tiranía

Los planetas alineados. De Manuel Hinds

21 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

El presidente electo pareciera tener todos los planetas alineados para tener éxito en su administración. Con el colapso del FMLN ha quedado clara la coincidencia de intereses que tenemos con Estados Unidos, una coincidencia que estuvo oculta por el apoyo que el FMLN y su gobierno dieron al régimen de Maduro en Venezuela, la peor dictadura que ha existido en Latinoamérica, y al de Ortega en Nicaragua.

Hay mucha gente que cree que la coincidencia está dada por la voluntad del nuevo gobierno de revertir ese apoyo y unirse a las demás democracias continentales en su rechazo a esas tiranías. Pero hay una coincidencia mucho más profunda: tanto Estados Unidos como el pueblo salvadoreño estamos interesados en convertir El Salvador en un país en el que la gente quiera vivir y hacer su futuro en él en vez de emigrar a Estados Unidos.

Como lo ha demostrado en las últimas semanas, Estados Unidos está dispuesto a invertir fuertemente en nuestro país económica y políticamente. Si no lo había hecho en las magnitudes en las que está dispuesto a hacerlo ahora era porque el FMLN no tenía ni el deseo de permitirlo (el FMLN siempre ha mantenido la actitud de que Estados Unidos es un enemigo) ni la capacidad de coordinar la enorme complejidad de las inversiones que se generarían, y tampoco de permitir el crecimiento del sector privado.

El presidente electo, en su reciente discurso en la Heritage Foundation en Washington D.C. estableció las líneas que su gobierno seguiría en términos de políticas exteriores y domésticas, todas en armonía con la democracia liberal, que es el motor de la sociedad estadounidense y que da las seguridades que los inversionistas, norteamericanos y locales, esperan para apostarle con fuerza al crecimiento de El Salvador.

Por otro lado, el colapso del FMLN también abre la puerta para darle viabilidad económica y política a la administración del presidente electo y en general a la democracia salvadoreña en un conjunto de circunstancias realmente histórico. La democracia ha funcionado en El Salvador ya por más de tres décadas pero es la primera vez en la que se dan dos circunstancias en las que la verdadera democracia puede consolidarse. Una es que por primera vez ninguna de las dos fuerzas políticas más poderosas está movida ideológicamente (si las palabras de la Heritage son sinceras) por el objetivo de destruir la democracia.

La otra es que, por primera vez también, el poder está realmente dividido en dos: el presidente tendrá el ejecutivo pero está muy lejos de tener los votos necesarios para controlar el legislativo. Esto había pasado en otros gobiernos, pero la diferencia de votos para lograr la mayoría era suficientemente pequeña para que los partidos pequeños (el PCN, GANA y la DC) pudieran asegurar que se lograría. Y así lo hicieron.

Ahora la diferencia es enorme. Si todos los partidos pequeños (incluyendo GANA, el del presidente electo) se unen lograrían apenas 23 votos de los 84 de la Asamblea. Pasar una medida por mayoría simple requiere 43 votos, que se pueden lograr sumando ARENA (37 votos) con los del presidente electo (11 de GANA para un total de 48), o con la suma de GANA, PCN, DC y FMLN (46 votos en total).

Estas situaciones se dan en muchas democracias, tanto que la madurez democrática puede medirse por la eficiencia con la que dos fuerzas políticas pueden colaborar por el beneficio del pueblo, sin entregarse la una a la otra pero cooperando por este beneficio. En Alemania, por ejemplo, este ha sido el caso por décadas.

La situación en El Salvador permite lograr una legitimidad enorme para el nuevo presidente si se logra armar una coalición basada en el beneficio del país. Esto haría historia. Si no se logra, el país entero va a perder en conflictos sin sentido.

Pero hay algo que puede desarticular todos los planetas que hoy están alineados: el intento de gobernar sin las instituciones del estado, saltándose el orden establecido por la ley. Cuando esto se hace, como en Venezuela y Nicaragua, el orden jurídico se derrumba, el poder se concentra absolutamente, y así es como surge la corrupción absoluta de esos países.

En esta semana el presidente electo tomó una acción con la que se saltó el orden jurídico del país cuando ordenó a la PNC que soltara a dos estudiantes capturados en una manifestación.

La policía los acusó de tirar proyectiles contra agentes policiales, un delito que se configura como desorden público y daños materiales. En un segundo twit, el presidente electo le dio dos horas a la PNC para soltarlos, amenazando a los policías individuales con que si no lo hacían les iba a abrir un expediente después del 1 de junio.

La PNC dijo que se apegaría a los plazos procesales establecidos por la ley y que, como también dice la ley, remitiría los expedientes a la Fiscalía General de la República, que es la que decide si los acusa o no.

Los procesos que establece la ley protegen a la ciudadanía contra las arbitrariedades del poder político. Ni un presidente ya en funciones tiene el poder para soltar a alguien que ha sido capturado. La policía debe entregar a los reos con su acusación a la Fiscalía y esta decide si acusarlos, y para condenarlos o soltarlos hay que ir a un juez. Eso evita que a alguien lo suelten o lo meten preso dependiendo de si le cae bien o no al presidente.

