crítica

Los incuestionables (III). De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

19 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

A los políticos no les gusta que se les cuestione. No les cae en gracia que se les critique las malas decisiones que toman sobre asuntos públicos. Ante los cuestionamientos y críticas por el retraso de más de cuatro meses en la elección de magistrados de la Corte Suprema de Justicia, varios políticos dijeron que si queremos incidir sobre las personas que ocuparían el cargo de magistrado que “nos postulemos como diputados”. Nada más contradictorio que una persona que debe su cargo al voto popular se niegue a escuchar a la ciudadanía.

Partamos de lo más básico. Podemos criticar o cuestionar algo solo porque sí, porque es nuestro derecho a expresarnos libremente. Porque mientras respetemos los derechos de los demás, la libertad de expresión nos da pauta para manifestar lo que pensamos. Este derecho es importante porque somos humanos e iguales. Pero cuando se trata de crítica al manejo de los asuntos públicos, este derecho adquiere especial relevancia. Se trata de un control sobre la manera en que los funcionarios administran las instituciones y el dinero público. Las decisiones que toman los funcionarios inciden en la vida de todos y por ellos nos interesan. Por eso es importante y necesario que la ciudadanía se exprese.

La discusión sobre la elección de funcionarios que realiza la Asamblea Legislativa va más allá de si un candidato a un puesto cae bien o mal, si es buena gente o no. Ha sido la falta de idoneidad de los funcionarios para dirigir las instituciones públicas lo que nos ha llevado a las distintas crisis que ahora sufre el país. La incapacidad de administrar instituciones importantes han sido factor determinante para su declive.

Instituciones dormidas, que se hacen del ojo pacho e inoperantes han sido caldo de cultivo para la ineficiencia en la prestación de servicios y la corrupción. Hemos tenido una Fiscalía General convertida en tienda que transaba impunidad, una Corte de Cuentas que dejó pasar reparos por el uso del dinero público y por lo que hoy un presidente está preso. Todo por culpa de personas que no saben tomar decisiones adecuadas o porque lo hacen con un interés ajeno al bienestar público. La elección de funcionarios importa mucho porque determina la forma en que se manejarán las instituciones: al servicio de la población o de intereses corruptos. No nos pidan que no nos metamos.

Por las razones anteriores es que tiene mucha relevancia la capacidad de las personas que se postulan para ser funcionarios. Y por eso es que molesta que existan diputados y alcaldes que rechacen que la sociedad civil se meta en esa decisión, que piden que no se critique o que se deje de presionar por los más idóneos. Ese rechazo a la crítica constructiva es una falta de respeto al electorado que les dio su voto de confianza, que creyeron en sus promesas o en su criterio para tomar decisiones y que pensaron que serían buenos representantes de sus pensamientos e intereses. Les están dando la espalda a quienes los pusieron en la silla que hoy ocupan. Inaceptable.

Y el rechazo a la crítica, sugerencias y exigencias que hace la sociedad civil también es una muestra de la soberbia de nuestros funcionarios. Ahora que ya están en el puesto creen que únicamente ellos saben qué es lo mejor para el país, que sus decisiones son las mejores y que nadie tiene motivos para criticarlos. Nada más falso que eso. Hay ciudadanos que están muchísimo mejore preparados o que tienen mejor criterio que un funcionario, que desarrollan buenas ideas y que merecen ser escuchadas. No caigan en el error de creer que sus respuestas son las únicas y las más acertadas.

Hace muchos meses escribí dos columnas tituladas “Los incuestionables”, sobre los funcionarios que se quejan de la crítica de la ciudadanía. Las cosas no han cambiado. En El Salvador todavía hay personas que creen que este país es una finca bajo su dominio. Se equivocan. Este pedacito de tierra nos importa tanto que vamos a seguir trabajando para que la institucionalidad se enderece y para que los malos elementos queden fuera de la función pública.

Los incuestiobales I
Los incuestionabes II

Carta a los dinosaurios y quienes los preservan: La paja y la viga en los ojos. De Paolo Luers

Paolo Luers, 18 juio 2017 / MAS! y EDH

Hay un montón de gente de derecha que siempre me aplaude ciegamente cuando critico al FMLN. Pero los mismos se ponen bravos e intransigentes cuando me atrevo a criticar a ARENA, sobre todo a su corriente conservadora e intolerante. Cuando publiqué mi Carta a Mauricio Interiano, cuestionando cómo estaba manejando las primaras y bloqueando la renovación de su partido, me reclamaron que no mencioné que el FMLN y su cúpula son peores.

