inclusión

La sociedad inclusiva y sus enemigos. De Manuel Hinds

27 julio 2018 / El Diario de Hoy

Ayer en Cajamarca firmaron un acuerdo de cuatro partidos políticos —ARENA, el PCN, el PDC y DS— que está basado no en repartos de cuotas de poder sino en el apoyo a acciones concretas en la solución de los problemas del país. Cada partido correrá con su identidad en las elecciones, manteniendo sus ideas y sus estructuras pero apoyando una sola fórmula y las bases de un plan de gobierno. Quedan diferencias, pero esas no importan porque se han unido sobre lo que los une, no sobre lo que los separa.

El pacto es una manifestación de un nuevo espíritu que ha surgido en por lo menos estos partidos políticos, buscando lograr algo que ha sido muy elusivo en El Salvador: la creación de la unidad dentro de la diversidad.

Desde el principio de los tiempos ha habido dos maneras de hacer política: una, la salvaje, que consiste en imponer sobre los demás la voluntad de un grupo, que muchas veces es una minoría pero en otras puede ser una mayoría que no respeta los derechos de las minorías; la otra, que consiste en negociar compromisos estables entre la diversidad de ideas e intereses que caracterizan a una sociedad libre, respetando siempre los derechos de las personas. Esta es la sociedad abierta, democrática e inclusiva porque busca la unidad en la diversidad, mientras que la otra la busca aplastando cualquier oposición y pretendiendo que toda la población piensa igual. El paso de una manera de hacer política a la otra abre paso al desarrollo del país.

Los enemigos de la sociedad abierta e inclusiva vienen en muchos envoltorios pero todos, todos comparten una característica común: ellos creen que la política no debe existir porque creen que todos los demás deben obedecerles a ellos. Nada de buscar acuerdos, nada de respetar diferencias, nada de escuchar ideas diferentes. Las razones por las que creen que todos deben obedecerles son variadas —los nazis porque se sienten racialmente superiores, los comunistas porque se creen que son la vanguardia de la historia, los fanáticos religiosos porque, cometiendo el mismo pecado de soberbia que llevó a Satanás al infierno, creen que Dios habla a través de ellos, los niños malcriados porque así se acostumbraron— pero todos están seguros de que ellos tienen la verdad absoluta y deben tener el poder de imponerla. Todos estos son y han sido la base de las tiranías peores que han existido en la historia, de las que se han opuesto al progreso, de las que prohibieron el avance de la ciencia, de las que prohibieron a Galileo que se le ocurriera que la Tierra se mueve, de las que quemaron gentes en la estaca por pensar lo que querían.

Esta manera de pensar es la que ha prevalecido en nuestro país por siglos, igual que en todos los países primitivos. Ella es la que nos llevó a los regímenes militares de antes de la guerra, es la que dio su personalidad tiránica al FMLN, es la que nos ha llevado a la gran fisura que divide a la sociedad salvadoreña casi por mitad, que no es entre derecha e izquierda, sino entre gente que vota porque se siente representada y gente que se abstiene porque no se siente así. El país no será democrático mientras no demos ese paso hacia la diversidad y el respeto a los demás.

Hoy ya han desaparecido los regímenes militares. Pero los de mentes verticales siguen regresando en dos envoltorios principales. Unos son los que, arropándose en los defectos que todavía tiene nuestra democracia, quieren eliminar todas las instituciones democráticas y convertirse ellos en los líderes únicos, arbitrarios de nuestro país. Los otros son los que, anidados en los partidos políticos, incluyendo ARENA, desde allí quieren evitar que los partidos se abran a la diversidad, sin darse cuenta de que sin esta apertura no hay manera de triunfar políticamente en un país que, como todos, es diverso. Ojalá que estos no logren empañar los avances que los partidos del pacto están logrando con su unión sobre principios y una fórmula presidencial acorde con la sociedad moderna, diversa, inteligente, que queremos llegar a ser.

Jóvenes ahora y siempre. De Carolina Ávalos

Si queremos avanzar como sociedad, tenemos que romper las cadenas que nos atan al pasado.

