investidura

La responsabilidad política del PSOE. De Fernando Mires

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. Fotografía de Sergio Perez. Reuters.

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. Fotografía de Sergio Perez. Reuters.

Politólogo chileno radicado en Alemania

Politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 9 septiembre 2016 / PRODAVINCI

Ya estamos en septiembre del 2016 y aún no asoma humo blanco en los vaticanos de la política española. Todos los dirigentes políticos aducen que quieren evitar unas terceras elecciones donde nadie, con excepción del abstencionismo, ganaría. A la vez, todos piensan que la parte más grande de la responsabilidad política yace en las inexpertas manos de Pedro Sánchez. Lamentablemente, eso es cierto.

El PSOE tiene tres opciones. La primera, mantener el bloqueo al PP y a Rajoy, y con ello abrir el camino hacia terceras elecciones. La segunda, aliarse con Podemos y las autonomías. La tercera, abstenerse y facilitar el acceso del PP —apoyado por Ciudadanos— al gobierno. La primera es la peor para la política del país. La segunda es la peor para el PSOE. La tercera permite al PSOE asegurar su rol de oposición sin comprometerse con el PP y a la vez salvar el principio de gobernabilidad sin el cual ninguna democracia puede existir.

Frente a ese panorama tan simple, la pregunta es: ¿qué impide al PSOE tomar posición por la tercera alternativa y no postergar más un parto que ya está llegando a los nueve meses?

Las encuestas han hablado claro. Gran parte de los votantes del PSOE prefieren un gobierno PP a nuevas elecciones (INE 20.08.2016). Entonces, el problema hay que buscarlo al  interior del propio PSOE; vale decir, en las aspiraciones de algunos de sus miembros por alcanzar posiciones de poder en un próximo gobierno, sea con la ayuda de Podemos o con las del mismísimo demonio.

La alternativa pretendida por Sánchez, la de formar una tríada con Podemos y Ciudadanos hay que descartarla. Ciudadanos y Podemos han llegado a ser, después de las erráticas aventuras de Pablo Iglesias, partidos antagónicos. La alternativa de aliarse con Podemos significaría para el PSOE ceder toda la iniciativa al populismo de Pablo Iglesias y a los secesionismos de ultraderecha y ultraizquierda que lo secundan. Esa alianza llevaría a la destrucción del PSOE. Tal vez por eso Iglesias apuesta a ella.

Puede ser que los dirigentes del PSOE teman una crisis de partido si abren el camino a Rajoy. De ahí que, a última hora, los socialistas andaluces y Felipe Gonzáles hayan convertido el antagonismo PSOE-PP en una cuestión personal. La exigencia de que el señor de la investidura sea otro, no Rajoy, dada la inmensa corrupción amparada por este último, podría ser posible. Pero serviría únicamente para salvar las apariencias. Con o sin Rajoy, el PP es el mismo PP.

Es cierto, el PSOE puede perder más de algunos puntos si permite que Rajoy sea investido. Pero si no apoya a esa investidura, será sindicado como el partido más egoísta, el que impidió la gobernabilidad, el que dejó en ridículo a la política de España.

Ya no hay más que explorar. Nada más que conversar. El PSOE debe elegir entre Guatemala o Guatapeor. Rajoy, con todos sus defectos a cuestas, debe ir al gobierno y así el PSOE tendrá tiempo para reinventarse (que mucha falta le hace) en la oposición, único lugar en donde puede combatir al principal enemigo de España. Ese enemigo no es Rajoy. Es el populismo ultranacionalista que cercena a la nación.

Bien harían los dirigentes del PSOE en recordar las tres virtudes de la política expuestas por Max Weber en su clásico libro Política como profesión. Esas virtudes son la pasión, la mesura y la responsabilidad. De las tres, la última es sobredeterminante.La pasión sin responsabilidad lleva a la locura. La mesura sin responsabilidad lleva a los peores oportunismos.

