tolerancia

Carta a los intolerantes: Tienen derecho de opinar, mas no se censurar. De Paolo Luers

9 abril 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

¿Hasta qué punto realmente somos tolerantes? Se demostrará con el grado de nuestra tolerancia con los intolerantes.

¿Hasta qué punto estamos dispuestos a defender la libertad de expresión? Se demostrará cuando quieren callar a alguien cuyas opiniones rechazamos. ¿Defenderemos su derecho de expresarse libremente?

La señora Julia Regina de Cardenal se destaca por su manifiesta intolerancia en temas de religión, feminismo, y sexualidad. Rechazo casi la totalidad de las opiniones que ella publica. Sin embargo, no me causó ninguna gracias cuando en Twitter apareció una señora llamada Sofía Gretti anunciando orgullosamente “Acabé con la Julia Homofóbica Regina Cardenal”. Resulta que la usuaria @sofiagretti95 había hecho las gestiones con el servicio de denuncia de Twitter para que temporalmente restringieran la cuenta de la señora de Cardenal. Y ella y sus seguidoras lo estaban celebrando en esta red social como “triunfo contra la intolerancia”.

Sin embargo, era lo contrario: otro triunfo de la intolerancia. El que lo resumió bien fue Marvin Galeas. Reprodujo en su cuenta de Twitter el triunfante tuit de Sofía Gretti, y lo comentó así: Se puede o no estar de acuerdo con las opiniones de Julia de Cardenal, lo que no se vale es acallar una posición y celebrarlo de esta manera.”

100% de acuerdo con Marvin Galeas.

La que no estuvo de acuerdo fue Sofía Gretti. Inmediatamente bloqueó a Marvin Galeas. Hay que detenerse en este: La que en nombre de la lucha contra la intolerancia pidió a Twitter que cierre la cuenta de Julia Regina de Cardenal bloqueó a Marvin por desacuerdo con su opinión.

Es más, cuando Marvin publicó en su cuenta en Twitter el anuncio que Sofía Gretti lo había bloqueado, ella tomó una medida aun más radical: Puso candado a su cuenta de Twitter, o sea la bloqueó al público. Terminándose la tolerancia, se terminó la comunicación…

El mismo día detecté en el periódico español El País una columna de Almudena Grandes, titulada “Estómago”. Casi siempre leo sus columnas, aunque casi nunca estoy de acuerdo – y muchas veces me enojo encendidamente con ella, como cuando escribió que había tantas opiniones sobre Venezuela que ella ya no sabía a quién creer, a Nicolás Maduro o a Juan Guiadó.

Casualmente, Almudena ella escribió este día sobre el mismo tema: la intolerancia y la libertad de expresión. Como para provocarme, en la primera parte de la columna le echó una gran regañada a una mujer y dirigente política que yo adoro: Inés Arrimadas, la dirigente del partido opositor “Ciudadanos” en el parlamento catalán. Y cuando ya me tenía encendido, Almudena dio un inesperado giro a su columna, describiendo como el presidente del Parlament, de manera grosera, trató de callar a Ines, quitándole la palabra. La moraleja de la columna: “Si democracia no es una palabra hueca, ser demócrata consiste en defender los derechos y las libertades de personas que dan dolor de estómago. En mi caso, sin ir más lejos, Inés Arrimadas.”

Bueno, a mi me da dolor de estómago la Santa Inquisición en todas sus formas. La católica de la señora Julia Regina, arremetiendo contra las feministas – e igual la inquisición feminista de la señora Sofía Gretti, que trata de callar a las voces que no le gustan. Pero nadie debería censurar a doña Julia – y tampoco debería autocensurarse doña Sofía. Con la censura y con la autocensura se corta toda posibilidad de comunicación.

Saludos,

La política en la aldea. De Bernard Garside

Bernard Garside, embajador del Reino Unido

25 abril 2018 / El Diario de Hoy

Crecí en una pequeña aldea en Escocia; una aldea que, en aquel entonces, la consideraba el mejor lugar del planeta. No fue hasta que salí y conocí otros lugares cuando mis ojos comenzaron a abrirse y, bajo otras luces, empecé a ver a mi pueblo de manera distinta.

