Refugiados

Fronteras espirituales. De Máriam Martínez-Bascuñán

Y en esas estamos, huérfanos aún de un verdadero horizonte europeísta, replegándonos al calorcito de comunidades fundadas por fantasmas y exclusión.

Los migrantes  africanos  rescatados en el Estrecho de Gibraltar en Tarifa, Cádiz.

Los migrantes africanos rescatados en el Estrecho de Gibraltar en Tarifa, Cádiz. Foto: JAVIER FERGO / Gtres

Docente de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

30 junio 2018 / EL PAIS

¡Invasión! ¡Que vienen los bárbaros! ¡Cierren las fronteras! Son los gritos del Grupo de Visegrado, jaleados por una parte de la antigua Mitteleuropa,con el canciller austriaco y los hermanos bávaros de Merkel mirando de reojo a nuestro particular Trump, el inenarrable Salvini. Nuestra fijación por el amurallamiento ha terminado por convertir a los muros en iconos de esta crisis permanente que parece vivir el mundo transatlántico. ¿Cuán real es?, cabe preguntarse, porque lo que está en juego no es la gestión de las fronteras: ni siquiera vivimos una crisis migratoria real.

No pretendo minusvalorar el inmenso reto al que nos enfrentamos con la acomodación de los migrantes que llegan a Europa, pero los datos son tozudos, razón por la que escasean en política. Y nos dicen que el millón de entradas de 2015 contrasta con los 50.430 del primer semestre de 2018. ¿A qué viene el pánico entonces, ese desgarro de vestiduras? ¿Cómo explicar las duras respuestas gubernamentales, revestidas del aroma del estado de emergencia? ¿De veras buscan proteger nuestras naciones subyugadas ante el asedio bárbaro?

Nuestra teatralización de las fronteras revela más bien la reactivación de la política identitaria, el Resurgimiento de la nación imaginada, libre de invasores que quedarían situados extramuros, evitando la impureza de una idílica comunidad política cercada. Se lo cuenta a Robert D. Kaplan uno de los personajes que pueblan su Rumbo a Tartaria: a veces, el “nosotros” se construye políticamente “espiritualizando fronteras”, mediante un etnicismo que niega su permeabilidad, ese carácter de filtro de protección y cuidado de doble dirección, convirtiéndolas en muros que dividen y excluyen.

Vemos de nuevo el mecanismo de la simplificación maniquea: la división entre un interior virtuoso y un exterior que nos amenaza. Porque no es que pretendamos que no pase nadie, es que solo queremos que pasen “los nuestros”. Esa función performativa del muro, la activación del mito del control, nos devuelve al esencialismo de la nación, pues no hay nada que visualice más la identidad que el cierre. Y en esas estamos, huérfanos aún de un verdadero horizonte europeísta, replegándonos al calorcito de comunidades fundadas por fantasmas y exclusión.

@MariamMartinezB

¿Migrantes o refugiados? De Mario Vega

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, 9 diciembre 2016 / EDH

En el vocabulario de los medios de comunicación y de los políticos encontramos que para referirse a la diáspora salvadoreña se usan con bastante frecuencia términos cuyos sentidos no han sido razonados debidamente. Ejemplo de ello es la confusión o similitud que se hace entre los términos “refugiado” y “migrante”. Esa confusión afecta a las dos poblaciones y hace más difícil proteger sus derechos. Las personas refugiadas son las que no pueden regresar a su país porque corren un peligro real de sufrir graves violaciones de derechos humanos. Tal es el caso de los niños y jóvenes que, bajo la amenaza de las violencias, se ven en la necesidad de salir del país y cruzar fronteras irregularmente en busca de seguridad. La situación en su sitio de residencia es tan amenazante e intolerable que prefieren correr el riesgo de un viaje también peligroso pero que, al menos, les provee la esperanza de preservar sus vidas. Por su parte, las personas migrantes son las que se desplazan de su lugar de vivienda principalmente para mejorar sus condiciones de vida. Salen en busca de trabajo, para formarse o para hacer negocios. Mientras que un refugiado no puede volver a su hogar de manera segura, un migrante sí puede hacerlo aunque las condiciones económicas en su país de origen continúen sin despegar.

diario hoyEl Estatuto de los Refugiados y su protocolo establecen que las personas refugiadas deben recibir por parte de los Estados la seguridad de no ser devueltas a los peligros de los que huyeron; además, acceso a procedimientos de asilo justos y eficaces; y también, medidas que garanticen que en el país de asilo se respetarán sus derechos humanos. Los Estados de destino tienen la responsabilidad primordial de brindar dicha protección y sus representantes deben explicar esa obligación a la población local. Si una persona refugiada es calificada como migrante será sometida a los procesos migratorios regulares, los cuales, pueden desembocar en la deportación a la situación de amenaza grave de la cual huyó. Eso ocurre con los salvadoreños que huyen de las violencias en nuestro país y que son catalogados, por razones políticas o por ignorancia, como migrantes cuando en realidad se trata de auténticos refugiados. Con ello, se les violentan las prerrogativas que les otorga el derecho internacional.