Según ellos, la única manera permitida de criticar a ARENA sería más o menos así (les pongo un párrafo de mi carta reeditada con los mandatos de los amigos conservadores):

Seguiste hablando de apertura, pero tu COENA la bloqueó en la práctica. (Hay que señalar que el FMLN está peor, ahí ni siquiera pronuncian palabras como “apertura” o “pluralismo”). Para esta primaria el COENA hubiera tenido que motivar y proactivamente reclutar a mujeres y hombres críticos, frescos, renovadores, competentes a competir por alcaldías y diputaciones. (Claro, el FMLN tampoco admite a personas críticas). El COENA hizo contrario: Vetaron a los pocos que se animaron. (En el FMLN nadie se anima a apuntarse como diputado con la pretensión de renovar este partido). Le diste rienda suelta a personajes que no permitieron que entrara gente que pensara diferente. (Y así como ustedes tienen sus dinosaurios, que por cierto son especie en extinción, en el FMLN reinan los Tiranosaurios, sin ningún indicio de que estén en peligro de extinción).

No me jodan, el día que comience a escribir así, siempre cubriendo todos los flancos y calmando los nervios a todos, mejor dejo de escribir. Si a ARENA solo se le puede criticar si al mismo tiempo se condena al FMLN (o viceversa), el debate político deja de tener sentido.

No soy el único a quien los retrógrados tratan de imponer un discurso de este tipo. Ahora le está pasando a Juan Valiente. Nunca ha escondido que es católico practicante y, como tal, en contra del aborto. Pero tampoco ha escondido su convicción de que como diputado no puede imponer a la sociedad sus principios personales y que está abierto a un debate racional para buscar legislaciones que concilien las creencias de unos con los derechos de otros. Ahora los fundamentalistas le quieren obligar a que cada intervención la introduzca jurando sobre la Biblia que es “pro vida”. Parece que en este país de fundamentalistas no cabe alguien quien diga: “Como persona defiendo mis convicciones religiosas, pero como diputado defiendo el mandato constitucional de un Estado laico”.

No les hagas caso, Juan. Vamos a seguir criticando sobre todo la viga en el ojo de los amigos, porque ahí podemos cambiar algo, y no limitarnos a señalar la paja en el ojo del otro. Vaya, ya estoy citando la Biblia (Lucas 6, 41-42). Pero no por obligación o para quedar bien, sino porque es de las partes que los fundamentalistas quieren obviar.

Saludos,

Posdata: Sólo esta vez les voy a hacer caso. Lo que aquí planteo a los dinosaurios de derecha, también va a los Tiranosaurios de la izquierda.

Lamento mexicano. De Héctor Aguilar Camin

México es un país eternamente inacabado que para ser algún día grande, moderno y hospitalario con la mayoría de sus hijos necesita aliviar una vez más el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

Héctor Aguilar Camín es escritor mexicano, director de la revista Nexos.

Héctor Aguilar Camín, 5 abril 2017 / EL PAIS

México será algún día un gran país, un país moderno y hospitalario para la mayoría de sus hijos, pero no será por aciertos que se hayan cometido en el curso de mi generación. No al menos por una historia de aciertos sostenidos.

Nací a la vida intelectual bajo el mandato de empeñarme en la reflexión pública, en la pasión utópica por excelencia de cambiar el mundo criticándolo. El balance de mi empeño arroja un saldo vicioso de ensayo y error, un camino de ilusiones perdidas, ganadas y vueltas a perder, con frutos siempre inferiores a los buscados.

He dicho de mi generación, la nacida en los años cuarenta del siglo pasado, que debutó muy temprano en la historia y además sobreactuó sus emociones. También sobreactuó sus sueños. Su salida al mundo, con el movimiento estudiantil de 1968, fue una fiesta de libertad ejercida que terminó en una tragedia, la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

Diría que desde aquel momento fundador hemos soñado de más y conseguido de menos como generación.

La guerra contra las drogas sumió al país
en una espiral de sangre que es una pesadilla

Hemos intentado las fórmulas probadas en otros países para dejar atrás el subdesarrollo, como se decía en mis tiempos, y las hemos vuelto insustanciales e insuficientes, cuando no parodias trágicas, de resultados contrarios al soñado.

No hemos tenido una década de crecimiento económico alto y sostenido desde 1970, año a partir del cual duplicamos nuestra población trayendo al mundo 70 millones más de mexicanos.