En el PSOE luchan en este momento la pasión contra la mesura. La responsabilidad todavía no ha aparecido en escena.

prodavinci

Ni Rajoy ni Sánchez. Editorial de EL PAIS

el paisPedimos a los dos responsables del bloqueo que den un paso atrás.

 Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en sus actos de partido este sábado.

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en sus actos de partido este sábado.

Editorial, 4 septiembre 2016 / EL PAIS

Fracasada la investidura de Mariano Rajoy, se glosa lo sucedido como si fuera un incidente de recorrido. Domina la impresión de que el PSOE puede entrar en crisis, bien porque dirigentes de peso obliguen a Pedro Sánchez a abstenerse en un segundo intento de Rajoy, bien porque el propio Sánchez consiga seguir adelante en su insensato camino. Y empieza a ponerse sobre la mesa la necesidad de que el PP busque un nombre que sea capaz de generar más apoyos de los que ha conseguido Rajoy. No menos extendida se encuentra la idea de acudir a votar por tercera vez, en Navidad o quizá una semana antes.

Entre toda esta confusión, lo primordial a nuestro juicio es impedir que los españoles tengan que volver a las urnas, algo que hay que evitar de cualquier forma. Se detecta entre muchos de nuestros dirigentes políticos un profundo error de apreciación de lo que significan las urnas, un instrumento que no se puede banalizar. Equiparar la trascendencia de repetir las elecciones a la de una ronda de encuestas daña la credibilidad del sistema político. Lo peor es que se pretende presionar al cuerpo electoral para que acepte dar mayoría amplia a algún partido, lo cual equivale a forzarle a rectificar las decisiones que ya ha tomado. Decimos con toda claridad que forzar una tercera convocatoria de elecciones nos parece un fraude democrático de primer orden que no debe ser consentido. Convocar a la ciudadanía nuevamente simplemente porque disgusta el resultado anterior de las urnas deslegitima tanto al sistema como a los que pretenden hacernos transitar por ese camino.

“Una terceras elecciones supondrían un fraude
a la democracia que no debe ser consentido”

No se puede frivolizar con la idea de que se está mejor sin Gobierno: hasta un mal Gobierno es mejor que el vacío en el que vivimos desde hace ochos meses. Hasta ahora el crecimiento económico no se ha visto mermado por la provisionalidad del Ejecutivo, pero nadie debe tentar la suerte. No habrá Presupuestos del Estado para 2017 sin un Gobierno en plenas funciones, puesto que el Gabinete interino tiene vedado legalmente presentarlos. No se pueden realizar nombramientos. La tensión secesionista de las autoridades de Cataluña y la agitación existente en la Unión Europea —acentuada por el Brexit— requieren un Gobierno muy atento y con plenas capacidades. Tampoco se puede ejercer el control parlamentario sobre el Gobierno en funciones.

“En caso de un bloqueo como el actual,
debe gobernar la fuerza más votada”

Falta en la Constitución un mecanismo de salida para situaciones de bloqueo como la actual. Y convocar las terceras elecciones generales en un año no puede sustituirlo: llevamos dos y ni siquiera está claro que a la tercera vaya la vencida. Por eso las cúpulas partidistas, tan dispuestas a ponerse de acuerdo para una reforma exprés de la ley electoral, tienen otra tarea prioritaria: pactar un procedimiento que impida el grotesco recurso a otras elecciones navideñas. A las demás fuerzas políticas puede parecerles inconcebible permitir el gobierno del partido más votado, pero, a falta de alternativa, esta es la solución más respetuosa con la voluntad expresada en las urnas.

