, innegablemente, la política. En 2016, fueron las redes sociales lo que le permitió a Donald Trump, un candidato con nula experiencia política y electoral, explotar con su retórica los sentimientos de millones de votantes estadounidenses para terminar ganando la presidencia. De la misma manera y más recientemente, en Brasil el extremismo retórico que se respiraba en diferentes plataformas digitales le terminó favoreciendo a Jair Bolsonaro, muy a pesar de los frecuentes llamados a la moderación desde las instituciones de la comunidad internacional, los paneles políticos televisivos, o desde las páginas de opinión de diferentes medios de comunicación tradicionales.

Es por eso que no es extraño que en plena campaña presidencial en El Salvador, la publicidad electoral no sea como la de otros años, en las que el asalto visual en las carreteras era imposible de evitar. Ahora la batalla se está librando en línea y es Google la agencia mediática que se encuentra recibiendo los dólares que antes se embolsaban la mayoría de medios tradicionales. Pautar en línea significa, ahora en día, comprar la capacidad de influir resultados virtuales de búsqueda. Un votante indeciso en busca de información en Internet será guiado a la información del candidato que haya pagado más para pautar en línea. La información que verá un votante en sus redes sociales, ya sean Instagram, Facebook, o WhatsApp (todas con enorme popularidad entre los salvadoreños) será la que los algoritmos que sus propios clicks y círculo de amigos definan como importante. Alguien cuyos comentarios en línea tienden hacia la izquierda, verá esa opinión reforzada o radicalizada con contenido similar, y alguien cuyos comentarios o “Likes” demuestren una tendencia hacia la derecha, jamás obtendrá contenido neutral.

El ruido electoral es peligroso porque es difícil predecir sus efectos en el mundo de carne y hueso. En redes sociales, las marcas más ruidosas son también las que generan más ruido por parte de las audiencias, por lo que una marca que se vende como popular termina volviéndose popular en una suerte de profecía que se autocumple. Sin embargo, en nuestro país es difícil saber aún hasta qué punto la popularidad digital puede capitalizarse y convertirse en victoria electoral. En El Salvador ganar la presidencia aún requiere un enorme esfuerzo de trabajo territorial por el simple hecho de que la integridad de nuestras elecciones aún depende en gran medida de las estructuras partidarias que cuidan urnas, haciéndose contrapeso entre los diferentes partidos y contando a mano voto por voto. Solo en febrero podremos saber si efectivamente un like en línea equivale a un voto en la vida real.

@crislopezg