Confundir a las personas refugiadas con las migrantes puede provocar graves consecuencias para la vida y la seguridad de ambos grupos. El refugiado necesita protección internacional y debe poder acceder a ella; por su parte, el migrante también necesita que le sean respetados los derechos humanos y no ser tratado injustamente. En la actualidad la migración salvadoreña incluye tanto a personas refugiadas como personas migrantes. Es difícil determinar cuál es la proporción de cada grupo. Pero, lo que sí es verdad es que ambos necesitan que se les protejan sus derechos humanos. Esta debería ser una preocupación para los miembros de iglesias que deseen llevar su fe más allá del discurso. Por bastante tiempo se ha lamentado la pérdida de los valores familiares; pero, mientras las familias continúen siendo rotas por el desconocimiento general de los derechos, no se estará haciendo nada por resolver el mal. Un paso sencillo e inicial es el de comprender las diferencias entre ambos grupos, las cuales determinan la conciencia que debemos tener sobre sus distintas circunstancias y los derechos que les asiste en cada condición.

Carta a los escépticos: “Lo resolvemos”. De Paolo Luers

sprachpaten

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 12 noviembre 2016 / EDH

Estimados amigos:
Muchas veces encontré gente en El Salvador que me dijo: “Qué locura lo del millón de refugiados de Siria, Irak y Afganistán que la señora Merkel ha admitido en Alemania.” Yo siempre dije: no es locura, es lo único decente que los alemanes y su gobierno pueden hacer.

¿Recuerdan la frase célebre que Angela Merkel repitió cada vez que algunos alemanes resentidos y racistas se quejaron: “Wir schaffen das” (lo resolvemos)? Es la versión de la señora Merkel, la política menos populista de Europa, de la consigna de Obama: “Yes, we can.” Pero ella con esta su frase no estaba prometiendo transformaciones, ni ‘el cambio’, ni un mejor mundo. No estaba prometiendo nada a sus votantes, los estaba retando a hacer lo correcto, lo decente, lo difícil pero factible.

diario hoyEn dos años, un millón y medio de refugiados de países con guerras civiles (que más bien son guerras anticiviles) han llegado a Alemania y reciben atención médica y sicológica, un techo, cursos de alemán y vocacionales. La meta: integrarlos en la sociedad alemana.

Ahora que estoy en Alemania, fui a visitar el ‘Café Mandela’ en Osnabrück, uno de miles de centros de atención a los refugiados en todas las ciudades alemanas. Estos son manejados por Iglesias, sindicatos, ONGs e iniciativas ciudadanas. Miles de voluntarios trabajan en estas instituciones.

En ‘Café Mandela’ los asilados reciben asesoría legal, ayuda para conseguir trabajo o apartamentos, pero sobre todo contacto humano. Cientos de ciudadanos alemanes frecuentan el café para hablar con los recién llegados, para jugar ajedrez con ellos, para organizar rondas de discusión o de artesanía. En esencia, les hacen sentir bienvenidos y tomados en cuenta.

Encuentro en esta tarde a 5 señoras alemanas dando clases individuales de alemán. Cada una ha adoptado a uno, dos o tres refugiados, y llegan dos o tres veces cada semana para practicar conversación. Encuentro a tres abogados que dan asesoría para enfrentar la carrera de obstáculos en la burocracia. Encuentro a una sicóloga alemana que habla árabe y da atención a los traumas de guerra que sufrieron en sus países, sobre todo a niños. Encuentro a dos médicos que dan consulta gratis. Encuentro a dos jóvenes de Alepo que asisten a tres diferentes cursos de alemán, para poder conseguir trabajo lo antes posible. Encuentro que una muchacha de Etiopía da clases de artesanía a sirios y alemanes.

La coordinadora del ‘Café Mandela’ es la única que tiene un salario, lo paga la Iglesia Luterana. Todos los demás son voluntarios: estudiantes, pensionados, profesores, profesionales. Una muchacha, estudiante de la Universidad de Osnabrück, tiene un año de dedicar entre 4 y cinco horas diarias al ‘Café Mandela’. Ella dice: “aprendí con este trabajo mucho más que en la carrera académica”.

Me cuenta que en Osnabrück, una ciudad de 165 mil habitantes, viven como 6 mil refugiados. “¿Cómo 165 mil habitantes no vamos a tener capacidad de integrar a 6 mil asilados?” Y me repite la frase de Merkel: “Wir schaffen das!”

En Osnabrück hay unas 50 iniciativas como el ‘Café Mandela’. No todos los ciudadanos comparten esta ‘cultura de la bienvenida’ (un término nuevo en el léxico alemán), pero tampoco hay ataques a asilados, ni marchas de los movimientos antiinmigrantes. La ciudad y sus instituciones no son rebasadas. Resuelven.

Al principio, cuando los alemanes se vieron enfrentados con el número mágico del millón de refugiados que llegaron cuando Angela Merkel abrió las fronteras, mucha gente se asustó. Hoy que el número ha llegado a 1.5 millones, pero repartidos entre todas las ciudades y pueblos del país, resulta que no hay ninguna razón para asustarse. Vi en Baviera pueblos con 5 mil habitantes que les toca albergar a 100 ó 150 refugiados y no hay crisis, hay suficientes recursos, tanto económicos como humanos para atenderlos. Y habrá también para integrarlos. “Wir schaffen das!”

Angela Merkel tuvo razón cuando dijo que Alemania, si no está dispuesta y capaz a resolver este reto, sería un país inhumano. Y que ella no quiere gobernar un país inhumano. Y en ‘Café Mandela’ me di cuenta que muchos ciudadanos dicen lo mismo y lo traducen en acción.

En el ‘Café Mandela’ me sentí orgulloso de mi otro país. El mundo no es como lo pinta Trump. Para él, Merkel es un pésimo ejemplo, un peligro para el la civilización del hombre blanco.

