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Ni Rajoy ni Sánchez. Editorial de EL PAIS

el paisPedimos a los dos responsables del bloqueo que den un paso atrás.

 Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en sus actos de partido este sábado.

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en sus actos de partido este sábado.

Editorial, 4 septiembre 2016 / EL PAIS

Fracasada la investidura de Mariano Rajoy, se glosa lo sucedido como si fuera un incidente de recorrido. Domina la impresión de que el PSOE puede entrar en crisis, bien porque dirigentes de peso obliguen a Pedro Sánchez a abstenerse en un segundo intento de Rajoy, bien porque el propio Sánchez consiga seguir adelante en su insensato camino. Y empieza a ponerse sobre la mesa la necesidad de que el PP busque un nombre que sea capaz de generar más apoyos de los que ha conseguido Rajoy. No menos extendida se encuentra la idea de acudir a votar por tercera vez, en Navidad o quizá una semana antes.

Entre toda esta confusión, lo primordial a nuestro juicio es impedir que los españoles tengan que volver a las urnas, algo que hay que evitar de cualquier forma. Se detecta entre muchos de nuestros dirigentes políticos un profundo error de apreciación de lo que significan las urnas, un instrumento que no se puede banalizar. Equiparar la trascendencia de repetir las elecciones a la de una ronda de encuestas daña la credibilidad del sistema político. Lo peor es que se pretende presionar al cuerpo electoral para que acepte dar mayoría amplia a algún partido, lo cual equivale a forzarle a rectificar las decisiones que ya ha tomado. Decimos con toda claridad que forzar una tercera convocatoria de elecciones nos parece un fraude democrático de primer orden que no debe ser consentido. Convocar a la ciudadanía nuevamente simplemente porque disgusta el resultado anterior de las urnas deslegitima tanto al sistema como a los que pretenden hacernos transitar por ese camino.

“Una terceras elecciones supondrían un fraude
a la democracia que no debe ser consentido”

No se puede frivolizar con la idea de que se está mejor sin Gobierno: hasta un mal Gobierno es mejor que el vacío en el que vivimos desde hace ochos meses. Hasta ahora el crecimiento económico no se ha visto mermado por la provisionalidad del Ejecutivo, pero nadie debe tentar la suerte. No habrá Presupuestos del Estado para 2017 sin un Gobierno en plenas funciones, puesto que el Gabinete interino tiene vedado legalmente presentarlos. No se pueden realizar nombramientos. La tensión secesionista de las autoridades de Cataluña y la agitación existente en la Unión Europea —acentuada por el Brexit— requieren un Gobierno muy atento y con plenas capacidades. Tampoco se puede ejercer el control parlamentario sobre el Gobierno en funciones.

“En caso de un bloqueo como el actual,
debe gobernar la fuerza más votada”

Falta en la Constitución un mecanismo de salida para situaciones de bloqueo como la actual. Y convocar las terceras elecciones generales en un año no puede sustituirlo: llevamos dos y ni siquiera está claro que a la tercera vaya la vencida. Por eso las cúpulas partidistas, tan dispuestas a ponerse de acuerdo para una reforma exprés de la ley electoral, tienen otra tarea prioritaria: pactar un procedimiento que impida el grotesco recurso a otras elecciones navideñas. A las demás fuerzas políticas puede parecerles inconcebible permitir el gobierno del partido más votado, pero, a falta de alternativa, esta es la solución más respetuosa con la voluntad expresada en las urnas.

Hemos pedido insistentemente que el PSOE se abstuviera en la investidura de Rajoy y que le permitiese formar Gobierno, por muy poco que lo mereciese. Esa posibilidad se ha esfumado por la terquedad de Sánchez en su viaje a ninguna parte. Ahora ya ha quedado claro que ni Rajoy ni Sánchez, cuando lo intentó en abril, han sido capaces de reunir apoyos suficientes. Quizá ha llegado el momento, como sugirió el viernes Albert Rivera ante el Congreso, de que ambos políticos den un paso atrás y dejen que otros líderes en sus respectivos partidos busquen mejor suerte. Si algo ha quedado claro en todos estos meses turbulentos es que ni Rajoy ni Sánchez reúnen las condiciones adecuadas para gestionar esta crisis. El primero ha sido el más votado en dos elecciones sucesivas y reclama con razón un reconocimiento. Pero lo cierto es que también es la figura que simboliza a un partido que debe pagar un precio por la corrupción. Entendemos el sacrificio personal que esto representa para Rajoy, pero él mismo ha esgrimido en el último debate de investidura argumentos de patriotismo que muy bien pueden valer ahora para justificar ese paso. En cuanto a Sánchez, su incapacidad para hacer buen uso de esos 85 diputados que le han dado los ciudadanos ha sido palpable. Ya debería haber renunciado tras dos derrotas históricas consecutivas. Pero él mismo se ha cargado de razones para hacerlo durante este periodo en el que ha conducido al PSOE a la irrelevancia.

Hay que evitar la repetición de elecciones a cualquier precio. Cuando llegue el momento, insistiremos en que si el PSOE o el PP no pueden formar Gobierno tampoco deben impedir que el otro lo haga, descartando al mismo tiempo aventuras suicidas que los socialistas no deberían permitir jamás. Y creemos que sin Rajoy ni Sánchez las posibilidades de unir fuerzas para que se forme un Gobierno crecen considerablemente.

 

El periódico que no se podía nombrar. de David Jiménez/director de El MUNDO

RICARDO
David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 28 febrero 2016 / El Mundo

A Felipe González le costó volver a nombrar a este periódico después de la publicación de los escándalos de los fondos reservados, los GAL o la financiación ilegal del PSOE. Para el líder socialista éramos «El Inmundo», como si lo indecente fueran nuestras informaciones y no el reparto de fajos de billetes de dinero público entre sus colaboradores. Dice algo de lo poco que cambian algunas cosas en este país el que hayan pasado dos décadas, la corrupción vuelva a poner contra las cuerdas al partido gobernante y el actual inquilino de La Moncloa también tenga dificultades para referirse a EL MUNDO por su nombre. «Ese periódico que usted cita…», respondía Mariano Rajoy al ser preguntado en Espejo Público por noticias que no eran de su agrado.

El presidente no está contento con el trabajo que hacemos. Normal. Lo contrario, que dirigentes políticos llenaran de felicitaciones el buzón de la redacción, diría poco de nuestra independencia y nos acercaría a lugares donde la prensa no ejerce su función. Siempre me acuerdo del periodista de Corea del Norte que me contó que allí el riesgo no estaba tanto en criticar al líder supremo, algo impensable, como en quedarse corto en la exaltación de su inconmensurable infalibilidad. El periodismo estaba en crisis, había escrito el tirano Kim Jong-Il en el Gran Maestro de los Periodistas, su manual sobre el oficio que ordenó enviar a todas las redacciones, porque no había suficiente «ardor revolucionario» a la hora de diseminar sus pensamientos.

Entiendo que Mariano Rajoy no pretende que lleguemos a ese grado de exaltación de sus logros, que los tiene, pero al presidente le ocurre como a tantos políticos españoles que no terminan de entender la relación entre el poder y la prensa. Cada vez que ésta desvela un caso de corrupción, no importa la contundencia de las pruebas, el Partido Popular atribuye la información a alguna extraña conspiración judicial o periodística. Después vienen las sugerencias de que el rival recibe mejor trato, aunque la hemeroteca demuestre que no es así. Y, cuando todo falla, se organiza una ofensiva para ensuciar el prestigio del medio denunciante, en lugar de gastar esas energías en limpiar su casa.

