Europa

El rapto de Europa. De Máriam Martínez-Bascuñá

La buena noticia es que la Unión Europea, al fin, se ha politizado; la mala, que si no actuamos en consecuencia, acabaremos perdiéndola.

Docente de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

16 septiembre 2018 / EL PAIS

Europa vuelve a ser un campo de batalla, aunque no lo sea, felizmente, por una guerra que la transforme en un paisaje lunar, como en aquellos tiempos no tan lejanos en los que, según describía Vonnegut, Dresde dejó de parecerse a una Florencia sobre el Elba. Lo que nos jugamos en esta otra contienda, como dijo Tsipras este martes en Estrasburgo, es de “carácter existencial”, pues sucede que, una vez rota su promesa de prosperidad, la idea de Europa ha pasado a ser un significante vacío a la espera de ser rellenado de sentido. La disputa es, de nuevo, sobre su identidad, y me temo que ya no basta con defender a Europa. El dilema no consiste en Europa sí o no. Se trata de saber qué Europa queremos.

Cuando Farage y los suyos abandonen de una vez el barco, el Europarlamento dejará de contar con fuerzas políticas que solo quieren marcharse. La batalla se producirá entonces por la influencia dentro de la Unión y por el modelo que se quiera imponer. Se equivocan quienes piensan que la UE está en decadencia: jamás la batalla política se presentó en un marco tan europeo. Y es en esa clave donde hay que interpretar las palabras de Orbán del verano pasado: “Hace 27 años pensamos que Europa era nuestro futuro. Hoy, somos el futuro de Europa”. Recordaba con ellas que, lejana ya la caída del muro de Berlín, el conflicto político se articula ahora en términos identitarios, y de ahí surge su abyecta bandera: “Europa para los europeos”.

No se trata, por supuesto, de la Europa cosmopolita y liberal de Macron, o de la humanista e intrépida tierra de Odiseo a la que apelaba Tsipras; su Europa es aquella que antepone los valores cristianos a los derechos individuales; la que, al parecer, permite también la imposición del libre mercado sin incluir en la ecuación la libertad política para Hungría o Polonia. Esa es la enorme importancia de la votación del miércoles en el PE.

La pugna por la identidad se libra encarnizadamente en el seno del Partido Popular Europeo. Las próximas elecciones pueden colocar a la extrema derecha como segundo grupo del Europarlamento, incluso con Orbán a la cabeza, y ya verán cómo las viejas batallas entre Juncker y Schulz nos parecerán entonces amables duelos dialécticos, apenas una disputa sobre matices entre bienintencionados caballeros. Ahora más que nunca estamos ante la confrontación de modelos antagónicos: uno que, con sus diferencias, incluye el liberalismo de Macron, la democracia cristiana de Merkel y la socialdemocracia; y el otro, los grupos de ultraderecha dispuestos al asalto definitivo de la fortaleza. La buena noticia es que Europa, al fin, se ha politizado; la mala, que, si no actuamos en consecuencia, acabaremos perdiéndola.

@MariamMartinezB

 

Fronteras espirituales. De Máriam Martínez-Bascuñán

Y en esas estamos, huérfanos aún de un verdadero horizonte europeísta, replegándonos al calorcito de comunidades fundadas por fantasmas y exclusión.

Los migrantes  africanos  rescatados en el Estrecho de Gibraltar en Tarifa, Cádiz.

Los migrantes africanos rescatados en el Estrecho de Gibraltar en Tarifa, Cádiz. Foto: JAVIER FERGO / Gtres

Docente de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

30 junio 2018 / EL PAIS

¡Invasión! ¡Que vienen los bárbaros! ¡Cierren las fronteras! Son los gritos del Grupo de Visegrado, jaleados por una parte de la antigua Mitteleuropa,con el canciller austriaco y los hermanos bávaros de Merkel mirando de reojo a nuestro particular Trump, el inenarrable Salvini. Nuestra fijación por el amurallamiento ha terminado por convertir a los muros en iconos de esta crisis permanente que parece vivir el mundo transatlántico. ¿Cuán real es?, cabe preguntarse, porque lo que está en juego no es la gestión de las fronteras: ni siquiera vivimos una crisis migratoria real.

No pretendo minusvalorar el inmenso reto al que nos enfrentamos con la acomodación de los migrantes que llegan a Europa, pero los datos son tozudos, razón por la que escasean en política. Y nos dicen que el millón de entradas de 2015 contrasta con los 50.430 del primer semestre de 2018. ¿A qué viene el pánico entonces, ese desgarro de vestiduras? ¿Cómo explicar las duras respuestas gubernamentales, revestidas del aroma del estado de emergencia? ¿De veras buscan proteger nuestras naciones subyugadas ante el asedio bárbaro?

Nuestra teatralización de las fronteras revela más bien la reactivación de la política identitaria, el Resurgimiento de la nación imaginada, libre de invasores que quedarían situados extramuros, evitando la impureza de una idílica comunidad política cercada. Se lo cuenta a Robert D. Kaplan uno de los personajes que pueblan su Rumbo a Tartaria: a veces, el “nosotros” se construye políticamente “espiritualizando fronteras”, mediante un etnicismo que niega su permeabilidad, ese carácter de filtro de protección y cuidado de doble dirección, convirtiéndolas en muros que dividen y excluyen.

Vemos de nuevo el mecanismo de la simplificación maniquea: la división entre un interior virtuoso y un exterior que nos amenaza. Porque no es que pretendamos que no pase nadie, es que solo queremos que pasen “los nuestros”. Esa función performativa del muro, la activación del mito del control, nos devuelve al esencialismo de la nación, pues no hay nada que visualice más la identidad que el cierre. Y en esas estamos, huérfanos aún de un verdadero horizonte europeísta, replegándonos al calorcito de comunidades fundadas por fantasmas y exclusión.

@MariamMartinezB

El regalo de Trump a China. De Joschka Fischer

Joschka Fischer

Joschka Fischer, dirigente del Partido Verde, fue ministro de Relaciones Exteriores y vice-jefe del gobierno de Alemania entre 1998 y 2005

22 junio 2018 / PROJECT SYNDICATE

BERLIN – Ya está claro que el siglo XXI trae consigo el inicio de un nuevo orden mundial. Mientras la incertidumbre y la inestabilidad asociadas con ese proceso se extienden por el globo, Occidente respondió con timidez, o con nostalgia de antiguas formas de nacionalismo que fracasaron en el pasado y que seguramente no funcionarán ahora. 