¿Qué significa todo esto para nosotros en El Salvador? No sé. Hay que reflexionar sobre esto. No tenemos ninguna ola de refugiados. Pero tenemos cientos de miles de compatriotas que igual necesitan integración.

Saludos,

44298-firma-paolo

Would You Hide a Jew From the Nazis? De Nicholas Kristof

n 1940, refugees fled Paris in anticipation of the German invasion. Credit FPG/Hulton Archive, via Getty Images

n 1940, refugees fled Paris in anticipation of the German invasion. Credit FPG/Hulton Archive, via Getty Images

nicholas kristofNicholas Kristof, 17 septiembre 2016 / THE NEW YORK TIMES

WHEN representatives from the United States and other countries gathered in Evian, France, in 1938 to discuss the Jewish refugee crisis caused by the Nazis, they exuded sympathy for Jews — and excuses about why they couldn’t admit them. Unto the breach stepped a 33-year-old woman from Massachusetts named Martha Sharp.

With steely nerve, she led one anti-Nazi journalist through police checkpoints in Nazi-occupied Prague to safety by pretending that he was her husband.

NEW YORK TIMESAnother time, she smuggled prominent Jewish opponents of Naziism, including a leading surgeon and two journalists, by train through Germany, by pretending that they were her household workers.

“If the Gestapo should charge us with assisting the refugees to escape, prison would be a light sentence,” she later wrote in an unpublished memoir. “Torture and death were the usual punishments.”

Sharp was in Europe because the Unitarian Church had asked her and her husband, Waitstill Sharp, a Unitarian minister, if they would assist Jewish refugees. Seventeen others had refused the mission, but the Sharps agreed — and left their two small children behind in Wellesley, Mass.

Refugees in Serbia last September walked toward the border with Hungary. Credit Sergey Ponomarev for The New York Times

Their story is told in a timely and powerful new Ken Burns documentary, “Defying the Nazis: The Sharps’ War.” The documentary will air on PBS on Tuesday evening — just as world leaders conclude two days of meetings in New York City about today’s global refugee crisis, an echo of the one in the late 1930s.

“There are parallels,” notes Artemis Joukowsky, a grandson of the Sharps who conceived of the film and worked on it with Burns. “The vitriol in public speech, the xenophobia, the accusing of Muslims of all of our problems — these are similar to the anti-Semitism of the 1930s and ’40s.”

The Sharps’ story is a reminder that in the last great refugee crisis, in the 1930s and ’40s, the United States denied visas to most Jews. We feared the economic burden and worried that their ranks might include spies. It was the Nazis who committed genocide, but the U.S. and other countries also bear moral responsibility for refusing to help desperate people.

That’s a thought world leaders should reflect on as they gather in New York to discuss today’s refugee crisis — and they might find inspiration from those like the Sharps who saw the humanity in refugees and are today honored because of it.

Take Poland, where some Poles responded to Nazi occupation by murdering Jews, while the Polish resistance (including, I’m proud to say, my father’s family) fought back and tried to wake the world’s conscience. One Pole, Witold Pilecki, sneaked into Auschwitz to gather intelligence and alert the world to what was happening.

Martha Sharp, who helped smuggle Jews out of danger from the Nazis, presented a trainload of powdered milk to the mayor of Pau, France, in 1940. Credit Sharp Family Archives

Likewise, a Polish farmer named Jozef Ulma and his wife, Wiktoria, sheltered desperate members of two Jewish families in their house. The Ulmas had six small children and every reason to be cautious, but they instead showed compassion.

Someone reported them, and the Gestapo raided the Ulmas’ farmhouse. The Nazis first shot the Jews dead, and then took retribution by executing not just Jozef and Wiktoria (who was seven months pregnant) but also all their children. The entire family was massacred.

Another great hero was Aristides de Sousa Mendes, a Portuguese consul general in France as the war began.

Portugal issued strict instructions to its diplomats to reject most visa requests from Jews, but Sousa Mendes violated those orders. “I would rather stand with God and against man,” he said, “than with man and against God.”

By some estimates, he issued visas for 30,000 refugees.

Furious at the insubordination, Portugal’s dictator recalled Sousa Mendes and put him on trial for violating orders. Sousa Mendes was convicted and his entire family was blacklisted, so almost all his children were forced to emigrate. Sousa Mendes survived by eating at soup kitchens and selling family furniture; he died in 1954 in poverty, debt and disgrace.

“The family was destroyed,” notes Olivia Mattis, president of a foundation set up in 2010 to honor Sousa Mendes, who saved her father’s family.

As today’s leaders gather for their summit sessions, they should remember that history eventually sides with those who help refugees, not with those who vilify them.

Currently, only a small number of leaders have shown real moral courage on refugees — hurray for Angela Merkel and Justin Trudeau — and even President Obama’s modest willingness to accept 10,000 Syrians has led him to be denounced by Donald Trump.

Without greater political will, this week’s meetings may be remembered as no better than the 1938 Evian Conference, and history will be unforgiving.

“We must think of Sousa Mendes’s heroism in today’s context,” Jorge Helft, a Holocaust survivor who as a French boy received one of Sousa Mendes’s visas, told me. “I have dinners in Paris where people start saying we have to kick all these people out, there are dangerous people among them.” He paused and added, “I remember being on a ship to New York and hearing that some Americans didn’t want to let us in because there were Nazi spies among us.

“Yes, there might have been Nazi spies, but a tiny minority,” he said, just as there might be spies among Syrian refugees today, but again a tiny minority. “Ninety-five percent or more of these people are decent, and they are fleeing from death. So let’s not forget them.”

