terrorismo

Carta a Marta Evelyn Batres: Espero que nunca nos topemos con terroristas. De Paolo Luers

16 junio 2018 / El Diario de Hoy

Estimada diputada:
Desde que ingresaste a la Asamblea estás haciendo un excelente trabajo en el tema del agua, primero denunciando los abusos de la ANDA de Marco Fortín (el hombre que Funes puso al cargo de ANDA y a quien por razones inexplicables Sánchez Cerén mantuvo hasta que ya no era sostenible); luego en la articulación de la Ley de Agua, que el FMLN siempre exigió y nunca hizo. Mi opinión sobre esta ley y el absurdo debate de privatización se puede leer en mi columna en la presente edición de El Diario de Hoy.

Hasta ahí vas muy bien, diputada. Pero cometés un error muy grave tildando de ‘terroristas’ a los estudiantes que el jueves atacaron a la Asamblea para protestar contra la supuesta privatización del agua. Hablaste de “actos terroristas que se han dado dentro de la Asamblea, donde se trató de entrar a la fuerza.”

Te voy a explicar por qué es grave. Ya por una decisión irresponsable de la Sala de lo Constitucional tenemos en el país, de la noche a la mañana, 60 mil terroristas. Cuando un grupo de la sociedad se declara terrorista, la consecuencia es que el Estado comienza a enfrentarlos como terroristas. Los resultados los tenemos a la vista: la militarización de la seguridad pública y enfrentamientos diseñados para aniquilar. Así se enfrenta a terroristas.

Encima de esto, ¿queremos más terroristas, por ejemplo los miles de estudiantes u otros jóvenes frustrados e indignados que logren engañar, radicalizar y movilizar el FMLN, en su intento de oxigenarse, o Bukele, en su intento de perfilarse como el verdadero redentor ‘del pueblo’? ¿En serio, Tita? ¿Y queremos enfrentarlos como se enfrenta a terroristas, o sea con represión inclemente? Yo digo que no. El país no lo aguantará.

Los que atacaron la Asamblea no son terroristas. Como Norman Quijano dijo correctamente, son vándalos engañados por políticos irresponsables. Ser brutos e incapaces de argumentar sin violencia torpe no los convierte en terroristas. Ojalá que nunca veamos en este país ningún ataque terrorista a la Asamblea Legislativa u otros blancos nacionales. A terroristas no los hubieran podido repeler unos vigilantes con sus spray de gas pimienta. Terroristas generan terror, y para hacerlo llegan con bombas o fusiles automáticos. Estos llegaron con piedras y palos, y lo que generaron fue lástima.

Además, si en nuestro país hay suficientes jóvenes que se dejan arrastrar a luchas callejeras y vandalismo por políticos que declaran cruzadas, algo hemos hecho mal, tanto los líderes políticos como los de opinión. No hemos sido capaces de introducir suficiente racionalidad en el debate – por ejemplo en el tema del agua. Vos estás haciendo un buen trabajo para llenar este vacío, no lo pongás en riesgo contestando a posiciones irracionales con otras pasiones exageradas – por ejemplo hablando de terroristas, cuando lo que tenés en frente son turbas que ya casi estaban en extinción en la UES – y que ahora tratan de recuperar su control político-ideológico sobre el alma mater valiéndose de la cruzada contra la privatización.

Les pido calma a ustedes, los diputados, y a los que en redes hacen arenga contra un terrorismo que no existe. Si los del FMLN y Nuevas ideas quieren enfrentarse a fantasmas, como la supuesta privatización del agua, no les hagan el favor de pelear contra otros fantasmas, como el terrorismo.

Sigan trabajando las leyes y reformas que sean necesarias. Tomen en cuenta las críticas, y aguanten los ataques de los imbéciles.

Saludos,

Posdata: Cuando mandé esta carta, no había visto esta publicación en facebook de Carolina Ramírez, vicepresidenta de campaña de ARENA, basado en
un comunicado de prensa de la Asamblea Legislativa. Al haberla visto, no
hubiera recononocido de ‘correctas’ las declaraciones de
Norman Quijano, y la carta la hubiera mandado a él.

 

Lea también:
Excorcismo contra fantasmas

 

Sangre derramada. De Mario Vargas Llosa

MARIO VARGAS LLOSA

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 20 agosto 2017 / EL PAIS

El terrorismo fascinó siempre a Albert Camus y, además de una obra de teatro sobre el tema, dedicó buen número de páginas de su ensayo sobre el absurdo, El mito de Sísifo, a reflexionar sobre esa insensata costumbre de los seres humanos de creer que asesinando a los adversarios políticos o religiosos se resuelven los problemas. La verdad es que salvo casos excepcionales en que el exterminio de un sátrapa atenuó o puso fin a un régimen despótico –los dedos de una mano sobran para contarlos- esos crímenes suelen empeorar las cosas que quieren mejorar, multiplicando las represiones, persecuciones y abusos. Pero es verdad que, en algunos rarísimos casos, como el de los narodniki rusos citados por Camus, que pagaban con su vida la muerte del que mataban por “la causa”, había, en algunos de los terroristas que se sacrificaban atentando contra un verdugo o un explotador, cierta grandeza moral.