Hemos pedido insistentemente que el PSOE se abstuviera en la investidura de Rajoy y que le permitiese formar Gobierno, por muy poco que lo mereciese. Esa posibilidad se ha esfumado por la terquedad de Sánchez en su viaje a ninguna parte. Ahora ya ha quedado claro que ni Rajoy ni Sánchez, cuando lo intentó en abril, han sido capaces de reunir apoyos suficientes. Quizá ha llegado el momento, como sugirió el viernes Albert Rivera ante el Congreso, de que ambos políticos den un paso atrás y dejen que otros líderes en sus respectivos partidos busquen mejor suerte. Si algo ha quedado claro en todos estos meses turbulentos es que ni Rajoy ni Sánchez reúnen las condiciones adecuadas para gestionar esta crisis. El primero ha sido el más votado en dos elecciones sucesivas y reclama con razón un reconocimiento. Pero lo cierto es que también es la figura que simboliza a un partido que debe pagar un precio por la corrupción. Entendemos el sacrificio personal que esto representa para Rajoy, pero él mismo ha esgrimido en el último debate de investidura argumentos de patriotismo que muy bien pueden valer ahora para justificar ese paso. En cuanto a Sánchez, su incapacidad para hacer buen uso de esos 85 diputados que le han dado los ciudadanos ha sido palpable. Ya debería haber renunciado tras dos derrotas históricas consecutivas. Pero él mismo se ha cargado de razones para hacerlo durante este periodo en el que ha conducido al PSOE a la irrelevancia.

Hay que evitar la repetición de elecciones a cualquier precio. Cuando llegue el momento, insistiremos en que si el PSOE o el PP no pueden formar Gobierno tampoco deben impedir que el otro lo haga, descartando al mismo tiempo aventuras suicidas que los socialistas no deberían permitir jamás. Y creemos que sin Rajoy ni Sánchez las posibilidades de unir fuerzas para que se forme un Gobierno crecen considerablemente.

 

España: El PP y Podemos aniquilan el pacto Sánchez-Rivera

Pedro Sánchez no consigue la confianza de la Cámara y se extiende el convencimiento de que habrá nuevas elecciones el 26 de junio

Albert Rivera le come el terreno al candidato, pide la retirada de Rajoy y se erige como esperanza blanca del centro derecha

Los socialistas apenas ven posibilidad de acuerdo con Podemos tras la arremetida de Iglesias contra Felipe González y sus siglas

14569375715931

Pedro Sánchez y Albert Rivera abandonaN la tribuna tras sus intervenciones. ALBERTO DI LOLLI

Marisa Cruz, 2 marzo 2016 / EL MUNDO

el mundoEl acuerdo de gobierno suscrito -“con redoble de tambores”, en expresión de Mariano Rajoy-, entre Pedro Sánchez y Albert Rivera, apenas ha tenido unos días de vida. Esta noche decaerá, al mismo tiempo que las esperanzas del candidato socialista de ser investido nuevo presidente del Gobierno. Sánchez no lo ha logrado, y aunque aún le queda una segunda oportunidad, el viernes a última hora, ni siquiera él cree en el milagro.

La Cámara le denegará la confianza. Recabará 130 votos a favor -quizá uno más, gracias a Coalición Canaria– y 220 en contra. Nada indica que este pésimo resultado en sólo 48 horas pueda cambiar y menos aún tras las durísimas intervenciones, el vapuleo, que ha tenido que sufrir el aspirante socialista desde la derecha y desde la izquierda.

Ni Mariano Rajoy, que enhebró un discurso contundente, irónico y sin concesiones abundando en la incapacidad del aspirante para conformar una masa crítica que permita formar gobierno [intervención completa en PDF], ni Pablo Iglesias arremetiendo con toda dureza contra Sánchez por lo que él mismo ha hecho -inclinarse claramente hacia la derecha, en su opinión- y por lo que hicieron sus predecesores al frente del PSOE, dejaron espacio al líder del PSOE para respirar.

Y el poco que le quedó se lo arrebató un Albert Rivera crecido que ha llegado a presentarse como el auténtico árbitro en medio de un panorama de caos en el que todos batallan contra todos. Rivera habló del acuerdo que ha firmado con el PSOE atribuyéndose la paternidad del mismo casi en su totalidad. Supo defenderlo sin aspavientos ni exabruptos.