Dilapidamos en el camino dos ciclos de abundancia petrolera, uno en los años ochenta del siglo pasado, otro en la primera década del siglo XXI. Las rentas de aquel auge han sido calculadas en seis veces y media el monto del Plan Marshall, que permitió reconstruir la Europa devastada por la II Guerra Mundial.

Una revolución de terciopelo, hecha de reformas graduales y transiciones pactadas, convirtió la impresentable hegemonía priista, la famosa “dictadura perfecta” de Mario Vargas Llosa, en una prometedora primavera democrática.

Descubrimos poco a poco, sin embargo, que la nuestra era una democracia sin demócratas. Del fondo de nuestras costumbres políticas más que de las leyes vigentes emergió paso a paso un régimen de partidos que acabó siendo, a la vez, una partitocracia y una cleptocracia, pues su regla de eficacia electoral fue llevar ríos de dinero ilegal a elecciones que cuestan cada vez más e inducen cada día mayores desvíos de dineros públicos y mayores cuotas de corrupción en los gobernantes.

En lugar del presidencialismo opresivo de las eras del PRI, tenemos ahora un Gobierno federal débil y una colección de gobiernos locales impresentables: los más ricos, los más autónomos, los más legitimados electoralmente y los más corrompidos e irresponsables de la historia de México, pues ni cobran impuestos ni aplican la ley.

La guerra contra las drogas y el crimen organizado, que pareció cuestión de vida o muerte hace 10 años, lejos de contener el tráfico, la violencia o el crimen los multiplicó, sumiendo al país en una espiral de sangre que es una pesadilla diaria.

El acierto estratégico mayor de estos años, la integración comercial con América del Norte, no fue aprovechado para modernizar el resto de nuestra economía, y debe buena parte de su competitividad a los bajos salarios.

La economía mexicana produce billonarios
de clase mundial, pero no salarios dignos

La economía mexicana produce billonarios de clase mundial peno no salarios dignos de una clase media decente. Nuestra riqueza, paradójicamente, multiplica nuestra desigualdad.

Estamos lejos de ser el país próspero, equitativo y democrático que soñó, al paso de los años, mi generación. Hemos corrompido nuestra democracia, destruido nuestra seguridad, precarizado nuestra economía y nuestros salarios, profundizado nuestra desigualdad.

La cuenta de las equivocaciones colectivas de estos años es notoriamente más larga que la de los aciertos. La responsabilidad mayor es de los Gobiernos, desde luego, pero también de sus oposiciones; de la baja calidad de nuestra opinión pública y de nuestros medios, de nuestras empresas y empresarios, del conjunto de nuestra clase dirigente. También, de la débil pedagogía que baja de nuestras escuelas, de nuestras iglesias, de nuestra vida intelectual y de los malos hábitos y las pobres convicciones de la sociedad.

El país que mi generación heredará es inferior al que soñó y al que hubiera podido construir equivocándose menos. No hemos sido los primeros mexicanos en esto de equivocarse mucho.

En el año de 1849, mientras escribía el prólogo de su Historia, Lucas Alamán llegó a pensar que México podía desaparecer y que su obra serviría para mostrar a los descendientes de aquella desgracia cómo podían volverse nada, por la acción de los hombres, los más hermosos dones y las más altas promesas de la naturaleza.

Casi 100 años después, en 1947, el historiador Daniel Cosío Villegas escribió, en un ensayo inolvidable, que todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin excepción alguna, habían estado por debajo de las exigencias de ella.

Podría parafrasear a Cosío Villegas y decir, 70 años después de su sentencia, que todos en mi generación, sin excepción alguna, hemos estado por debajo de las oportunidades que la historia nos brindó y más por debajo aún de lo que nos propusimos y soñamos. Hemos sido inferiores a lo que soñamos.

Me consuelo pensando que el país es más grande que sus males, más vital que sus vicios y más inteligente que las ilusiones de sus hijos. Lo ha sido desde que existe. Su poder ha sido la resistencia, el “aguante” como decimos los mexicanos, no la lucidez práctica de la acción colectiva.

En la mina de sabiduría recobrada que son los Inventarios de José Emilio Pacheco, las columnas periodísticas que escribió entre 1974 y 2014, publicadas ahora en tres volúmenes por editorial Era, encuentro tres citas inesperadas de Chesterton que tienen una pertinencia, a la vez risueña y serena, ante mis quejas.

Una dice: “Para el espíritu infantil del pesimismo moderno cada derrota es el fin del mundo, cada nube el crepúsculo de los dioses. En la literatura, sobre todas las cosas, debemos resistir este pánico inane”.