 

Europa y sus enemigos. De Fernando Mires

Politólogo chileno radicado en Alemania

Politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 22 enero 2016 / PRODAVINCI

Lejos están los tiempos de la Europa del Tratado de Maastrich (1992), de esa Europa que parecía avanzar hacia la integración a través de un sistema monetario único, punto de partida para lo que se pensaba iba a ser una unión política y cultural de histórica trascendencia. Hoy esa bella utopía ha sido convertida en aterradora distopía, visión surgida de un presente sombrío que se extiende a lo largo y a lo ancho de todo el continente.

Europa está en guerra. Hay que decirlo, aunque sus temblorosos gobiernos no lo quieran aceptar. Es la guerra declarada por el ISIS como fue la de ayer por Al Quaeda. En esa guerra se combinan todas las formas de lucha, incluyendo a las políticas.

ISIS y sus organizaciones afines se ramifican al interior de gobiernos islámicos, sobre todo los sauditas que dicen prodavincicombatirlas. No se trata entonces del simple “terrorismo internacional”, sino de una guerra pluridimensional, de una que tiene lugar dentro y fuera de los Estados y, sobre todo, dentro y fuera de Europa.

Barrios poblados de musulmanes de segunda y tercera generación amenazan con convertirse en enclaves de una guerra en contra de un Occidente real o imaginario. Esos ejércitos de jóvenes sin trabajo han pasado a ser masa disponible en el renacer del terrorismo islámico. Con una Kalaschnikov cualquier desamparado cree acceder a una vida heroica aún más allá de la muerte: en los cielos de las vírgenes desnudas del islamismo vulgar.

Europa está siendo atacada desde dentro y desde fuera. Pero no solo por islamistas. Más destructiva aún que el yidahismo es la acción corrosiva que se desprende de la formación de un antiguo-nuevo fenómeno: un anti-europeísmo de origen europeo, ayer organizado en visiones nazis y estalinistas y hoy vuelto a renacer bajo formas más sutiles: en populismos de ultraderecha, en hordas xenofóbicas, en gobiernos clericales y reaccionarios como los de Polonia y Hungría, en movimientos ultra —y mini— nacionalistas, y por si fuera poco, y de un modo cada vez más evidente, en potencias militares ayer cercanas a Europa, entre ellas Turquía.

Y apoyando a todas esas siniestras apariciones, aparece como faro luminoso de atracción, la Rusia imperial de Putin.

Demasiado para la débil Europa política que recién comenzaba a dejar atrás a la Europa puramente geográfica.

Pero aún más grave son las escasas defensas que muestra la Nueva Europa. Quienes se oponen a la avanzada anti-democrática son siempre los mismos, gente que oscila entre los 40 y 50 años, miembros de “esa Europa podrida” formada “por vegetarianos y ciclistas”, según las fascistizadas palabras de Witold Wasczykowski, ministro del exterior polaco.

En ninguna parte aparecen juventudes idealistas o rebeldes. Las nuevas generaciones, o se hunden en la seudo-vida digital o pasan a militar en las filas de los enemigos de Europa.

En el espacio de la política establecida tampoco surgen reacciones. Conservadores democráticos y socialdemócratas, en lugar de cerrar filas —con excepción de Francia—  se dedican a practicar rituales politiqueros del siglo XX, cuando se repartían el poder en una sociedad industrial que ya ha dejado de existir.

Lo peor del caso es que todos los fenómenos nombrados no son una simple lista. Cada uno se encuentra en estricta correspondencia con el otro. Tiene así lugar una constelación formada por articulaciones múltiples.

Veamos: Los bombardeos sobre el mundo islámico han desatado las más grandes migraciones vividas por Europa después de la segunda guerra mundial. En los estratos medios, sobre todo en lugares donde sus habitantes nunca habían tenido contacto con extranjeros, han surgido inevitables miedos transformados en pánico por la prensa sensacionalista y en histeria por los partidos de ultraderecha.

Los grupos xenofóbicos que siempre habían existido en sus rincones, viven su primavera dorada. De sectas han pasado a convertirse en partidos que aglutinan a vastos movimientos de masas enardecidas. Ha llegado la hora de Geert Wilders en los Países Bajos, de Vlaams  Belang en Bélgica, del Partido de la Libertad en Austria, de los Verdaderos Demócratas de Suecia, de Aurora Dorada en Grecia, de los Finlandeses Verdaderos, del Partido Popular Danés, de Pegida y de Alternativa para Alemania.

En Polonia y Hungría ya son gobiernos. Emulando al régimen autocrático de Putin, los presidentes Kaczynski y Orbán proclaman su desprecio por las libertades democráticas, su rechazo a la república parlamentaria y el culto a la personalidad y a los valores patrios.

Tanto Orbán como Kaczynski han procedido a apoderarse de los aparatos de la justicia, a restringir la prensa libre y a restaurar los ritos más oscuros del catolicismo medieval. La democracia para ellos es sólo un instrumento para acceder al poder y cercenar libertades democráticas.

Más allá de las diferencias, a todos estos grupos y gobiernos los unen tres principios: una islamofobia radical, un antieuropeísmo rabioso (anti UE) y un total rechazo a uno de los pocos bastiones democráticos que mantienen cierta solidez en Europa: la Alemania de Ángela Merkel. En ese último punto los nacionalistas de la ultraderecha concuerdan plenamente con el neo-izquierdismo de Syriza en Grecia y de Podemos en España. Como ocurrió en la década de los treinta del siglo XX con el estalinismo y el fascismo, los extremos han comenzado a retroalimentarse.