Esto es lo que ha pasado en Venezuela y en Nicaragua, y este poder sobre vidas y haciendas es lo que les permitió a Chávez, a Maduro y a Ortega imponer su tiranía a base de violencia. En todos estos casos, los presidentes justificaron el salto de las instituciones diciendo que todos los demás eran corruptos. Cuando las instituciones cayeron porque ellos se las saltaron, ellos se constituyeron en tiranos, y como dijo Lord Acton, con el poder absoluto se corrompieron absolutamente.

El presidente electo ha dicho que se opone a las tiranías de Venezuela y Nicaragua. Debe entonces evitar tomar acciones que convertirían a El Salvador en otra Venezuela y destruirían todas las posibilidades de progreso que se abren en este momento.

La servidumbre voluntaria. De Manuel Hinds

Con la red ya hecha, es mucho más difícil quitarse de encima un gobierno tiránico al que no le importa destruir económicamente a los ciudadanos y matarlos en manifestaciones diarias por tiempo indefinido.

manuel hindsManuel Hinds, 25 agosto 2017 / EL DIARIO DE HOY

En algún momento entre 1548 y 1552, cuando él tenía entre 18 y 22 años y era un estudiante de filosofía en la Universidad de Orleans, Étienne de la Boétie escribió su “Discurso de la Servidumbre Voluntaria”, en el que manifestó una curiosidad:

EDH log“Yo quisiera meramente entender cómo es que pasa que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones, sufren a veces bajo un tirano que no tiene otro poder que el poder que ellos mismos le dan a él; que puede hacerles daño solo hasta el punto que ellos tienen la voluntad de permitírselo; que no podría herirlos a menos que ellos prefieran aguantarlo que contradecirle”.

Un poco más de 200 años después, en 1777, David Hume, el filósofo británico, escribió un ensayo llamado “De los Primeros Principios de Gobierno”, en el que apuntó:
“Nada aparece más sorprendente a los que consideran los asuntos humanos con un ojo filosófico, que la facilidad con la que los muchos son gobernados por los muy pocos; y la implícita sumisión con la que los hombres subordinan sus propios sentimientos y pasiones a los de sus gobernantes. Cuando inquirimos por qué medios esta maravilla se realiza, que, como la FUERZA siempre está del lado de los gobernados, que los que gobiernan no tienen nada en qué apoyarse que la opinión pública. Es por tanto, que es únicamente en dicha opinión que el gobierno está fundado; y esta máxima se extiende a los más despóticos y los más militares de los gobiernos, tanto como a los más libres y más populares”.

De la Boétie y Hume se referían a la desproporción entre la fuerza de un tirano, que es una sola persona, y la de los tiranizados, que pueden ser millones, y que aun así sufren bajo la tiranía de ese uno. Ciertamente, el tirano puede tener el apoyo de personas armadas, pero igual, ellos son muchos más que él y lo podrían quitar en menos tiempo que un parpadeo.

Cuando uno lee las cosas que están pasando en Venezuela uno se pregunta si esto es realmente cierto, ya que el régimen del Socialismo del Siglo XXI se ha mantenido por años en contra de la opinión de la inmensa mayoría de venezolanos, manifestada en elecciones legislativas, en la petición de un referéndum revocatorio, en consultas populares en contra de Maduro y de su proyecto de cambiar la Constitución del país para convertirla aún más en una tiranía similar a Cuba, y en manifestaciones diarias en las que los venezolanos han expuesto su vida para repudiar a Maduro y a su partido por más de tres meses. Y, a pesar de todo eso, Maduro se mantiene basado en su capacidad de generar violencia contra el pueblo venezolano, que es el que le ha entregado su poder.

Lo que está pasando en Venezuela muestra que hay momentos distintos en las tiranías. Para lograr subyugar a países enteros, los tiranos necesitan crear redes de clientes que liguen no solo su progreso económico y político sino también su supervivencia al destino del tirano. Por eso los tiranos buscan gente que no podría mantener su estándar de vida si no fuera por el puesto que el tirano le ha dado. Saben que si el tirano cae, ellos caerán también.

El momento en el que el aspirante a tirano está creando estas redes es su momento más vulnerable porque crearlas toma bastante tiempo. En ese período el mayor peligro es que el pueblo descubra lo que está haciendo y lo prevenga. Esto no sucedió en Venezuela porque la población, con la característica negligencia latinoamericana, permitió que los socialistas del Siglo XXI formaran su red y destruyeran la institucionalidad del país. Ahora, con la red ya hecha, es mucho más difícil quitarse de encima un gobierno tiránico al que no le importa destruir económicamente a los ciudadanos y matarlos en manifestaciones diarias por tiempo indefinido. El precio que ha pagado Venezuela por su negligencia inicial ha sido terrible. El pueblo de El Salvador debe verse en ese espejo y esperar que todavía haya tiempo en las elecciones de 2018 y 2019.