El presidente de Ciudadanos, en contra de lo que se barruntaba, supo encontrar un hueco en el debate muy alejado del papel de “comparsa” que se le quería atribuir desde el PP, o el de socio de segunda mano que le daba por asignado el PSOE.

VEA EN VIDEO PARTE DEL DISCURSO DE ALBERT RIVERA:
‘No hemos venido aquí para que todo siga igual’

Más aún, Rivera ha sido, pese a sus modales tranquilos, un enemigo feroz. Para empezar, de Rajoy. El líder de C’s reclamó abiertamente la retirada del presidente del Gobierno en funciones. “Con usted no es posible la regeneración”, vino a decir dando por hecho que Rajoy es el obstáculo insalvable que se interpone en el camino del PP- al que no cometió el error de marginar ni excluir, como sí ha hecho Sánchez-, para seguir manteniéndose como opción de gobierno.

Acusó de “pereza” al presidente, metiendo así el dedo en la llaga que los propios populares abrieron cuando constataron que su jefe de filas optaba por aguardar cediendo el terreno de la imagen pública al rival. Utilizó este argumento con habilidad, mucha más que la que demostró Sánchez pese al uso y abuso que hizo del recordatorio de un Rajoy declinando la propuesta de investidura que le hizo el Rey.

Albert Rivera enarboló la bandera de la nueva política la que, dicen, sólo se mueve por los “intereses generales”, la que declara la guerra a la corrupción y la que ha venido para regenerar y modernizar el país con el concurso de la ciudadanía. Y a juzgar por los comentarios, y también por los silencios de pasillo, lo hizo de manera eficaz.

También, y desde el extremo opuesto, brilló Pablo Iglesias en su estreno parlamentario. El líder de Podemos fue para muchos “excesivo” y “doctrinario”. Es su estilo, pero al igual que Rivera no dejó títere con cabeza.

Golpeó sin piedad a Sánchez por haberse inclinado hacia la derecha. Se mostró exigente, incluso autoritario y amenazante. Al PSOE le dejó claro como el agua que no pactará nada con él si no acepta dar un giro de 180 grados, lo que implica abandonar su pacto con Ciudadanos y además asumir todas las demandas que la formación morada plantea y que ahora, a la vista de la debilidad del PSOE, ha encarecido.

Sánchez urgió a Iglesias a aclarar si lo que busca, a la postre, es la celebración de nuevos comicios. El envite, al líder de Podemos, ni le rozó. Más aún, a la vista del debate y de las posiciones manifestadas por unos y otros, la sensación de que el país se encamina derecho hacia las nuevas elecciones el 26 de junio, se extiende como una mancha de aceite.

Si Pedro Sánchez albergaba la esperanza de que a partir de su investidura fallida se iniciara una nueva etapa en la que él encontrara terreno para atraer a la formación morada, hoy ha quedado casi diluida en su totalidad.

Los socialistas, tras escuchar el durísimo ataque que Iglesias lanzó no sólo contra sus propias siglas sino también contra su gran referente, Felipe González, por su pasado “manchado de cal viva”, se sienten tan agraviados que apenas ven posibilidades de entendimiento a medio plazo con Podemos.

Es más, a muchos no les gustó comprobar cómo su candidato insistía en pedirle el voto a Iglesias después de que éste se hubiera cebado con ellos, con su historia y con sus iconos ideológicos.

Tras la sesión de la mañana, interrumpida tras la intervención del portavoz de ERC, Joan Tardà, el debate ha virado esencialmente hacia los planteamientos nacionalistas. El tono ha bajado porque en este campo el frente ante las demandas independentistas es muy amplio. Sánchez no ha cedido ni un milímetro ante las pretensiones secesionistas y ha defendido bien los artículos nucleares de la Constitución. Su posición en este terreno se daba por descontada y por tanto no le ha proporcionado brillo ni le ha permitido recuperar el protagonismo perdido.