Sólo en un lugar donde se confunde el papel de la prensa es necesario recordar que no fue «ese periódico» que el presidente elude citar el que envió mensajes de apoyo a Bárcenas tras saberse que tenía cuentas en Suiza. Nos limitamos a publicarlos. No ha sido nuestro diario el que ha imputado al equipo municipal del Ayuntamiento de Valencia de Rita Barberá, aunque nuestras investigaciones ayudaran a destapar el escándalo. Y no fue en nuestra redacción donde se organizaron las tramas Gürtel, Nóos, Palma Arena, Púnica...

La diferencia entre España y países con mayor tradición democrática como EEUU es que allí se publica una investigación y cae hasta el cardenal, como nos recuerda la historia del Boston Globe llevada al cine en Spotlight, mientras que aquí tienes que aguantar una campaña como la que organizó el ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, cuando revelamos las irregularidades en la compra de su ático de la Costa del Sol. Lo nuestro, decía airado, era «periodismo basura». Cuatro años después, el fiscal ha pedido su imputación por cohecho y blanqueo de capitales.

Todo este paseíllo diario de corruptos por los juzgados sería más soportable si no fuera acompañado de la tomadura de pelo de quienes pretenden hacernos creer que el problema consiste en unas pocas manzanas podridas, un periódico innombrable y algunos jueces resentidos. Y, sin embargo, ése es el discurso que se ha puesto en marcha y que tuvo su momento de mayor indignidad cuando el ministro Jorge Fernández Díaz, que tiene entre sus responsabilidades dirigir las Fuerzas de Seguridad que luchan contra la corrupción, sugirió públicamente que detrás de las redadas que afectan a su partido hay una conspiración.

Steinbeck tenía razón: no es el poder lo que más corrompe, sino el miedo a perderlo.

 

@davidjimeneztw

España: Aguirre marca el camino a Rajoy de la inaplazable renovación del PP. Editorial de El Mundo

el mundoEditorial, 15 febrero 2016 / EL MUNDO

POR SORPRESA y mediante una rueda de prensa urgente, Esperanza Aguirre anunció ayer su dimisión del cargo de presidenta del PP de Madrid. Lo hizo, según dijo, para asumir su “responsabilidad política” después de que el juez instructor de la operación Púnica ordenara esta semana hasta cinco registros para investigar posibles pagos al PP madrileño. La renuncia es un gesto tan infrecuente en la política española que no cabe más que elogiar el paso dado por Aguirre. Por inusual pero, sobre todo, por la facultad que tiene de señalar el camino para la profunda regeneración que necesita el PP, tras perder 3,5 millones de votos en las últimas elecciones generales y ver su estructura gangrenada por la corrupción.

Aguirre, quien compareció el pasado viernes ante la comisión de investigación en la Asamblea de Madrid, no está bajo sospecha ni se halla encausada en ningún proceso. Su responsabilidad afecta a sus competencias en la estructura regional del PP, y de ahí que conserve su puesto de portavoz popular en el Ayuntamiento de la capital. Si en septiembre de 2012 renunció a la presidencia de la Comunidad de Madrid por motivos personales, ahora lo hace forzada por las investigaciones que apuntan a una presunta financiación ilegal del PP en Madrid. En concreto, por la operación centrada en rastrear si el empresario Javier López Madrid, yerno del presidente de OHL, Juan Miguel Villar Mir, donó casi dos millones de euros al PP en distintos pagos al exgerente regional Beltrán Gutiérrez. Abonos que fueron anotados en su agenda por Francisco Granados, ex secretario general del PP de Madrid, en prisión desde octubre de 2014. Esto es lo que, de forma coherente, llevó ayer a Aguirre a admitir su responsabilidad “in eligendo” por elegir a Granados; e “in vigilando”, por considerar que “debería haber vigilado mejor”. Su salida fija un listón elevado en el PP. Primero porque deja en una situación insostenible a Rita Barberá, atrincherada en el aforamiento que le procura su acta de senadora, pese a la imputación de todos los ediles del PP en el Ayuntamiento de Valencia. Y, segundo, porque agrava la situación de Rajoy, lastrado por su tacticismo a la hora de dilatar la renovación en su partido.

La crisis interna ahora mismo en el PP es una crisis de liderazgo porque el estallido de la corrupción, tanto en Madrid como en Valencia, le llega a Rajoy en el peor momento, tras haber cedido la iniciativa política a Pedro Sánchez en el trámite de investidura y cuando empieza a cundir el cuestionamiento interno sobre su idoneidad como candidato ante un eventual adelanto electoral.

“La gente quiere gestos”, exhortó ayer Aguirre, aunque ella siempre esquivó escándalos como el caso Gürtel -destapado en 2009- o el polémico ático de Ignacio González, revelado por EL MUNDO. Cuestionada sobre el futuro del líder de su partido, respondió que ha llegado la hora de los “sacrificios” y las “cesiones”. Es evidente que, extrapolando a Rajoy el rasero que ayer Aguirre se aplicó a sí misma, el presidente del PP debería dar un paso atrás para facilitar un acuerdo de amplia base entre PP, PSOE y Ciudadanos, tal como ha defendido este periódico durante las últimas semanas. Para ello es imprescindible que el presidente asuma que la corrupción en el PP no es cosa de garbanzos negros, sino una corrosión sistémica que cercena el proyecto político del centroderecha español. Rajoy, cuya honorabilidad personal no está en entredicho, no puede confundir el hecho de que el PP fuera el partido más votado el 20-D con un indulto a su tancredismo con la corrupción. El líder popular haría bien en impulsar una ineludible catarsis en el seno del Partido Popular. Sólo así podría desbloquearse la investidura y sólo así el PP allanaría el camino para recuperar la centralidad política sin atisbo de sombras.

La dimisión de Aguirre tiene la virtud, además, de focalizar la necesidad de actualizar los órganos de esta formación. Habilitar una gestora puede ser una solución transitoria para el PP de Madrid. Pero lo relevante es que, tal como pidió Aguirre, su sustitución concluya en un congreso abierto en el que los militantes puedan votar, una medida con la que coincidimos. La dirección del PP debe asimilar que la época de las decisiones a la búlgara ha periclitado y que, en consecuencia, necesita un cambio orgánico legitimado por sus bases.

En todo caso, lo que tendrá difícil el PP es encontrar a una dirigente de la talla política y la personalidad de Esperanza Aguirre. Políticamente tocada por su derrota en las últimas municipales, acumula una trayectoria de tres décadas que le ha llevado a ser la primera mujer presidenta del Senado y de la Comunidad de Madrid. Siempre ha sobresalido por la defensa de sus principios liberales. Con independencia del juicio que puedan merecer sus ideas, nadie duda de su compromiso con un sustrato ideológico que, precisamente, debería ser la argamasa de un PP fuerte y renovado.

Rajoy y Sánchez deben apartarse por el bien de España. Editorial de El Mundo

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Editorial El Mundo, 31 enero 2016 / EL MUNDO

España no se puede permitir una continuación de la situación de bloqueo que está viviendo, provocada por la incapacidad de los partidos de llegar a acuerdos para formar Gobierno. Los ciudadanos tienen la sensación de que sus representantes no pueden encontrar una salida y de que esa parálisis podría alargarse durante meses. La pregunta que se hacen hoy millones de españoles es cómo podemos salir de este ‘impasse’ sin acudir nuevamente a las urnas, lo que implicaría llegar hasta el próximo verano sin Ejecutivo, dañaría seriamente la credibilidad internacional de nuestro país y pondría en riesgo la confianza de los mercados y la recuperación económica.

