tecnología

Políticas económicas y sociales. De Manuel Hinds

Si queremos que el país crezca y se desarrolle, necesitamos invertir muy fuertemente en la formación de capital humano, principalmente en educación y en salud. Por supuesto, no se trata de cualquier educación, sino de una que integre a nuestros ciudadanos en la nueva economía.

manuel hindsManuel Hinds, 14 julio 2017 / EDH

La revolución tecnológica que estamos viviendo está transformando la vida entera, incluyendo las políticas económicas que son necesarias para asegurar el desarrollo del país. Estamos seguros de que estas nuevas tecnologías, basadas en el matrimonio de las computadoras y las comunicaciones, han lanzado una revolución porque han cambiado la dirección del progreso. La Revolución Industrial, que creó el mundo moderno empezando en Inglaterra a fines del siglo XVIII, estaba orientada a multiplicar el poder del músculo. La Revolución de la Conectividad, o la Revolución de la Información, como también es llamada, está orientada a multiplicar el poder de la mente.

EDH logA nadie le escapan los cambios enormes que las nuevas tecnologías han introducido en los comportamientos de las personas. Igual han cambiado la manera en la que se comportan las empresas en el mundo desarrollado. La conexión entre las computadoras y las comunicaciones ha permitido la coordinación de tareas complejas a distancia y de una manera instantánea. Esto ha revolucionado al mundo de maneras que benefician a los países en desarrollo.

Durante la Revolución Industrial la fábrica de cualquier producto tenía que estar toda localizada en un único lugar porque la producción podía coordinarse sólo si todas las actividades estaban en el mismo terreno. Hoy la coordinación puede realizarse a distancia, y esto permitió que las empresas pudieran partir sus líneas de producción, pasando las que producían partes sencillas del producto, que no requieren habilidades especiales, a países en desarrollo, en donde los salarios son más bajos, y dejando en los países desarrollados las tareas que requerían el trabajo de personal especializado que sólo se obtiene en esos países. Esto llevó a los encadenamientos productivos internacionales que ahora dominan la producción mundial.

Esta nueva organización permite que los países que quieren integrarse a la revolución lo puedan hacer a cualquier nivel de sofisticación, produciendo cosas muy sencillas con personal con poca educación, con bajos valores agregados, o cosas muy complejas de alto valor con personal altamente calificado. De esta forma, la proyección económica de un país se ha convertido en una función directa de la educación de su gente —lo que se llama el capital humano. Ahora se ha vuelto más obvio que los países ricos son ricos porque tienen gente educada, y los pobres son pobres porque su gente no tiene educación. Se ha vuelto obvio también que en el largo plazo las políticas sociales que aumentan el capital humano se han convertido en las políticas económicas más importantes.

La implicación para nuestro país, que tiene un bajo nivel de educación, es muy clara. Si queremos que el país crezca y se desarrolle necesitamos invertir muy fuertemente en la formación de capital humano, principalmente en educación y en salud. Por supuesto, no se trata de cualquier educación sino de una que integre a nuestros ciudadanos en la nueva economía. Esto requiere fortalecer algunas áreas tradicionales —tales como matemáticas, ciencias e ingenierías— y también algunas nuevas que se están convirtiendo en claves en el mundo moderno —tales como el desarrollo de la capacidad para trabajar en equipo, de las habilidades creativas, de la inteligencia emocional y del pensamiento crítico.

El cambio que se necesita es enorme, pero las mismas tecnologías de punta están facilitando la prestación de la educación y de los servicios de salud, volviéndolos más baratos y más efectivos. El tema de la inversión en capital humano debe abordarse con objetivos muy claros de lo que se debe lograr para mejorar el ingreso de los salvadoreños, y con criterios de eficiencia de Primer Mundo. Hay países como Finlandia y ahora Polonia que han logrado estos saltos de calidad teniendo muy claro que el deber del gobierno tiene que ser ayudar al individuo para que se desarrolle. El tema pasa por preparar mejor a los maestros y al personal de salud para que funcionen como funcionan los equipos en los países del Primer Mundo, y por prepararse para pagar los sueldos que son consistentes con esa calidad, y sólo cuando esa calidad exista. Sólo así podremos romper los círculos viciosos del subdesarrollo.

 

Escapando de la realidad. De Cristina López

Lo he dicho antes y lo diría mil veces: las redes sociales y la tecnología inteligente, como tales, son moralmente neutras. El uso que les damos y lo que intentamos conseguir a través de ellas es otra cosa completamente distinta.