Pese a ello, si alguien ha tendido la mano al PSOE o al menos se han mostrado abiertos a dialogar y negociar a partir de la próxima semana, han sido los representantes del nacionalismo catalán y vasco. Pedro Sánchez sabe que con ello no basta e incluso que un acuerdo con ellos puede ser para él un campo de minas.

El discurso de Pedro Sánchez del PSOE:

Las siete vidas de Sánchez, ‘El Renacido’. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 7 febrero 2016 / EL MUNDO

No había terminado Pedro Sánchez de anunciar que había hecho historia en la noche electoral, tras obtener los peores resultados de un líder socialista, y los tertulianos ya hacían porras sobre su defenestración, su número de teléfono empezaba a ser tachado de las agendas del poder y en las redacciones preparábamos su esquela política. Que un mes y medio después el candidato del PSOE esté en posición de convertirse en el próximo presidente confirma que, siendo éste un país donde los políticos disfrutan de una esperanza de vida profesional inversamente proporcional al mérito, no se les puede enterrar sin haber comprobado su pulso una séptima vez.

Sánchez ha llegado hasta aquí tras un intercambio de papeles que será estudiado en las facultades de política, asignatura de el mundoEstrategias Incomprensibles. Porque mientras el candidato socialista perdía las elecciones y se comportaba como si las hubiera ganado, Mariano Rajoy actuaba como si las hubiera perdido, a pesar de haberlas ganado. El resultado es un presidente relegado al papel de segundón, a la espera de que sus rivales políticos decidan su destino.

Pedro Sánchez ha sido subestimado por todo el mundo menos por él mismo desde que se convirtió en el secretario general del PSOE gracias a que «pasaba por ahí», según la definición que esta semana me confiaba un miembro destacado del partido. No sabemos mucho de sus ideas o su visión de país, pero se nos ha ido revelando el carácter temerario de quien se tira a la piscina primero y comprueba si hay agua después. Hay veces que uno tiene la sensación de que, cuando sonríe en las ruedas de prensa, el líder socialista lo hace preguntándose cómo es posible que esté en semejante posición.

La suerte de haber nacido en un país como España, quizá.

Lo que no se le puede negar a Sánchez es el arrojo de avanzar ignorando el ruido a su alrededor, sin importar de dónde venga. Pasa de las instrucciones del patriarca Felipe González, responde con órdagos a los puñales que le lanzan desde dentro del partido y dice estar dispuesto a llevarse de compañero de viaje a Albert Rivera o Pablo Iglesias, como si los proyectos para el país de sus potenciales socios tuvieran algo que ver. Pero incluso quienes no daban un duro por el líder socialista empiezan a admitir que quizá haya una estrategia detrás de sus movimientos. «Voy en serio [a intentar ser presidente]», dice él. Y ya no se escuchan risas de fondo.

El problema de ‘El Renacido’ aspirante socialista, dado por muerto antes de tiempo como el personaje de DiCaprio en la última película de González Iñárritu, es que las mismas matemáticas que le han puesto el premio gordo a tiro pueden llevárselo por delante, y con él a su partido. Los ‘populares’ nunca se abstendrán para hacerle presidente con Ciudadanos, menos aún siendo la alternativa una segunda vuelta electoral con la que Rajoy sueña redimirse y seguir bloqueando cualquier renovación interna. Los barones tampoco dejan a Sánchez gobernar debiendo favores a partidos separatistas, que es sabido siempre vuelven para cobrarlos. Y el horizonte de tener que sentarse en el consejo de los viernes con un vicepresidente que busca la destrucción de tu partido, y varios ministros cuyo modelo económico ideal es una mezcla entre Venezuela y Grecia, no se antoja apetecible. «Vamos a nuevas elecciones», se escucha en los cuarteles generales de los partidos. Quizá, pero no sin antes alargar el teatro unos meses más y aumentar la percepción exterior de lo que nosotros sabemos hace tiempo. No somos un país serio.