En nuestra aldea tendíamos a pensar de la misma manera y a hablar de la misma manera. En particular, teníamos perspectivas negativas, sexistas e introspectivas sobre las mujeres, la diversidad y la sexualidad. Ahora me avergüenza admitirlo, pero en aquel tiempo, copiar a los demás me parecía de lo más natural. Durante esos años, jamás soñé con hablar y ser diferente, porque no era eso lo que se esperaba que hiciéramos.

En nuestra pequeña aldea también había un “ayuntamiento” –un gobierno o asamblea local– dirigido por acaudaladas personas de negocio que decidían sobre los asuntos “importantes” del pueblo. En realidad, lo que hacían era mantener un estilo “único” de la aldea, porque nada cambiaba nunca. Nunca.

Al recordar la vida en mi pueblo, comprendo lo fácil que fue dejarse llevar por lo que otros decían y hacían. Se esperaba que todos pensáramos y actuáramos del mismo modo y que nadie lo cuestionara. De hecho, nadie se atrevía a salir de esa zona de confort y desafiar la inercia de la aldea. Nos encontrábamos en nuestra pequeña burbuja y fuera de ella nada podía cambiarnos; ni el mundo exterior ni el estrecho ángulo con el que lo veíamos.

Al irme a la universidad, empecé a ver la vida de una manera distinta –una vida bella, llena de opciones y elecciones en lugar de restricciones, llena de visión en lugar de un status quo impuesto. Rápidamente, caí en la cuenta de que esta nueva perspectiva era algo que valía la pena abrazar, en lugar de rechazar como se hacía en nuestra aldea con el propósito de mantener su “estilo único”. También me di cuenta de que el efecto de ese “estilo único” y de permanecer igual, en lugar de abrirse al cambio, era que la prosperidad había pasado por alto a nuestra aldea y había ido a otros lugares. ¿Y por qué no habría de hacerlo, si parecíamos que nunca queríamos cambiar? Luego aprendí que esto era responsabilidad de los miembros de nuestro ayuntamiento, quienes, al ver amenazadas sus ideas, nunca abrieron las puertas a un cambio que permitiría ideas frescas. Ellos pensaron que debíamos continuar viviendo en el pasado en lugar de potenciar un nuevo futuro, ya que la inercia, convenientemente, encajaba con sus propios intereses.

A veces imagino con enorme tristeza lo que mi aldea pudo haber sido, en lo que mi pueblo pudo haberse convertido si alguien hubiera tenido el coraje de aceptar el cambio muchísimo antes. Estábamos tan asustados de un futuro incierto y “maléfico” que vivir en el pasado parecía la única alternativa real y aceptable. Y lamentablemente, muy tristemente, esa óptica isleña traía consigo un cúmulo de estereotipos conservadores sobre las mujeres, los derechos reproductivos –¡los santos no permitan que las mujeres tengan alguno de estos!– y, por supuesto, las personas con una orientación sexual distinta.

Afortunadamente, puedo decir que nuestra aldea eventualmente tuvo un nuevo ayuntamiento y cambió rápidamente. Ahora es un lugar próspero para regresar. Tiene cafés “cool”, actividades culturales fascinantes para las familias y hoteles boutique fabulosos. También tiene nuevos negocios, un museo, su propio equipo de fútbol y atrae inversiones de todos los rincones del Reino Unido e incluso del mundo exterior. Los antiguos miembros del ayuntamiento, seguramente, están revolcándose en sus tumbas por todo el horror que ahora ocurre en mi pueblo.

Llevo tres años de vivir en El Salvador y realmente disfruto la vida acá. Lamentablemente, algunas veces me recuerda de mi isleña y pequeña aldea en Escocia, con personas que insisten en sellar la burbuja y mantenerla fuera del progreso. Pero construir un muro no es la respuesta correcta y aquellos que hablamos en favor de los derechos de la mujer, de los derechos reproductivos, de los derechos de la comunidad LGBTI y todos esos “males hedonistas de la vida mundana en el extranjero” lo hacemos porque hemos visto, como en mi pequeño pueblo en Escocia, ese enorme cambio positivo que espera a los valientes que están dispuestos a promover transformaciones –y que sabemos que no es aterrador como lo describen.