No es primera vez que Europa se encuentra amenazada desde fuera y desde dentro. En los momentos en los cuales parecía claudicar, siempre apareció un Churchill, un de Gaulle, un Brandt, e incluso, desde más lejos, un Gorbachov. Las reservas democráticas son todavía abundantes. Los valores legados por la Ilustración siguen vigentes. Pero eso no significa que no hay que tomar en serio las amenazas que se ciernen sobre el continente.

Europa, en efecto, puede soportar deserciones de países como Hungría o Polonia, recién llegados a la política post- Guerra Fría. El problema es que esta vez hay tres naciones de la Europa histórica en peligro. Me refiero a Francia, España y Alemania. Si cualquiera de ellas sucumbe al influjo antidemocrático de nuestro tiempo, Europa puede dejar de ser lo que ha sido y es: la fuente del Occidente político y cultural.

Francia se encuentra sitiada desde dentro por las dos cabezas de la hidra antidemocrática. Por un lado, la cabeza islamista que intenta convertir al país en blanco de operaciones terroristas. Por otro, la cabeza ultranacionalista representada por el Frente Nacional y su líder Marine Le Pen.

Hasta ahora la Francia republicana resiste; y no sin cierto heroísmo. Sus partidos democráticos hacen causa común. Pero de una manera u otra los fundamentalistas islámicos y anti-islámicos han logrado imponer sus condiciones. Los terroristas han desatado el miedo colectivo y su correlato: la más abierta islamofobia. Los ultraderechistas han politizado a la islamofobia hasta llegar a convertirla en alternativa de poder. Con ello han logrado reducir la multicolor política de Francia a solo dos opciones. O con la le Pen o sin la le Pen.

Está de más decir que el dualismo empobrece radicalmente a la política. Obligados a pactar entre sí los socialistas y los republicanos, las diferencias son atenuadas y los debates, que son la sal de la política, tienden a desaparecer. Aún perdiendo Marine Le Pen ha logrado uno de sus propósitos: la despolitización de la democracia francesa.

España, aunque así lo parezca, es otro gran país amenazado. Hasta hace poco tiempo parecía ocurrir lo contrario. La crisis del bipartidismo (PP y PSOE) había dado origen a un interesante cuadrilátero gracias a dos partidos emergentes: Podemos y Ciudadanos.

Podemos podría haber sido el representante del movimiento de los indignados del 2011. Pese a sus infantilismos, sus vacíos programáticos y sus oscuras vinculaciones con el régimen chavista de Venezuela, parecía traer aires nuevos a la letárgica política del país, integrando a muchos desorganizados sin adscripción política.

Ciudadanos, a su vez, ha intentado romper con la dicotomía clásica (izquierda y derecha) buscando soluciones no ideológicas a problemas reales. Además, su doble condición de partido catalán y español lo facultan para ser el puente de plata entre las autonomías y toda la nación.

El primer gran problema surgió desde Cataluña donde la extrema izquierda representada en la CUP y los conservadores de Junt pel Sí plantearon el desafío de la escisión plebiscitaria. El segundo problema apareció cuando otras regiones  (Valencia, el País Vasco, Navarra) comenzaron a asumir el modelo catalán. El tercero, el más grave, fue y es el ofrecimiento de Pablo Iglesias para convertir a Podemos en el partido eje de los “independentismos” de ultraizquierda y ultraderecha. El cuarto problema ha sido y es el oportunismo de Pedro Sánchez quien insiste en ser presidente a través de una alianza de las izquierdas (PSOE y Podemos) pasando por alto, como si no existiera, el peligro secesionista.

Si todos estos problemas se articulan y amplían, España será, como alerta  Albert Rivera, definitivamente despedazada. De más está decir lo que eso significaría para el ideal de una Europa Unida.

El gran peligro de España está concentrado definitivamente en Podemos y en su ambicioso líder Pablo Iglesias.

Si los españoles no se dan cuenta a tiempo se verán un día en la obligación de tender un cordón sanitario alrededor de Podemos del mismo modo como hacen los franceses con el Frente Nacional. La comparación no es antojadiza. Si dejamos el chapuceo ideológico a un lado, veremos que Podemos y el FN tienen no pocos puntos en común. Ambos han votado en contra del euro en el Parlamento Europeo. Ambos no disimulan simpatías por Putin. Ambos son enemigos de la UE. Y no por último, ambos ven en la persona de Ángela Merkel a una enemiga total. En ese último tema no están solos.

El liderazgo del gobierno Merkel ha sido uno de los principales diques en contra de las tendencias disgregadoras de Europa. Ese liderazgo fue primero nacional. Al aplicar dosificadamente las medidas anti-crisis, Alemania fue el primer país europeo en salir de la recesión.

Ante el tecnocratismo de los jerarcas de la UE, Merkel debió asumir un liderazgo continental. Razón más que suficiente para que los izquierdistas europeos hubieran sustituido la noción de el “imperialismo norteamericano” por la del “imperialismo alemán”. Pero todos saben, sobre todo Alexis Tsipras, que si no hubiera sido por Merkel, Grecia estaría hoy en cualquier parte, menos en Europa.

