Las siete vidas de Sánchez, ‘El Renacido’. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 7 febrero 2016 / EL MUNDO

No había terminado Pedro Sánchez de anunciar que había hecho historia en la noche electoral, tras obtener los peores resultados de un líder socialista, y los tertulianos ya hacían porras sobre su defenestración, su número de teléfono empezaba a ser tachado de las agendas del poder y en las redacciones preparábamos su esquela política. Que un mes y medio después el candidato del PSOE esté en posición de convertirse en el próximo presidente confirma que, siendo éste un país donde los políticos disfrutan de una esperanza de vida profesional inversamente proporcional al mérito, no se les puede enterrar sin haber comprobado su pulso una séptima vez.

Sánchez ha llegado hasta aquí tras un intercambio de papeles que será estudiado en las facultades de política, asignatura de el mundoEstrategias Incomprensibles. Porque mientras el candidato socialista perdía las elecciones y se comportaba como si las hubiera ganado, Mariano Rajoy actuaba como si las hubiera perdido, a pesar de haberlas ganado. El resultado es un presidente relegado al papel de segundón, a la espera de que sus rivales políticos decidan su destino.

Pedro Sánchez ha sido subestimado por todo el mundo menos por él mismo desde que se convirtió en el secretario general del PSOE gracias a que «pasaba por ahí», según la definición que esta semana me confiaba un miembro destacado del partido. No sabemos mucho de sus ideas o su visión de país, pero se nos ha ido revelando el carácter temerario de quien se tira a la piscina primero y comprueba si hay agua después. Hay veces que uno tiene la sensación de que, cuando sonríe en las ruedas de prensa, el líder socialista lo hace preguntándose cómo es posible que esté en semejante posición.

La suerte de haber nacido en un país como España, quizá.

Lo que no se le puede negar a Sánchez es el arrojo de avanzar ignorando el ruido a su alrededor, sin importar de dónde venga. Pasa de las instrucciones del patriarca Felipe González, responde con órdagos a los puñales que le lanzan desde dentro del partido y dice estar dispuesto a llevarse de compañero de viaje a Albert Rivera o Pablo Iglesias, como si los proyectos para el país de sus potenciales socios tuvieran algo que ver. Pero incluso quienes no daban un duro por el líder socialista empiezan a admitir que quizá haya una estrategia detrás de sus movimientos. «Voy en serio [a intentar ser presidente]», dice él. Y ya no se escuchan risas de fondo.

El problema de ‘El Renacido’ aspirante socialista, dado por muerto antes de tiempo como el personaje de DiCaprio en la última película de González Iñárritu, es que las mismas matemáticas que le han puesto el premio gordo a tiro pueden llevárselo por delante, y con él a su partido. Los ‘populares’ nunca se abstendrán para hacerle presidente con Ciudadanos, menos aún siendo la alternativa una segunda vuelta electoral con la que Rajoy sueña redimirse y seguir bloqueando cualquier renovación interna. Los barones tampoco dejan a Sánchez gobernar debiendo favores a partidos separatistas, que es sabido siempre vuelven para cobrarlos. Y el horizonte de tener que sentarse en el consejo de los viernes con un vicepresidente que busca la destrucción de tu partido, y varios ministros cuyo modelo económico ideal es una mezcla entre Venezuela y Grecia, no se antoja apetecible. «Vamos a nuevas elecciones», se escucha en los cuarteles generales de los partidos. Quizá, pero no sin antes alargar el teatro unos meses más y aumentar la percepción exterior de lo que nosotros sabemos hace tiempo. No somos un país serio.

Hay otra opción, más improbable pero mejor para España: que no triunfen ni la pasividad de Mariano Rajoy ni la temeridad de Pedro Sánchez y que ambos se aparten para dejar que sean otros dirigentes de sus partidos quienes lideren un gran pacto entre PP, PSOE y Ciudadanos para regenerar la vida pública, transformar el país desde la educación y reforzar con medidas urgentes una recuperación económica todavía frágil.

El problema es que estamos ante dos supervivientes con escasa predisposición para el altruismo político y que, a pesar de tener personalidades opuestas, comparten la misma determinación por agotar hasta el último suspiro la vida política que les queda.

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