David Jiménez

El espíritu de ‘Serambi’. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 13 marzo 2016 / EL MUNDO

La redacción del diario Serambi, en la ciudad de Banda Aceh, había sido arrasada por el gran tsunami del Índico que en 2004 mató a más de 230.000 personas. Los empleados más madrugadores se habían ahogado en la primera planta, la imprenta del periódico yacía hecha añicos en el párking y la mitad de la plantilla había desaparecido. Los supervivientes buscaban a familiares y amigos entre las ruinas de una ciudad fantasma. Entonces ocurrió algo inesperado. Periodistas que lo habían perdido todo empezaron a presentarse en su puesto de trabajo. Localizaron un par de ordenadores que aún servían en la segunda planta. A tres horas de Aceh, en una localidad vecina, se encontró una pequeña imprenta que todavía funcionaba. Alguien consiguió una furgoneta de reparto. Y seis días después de que el tsunami golpeara la redacción, el Serambi volvió a salir a la calle. “Pensamos que en mitad de la tragedia nuestros lectores nos necesitaban más que nunca”, me dijo Ajurdin, su director, sobre su empeño en resucitar el periódico.

Pienso a menudo en el Serambi, y en el espíritu de los periodistas que lo sacaron adelante porque, salvando las diferencias, la prensa española ha vivido su particular tsunami en los últimos años. Nos hemos enfrentado a la mayor crisis económica en décadas y a un cambio de modelo que nos ha obligado a buscar la manera de sobrevivir en un nuevo escenario. Y aquí estamos: con nuestras heridas, ninguna más dolorosa que la de ver a compañeros perder sus puestos de trabajo, y preguntándonos por la siguiente historia.

A veces se nos olvida cuánto han cambiado las cosas y a qué velocidad. Cuando cubrí el tsunami para este periódico no existían el iPhone, Twitter o Facebook. La redacción digital de nuestro periódico ocupaba un rincón discreto de la redacción. Internet ya era una realidad, pero la mayoría de los periodistas no veían la revolución digital como una oportunidad, sino como una amenaza. Lo sé, porque yo formaba parte de la resistencia. Consideraba que mi trabajo debía ser el del corresponsal clásico y que el mejor periodismo sólo se podía hacer en el papel.

Hoy existe el convencimiento en las redacciones, incluso en las de los medios más tradicionales, de que la tecnología puede ser nuestra aliada, de que sólo si nos adaptamos en un proceso de innovación continua podremos seguir adelante y que sumarnos a la transformación digital no es una opción. El tren va a pasar, está pasando ya, y al maquinista no le importa quién se sube y quién se queda en el andén.

Hay compañeros que ven estos cambios con temor y se aferran a la nostalgia como coartada para resistirse a ellos. Me preguntan con preocupación si voy a matar el papel, como si eso fuera algo que pueda decidir un director de periódico desde su despacho y no los lectores. Mientras sigan con nosotros, y decenas de miles de ellos lo están, seguiremos editando nuestra versión impresa con el mayor cuidado, tratando de hacerla mejor cada día. Pero a la vez vamos a apostar por llevar nuestro periodismo a más lectores, en lugares donde todavía no nos leen, convirtiendo nuestra redacción en un centro de innovación y creación de periodismo, buscando nuevas formas de contar las historias y organizando los flujos de trabajo de acuerdo con los tiempos, aprovechando ese matrimonio entre tecnología y periodismo que ya es para toda la vida y que nos ha permitido tener hoy más lectores que nunca.

Mis colegas más escépticos, incluidos algunos periodistas que admiro, creen que en ese viaje que hemos emprendido no podemos dejarnos nada de lo esencial en el camino. Y llevan razón. Mientras incorporamos ingenieros y desarrolladores a nuestras redacciones, tenemos que reforzar nuestros equipos de investigación para seguir cuestionando al poder. Mientras trabajamos en la forma de actualizar más rápido nuestra información, debemos reforzar los controles de edición para que sea lo más justa posible. Mientras buscamos nuevos formatos e innovaciones, tenemos que encontrar el tiempo para hacer autocrítica, eso que tanto nos cuesta a los periodistas. No puede ser que nosotros, que nos dedicamos a criticar lo que hacen políticos, artistas o deportistas, no seamos capaces de cuestionarnos lo que hacemos y por qué. ¿Hemos contrastado lo suficiente nuestra última información sobre corrupción? ¿Justifica la relevancia de una información romper el derecho a la intimidad de los afectados? Cuando nos equivocamos, ¿hacemos lo suficiente por reparar el error?

El cambio no puede consistir sólo en mejorar nuestra tecnología, desarrollar las mejores apps o tener el mejor diseño, porque como dice la gran maestra de periodistas Rosa María Calaf, los medios no somos tostadoras. Tenemos un compromiso intelectual con la sociedad y debemos reforzarlo o todo lo demás no habrá servido de nada. Mirando atrás, a lo que hemos pasado y dónde estamos, también nosotros podemos sentirnos orgullosos de haber llegado hasta aquí, convencidos, como decía el director del Serambi, de que en un mundo lleno de incertidumbres y no pocas trampas, nuestros lectores todavía nos necesitan.

El texto es un extracto del discurso de inauguración del Congreso Digital de Huesca del director de EL MUNDO.

Donde los pájaros han dejado de volar. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 21 febrero 2016 / EL MUNDO

El escritor cubano Reinaldo Arenas, encarcelado por Fidel Castro, decía que la diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque en los dos te puedes llevar una patada en el culo, «en el comunista te la dan y además tienes que aplaudir». Leopoldo López no es de los que aplauden y de ahí que permanezca en una celda de aislamiento del penal de Ramo Verde. No es casualidad que, mientras se cumplía el segundo aniversario de cautiverio del disidente, en las estanterías de los comercios de Caracas se agotaran las últimas reservas de pan y el régimen subiera el precio de la gasolina un 6.000%. Venezuela vive el acto final de una revolución que, como tantas otras, fue lanzada en nombre del pueblo, entregada al beneficio de unos pocos y pagada por la mayoría. «A la dictadura le quedan horas», nos decía López en una entrevista que publicamos el jueves, tras remitir sus respuestas en servilletas de papel.

el mundoQue sean horas o meses dependerá de hasta dónde están dispuestos a llegar para defender al régimen aquellos que han vivido de sus prebendas, incluidos los mandos militares. Con el dinero a buen recaudo fuera del país, y sus retoños enrolados en las universidades del malvado imperio, la élite chavista lleva tiempo preparándose para este momento. Muy pronto habrá volado hasta ese pajarito que Maduro dice que se le aparece de vez en cuando -«me dijo que el comandante (Chávez) estaba feliz y lleno de amor de la lealtad de su pueblo»-, en caso de que le queden fuerzas para huir.