Nadie tiene una varita mágica para resolver este problema, pero parece cada día más claro que el antagonismo político y la enemistad personal entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez suponen un grave obstáculo para llegar a un pacto de Estado que permita la gobernabilidad de este país. Esto ya se pudo constatar en el debate durante la campaña electoral, en el que el líder socialista insultó en repetidas ocasiones al todavía presidente del Gobierno, con una acritud impropia de un dirigente que aspira a representar a todos los ciudadanos.

Llegados a este punto, los intereses de España deben estar por encima de las legítimas ambiciones personales de los líderes de los dos principales partidos. Si no son capaces de desatascar la situación tras la nueva ronda de consultas del Rey, Rajoy y Sánchez deberían renunciar a ser candidatos a la presidencia, cediendo su capacidad de interlocución a otros dirigentes de sus respectivos partidos.

El país necesita un cambio que permita romper el nudo que impide el diálogo entre las dos mayores fuerzas políticas para llegar a un acuerdo reformista que defienda la unidad de España, impulse la regeneración de la vida pública, facilite medidas económicas que consoliden la todavía frágil recuperación, cimente una política exterior consensuada y mande un mensaje de estabilidad al exterior.

El caso de Rajoy es especialmente polémico porque ganó las elecciones, aunque fuera con una importante pérdida de votos. Pero el líder ‘popular’ no puede aspirar a salir investido como presidente porque, como él mismo reconoció con lucidez, hay 180 diputados que han dicho que van a votar en su contra. A pesar de su buena voluntad y sus reiteradas ofertas de diálogo a la oposición, Rajoy se ha convertido en el principal obstáculo del gran acuerdo que reclama la mayoría. Pero también pesa en estos momentos el hecho de que no ha sido capaz de frenar la corrupción en su partido, como demuestra el último escándalo de Valencia. Ello ha dañado su credibilidad y su liderazgo en este proceso de formación de un nuevo Gobierno y pone muy difícil a Ciudadanos avanzar en las conversaciones con el PP para llegar a algún acuerdo.

La retirada de Rajoy daría credibilidad a las intenciones de cambio del PP y dejaría sin excusa al PSOE para poder negociar un gran pacto de Estado. Supondría, además, la mejor oportunidad de iniciar un proceso de renovación y de limpieza interna del partido, que cada día parece más inaplazable. Los populares tienen políticos de demostrada valía que podrían liderar ese proyecto. Nadie es imprescindible en esta nueva etapa. Los intereses de los ciudadanos sí lo son.

Sacrificio personal

No faltará quien subraye que es injusto que Rajoy tenga que abandonar sus aspiraciones a formar Gobierno cuando ha sido votado por 7,3 millones de ciudadanos, que al depositar su papeleta en la urna le estaban confiando esa responsabilidad. Sólo podemos rebatir este argumento con la réplica de que hay situaciones que exigen un sacrificio personal en aras del interés de la mayoría. El presidente del PP debería dar un paso atrás por el bien de España, aun aceptando que no está obligado a hacerlo. Como publicamos hoy, ya han surgido en su partido algunos dirigentes que están a favor de que renuncie a ser candidato en favor de otra persona de consenso en bien de los intereses generales.

El caso de Pedro Sánchez es distinto. Dada su obstinación en negarse a negociar con el PP y su estrategia de buscar un acuerdo con Podemos, debería haber sido la dirección de su partido quien le forzara a renunciar a presidir el Gobierno. Sánchez ha obtenido unos malos resultados electorales, los peores de la historia del PSOE, y no parece lógico que aspire a formar una mayoría con un partido que pretende destruir el suyo y que no comparte el mismo modelo de Estado. Ahí está el ejemplo contrario de su compañero, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, que optó por aliarse con Angela Merkel en lugar de Die Linke, la extrema izquierda antisistema.

Su intención de pactar con Podemos suscita el rechazo de un sector del Comité Federal, como se pudo ver el pasado sábado, y de la vieja guardia del PSOE, encabezada por Felipe González, que considera que pactar con Podemos supondrá la destrucción a largo plazo del partido.

También nos parece un grave error su decisión de someter a consulta entre las bases los acuerdos para gobernar, ya que es precisamente para éso para lo que ha sido elegido. Todo indica que pretende blindarse con la opinión de los militantes de un posible rechazo del Comité Federal.

El PSOE se enfrenta a la oportunidad de romper la vieja dialéctica de confrontación que tanto daño ha hecho a este país y de ser el pivote de un Gobierno que pueda dar estabilidad económica y acometer las grandes reformas que necesita España.

El pasado miércoles, Rajoy ofreció a Sánchez un acuerdo que pasaba por el apoyo del PSOE a su investidura a cambio del respaldo del PP a los gobiernos socialistas en Ayuntamientos y comunidades en las que dependen de Podemos. No era un planteamiento acertado, pero lo que llamó la atención fue la tajante y agresiva respuesta de Sánchez, que amenazó con decirle verdades muy incómodas a Rajoy si era convocado de nuevo a La Moncloa. Lo mínimo que se le puede pedir al líder de la oposición es que escuche la propuesta del presidente de su país.

Aferrado al ‘no’

Ha quedado claro, por activa y por pasiva, que Sánchez no está dispuesto a llegar a un acuerdo con el PP pese a que este partido fue el más que más escaños obtuvo con un amplia ventaja sobre el PSOE y pese a los gestos de Rajoy de tender la mano a una negociación sin ‘líneas rojas’. También el líder socialista se ha convertido en un obstáculo para los intereses del país y debería marcharse, aceptando el pobre resultado electoral y la realidad de que el pacto que busca sólo daría inestabilidad al país.

Lo realmente importante en estos momentos no son las personas sino el proyecto político que permitiría articular un Gobierno de coalición formado por el PP, PSOE y Ciudadanos, unido en torno a un programa de reformas y un calendario legislativo. Este Ejecutivo contaría con una amplia mayoría parlamentaria y dispondría de la estabilidad y la fuerza que necesitamos para responder a retos como el desafío del independentismo catalán, que ha decidido proseguir su hoja de ruta, la consolidación del crecimiento económico o la amenaza del terrorismo islámico. Los españoles hemos avanzado cuando hemos buscado soluciones juntos, aunque nuestros políticos parezcan haberlo olvidado. Es hora de volver a poner los intereses de los ciudadanos por encima de todo lo demás.

Felipe González: “Ni el PP ni el PSOE deberían impedir que el otro gobierne”

En un contexto de incertidumbre tras las elecciones generales, el expresidente socialista explica su punto de vista sobre la actual crisis política y ofrece un marco en el que pueda encontrarse una salida.

Felipe González, en su despacho en Madrid ULY MARTÍN

Felipe González, en su despacho en Madrid ULY MARTÍN

Antonio Cano (director de El País, 28 enero 2016 / EL PAIS

el paisComo recuerda en esta entrevista, hace 20 años que Felipe González salió del Gobierno y 19 desde que abandonó la secretaría general del PSOE. Sin embargo, su influencia dentro de su partido y en la sociedad no solo no ha decrecido en este tiempo, sino que ha aumentado ahora que el país vive la zozobra de una crisis política de muy difícil solución y de consecuencias inciertas.