Cristina López, 8 mayo 2017 / EDH

Hace muchos, muchísimos años, en las épocas en que la vida era blanco y negro, el internet era más lento que procesión en Semana Santa, y la gente aún se comunicaba exclusivamente por teléfono de línea fija, parte de los buenos modales que uno aprendía en la casa incluían la correcta etiqueta para llamar a alguien por teléfono. Antes de las 10 de la mañana probablemente era muy temprano, y después de las 10 de la noche, quizás era demasiado tarde. Saludar a quien contestara, con independencia que fuera la persona con la que queríamos hablar, era parte del proceso: “Buenos días/buenas tardes, ¿está Zutana/Mengano?”.

Tardarse demasiado en una llamada también era mal visto, por lo menos en mi casa, en la que monopolizar la línea telefónica implicaba negarle la vida social, la posibilidad de preguntar la tarea, o la capacidad de hacer una cita médica, al resto de miembros de mi numerosísima familia. Cualquiera que quebrantaba tan simple regla de convivencia, se enfrentaba al dicho lapidario paterno de “el teléfono sirve para acortar distancias, no para alargar conversaciones”. Y click, la conversación terminaba, voluntaria u obligadamente.

Y en el tiempo que pasaba entre una llamada telefónica y otra, la gente de esos tiempos se dedicaba a la cavernícola actividad de interactuar entre sí sin pantallas de por medio. Cara a cara. Usando la voz, gestos y viéndose a los ojos. A propósito, y a veces por horas y horas.

Nunca he sido parte del bando ridículo que culpa a las redes sociales y a los avances tecnológicos de todos los males de la tierra. Al contrario, las formas en las que mi generación se ha beneficiado con la capacidad de interconexión instantánea a todos los lugares del mundo, son incuantificables. En lo personal, estas conexiones me han permitido conseguir trabajos y entablar amistades cercanísimas con gente en lugares lejanísimos. Son estas conexiones lo que me mantiene sintiéndome en casa con mi numerosísima familia, a pesar de que tengamos décadas de no convivir bajo el mismo techo y mantenerme al día con amistades de infancia en nuestra adultez presente.

Y desde el punto de vista del activismo ciudadano, las redes y la tecnología nos han permitido organizarnos, educarnos, debatir de manera pacífica y empujar cambios de maneras más creativas y rápidas que lo que la organización comunitaria permitía hace un par de décadas. Lo he dicho antes y lo diría mil veces: las redes sociales y la tecnología inteligente, como tales, son moralmente neutras. El uso que les damos y lo que intentamos conseguir a través de ellas es otra cosa completamente distinta. Y es ahí donde, en muchas ocasiones, nos estamos equivocando.

Nos equivocamos cuando confundimos los “likes” que nuestros aportes reciben en internet con autoestima. Nos equivocamos cuando interpretamos como realidad las fotos, videos y comentarios de otros en internet — olvidamos que no son más que un espejismo, una fachada en la que cada aporte ha sido tan curado como los cuadros de una galería. Y si bien hay personas felices cuyas vidas en línea reflejan su estado de ánimo, también hay vidas en línea cuya felicidad en verdad sirve para enmascarar depresiones, soledades e inseguridades. También nos equivocamos cuando pensamos que lo que está pasando en el teléfono es más importante que la conversación cara a cara que estamos teniendo con alguien que apartó su tiempo para dedicarlo a nosotros. ¿Qué podría ser tan urgente? ¿Realmente no puede esperar a más tarde mandar esa cadena de WhatsApp o pegar ese vídeo en Facebook? ¿Qué tan horrible es la realidad como para que sea tan urgente escaparla? Adaptando el dicho de mi papá a la actualidad, el teléfono sirve para acortar distancias, no para escapar de la realidad.

@crislopezg

El futuro del país. De Manuel Hinds

manuel_hindsManuel Hinds, 27 mayo 2016 / EDH

Hay dos problemas que tradicionalmente han paralizado a la América Latina: la tendencia a discutir problemas abstractos en vez de concretos y a ignorar lo que está pasando en el resto del mundo. Esto se nota en las agendas propuestas para los distintos diálogos que se proponen para mapear el futuro de la nación. Los puntos allí planteados parecieran haberse trasladado directamente de 1917 o, como mínimo, de 1945. Planteados de forma abstracta, es natural que ignoren que el mundo ha cambiado drásticamente desde el siglo pasado, y que ese cambio presenta enormes riesgos y enormes oportunidades para el país. Los riesgos a nuestro estándar de vida son los más serios en nuestra historia, sólo comparables con el colapso del añil en el tercer cuarto del siglo XIX.

diario hoyIgual que en ese tiempo, los avances tecnológicos están planteando un peligro muy grande a nuestra economía, concretados en el rapidísimo desarrollo de los robots, máquinas capaces de desarrollar tareas complejas controladas por computadoras. Los robots están mejorando tan rápidamente que están poniendo en riesgo muchos puestos de trabajo, especialmente en países subdesarrollados como el nuestro, en donde las actividades repetitivas fácilmente sustituibles por robots predominan en la industria y la agricultura. Pero también están amenazando a los países desarrollados.