La segunda cita dice: “La esperanza solo resulta una fuerza cuando todo es desesperado… La única razón para ser progresista es la tendencia al empeoramiento que hay en todas las cosas”.

La tercera dice: “La historia no está hecha de ruinas completadas y derribadas; más bien está hecha de ciudades a medio edificar, abandonadas por un constructor en quiebra”.

Así el presente de México, eternamente inacabado. Hay que renovar el contrato y cambiar al constructor, aliviando una vez más, como quería Gramsci, el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

El periódico que no se podía nombrar. de David Jiménez/director de El MUNDO

RICARDO

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 28 febrero 2016 / El Mundo

A Felipe González le costó volver a nombrar a este periódico después de la publicación de los escándalos de los fondos reservados, los GAL o la financiación ilegal del PSOE. Para el líder socialista éramos «El Inmundo», como si lo indecente fueran nuestras informaciones y no el reparto de fajos de billetes de dinero público entre sus colaboradores. Dice algo de lo poco que cambian algunas cosas en este país el que hayan pasado dos décadas, la corrupción vuelva a poner contra las cuerdas al partido gobernante y el actual inquilino de La Moncloa también tenga dificultades para referirse a EL MUNDO por su nombre. «Ese periódico que usted cita…», respondía Mariano Rajoy al ser preguntado en Espejo Público por noticias que no eran de su agrado.

El presidente no está contento con el trabajo que hacemos. Normal. Lo contrario, que dirigentes políticos llenaran de felicitaciones el buzón de la redacción, diría poco de nuestra independencia y nos acercaría a lugares donde la prensa no ejerce su función. Siempre me acuerdo del periodista de Corea del Norte que me contó que allí el riesgo no estaba tanto en criticar al líder supremo, algo impensable, como en quedarse corto en la exaltación de su inconmensurable infalibilidad. El periodismo estaba en crisis, había escrito el tirano Kim Jong-Il en el Gran Maestro de los Periodistas, su manual sobre el oficio que ordenó enviar a todas las redacciones, porque no había suficiente «ardor revolucionario» a la hora de diseminar sus pensamientos.

Entiendo que Mariano Rajoy no pretende que lleguemos a ese grado de exaltación de sus logros, que los tiene, pero al presidente le ocurre como a tantos políticos españoles que no terminan de entender la relación entre el poder y la prensa. Cada vez que ésta desvela un caso de corrupción, no importa la contundencia de las pruebas, el Partido Popular atribuye la información a alguna extraña conspiración judicial o periodística. Después vienen las sugerencias de que el rival recibe mejor trato, aunque la hemeroteca demuestre que no es así. Y, cuando todo falla, se organiza una ofensiva para ensuciar el prestigio del medio denunciante, en lugar de gastar esas energías en limpiar su casa.

Sólo en un lugar donde se confunde el papel de la prensa es necesario recordar que no fue «ese periódico» que el presidente elude citar el que envió mensajes de apoyo a Bárcenas tras saberse que tenía cuentas en Suiza. Nos limitamos a publicarlos. No ha sido nuestro diario el que ha imputado al equipo municipal del Ayuntamiento de Valencia de Rita Barberá, aunque nuestras investigaciones ayudaran a destapar el escándalo. Y no fue en nuestra redacción donde se organizaron las tramas Gürtel, Nóos, Palma Arena, Púnica...

La diferencia entre España y países con mayor tradición democrática como EEUU es que allí se publica una investigación y cae hasta el cardenal, como nos recuerda la historia del Boston Globe llevada al cine en Spotlight, mientras que aquí tienes que aguantar una campaña como la que organizó el ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, cuando revelamos las irregularidades en la compra de su ático de la Costa del Sol. Lo nuestro, decía airado, era «periodismo basura». Cuatro años después, el fiscal ha pedido su imputación por cohecho y blanqueo de capitales.

Todo este paseíllo diario de corruptos por los juzgados sería más soportable si no fuera acompañado de la tomadura de pelo de quienes pretenden hacernos creer que el problema consiste en unas pocas manzanas podridas, un periódico innombrable y algunos jueces resentidos. Y, sin embargo, ése es el discurso que se ha puesto en marcha y que tuvo su momento de mayor indignidad cuando el ministro Jorge Fernández Díaz, que tiene entre sus responsabilidades dirigir las Fuerzas de Seguridad que luchan contra la corrupción, sugirió públicamente que detrás de las redadas que afectan a su partido hay una conspiración.

Steinbeck tenía razón: no es el poder lo que más corrompe, sino el miedo a perderlo.