Después de varios días en los que su silencio ha sido interpretado de muy diversas maneras y su posición manipulada en beneficio de intereses particulares —“estoy cansado de que interpreten lo que suponen que pienso o debería pensar”—, González explica en estas páginas su verdadero punto de vista sobre la situación actual y ofrece un marco en el que pueda encontrarse una salida.

Para ello, sostiene el expresidente del Gobierno, es preciso que los dos principales partidos del país, el Partido Popular y el PSOE, ambos derrotados en las recientes elecciones, dejen a un lado la preocupación por su futuro y antepongan los intereses de España. Defiende un proyecto reformista que supere el inmovilismo practicado durante estos años por Mariano Rajoy y el liquidacionismo que pretende Podemos.

González califica de “irresponsabilidad” la decisión de Rajoy de renunciar a formar Gobierno sin retirarse ni permitir que otro dirigente de su partido lo intente. También alerta sobre los riesgos de un pacto del PSOE con Podemos, partido del que afirma que pretende “liquidar el marco democrático de convivencia y, de paso, a los socialistas”. No defiende ninguna combinación precisa para formar Gobierno. Prefiere un Gobierno progresista y reformista, pero admite que es muy difícil porque no existe una mayoría de esa naturaleza en el Parlamento. En todo caso, recomienda que ni el PP ni el PSOE impidan que el otro forme Gobierno si ellos mismos no lo pueden lograr.

Pregunta. ¿Considera que la crisis actual puede ser la prueba de que el sistema político español ha entrado en crisis?

Respuesta. Hace algún tiempo que presenta síntomas de deterioro el sistema surgido de la Transición y la Constitución del 78. Después de más de tres décadas que deben ser calificadas de éxito histórico para España, el sistema necesita reformas y cambios regeneracionistas. Pero las actitudes inmovilistas y las liquidacionistas estrechan el margen para propuestas de reforma que son cada vez más necesarias.

La crisis financiera y sus terribles consecuencias económicas y sociales han acelerado la sensación de que hacen falta cambios. Muchos ciudadanos ven en peligro los derechos que consideran adquiridos, en sanidad o educación, por ejemplo. Pero también han sufrido un ajuste basado en el paro, la devaluación salarial, la precarización del empleo y la consiguiente pérdida de dignidad del trabajo. Ahora, en la frágil recuperación, los ciudadanos siguen viendo que las desigualdades no se corrigen. La sensación de agotamiento aumenta con la serie permanente de casos de corrupción, tanto los que están llegando a la justicia como los que aparecen sin cesar.

La crisis aumenta de tamaño por la aparición del secesionismo, que plantea un desafío para una España que ha sido un espacio público compartido durante 500 años. La propia Unión Europea se ha equivocado en el enfoque de esta crisis que nos afecta a todos, y España es cada vez menos relevante en las decisiones de la Unión.

“No tendrían que negar la posibilidad
de un Gobierno si no pueden hacerlo ellos”

Así que, en efecto, vivimos una especie de final de ciclo, sin que se abra paso un proyecto reformista imprescindible para España. En los años ochenta sabíamos dónde estábamos y qué queríamos ser, pero, como otras veces en la historia, parece que nos hemos salido de la ruta y no sabemos ni a dónde vamos ni quiénes somos. Falta un proyecto reformista para España.

P. ¿Por qué entonces ha sido el PP el partido más votado?

R. Eso es un hecho, porque la concentración de voto de la derecha en torno al PP ha sido mayor que los votos en el espacio de la izquierda. Hemos pasado a lo que he dicho en otras ocasiones: un Parlamento a la italiana, pero sin italianos para manejarlo. Pero lo relevante es que el PP no ha sido capaz de leer el resultado como lo que es: una derrota. No solo por perder casi 60 diputados, sino porque está siendo rechazado por los demás partidos. O sea, porque la mayoría del Parlamento es muy crítica con la gestión del Gobierno y su comportamiento en estos años.

Es notable que es muy fuerte el rechazo a Rajoy, que no ha querido ni quiere asumir responsabilidades como dirigente del PP y del Gobierno. Igual de fuerte es el rechazo a Pablo Iglesias por la reacción que inspira su política liquidacionista. Pero ninguno de los dos quiere interpretarlo así.

P. ¿Y el Partido Socialista? Pedro Sánchez apareció la noche electoral celebrando un resultado que valoró como “histórico”. ¿Ha sabido el Partido Socialista interpretar el resultado?

R. Creo que esa lectura errónea de los resultados afecta también al Partido Socialista, que ha sufrido una derrota clara en las urnas y debería haber considerado la voluntad de los ciudadanos.

“Quiero que España tenga Gobierno.
Yo prefiero que sea progresista y reformista”

Además, se está confundiendo la idea de que en un eje de izquierda y derecha hay más votos en la izquierda, como ha ocurrido casi siempre. De esa noción se deriva, sin más, que se dan posibilidades de Gobierno de izquierda mayores de las que hay en la realidad, no solo en la aritmética parlamentaria, sino en las necesidades de que haya un Gobierno progresista y reformista, con base suficiente para llevar adelante su tarea.

P. ¿Existe una mayoría progresista en este Parlamento?

R. Ojalá existiera una mayoría progresista y reformista, porque esa sería la opción que preferiría como la mejor para España. Pero analizando la representación parlamentaria no creo que exista. Esto no contradice que tampoco exista una mayoría conservadora. De ahí la dificultad en la que estamos.

P. ¿Le decepciona o le preocupa esa falta de una mayoría progresista?

R. Lo que más me preocupa es la necesidad de un Gobierno para España basado en un programa que permita que haya reformas en la Constitución, en el sistema electoral, en educación, en sanidad o en relaciones industriales. Pero de esto no está hablando nadie. Creo que se habla más de votos para la investidura que de votos para desarrollar un programa de Gobierno al servicio de los españoles.

Cuando digo esto, no estoy hablando de derogar leyes pasadas sino de propuestas reformistas y de los votos que estas necesitan para salir adelante. En definitiva, creo que los ciudadanos esperan diálogo y acuerdos en este escenario de fuerzas elegidas más allá del bipartidismo imperfecto de las últimas décadas, que parece claro que ha quedado atrás.

P. Entonces, ¿quién debe tratar de formar Gobierno?

R. En principio, el orden lógico es que lo intente la minoría con más votos y representación, que es el PP. Pero ese espectáculo montado el viernes pasado en la ronda de consultas del Rey tanto por Iglesias como por Rajoy no es indicativo de que este último ni su partido estén tomándose en serio su responsabilidad. Esa jugada del candidato del PP, declinando hacerse cargo de la investidura y al mismo tiempo manifestando que no se retira, es de una irresponsabilidad difícil de calificar. ¿Qué pretende? ¿Propone que se estrellen otros y ofrecerse él después como única solución? ¿Habrá pensado en las implicaciones que tiene para todas las instituciones este juego? ¿Está pensando solo en sí mismo, sin tener en cuenta los intereses de España?

P. Como usted menciona, esos episodios de la investidura se produjeron con el Rey de por medio. ¿Cree que esto compromete de alguna forma el papel del Rey?

R. El Rey es un jefe de Estado con la ventaja de que debe obrar con neutralidad respecto a las opciones políticas en juego. Esto exige un respeto por parte de los líderes políticos para preservar esa neutralidad en el marco de la Constitución y las leyes. Por eso me ha preocupado el juego partidista del viernes pasado cuando acabó la primera ronda de consultas. Nadie tiene derecho a decirle al jefe del Estado que ni acepta ni se retira, como hizo Rajoy.