La magnitud de la amenaza es tal que un estudio realizado por dos profesores de Oxford (http://www.oxfordmartin.ox.ac.uk/downloads/academic/The_Future_of_Employment.pdf) encontró que el 47 por ciento de los trabajos actuales en Estados Unidos están en peligro de ser sustituidos por robots en las próximos décadas. El McKinsey Global Institute encontró que algoritmos sofisticados pueden substituir 140 millones de trabajadores en trabajos de conocimiento medio en el mundo entero.

Esto no quiere decir que el desempleo subirá a cifras así de altas porque la introducción de los robots abaratará los bienes y servicios, generando una demanda adicional en otros sectores, y así aumentando el empleo total. Eso pasó con los empleos agrícolas y artesanales del mundo pre-industrial cuando la industria moderna aumentó enormemente la producción y bajó los costos de todos los productos. Los servicios, antes casi inexistentes, también se desarrollaron y absorbieron grandes cantidades de personas que habían quedado sin trabajo en las artesanías y la agricultura.

La gran interrogante es si las economías podrán generar estos otros trabajos lo suficientemente rápido para compensar la pérdida de puestos sustituidos por los robots. Los países que se atrasen tendrán tasas muy altas de desempleo o podrán competir sólo en base a salarios muy bajos. Este es nuestro destino si no hacemos nada al respecto, ya que la mayor parte de nuestros trabajos industriales y muchos de los agrícolas pueden sustituirse con robots.

La solución está en la educación. El Banco de Inglaterra estima que en los últimos cinco años la economía británica ha creado más de dos millones de puestos de trabajo. De estos, las dos terceras partes han sido en posiciones que requieren altas calificaciones (http://www.bankofengland.co.uk/publications/Pages/speeches/2015/864.aspx ). Esto quiere decir que si la población del Reino Unido no tuviera altos niveles de calificación el empleo habría crecido como 600 mil puestos, en vez de dos millones. El crecimiento del empleo en el nuevo mundo está ligado a la educación.

Todo esto confirma un punto que he hecho muchísimas veces: que las políticas de desarrollo económico tienen que estar basadas en el desarrollo del capital humano. Pero no todos los tipos de educación salvan puestos de trabajo. En vez de enfatizar los conflictos sociales, que es la prioridad del sistema actual de educación, hay que enfatizar el desarrollo del sentido crítico, la creatividad y la inteligencia social. Estas son las habilidades que es más difícil que los robots puedan desarrollar, y son precisamente los temas que menos se enfatizan en nuestro sistema educativo.

Cómo hacerlo, y rápido, debería de ser el tema número uno de las agendas de los diálogos. Las nuevas tecnologías también ofrecen enormes oportunidades para mejorar rápida y masivamente la educación. En vez de solo sufrir los problemas de las últimas tecnologías, debemos también aprovecharnos de ellas. Si no logramos hacerlo, veremos los salarios caer y el desempleo aumentar en el futuro cercano. Y después tardaremos décadas en entender lo que nos pasó. Ese es el costo de la ignorancia.

La NSA y la Volkswagen. Columna transversal de Paolo Luers

El escándalo Volkswagen llega a dimensiones que ponen en peligro la perla de la industria automotriz alemana; pone en peligro la tecnología diésel; pone en peligro la marca “Made in Germany”, muy a pesar de que en el fondo nadie tiene dudas que la gran mayoría de los fabricantes de vehículos modernos mantienen sistemas comparables de engaño para burlar las regulaciones estatales.