Hasta para el optimista más incorregible, la cumbre del G7 celebrada este mes en Quebec fue la prueba de que el Occidente geopolítico se está desintegrando y perdiendo peso global, y que el gran destructor de ese orden que fue creado y liderado por Estados Unidos no es otro que el presidente estadounidense. Es verdad que Donald Trump es más un síntoma que una causa de la desintegración de Occidente, pero él está acelerando el proceso en forma dramática.

Los orígenes del malestar occidental pueden rastrearse hasta el final de la Guerra Fría, cuando un orden mundial bipolar dio paso a la globalización económica, que permitió la aparición de nuevas potencias como China. En las décadas que siguieron, EE. UU. aparentemente se convenció de que sus viejas alianzas eran más una carga que un activo.

Esto se aplica no sólo a Europa, Japón y Corea del Sur, sino también a los vecinos inmediatos de EE. UU.: Canadá y México. La decisión de Trump de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio dejó a EE. UU. y Canadá profundamente divididos en la cumbre de Quebec, y es seguro que el conflicto comercial entre ambos países tendrá consecuencias políticas mucho más amplias.

Europa y el Atlántico Norte dominaron la economía global por cuatro siglos. Eso se acabó. Y la nueva geografía de poder implícita en el traslado del centro de gravedad económico del mundo desde la región transatlántica hacia la región de Asia y el Pacífico no es compatible con el mapa conceptual de la geopolítica del siglo XX, mucho menos la del siglo XIX.

Aunque EE. UU. sigue siendo la principal superpotencia del mundo, China ha resurgido como una fuerza geopolítica que es nueva y muy antigua a la vez. Con una población de 1400 millones de personas y un mercado interno enorme, China está desafiando a EE. UU. por el papel de líder económico, político y tecnológico del mundo.

Cualquiera que haya visitado alguna vez los pasillos del poder en Beijing sabe que la dirigencia china tiene su propio mapa del mundo, en el que China (el “Reino del Medio”) aparece en el centro, mientras Europa y EE. UU. se caen por los costados izquierdo y derecho, respectivamente. Es decir, EE. UU. y Europa (esa extraña mescolanza de pequeños y medianos estados‑nación) ya se encuentran divididos y confinados a los márgenes.

Al principio, EE. UU. reaccionó intuitivamente a los cambios geopolíticos de este siglo con un “giro a Asia”. Pero EE. UU. tenía presencia en el Atlántico y en el Pacífico desde mucho antes, y en su carácter de última potencia global que queda, puede anticiparse a los cambios geopolíticos históricos de modo de proteger sus intereses.

Europa, en cambio, atravesó como en automático el actual interregno histórico, ocupada más que nada en la introspección, en viejas animosidades y en dulces sueños decimonónicos de cuando todavía gobernaba el mundo. Y acontecimientos como la victoria electoral de Trump y el referendo británico por el Brexit reforzaron esa visión estrecha.

Pero en vez de ahondar en las extrañas conductas de Trump, es mejor recordar que lo que está pasando en el mundo empezó antes de su presidencia. Al fin y al cabo, el “giro a Asia” lo inició el expresidente estadounidense Barack Obama; Trump solamente lo continuó con medidas de las que el ejemplo más reciente es la reunión con el líder norcoreano Kim Jong-un en Singapur.

Si las políticas de Trump plantean riesgos serios, no es porque representen una reorientación estratégica de EE. UU. (algo que ya estaba en marcha), sino porque son autocontradictorias e innecesariamente destructivas. Por ejemplo, cuando Trump pide una reducción de la presencia militar estadounidense en Medio Oriente, sólo repite lo que ya decía Obama.

Pero al abandonar el acuerdo nuclear con Irán, Trump hace más probable una guerra en la región. Y con sus esfuerzos exagerados para aliviar el aislamiento internacional de Corea del Norte, sin obtener casi nada a cambio, ha fortalecido la posición de China en Asia Oriental.

La guerra comercial global de Trump es igualmente contraproducente. Al imponer aranceles a los aliados más cercanos de EE. UU., prácticamente los arroja a los brazos de China. Si los exportadores europeos y japoneses se encuentran con barreras proteccionistas en EE. UU., ¿qué pueden hacer sino recurrir al mercado chino? Y una Europa sin su respaldo noratlántico no tiene otra opción que virar en dirección a Eurasia, pese al militarismo del presidente ruso Vladimir Putin en Ucrania oriental y sus intentos de influir en el resultado de elecciones en Occidente.

Además, incluso sin el proteccionismo estadounidense, Japón iba a tener que adaptarse tarde o temprano al creciente poder económico de China. La última oportunidad de contener al gigante chino se perdió cuando Trump abandonó el Acuerdo Transpacífico, que hubiera alzado ante China un dique de contención liderado por EE. UU. en la cuenca del Pacífico.

De modo que el “giro a Asia” se desarrollará en formas muy diferentes a cada lado del Atlántico. Sin políticas conjuntas de EE. UU. y la Unión Europea para mantener la cohesión transatlántica, Occidente pronto será cosa del pasado. Con EE. UU. mirando hacia el oeste a través del Pacífico, y Europa mirando hacia el este en dirección a Eurasia, la única vencedora será China. El verdadero peligro estratégico de la era de Trump, entonces, no es simplemente que el orden mundial esté cambiando, sino que las políticas de Trump sólo lograrán “hacer a China grande otra vez”.

Traducción: Esteban Flamini

Brexit: lo que sabemos ahora. De Tony Blair

Cuando votamos en 2016, sabíamos que estábamos votando contra nuestra situación actual en Europa, pero no sabíamos cómo sería la futura relación con el continente. Una vez que conozcamos la alternativa, deberíamos poder pensárnoslo de nuevo.