Lo que sorprende de la decadencia de la revolución bolivariana y del fracaso de su modelo es cuántas veces hemos visto la misma película y cómo, a pesar de ello, tenemos la certeza de que la volveremos a ver. El líder carismático que promete a su pueblo crear la sociedad más igualitaria del mundo y a cambio le quita la libertad, que poco a poco va tomando las instituciones del Estado, las corrompe para eternizarse en el poder y termina no distinguiendo entre sus intereses y los de su gente. Entre enemigos reales y ficticios. Entre el bien y el mal. El desenlace suele ser el desmoronamiento del régimen tras la muerte del líder o su supervivencia, si éste dejó una estructura lo suficientemente sólida y pragmática como la del Partido Comunista de China (PCCh). Allí, los herederos de Mao decidieron que para seguir reinando debían traicionar todos sus principios y lo hicieron sin rubor: abrazaron el capitalismo y prometieron a sus ciudadanos que, si no desafiaban su dictadura, les dejarían prosperar. Y han cumplido, aplastando en el camino a quienes no estaban de acuerdo con el trato.

Pero Maduro, ¿qué tiene que ofrecer? Sólo despensas vacías y una economía arruinada que ha demostrado no ser sostenible en cuanto ha bajado el precio del petróleo, una sociedad enferma por el crimen donde el año pasado fueron asesinadas 28.000 personas -uno de cada cinco muertos en América- y una generación que ha visto marcharse a quienes podían permitírselo, dejando atrapado al resto en manos de un gobierno incompetente que no puede ofrecer ni igualdad ni prosperidad, mucho menos libertad, como nos recuerda la imagen de Leopoldo López tras los barrotes de su celda.

Hay lecciones de lo ocurrido en Venezuela que son válidas para cualquier país, incluido (o especialmente) el nuestro. Fue la negligencia y el egoísmo de una clase política corrupta, y una oligarquía que se alió con ella para aumentar sus privilegios, lo que creó el vacío que permitió la llegada al poder de Chávez. No se conoce, en cambio, del triunfo del populismo en aquellos lugares donde las instituciones son sólidas e independientes, la prensa cumple su misión como guardián del sistema, los partidos políticos tienen mecanismos de regeneración y la corrupción conlleva la asunción de responsabilidades. Puede que asome la cabeza, pero no suele llegar lejos el populismo donde hay un sistema educativo que fomenta la conciencia crítica, una justicia emancipada del poder político y una percepción generalizada entre los ciudadanos de que el sistema trabaja para ellos. Por eso, mientras se lamentan de su suerte y de los escaños perdidos, los partidos tradicionales de nuestro país harían bien en mirar atrás y preguntarse cómo fue que también aquí el populismo encontró su hueco. Y cuál debería ser su comportamiento en adelante si no quieren seguir alimentándolo.

 

@DavidJimenezTW

En el nirvana de Iglesias también se pone el Sol. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 14 febrero 2016 / EL MUNDO

En el paraíso que nos viene anunciando Pablo Iglesias, y que según sus previsiones está cada vez más cerca, la virtud política sustituirá a los pecados de la casta y seremos iluminados por la verdadera democracia. La prensa será respetada, las responsabilidades políticas asumidas, la democracia interna del partido gobernante ejemplar y el nepotismo cosa del pasado. Adiós a los cuñados con despacho. Tendremos un Gobierno capaz de decirle cuatro cosas a Angela Merkel -no como ese pusilánime de Tsipras-, y se plantará cara a los mercados. Nuestros dirigentes irán al trabajo en bicicleta y subvencionarán una a quienes queramos seguir su ejemplo. El país será, al fin, purificado.

el mundoYa decía Quevedo que nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir, porque la parte fácil siempre es la primera. Prometer. Podemos y sus partidos afines ya tienen el poder en algunas plazas importantes y se puede empezar a medir cuánto se ha avanzado allí en la búsqueda de Shangri-La e incluso si hay alguna intención de alcanzarlo. Los periodistas de EL MUNDO han ido a comprobarlo en una serie de reportajes que esta semana hace parada en el Madrid de Carmena, después de nuestra visita a Cádiz, donde (casi) estuvimos con Kichi, el alcalde de Podemos.

No lo conseguimos del todo porque la idea que el regidor gaditano tiene del trato con la prensa no le permitió encontrar tiempo para hablar de su gestión, pero sí conceder entrevistas a quienes quisieran preguntarle por el Carnaval. Si hubiéramos podido, le habríamos preguntado si el fin del nepotismo es compatible con contratar a las parejas de los miembros de su equipo como asesores; si considera que luchar contra la pobreza es fotografiarse en un palco con familias sin hogar, mientras sigue sin solucionar su promesa de dar una vivienda a quienes viven sin luz ni agua corriente; o si tiene previsto dedicar más tiempo a gestionar la ciudad y menos a la farándula propagandística, como piden los empresarios, comerciantes y asociaciones de vecinos que han perdido la paciencia con la política de plató y disfraz.

La pregunta que todo el mundo se hace -¿cómo sería un Gobierno de España con Podemos?- es difícil de responder, y unos pocos alcaldes no tienen por qué ser representativos de todo lo que haría el partido, pero empezamos a tener suficientes pistas como para que resulte innecesario que los ministros de Mariano Rajoy compitan entre ellos por lanzar la advertencia más apocalíptica. Cada vez que nos anuncian el fin del mundo tal como lo conocemos, en cuanto Pablo Iglesias llegue al poder, sólo consiguen sumar votos para el partido morado en las próximas elecciones, sobre todo, porque el discurso del miedo viene de un grupo carcomido por la corrupción que ha perdido toda legitimidad para dar lecciones hasta que no se regenere.

El problema no es que Podemos sea un partido amigo de ETA, sino que carece de un proyecto integrador común para España; el problema no es que quiera acabar con el modelo económico vigente -Iglesias le duraría a Angela menos que Tsipras-, sino que sus propuestas son irrealizables y el mero hecho de formularlas en una posición de responsabilidad agravarían nuestra crisis; el problema tampoco es que algunos de sus miembros se vayan de excursión anarquista a Venezuela, sino que sus líderes hayan mostrado en un pasado reciente su admiración por un régimen que ha empobrecido una nación inmensamente rica y mantiene a disidentes encarcelados. La pregunta es legítima: ¿ven en ese modelo un ejemplo a seguir y en qué?

Podemos y sus partidos hermanos están demostrando sin ayuda su incapacidad para la gestión y la prueba no está ni siquiera en los errores cometidos en los ayuntamientos de Cádiz o Madrid, sino en la determinación de gobernar sólo para quienes les votaron y piensan como ellos. La prioridad no parece el servicio público, sino ganar tontas batallas ideológicas. No es limpiar las calles, sino redefinir la imagen que los niños tienen de los Reyes Magos. No es arreglar el tráfico, sino utilizar la cultura para avanzar su agenda política. No es hacer que la ciudad funcione mejor, sino retirar placas franquistas -y algunas que no lo son- y cambiar el nombre de las calles. Al final va a resultar que la nueva política no era más que eso: mantener a su manera los vicios de la vieja y prometer que, una vez alcanzado el Shangri-La, el líder hará que el Sol se ponga sólo cuando convenga al pueblo.