Cuando regreso de visita a mi aldea, me encanta ver que algunos de mis recuerdos de juventud aún permanecen. Mientras ahora tenemos cafés geniales y varios hoteles boutique, aún tenemos el viejo molino y otros edificios antiguos que recuerdo con cariño. No todos aceptaron las ideas del siglo XXI, pero incluso aquellos que eligieron mantenerse en sus creencias e ideas tradicionales han sido beneficiados por los cambios emprendidos y han vivido en perfecta armonía con aquellos que las han aceptado.

Esto es el poder de elegir, algo que puede ser maravillosamente liberador, empoderador y democrático.

¿Fanático yo? De Carlos Mayora Re

Los autoritarismos, las ideologías y los esquemas de pensamiento “enlatado” nos han enseñado, por las malas, que cuando se sigue irreflexivamente a iluminados y mesías, el próximo paso es la catástrofe.

Carlos Mayora, Columnista de El Diario de Hoy.

Foto digital.Carlos Mayora Re, 15 Diciembre 2017 / El Diario de Hoy

La sensibilidad actual nos lleva, ordinariamente, a sentirnos cómodos en ambientes poco agresivos, condescendientes. En general aborrecemos los autoritarismos y los esquemas rígidos de pensamiento, damos gran valor a la autenticidad y rechazamos que otros quieran imponernos sus ideas, criterios o puntos de vista.

Los autoritarismos, las ideologías y los esquemas de pensamiento “enlatado” nos han enseñado, por las malas, que cuando se sigue irreflexivamente a iluminados y mesías, el próximo paso es la catástrofe, sin importar que el aglutinante del rebaño sea la hipervaloración de la raza, la nación, la religión, el partido, o el sistema socio económico.

Desconfiamos, con razón, de los exaltados. Rechazamos afirmaciones tajantes. Nos asustan las normas y las leyes rígidas. Preferimos la incertidumbre, el buen humor a tener razón y nos reímos de cosas serias mientras exaltamos las nimiedades… hasta que aparecen los fanáticos del antifanatismo: esos que reniegan de cualquier compromiso, sospechan de los hechos, solo confían en sus sentimientos y afirman únicamente lo que aprueban los de su misma cuerda.

EDH logEntre sus filas nacen manifestaciones públicas contra el fanatismo, que se llevarían la medalla del primer lugar en un concurso de fanáticos. También aquí escuchamos y leemos feroces críticas contra quienes —amparándose en el derecho humano de la libertad de expresión— dicen cosas que ellos consideran obscenas, porque —alegan— avivan el odio (el de ellos, generalmente) e introducen diferencias donde la aspiración es la plana igualdad… cuando en realidad solo se está manifestando un punto de vista u opinión más o menos documentada.

Paradójicamente, el declive del autoritarismo “formal”, “oficial”, ha producido otras dictaduras: exclusión por motivos políticos, ideologías de género, culto a personajes políticos, nacionalismos, relativismo como vehículo del imperio de la posverdad, etc.

Entonces si los que parecen no son y los que son no parecen, ¿cómo estar seguro de que uno ha dado con un fanático? Por sus afirmaciones apodícticas e impositivas, su carencia de argumentos, su tendencia a ofender, a menospreciar, su llamada al “diálogo” (un diálogo que consiste generalmente en decir sus ideas y acallar las del que piensa distinto, descalificándolas de entrada con etiquetas) para “resolver” los problemas, etc.

Como se ha escrito, para preservarse del fanatismo hace falta “guardarse de querer juzgarlo todo, como si se contemplara la realidad desde una atalaya privilegiada; hacer un esfuerzo para no caer en el simplismo, ni etiquetar los problemas para eludir su complejidad, o dar respuestas triviales a problemas insuficientemente planteados; adoptar una actitud positiva y abierta ante los nuevos modos de entender las cosas, los nuevos estilos de vida, y ante la evolución de la sociedad; huir de los tonos catastrofistas o apocalípticos, del talante de queja habitual, de la negación de los valores positivos que siempre surgen en los cambios históricos; y por último, no hacer juicios ni condenas precipitadas de mentalidades, actitudes o sistemas de pensamiento”.