“La pinza que el PP hizo en Andalucía
con Podemos no es un ejemplo a imitar”

P. Si se confirma esa renuncia de Rajoy, ¿es posible un Gobierno progresista liderado por el PSOE?

R. Si tenemos en cuenta la aritmética parlamentaria, sí es posible ese Gobierno, pero con enormes dificultades para llevar adelante una tarea de Gobierno reformista y progresista. Obviamente, Pedro Sánchez debe cumplir el mandato de los electores y también del comité federal del Partido Socialista y debe intentarlo si fracasa el candidato del PP, sea o no Rajoy.

Para hacerlo tiene que hablar con todos, ya que eso es el diálogo, y dejar claro con qué programa para España está dispuesto a gobernar. Reitero que no se trata de sumar votos para una investidura, sino de tener una base coherente de apoyos para gobernar, que no es lo mismo.

El comportamiento arrogante de los líderes de Podemos, con humillaciones que ponen al descubierto cuáles son sus verdaderas intenciones, no se debe aceptar. Esos dirigentes, con el debido respeto que merecen sus votantes y los grupos que se han sumado a las distintas plataformas, quieren liquidar, no reformar, el marco democrático de convivencia, y de paso a los socialistas, desde posiciones parecidas a las que han practicado en Venezuela sus aliados. Pero lo ocultan de manera oportunista. Del mismo modo, dejaron de hablar de Grecia cuando más lo necesitaron sus amigos. Son puro leninismo 3.0.

Para colmo, plantean también con disimulo la autodeterminación, algo que contradice un proyecto para España como espacio público que comparten 46 millones de ciudadanos que quieren ser tratados como tales, también para decidir en igualdad de derechos y obligaciones su destino común.

P. ¿Cree que es legítima la formación de un Gobierno cuya única coincidencia sea la de ser anti-PP?

R. A mí no me gustan los Gobiernos anti lo que sea, aunque los haya vivido yo mismo. Recuerde el “váyase señor González”. Los Gobiernos deben proponerse para realizar proyectos, no para negar los de los otros.

“Las actitudes inmovilistas y las liquidacionistas estrechan
el margen para propuestas de reformas muy necesarias”

Pero no es un problema de legitimidad, como usted dice. Es una obviedad recordar que para las reformas que necesita España hay que contar con el PP en bastantes casos, porque esa es la realidad parlamentaria. Del mismo modo, parece lógico exigir al PP que diga qué está dispuesto a hacer por convicciones y, por tanto, es lógico esperar que lo haga tanto si está en el Gobierno como si pasa a la oposición.

P. ¿Es partidario de una gran coalición entre PP, PSOE y Ciudadanos?

R. De ninguna manera. Me parece una propuesta que nace de un fracaso y que no se plantea la gobernanza de España en el medio plazo. El fracaso es el de la estrategia que algunos llaman del “Gobierno del Ibex”, una suma PP-Ciudadanos que fuese mayoritaria, creando así una pinza contra el Partido Socialista apoyando la subida de Podemos. ¿Recuerdan a Rajoy el 6 de diciembre animando a Iglesias? “Vas bien Pablo, vas bien”, le decía.

Eso falló, y pasaron del lema “hay que salvar al soldado Sánchez”, ideado para hundir al candidato, a hacer a Sánchez responsable de la estabilidad que sugieren, ya después de las elecciones del 20 de diciembre.

Para colmo, dejar el espacio de la oposición a Podemos es una gran estupidez, más aún que un error, generada por la falta de visión de España en el medio plazo. Mire, si no se emprenden las reformas que necesitamos, incluida la regeneración democrática frente a la corrupción rampante que nos inunda cada día, estamos contribuyendo a alimentar a los que desean liquidar el marco democrático de convivencia que tenemos.

P. ¿Cuál es entonces el mejor Gobierno posible?

R. Eso es mucho pedir en una entrevista como esta, pero creo que ha llegado el momento de mirar a los ciudadanos y abandonar estrategias de trileros como las que hemos visto el viernes pasado. A nadie le extrañará que a estas alturas de mi vida prefiera que haya un Gobierno con programa acordado para España, porque lo necesitamos, incluso si no es el Gobierno que más me guste a mí personalmente.

Podríamos contar el número de escaños en dos dimensiones: la de izquierda y derecha o la de los que sumen en un proyecto reformista para España, un eje en el que no entran los que quieren acabar con esa realidad o ponerla en riesgo.

“Vivimos un final de ciclo… No sabemos ni a dónde vamos ni quiénes somos. Falta un proyecto reformista para España”

Si los partidos políticos estuvieran hablando de programas de Gobierno y no de aritméticas parlamentarias incompatibles en todo o en parte con un Gobierno estable, sería menos complicada la respuesta.

Pero el ambiente no es ese. Es un momento más de regates cortos y oportunistas, o de supervivencias personales como la de Rajoy, que de miradas largas para dar respuesta a los desafíos de España.

P. ¿Algún ejemplo de esos regates cortos?

R. Un ejemplo: PP y Ciudadanos sumarían 163 diputados. Por otro lado, PSOE, Podemos e Izquierda Unida sumarían 161 diputados. Esto último sería una especie de tripartito, que dependería para lograr mayoría del mismo número de diputados, más o menos, de los que dependían los del bipartito anterior, pero en condiciones menos compatibles, porque han derivado hacia posiciones de ruptura de España, más que de acuerdos para gobernar.

Por tanto, lo podría intentar el PP, con Rajoy o con otro candidato, con Ciudadanos, para arrancar con el encargo del Rey.

También podría ser el PSOE, hablando y negociando hacia Ciudadanos y hacia la amalgama de Podemos, pero dejando claros los elementos esenciales para que se pueda hablar de un Gobierno para España.

En suma, hay que entender la nueva realidad que han querido los electores, que exige que haya diálogo y acuerdos. Y que puede repetirse, en peores condiciones, si los responsables políticos no asumen el resultado y devuelven la responsabilidad que les toca a los ciudadanos en nuevas elecciones.

P. ¿Y un Gobierno del PSOE con Ciudadanos? ¿Ve eso posible?

R. Intentar llegar a un acuerdo con Ciudadanos dentro de la aritmética parlamentaria significa tener una base para las reformas que necesitamos. Si se habla de Gobierno de reformas y de progreso, hay que tener fundamentos programáticos y número de diputados para apoyarlos. En este ejercicio el PP tiene que dejar claro si sus posiciones programáticas, aún en la sombra, lo son por convicción o por oportunismo de Gobierno. Porque no habrá reformas de calado si el PP practica la vetocracia.

P. ¿Qué se debe hacer con la crisis de Cataluña durante este periodo de Gobierno en funciones?

R. Que haya un Gobierno en funciones no quiere decir que haya un vacío de poder. Si alguien lo ve así, se equivoca.

“El PP no ha leído el resultado como es: una derrota. No solo por perder 60 diputados sino por su rechazo en el Parlamento”

La democracia exige que la ley, tanto la Constitución como el Estatuto, se cumpla, incluso para cambiarla. Sin esa premisa, se pone en peligro la democracia misma y el marco de convivencia que nos hemos dado entre todos los españoles. Si alguien se salta la legalidad, el Gobierno tiene la obligación de restablecerla. Y tiene además los instrumentos parlamentarios para hacerlo.

Soy muy crítico con el inmovilismo y me gusta muy poco la respuesta judicial, porque creo que lo prioritario en política es una respuesta política como paso imprescindible. El inmovilismo tiende a ampararse en el Tribunal Constitucional u otras variantes, porque no cumple con su obligación.