Carolina Ávalos, 14 marzo 2017 / EDH

En los años 80, mi generación no tuvo acceso a una vía política civilizada. Muchos de nosotros, los jóvenes de entonces, enfrentamos frustraciones y vivimos angustias, en un contexto en donde no teníamos una opción democrática para participar en los cambios sociales y hacer que nuestra voz se escuchara. Fue un tiempo en el que se truncaron los sueños de muchos jóvenes: por la muerte; por la emigración a otras tierras; o, simplemente, porque se quedaron haciendo lo mejor que pudieron, dadas las circunstancias de guerra e inicios de la posguerra. Sí, hay que reconocer que fuimos una generación taciturna contra todo nuestro deseo.

Treinta años después, no queremos repetir la historia. Los jóvenes de hoy no tienen por qué renunciar a ser jóvenes, ni abandonar el deseo de impulsar cambios. Además, no podemos ignorar las dinámicas de la globalización y los cambios que esto conlleva en nuestras sociedades. Me refiero a los avances en campos tan variados como la tecnología y las comunicaciones, pero, sobre todo, en nuevas posibilidades de transformación hacia sociedades más modernas, democráticas y sostenibles.

Por eso me parece incomprensible que en el siglo XXI la juventud salvadoreña choque contra una muralla impenetrable cuando es propositiva. Al parecer, sólo hay cabida en las instituciones políticas para los jóvenes que son agentes de transmisión de la línea tradicional y establecida. Esto, claramente, va en contra de la naturaleza misma de lo que significa ser joven, como sujeto apasionado y transformador de la realidad.

La juventud es la levadura que puede contribuir a las transformaciones necesarias en los partidos políticos existentes, e incluso en el mismo sistema político. Apostarle a espacios e instituciones políticas en donde no se exija la obediencia, sino la participación dinámica de nuestros jóvenes, sería un punto de quiebre. Más ahora que  estamos en un momento decisivo en la política nacional: la ciudadanía y los jóvenes, en particular, buscan un tipo de representación política que les haga valer sus ideales, que les canalicen y den respuestas a sus preocupaciones, y que les brinden espacios para participar activamente en el debate nacional y en el planteamiento de propuestas para generar cambios positivos en la sociedad.

Estoy convencida que es un momento decisivo en nuestra vida política. Las diferentes generaciones tenemos que trabajar juntas y dar un giro en la manera de hacer política en nuestro país. No podemos seguir comprometiendo el futuro de nuestros jóvenes y de toda una sociedad. Más aún, cuando vivimos en un contexto social complicado, en donde los jóvenes son las principales víctimas de la violencia social, donde las oportunidades educativas son limitadas, desiguales y de mala calidad. En El Salvador, la matriculación de la educación media (tasa neta) roza el 38 % y la terciaria (tasa bruta) el 30 %, muy por debajo de los promedios de América Latina.

Hay muchos jóvenes que ni estudian ni trabajan (uno de cada cuatro), y que no cuentan con las herramientas necesarias (cualificación, educación, etc.) para poder insertarse en el mercado laboral en condiciones favorables, por lo que siguen engrosando el gran sector informal, todo esto limitando seriamente las posibilidades de movilización laboral y social.

Como sociedad tenemos que abrirle el paso de los jóvenes al conocimiento, al acceso a tecnologías, a la participación política, a las oportunidades de realizarse en su vida laboral, familiar y comunitaria. No podemos seguir truncando las vidas de más jóvenes, con nuestras viejas historias de un mundo mejor antes de la guerra e imponiendo nuestras visiones de manera egoísta: tenemos que conciliar y transitar entre generaciones. O le abrimos el paso a la juventud, o el paso se abrirá a pura presión, como ocurrió con el volcán de San Salvador al hacer erupción en 1917: la presión fue de tal magnitud que la lava buscó salidas alternas.

Los jóvenes tienen el potencial de transformar la sociedad y de exigir, reformar y construir las vías democráticas para ello. Tengo la convicción que apoyaremos en este camino a los jóvenes, hijos nuestros, y futuros padres y madres de nuestros nietos, sobre todo porque es nuestro anhelo que se conviertan en ciudadanos de pleno derecho.

@cavalosb