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Tony Blair, ex Primer Ministro de Gran Bretaña

Tony Blair, 4 enero 2018 / EL PAIS

Este año que empieza va a ser decisivo para el destino del Brexit y Reino Unido. En 2017, las negociaciones eran todavía incipientes. Para 2019 será demasiado tarde. Desde una perspectiva realista, 2018 será la última oportunidad para tener voz y voto a la hora de saber si la nueva relación con Europa es mejor que la actual, y para insistir en que el “acuerdo” sea lo bastante detallado como para que ese voto sea significativo. Por eso publicamos hoy “Lo que sabemos ahora”, lo que hemos aprendido sobre el Brexit desde el 23 de junio de 2016.

Nunca he ocultado mi deseo de que Reino Unido permanezca en la Unión Europea. Esta es la decisión más importante que hemos tomado como nación desde la Segunda Guerra Mundial, una decisión que va a determinar el destino de nuestros hijos durante mucho tiempo. Estoy apasionadamente convencido de que, al salir del poderoso bloque regional el paisde los países vecinos, a los que estamos unidos físicamente por el túnel del Canal de la Mancha, comercialmente por el Mercado Único, históricamente por infinitos vínculos culturales y políticamente por la necesidad de una alianza en una era dominada por Estados Unidos en Occidente y China e India en Oriente, estamos cometiendo un error que el mundo contemporáneo no puede comprender y las generaciones futuras no podrán perdonar. Pero lo primero que hay que conseguir no es revocar la decisión, sino reivindicar el derecho a cambiar de opinión cuando conozcamos los términos de la nueva relación.

Nadie discute la votación de 2016. Y nadie discute que, si se mantiene como expresión de la opinión de los británicos, nos iremos de la Unión. La cuestión es si, a medida que se conocen más datos, a medida que avanza la negociación y vemos con claridad la alternativa a la pertenencia actual a la UE, vamos a tener derecho a cambiar de opinión; si la “voluntad del pueblo” —una expresión de la que se abusa— es inmutable o se permite que cambie cuando nuestra percepción de la realidad se base en una información mejor.

Lea este artículo en su original,
publicado en el website de Tony Blair:
Brexit – What We Now Know

Cuando votamos en 2016, sabíamos que estábamos votando contra nuestra situación actual en Europa, pero no sabíamos cómo sería la futura relación con el continente. Fue como tener unas elecciones generales en las que la pregunta es “¿Le gusta el Gobierno?” Si se preguntara eso, pocos Gobiernos en el poder serían reelegidos. Una vez conocida la alternativa, deberíamos poder pensárnoslo de nuevo, a través del Parlamento, unas elecciones o un nuevo referéndum, que, por supuesto, no será una repetición del anterior porque esta vez decidiríamos conociendo cuál es la alternativa.

En los últimos meses, el paisaje del Brexit —hasta ahora oculto en la niebla de las afirmaciones de un lado y otro— se ve cada vez con más claridad. Ahora contamos con la predicción presupuestaria de que, debido al Brexit, el crecimiento económico estará por debajo de las expectativas, no solo este año sino los próximos cinco años, con un promedio del 1,5%. Algo que no sucede desde hace más de 30 años. Y a eso hay que añadir la caída de nuestra moneda, la bajada del nivel de vida y la primera subida del desempleo.

Reivindiquemos el derecho a cambiar de opinión cuando conozcamos los términos de la nueva relación

Junto a eso hemos sabido que vamos a tener menos dinero para gastar en el Servicio Nacional de Salud y que, al menos durante unos cuantos años, Europa no nos va a devolver ningún dinero, sino que tenemos que pagar una gran suma.

Luego está la negociación sobre Irlanda del Norte. Afirmar que el problema se ha “resuelto” es ridículo. Se ha aplazado, nada más. Por el contrario, la negociación ha sacado a la luz la verdadera naturaleza de las decisiones a las que nos enfrentamos y las tensiones en la posición negociadora del Gobierno.

Al abordar la negociación del Brexit hay, en definitiva, cuatro opciones:

1. Cambiar de opinión y permanecer en Europa, sobre todo en una Europa reformada, en la que podamos utilizar el voto del Brexit para imponer esas reformas.

2. Abandonar las estructuras políticas de la UE pero permanecer en las estructuras económicas, es decir, el Mercado Único y la Unión Aduanera.

3. Salir de las estructuras políticas y económicas pero intentar negociar un acuerdo a medida que reproduzca las ventajas económicas actuales y nos mantenga políticamente cerca de Europa.

4. Salir de las dos estructuras, hacer de la salida virtud, negociar un Acuerdo de Libre Comercio básico y vendernos como “No Europa”.

Lo que pasa es que, aunque las tres últimas opciones sean Brexit, tienen repercusiones muy distintas. El Gobierno ha descartado la opción 2 y está tratando de negociar la 3, pero una parte importante del Partido Conservador está dispuesto a seguir la opción 4. Lo malo de la opción 3 es que no se puede negociar sin hacer unas concesiones de tal dimensión que dejan en ridículo los argumentos para marcharse. Lo malo de la opción 4 es que supondría tremendas dificultades económicas, en la medida en que habría que ajustar nuestra economía a las nuevas condiciones comerciales.

El crecimiento estará por debajo de las expectativas.
Caerá nuestra moneda, el nivel de vida y el empleo

Es absurdo decir que es antidemocrático exigir que la gente tenga libertad para votar sobre el acuerdo definitivo, dada la enorme disparidad de variantes y sus consecuencias. ¿Cómo podemos juzgar la verdadera “voluntad del pueblo” sin saber cuál sería la alternativa a la situación actual, dadas las distintas repercusiones de cada alternativa? Irlanda del Norte es una metáfora del dilema central de esta negociación: o estamos en el Mercado Único y la Unión Aduanera, o tendremos una frontera dura y un Brexit duro.

Es la misma diferencia que hay entre la situación de Noruega y la de Canadá. Noruega tiene pleno acceso al Mercado Único, pero también sus obligaciones, incluida la libertad de circulación. En el caso de Canadá, hay un Acuerdo de Libre Comercio que facilita enormemente la circulación de bienes pero que incluye controles fronterizos y no supone acceso a los servicios del Mercado Único. Es un juego de suma cero: cuanto más se parezca a la opción de Noruega, más obligaciones hay; cuanto más se parezca a la opción de Canadá, menos acceso.