el paisNo es el caso, ciertamente, de quienes, como acaba de ocurrir en Cambrils y en las Ramblas de Barcelona, embisten en el volante de una camioneta contra indefensos transeúntes –niños, ancianos, mendigos, jóvenes, turistas, vecinos- tratando de arrollar, herir y mutilar al mayor número de personas. ¿Qué quieren conseguir, demostrar, con semejantes operaciones de salvajismo puro, de inaudita crueldad, como hacer estallar una bomba en un concierto, un café o una sala de baile? Las víctimas suelen ser, en la mayoría de los casos, gentes del común, muchas de ellas con afanes económicos, problemas familiares, tragedias, o jóvenes desocupados, angustiados por un porvenir incierto en este mundo en que conseguir un puesto de trabajo se ha convertido en un privilegio. ¿Se trata de demostrar el desprecio que les merece una cultura que, desde su punto de vista, está moralmente envilecida porque es obscena, sensual y corrompe a las mujeres otorgándoles los mismos derechos que a los hombres? Pero esto no tiene sentido, porque la verdad es que el podrido Occidente atrae como la miel a las moscas a millones de musulmanes que están dispuestos a morir ahogados con tal de introducirse en este supuesto infierno.

1503153835_678637_1503153913_noticia_normal_recorte1Tampoco parece muy convincente que los terroristas del Estado islámico o Al-Qaeda sean hombres desesperados por la marginación y la discriminación que padecen en las ciudades europeas. Lo cierto es que buen número de los terroristas han nacido en ellas y recibido allí su educación, y se han integrado más o menos en las sociedades en las que sus padres o abuelos eligieron vivir. Su frustración no puede ser peor que la de los millones de hombres y mujeres que todavía viven en la pobreza (algunos en la miseria) y no se dedican por ello a despanzurrar a sus prójimos.

La explicación está pura y simplemente en el fanatismo, aquella forma de ceguera ideológica y depravación moral que ha hecho correr tanta sangre e injusticia a lo largo de la historia. Es verdad que ninguna religión ni ideología extremista se ha librado de esa forma extrema de obcecación que hace creer a ciertas personas que tienen derecho a matar a sus semejantes para imponerles sus propias costumbres, creencias y convicciones.

El terrorismo islamista es hoy día el peor enemigo de la civilización. Está detrás de los peores crímenes de los últimos años en Europa, esos que se cometen a ciegas, sin blancos específicos, a bulto, en los que se trata de herir y matar no a personas concretas sino al mayor número de gentes anónimas, pues, para aquella obnubilada y perversa mentalidad, todos los que no son los míos –esa pequeña tribu en la que me siento seguro y solidario- son culpables y deben ser aniquilados.

Para mí las Ramblas son un lugar mítico,
la ciudad empezó a liberarse antes que el resto de España

Nunca van a ganar la guerra que han declarado, por supuesto. La misma ceguera mental que delatan en sus actos los condena a ser una minoría que poco a poco –como todos los terrorismos de la historia- irá siendo derrotada por la civilización con la que quieren acabar. Pero desde luego que pueden hacer mucho daño todavía y que seguirán muriendo inocentes en toda Europa como los catorce cadáveres (y los ciento veinte heridos) de las Ramblas de Barcelona y sembrando el horror y la desesperación en incontables familias.

Acaso el peligro mayor de esos crímenes monstruosos sea que lo mejor que tiene Occidente –su democracia, su libertad, su legalidad, la igualdad de derechos para hombres y mujeres, su respeto por las minorías religiosas, políticas y sexuales- se vea de pronto empobrecido en el combate contra este enemigo sinuoso e innoble, que no da la cara, que está enquistado en la sociedad y, por supuesto, alimenta los prejuicios sociales, religiosos y raciales de todos, y lleva a los gobiernos democráticos, empujados por el miedo y la cólera que los presiona, a hacer concesiones cada vez más amplias en los derechos humanos en busca de la eficacia. En América Latina ha ocurrido; la fiebre revolucionaria de los años sesenta y setenta fortaleció (y a veces creó) a las dictaduras militares, y, en vez de traer el paraíso a la tierra, parió al comandante Chávez y al socialismo del siglo XXI en la Venezuela de la muerte lenta de nuestros días.