Por eso, cumplida la ley como condición democrática, debe haber una clara disposición al diálogo, algo que se viene obstaculizando en los últimos años.

P. ¿Qué papel cree que debe cumplir su partido en una situación como la actual?

R. No soy responsable del partido, ni tengo responsabilidad institucional. Hace 20 años que salí del Gobierno y 19 de la secretaría general del Partido Socialista. No me toca decidir.

Me gusta que se debata y que se adopten posiciones claras ante los ciudadanos, manteniendo la unidad. Yo opino como ciudadano que vota al PSOE y milita en él, con la carga de la experiencia vivida en España, en Europa, en América y en otros lugares.

También soy prudente a la hora de decir lo que pienso a los líderes del partido. Si me preguntan, respondo, pero intentando no entrometerme nunca.

A veces sufro, porque estoy en desacuerdo con unos o con otros, incluso con unos y con otros, pero trato de ser prudente sin perder la libertad y la responsabilidad como ciudadano y votante.

Ahora acepto esta entrevista porque estoy cansado de que otros interpreten lo que suponen que pienso o debería pensar, dependiendo de gustos o de intereses. Como cualquiera, me puedo equivocar, algo a lo que incluso tengo derecho, pero me gustaría no interferir, sin renunciar a opinar cuando quiero o creo que necesito hacerlo.

Así que comprendo la inquietud, pero no me toca decidir lo que tiene que hacer el partido. Y esto es algo que asumo con serenidad.

 Felipe González, junto a la opositora venezolana Lilian Tintori en su visita a Caracas en junio. M.G. EFE


Felipe González, junto a la opositora venezolana Lilian Tintori en su visita a Caracas en junio. M.G. EFE

P. Desde esa libertad personal, ¿qué cree usted que es un proyecto progresista en el momento presente de España?

R. Necesitamos recomponer las fracturas en la cohesión social de las políticas que se han hecho en la crisis y hacerlo con criterios de sostenibilidad, con la visión puesta en el momento que vivimos en España y en el mundo.

Diría que necesitamos una economía social de mercado, algo que en Europa se está poniendo en cuestión, aunque sea parte de su identidad fundamental. En España son muchas las desigualdades provocadas, y hay que corregirlas con un modelo económico capaz de combinar la necesidad de ser competitivos para generar riqueza y la de redistribuir con justicia el excedente que se genere.

Tenemos que dignificar el trabajo, superando la precariedad, mejorando los salarios y relacionándolos con la productividad. En fin, tenemos que recomponer nuestro sistema de acceso universal a la sanidad; pactar una reforma educativa en general y de la Formación Profesional en concreto, y apoyar en serio, no con palabras, la investigación y la innovación para mejorar nuestra capacidad de competir y de generar empleos dignos.

Deberíamos federalizar nuestro modelo autonómico, garantizando la descentralización política y la financiación, preservando el poder del Gobierno central como responsable de la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos. Como ve, creo en una descentralización política que reconozca y garantice la diversidad, pero no creo en una centrifugación que ponga en peligro la realidad misma de España.

Hay que tomarse en serio la reforma de la ley electoral y mucho más en serio, por su gravedad, la regeneración del sistema para luchar con rigor contra las prácticas corruptas que nos están ahogando.

Esta es solo una parte de las cosas que se deberían estar debatiendo y acordando entre los responsables políticos, para salir cuanto antes de este juego de sombras.

“Analizando la representación parlamentaria,
no creo que exista una mayoría progresista y reformista,
que sería la opción que preferiría”

En fin, progresar es hacer reformas frente al inmovilismo y al liquidacionismo, ambos fenómenos que han acompañado demasiado tiempo a nuestra historia. Si fuimos capaces de superarlo en la Transición, ¿por qué no lo vamos a poder hacer ahora?

P. ¿Cree que el PSOE debe negociar con el PP?

R. Me parece indiscutible que se debe dialogar con el PP. Otra cosa es que haya margen o no para acordar cosas que faciliten lo que acabo de decir. Pero la experiencia de Gobierno de Rajoy ha sido de decretos leyes e imposiciones sin ningún diálogo y eso hay que intentar superarlo. Pero en democracia hay que atender el mandato de las urnas, en el que se incluye ese diálogo sin reservas.

P. ¿Cree que el PSOE debería, llegado el caso, permitir con su abstención la formación de un Gobierno en España?

R. No quiero definir la posición del partido como tal. Dicho esto, creo que ni el Partido Socialista ni el PP ni otros deberían negar la posibilidad de un Gobierno para España si no están en condiciones de hacerlo ellos con sus formulaciones y programas.

Lo que digo vale pues para cualquier partido responsable, porque jugar a impedir que gobierne otro aunque yo no pueda gobernar no conduce a nada. Lo que el PP hizo en Andalucía para impedir un Gobierno del Partido Socialista en una pinza con Podemos no es un ejemplo de práctica democrática responsable, y es algo que no hay que imitar.

Pero es falso lo que se está diciendo y se me atribuye. Quiero que España tenga un Gobierno capaz de sacar adelante un proyecto. Prefiero que ese Gobierno sea progresista y reformista. Si no es posible, no creo que haya que obstaculizar la posibilidad, muy difícil por cierto, de un Gobierno distinto.

P. ¿Qué importancia cree que tiene Europa en la búsqueda de una solución a la crisis actual en España?

R. Verá, yo soy un europeísta crítico con los errores de la Unión Europea en la lucha contra la crisis. Estoy seriamente preocupado por los desafíos que tiene por delante en temas que no se pueden sortear: refugiados, referéndum británico, amenazas a la seguridad y demás. Pero me asombra que el tema de la Unión Europea esté ausente de nuestras campañas y de los debates actuales.

Me preocupa que España sea irrelevante en la sala de máquinas de la Unión Europea, porque el proceso es de soberanía compartida, no de cesión de soberanía para que otros decidan por nosotros.

Dependemos mucho de lo que se decida en Europa, por eso tenemos que decidir con los socios en igualdad de condiciones, no diciendo “lo que nos diga Europa, lo haremos”. Me parece humillante ese comportamiento. Somos parte de Europa, con las mismas responsabilidades que otros en sus decisiones.

Dependemos de la Unión Europea, con quien compartimos soberanía, y tenemos que decidir de forma conjunta para cambiar el rumbo de la Unión.

“Nadie tiene el derecho a decir al jefe del Estado que ni acepta ni se retira,
como hizo Rajoy. Es de una irresponsabilidad difícil de calificar”

P. ¿Cómo cree que puede afectar la crisis de España a la estabilidad de Europa?

R. No soy partidario de esas campañas que tratan de meter miedo a los ciudadanos para condicionar su libre voluntad. Ahí incluyo campañas como las que vienen de la Comisión Europea sobre la formación de Gobierno aquí. Pueden advertir sobre nuestro déficit, pero no interferir en la formación de Gobierno.

Es importante para los españoles resolver nuestros problemas. También es importante para Europa, en la misma medida en que influyen en ella los problemas de otros socios.

P. En las últimas semanas se ha especulado mucho con su nombre en distintos escenarios potenciales, siempre como una especie de solución ideal. ¿Por qué cree que se echa tanto en falta un Felipe González en España?

R. Respuesta negativa: porque les ha dado tiempo a olvidarse de los errores que cometí. Respuesta positiva: porque reconocen que siempre puse por delante los intereses de España y eso se echa de menos ahora.