No se trata de saber quién es el negociador más duro. El dilema deriva de cómo se concibió el Mercado Único. Es una zona comercial única, con un sistema único de regulación y un sistema único de arbitraje, el Tribunal de Justicia Europeo. Lo importante es que no es un Acuerdo de Libre Comercio. Es otra cosa. Así que es imposible disfrutar de sus ventajas sin atenerse a sus reglas. El Mercado Único es una cosa, y un Acuerdo de Libre Comercio es otra.

Imaginemos una analogía. Supongamos que la Federación de fútbol inglesa quiere jugar un partido con Francia. Negocian el campo, la fecha, el precio de las entradas, etcétera. Pero entonces la Federación inglesa le dice a la francesa que también quieren negociar la posibilidad de tener 15 jugadores en el equipo, en lugar de 11. Los franceses dirían que lo sienten pero se han equivocado de deporte y deben hablar con la Federación de rugby.

Pues eso es lo que parece estar haciendo el Gobierno. David Davis asegura que vamos a abandonar el Mercado Único y la Unión Aduanera pero que tendremos “exactamente las mismas ventajas” en un nuevo Acuerdo de Libre Comercio. Boris Johnson habla de distanciarnos de la normativa europea pero tener unas relaciones comerciales sin fricciones y pleno acceso al mercado europeo de servicios. La primera ministra insiste en que vamos a contar con el acuerdo comercial más amplio de la historia y se olvida curiosamente de que ya lo tenemos.

No se trata de saber quién es el negociador más duro. El
dilema deriva de cómo se concibió el Mercado Único.

Philip Hammond propone una estrecha armonización con Europa después del Brexit. Liam Fox, por su parte, habla sin parar sobre los acuerdos comerciales que lograremos una vez que estemos fuera de la Unión Aduanera y y lejos de esa armonización. Por supuesto, el Acuerdo de Libre Comercio puede ser de gran alcance, aunque, cuanto más abarque, más complicada será la negociación y mayor la armonización reguladora. Pero nunca podrá reproducir “exactamente las mismas ventajas” del Mercado Único sin obedecer sus obligaciones y regulaciones.

Las concesiones que se nos ha obligado a hacer, con razón, en el caso de Irlanda del Norte, ponen de relieve en qué consiste el dilema. Si queremos libertad de circulación de personas a través de la frontera en Irlanda, tendremos que abandonar los controles fronterizos a la inmigración. De modo que una persona podría ir del continente a Dublín, de ahí a Belfast y de ahí a Liverpool sin pasar ningún control.

Los partidarios del Brexit suelen decir que Noruega y Suecia no tienen una frontera dura para la circulación de personas. Es verdad. Pero el motivo es que Noruega forma parte del Mercado Único y, por tanto, acepta la libertad de circulación.

En cualquier caso, casi todo el mundo reconoce ya que Reino Unido necesita a la mayoría de los trabajadores inmigrantes que llegan de Europa, y, como muestra nuestro estudio, el Brexit está perjudicando ya seriamente la contratación en sectores cruciales, incluido el Servicio de Salud. Si queremos tener libre circulación de bienes, Irlanda del Norte deberá tener una relación con la UE que se rija por las normas de la Unión Aduanera. Pero, en ese caso, ¿cómo podrá estar Reino Unido fuera de esa situación?

Ese es el dilema que nos vamos a encontrar en todos los aspectos del acuerdo. ¿Cómo van a poder operar libremente los servicios financieros y otros sectores en Europa sin una armonización regulatoria? Incluso si suponemos que Europa acepta mirar caso por caso, la “armonización” tendrá que ser la que imponen las normas europeas. ¿Y cómo se resolverán las disputas en estas circunstancias si no es a través del Tribunal Europeo de Justicia? Cuando surjan estos interrogantes durante la negociación, volverán a aflorar las divisiones en el Gobierno.

La primera ministra seguirá siendo partidaria de la opción 3, hacer las concesiones necesarias y tratar de presentarlas como una forma de “recuperar el control”. Los verdaderos partidarios de marcharse se darán cuenta de que las concesiones contradicen los motivos esenciales para irse y preferirán la opción 4. Los funcionarios públicos británicos son seguramente —o al menos lo eran en mi época— los mejores de Europa. El problema no está en los negociadores sino en la negociación.

Casi todos reconocen ya que Reino Unido necesita a la
mayoría de los inmigrantes que llegan de Europa

El peligro es que acabemos quedándonos con lo peor de ambos mundos. Iremos tirando, alternando entre las opciones 3 y 4 según qué sector del Partido Conservador predomine en cada momento, intentaremos “marcharnos” sin marcharnos verdaderamente, con un batiburrillo de disposiciones que permita al Gobierno asegurar que se ha materializado el Brexit pero que, en realidad, solo significará que hemos perdido nuestro puesto en la toma de decisiones.

Ese sería un resultado nefasto para el país. Y aquí es donde el Partido Laborista se enfrenta a su propio reto.Me gustaría que los laboristas mantuvieran la superioridad moral de la política progresista, que explicaran por qué la pertenencia a la Unión Europea es lo mejor por principio, por motivos económicos pero también por motivos profundamente políticos.

Estoy en desacuerdo con nuestra posición actual, por razones estratégicas, pero también tácticas. En primer lugar, cuando el Partido Laborista dice que nosotros también llevaríamos a cabo el Brexit, no puede criticar su terrible efecto de distracción. El Partido Laborista podría atacar con todas sus fuerzas los fracasos del Gobierno, desde el penoso estado del Servicio Nacional de Salud hasta la criminalidad, que, debido al abandono y la falta de apoyo a la policía, ha vuelto a aumentar. Pero para ello habría que decir: estas son las cosas que se podrían hacer por la gente si no fuera porque el Gobierno dedica todas sus energías y grandes cantidades de dinero al Brexit.

Y en segundo lugar, esta actitud nos coloca en una posición vulnerable cuando el Gobierno concluya “el acuerdo” en algún momento de 2018. Mi predicción es que el Gobierno intentará negociar un acuerdo que deje fuera muchos detalles, porque no hay forma de resolver el dilema. Aprovecharán ciertas ventajas fáciles de obtener, como el acceso a los bienes sin barreras arancelarias (y dejará para más tarde las cuestiones que no tienen que ver con los aranceles). Para Europa, que tiene un tremendo superávit de bienes respecto a Reino Unido, este aspecto está muy claro.