Las siete vidas de Sánchez, ‘El Renacido’. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 7 febrero 2016 / EL MUNDO

No había terminado Pedro Sánchez de anunciar que había hecho historia en la noche electoral, tras obtener los peores resultados de un líder socialista, y los tertulianos ya hacían porras sobre su defenestración, su número de teléfono empezaba a ser tachado de las agendas del poder y en las redacciones preparábamos su esquela política. Que un mes y medio después el candidato del PSOE esté en posición de convertirse en el próximo presidente confirma que, siendo éste un país donde los políticos disfrutan de una esperanza de vida profesional inversamente proporcional al mérito, no se les puede enterrar sin haber comprobado su pulso una séptima vez.

Sánchez ha llegado hasta aquí tras un intercambio de papeles que será estudiado en las facultades de política, asignatura de el mundoEstrategias Incomprensibles. Porque mientras el candidato socialista perdía las elecciones y se comportaba como si las hubiera ganado, Mariano Rajoy actuaba como si las hubiera perdido, a pesar de haberlas ganado. El resultado es un presidente relegado al papel de segundón, a la espera de que sus rivales políticos decidan su destino.

Pedro Sánchez ha sido subestimado por todo el mundo menos por él mismo desde que se convirtió en el secretario general del PSOE gracias a que «pasaba por ahí», según la definición que esta semana me confiaba un miembro destacado del partido. No sabemos mucho de sus ideas o su visión de país, pero se nos ha ido revelando el carácter temerario de quien se tira a la piscina primero y comprueba si hay agua después. Hay veces que uno tiene la sensación de que, cuando sonríe en las ruedas de prensa, el líder socialista lo hace preguntándose cómo es posible que esté en semejante posición.

La suerte de haber nacido en un país como España, quizá.

Lo que no se le puede negar a Sánchez es el arrojo de avanzar ignorando el ruido a su alrededor, sin importar de dónde venga. Pasa de las instrucciones del patriarca Felipe González, responde con órdagos a los puñales que le lanzan desde dentro del partido y dice estar dispuesto a llevarse de compañero de viaje a Albert Rivera o Pablo Iglesias, como si los proyectos para el país de sus potenciales socios tuvieran algo que ver. Pero incluso quienes no daban un duro por el líder socialista empiezan a admitir que quizá haya una estrategia detrás de sus movimientos. «Voy en serio [a intentar ser presidente]», dice él. Y ya no se escuchan risas de fondo.

El problema de ‘El Renacido’ aspirante socialista, dado por muerto antes de tiempo como el personaje de DiCaprio en la última película de González Iñárritu, es que las mismas matemáticas que le han puesto el premio gordo a tiro pueden llevárselo por delante, y con él a su partido. Los ‘populares’ nunca se abstendrán para hacerle presidente con Ciudadanos, menos aún siendo la alternativa una segunda vuelta electoral con la que Rajoy sueña redimirse y seguir bloqueando cualquier renovación interna. Los barones tampoco dejan a Sánchez gobernar debiendo favores a partidos separatistas, que es sabido siempre vuelven para cobrarlos. Y el horizonte de tener que sentarse en el consejo de los viernes con un vicepresidente que busca la destrucción de tu partido, y varios ministros cuyo modelo económico ideal es una mezcla entre Venezuela y Grecia, no se antoja apetecible. «Vamos a nuevas elecciones», se escucha en los cuarteles generales de los partidos. Quizá, pero no sin antes alargar el teatro unos meses más y aumentar la percepción exterior de lo que nosotros sabemos hace tiempo. No somos un país serio.

Hay otra opción, más improbable pero mejor para España: que no triunfen ni la pasividad de Mariano Rajoy ni la temeridad de Pedro Sánchez y que ambos se aparten para dejar que sean otros dirigentes de sus partidos quienes lideren un gran pacto entre PP, PSOE y Ciudadanos para regenerar la vida pública, transformar el país desde la educación y reforzar con medidas urgentes una recuperación económica todavía frágil.

El problema es que estamos ante dos supervivientes con escasa predisposición para el altruismo político y que, a pesar de tener personalidades opuestas, comparten la misma determinación por agotar hasta el último suspiro la vida política que les queda.

La penúltima oportunidad de construir un país mejor. De David Jiménez, director de El Mundo

Nos parece ejemplar el enfoque que el director de un periódico da a las elecciones el mero día de los comicios. David Jiménez, director del periódico español El Mundo, no llama a votar por determinado candidato o partido, sino por principios y por la regeneración del sistema democrático de España.

Segunda Vuelta

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 20 diciembre 2015 / EL MUNDO

La pregunta que más me han hecho en los últimos dos meses ha sido para quién iba a pedir el voto EL MUNDO en estas elecciones. Los lectores que hayan leído nuestro editorial de ayer ya saben la respuesta: para ninguno. No porque creamos que deban quedarse en casa -pocas veces fue tan decisivo ejercer el derecho al voto-, sino porque el nuestro es un proyecto intelectual independiente. No somos un diario de partidos -esa opción existe, igualmente legítima-, sino de principios. No apoyamos partidos políticos, sino valores. No pensamos que nuestra labor sea decirles a quién deben votar, sino ofrecerles todos los elementos para que tomen esa decisión de la forma más informada posible.

el mundoEsto no quiere decir que todos los partidos o sus programas nos parezcan iguales. Ante el desafío catalán, preferimos las propuestas de Ciudadanos a las del Partido Socialista. Creemos que la economía estaría en mejores manos con el Partido Popular que con las recetas populistas de Podemos. Y, aunque coincidimos con los nuevos partidos en la necesidad de regenerar España, no pensamos que para hacerlo haya que romper el sistema. Bastaría con mejorarlo.

Para quienes crean que renunciar a pedir el voto para un partido muestra falta de definición, ahí están las ’40 propuestas para la regeneración democrática’ que, bajo la coordinación de Pedro G. Cuartango, hemos venido publicando en las últimas semanas. Cambios legislativos y acciones concretas para coger a tiempo un tren que está pasando más rápido que nunca: vivimos una revolución tecnológica que está transformando -y transformará aún más- nuestra forma de vivir, trabajar y relacionarnos. Como en las anteriores, quienes no se suban a tiempo lo pagarán con menos desarrollo y prosperidad.

Por eso nuestras propuestas piden una España que tenga como motor de su transformación la educación, con la promoción de ese gran pacto nacional pendiente.

Una España donde una mayor democracia interna de los partidos atraiga el mejor talento y acabe con la mediocridad que lleva a puestos de alta responsabilidad a personas sin más mérito que la militancia política.

Una España donde se supriman o reformen todas las instituciones que, empezando por el Senado y las Diputaciones, tienen como utilidad servir a los políticos afines, en lugar de a los ciudadanos.

Una España con un poder judicial más independiente, con un Fiscal General del Estado elegido por el Congreso y un Consejo General del Poder Judicial escogido sin influencias políticas.

Una España con un Parlamento revitalizado, que a través de una reforma de su reglamento se convierta en un verdadero órgano de control de la acción del gobierno y debate ágil de las propuestas de los diferentes partidos.