Hay otra opción, más improbable pero mejor para España: que no triunfen ni la pasividad de Mariano Rajoy ni la temeridad de Pedro Sánchez y que ambos se aparten para dejar que sean otros dirigentes de sus partidos quienes lideren un gran pacto entre PP, PSOE y Ciudadanos para regenerar la vida pública, transformar el país desde la educación y reforzar con medidas urgentes una recuperación económica todavía frágil.

El problema es que estamos ante dos supervivientes con escasa predisposición para el altruismo político y que, a pesar de tener personalidades opuestas, comparten la misma determinación por agotar hasta el último suspiro la vida política que les queda.

Rajoy y Sánchez deben apartarse por el bien de España. Editorial de El Mundo

Sanchez-Rajoy-Barcenas-presidente-patetico_EDIIMA20150224_0921_24

Editorial El Mundo, 31 enero 2016 / EL MUNDO

España no se puede permitir una continuación de la situación de bloqueo que está viviendo, provocada por la incapacidad de los partidos de llegar a acuerdos para formar Gobierno. Los ciudadanos tienen la sensación de que sus representantes no pueden encontrar una salida y de que esa parálisis podría alargarse durante meses. La pregunta que se hacen hoy millones de españoles es cómo podemos salir de este ‘impasse’ sin acudir nuevamente a las urnas, lo que implicaría llegar hasta el próximo verano sin Ejecutivo, dañaría seriamente la credibilidad internacional de nuestro país y pondría en riesgo la confianza de los mercados y la recuperación económica.

Nadie tiene una varita mágica para resolver este problema, pero parece cada día más claro que el antagonismo político y la enemistad personal entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez suponen un grave obstáculo para llegar a un pacto de Estado que permita la gobernabilidad de este país. Esto ya se pudo constatar en el debate durante la campaña electoral, en el que el líder socialista insultó en repetidas ocasiones al todavía presidente del Gobierno, con una acritud impropia de un dirigente que aspira a representar a todos los ciudadanos.

Llegados a este punto, los intereses de España deben estar por encima de las legítimas ambiciones personales de los líderes de los dos principales partidos. Si no son capaces de desatascar la situación tras la nueva ronda de consultas del Rey, Rajoy y Sánchez deberían renunciar a ser candidatos a la presidencia, cediendo su capacidad de interlocución a otros dirigentes de sus respectivos partidos.

El país necesita un cambio que permita romper el nudo que impide el diálogo entre las dos mayores fuerzas políticas para llegar a un acuerdo reformista que defienda la unidad de España, impulse la regeneración de la vida pública, facilite medidas económicas que consoliden la todavía frágil recuperación, cimente una política exterior consensuada y mande un mensaje de estabilidad al exterior.

El caso de Rajoy es especialmente polémico porque ganó las elecciones, aunque fuera con una importante pérdida de votos. Pero el líder ‘popular’ no puede aspirar a salir investido como presidente porque, como él mismo reconoció con lucidez, hay 180 diputados que han dicho que van a votar en su contra. A pesar de su buena voluntad y sus reiteradas ofertas de diálogo a la oposición, Rajoy se ha convertido en el principal obstáculo del gran acuerdo que reclama la mayoría. Pero también pesa en estos momentos el hecho de que no ha sido capaz de frenar la corrupción en su partido, como demuestra el último escándalo de Valencia. Ello ha dañado su credibilidad y su liderazgo en este proceso de formación de un nuevo Gobierno y pone muy difícil a Ciudadanos avanzar en las conversaciones con el PP para llegar a algún acuerdo.

La retirada de Rajoy daría credibilidad a las intenciones de cambio del PP y dejaría sin excusa al PSOE para poder negociar un gran pacto de Estado. Supondría, además, la mejor oportunidad de iniciar un proceso de renovación y de limpieza interna del partido, que cada día parece más inaplazable. Los populares tienen políticos de demostrada valía que podrían liderar ese proyecto. Nadie es imprescindible en esta nueva etapa. Los intereses de los ciudadanos sí lo son.