Ahora bien, en el acceso a los servicios, que han impulsado el crecimiento de nuestras exportaciones durante los últimos 20 años y son el 70% de nuestra economía y en los que tenemos superávit nosotros, no tendremos nada que hacer sin unas concesiones importantes. Salvo que el Gobierno encuentre una solución milagrosa para el dilema, seguramente intentará emular el “acuerdo” de diciembre sobre Irlanda del Norte, disponer de varios encabezados generales —más con aspiraciones que con detalles— y dejar muchas cosas para negociarlas a partir de marzo de 2019, durante el periodo de transición en el que Reino Unido seguirá rigiéndose por las normas del Mercado Único.

Los laboristas deben mantener la superioridad
moral de la política progresista, explicar por qué
pertenecer a la UE es mejor

El Gobierno dirá entonces que es este acuerdo o nada, y el Partido Laborista se limitará a decir que habría negociado mejor. Una afirmación poco creíble. Los laboristas también pretenden repicar y andar en la procesión. El responsable de Hacienda dice que no estaremos en “el” Mercado Único sino en “un” Mercado Único. El responsable laborista de Industria habla de conservar las ventajas de los acuerdos de la Unión Aduanera pero, al mismo tiempo, tener libertad para negociar nuestros propios acuerdos comerciales.

Todo esto hace que sea un terreno muy confuso para pelear. Es mucho mejor luchar por el derecho del país a cambiar de opinión, a conocer los detalles de la nueva relación antes de abandonar la vieja, oponernos al Brexit y criticar a los conservadores por su incapacidad de abordar los verdaderos problemas del país. El Brexit tiene que ser un Brexit conservador. Tiene que ser suyo al 100 por cien. Hay que demostrar a la gente por qué el Brexit no es ni ha sido nunca la respuesta. Abramos un diálogo con los líderes europeos sobre las reformas necesarias, un diálogo que están muy dispuestos a tener ahora porque son conscientes de que el Brexit también es perjudicial para Europa, económica y políticamente.

En cada sesión de preguntas al Gobierno, hay que desmontar cada mentira de la campaña del Brexit, decir que las divisiones de los conservadores están debilitando nuestro país; pero eso solo es creíble si nos oponemos al Brexit de verdad, no defendiendo un Brexit distinto, y si cuestionamos la tomadura de pelo de que una primera ministra esté llevando a nuestra nación en una dirección por la que ni siquiera ahora se atreve ella a decir que votaría.

Si nos marchamos de Europa, tendrá que ser por decisión de la derecha conservadora. Pero, si los laboristas siguen dejándose llevar e insisten en abandonar el Mercado Único, esa timidez contribuirá al Brexit.

Atacar a Europa desde dentro. De Joschka Fischer

Si Cataluña sentara un precedente de secesión, estimulando a otras regiones a imitarla, la Unión Europea entraría en una profunda crisis existencial. De hecho, se puede decir que en el caso catalán hoy se juega nada menos que su futuro.

joschka fischer

Joschka Fischer fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, 21 octubre 2017 / EL PAIS

Finalmente, Europa da señales de estar saliendo de su prolongada crisis económica, pero el continente sigue agitado. Por cada motivo de optimismo siempre parece haber una nueva causa de preocupación.

En junio de 2016 una escasa mayoría de votantes británicos eligió la nostalgia por el siglo XIX sobre lo que les pudiera prometer el siglo XXI. Decidieron saltar al precipicio en nombre de su “soberanía” y bastantes evidencias sugieren que les espera un aterrizaje forzoso. Los cínicos podrían hacer la observación de que será necesaria una “soberanía” en buenas condiciones para amortiguar el golpe.

En España, el Gobierno de la comunidad autónoma de Cataluña ahora pide soberanía también, aunque el actual Ejecutivo nacional no está enjuiciando, encarcelando, torturando ni ejecutando al pueblo catalán, como lo hiciera la dictadura del generalísimo Francisco Franco. España es una democracia estable y miembro de la Unión Europea, la eurozona y la OTAN. Durante décadas ha mantenido el Estado de derecho de acuerdo con una Constitución democrática negociada por todas las partes y regiones, incluida Cataluña.

el paisEl 1 de octubre, el Gobierno catalán celebró un referéndum de independencia en el que participó menos de la mitad (algunas estimaciones señalan que un tercio) de la población de esta comunidad. Según los estándares de la UE y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, la votación jamás habría podido aceptarse como “justa y libre”. Además de ser ilegal según la Constitución española, el referéndum ni siquiera contó con un padrón de votantes para determinar quién tenía derecho a votar.

El referéndum “alternativo” catalán causó medidas drásticas del Gobierno del primer ministro español Mariano Rajoy, que intervino para cerrar mesas electorales y evitar que la gente votara. Fue una tontería política mayúscula, porque las imágenes de la policía reprimiendo con porras a manifestantes catalanes desarmados otorgó una engañosa legitimidad a los secesionistas. Ninguna democracia puede ganar en este tipo de conflicto. Y en el caso de España la represión conjuró imágenes de la Guerra Civil de 1936-1939, su más profundo trauma histórico hasta la fecha.

“La UE no puede permitir la desintegración de sus Estados miembros porque son su cimiento”

Si Cataluña lograra la independencia, tendría que encontrar un camino hacia adelante sin España ni la UE. Con el apoyo de muchos otros Estados miembros preocupados por sus propios movimientos secesionistas, España bloquearía cualquier apuesta catalana por ser miembro de la eurozona o la UE. Y sin ser parte del mercado único europeo, Cataluña se enfrentaría a la oscura perspectiva de pasar rápidamente de ser un motor económico a un país pobre y aislado.

1508350313_648066_1508435464_noticia_normal_recorte1.jpgAdemás, la independencia de Cataluña plantearía un problema fundamental para Europa. Para comenzar, nadie quiere repetir una ruptura como la de Yugoslavia, por obvias razones. Pero, más concretamente, la UE no puede permitir la desintegración de sus Estados miembros, porque estos componen los cimientos mismos sobre los que está formada.

La UE es una asociación de naciones-Estado, no de regiones. Si bien estas pueden desempeñar un papel importante no pueden participar como alternativa a los Estados. Si Cataluña sentara un precedente de secesión, estimulando a otras regiones a imitarla, la UE entraría en una profunda crisis existencial. De hecho, se puede decir que en el caso de Cataluña hoy se juega nada menos que el futuro de la Unión Europea.