Las reacciones a esta entrevista:

Pablo Iglesias: “Las bases y votantes del PSOE no piensan como Felipe González”

Rivera coincide con González: Rajoy debe buscar la mayoría o irse

El entorno del PP pide a Rajoy que huya de “personalismos” para facilitar la gran coalición

El ‘think tank’ Floridablanca se ha pronunciado a favor de un gran acuerdo de los partidos constitucionalistas.

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Mariano Rajoy junto a María Dolores de Cospedal y Javier Maroto ayer durante la reunión del comité de dirección del partido. TarekEFE

Marisol Hernández, 11 enero 2016 / EL MUNDO

El think tank Floridablanca, en el que colaboran cargos del PP y que aspira a renovar ideológicamente el pensamiento del centro derecha, se ha pronunciado a favor de un gran acuerdo de los partidos constitucionalistas -PP, PSOE y Ciudadanos– para conformar una gran coalición que responda a compromisos concretos. Un programa de mínimos que “dé paso a un Gobierno con representantes de las tres formaciones”. Pero, para conseguirlo, sostienen en una nueva entrada en su web que “los personalísimos propios o de terceros, no pueden ser un obstáculo”.

A pesar de que en el PP mantienen que el pacto sólo puede construirse con Mariano Rajoy al frente de la presidencia del Gobierno, Floridablanca asegura que “no debe girar en torno a ningún nombre propio”. “Todos los protagonistas (desde el presidente del Gobierno en funciones como su consejo de ministros, el líder del PSOE, etc.) han recibido, de uno u otro modo, un evidente reproche de la ciudadanía en general y de sus electores -potenciales o pasados- en particular. Si lo primero es España, añaden, “la prioridad en este momento es remover los obstáculos que puedan entorpecer los cauces para un gran pacto nacional”. No se trata de alcanzar un acuerdo para mantenerse en el poder o alcanzarlo, subrayan.

Aseguran que el PP como partido más votado, tiene la oportunidad de ser el primero en buscar los apoyos necesarios para investir presidente del Gobierno a su candidato. Es su responsabilidad, admiten, pero la constitución del Ejecutivo es el resultado de la conformación de una mayoría parlamentaria. En contra de quienes defienden que el cambio propiciado por los españoles el 20-D es el resurgir del entendimiento entre los dos principales partidos, Floridablanca señala que “una nueva mayoría sólo puede ser el resultado de que ambas fuerzas reconozcan y asuman el castigo recibido”. “No es sólo tiempo de diálogo, lo debe ser también de rectificación”.

Al día siguiente de las elecciones generales Floridablanca reclamó la convocatoria de un congreso abierto a la militancia para renovar a la cúpula del PP. Horas después el ex presidente del Gobierno, José María Aznar, al frente ahora de la Fundación Faes, realizó la misma petición.

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Tras el 20D: Un gran acuerdo para gobernar España. Editorial de Floridablanca

UncleBucko

Editorial, 11 enero 2016 / FLORIDABLANCA

El miércoles 13 de enero se constituyen las Cortes Generales que abrirán la XI Legislatura desde la aprobación de la Constitución española de 1978.

El inicio de esta legislatura se produce en unas circunstancias extraordinarias, en una situación de verdadera emergencia nacional. España afronta uno de los más graves desafíos al orden constitucional desde la instauración de nuestra democracia. La gran mayoría de la sociedad española espera que los partidos constitucionalistas, en los que confiaron su voto, estén a la altura de sus responsabilidades. Porque sólo un gobierno fuerte, estable y con un sólido programa estará en condiciones de hacer frente al revolucionario proceso secesionista que se impulsa en Cataluña, preservar el orden constitucional y fortalecer, con las mejoras que haya que abordar, nuestro sistema de convivencia.

Nuestra Constitución es clara, el candidato propuesto por el Rey se somete a una votación de investidura y su éxito depende de los votos de la mayoría parlamentaria, de su capacidad para reunir su confianza. Esas son las reglas del juego en las actuales circunstancias, como lo eran antes de las elecciones y desde los inicios de nuestro régimen democrático. Obviar las reglas es hacerse trampas en el solitario, exige un esfuerzo inútil que conduce a la melancolía y pone de manifiesto que no se han entendido bien los mensajes de los españoles.

La ciudadanía se ha pronunciado y ahora hay que conformar una mayoría capaz de garantizar la estabilidad, afianzar la recuperación económica, emprender las reformas necesarias y salvaguardar las instituciones.

El Partido Popular es el partido más votado y como tal tiene la oportunidad de ser el primero en buscar los apoyos necesarios para investir presidente del Gobierno a su candidato. Ésa es su responsabilidad tras ser la formación política más votada. Pero no debemos olvidar que un Gobierno es el resultado de la conformación de una mayoría parlamentaria.

Es evidente que la situación ha cambiado radicalmente en relación con la anterior legislatura, que los españoles han castigado con dureza tanto al Partido Popular como al Socialista por las políticas seguidas. Una nueva mayoría sólo puede ser el resultado de que ambas fuerzas reconozcan y asuman el castigo recibido. No es sólo tiempo de diálogo, lo debe ser también de rectificación.

Es el momento de buscar un gran acuerdo general entre los partidos constitucionalistas (PP, PSOE y Ciudadanos), no una agregación de acuerdos, que permita conformar una coalición que responda a un programa claro de Gobierno.

En nuestra opinión, las bases para un gran acuerdo deben contemplar, como mínimo, los siguientes puntos.

  • Unidad de España: una respuesta política, clara, rotunda y continua en el tiempo al desafío secesionista catalán y al nacionalismo en Navarra y País Vasco.
  • Sociedad de Bienestar: un programa de reformas económicas y fiscales destinado a fortalecer la clase media, pilar de toda democracia. Estas medidas no pueden dejar de lado las grandes reformas pendientes como la relativa al sistema de pensiones, entre otras, así como seguir reduciendo el déficit público.
  • Modelo de Estado: crear una comisión para el estudio de una reforma constitucional que permita dar continuidad a nuestra constitución a través de los cambios precisos y necesarios para fortalecerla.
  • Pacto para la Educación: no tendremos futuro si no cultivamos nuestro presente. Los partidos constitucionalistas deben comprometerse a realizar conjuntamente un análisis del sistema educativo cuyo diagnóstico siente las bases para la adopción de una reforma integral, estable y ambiciosa.
  • Lucha contra el terrorismo: un programa integral de lucha contra el terrorismo islamista tanto dentro como fuera de Europa.
  • Política exterior: Un acuerdo que adopte una visión  estratégica de política exterior que identifique los intereses generales de España y las líneas de actuación necesarias para su consecución. Esto incluye una posición común sobre el papel de España en la Unión Europea que tenga como objetivo impulsar la integración europea sobre la base de sus valores fundacionales.

Para alcanzar ese gran acuerdo, los personalismos, propios o de terceros, no pueden ser un obstáculo. Este gran acuerdo no debe girar en torno a ningún nombre propio; todos los protagonistas (desde el presidente del Gobierno en funciones como su consejo de ministros, el líder del PSOE, etc.) han recibido, de uno u otro modo, un evidente reproche de la ciudadanía en general y de sus electores – potenciales o pasados – en particular. No se trata de alcanzar un acuerdo para mantenerse en el poder o para alcanzarlo. El PP, Cs y PSOE pueden constituir una mayoría y acordar un programa de mínimos que dé paso a un Gobierno con representantes de las tres formaciones. Ese Gobierno respondería al sentir del electorado y facilitaría la necesaria, si no urgente, reforma interna de los dos grandes partidos nacionales. Si lo primero es España, la prioridad en este momento es remover los obstáculos que puedan entorpecer los cauces para un gran pacto nacional.