Para mí, las Ramblas de Barcelona son un lugar mítico. En los cinco años que viví en esa querida ciudad, dos o tres veces por semana íbamos a pasear por ellas, a comprar Le Monde y libros prohibidos en sus quioscos abiertos hasta después de la medianoche, y, por ejemplo, los hermanos Goytisolo conocían mejor que nadie los secretos escabrosos del barrio chino, que estaba a sus orillas, y Jaime Gil de Biedma, luego de cenar en el Amaya, siempre conseguía escabullirse y desaparecer en alguno de esos callejones sombríos. Pero, acaso, el mejor conocedor del mundo de las Ramblas barcelonesas era un madrileño que caía por esa ciudad con puntualidad astral: Juan García Hortelano, una de las personas más buenas que he conocido. Él me llevó una noche a ver en una vitrina que sólo se encendía al oscurecer una truculenta colección de preservativos con crestas de gallo, birretes académicos y tiaras pontificias. El más pintoresco de todos era Carlos Barral, editor, poeta y estilista, que, revolando su capa negra, su bastón medieval y con su eterno cigarrillo en los labios, recitaba a gritos, después de unos gins, al poeta Bocángel. Esos años eran los de las últimas boqueadas de la dictadura franquista. Barcelona comenzó a liberarse de la censura y del régimen antes que el resto de España. Esa era la sensación que teníamos paseando por las Ramblas, que ya eso era Europa, porque allí reinaba la libertad de palabra, y también de obra, pues todos los amigos que estaban allí actuaban, hablaban y escribían como si ya España fuera un país libre y abierto, donde todas las lenguas y culturas estaban representadas en la disímil fauna que poblaba ese paseo por el que, a medida que uno bajaba, se olía (y a veces hasta se oía) la presencia del mar. Allí soñábamos: la liberación era inminente y la cultura sería la gran protagonista de la España nueva que estaba ya asomando en Barcelona.

¿Era precisamente ese símbolo el que los terroristas islámicos querían destruir derramando la sangre de esas decenas de inocentes al que aquella furgoneta apocalíptica –la nueva moda- fue dejando regados en las Ramblas? ¿Ese rincón de modernidad y libertad, de fraterna coexistencia de todas las razas, idiomas, creencias y costumbres, ese espacio donde nadie es extranjero porque todos lo son y donde los quioscos, cafés, tiendas, mercados y antros diversos tienen las mercancías y servicios para todos los gustos del mundo? Por supuesto que no lo conseguirán. La matanza de los inocentes será una poda y las viejas Ramblas seguirán imantando a la misma variopinta humanidad, como antaño y como hoy, cuando el aquelarre terrorista sea apenas una borrosa memoria de los viejos y las nuevas generaciones se pregunten de qué hablan, qué y cómo fue aquello.

Carta a los amigos de la libertad en Berlin y El Salvador: No hay que ceder. De Paolo Luers

Paolo Luers, 24 diciembre 2016 / EDH

paolo luers caricaturaQueridos amigos:
Berlin es mi ciudad. No nací ahí. No crecí ahí. No pasé mi infancia ahí. Pero es la ciudad donde me convertí en ciudadano pensante y crítico. La ciudad de Berlin de la guerra fría, del muro, pero también de la rebelión estudiantil del 68 donde me nació vocación a la política, el periodismo, la literatura y la rebelión.

El Breitscheidplatz (Plaza Breidscheid), a la sombra de la Gedächtniskirche (Iglesia Memorial) que con su campanario-ruina y su nave moderna simboliza al mismo tiempo la guerra y la reconstrucción de Alemania, para mi ha sido escenario de fiestas inolvidables, pero también de manifestaciones donde nos enfrentamos a la guerra de Vietnam, al pasado nazi de nuestros padres y a los antimotines.

diario hoyEn esta plaza, como en cada diciembre convertida en mercado navideño, el terrorismo islámico golpeó a esta ciudad cosmopolita y multicultural. El atentado, cometido con un camión que echaron encima a los visitantes de este mercado navideño, es un atentado contra lo que simboliza Berlin: la libertad.

Así lo sentí yo. Así lo sintieron mis amigos que siguen viviendo en Berlin. La reacción de los berlineses fue unánime: “Jamás vamos a permitir que el terrorismo nos obligue a cambiar nuestra forma de vida. La única defensa aceptable es más democracia, más pluralidad, más libertad.”

La capital europea de las fiestas sigue de fiesta. Sus habitantes, al tiempo que condenan al terrorismo, rechazan las voces que gritan por más Estado policíaco, por restricciones a las libertades, y por políticas contra los inmigrantes y refugiados que huyen de las guerras en Medio Oriente. Su convicción: Solo una sociedad abierta y solidaria tiene la fuerza de resistir los embates del terrorismo y autoritarismo.

Lo mismo está pasando en El Salvador. Ante el asedio de la delincuencia y la incapacidad del gobierno de enfrentarla con políticas que va a las raíces del problema, muchos gritan por más represión, más militarización de la policía – al fin, por una democracia más restringida. Pero también hay muchos que reaccionamos como los berlineses: No queremos defender nuestra libertad restringiéndola. No queremos un Estado de policía. No queremos una policía militarizada.

Navidad es buen momento para hacer esta reflexión. Alemania está bajo asedio de los populistas, pero la canciller Angela Merkel se niega a aplicar políticas de mano dura contra todos los inmigrantes y refugiados, sólo porque algunos atacan los valores de libertad y pluralismo. Su receta no es exclusión, sino más inclusión, contrario a lo que Donald Trump predica en Estados Unidos y a lo que FMLN practica en El Salvador. Los enemigos de las sociedades abiertas y plurales quieren aprovechar la crisis de seguridad para construir sociedades con menos libertades. No les hagamos el favor.