paoloPaolo Luers, 16 octubre 2015 / EDH

Vivimos en el tiempo de la tecnología digital. En los últimos años, dos escándalos de dimensiones globales nos han demostrado el grado preocupante de vulnerabilidad e impotencia ante los abusos y las manipulaciones de la tecnología digital: primero el escándalo de la NSA, cuando Edward Snowden reveló que prácticamente todos los ciudadanos del mundo somos sujetos del espionaje, almacenamiento y procesamiento de todos nuestros datos comunicacionales, de trabajo y privados: teléfonos, email, Internet, redes sociales, chats, cargos a tarjeta, movimientos bancarios, compras. Incluso pueden tener acceso a los datos comunicacionales que documentan nuestros movimientos, no solo de viajes, sino de nuestra estadía en cualquier lugar, en cualquier momento…

Y segundo escándalo de abuso de la tecnología digital: el caso Volkswagen, cuando una institución en Estados Unidos reveló que este fabricante de carros, símbolo de la calidad “made in Germany”, durante años había dotado a sus vehículos de un software especial para burlarse de los exámenes de emisiones de contaminantes, afectando a no menos 11 millones de vehículos de las marcas VW, Audi, Skoda y Seat con motores diesel, vendidos en todo el mundo.

En ambos casos todos se mostraron preocupados e indignados, aunque en ambos casos sabíamos que algo de esto estaba pasando, pero tampoco lo queríamos saber con tanta certeza. Nadie realmente tuvo duda que la NSA y otras agencias comparables tienen acceso a nuestras datos, pero nunca nos imaginamos las dimensiones de esta violación a la privacidad de la comunicación, protegida en las constituciones de todos los estados del mundo. Y tampoco nadie realmente confió en los datos oficiales de los fabricantes y de los tests estatales sobre consumo y emisiones de nuestros vehículos. Pero nunca nos imaginábamos que los productores de carros habían desarrollado un sistema tan sofisticado de manipulación.

EL-DIARIO-DE-HOY-LOGOAhora dicen que las revelaciones sobre estas manipulaciones de la Volkswagen son un golpe fatal a la confianza que en el mundo se ha ganado esta empresa emblemática por la calidad de la industria alemana, y de la tecnología que ha revolucionado la manera de construir vehículos. ¿Es realmente cierto esto? Yo lo dudo. Lo del software manipulativo de VW es más bien un ejemplo del poder de la tecnología. Si la tecnología fuera capaz de burlar los sistemas de control estatal por años, también será capaz de volver cada vez más seguros y eficientes los carros…

¿Pero el engaño? Desde que vivimos con esta revolución digital, en el fondo sabemos que estamos perdiendo control, que estamos sujetos a manipulación. Al aceptar y aprovecharse de la digitalización de nuestra vida cotidiana, de alguna manera aceptamos el hecho de perder el control sobre los posibles abusos. El hecho que se pueden escuchar mis llamadas telefónicas no me motiva a reducir el uso del celular.

¿Acaso no sabíamos que todos los servicios de inteligencia, no solo la NSA de Estados Unidos, pueden intervenir nuestras comunicaciones privadas? No sabíamos exactamente cómo, pero sí sabíamos que lo pueden hacer. Y que estos servicios de control gubernamental, al poderlo, lo hacen. Así de simple.

El escándalo Volkswagen llega a dimensiones que ponen en peligro la perla de la industria automotriz alemana; pone en peligro la tecnología diésel; pone en peligro la marca “Made in Germany”, muy a pesar de que en el fondo nadie tiene dudas que la gran mayoría de los fabricantes de vehículos modernos mantienen sistemas comparables de engaño para burlar las regulaciones estatales.

Pero pregunto: ¿El escándalo NSA ha puesto en peligro la confianza del mundo en la vocación democrática de Estados Unidos y su gobierno? ¿El hecho que muchos gobiernos, incluyendo las grandes democracias del mundo, están usando estas mismas tecnologías para interceptar nuestras comunicaciones privadas está poniendo en peligro la confianza en el mundo Occidental y sus libertades?

Si comparamos los escándalos de la NSA y de Volkswagen, el primero es muchísimo más grave, porque compromete al Estado, que debería proteger nuestros derechos en vez de violarlos. También tiene mucho más alcance: afecta a miles de millones de ciudadanos. Y sobre todo: a Volkswagen y las otras marcas de vehículos las van a sancionar y obligar a reparar el daño, pero nadie va a sancionar a los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China, y lejos de reparar el daño, su espionaje de datos seguirá igual.

A cualquier abuso sistemático de la tecnología digital hay que denunciarlo y combatirlo. Pero no nos hagamos ilusiones: La revolución digital nos da muchas ventajas, y nos abre acceso a nuevos conocimientos, comodidades y lujos, pero también nos expone a riesgos y nos quita control sobre la parte de nuestra vida que nosotros mismos permitimos que se digitalice.