La gran coalición. De Mario Vargas Llosa

Un pacto entre las tres fuerzas inequívocamente democráticas, proeuropeas y modernas —PP, PSOE y Ciudadanos— exige realismo, generosidad y espíritu tolerante.

FERNANDO VICENTE

FERNANDO VICENTE

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 27 diciembre 2015 / EL PAIS

Todo el mundo parece de acuerdo en que las recientes elecciones en España acabaron con el bipartidismo y una inequívoca mayoría parece celebrarlo. Yo no lo entiendo. La verdad es que ese período que ahora termina en el que el Partido Popular y el Partido Socialista se han alternado en el poder ha sido uno de los mejores de la historia española. La pacífica transición de la dictadura a la democracia, el amplio consenso entre todas las fuerzas políticas que lo hizo posible, la incorporación a Europa, al euro y a la OTAN y una política moderna, de economía de mercado, aliento a la inversión y a la empresa produjo lo que se llamó “el milagro español”, un crecimiento del producto interior bruto y de los niveles de vida sin precedentes que hizo de España una democracia funcional y próspera, un ejemplo para América Latina y demás países empeñados en salir del subdesarrollo y del autoritarismo.

Es verdad que la lacra de esos años fue la corrupción. Ella afectó tanto a populares como socialistas y ha sido el factor clave —acaso más que la crisis económica y el paro de los últimos años— del desencanto con el régimen democrático en las nuevas generaciones que ha hecho surgir esos movimientos nuevos, como Podemos y Ciudadanos, con los que a partir de ahora tendrán que contar los nuevos Gobiernos de España. En principio, la aparición de estas fuerzas nuevas no debilita, más bien refuerza la democracia, inyectándole un nuevo ímpetu y un espíritu moralizador. Acaso el fenómeno más interesante haya sido la discreta pero clarísima transformación de Podemos que, al irrumpir en el escenario político, parecía encarnar el espíritu revolucionario y antisistema, y que luego ha ido moderándose hasta proclamar, en boca de Pablo Iglesias, su líder, una vocación “centrista”. ¿Una mera táctica electoral? Tengo la impresión de que no: sus dirigentes parecen haber comprendido que el extremismo “chavista”, que alentaban muchos de ellos, les cerraba las puertas del poder, e iniciado una saludable rectificación. En todo caso, el mérito de Podemos es haber integrado al sistema a toda una masa enardecida de “indignados” con la corrupción y la crisis económica que hubieran podido derivar, como en Francia, hacia el extremismo fascista (o comunista).

¿Y ahora qué? El resultado de las elecciones es meridianamente claro para quien no está ciego o cegado por el sectarismo: nadie puede formar Gobierno por sí solo y la única manera de asegurar la continuidad de la democracia y la recuperación económica es mediante pactos, es decir, una nueva Transición donde, en razón del bien común, los partidos acepten hacer concesiones respecto a sus programas a fin de establecer un denominador común. El ejemplo más cercano es el de Alemania, por supuesto. Ante un resultado electoral que no permitía un Gobierno unipartidista, conservadores y socialdemócratas, adversarios inveterados, se unieron en un proyecto común que ha apuntalado las instituciones y mantenido el progreso del país.

¿Puede España seguir ese buen ejemplo? Sin ninguna duda; el espíritu que hizo posible la Transición está todavía allí, latiendo debajo de todas las críticas y diatribas que se le infligen, como han demostrado la campaña electoral y las elecciones del domingo pasado que (salvo un mínimo incidente) no pudieron ser más civilizadas y pacíficas.

La aparición de Podemos y Ciudadanos
no debilita la democracia sino que la refuerza

Sólo dos coaliciones son posibles dada la composición del futuro Parlamento, el PSOE, Podemos y Unidad Popular, que, como no alcanzan mayoría, tendría que incorporar además algunas fuerzas independentistas vascas y/o catalanas. Difícil imaginar semejante mescolanza en la que, como ha dicho de manera categórica Pablo Iglesias, el referéndum a favor de la independencia de Cataluña sería la condición imprescindible, algo a lo que la gran mayoría de socialistas y buen número de comunistas se oponen de manera tajante. Pese a ello, no es imposible que esta alianza contra natura, sustentada en un sentimiento compartido —el odio a la derecha y, en especial, a Rajoy— se realice. A mi juicio, sería catastrófica para España, pues probablemente las contradicciones y desavenencias internas la paralizaría como Gobierno, retraería la inversión y podría provocar un cataclismo económico para el país de tipo griego.

Por eso, creo que la alternativa es la única fórmula que puede funcionar si las tres fuerzas inequívocamente democráticas, proeuropeas y modernas —el Partido Popular, el Partido Socialista y Ciudadanos—, deponiendo sus diferencias y enemistades en aras del futuro de España, elaboran seriamente un programa común de mínimos que garantice la operatividad del próximo Gobierno y, en vez de debilitarlas, fortalezca las instituciones, dé una base popular sólida a las reformas necesarias y de este modo consiga los apoyos financieros, económicos y políticos internacionales que permitan a España salir cuanto antes de la crisis que todavía frena la creación de empleo y demora el crecimiento de la economía.

El espíritu que hizo posible la Transición late
debajo de todas las críticas y diatribas

Esto es perfectamente posible con un poco de realismo, generosidad y espíritu tolerante de parte de las tres fuerzas políticas. Porque este es el mandato del pueblo que votó el domingo: nada de Gobiernos unipartidistas, ha llegado —como en la mayoría de países europeos— la hora de las alianzas y los pactos. Esto puede no gustarle a muchos, pero es la esencia misma de la democracia: la coexistencia en la diversidad. Esa coexistencia puede exigir sacrificios y renunciar a objetivos que se considera prioritarios. Pero si ese es el mandato que la mayoría de electores ha comunicado a través de las ánforas, hay que acatarlo y llevarlo a la práctica de la mejor manera posible. Es decir, mediante el diálogo racional y los acuerdos, con una visión no inmediatista sino de largo plazo. Y ver en ello no una derrota ni una concesión indigna, sino una manera de regenerar una democracia que ha comenzado a vacilar, a perder la fe en las instituciones, por la cólera que ha provocado en grandes sectores sociales el espectáculo de quienes aprovechaban el poder para llenarse los bolsillos y una justicia que, en vez de actuar pronto y con la severidad debida, arrastraba los pies y algunas veces hasta garantizaba la impunidad de los corruptos.

España está en uno de esos momentos límites en que a veces se encuentran los países, como haciendo equilibrio en una cuerda floja, una situación que puede precipitarlos en la ruina o, por el contrario, enderezarlos y lanzarlos en el camino de la recuperación. Así estaba hace unos 80 años cuando prevaleció la pasión y el sectarismo y sobrevino una guerra civil y una dictadura que dejó atroces heridas en casi todos los hogares españoles. Es verdad que la España de ahora es muy distinta de ese país subdesarrollado y sectarizado por los extremismos que se entremató en una guerra cainita. Y que la democracia es ahora una realidad que ha calado profundamente en la sociedad española, como quedó demostrado en aquella Transición tan injustamente vilipendiada en estos últimos tiempos. Ojalá que el espíritu que la hizo posible vuelva a prevalecer entre los dirigentes de los partidos políticos que tienen ahora en sus manos el porvenir de España.