Más aún, el propósito original de la UE fue superar las deficiencias de las naciones-Estado mediante la integración, lo opuesto a la secesión. Se diseñó para trascender el sistema de Estados que tan desastroso demostró ser en la primera mitad del siglo XX.

Piénsese en Irlanda del Norte, que ha acabado por ser un ejemplo perfecto de cómo la integración dentro de la UE puede superar las fronteras nacionales, salvar divisiones históricas y asegurar la paz y la estabilidad. Por cierto, lo mismo se puede decir de Cataluña, que después de todo debe la mayor parte de su éxito económico a la entrada de España a la UE en 1986.

“Cabe la esperanza de que la razón prevalezca en Barcelona, pero también en Madrid”

Sería absurdo desde el punto de vista histórico entrar en una fase de secesión y desintegración en el siglo XXI. El gran tamaño de otros actores globales (como China, India y Estados Unidos) ha convertido en urgentes una mayor integración europea y relaciones intracomunitarias más sólidas.

Solo cabe esperar que la razón prevalezca, en particular en Barcelona, pero también en Madrid. Una España democrática e intacta es demasiado importante como para quedar en riesgo por disputas sobre la asignación de ingresos fiscales entre las regiones del país. No existen alternativas a que ambos bandos abandonen las trincheras que se han cavado, salgan a negociar y encuentren una solución mutuamente satisfactoria que esté en línea con la Constitución, los principios democráticos y el Estado de derecho españoles.

Las experiencias de los amigos y aliados de España podrían servir de ayuda. Alemania, a diferencia de España, se organiza como una federación. Pero incluso allí nada es tan engorroso y complicado como las inacabables negociaciones sobre las transferencias fiscales entre el Gobierno federal y los Estados, es decir, entre las regiones más ricas y las más pobres. En todo caso, siempre se llega a un acuerdo que se mantiene hasta que surge otra disputa y se reinician las negociaciones.

No hay duda de que el dinero es importante, pero no tanto como el compromiso común de los europeos con la libertad, la democracia y el Estado de derecho. La prosperidad de Europa depende de la paz y la estabilidad, y la paz y la estabilidad dependen, primero de todo, de si los europeos están dispuestos a luchar por ellas.

Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.

Reinventemos Europa. Un llamado

Ha llegado el momento de hacer de la UE una potencia política, democrática, industrial, cultural, ecológica y social, capaz de defender los intereses y los valores de los ciudadanos. Tenemos el deber colectivo de actuar y asumir esa responsabilidad.

Raquel Marín

9 mayo 2017 / EL PAIS

Después de los comicios en Hungría, Austria y Holanda, la elección de Emmanuel Macron —europeísta declarado— a la presidencia de la República Francesa crea una oportunidad histórica de refundar el proyecto europeo sin perder tiempo. Por eso hemos decidido abrir desde hoy un gran debate cívico continental que implique a nuestros ciudadanos en la redacción de un nuevo capítulo de la historia de nuestra Unión Europea.

Hace un año exacto llamábamos a establecer una hoja de ruta concreta para llegar a un nuevo renacimiento europeo. Exhortábamos a nuestros conciudadanos, a los dirigentes, a los creadores de opinión de los países de la Unión, de todas las generaciones y todas las tendencias, a movilizarse contra las tentaciones de repliegue nacionalista y a promover un nuevo espíritu cívico europeo. También les invitábamos a unirse para crear las condiciones que permitieran reinventar la Unión Europea con un proyecto centrado en los ciudadanos. Ahora ha llegado el momento de esa transformación, de hacer de la UE una potencia política, democrática, industrial, cultural, ecológica y social, capaz de defender los intereses y los valores de nuestros conciudadanos, que se convierta en un elemento activo y fundamental de la globalización y deje de ser un observador débil y pasivo.

En muchos aspectos, nuestro llamamiento ha tenido eco. La conmoción provocada por el resultado negativo del referéndum británico y la nueva situación internacional, con la inesperada elección de Donald Trump y el endurecimiento de las posiciones políticas de Rusia, han hecho cada vez más patente que es urgente formar un frente europeo común. ¿Cómo, si no, afrontaremos unos retos que rebasan con creces el ámbito nacional y revitalizaremos nuestras democracias? En toda la Unión, de Portugal a Polonia, de Alemania a Rumania, pasando por Francia y los países bálticos, numerosos ciudadanos han salido a la calle para expresar su apego a la UE. Han surgido movimientos nuevos como Pulse of Europe, Stand for Europe y Civico Europa. Los eurobarómetros y los sondeos de opinión de estos nueve últimos meses muestran una gran recuperación, sin precedentes desde el comienzo de la crisis financiera, del apego al proyecto europeo y la convicción de que la UE debe reforzar su capacidad de acción en materia de seguridad, lucha antiterrorista, gestión de las migraciones y regulación de la globalización comercial, financiera, medioambiental y social. Y esa dinámica ha tenido plasmación política. Varios jefes de Estado y de Gobierno han incorporado estos temas a su reflexión, y la Unión, coincidiendo con el 60º aniversario del Tratado de Roma, ha esbozado las líneas generales de la hoja de ruta que reclamábamos. Varias de nuestras propuestas en materia social (por ejemplo, sobre derechos sociales) y de seguridad y de democracia (como las listas transnacionales) ya han empezado a debatirse en los Consejos de Ministros de la UE.

“Urge combatir las desigualdades e inventar
los derechos y las libertades del futuro”

Además, los dirigentes nacionales y los ciudadanos ya no dudan en manifestar su convicción europeísta. No temen decir que el orgullo nacional y la ambición europea no solo no se oponen sino que se refuerzan mutuamente. El fracaso del referéndum antieuropeo en Hungría, las victorias de los europeístas en Austria y Holanda y, ahora, el triunfo de Emmanuel Macron en Francia, que situó la refundación del proyecto europeo en el centro de su campaña, son ejemplos de este contexto histórico favorable.