Frente a las pretensiones expansivas de Putin, Merkel ha sido el principal obstáculo, hecho que la ha llevado a ejercer liderazgo político, atrayendo hacia sí a Hollande, otro de los que llegó al poder agitando consignas anti-Merkel. En fin, en todos los niveles, Merkel emerge como líder indiscutida. Razón más que suficiente para que los europeos anti-europeos la conviertan en blanco de todos sus ataques.

Lo que nadie pensó fue que en su propio país, Merkel llegaría a ser símbolo de la reacción antidemocrática. Todo comenzó con su política frente a los refugiados provenientes de los países islámicos, sobre todo de Siria.

Merkel fue confrontada con un dilema. O levantaba muros al lado de los cuales el de Berlín habría sido un juguete, o abría puertas a las masas que pedían refugio. Eligió la segunda alternativa. Ya sea por su espíritu cristiano, ya sea por su compromiso en una guerra en la cual Alemania ya está participando, ya sea por su visión de estadista que le permite ver en la futura integración de los trabajadores emigrantes una sustitución para una población laboral en franco descenso, el hecho es que Merkel, con su política migratoria se ha transformado en la enemiga número uno de la ultraderecha alemana y europea.

En estos momentos tiene lugar en Alemania una sincronizada sublevación política. Desde los partidos xenofóbicos, Pegida, pasando por la más elitista Alternativa para Alemania y sectores ultraconservadores de la CSU, hasta llegar a algunas fracciones socialdemócratas que imaginan capitalizar “las próximas elecciones”, son disparados dardos en contra de Ángela Merkel.

Merkel se encuentra en estos momentos aislada. De la Linke (la Izquierda) nunca va a recibir apoyo. Y los Verdes tienen, entre varias, la mala costumbre de no meterse en política.

Merkel, sin embargo, sigue manteniendo popularidad entre los sectores más esclarecidos de la sociedad alemana. Liderazgos sustitutivos no asoman por ninguna parte. Nadie posee su capacidad para lograr consensos entre posiciones antagónicas. Pero está claro que no podrá salir del paso sin hacer concesiones. ¿Hasta dónde? De esa pregunta depende no sólo el destino de Alemania.

Pensando en términos macro-históricos puede que esa luz nacida una vez en Atenas, aún sin apagarse, deje de brillar sobre Europa. Si así ocurriera, otros deberán asumir su legado luminoso. ¿América? O mejor: ¿Las tres Américas? Es sólo un pensamiento. Es sólo una idea…

Fermi, Sinatra, DiMaggio — and Capone. De Roger Cohen

Cientos de artículos se han publicado sobre el discurso de Obama sobre el Estado de la Nación. Escogemos esta columna de Roger Cohen que resume la problemática de la retórica de Obama.

Segunda Vuelta

roger cohenRoger Cohen, 14 enero 2016 / THE NEW YORK TIMES

President Obama showcased a Syrian immigrant, Refaai Hamo, during his State of the Union address as evidence of “our diversity and our openness,” qualities that have long defined and sustained the United States.

But given the degree of openness America has offered Syrian refugees over close to five years of war in which a quarter of a million people have been killed, this political choreography qualified as serious chutzpah.

Hamo, who lost his wife and daughter in the war, is one of about 2,500 refugees Washington has admitted since 2012. That’s roughly 0.06 percent of the 4.4 million Syrians who have fled their country, most of them marooned in neighboring Middle Eastern states, many staggering into Europe.

In fact Hamo, in his relative isolation on this side of the Atlantic, might better have been offered as a symbol of the closing of the American mind — its post 9/11 susceptibility to fear of terrorism, its anxiety about downward social drift, its uncertainty about the future, its postwar fatigue, its plague-on-all-their-houses dismissal of the war-without-victory Middle East.

Obama tried to inject hope. That’s where the world began with Obama. Yes, we could. In truth, after seven years in the White House, he seemed weary himself, straining for conviction.

As the world knows by now, Obama’s temperament is more inclined toward explanation than exhortation. The president is primed to out-reason the Islamic State — they want this, so we’ll do that — as if reason even flirts with the outer galaxies of the Raqqa universe. When feeling does take over, as with Obama’s passionate appeal this month for America to rein in its gun madness, the effect is particularly powerful because rare.

Republicans have sought to block Obama at every turn, not least on immigration, balking even at his plan to admit 10,000 Syrian refugees this year. The politics of anti-Muslim bigotry will not be far from the surface throughout this American election year.

For everyone — from Donald Trump to rightist parties in Germany and Sweden — itching to close borders, the sexual assaults on women in Cologne on New Year’s Eve have become the great I-told-you-so moment. Germany last year admitted 1.1 million refugees and asylum seekers, of whom close to 40 percent are Syrian. That’s a huge number. Sweden’s admission last year of up to 190,000 refugees is also substantial, relative to its population.

In small towns, when hundreds of newcomers abruptly arrive, social tensions are inevitable. Far-right forces — Germany’s Pegida movement or the Sweden Democrats — believe they can benefit.

The refugee flow is unlikely to stop. Saudi Arabia just took a hatchet to already forlorn international peacemaking efforts through a mass execution that infuriated Iran. No peace is possible in Syria until the Saudis and Iranians both want it.

Still, I’d bet on Germany and Sweden, societies that have absorbed substantial numbers of refugees in the past, to prove resilient, and the aging European countries most open to immigration to be the more dynamic over time. What happened in Cologne was vile. Chancellor Angela Merkel has rightly spoken of “disgusting, criminal acts,” and responded by toughening laws. She should go further. As a woman who reached the pinnacle, addressing refugees who have fled Muslim countries where women are often demeaned, she is uniquely placed to address the direct relationship between successful societies and female dignity, freedom and independence.