Felices fiestas, a pesar de todo.

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Los terroristas muertos no sirven para nada. De Kai Ambos

Este artículo de un jurista alemán, experto en derecho penal latinoamericano, provocará mucha polémica en El Salvador, un país donde cada día mueren personas consideradas ‘terroristas’ en enfrentamientos con fuerzas policiales. Precisamente por esto consideramos necesario que su punto de vista se discuta.

Segunda Vuelta

Fotografía de Christian Hartmann tomada el viernes 13 de noviembre de 2015 durante una serie de atentados terroristas que tuvieron lugar en París y arrojaron más de 150 muertos. Reuters.

Fotografía de Christian Hartmann tomada el viernes 13 de noviembre de 2015 durante una serie de atentados terroristas que tuvieron lugar en París y arrojaron más de 150 muertos. Reuters.

Kai Ambos, 15 septiembre 2016 / PRODAVINCI

prodavinciKai Ambos es Catedrático de Derecho Penal, Derecho Procesal Penal, Derecho Comparado y Derecho Penal Internacional en Alemania en la Georg-August Universität Göttingen (GAU). Director del Centro de Estudios de Derecho Penal y Procesal Penal Latinoamericano (CEDPAL) de la GAU y juez del Tribunal Provincial de Göttingen.

Resulta sorprendente la escasa discusión pública que genera el hecho de que la policía haya dado muerte a todos los autores de atentados terroristas de los últimos tiempos, ya sea en Francia, Canadá o Alemania. En un reportaje de la BBC world news sobre la muerte de los supuestos terroristas de Ontario (Canadá) se informó solamente sobre la biografía y las posibles conexiones de éstos con el denominado Estado Islámico (EI) sin decir nada respecto a las circunstancias de sus muertes.

Esto resulta sintomático de la cobertura que se da a casos de este tipo. En ese sentido, casi se tiene la impresión de que la muerte sería una consecuencia natural y necesaria de las intervenciones policiales; y esto evoca al llamado a la “lucha contra el terrorismo”, realizado por el presidente de los Estados Unidos, George Bush Jr., tras los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Las consecuencias para los Derechos Humanos son ampliamente conocidas. En Alemania basta recordar el destino que corrió El Masri, un ciudadano alemán de origen kuwaití que fue recluido en Guantánamo. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos aprovechó éste y otros casos para evaluar las denominadas “entregas extraordinarias” (extraordinary renditions) de los norteamericanos y constató, entre otras violaciones, infracciones contra el derecho a la libertad y la prohibición de tortura.

A pesar de todo esto, el presidente francés, François Hollande también se sirve de la retórica de la guerra, adhiriendo con ello a una argumentación que en lo fundamental pone en cuestión el derecho a la vida de los terroristas —ya sea como enemigos de la sociedad civil o como combatientes ilegales—. Tampoco el llamado a utilizar las fuerzas militares ayuda mucho en este contexto. Al contrario, esto no resulta digno de un Estado de Derecho que cuenta con una policía profesional.

En un Estado de Derecho, la prohibición de matar rige casi de modo absoluto en tiempos de paz. Pero incluso en un conflicto armado sólo existe un derecho limitado a matar a los combatientes, suponiendo –con base en la mencionada retórica del presidente francés– que haya un conflicto con el EI (Estado Islámico). De hecho, ya resulta bastante discutible si los miembros del EI pueden ser considerados como combatientes.

De todos modos, en tiempos de paz sólo existe un derecho a matar en casos excepcionales, en concreto, cuando matar constituye el único medio para defender bienes jurídicos fundamentales. Los penalistas llaman a esto “legítima defensa”, la cual constituye un principio general de derecho comparado e internacional. Sin embargo, en todos los sistemas jurídicos la legítima defensa tiene límites, impuestos por el principio de proporcionalidad, en casos de reacciones excesivas.

Por lo demás, de acuerdo con la comprensión alemana, ampliamente dominante en el ámbito jurídico-penal hispanoamericano, una muerte puede en todo caso ser exculpada pero no justificada, y ello cuando representa el único medio para salvar la propia vida –fuera de situaciones de grave agresión.

La distinción entre justificación y exculpación es altamente significativa pues ella demarca el límite entre el injusto objetivo y la culpabilidad subjetiva. Así, quien se halla justificado actúa de conformidad con el derecho; en cambio, quien sólo es exculpado infringe el derecho aunque, al final, esto no le pueda ser reprochado. Las causas de justificación y de exculpación son aplicables a todos los ciudadanos. Sin embargo, se discute si los policías pueden invocarlas, considerando que estos disponen de derechos de represión específicos. Esto también incluye un derecho a matar en situaciones excepcionales (“fuerza final letal”).