Una España donde la televisión pública sea independiente, con un presidente de RTVE elegido por mayoría de dos tercios de un Consejo de Administración que debería estar participado por profesionales de la comunicación, y con un mandato de cinco años que impida su sustitución arbitraria por motivos políticos

Ni éstas ni el resto de nuestras propuestas tienen ninguna dificultad en su aplicación. Requieren, simplemente, del liderazgo de políticos dispuestos a legislar por los intereses de los españoles, incluso cuando no coinciden con los suyos. Quizá ése ha sido el gran déficit del bipartidismo que ha gobernado el país durante las últimas tres décadas. Al ignorar sistemáticamente la regeneración, dejando que el sistema entrara en decadencia, fomentando un modelo clientelar y dando la espalda a los cambios que reclamaba la ciudadanía, creó un vacío que ha sido ocupado por los nuevos partidos y sus mediáticos líderes. El resultado es que la política española será diferente a partir de mañana. Cuánto es algo que le toca a usted decidir con su voto.

Siga al director de EL MUNDO en Twitter: @DavidJimenezTW

Lea también el editorial del 19 de diciembre:
Un voto para una España unida, plural y regenerada

Lo que el terror nunca podrá lograr. De David Jiménez

Durante algún tiempo recorrí escuelas coránicas de Afganistán, Pakistán o Indonesia, movido por mi incapacidad para entender el terrorismo islámico. Había cubierto para el periódico atentados en los tres países y entrevistado a sus víctimas. Quería saber qué llevaba a alguien a ponerse un cinturón de explosivos, entrar en una discoteca y masacrar a personas de las que no conocía nada y que nada le habían hecho.

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 15 noviembre 2015 / EL MUNDO

el mundoEncontré una respuesta en Al Mukmin, un centro javanés donde padres sin recursos dejaban a sus hijos para que recibieran una formación islámica. Todo se podía explicar en una palabra: miedo. Más allá del Corán o la virtud, lo que se trataba de inculcar a los alumnos era miedo. Miedo a Occidente, que según los maestros quería destruir su comunidad. Miedo a los estadounidenses, que buscaban ultrajar a sus madres y hermanas. Miedo a todos los que no fueran musulmanes, que conspiraban para aplastar su religión. Poco a poco, aquellos chicos -no había, por supuesto, niñas- aprendían a deshumanizar al enemigo imaginario. Y así hasta que, convertidos en real, se convencían de que había algo heroico en eliminarlo.

El niño había sido transformado en terrorista.

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Gráfica: RICARDO / El Mundo

La eficacia del adoctrinamiento quedaba demostrada en el hecho de que la mayoría de los participantes en la masacre de Bali, donde murieron más de dos centenares de personas en 2002, hubieran estudiado en la escuela Al Mukmin. No había improvisación alguna en los esfuerzos por levantar aquella fábrica de extremistas, pero sí ideología. Totalitaria, en su determinación de imponer su religión al resto del mundo; racista, en la creencia de que estaban tocados por una pureza inalcanzable para otros creyentes; y fascista, en su ambición de consolidar un poder absoluto donde la razón debía someterse a los líderes supremos. Estos organizaban los atentados suicidas, pero nunca se presentan voluntarios para el martirio. El paraíso, para ellos, siempre podía esperar.

Precisamente porque es una ideología, y se transmite desde la infancia, el islamofascismo es tan difícil de erradicar. En los últimos años se ha alimentado por las guerras, las desastrosas intervenciones de los aliados en Irak, Afganistán o Siria y las frustraciones de una primavera árabe que nunca fue. Pero también por el avance de lo que Salman Rushdie describe como “una versión paranoica del Islam”, que culpa de todos los males a los infieles, aísla sus comunidades herméticamente para que no sean “contaminadas” y busca alterar los valores de sociedades que desprecia, algo que jamás podrá lograr en un país como Francia.

Los ciudadanos de París que el viernes salieron del Estadio de Francia cantando ‘la Marsellesa’, mientras la capital se encontraba en estado de sitio y sus compatriotas morían acribillados, estaban diciéndoles precisamente eso a los autores de los atentados: sois muy poca cosa frente al pueblo que redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789; vuestros iluminados resultan insignificantes en el país de Juana de Arco, de Gaulle, Pasteur o Voltaire; los crímenes de los que tan orgullosos os sentís son incapaces de alterar las bases de la República. “Podéis hacernos daño, sí, pero no tenéis ninguna posibilidad de ganar”, parecían cantar los franceses en su marcha triste y orgullosa.

Sentí algo de envidia mientras veía el vídeo, por lo diferente que parecía todo al ambiente que siguió a los atentados del 11M en Madrid. Los españoles hemos derrotado a ETA, en gran parte gracias al coraje de policías, concejales o periodistas que se negaron a dejarse vencer por el miedo. También porque hicimos entender a los violentos que nunca cederíamos al chantaje, les despojamos de legitimidad incluso ante sus simpatizantes, fuimos implacables en la aplicación de la ley y permanecimos unidos incluso en los momentos más difíciles. Si el recuerdo del 11M sigue siendo tan doloroso, más allá de la memoria de las víctimas, es porque, cuando nos tocó vivir el momento por el que está pasando Francia, fuimos incapaces de dejar de lado las dos Españas. Es una lección que debe acompañarnos en adelante, porque la batalla va a ser muy larga y sólo puede ganarse si permanecemos juntos, dentro y fuera de España, al lado de quienes no están dispuestos a ceder al terror.

El debate sobre Grecia: 6 puntos de vista

La crisis de Grecia, que a la vez es una crisis de la Unión Europea, ha desatado debate en todo el mundo, sobre todo en Europa. En las próximas horas los líderes de los países de la Eurozona tienen que llegar a un acuerdo con el gobierno griego sobre el programa de rescate, y últimamente sobre la membresía de Grecia en el proyecto de integración europea. Hay voces que culpan al gobierno Tsipras de Grecia de las dificultades de llegar a una solución, otros responsabilizan a los líderes de los demás países europeos, sobre todo a la canciller alemena Angela Merkel y su ministro de finanzas Wolfgang Schäuble. Documentamos el debate. Opinan David Jiménez, director del periódico españal El Mundo; el analista británico John Carlin; el catedrático de filosofía política Daniel Innerarity, de España; el economista y columnista del New York Times Paul Krugman; el ex-ministro de finanzas del gabinete Tsipras Yanis Varoufakis; y el periódico El Mundo en su editorial del 13 de julio.

Segunda Vuelta

Ricardo/El Mundo

Ricardo/El Mundo

Tiempos de irresponsables. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 12 julio 2015 / EL MUNDO-España

Para oficios duros, el de recaudador de impuestos griego. Los enviados especiales de la prensa describen casos en los que los inspectores tienen que huir a la carrera perseguidos por la muchedumbre. Tan contraria es la cultura local a cumplir con el erario que a finales del año pasado los griegos debían al Estado más de 80.000 millones de euros en impuestos, suficiente para que nos hubiéramos ahorrado las últimas semanas de angustia y no estuviéramos hablando de un tercer rescate.

Pero escuchando a su primer ministro, Alexis Tsipras, cualquiera diría que toda la culpa de lo que le pasa al país heleno la tiene Europa.