La persona razonable propone, no impone. No teme contrastar su pensamiento con el de los demás, respeta el razonamiento del otro y procura no solo entender lo que dice, sino comprender por qué lo dice.

El que no es fanático tiene presente que lo verdadero es razonable, interesante; que lo bueno es amable y lo bello, seductor. Su manera de comunicar es incompatible con la agresividad y el lenguaje ofensivo, o despreciativo. Procura tener honestidad intelectual en su discurso y trata de presentar ideas, hechos, ejemplos, sin apoyarse exclusivamente en argumentos de autoridad, o apelar indebidamente a sentimientos, filias y fobias.

Para terminar ¿cómo distinguir entre personas de principios, y fanáticos? Primero, sopesando que todos tenemos derecho a tener principios y valores estables, a creer profundamente en nuestras ideas; y después constatando que al sensato, a diferencia del fanático, nunca se le ocurre eliminar al disidente.

@carlosmayorare

Confesiones de un “#SocialConfuso”. De Rodrigo Molina Rochac

Como seres humanos debemos ser abiertos, más que solo tolerantes, hacia aquellos que son diferentes a nosotros. Ya sea por raza, género, religión, ideología, u orientación sexual. Todos somos seres humanos, todos merecemos ser tratados con respeto. Todos tenemos la obligación de ser respetuosos los unos con los otros.

Rodrigo Molina, publicista, ha sido miembro de la dirección de ARENA en el COENA anterior

Rodrigo Molina Rochac, 3 julio 2017 / rodrigomolinarochac.com

Yo no soy alguien que anda buscando la polémica en redes sociales. Es más, la evito. Me considero una persona bastante abierta en mi pensamiento y empática con las ideas y creencias de otros. Siempre trato de entender la perspectiva y las circunstancias de aquellos con quienes platico para tratar de comprender de donde viene su pensamiento. Eso me ha llevado a mantener amistades con personas con diversas formas de ver el mundo y la política. Siempre he considerado que el respeto va ante todo.

Hace más de un año me retiré del ambiente político. Eso inclusive incluyó mi participación en twitter, donde sentí que el ambiente de la discución se estaba volviendo demasiado cargado y negativo. Parece predominar la controversia, el morbo y los ataques, por sobre una conversación de ideas constructivas.

Por una coyuntura bien específica me volví a aventurar en la twitosfera salvadoreña este fin de semana , y he quedado con un sabor bien amargo. Tanto así que después de casi un año de no escribir, sentí necesario escribir estas palabras.

De lo primero que me saltó ha sido el frecuente uso del termino “Social-Confuso” para atacar a aquellos que, como yo, no encajamos en los paradigmas tradicionales de la política salvadoreña. Cuyas ideas no encajan cómodamente ni en la izquierda ni en la derecha, y quienes cuestionamos ciertos “absolutos” en el pensamiento político. Si bien nadie me ha dirigido el término a mí directamente, lo he visto utilizado libremente para desacreditar a muchos con quienes comparto ideas. Inclusive, para justificar cerrarle las puertas de participación política a jóvenes con muchísima capacidad, talento, y con pensamiento de avanzada. Por esta razón, tomo como propio el término, y quisiera aclarar algunas facetas de mi pensiamiento, que creo muchos otros “Social Confusos,” como nos dicen hoy, compartimos.

El tema más ácido es el tema del aborto. Nos califican de “anti-vida” y “pro asesinato.” De verdad que me duele mucho ver que gente, que sé son buenas personas, muy capaces, y con los mejores deseos para nuestro país, nos lancen descalificativos tan absurdos. Les explico un poco más mi posición sobre el tema para no caer en tales caricaturas del pensamiento.