En ese contexto, en un Estado de Derecho todo uso letal de armas de fuego por parte de la policía puede y tiene que ser investigado y examinado de una forma crítica e independiente. Los controles democráticos estatales, sobre todo respecto del uso de la fuerza policial, pertenecen a las bases de todo Estado de Derecho. La colectividad tiene un derecho a la información, el cual tiene que plasmarse mediante un periodismo crítico de calidad. Por consiguiente, no es la pregunta sobre la necesidad de una muerte la que requiere de una justificación sino más bien el hecho de la muerte misma.

Plantear esa pregunta no significa naturalmente colocar a la policía bajo una sospecha generalizada. Más bien, sólo implica hacer lo mismo que se hace en todos los casos en los que se produce una muerte entre ciudadanos: la realización de una investigación penal para constatar si existe un comportamiento punible o, por lo menos, antijurídico. No debe olvidarse que la policía, en tanto autoridad pública y representante más notable del monopolio de la violencia estatal, está sujeta –aunque esto sea lo que precisamente se olvida muy rápido cuando la seguridad pública peligra de un modo extremo– a reglas más estrictas en comparación con los ciudadanos normales. Esto se revela ya en muchos ámbitos del ordenamiento jurídico, por ejemplo, en el hecho de que una lesión corporal causada por un policía sea sancionada más severamente que la ocasionada por un ciudadano normal.

Plantear la cuestión acerca de la justificación de una muerte no significa en ningún caso una anticipación de la respuesta. El resultado de todo examen depende –y esto lo saben muy bien la policía y la fiscalía– de las circunstancias del caso concreto. En ese sentido, los diagnósticos genéricos emitidos por los medios o incluso por los denominados expertos en terrorismo no resultan útiles. Aquí hay que considerar diversos factores, especialmente las circunstancias concretas de la intervención policial; pero también la amenaza terrorista actual, la presión sobre las fuerzas policiales vinculada a aquella, así como la formación de éstas.

En ese sentido, uno podría esperar que en una situación conflictiva concreta las fuerzas de operaciones especiales, específicamente entrenadas para afrontar esas situaciones, puedan limitarse a neutralizar la capacidad agresora del atacante cuando su muerte no sea obligatoriamente necesaria, evitando así mayores daños.

Más allá de todas estas consideraciones jurídicas también es importante recordar lo siguiente: los terroristas muertos no aportan ninguna información para la lucha antiterrorista, sólo sirven para la propaganda terrorista

The Observer view on Pope Francis’s comments on a world at war. Editorial de The Guardian

Pope Francis walks through the gate of Auschwitz on Friday. Photograph: Filippo Monteforte/AP

Pope Francis walks through the gate of Auschwitz on Friday. Photograph: Filippo Monteforte/AP

guardianEditorial, 30 julio 2016 / THE GUARDIAN

Pope Francis is a thoughtful man whose views should be taken seriously. So his unusually dramatic declaration last week that the world is at war deserves closer scrutiny. The pope was responding to the shocking murder in Normandy of a Catholic priest, Father Jacques Hamel, by two French-born Isis recruits and two earlier Islamist attacks in Germany. But his remarks raised wider questions reaching far beyond the immediate struggle against random acts of terrorism.

“The word we hear a lot is insecurity, but the real word is war,” the pope said. “We must not be afraid to say the truth, the world is at war because it has lost peace.” Continuing, he sought to clarify what he meant. “When I speak of war, I speak of wars over interests, money, resources, not religion. All religions want peace; it’s the others who want war.”

Is Francis right? Is the world at war? Looking at recent events, including the Bastille Day atrocity in Nice, a string of lesser attacks in German cities and, for example, the ongoing, merciless bombardment of 300,000 people trapped in what remains of Aleppo, it is tempting to answer with a heartfelt “Yes”. Day after day, our televisions, radios, mobiles and newspapers deliver awful tidings of yet more egregious examples of man’s inhumanity to man.

Yet our perspective is skewed. Figures compiled by the University of Maryland’s Global Terrorism Database show that, in western Europe, the number of civilians killed as a result of terrorist acts has fallen sharply in recent years from peaks in the 1970s and 1980s. Even then, at the height of IRA, Basque separatist, Red Brigades, Baader-Meinhof and PLO activity, the annual toll numbered a few hundred. Current fatality levels in Europe are significantly lower, despite the rise of Isis.

In point of fact, the vast majority of civilian deaths from terrorism in 2015 – 74% – were confined to five countries: Iraq, Afghanistan, Nigeria, Syria and Pakistan. Or looked at another way, between 1969 and 2009, there were 38,345 terrorist incidents around the world. Of these, 2,981 were directed against the US, while the remaining 92% were directed at other, mostly poor nations. The worst single atrocity since 9/11 took place this month in Baghdad, where Isis bombs killed hundreds.