Hoy tenemos el deber colectivo de actuar y todos debemos asumir esa responsabilidad. Somos conscientes de que nuestras sociedades todavía están fragmentadas: es urgente reforzar nuestras posibilidades de crecimiento, combatir enérgicamente las desigualdades e inventar los derechos y las libertades del futuro para ofrecer a todo el mundo unas perspectivas duraderas de progreso y de inclusión democrática; en caso contrario, la cohesión de nuestros países y de la UE correrá peligro. Para cambiar la situación, es importante que cada uno asuma sin más tardar sus responsabilidades: los Estados y la Unión, pero también los ciudadanos y los líderes de opinión. Es lo que estamos intentando hacer hoy, a nuestro nivel y con los limitados medios de que disponemos, al comprometernos y volver a tomar la iniciativa.

“Proponemos un nuevo proceso participativo
para decidir los proyectos políticos de la Unión”

¿Cuál es la vía europea hacia un futuro mejor? En concreto, ¿cómo vincular a nuestros conciudadanos con la búsqueda de soluciones positivas? Este es el gran debate cívico que inauguramos hoy, 9 de mayo, día de fiesta en Europa, en Bruselas, la capital de la Unión, con Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea. Hemos presentado a los dirigentes europeos unas propuestas concretas —lo mismo que hemos pedido que hagan los presidentes de la Comisión y el Consejo— para tratar de reequilibrar el proyecto europeo y tener más en cuenta las preocupaciones de nuestros conciudadanos en torno a siete aspectos: la democracia, la educación y la cultura, la dimensión social, el desarrollo duradero, la economía y la industria, la moneda y, por supuesto, la seguridad, la defensa y la política exterior. Pero queremos ir más lejos. Nos parece urgente dar nuevo aliento a nuestras democracias representativas fomentando una verdadera democracia deliberativa y participativa en Europa. Para ello, proponemos organizar un nuevo proceso participativo europeo que comience en otoño, cuyo propósito sea involucrar a los ciudadanos en la definición de las prioridades y los proyectos políticos de la Unión; de ahí saldrán pactos cívicos en toda la UE que comprometan la responsabilidad de los ciudadanos. Pedimos que todos los que están convencidos de que es necesario que inventemos juntos nuestro futuro se unan a nosotros y nos apoyen.

 

En nombre de los miembros de Civico Europa (civico.eu), origen del llamamiento a un nuevo Renacimiento europeo del 9 de mayo de 2016:

Guillaume Klossa (Francia), escritor, fundador de Civico Europa y autor del llamamiento a un nuevo Renacimiento europeo, fundador de EuropaNova y de los Estados Generales Europeos, antiguo asesor del grupo de reflexión sobre el futuro de Europa (Consejo Europeo); Alberto Alemanno (Italia), profesor de Derecho, fundador de Good Lobby; László Andor (Hungría), economista, excomisario europeo; Lionel Baier (Suiza), director de cine; Mars di Bartolomeo (Luxemburgo), presidente del Parlamento de Luxemburgo ; Mercedes Bresso (Italia), eurodiputada, expresidenta del Comité de las Regiones; Elmar Brok (Alemania), eurodiputado, expresidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Partido Popular Europeo, Parlamento Europeo; Philippe de Buck (Bélgica), antiguo director general de BusinessEurope, miembro del Comité Económico y Social europeo; Daniel Cohn-Bendit (Francia-Alemania), ex presidente del grupo Los Verdes del Parlamento Europeo; Georgios Dassis (Grecia), sindicalista, presidente del Comité Económico y Social europeo; Leendert de Voogd (Holanda), empresario; Paul Dujardin (Bélgica), director general de Bozar; Cynthia Fleury (Francia), filósofa y psicoanalista; Markus Gabriel (Alemania), filósofo; Felipe González (España), expresidente del Gobierno de España, expresidente del Grupo de reflexión sobre el futuro de Europa (Consejo Europeo); Sandro Gozi (Italia), ministro de Asuntos Europeos; Danuta Huebner (Polonia), excomisaria europea, presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales del Partido Popular Europeo, Parlamento Europeo; Alain Juppé (Francia), antiguo primer ministro, alcalde de Burdeos; Alain Lamassoure (Francia), eurodiputado, exministro; Christophe Leclercq (Francia), empresario de medios de comunicación y fundador de EurActiv; Jo Leinen (Alemania), eurodiputado, presidente del Movimiento Europeo; René van der Linden (Holanda), expresidente de la Asamblea del Consejo de Europa, expresidente del Senado holandés; Robert Menasse (Austria), escritor; Jonathan Moskovic (Bélgica), responsable del proyecto G1000; Ferdinando Nelli Feroci (Italia), embajador, excomisario europeo; Johanna Nyman, presidenta del Foro Europeo de la Juventud; Sofi Oksanen (Finlandia), escritora; Erik Orsenna (Francia), escritor; Sneska Quaedvlieg-Mihailovic (Holanda/Serbia) secretaria general de Europa Nostra, movimiento para la protección del patrimonio europeo; Francesca Ratti (Italia), secretaria general de Civico Europa; Maria João Rodrigues (Portugal), exministra, vicepresidenta del grupo Socialistas y Demócratas del Parlamento Europeo; Robin Rivaton (Francia), escritor; Petre Roman (Rumanía), antiguo primer ministro; Jochen Sandig, director de la compañía de danza Sasha Waltz and Guests; Roberto Saviano (Italia), escritor; Wytze Russchen (Holanda), secretario general adjunto de Civico Europa; Nicolas Schmit (Luxemburgo), ministro de Trabajo Empleo e Inmigración; Gesine Schwan (Alemania), presidenta de la plataforma de gobernanza Humboldt-Viadrina; Denis Simonneau (Francia), presidente de EuropaNova; Guy Verhofstadt (Bélgica), antiguo primer ministro, presidente del grupo Alianza de los Liberales y Demócratas del Parlamento Europeo; Vaira Vike Freiberga (Letonia), expresidenta de la República de Letonia; Cédric Villani (Francia), matemático, Premio Fields; Luca Visentini (Italia), secretario general de la Confederación Europea de Sindicatos; Sasha Waltz (Alemania), coreógrafa y bailarina, y Wim Wenders (Alemania), cineasta.

 

Ocho terrenos para un despertar europeo. De Jacques Delors, Jacques Santer, Romano Prodi y Etienne Davignon

Medidas muy concretas pueden servir para relanzar el proyecto que echó a andar hace 60 años.