En lo personal, en ningún momento creo que se deba promover el aborto como una solución o una alternativa. Considero que la vida humana es lo más preciado en la existencia. Pero también creo que en el mundo las cosas no son tan blanco o negro. Creo que a veces las personas se encuentran en circunstancias de gran dificultad y presión psicológica y emocional. Creo que hay situaciones de gran sufrimiento y dolor en la vida de las personas, y que eso los puede llevar a tomar decisiones que otros no podamos entender. Considero que encarcelar a una mujer, aún si se está en absoluto descauerdo con la decisión que ha tomado, no es una solución. No veo cómo la sociedad se beneficie de que una mujer esté presa por ello.

Lo que si quisiera ver, es que aquellos que nos atacan y llaman “pro asesinato” a los que quisieramos tener una debate sensato sobre el tema, en vez de dedicarle tiempo a vilificarnos, lo dedicaran a organizaciones que apoyen integralmente, de forma emocional, psicológica y económica, a aquellas mujeres embarazadas que están viviendo momentos dificiles y quienes puedan por ello estar considerando abortar. La mejor forma de prevenir el aborto no es encarcelando a mujeres y atacándonos a nosotros, sino apoyando a las mujeres que más lo necesitan. Eso es algo que yo apoyaría 100%.

También creo que como seres humanos debemos ser abiertos, más que solo tolerantes, hacia aquellos que son diferentes a nosotros. Ya sea por raza, género, religión, ideología, u orientación sexual. Todos somos seres humanos, todos merecemos ser tratados con respeto. Todos tenemos la obligación de ser respetuosos los unos con los otros. La realidad es que no existe un modelo único en la familia moderna. ¿Cuántas familias en nuestro país no son líderadas por un padre o madre únicos, por las razones que sea? Ante todo, los seres humanos necesitamos de amor, comprensión, inclusión y oportunidades. Es mucho más importante poder contar con ello, que la forma en que esto sea proveído.

Aquellos con valores más tradicionales tienen todo el derecho de promover su pensamiento. De inculcarle a sus hijos sus valores familiares. De promover en su entorno su forma de vivir y de construir comunidad. Los valores familiares tradicionales son valores muy positivos que han sumado mucho a la sociedad. Lo que personalmente considero que nadie tiene el derecho de hacer es atacar a aquellos que ven al mundo de forma distinta y denigrar a quienes viven de forma diferente. No es necesario que convivamos todos juntos y que pensemos todos de la misma forma. A lo que estamos obligados todos es a respetarnos mutuamente, y si bien estemos en desacuerdo, por lo menos aceptar que somos todos seres humanos con el derecho a buscar nuestra propia felicidad.

La realidad es que, más allá de estos dos temas, tenemos muchísimo más en común de lo que nos diferencia. Nuestro país sufre bajo la ineptitud y la corrupción de ciertas élites políticas que se han hecho de los aparatos estatales y las estructuras políticas para extraer de la sociedad y de los ciudadanos los recursos con los cuales hoy se dan vidas de lujo. Nuestras energías y esfuerzos deberían estar dirigidos en construir un mejor país, no en desacreditarnos los unos a los otros por pensar diferente.

Esta intolerancia de pensamiento que estoy viendo, a mi me es sumamente dificil de entender. Me entristece. Y no es solo en una dirección, sino en varias.

Por ello, les quisiera pedir de corazón lo siguiente:

A aquellos que piensan como yo, los “progres social-confusos,” un humilde consejo. Cuando nos ataquen y descalifiquen, no respondamos con los mismos ataques. Nada ganamos nosotros, nada gana el país, con regresar descalificativos igual de ácidos. A los librepensadores siempre alguien nos atacará por no comprender la forma en que vemos el mundo. El contraataque no vale la pena. Enfoquémonos por el contrario en construir. En construir ideas. En construir movimientos. En construir empresas. Construyamos aquello que inspirará a otros a ver el mundo como nosotros lo vemos.

A quienes nos califican de “social confusos”: el enemigo es otro. No somos parte de alguna conspiración. Nos apasionan nuestras ideas, y queremos promover un mundo diferente. Pero antes que nada, al igual que ustedes, lo que queremos es deshacernos de la ineptitud y la corrupción que ha dirigido este país por demasiado tiempo. Eso es el enemigo. Y logrargemos mucho más acercándonos y trabajando juntos, que dedicándole energías a descalificarnos los unos a los otros.