If the pope’s claim about a world at war is set against a broader measure of armed conflicts, similar doubts arise. According to the International Institute for Strategic Studies, about 167,000 people died in armed conflicts in 2015, historically far fewer than in the post-colonial and Cold War periods of the last century. This figure is itself distorted by Syria, which accounted for 55,000 of the total. Again, a handful of countries accounted for most of the remaining deaths, notably Nigeria, Afghanistan and Mexico.
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These figures suggest three things: that, overall, worldwide levels of organised state against state, internal state and non-state (terrorist) violence have significantly declined over the past 50 years; that the conflicts that persist are mostly confined to a diminishing number of countries or regions, not in Europe or the US; and that most parts of the world are enjoying an unprecedented period of prolonged peace. The big picture, as delineated by academics such as Harvard’s Steven Pinker, is not one of a “world at war”, but of a world that may, slowly, be learning to deal with problems by non-violent means.

Such conclusions plainly fly in the face of popular, western perceptions of heightened physical threat, as enunciated by the pope. This may be because violence, particularly Islamist terrorism, is suddenly much more in evidence on our own doorsteps. It may be because, thanks to mass media and the internet age, ordinary citizens are more aware now of global contemporary events than at any time in human history. The result is an exaggerated, disproportionate sense of the dangers presented by our own times. This may also stem from woeful, collective ignorance of recent and not so recent history.

But this disconnect between the objective reality of present-day conflict, the emotions and fears surrounding it and the language and terminology used to describe it, may be deeper rooted. As Francis suggested, the shared conception that we are living in a time of war arises from conflicts in many other dimensions, such as the “war” over disappearing natural resources and environmental protection, the “wars” on poverty, on drugs and on preventable disease, or the “war” between business interests, represented by global corporations and international capitalism and the common people’s recurring aspirations, now ever harder to crush or deny, for fair, equal and just societies based on human rights, shared responsibilities and agreed laws.

Maybe Francis was also pointing, opaquely, to what might be termed a war of minds, a global war of ideas, one that rages ever more fiercely in a 21st century whose dawn, supposedly, marked the beginning of a post-ideological age but that now grows desperate (and violent) in its search for belief, certainty, conviction and truth.
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How else to account for nationalists, populists, demagogues, charlatans and rogues from Trump Towers to Vienna’s far-right Freedom party to France’s Front National to Greece’s Golden Dawn, which peddle absolutist solutions, perverse panaceas and divisive, separatist slogans with such evident, partisan support?

And how else to interpret the religious rift, or fitna, within Islam between Sunni and Shia, and between Islam and the west, if not in terms of a battle of dogma and belief? The pope may be correct that this is not a war of religions, certainly not a war led by established religious leaders such as himself. But to claim that the current, intensifying global battle for new, viable credos for the new century is not, in part, a religious and spiritual struggle, too, is surely delusional.

Thomas Hobbes believed man’s natural, eternal state was “warre”. The aim and duty of every human society before and since has been to prove him wrong – and to resurrect Francis’s “lost peace”.

Amnesty photographer Leila Alaoui killed in Burkina Faso al-Qaeda attack

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Tom Seymour, 19 enero 2016 / BRITISH JOURNAL OF PHOTOGRAPHY

Leila Alaoui, the 33-year-old French-Moroccan photographer, died last night as a result of injuries sustained during Friday’s al-Qaeda terrorist attack in Burkina Faso, along with her driver, Mahamadi Ouédraogo, a father of four.

Screen Shot 2016-01-19 at 12.02.33 PMAlaoui was working on assignment on women’s rights issues for Amnesty International. The human rights organisation and French culture and communications minister Fleur Pellerin both confirmed her death this morning.

Alaoui was seriously injured when militant gunmen affiliated to al-Qaeda in the Islamic Maghreb (AQIM) stormed the Splendid Hotel and the Cappuccino restaurant in Ouagadougou, the capital city of Burkina Faso, West Africa.

Mahamadi Ouédraogo who was killed along with photographer Leila Alaoui in the Al Qaeda attack in Ougadougou Burkina Faso, on Friday 15 January 2016. He had worked with Amnesty since 2008 as a driver.

Mahamadi Ouédraogo who was killed along with photographer Leila Alaoui in the Al Qaeda attack in Ougadougou Burkina Faso, on Friday 15 January 2016. He had worked with Amnesty since 2008 as a driver.

Alaoui’s death raises the death toll to 30, of 18 separate nationalities. French and Burkinabe armed forces were forced to storm the hotel and restaurant after the gunmen took 126 people as hostages – they were later freed. The attack marks the biggest terrorist incident in Burkina Faso’s history, and is a major escalation of Islamist militancy in West Africa.

Alaoui and Ouédraogo were parked outside the Cappuccino cafe, opposite the Splendid Hotel – both popular venues for travellers – when the attack occurred.  Both were shot multiple times at close range.

Malika ‘La Slammeuse’ photographed by Leila Alaoui in Ouagadougou, Burkina Faso, on 13 January 2016, as part of the My Body My Rights campaign on sexual and reproductive rights.

 

Her mother, Christine Alaoui, said her daughter had suffered gunshot wounds to her lung, abdomen, arm, leg and kidney.

Alaoui underwent a six-hour operation over the weekend at a local hospital and was expected to be flown back to France soon, but she succumbed to her injuries on Monday night after suffering a heart attack.

Alaoui’s mother told the French publication le360 that her daughter was among those evacuated by the Burkinabe security forces.