“No fue Angela Merkel la que manipuló las cifras
de déficit para entrar en el euro.
Ni la que creó en Atenas un modelo político corrupto y clientelar”

Bruselas ha cometido errores, y las crónicas de nuestra corresponsal Irene Hernández Velasco revelan hasta qué punto el pueblo griego ha sufrido las medidas de austeridad. Pero como bien recordaba el escritor griego Petros Markaris, la responsabilidad de lo que le sucede a Grecia es, principalmente, de Grecia.

No fue Angela Merkel la que manipuló las cifras de déficit para entrar en el euro. Ni la que creó en Atenas un modelo político corrupto y clientelar. Tampoco la responsable de que un peluquero griego pudiera retirarse a los 50 años con todos los beneficios, una de entre las 580 categorías profesionales «de riesgo» que lo permitían. Que países como Alemania estén también protegiendo sus intereses y los de sus bancos no contradice la certeza de que, sin su asistencia, Grecia no estaría hoy al borde del precipicio, sino cayendo en él.

Aunque ya se nos ha olvidado, también nosotros tuvimos nuestro momento de delegación colectiva de responsabilidad cuando en 2012, en los peores momentos de la crisis, una parte importante de la sociedad, la prensa y la política señalaban también a Merkel con el dedo. Si en algo nos parecemos a los griegos es en que tampoco aquí la culpa es nunca nuestra. Hablamos de los políticos mediocres como si nos los hubieran elegido en Suecia, de la cultura del pelotazo como si no estuviera extendida en la calle y de la escena de un Senado vacío como si no fuéramos uno de los países del mundo desarrollado con mayor absentismo laboral, el doble que en Estados Unidos a pesar de tener mejores índices de salud.

La imagen de esta semana de la Cámara Alta casi desierta en el arranque de un Pleno es muy representativa: todo el mundo sabe que su funcionamiento actual es inútil, pero no hay ningún interés en reformarlo, entre otras cosas porque se ha convertido en una agencia de colocación -PP y PSOE han incorporado ya a nueve ex presidentes de comunidades autónomas- para una clase política que siempre encuentra acomodo en las instituciones, sin importar cómo haya cumplido con sus deberes.

“Si Tsipras tuviera algo de dignidad política,
dimitiría tras aceptar un ajuste con más compromisos
de los que le pedían antes del ‘corralito'”

Las carreras de nuestros políticos no caducan nunca porque no se sienten responsables ni ante las derrotas electorales ni por las fechorías cometidas bajo su supervisión -a menudo tampoco por las propias-, y mucho menos por las consecuencias de sus decisiones. Comparado con países como el Reino Unido, donde ocultar una infracción de tráfico puede llevar a un ministro a dimitir y a pasar una temporada en la cárcel, nuestros representantes viven en esa confortable irresponsabilidad que, en Grecia, ha encontrado a un nuevo exponente en Tsipras.

Si el primer ministro griego tuviera algo de dignidad política, dimitiría tras haber tenido que ofrecer un plan de ajuste en el que asume más compromisos de los que le pedía Europa antes del corralito y el referéndum. El primer ministro pidió el no para fortalecer su posición negociadora y logró justo lo contrario, añadiendo penurias innecesarias a los griegos. Pero el verdadero drama de países sin cultura de la responsabilidad es que están condenados a repetir los errores del pasado. Porque, ¿qué razón tendrían para hacer las cosas de otra manera si todo lo malo que les ocurre es culpa de otros?

@DavidJimenezTW

Libertad e independencia para Grecia. De John Carlin

Los griegos deberían redefinir su noción de orgullo patrio, retirarse voluntariamente de lo que se ha vuelto para ellos la tiranía del euro y buscar su propio destino.

John Carlin es un escritor y periodista británico. Su actividad profesional se ha centrado en política y deporte. Su libro Playing the Enemy, publicado en 2008, tuvo gran aceptación entre el público y la crítica literaria.

John Carlin es un escritor y periodista británico. Su actividad profesional se ha centrado en política y deporte. Su libro Playing the Enemy, publicado en 2008, tuvo gran aceptación entre el público y la crítica literaria.

John Carlin, 12 Julio 2015 / EL PAIS

Sísifo, personaje de la mitología griega, pecó de orgullo y lo pagó caro. Por engañar a los dioses fue condenado a cargar una roca hasta la cima de una montaña pero, al cumplir su misión, la roca rodaba cuesta abajo al lugar donde empezó. Sísifo descendía la montaña, recogía la roca y otra vez para arriba. Siempre, y para siempre, con el mismo resultado.

Hoy se repite la historia. Grecia es Sísifo. Los griegos engañaron a los dioses de la Unión Europea cuando falsificaron sus cuentas para poder cumplir los requisitos de admisión al euro; y Syriza, la coalición gobernante electa en enero, ha fracasado en su pretensión de negociar con los eurodioses como iguales. Ahora el pueblo griego se enfrenta a la condena de cargar la roca de sus deudas y sus errores per saecula saeculorum.

Ríos de tinta y algoritmos se han derramado en el intento de diagnosticar el problema pero pocos dan con el fondo humano de la cuestión. Se trata de algo tan eterno como sencillo, contado hace 2.500 años en las tragedias griegas. El héroe cae como resultado de un “fallo trágico”. En casi todos los casos el fallo trágico acaba siendo una variante del mismo tema, el orgullo que ciega al protagonista a sus propias limitaciones. Por falta de humildad y autoconocimiento excede las fronteras que el destino le ha impuesto, generando una espiral de calamidades que lo lleva a su destrucción.

He aquí el fallo trágico que ha llevado a Grecia a la ruina. Los griegos, anclados en un orgullo ancestral, que poca relación tiene con la realidad moderna de su país, no han querido reconocer que simplemente no están capacitados para competir en el mismo terreno, obedeciendo las mismas reglas económicas de juego, que Alemania y Francia, o incluso España e Italia. Lo más parecido a un consenso entre los expertos que han participado en la gran polémica de los últimos meses es que la entrada de Grecia en el euro fue un error. No es ningún secreto por qué. Lo contó el autor estadounidense Michael Lewis en su bestseller mundial Boomerang: Viajes al nuevo tercer mundo europeo, publicado en 2011. El país menos europeo y más tercermundista que Lewis visitó fue Grecia.

Los griegos hoy tienen una opción
que Sísifo no tuvo: una segunda oportunidad

Lewis descubrió un país que festejó su incorporación al euro a principios de siglo, y su acceso a los créditos bancarios del norte, viviendo muy por encima de sus posibilidades. Siguieron con la antigua costumbre del soborno y la trampa para no pagar impuestos, recaudando para el Estado una ridícula proporción de lo que correspondía, pero en poco más de una década los salarios en el sector público griego se duplicaron —y eso en un país con dos veces más funcionarios estatales que el Reino Unido, cuya población es casi seis veces mayor—. El sistema de educación pública griego es uno de los peores de Europa pero a Lewis le asombró ver que empleaba más profesores por alumno que el finlandés, número uno en el ránking mundial. La edad de jubilación en Grecia era, y sigue siendo, 57 años (en muchos casos menos) mientras que en Alemania los jubilados no reciben sus pensiones estatales hasta los 67 años. Lewis cita en su libro a un exministro de finanzas, Stefanos Manos, que declaró una vez que tal era la ineficiencia, corrupción y exceso salarial en el sistema nacional de ferrocarriles que le resultaría más barato al Estado pagar para que todos los griegos viajaran en taxi.