La intolerancia es de los peores enemigos del progreso, venga de donde venga. Así como exigimos que la sociedad no caiga en ello, tengamos cuidado de no caer en ello nosotros tampoco. Construyamos una visión más amplia. El futuro ya no será definido entre izquierdas y derechas monolíticas, sino entre movimientos y pensamientos abiertos y aquellos cerrados.

Y bueno, si me toca aceptar esa etiqueta de “progre social-confuso,” lo haré con orgullo, sabiendo que lo que promuevo es el pensamiento liberal que a través de la historia ha sido el motor principal del progreso.

Si vamos a defender la Libertad, que sea la de todos. De José Miguel Fortín Magaña

Cuando hablamos de la Libertad, de sus virtudes y de su defensa, habitualmente lo hacemos pensando en primera persona; de igual manera ocurre cuando se trata de los derechos y muy distinto es en cuanto a los deberes, en cuyo caso sí pensamos en la obligatoriedad de su cumplimiento por quienes nos rodean. Probablemente sea natural pensar y actuar de esa manera, aunque no deja de reflejar un rostro no tan sociable de nuestras personalidades. Las anteriores consideraciones son mucho más válidas y sensibles ahora que vivimos inmersos en la realidad de una época en la que la comunicación e interacción entre seres humanos está al alcance de todos por los recursos tecnológicos como las redes sociales.

José Miguel Fortín Magaña, 2 junio 2017 / LPG

La verdadera lucha por las libertades y los derechos no radica solo en defender la propia o la de quienes comparten nuestras ideas, posturas o puntos de vista, sino en luchar por la de todos, incluso y principalmente por la de aquellos que no piensan como nosotros, que dicen las cosas de una manera que no nos gusta o que están abiertamente en contra de nuestros postulados.

Cotidianamente censuramos, a veces de manera muy poco educada incluso llegando a la burla, a quienes “tienen la osadía de pensar distinto” o decir cosas que no queremos oír y terminamos actuando como aquellos a quienes condenamos.

Hace pocos días el licenciado Max Mojica, quien perteneció al Movimiento Libertad hasta hace poco, emitió algunos comentarios en sus redes sociales con los que muchos –y me incluyo– podremos estar en desacuerdo o totalmente en contra, como lo expresado contra la Iglesia Católica, el señor arzobispo y el colegio Externado de San José, pero lo hizo haciendo uso de su libertad para expresarse, de su libertad para compartir su pensamiento y preservar ese derecho, tan suyo como nuestro, debe ser parte primordial de la lucha de todos.

Yo mismo tuve la dicha de vivir buena parte de mi infancia en los recintos del Externado de San José y aunque sin compartir, entonces como ahora, algunas ideas de quienes dirigen esa institución, mi permanencia allí sirvió en mucho en la formación de mi manera de ser y pensar. Al igual que yo, son incontables los salvadoreños de toda corriente política e ideológica que deben buena parte de su formación al trabajo de los sacerdotes de la Compañía de Jesús y a los maestros que laboran con ellos.

La democracia, que hemos elegido como forma de gobierno y convivencia social, se nos plantea a todos como una exquisita manera de unirnos más en función de los disensos que de las ideas compartidas, porque al final el reto y su victoria intrínseca sobre cualquier otra forma de comunidad está precisamente en superar las diferencias para perseguir los objetivos comunes.

Cada día nos plantea a todos tanto la necesidad de convivir, como la urgencia de hacerlo de manera pacífica y civilizada, de dejar un poco de lado nuestros propios puntos de vista, de respetar al que piensa distinto y de aceptar que solo defendiendo la libertad ajena puedo defender la propia.

Parafraseando a Voltaire: Max, no estoy de acuerdo con tu opinión sobre mi colegio ni tu opinión sobre el señor arzobispo, pero daría mi vida por defender tu derecho a disentir de mí.