Si no, entraremos al grupo de las sociedades que tanto sorprendían a de la Boétie y a Hume.

VENEZUELA: La tiranía institucional. De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 12 febreror 2017 / PRODAVINCI

La sigla oculta al verdugo.

Esas letras, tan exactas como impersonales, pueden ser un espejismo. Pueden servir para que no veas el rostro del agresor, para que no sepas quién te roba, para que no conozcas el nombre de tu violador. La sigla oculta al verdugo y legitima su crimen.

El tránsito del poder se expresa en el lenguaje. El nombre del Presidente también se ha devaluado. El mismo se ha encargado de restarle valor a sus propias palabras. Nicolás Maduro pierde día a día su significado. Pierde el sentido pero también pierde la voz. Ya no suena como antes. Es un Presidente que se ha dedicado a ser cada vez menos. Ha renunciado a sí mismo, a su posibilidad de ser Nicolás Maduro. Ha ido relegando sus funciones, sus deberes. Primero en los militares, ahora en Tareck El Aissami. Su nombre no tiene la misma fuerza. Ya no asusta a nadie. Tampoco convence a nadie. Nicolás Maduro: dos palabras que parecen estar desvaneciéndose. Cada vez con más frecuencia, están asociadas a una praxis insólita, absurda. ¿Qué se puede pensar de un Presidente que se ocupa de un animar un programa musical por la radio, mientras su país padece la inflación más alta del planeta?

prodavinciEl nombre de Nicolás Maduro se ha gastado muy rápidamente. Ya ni siquiera funciona bien a la hora de denominar a un dictador. Es tan chambón que no calza demasiado bien con ese título. Ya se presta más al chiste que al miedo. La casta que nos gobierna parece haberse quedado, provisionalmente, sin un eje en el lenguaje, sin un nombre único, claro. ¿Quién manda? En realidad, no lo sabemos. ¿Quién nos somete? ¿Quién destruye a la democracia y despoja a los ciudadanos de cualquier experiencia de poder? Aparentemente, nadie. Solo una sigla. Te ese jota.

Letras que no dicen nada y que lo dicen todo. La sigla es supuestamente aséptica. Independiente, inmaculado, incuestionable. Actúa con la solemnidad del orden para destruir el orden. Su eficacia reside en la pureza de su violencia. Ni siquiera tiene rostro. Peor aún: es el rostro de la justicia. Esa es su máscara. Este martes 7 de febrero, en la apertura del año judicial, así habló la sigla: “La gestión judicial es una construcción colectiva en la que magistrados y jueces dan su aporte ordinario y extraordinario para lograr las metas y objetivos planteados con templanza y mística para servir de la mejor manera a nuestra nación”. Es una voz llena de palabras huecas. Ni siquiera hacen ruido. Es el vacío.

Y, sin embargo, durante todo el año 2016, el TSJ se dedicó a rechazar, cancelar, suspender o prohibir, la democracia, el ejercicio del poder decretado por el pueblo en las últimas elecciones. “En un año —según asegura el abogado Gustavo Linares Benzo— se anularon más leyes que en 200 años”. La sala Constitucional se ha transformado en una banda de sicarios judiciales. Reciben instrucciones del gobierno y ejecutan de inmediato acciones en contra de cualquier propuesta que no haya sido aprobada por la élite oficial. Hay que vencer el espejismo de las siglas para no olvidar a los verdugos. Detrás de la sigla hay funcionarios concretos, nombres que se están prestando para esta masacre. Los escribo: Gladys Gutiérrez, Arcadio de Jesús Delgado, Carmen Zuleta de Merchán, Juan José Mendoza, Calixto Ortega, Luis Damiani, Lourdes Benicia Suárez. Los leo. Los pronuncio. Los repito. No quiero olvidarlos. Hay otra historia distinta a la historia oficial, un relato que no es el relato de los poderosos. Hay también una historia ciudadana, popular, que se tiene que seguir contando, que no puede olvidar a los infames y traidores de este tiempo.

El periodista Eugenio Martínez, especialista de alto calibre en la investigación y análisis del sistema y de los procesos electorales en el país, explica la compleja y perversa relación de sentencias y acciones entre el TSJ y el CNE para ir minando la alternativa de electoral y la existencia de los partidos políticos en el país. Es la danza macabra de las siglas. La tiranía institucional que permite un control del poder aun sin liderazgo. Chávez vive, la mafia sigue.

La naturaleza institucional de la dictadura tiene que estar, de entrada, en cualquier escenario de negociación. El punto de partida está corrompido. La sigla no es legítima. La sigla es la expresión más clara de la violencia de los privilegiados en contra de la mayoría de los venezolanos. Si no hay un nuevo Tribunal Supremo de Justicia, no hay diálogo posible. No hay futuro. No hay país.

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