Hablé hace un par de años en Atenas con Stefanos Manos que se lamentaba del primitivismo cultural detrás del funcionamiento económico de su país. “Todo se maneja sobre favores personales”, dijo. “La gente sigue creyendo que puede atenerse a una sinecura y no hacer nada, para siempre”.

Deberían retirarse voluntariamente
de la tiranía del euro

Hoy la fiesta se acabó. Lo único que no han perdido los griegos es el orgullo. Lo decía la semana pasada Haridimos Tsoukas, un académico del Warwick Business School de Inglaterra: “Grecia es una nación orgullosa… Históricamente la nación griega deriva su autoestima, si no de Platón y de Aristóteles, de la batalla contra sus opresores”. Resistir es todo. Por eso, y por más ineficaces que hayan resultado ser las negociaciones del gobierno con los alemanes y demás divinidaes europeas, muchos griegos han celebrado las poses bravuconas de sus líderes electos frente a los “chantajistas”, “terroristas” e incluso “Nazis” que les exigen apegarse a las reglas de juego del mundo real. Por eso, optaron por un “no” rotundo a las medidas de austeridad impuestas por los dioses del norte en el referéndum del domingo pasado, medidas que el propio gobierno griego aceptaría prácticamente en su totalidad cuatro días después.

El referéndum, cuyo resultado fue celebrado en las calles de Atenas como si Grecia hubiera ganado un Mundial, fue absurdo en cuanto a utilidad práctica. Tuvo valor únicamente como ejercicio de terapia colectiva para un pueblo pobre y humillado que no se reconcilia con la verdad de que, como decía el autor Eduardo Mendoza la semana pasada, “desde que murió Aristóteles no ha dado un palo al agua”.

Fue tan inútil el gesto del referéndum como si Sísifo, al llegar a la cima de la montaña y ver la roca rodando hacia abajo, decidiera negar su impotencia y emitir un grito de rebeldía hacia los dioses —antes de darse media vuelta y rendirse una vez más a su inexorable destino—.

Los griegos de hoy tienen, sin embargo, una opción que Sísifo no tuvo. Una segunda oportunidad. Pueden mirarse en el espejo, reconocer sus limitaciones, dejar de engañarse a sí mismos, aceptar quiénes son y entender que su lugar por naturaleza no es en los cielos de la eurozona sino solos, a su manera, en la agreste y noble tierra helena. Para el bien de ellos y de todos los europeos deberían redefinir su noción de orgullo patrio, retirarse voluntariamente de lo que se ha vuelto para ellos la tiranía del euro y buscar su propio destino en la independencia y la libertad.

¿Una Europa alemana? De Daniel Innerarity

La situación de Grecia es una razón más para transformar la hegemonía económica de Alemania en liderazgo: es jugar a un juego diferente, con más responsabilidad hacia el conjunto de la Unión y con mecanismos de decisión más compartidos.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

Daniel Innerarity, 13 julio 2015 / EL PAIS

El último libro del fallecido Ulrich Beck sostenía la tesis de que la crisis del euro había hecho realidad aquella “Europa alemana” de la que advertía Thomas Mann en 1953. Alemania no solo se ha beneficiado del nuevo orden europeo sino que se ha convertido de hecho en un poder hegemónico, sin nadie que haga de contrapeso y con una institucionalización débil que apenas equilibra ese poder. Se da la paradoja de que Alemania se ha convertido en un poder hegemónico pero al mismo tiempo no ha querido ejercer el liderazgo europeo que le correspondería.

En la gestión de la crisis del euro Alemania es un actor central. Inicialmente reacia a comprometerse, dispuesta incluso a dejar caer a Grecia, una vez que comprendió que esta salida tendría grandes costes políticos y económicos, utilizó la crisis para reconfigurar una UE a imagen propia y ponerla al servicio de sus intereses económicos. Con el objetivo de fortalecer el control sobre los países deudores exigió en mayo de 2010 incluir al FMI tanto para las ayudas a Grecia como para la creación del Fondo de Estabilidad. Así se excluyó al Parlamento Europeo y se debilitó a la Comisión.

Como es sabido, el Gobierno alemán se incorporó al fondo de rescate a condición de imponer una consolidación fiscal, un endurecimiento del pacto de estabilidad y crecimiento así como el compromiso de limitar el endeudamiento. Esta exigencia obedecía a un diagnóstico de la situación que es muy cuestionable. Berlín defendía que los intereses elevados se debían a los riesgos que planteaba un país y que sin la presión de los mercados financieros los países deudores no llevarían a cabo las reformas necesarias. Algunos estudios ponen de manifiesto, por el contrario, que una parte significativa de los diferenciales de los países periféricos de la eurozona en 2010-2011 no tenían relación con el incremento de la deuda y se debían más bien a sentimientos negativos en el mercado que actuaban como profecías autocumplidas y que se hicieron muy poderosos desde finales de 2010.

Alemania no está entre los perdedores de la crisis del euro, sino que en cierto modo se ha beneficiado de ella. De entrada porque mucho de lo que se hizo para el rescate de Grecia, Portugal, Irlanda o España beneficiaba especialmente a los bancos alemanes. Alemania se beneficia por el hecho de que el aumento del precio de los créditos para los países con una mayor deuda viene acompañado de un abaratamiento de los costes de refinanciación de sus propios bonos.

Detrás de estas divergencias hay una falta de acuerdo en torno a cómo entender las relaciones entre solidaridad y responsabilidad en la Unión. La política alemana contra la crisis, tal y como han repetido incansablemente Merkel y Schäuble, se ha basado en un principio muy simple: solidaridad a cambio de solidez. Los Estados deudores deben ganarse la solidaridad, lo que significa aumento de impuestos, reducción del sector público y reformas estructurales. Las autoridades alemanas están convencidas de que ciertas formas de solidaridad pueden implicar una pérdida de responsabilidad en los países ayudados. Ahora bien, estos esfuerzos no pueden hacerse a costa de arruinar un país. Los Estados en crisis tienen que aplicar ciertas reformas, pero las condiciones tienen que ser realistas. Todo ello dejando a un lado que las medidas de austeridad tienen también un límite de legitimación democrática.

Salir del atolladero exige pensar de otra forma la relación
entre solidaridad y responsabilidad

¿Es excesiva la solidaridad alemana en la crisis del euro? Si consideramos los números absolutos, Alemania es con mucho el contribuyente más importante de la eurozona. Su aportación al Tratado de Estabilidad es muy elevada. Pero si ponemos en relación lo que costaron a Alemania las ayudas a Grecia y los fondos de rescate del euro con su capacidad económica, su crédito supone el 4,5% de su PIB (una parte menor de la que dedican a ello Malta, Estonia, Eslovaquia, España o Italia).