 

Dos mujeres y un camino: Digicel y la CNP. De Herman Duarte

c6bf6595-45a8-4158-bd66-ab69a96b415b_XXXLWHerman Duarte, 5 junio 2016 / LPG

El Consejo Nacional de la Publicidad (CNP), alegando una violación al código de autorregulación publicitaria y a las “leyes vigentes en el país”, censuró una valla publicitaria de Digicel en la que aparecen dos mujeres abrazadas y la palabra “tolerancia”. En mi opinión, la posición de la CNP es contraria a derecho por estas razones:

Por ir en contra del artículo 86 de la Constitución Política que establece el carácter “republicano, democrático y representativo” del Estado Constitucional de Derecho de la República de El Salvador. La CNP fundamenta el retiro de la publicidad por promover “antivalores” que atentan contra el concepto “tradicional de la familia” (¿qué acaso no la prensa graficatienen parientes/amigos/colegas LGBT?), lo cual es un argumento de tinte religioso. Al permitir acciones represivas y contrarias a la libertad de expresión, se promueve una dictadura de las mayorías. Además se viola el requisito primero e irrevocable para que una sociedad pueda ser considerada como democrática: el carácter laico del Estado. (Vargas Llosa, “La Civilización del Espectáculo”, p. 98).

Porque la campaña no viola ninguna ley vigente. Es preocupante que el director ejecutivo de la CNP, quien firmó la orden de censura a la campaña publicitaria de Digicel, no haya tenido la mínima diligencia de revisar que NO existe UN solo cuerpo normativo (Constitución, Tratados, Ley o Reglamento) que promueva la discriminación de la población LGBT o que penalice las relaciones LGBT como un delito. En este entender, se trata de una acción discriminadora que no tiene fundamento jurídico.

Porque con la actuación fascista de censurar a Digicel se viola –de forma indirecta– el artículo 4 del Código de Autorregulación Publicitaria (CAP) que establece que no es aceptable fomentar la discriminación por la orientación sexual usando medios publicitarios. La violación indirecta se constituye porque se bloquea la salida a medios de publicidad (vallas, radios y televisión) el mensaje de tolerancia hacia grupos minoritarios LGBT que la campaña busca promover, buscando el progreso social e impulsar la evolución social dejando a un lado concepciones prehistóricas, machistas y discriminatorias. En este entender el artículo 4 del mencionado código, interpretándose de una forma sistemática, holística y finalista, debe entenderse que es aplicable a las acciones de la Dirección Ejecutiva, de tal forma que por medio de sus actuaciones no pueda promover la discriminación por orientación sexual, tal y como lo ha perpetuado en su acto en contra de una noble y amorosa campaña de igualdad de derechos humanos.

Finalmente, no podemos perder de vista que El Salvador es uno de los países más violentos del mundo y dentro de tan vergonzosa presea uno de los grupos más afectados por asesinatos de odio son los grupos LGBT, de tal forma que el anuncio de Digicel con su mensaje de amor y tolerancia sin duda alguna es positivo para el país. Por lo que el bloqueo de la publicidad de Digicel fomenta la homofobia –prima hermana del machismo– que reina en El Salvador.

Al CNP lo invito a que además del examen de conciencia y propósito de enmienda de no continuar discriminando a la población LGBT que recuerden que el Estado laico no es enemigo de la religión. A Digicel, como inversionista extranjero, les pido disculpas por los mojigatos que toman las decisiones en mi país, pero por fortuna, su derecho de libertad de expresión es sujeto a amparo constitucional.

De principios y renuncias imposibles. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 11 enero 2016 / EL MUNDO

Cientos de menores sufrieron abusos sexuales en la ciudad británica de Rotherham entre 2007 y 2013 sin que las autoridades hicieran nada por evitarlo, a pesar de que habían sido alertadas en numerosas ocasiones. La investigación posterior reveló que la pasividad se debió, entre otras razones, a que policías y funcionarios del gobierno local temían ser acusados de racistas. Las víctimas eran en su mayoría niñas blancas procedentes de familias marginales; los atacantes, de origen pakistaní. Aunque se concluyó que la «corrección política» fue uno de los motivos que hizo que los violadores pudieran actuar con absoluta impunidad, había causas más profundas.