 

@davidjimeneztw

La guerra: Del monte a la mente. De Marvin Galeas

ARENA debe enfocarse en su renovación a fondo sin perder su esencia liberal. Hacerle fácil a los descontentos con el gobierno marcar sobre la bandera tricolor. Para ello debe sacudirse de una vez el anticomunismo cerril, y salirse de la confrontación estéril.

marvin galeasMarvin Galeas, 25 junio 2015 / EDH

La guerra salió del monte, pero se instaló en los corazones y las mentes de muchos. Se huele a pólvora y camorra en las entrevistas de televisión, en las redes sociales, en los artículos y columnas de opinión.

Pensé en tan triste situación leyendo la semana pasada las diversas columnas de opinión, blogs, y mensajes en redes sociales, viendo y escuchando entrevistas. Hasta hice un auto examen de mi propio estilo a la hora de sentarme frente a la computadora. El tono del debate es belicoso.

Muy buenos argumentos quedan sepultados por la frase mordaz. Hasta personas serenas no escapan a tal tendencia. Hay algunas raras excepciones, pero son tristemente las que confirman la regla. La mayoría de críticas que hacemos al gobierno son justas.

Pero el estilo regañón o sarcástico, convierte la crítica en un simple desahogo. El gobierno lejos de prestar atención a los señalamientos, reflexionar y corregir, lo que hace es mandar a su escuadrón de francotiradores a disparar a los críticos desde las redes sociales y los medios tradicionales.

Pero no solo eso. A veces pareciera decir: “bueno si no les pareció una taza de éste caldo, le voy a dar dos ¿y qué?” Ese es el mensaje que contiene el nombramiento de Sigfrido Reyes al frente de PROESA. En lo personal, que quede claro, no tengo nada contra el señor Reyes, pero es indudable que sus actuaciones al frente de la Asamblea Legislativa, lo volvían el menos apto para ese cargo.

Supe de buena fuente que tres expertos en el tema de seguridad, preocupados por la dramática situación de violencia que vive el país, ofrecieron sus servicios ad honórem al gobierno. A pesar de las excelentes competencias de los que hicieron la oferta la respuesta del gobierno, por puras razones políticas fue “ni los queremos, ni los necesitamos”.

Al clamor ciudadano que aboga por el respeto a la Sala de lo Constitucional, el gobierno responde con una campaña publicitaria de ataque. Nunca antes se había visto que un órgano del Estado utilizara dinero de los contribuyentes para atacar a otro órgano del Estado. Nunca se había visto, desde los acuerdos de paz, que se utilizara el poder político para acosar a los opositores. Porque el caso CEL-ENEL y Flores, no son más que persecución política.

En ambos casos los querellantes no han logrado presentar pruebas. Una cosa es destrozar la imagen de personas en la opinión pública, mediante campañas de desprestigio muy bien organizadas por expertos en guerra sucia y otra es presentar pruebas ante un juez. El caso de CEL-ENEL se contará en el futuro, junto al escándalo de los tránsfugas como hechos vergonzosos en nuestra historia.

Por lo que a mí respecta estoy convencido que las dos administraciones del FMLN han sido pésimas. Creo con firmeza que ARENA ganó las tres últimas elecciones, incluyendo la segunda vuelta de la presidencial. Y creo también que ARENA tiene el camino despejado para ganar las elecciones de 2018 y 2019. Sin embargo, esta guerra que salió del monte y se instaló en la mente puede hacer que pierda ambas elecciones. Hay que recordar que la Asamblea que surgirá el 2018 elegirá a la nueva Sala de lo Constitucional.

De nada sirve estar lanzando críticas al gobierno porque no va a rectificar. Responderán haciendo todo lo contrario. ARENA que sigue siendo la opción de la oposición, esta es una realidad política, debe enfocarse más bien en su renovación a fondo sin perder su esencia liberal. Hacerle fácil a los descontentos con el gobierno marcar sobre la bandera tricolor. Para ello debe sacudirse de una vez el anticomunismo cerril, y salirse de la confrontación estéril.

Los líderes de opinión deberíamos hacer lo mismo. Nada ganamos con aporrear a un gobierno que no se moverá un ápice. Lo único que ganaremos es el insulto de sus troles. Me parece que nuestro trabajo debería estar más orientado a presentar argumentos al electorado de lo dramático que sería para el país, que el último resquicio que nos queda en materia de contrapeso al poder, la sala de lo constitucional, sea pintada de roja.

Y, peor aún, las consecuencias de un cuarto gobierno populista.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com