Si queremos salir de este atolladero tenemos que pensar de otra manera la relación entre solidaridad y responsabilidad. La solidaridad implica relaciones de reciprocidad y puede estar vinculada a ciertas condiciones. Pero también es cierto que la solidaridad incluye siempre un elemento de interés propio bien entendido. Por eso me parece que es muy interesante la iniciativa del Gobierno de Portugal para la próxima Cumbre Europea que recomienda no hablar tanto de solidaridad como de responsabilidad común.

Si los países deudores tienen que ser más responsables en su comportamiento económico, a Alemania le corresponde una mayor responsabilidad en la estabilización de la eurozona y sobre el conjunto de la Unión. Aquí es donde la diferencia entre hegemonía y liderazgo resulta fundamental. La función de liderazgo en Europa solo puede ejercerse si se está dispuesto a realizar una mayor transferencia de soberanía y a asumir una mayor responsabilidad respecto de la Comunidad Europea. La relación entre quien ejerce el liderazgo y quien lo acepta presupone una cierta comunidad de intereses, riesgos y valores, lo que no es el caso cuando se trata de una hegemonía. Las funciones de liderazgo en una comunidad implican también ciertas obligaciones y, tratándose de una comunidad tan compleja como la europea, solo puede llevarse a cabo de una manera coordinada.

Francia pierde autoridad y se encuentra
en una crisis política y económica con resultado incierto

Alemania no ha tenido ninguna experiencia de liderazgo europeo o internacional y ese concepto está contaminado por su historia reciente. Pero 20 años después de la unificación, la posibilidad de que Alemania asuma una posición de liderazgo es considerada algo normal e incluso deseable. ¿Quién podría hacerlo si no? Es evidente que el eje franco-alemán ya no puede ejercer esa función. Francia no representa ese tipo de autoridad que Alemania reconoció en otro tiempo y se encuentra en una crisis política y económica con resultado incierto. Alemania no parece dispuesta a que su política europea sea conducida por la incertidumbre francesa.

Lo que ahora tenemos en Europa es una situación de hegemonía que consiste en que Alemania ejerce un poder económico sobre el resto de los europeos como no había tenido desde la unificación, pero ha limitado este poder a la consecución de un interés a corto plazo. Alemania ha renunciado al tipo de liderazgo que se le reconocería si hubiera ejercido una forma de cooperación solidaria con la vista puesta en los posibles riesgos futuros de Europa.

Si en el referéndum de Grecia hubiera ganado el sí, Alemania se habría cargado de razones para continuar con su cómoda hegemonía; la victoria del no —por paradójico que parezca— es una razón más para transformar esa hegemonía en liderazgo, lo que supone jugar a un juego diferente, con mayor responsabilidad hacia el conjunto de la Unión y con mecanismos de decisión más compartidos. Esto no significa que Grecia haya ganado la partida, ni siquiera que haya mejorado su posición negociadora, pero tampoco Alemania gana nada con una estrategia que es igualmente electoralista, limitada al corto plazo y sin ninguna responsabilidad hacia lo común.

Killing the European Project. By Paul Krugman

 Paul Krugman, premio Nobel de Economía. REUTERS

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. REUTERS

Paul Krugman, 12 julio 2015 / NYT Blogs

Suppose you consider Tsipras an incompetent twerp. Suppose you dearly want to see Syriza out of power. Suppose, even, that you welcome the prospect of pushing those annoying Greeks out of the euro.

Even if all of that is true, this Eurogroup list of demands is madness. The trending hashtag ThisIsACoup is exactly right. This goes beyond harsh into pure vindictiveness, complete destruction of national sovereignty, and no hope of relief. It is, presumably, meant to be an offer Greece can’t accept; but even so, it’s a grotesque betrayal of everything the European project was supposed to stand for.

Can anything pull Europe back from the brink? Word is that Mario Draghi is trying to reintroduce some sanity, that Hollande is finally showing a bit of the pushback against German morality-play economics that he so signally failed to supply in the past. But much of the damage has already been done. Who will ever trust Germany’s good intentions after this?

In a way, the economics have almost become secondary. But still, let’s be clear: what we’ve learned these past couple of weeks is that being a member of the eurozone means that the creditors can destroy your economy if you step out of line. This has no bearing at all on the underlying economics of austerity. It’s as true as ever that imposing harsh austerity without debt relief is a doomed policy no matter how willing the country is to accept suffering. And this in turn means that even a complete Greek capitulation would be a dead end.

Can Greece pull off a successful exit? Will Germany try to block a recovery? (Sorry, but that’s the kind of thing we must now ask.)

The European project — a project I have always praised and supported — has just been dealt a terrible, perhaps fatal blow. And whatever you think of Syriza, or Greece, it wasn’t the Greeks who did it.

Germany won’t spare Greek pain – it has an interest in breaking us. By Yanis Varoufakis

Yanos Varoufakis, ministro de finanzas del gobierno griego. Renunció luego del referéndum.

Yanos Varoufakis, ministro de finanzas del gobierno griego. Renunció luego del referéndum.

Yanis Varoufakis, 10 julio 2015 / THE GUARDIAN

Greece’s financial drama has dominated the headlines for five years for one reason: the stubborn refusal of our creditors to offer essential debt relief. Why, against common sense, against the IMF’s verdict and against the everyday practices of bankers facing stressed debtors, do they resist a debt restructure? The answer cannot be found in economics because it resides deep in Europe’s labyrinthine politics.

In 2010, the Greek state became insolvent. Two options consistent with continuing membership of the eurozone presented themselves: the sensible one, that any decent banker would recommend – restructuring the debt and reforming the economy; and the toxic option – extending new loans to a bankrupt entity while pretending that it remains solvent.

Official Europe chose the second option, putting the bailing out of French and German banks exposed to Greek public debt above Greece’s socioeconomic viability. A debt restructure would have implied losses for the bankers on their Greek debt holdings.Keen to avoid confessing to parliaments that taxpayers would have to pay again for the banks by means of unsustainable new loans, EU officials presented the Greek state’s insolvency as a problem of illiquidity, and justified the “bailout” as a case of “solidarity” with the Greeks.

To frame the cynical transfer of irretrievable private losses on to the shoulders of taxpayers as an exercise in “tough love”, record austerity was imposed on Greece, whose national income, in turn – from which new and old debts had to be repaid – diminished by more than a quarter. It takes the mathematical expertise of a smart eight-year-old to know that this process could not end well.

Once the sordid operation was complete, Europe had automatically acquired another reason for refusing to discuss debt restructuring: it would now hit the pockets of European citizens! And so increasing doses of austerity were administered while the debt grew larger, forcing creditors to extend more loans in exchange for even more austerity.

Our government was elected on a mandate to end this doom loop; to demand debt restructuring and an end to crippling austerity. Negotiations have reached their much publicised impasse for a simple reason: our creditors continue to rule out any tangible debt restructuring while insisting that our unpayable debt be repaid “parametrically” by the weakest of Greeks, their children and their grandchildren.

In my first week as minister for finance I was visited by Jeroen Dijsselbloem, president of the Eurogroup (the eurozone finance ministers), who put a stark choice to me: accept the bailout’s “logic” and drop any demands for debt restructuring or your loan agreement will “crash” – the unsaid repercussion being that Greece’s banks would be boarded up.