Meanwhile, let’s keep some perspective. Even the most aggressive estimate of the number of asylum seekers involved in the Cologne incidents still leaves more than 1,099,500 newly admitted refugees in Germany who had nothing to do with what happened.

Merkel has done the right thing. Where would Europe be today with 1.1 million desperate people trudging from closed border to closed border? The Western responsibility for the Syrian debacle is immense. Her decision, alone among leaders, implicitly acknowledges this fact. Germany, over the past quarter-century, has absorbed 16 million former East Germans and ushered them from the paranoid, subjugated mind-set of the Soviet imperium. Its large Turkish community is unevenly integrated, but ever better with the years. Germany will handle the current influx.

Immigration is a challenge but also a measure of the confidence of a society, its preparedness for self-renewal. That confidence is low in America right now. “The dignity of a person is untouchable” — so begins Germany’s postwar Constitution, with words drawn from bitter experience. Merkel has shown the conviction that this idea can eventually be absorbed by everyone now in Germany. She will be vindicated.

The United States, between the 1880’s and 1924, admitted about 4 million Italian immigrants. As Leon Wieseltier, a senior fellow at the Brookings Institution, observed to me, “We got Enrico Fermi, Frank Sinatra, Joe DiMaggio, Antonin Scalia — and Al Capone. Who in their right mind would suggest that the Italian immigration was not a great blessing for our country?”

Call it the Capone Principle: Costs of immigration are outweighed by benefits.

Alemania entre una historia y una histeria. De Fernando Mires

Colonia, Estación de trenes

Colonia, Estación de trenes

Politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 12 enero 2016 / PRODAVINCI

Entre la palabra historia y la palabra histeria hay solo una letra de diferencia pero ninguna relación significativa ¿Ninguna? En Alemania al menos ya la hay.

Hubo en la ciudad de Colonia una historia que ha precedido a una histeria, una historia que está recorriendo el mundo, me refiero a la historia de los ataques sexuales y robos masivos que tuvieron lugar en la “feliz noche” que daba nacimiento al año 2016. Pero esa historia todavía no es del todo conocida. Ese es el gran problema.

En las salas psicoanalíticas y en las clínicas psiquiátricas suele ocurrir algo parecido. Los pacientes en estado de suma excitación llegan ahí después de haber vivido experiencias que no logran entender. Recién la narración de una historia permite al paciente reordenar lo sucedido, acceder a sus causas y medir la exacta dimensión de los hechos. Así, la histeria traumática deja lugar libre a la historia post-traumática del paciente.

Lo dicho lleva a deducir que la histeria no aparece como consecuencia de una historia sino de su mala comprensión e incluso de su desconocimiento. De ahí que para entender la histeria colectiva que en estos momentos tiene lugar en Alemania no está de más plantear la pregunta: ¿Qué fue lo que ocurrió exactamente en Colonia esa noche de Año Nuevo? Atengámonos a los hechos hasta ahora conocidos.

Poco antes de la medianoche del día 31 de Diciembre de 2015 la policía hizo evacuar la estación para que no fueran hechos estallar fuegos artificiales en su interior. Alrededor de la estación se fue congregando después una gran multitud. La prodavinciausencia de cuerpos policiales era notable. La oscuridad era casi total. Poco después de la medianoche irrumpieron desde la multitud grupos que atacaron sexualmente a mujeres, en la mayoría de los casos introduciendo manos entre sus piernas. Muchas de ellas acusan, además, robo de celulares. Hasta el momento han sido reporteados dos casos de violación.

Al día siguiente algunas emisoras dieron a conocer que en las afueras de la estación de Colonia había tenido lugar un ataque sexual organizado por más de mil hombres, la mayoría sirios y afganos. Poco después dicha información fue corregida. La multitud congregada alrededor de la estación en el momento de los hechos alcanzaba a un total de mil personas o algo más. Desde esa multitud entonces emergieron los grupos que atacaron a las mujeres. No ha podido ser tampoco verificado si estaban organizados en comandos de modo previo o si todo fue resultado de la acción de bandas juveniles articuladas entre sí de modo espontáneo. Probablemente lo uno no excluye a lo otro.

La mayoría de los delincuentes delataba, según los testigos, rasgos fisonómicos correspondientes a sirios y afganos; otros dicen “africanos del norte”. Hay versiones que mencionan a algunos asaltantes que hablaban idiomas “eslavos”. Pero son solo versiones.

Muchas emisoras y diarios señalaron desde el primer momento que en su mayoría los asaltantes eran refugiados de guerra. Sin embargo, el día 5 de enero las autoridades de Colonia emitieron un informe oficial en el cual se deja constancia de que no hay ningún indicador de que los atacantes hubieran sido sólo refugiados. Algo, por lo demás, entendible.

Basta ver a los refugiados. Ya su caminar inseguro delata a recién llegados, a personas sin orientación, e incluso con miedo. Si no se encuentran sometidos a estrecha vigilancia, habitan en lugares donde sus desplazamientos son regularmente verificados. Además, o se encuentran en la fase de inscripción o han firmado ya su petición de asilo, es decir, están a la espera de una resolución judicial.

La ley es muy severa y los refugiados lo saben. Basta un pequeño delito, por ejemplo robar un dulce en un supermercado o no pagar su pasaje en el bus, para que una petición de asilo pueda ser rechazada. En fin, la mayoría de los refugiados se encuentra en estado de observación preventivo. Eso no excluye por supuesto la posibilidad de que algunos en estado de ebriedad se hubieran plegado a las acciones de bandas organizadas pre-establecidas.