Martine Kabore photographed by Leila Alaoui in Ouagadougou, Burkina Faso, on 13 January 2016, as part of the My Body My Rights campaign on sexual and reproductive rights. Martine works at the Pan Bila shelter for young girls who have experienced forced marriage, early pregnancy and sexual violence.

Martine Kabore photographed by Leila Alaoui in Ouagadougou, Burkina Faso, on 13 January 2016, as part of the My Body My Rights campaign on sexual and reproductive rights. Martine works at the Pan Bila shelter for young girls who have experienced forced marriage, early pregnancy and sexual violence.

“She was shot twice in the leg and her arm,” her mother said. “She lost a lot of blood before being evacuated.”

Born in Paris in 1982, Alaoui studied photography at City University of New York (CUNY). She lived between her native Morocco and Beirut, Lebanon.

She described her work as exploring “the construction of identity and cultural diversity, often through the prism of the migration stories that intersect the contemporary Mediterranean. Her images express social realities using a visual language that combines the narrative depth of documentary storytelling and the aesthetic sensibilities of fine art.”

In an interview with Al Jazeera, Alaoui discussed her ongoing interest in migration, saying:

“Throughout my adolescence in Morocco, stories of migrants drowning at sea became regular on the news. In my eyes, these stories were constant reminders of deep-rooted social injustice.

“My French-Moroccan identity gave me the privilege of crossing borders freely while others couldn’t. When I turned 18, I moved to the United States and became even more exposed to questions of belonging and identity construction. I developed strong interests in ethnic minorities, sub-cultures and marginalised groups.

“This strengthened my conviction to develop my own style and voice, using photography, video art and social activism.”

Her work has been exhibited internationally at galleries including the prestigious Maison Européenne de la Photographie in Paris, and has been featured in newspapers including The New York Times and Vogue.

A full statement from Amnesty reads:

“It is with great sadness that Amnesty International has learned of the tragic death of photographer Leila Alaoui and driver Mahamadi Ouédraogo, as a result of the al-Qaeda attack in Ouagadougou on Friday.

“Leila was shot twice, in the leg and thorax, but was quickly taken to hospital and was initially in a stable condition following an operation. A medical evacuation was being prepared when she suffered a fatal heart attack.

“Leila was a talented French-Moroccan photographer who we had sent to Burkina Faso to carry out a photographic assignment focusing on women’s rights.

“Mahamadi was killed in his car. A father of four, he was a great friend to Amnesty International having accompanied staff and consultants on missions in the country since 2008. Our thoughts are with his wife, children and family. He will be sorely missed.

“Amnesty International’s absolute priority is to ensure the best possible support for Mahamadi and Leila’s families. The organization’s representatives are at the hospital liaising with her family, doctors and all necessary officials.

“Mahamadi and Leila were parked outside the Cappuccino cafe, opposite the Hotel Splendid when the attack occurred.

“Ouagadougou was not considered to be a high-risk destination and Leila was being supported by colleagues from our national office in Burkina Faso during her assignment and accompanied by Mahamadi, a national of Burkina Faso.”

See more of Alaoui’s work here. More details to follow. 

Vea el sitio WEB de Leila Alaoui

 

«Que se vayan a la mierda», les desea Charlie Hebdo a los terroristas de Estado Islámico

La revista satírica publica mañana un número dedicado a los atentados de París. En su editorial señala que «los parisinos de 2015 se han convertido en los londinenses de 1940, determinados a no ceder, ni al miedo ni a la resignación.»

La portada de la revista Charly Hebdo un año después del atentado: «Ellos tienen las armas, que se vayan a la mierda, ¡nosotros tenemos el champán!»

Pagina de la revista Charlie Hebdo, un año después del atentado: «Ellos tienen las armas, que se vayan a la mierda, ¡nosotros tenemos el champán!»

MÓNICA ARRIZABALAGA, 4 enero 2015 / ABC

ABC«Ils ont les armes, on les enmerde, on a le champagne!» se lee en la portada del próximo número de Charlie Hebdo que sale mañana a la venta. La viñeta que firma Coco es la de un joven acribillado que sigue bailando y bebiendo champán que vierte a chorros por los balazos recibidos.

«Ellos tienen las armas, que se vayan a la mierda, ¡nosotros tenemos el champán!» vendría a ser la traducción al español del mensaje que la revista satírica envía a los yihadistas del Estado Islámico que mataron en París a 129 personas, la mayoría de ellos jóvenes que habían quedado ese viernes por la noche a cenar en un restaurante con amigos o habían acudido a la sala Bataclán a escuchar un concierto.

«Se sospechaba que a los atentados de enero les seguirían otros ataques. Esperábamos, resignados, que cayera sobre nuestras cabezas, como una espada de Damocles», señala el editorial de la revista que el 7 de enero fue asaltada por dos yihadistas que mataron a once personas. El ataque suscitó una respuesta en todo el mundo con el hastag «Je suis Charlie».