Five months of negotiations ensued under conditions of monetary asphyxiation and an induced bank-run supervised and administered by the European Central Bank. The writing was on the wall: unless we capitulated, we would soon be facing capital controls, quasi-functioning cash machines, a prolonged bank holiday and, ultimately, Grexit.

The threat of Grexit has had a brief rollercoaster of a history. In 2010 it put the fear of God in financiers’ hearts and minds as their banks were replete with Greek debt. Even in 2012, when Germany’s finance minister, Wolfgang Schäuble, decided that Grexit’s costs were a worthwhile “investment” as a way of disciplining France et al, the prospect continued to scare the living daylights out of almost everyone else.

Syriza supporters in front of the Greek parliament

‘By the time Syriza won power last January, a majority within the Eurogroup had adopted Grexit either as their preferred outcome or weapon of choice against our government’.

Greeks, rightly, shiver at the thought of amputation from monetary union. Exiting a common currency is nothing like severing a peg, as Britain did in 1992, when Norman Lamont famously sang in the shower the morning sterling quit the European exchange rate mechanism (ERM). Alas, Greece does not have a currency whose peg with the euro can be cut. It has the euro – a foreign currency fully administered by a creditor inimical to restructuring our nation’s unsustainable debt.

To exit, we would have to create a new currency from scratch. In occupied Iraq, the introduction of new paper money took almost a year, 20 or so Boeing 747s, the mobilisation of the US military’s might, three printing firms and hundreds of trucks. In the absence of such support, Grexit would be the equivalent of announcing a large devaluation more than 18 months in advance: a recipe for liquidating all Greek capital stock and transferring it abroad by any means available.

With Grexit reinforcing the ECB-induced bank run, our attempts to put debt restructuring back on the negotiating table fell on deaf ears. Time and again we were told that this was a matter for an unspecified future that would follow the “programme’s successful completion” – a stupendous Catch-22 since the “programme” could never succeed without a debt restructure.

This weekend brings the climax of the talks as Euclid Tsakalotos, my successor, strives, again, to put the horse before the cart – to convince a hostile Eurogroup that debt restructuring is a prerequisite of success for reforming Greece, not an ex-post reward for it. Why is this so hard to get across? I see three reasons.

One is that institutional inertia is hard to beat. A second, that unsustainable debt gives creditors immense power over debtors – and power, as we know, corrupts even the finest. But it is the third which seems to me more pertinent and, indeed, more interesting.

The euro is a hybrid of a fixed exchange-rate regime, like the 1980s ERM, or the 1930s gold standard, and a state currency. The former relies on the fear of expulsion to hold together, while state money involves mechanisms for recycling surpluses between member states (for instance, a federal budget, common bonds). The eurozone falls between these stools – it is more than an exchange-rate regime and less than a state.

And there’s the rub. After the crisis of 2008/9, Europe didn’t know how to respond. Should it prepare the ground for at least one expulsion (that is, Grexit) to strengthen discipline? Or move to a federation? So far it has done neither, its existentialist angst forever rising. Schäuble is convinced that as things stand, he needs a Grexit to clear the air, one way or another. Suddenly, a permanently unsustainable Greek public debt, without which the risk of Grexit would fade, has acquired a new usefulness for Schauble.

What do I mean by that? Based on months of negotiation, my conviction is that the German finance minister wants Greece to be pushed out of the single currency to put the fear of God into the French and have them accept his model of a disciplinarian eurozone.

La UE aprieta a Grecia tras dilapidar su Gobierno toda la credibilidad

el mundoEditorial EL MUNDO/España, 13 julio 2015

Sólo un iluso podría pensar que lanzando un órdago a Europa, la pequeña Grecia lograría un tercer rescate con unas condiciones más ventajosas que los dos anteriores. Pero Alexis Tsipras, convencido de ello, decidió desafiar a sus socios del euro con su referéndum y este fin de semana ha probado lo amargo que es negociar cuando una de las dos partes desconfía profundamente de su interlocutor. La confianza se pierde muy rápido, pero cuesta mucho recuperarla.Y si hay algo que Grecia no tiene en estos momentos es tiempo. El Eurogrupo va a jugar con esta baza y pretende exigir a Atenas legislar las duras condiciones de su tercer rescate antes de firmar la ayuda. Pese a la dureza de esta propuesta, si se logra que salga adelante, Grecia tendrá motivos para celebrarlo. Asumir las condiciones del tercer rescate será doloroso para la sociedad griega, pero abandonar la zona euro sería mucho más traumático. Mientras, para el resto del euro un acuerdo también sería una gran noticia. Permitir que el país heleno abandone la moneda única sería un fracaso político imperdonable y una seria amenaza para la estabilidad de la Eurozona. Grexit (como llaman en el argot financiero a la salida de Grecia del euro)podría levantar una tormenta que salpicaría a las otras 18 economías que integran la divisa y en especial, a los países más vulnerables, como España.

Con sus incoherencias y su estrategia esquizofrénica, Tsipras ha hecho un daño irreversible a sus compatriotas. Los hechos son elocuentes. Nada más llegar al poder, el primer ministro heleno decidió recurrir a la demagogia para reclamar a Alemania unas indemnizaciones por los daños sufridos por Grecia durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. No contento con esa provocación, el líder de Syriza empezó a coquetear con Putin en uno de los momentos más delicados para las relaciones entre Rusia y la UE por las secuelas de la crisis de Ucrania. Pero el despropósito de Atenas en este medio año no acaba ahí. La chulería con la que el ya ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, aterrizó en el Eurogrupo para negociar nuevas ayudas molestó a sus colegas europeos, a los que dejó plantados hace dos semanas, cuando se levantó de la mesa de negociaciones con un acuerdo mucho menos duro que el que ahora se plantea. No contento con el desplante, Tsipras decidió ir más allá y mantener la convocatoria de un referéndum que causó un profundo malestar en los países del euro a los que Varoufakis acusó de hacer «terrorismo» con Grecia en una entrevista publicada por EL MUNDO en la víspera de esa consulta. Con los bancos cerrados y la economía herida de muerte, el tono empleado por Tsipras en los últimos días no ha sido mucho más conciliador. El resultado de esa estrategia es una profunda desconfianza de Alemania y buena parte de los jefes de Estado y de Gobierno de la UE en el líder heleno.

Si en el ámbito político el resbalón de Tsipras ha sido estrepitoso, en el económico ha sido aún peor. Dos semanas de corralito han hecho mella en la economía griega y han agigantado las necesidades financieras del país hasta los 86.000 millones de euros, frente a los 53.500 millones que se habían barajado inicialmente. Grecia está pidiendo a la Troika que le preste en tres años lo equivalente a la mitad de su PIB. Es lógico que sus acreedores, que ya han aportado ingentes cantidades de dinero y también deben responder ante sus opiniones públicas, no se fíen de Atenas. La situación es difícil. Pero por el bien de todos, es imprescindible acercar posturas y lograr un acuerdo que dé garantías a los países acreedores y cierto margen a Atenas para reflotar su economía. De otro modo, dentro de tres años seguiremos dando vueltas en el mismo callejón sin salida.

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es político; por Fernando Mires