La aclaración oficial relativa los actos de agresión sexual no han sido cometidos sólo por refugiados, llegó demasiado tarde: sólo después que los políticos habían logrado la restricción de las normas de asilo.

Casualmente (dicho sin comillas) en los primeros días del año los partidos realizan sesiones de clausura donde dan formato a leyes que serán remitidas al Parlamento. Del mismo modo, cuando llegó la noticia, los manifestantes de PEGIDA (Patriotas Europeos en contra de la Islamización de Occidente) ya estaban concentrados en las plazas exigiendo la expulsión de todos los refugiados provenientes de países islámicos.

Puede ser que efectivamente —repetimos, nada puede descartarse— a las bandas organizadas se hubieran plegado pocos o muchos refugiados. No es un misterio para nadie, sin embargo, que en los barrios con predominio de población extranjera existen bandas, casi todas formadas por hijos de trabajadores extranjeros, vale decir, jóvenes musulmanes de la segunda generación, en su mayoría con nacionalidad alemana.

Si las acciones criminales provino de esas bandas —los indicios apuntan en esa dirección— tendríamos que aceptar que lo ocurrido el 1 de enero no es un fenómeno nuevo. Hasta hace solo algún tiempo, por ejemplo, los primeros de mayo de cada año eran utilizados por asonadas callejeras caracterizadas por una extrema violencia en ciudades como Berlín y Hamburgo. Recién en los últimos tres años la policía ha logrado tomar cierto control sobre este tipo de devastaciones.

En otros países de Europa las alianzas de bandas juveniles han dado origen a turbas descomunales. Basta recordar la rebelión de los barrios pobres de París en noviembre de 2005. En agosto del 2011 hubo acontecimientos parecidos en Londres. Lo sucedido en Colonia parece ajustarse más a este tipo de movimientos que a la llegada masiva de refugiados de guerra. Que hubiera ocurrido en el periodo en el cual Alemania es escenario de migraciones masivas puede ser sólo una coincidencia. Pero su resonancia dista de ser casual. Los sucesos de Colonia han caído como una bendición del infierno a los militantes de la xenofobia organizada. Particularmente a los neo-nazis.

Los eufemísticamente llamados Hooligans o Rockers —en el hecho grupos de nazis organizados en piquetes— han procedido a apalear extranjeros en las calles y a incendiar hogares dedicados a albergar a refugiados políticos y sus familias. Al escribir estas líneas, día 11 de enero, tienen lugar graves incidentes en la ciudad de Leipzig donde los manifestantes a favor de los derechos de los extranjeros han sido apaleados por grupos neo-nazis. Nuevamente la policía, como ocurrió en la noche de Año Nuevo en Colonia, ha mostrado muy poca presencia. Las razones que explican esa insuficiente presencia no han podido ser dilucidadas, hecho que se presta a innumerables especulaciones.

La muy débil presencia policial en los alrededores de la estación de Colonia, precisamente en la noche de Año Nuevo, es hasta ahora un misterio. Todo el mundo sabe que las estaciones, incluyendo las del Metro, son lugares en donde aflora la delincuencia, aún a pleno día.

Las grandes estaciones de trenes son circundadas por vagabundos que yacen en las calles al lado de sus piojosos perros. Allí también florece la prostitución callejera, los cafiolos hacen sus capitales y basta beber un café expreso en una baranda para ver cómo los “dealers” realizan su trabajo a una velocidad endemoniada. A cualquier hora del día uno se topa con policías. ¿Cómo puede ser posible que en una noche, para colmo, en la noche más festiva del año, en medio de una gran multitud, no hubiera policías? La pregunta aún no logra respuesta. Por cierto, han sido cortadas algunas cabezas en las jefaturas policiales. Pero las cabezas cortadas no hablan.

Está quizás de más decir que los sucesos de Nuevo Año han sido un festival para la prensa sensacionalista. Pocas veces se ha visto a quienes cuya profesión es informar, asumir con tanto ahínco una campaña de desinformación masiva. Pocas veces los rumores han sido convertidos en noticias con tanta facilidad. Pocas veces la prensa escrita ha logrado crear tanta confusión.

La mezcla de xenofobia, criminalidad y sexualidad permite construir fantásticas bombas noticiosas en un periodo en el cual los diarios, sobre todos los de papel, no tienen mucho que ofrecer. En enero, dichos diarios, han hecho su agosto.

¿Hay una colusión entre la prensa sensacionalista, la xenofobia organizada, fracciones del aparato policial y la política conservadora en contra de Ángela Merkel y sus iniciativas de ayuda a los refugiados? Es muy temprano para decirlo. Puede incluso que todas esas coincidencias no ocurran sobre un plano explícito sino más bien sobre uno tácito. Nadie sabe.

No se trata por supuesto de tender un manto de inocencia sobre los refugiados por el hecho de que son refugiados. Lo ocurrido en la estación de Colonia no tiene perdón y sea quienes sean los delincuentes debe caer sobre ellos todo el peso de la justicia. Es, por lo demás, la única posibilidad para conocer esa historia. Historia espeluznante pero verdadera. Una historia, al fin, sobre la que hay mucho que aprender, siempre y cuando esa historia sea revelada en toda su intensidad. Aunque duela. Pero eso no ha ocurrido todavía. En lugar de esa historia sólo conocemos una histeria.