El semanario satírico recuerda en el texto que adelanta el diario «Liberátion» las palabras proféticas de William Churchill «sangre y lágrimas». «Sin saberlo, los parisinos de 2015 se han convertido en los londinenses de 1940, determinados a no ceder, ni al miedo ni a la resignación», añade, porque «es la única respuesta a los terroristas. Que sea inútil el terror que intentan crear».

En la viñeta del día destacada en la web de Charlie Hebdo también reflejan esa inutilidad del terror, con la representación de parisinos que retoman su vida normal con boina negra y su baguette bajo el brazo. Eso sí, como fantasmas, en el dibujo de Juin que recuerda a las víctimas.

Albert Uderzo también rinde homenaje a los fallecidos en los atentados con un dibujo especial de Astérix mostrando sus respetos junto a Obélix e Ideáfix, con una flor en la mano. «Más que nunca, necesitamos héroes que nos reconforten como Astérix y Obélix», señala el genial dibujante al diario Le Figaro.

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«Si tuviéramos la poción mágica, ¡qué útil nos sería!. Al mismo tiempo, en el espíritu de los pequeños, y de los menos jóvenes, creo que la poción mágica se encuentra en los álbumes de Astérix, Quizá la lectura de las aventuras de nuestros irreductibles galos nos pueda consolar de toda esta violencia que nos rodea», añade Uderzo.

La nota de "Liberation"

La nota de “Liberation”

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Charlie Hebdo:
«Un año después, el (Dios) asesino anda suelto»

El semanario satírico francés reivindica su supervivencia frente al fanatismo religioso en un número especial por el primer aniversario del atentado yihadista contra su redacció.

Portada del número especial de Charly Hebdo en el primer aniversaruio del atentado: «Un año después, el asesino sigue corriendo»

Portada del número especial de Charlie Hebdo en el primer aniversaruio del atentado: «Un año después, el asesino sigue corriendo»

EFE/Paris, 4 enero 2016 / ABC

El semanario satírico francés «Charlie Hebdo» reivindica su supervivencia frente al fanatismo religioso en un número especial por el primer aniversario del atentado yihadista contra su redacción, cometido el pasado 7 de enero.

ABCEl título de portada de la revista, que sale a la venta el miércoles, es «Un año después, el asesino sigue corriendo», sobre la caricatura de un dios que va a la carrera con las manos manchadas de sangre y con un kalachnikov a la espalda.

En su editorial, el director Laurent Sourisseau, conocido como «Riss» y uno de los supervivientes del ataque terrorista, señala que en la historia de «Charlie Hebdo» desde su reaparición en 1992 «la muerte siempre ha formado parte del periódico», en primer lugar porque estaba amenazado de desaparición por razones económicas.

Riss denuncia que desde que publicaron las famosas caricaturas del profeta Mahoma en 2006, «muchos esperaban que nos mataran», y en ese grupo incluye a «fanáticos embrutecidos por el Corán», pero también de otras religiones que «nos deseaban el infierno en el que creen por habernos atrevido a reírnos de la religión».

También -añade- algunos «intelectuales amargados» o «periodistas envidiosos»: «Ese atajo de locos y de cobardes quería nuestra muerte».

El director recuerda que en 2011 sufrieron un primer atentado, cuando fueron incendiados sus locales en un momento en que estaban vacíos, lo que llevó a la policía a darles protección.

Una protección que el mismo Riss reconoce que consideraba que no hacía falta un mes antes del ataque de enero de 2015: “las historias de las caricaturas era pasado. Pero la religión desconoce el tiempo. No cuenta en años o en siglos porque sólo cuenta la Eternidad”.

«Un creyente -razona-, sobre todo fanático, no olvida nunca la afrenta a su fe porque tiene por detrás y por delante la Eternidad. Es lo que habíamos olvidado en ‘Charlie’. La Eternidad nos cayó como un rayo ese miércoles 7 de enero».

Riss justifica la continuidad de la publicación después del atentado precisamente porque «todo lo que hemos vivido desde hace 23 años nos da la rabia» para continuar.

«Nunca hemos tenido -añade- tantas ganas de romper la cara a los que han soñado con nuestra desaparición. No serán unos gilipollas encapuchados los que van a echar por tierra el trabajo de nuestras vidas y todos los momentos formidables que vivimos con los que murieron. No serán ellos los que verán palmar a ‘Charlie’. Es ‘Charlie’ el que los verá palmar».

Su conclusión es que «las convicciones de los ateos y de los laicos pueden mover todavía más montañas que la fe de los creyentes».

Su número especial de esta semana sacará a la venta cerca de un millón de ejemplares con 32 páginas, en lugar de las 16 habituales, con ilustraciones de los dibujantes asesinados el 7 de enero pasado pero también de los actuales, así como mensajes de apoyo de personalidades.

Entre esas personalidades están las actrices Isabelle Adjani, Juliette Binoche o Charlotte Gainsbourg, intelectuales como Talisma Nasreen, o músicos como Ibrahim Maalouf, además de la ministra francesa de Cultura, Fleur Pellerin.