Sacrificio personal

No faltará quien subraye que es injusto que Rajoy tenga que abandonar sus aspiraciones a formar Gobierno cuando ha sido votado por 7,3 millones de ciudadanos, que al depositar su papeleta en la urna le estaban confiando esa responsabilidad. Sólo podemos rebatir este argumento con la réplica de que hay situaciones que exigen un sacrificio personal en aras del interés de la mayoría. El presidente del PP debería dar un paso atrás por el bien de España, aun aceptando que no está obligado a hacerlo. Como publicamos hoy, ya han surgido en su partido algunos dirigentes que están a favor de que renuncie a ser candidato en favor de otra persona de consenso en bien de los intereses generales.

El caso de Pedro Sánchez es distinto. Dada su obstinación en negarse a negociar con el PP y su estrategia de buscar un acuerdo con Podemos, debería haber sido la dirección de su partido quien le forzara a renunciar a presidir el Gobierno. Sánchez ha obtenido unos malos resultados electorales, los peores de la historia del PSOE, y no parece lógico que aspire a formar una mayoría con un partido que pretende destruir el suyo y que no comparte el mismo modelo de Estado. Ahí está el ejemplo contrario de su compañero, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, que optó por aliarse con Angela Merkel en lugar de Die Linke, la extrema izquierda antisistema.

Su intención de pactar con Podemos suscita el rechazo de un sector del Comité Federal, como se pudo ver el pasado sábado, y de la vieja guardia del PSOE, encabezada por Felipe González, que considera que pactar con Podemos supondrá la destrucción a largo plazo del partido.

También nos parece un grave error su decisión de someter a consulta entre las bases los acuerdos para gobernar, ya que es precisamente para éso para lo que ha sido elegido. Todo indica que pretende blindarse con la opinión de los militantes de un posible rechazo del Comité Federal.

El PSOE se enfrenta a la oportunidad de romper la vieja dialéctica de confrontación que tanto daño ha hecho a este país y de ser el pivote de un Gobierno que pueda dar estabilidad económica y acometer las grandes reformas que necesita España.

El pasado miércoles, Rajoy ofreció a Sánchez un acuerdo que pasaba por el apoyo del PSOE a su investidura a cambio del respaldo del PP a los gobiernos socialistas en Ayuntamientos y comunidades en las que dependen de Podemos. No era un planteamiento acertado, pero lo que llamó la atención fue la tajante y agresiva respuesta de Sánchez, que amenazó con decirle verdades muy incómodas a Rajoy si era convocado de nuevo a La Moncloa. Lo mínimo que se le puede pedir al líder de la oposición es que escuche la propuesta del presidente de su país.

Aferrado al ‘no’

Ha quedado claro, por activa y por pasiva, que Sánchez no está dispuesto a llegar a un acuerdo con el PP pese a que este partido fue el más que más escaños obtuvo con un amplia ventaja sobre el PSOE y pese a los gestos de Rajoy de tender la mano a una negociación sin ‘líneas rojas’. También el líder socialista se ha convertido en un obstáculo para los intereses del país y debería marcharse, aceptando el pobre resultado electoral y la realidad de que el pacto que busca sólo daría inestabilidad al país.

Lo realmente importante en estos momentos no son las personas sino el proyecto político que permitiría articular un Gobierno de coalición formado por el PP, PSOE y Ciudadanos, unido en torno a un programa de reformas y un calendario legislativo. Este Ejecutivo contaría con una amplia mayoría parlamentaria y dispondría de la estabilidad y la fuerza que necesitamos para responder a retos como el desafío del independentismo catalán, que ha decidido proseguir su hoja de ruta, la consolidación del crecimiento económico o la amenaza del terrorismo islámico. Los españoles hemos avanzado cuando hemos buscado soluciones juntos, aunque nuestros políticos parezcan haberlo olvidado. Es hora de volver a poner los intereses de los ciudadanos por encima de todo lo demás.