El periodista Sarfraz Manzoor, hijo de uno de los pakistaníes que emigraron al Reino Unido en los años 50, explicaba en un artículo en The New York Times que la comunidad asiática de Rotherham siempre había vivido segregada y mantenía inalterables sus tradiciones, incluidas las que discriminaban a las mujeres. Las hijas eran entregadas en matrimonios por compromiso, consideradas inferiores a los hombres y sometidas a las mismas reglas misóginas de los sectores más intolerantes de Pakistán, pero en el corazón de Europa. La política local Sayeeda Warsi lo había advertido años antes de conocerse los abusos: los jóvenes de la comunidad crecían pensando que las mujeres eran «de su propiedad» y podían hacer con ellas lo que quisieran.

Algunas pautas de Rotherham parecen haberse repetido en Alemania. Los abusos masivos de mujeres en Colonia y otras ciudades alemanas en Nochevieja provocaron una lenta respuesta de la policía.Wolfgang Albers, el cesado jefe de la Policía Local, ocultó la participación de refugiados en los asaltos, a pesar de que sus agentes habían reunido pruebas de la implicación de solicitantes de asilo sirios. Medios de comunicación alemanes tardaron días en mencionar la participación de los extranjeros, seguramente por temor a ser percibidos como xenófobos. Se trata de la misma corrección política que no permite tener ese debate franco sobre el multiculturalismo que Salman Rushdie lleva años reclamando y que la llegada de millones de refugiados hace inevitable, porque transformará pueblos y ciudades.

ULISES

ULISES

El autor de Los Versos Satánicos cree que en Occidente se ha instalado un nuevo «relativismo moral» que nos hace tolerar comportamientos que jamás aceptaríamos en nuestras comunidades. Su pregunta es legítima: ¿hemos sido las sociedades occidentales demasiado permisivas a la hora de acomodar principios que contradicen los nuestros, en aras de una tolerancia mal entendida?

La respuesta más sencilla sería que no, porque ahí está la ley para igualarnos, sin distinción por razón de origen. Pero Rushdie va más allá y pone ejemplos concretos para sostener que estamos comprometiendo nuestros valores, unas veces por corrección política y otras simplemente por miedo. Cuando la revista Charlie Hebdo recibió el premio a la libertad de prensa de la organización Pen, el pasado mes de mayo, más de 200 escritores estadounidenses firmaron un manifiesto oponiéndose a la concesión del galardón y acusaron a la publicación de generar sentimientos anti islámicos. ¿Cómo es posible que intelectuales del país que mejor representa la libertad de expresión censuren una publicación cuyos empleados fueron masacrados por ejercerla? Los firmantes estaban sosteniendo, sin decirlo, que a la hora de aplicar ciertos derechos básicos y aceptados por todos, era necesario hacer una excepción para no herir los sentimientos de un grupo concreto. Es una renuncia inaceptable, te guste o no el contenido de Charlie Hebdo.

Quizá porque uno ha cubierto la guerra desde la posición privilegiada de quien podía abandonarla en el momento que quisiera, dejando atrás a los timorenses, cachemires o pakistaníes que la sufrían, me cuesta entender a quienes piden que Europa dé la espalda a los refugiados que huyen del terrorismo islámico, las decapitaciones y los bombardeos diarios. Quizá porque he visto de cerca la indignidad de la miseria, dejándola atrás con la facilidad con la que uno se sube a un avión, entiendo qué lleva a un padre de familia a jugarse la vida en el mar para tratar de dar oportunidades a los suyos. Pero la acogida no puede ser una simple concesión de derechos a los que llegan y debe ir acompañada de obligaciones. Por eso es fácil estar de acuerdo con Angela Merkel, líder del país que más generosidad ha mostrado con los refugiados, cuando en mitad del escándalo de Colonia, en lugar de sumarse al carro fácil de quienes aprovechan para extender la mancha sobre todos los que llegan, advierte que tampoco se puede aceptar sin más «a quienes no están dispuestos a respetar el país que les acoge». Los primeros beneficiados al hacer esa distinción, que Alemania quiere ahora convertir en ley, serán quienes sí lo respeten.