Jacques Delor

Jacques Delors, Jacques Santer, Romano Prodi y Etienne Davignon, 26 marzo 2017 / EL PAIS

El debate europeo está lleno de confusión, dudas, miedos y desencanto. Sin embargo, nosotros nos rebelamos. No es verdad que los derrotistas sean inteligentes y los voluntaristas, unos ilusos. La historia de Europa está llena de guerras salvajes; por eso, hace 70 años, los europeos decidieron cambiar su rumbo. Los europeos son una parte cada vez menor de la población mundial, pero nos negamos a aceptar que nuestro destino es convertirnos en un ente marginal. Ante la globalización y la velocidad del cambio, nuestros ciudadanos quieren que nuestro modelo de sociedad esté protegido.

Jacques Santer

La UE garantiza la calidad de los alimentos y del agua, abarata los costes del teléfono, internet, el transporte y la energía y certifica la calidad de los nuevos fármacos. Nuestra carta de derechos fundamentales garantiza las libertades individuales. No olvidemos que, en 1957, solo 12 de los miembros actuales de la UE eran democracias. El modelo social europeo es el único del mundo que ofrece a todos educación, sanidad, rentas mínimas, pensiones, vacaciones anuales e igualdad entre hombres y mujeres. Por supuesto, es un modelo imperfecto. Siguen existiendo demasiadas desigualdades.

Jean-Claude Juncker ha presentado a los Estados miembros y el Parlamento Europeo cinco perspectivas de futuro. Los Estados miembros deben estudiarlas, y entonces podrá comenzar el verdadero debate sobre la Unión. Antes de enumerar nuestras propuestas, debemos desmentir dos cosas: Algunos Estados miembros dicen que no se puede hacer nada sin modificar el Tratado. No. Todas nuestras propuestas son compatibles con el Tratado de Lisboa. Lo único necesario es la voluntad de actuar. Tampoco es cierto que la Unión de varias velocidades sea incompatible con el propio concepto del proyecto europeo.

Romano Prodi

En estos 60 años, los Estados miembros han tenido siempre distintas obligaciones. El tratado original ya lo preveía. De modo que no inventamos nada nuevo, ni cuestionamos los principios fundamentales, solo queremos organizar esas diferencias, que serán permanentes o provisionales según lo que decidan los Estados miembros.

Con dificultades, hemos logrado evitar que la crisis financiera originada en Estados Unidos destruyera nuestra unión monetaria, pero hay que corregir su fragilidad estructural. El BCE ha asumido plenamente su papel, pero el Consejo de Ministros ha tenido que recurrir en ocasiones a procedimientos intergubernamentales. El Consejo debe tener plenas competencias en la unión monetaria. Y el Parlamento Europeo debe poder opinar sobre sus deliberaciones. La gestión de la unión monetaria implica unas responsabilidades y unos beneficios que no afectan a quienes no pertenecen a ella. La eurozona permanecerá abierta a los países que quieran y puedan integrarse en ella, porque uno de los grandes méritos de la construcción europea es no imponer límites a ningún Estado miembro, pero tampoco se puede impedir que otros avancen más.

Etienne Davignon

Hay que salvaguardar el mercado único, que da fuerza a la UE en todo tipo de negociaciones. La amenaza terrorista solo puede combatirse mediante una estrategia con cuatro pilares: Asegurar una cooperación policial y judicial ejemplar y controlar las fronteras exteriores. Emplear los medios necesarios para garantizar la libre circulación de personas en el espacio Schengen y combatir contra los traficantes de personas. Exigir a los que deseen vivir en la Unión el respeto a nuestros valores esenciales y a los Estados miembros el respeto a nuestra carta de derechos fundamentales. Seguir desarrollando la ayuda al desarrollo para que los países en guerra puedan superar las consecuencias económicas de los conflictos.

Hay que distinguir entre los que huyen de las guerras y quienes desean trabajar en la UE. No puede cuestionarse la solidaridad. Y debemos trabajar para sustituir la inmigración ilegal por una legal y organizada.

La independencia exige capacidad militar y, aunque o sea necesario un nuevo tratado, debemos dar los primeros pasos concretos.

El desencanto europeo ha coincidido con la caída del crecimiento. Hay que reanimar las inversiones y dar un trato especial, en los presupuestos públicos, a todo lo que contribuya al crecimiento.

El reconocimiento mutuo de los títulos y el programa Erasmus han contribuido a que, para las generaciones jóvenes, Europa sea una plataforma única. Hay que extenderlo a la formación técnica y las prácticas laborales.

La protección del medio ambiente, la transición energética y el desarrollo sostenible constituyen el gran desafío de nuestro siglo. ¿Alguien piensa que es posible avanzar de verdad fuera de la Unión?

La innovación es lo único capaz de hacer que nuestras empresas sean productivas y creadoras de empleo en una economía globalizada. La inquietud actual de los medios científicos británicos demuestra el valor añadido de pertenecer a la UE.

La conclusión es sencilla. Sin Europa, el futuro es sombrío. Nuestros dirigentes no deben olvidarlo, porque están construyendo lo que mañana será nuestra historia. No debemos ser solo gestores del presente, sino tener una perspectiva, una estrategia y unos objetivos. Debemos estar orgullosos de lo que conseguido, saber corregir nuestros errores y tener la solidaridad indispensable para construir un futuro común.

Jacques Delors, Jacques Santer y Romano Prodi son expresidentes de la Comisión Europea. Étienne Davignon es exvicepresidente de la Comisión Europea

Firman también este artículo Edmond Alphandery, Joachim Bitteerlich Brinkhorst, Phillippe Busquin, Willy Claes, Henri de Castries, Jaap de Hoop Scheffer,Mark Eyskens, Elisabeth Guigou, Pascal Lamy, Yves Leterme, Thomas Leysen, Louis Michel, Philippe Maystadt, Gerard Mestrallet, Joelle Milquet, Mario Monti, Annemie Neyts, Onno Ruding, Javier Solana, Antoinette Spaak Touskalis, Herman Van Rompuy, Antonio Vitorino, Enrique Baron, John Bruton, Gerhard Cromme, Franco Frattini, Wolfgang Ischinger, Stefano Micossi, Riccardo Perrischi y Andris Piebalgs.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia