Somoza

La flor de pino. De Mario González

“Si al pasar por Sacaclí te preguntaran por mí, les dirás que me fui lejos, pero un día volveré porque no me hallo sin ti”, llora La Flor de Pino, uno de mis corridos favoritos de tiempos de la Revolución nicaragüense, del maestro Carlos Mejía Godoy.

30 julio 2018 / El Diario de Hoy

Por momentos me parece haber vuelto a julio de 1979 y saber de los últimos combates entre los guerrilleros sandinistas y los guardias nacionales de Anastasio Somoza, el último de una dinastía de dictadores que sometió a Nicaragua con mano dura por 50 años.

Sin embargo, ahora la dictadura dinástica la dirige Daniel Ortega, quien comandaba en aquel entonces la guerrilla sandinista y que ha sofocado a sangre y fuego todo foco de sublevación entre la población, de la misma manera que lo hicieron Somoza y sus antecesores.

Esto significa que desgraciadamente nuestros hermanos nicaragüenses derrocaron una dictadura entonces para tener ahora otra dictadura -casi una monarquía con rey y reina– que hace iguales o peores cosas con las fuerzas policiales y escuadroneras a su servicio. Hasta el maestro Mejía Godoy, que componía corridos e himnos al Frente Sandinista, ahora llora por los masacrados junto a sus madres e increpa a los orteguistas por tanta barbarie.

Lo más vergonzoso es que gobiernos como el salvadoreño apoyen ese régimen, un proceder con el cual no me siento representado, al igual que la mayor parte de la población que se identifica con la democracia y la tolerancia.

Las decenas de miles de muertos en las guerras de Nicaragua y El Salvador deben de estar retorciéndose en sus sepulturas de saber que su sacrificio fue en vano, pues terminaron entronizándose regímenes que procuran el totalitarismo y la imposición o, como el venezolano, llevan a su gente al punto de literalmente comer basura o a huir hacia Colombia.

Lo más triste es que en casos como el Venezuela o Nicaragua no hay gobiernos ni organismos que dicen velar por los derechos humanos que protesten con la misma energía que lo hicieron contra otras dictaduras militares del siglo XX. Un punto importante: tanto la nicaragüense como la venezolana son dictaduras militares actualmente, lo que tanto repudiaban en el pasado.

Lo que más sorprende es la hipocresía de los funcionarios y troles del oficialismo rasgándose las vestiduras y echando espumarajos, con los ojos desorbitados como la niña de El Exorcista, porque en aquel momento Norman Quijano dijo que la revolución sandinista abrió esperanzas entre los centroamericanos. Pues no mintió. El 19 de julio de 1979 fue un día en que tanto la derecha como la izquierda nicaragüenses y de Centroamérica celebraron juntas la caída de Somoza y se estableció un gobierno de amplia participación que el mismo Daniel y su camarilla se encargaron de desestabilizar hasta que excluyeron al empresariado y establecieron un Estado policial que llevó al país a una nueva guerra y a la bancarrota. Similar a lo que está pasando ahora en Venezuela, en la Nicaragua de los 80 un dólar podía llegar a valer un millón de córdobas por la hiperinflación que trajo hambre y miseria a los nicaragüenses, algo peor que en los tiempos de Somoza.

Los pueblos languidecen o se someten al arbitrio de déspotas que se dicen “progresistas” y que conspiran para acabarse instituciones independientes que garanticen el balance de poderes, como los órganos de justicia de los países.

Lo hemos visto acá mismo cómo el oficialismo intenta a toda costa meter a sus cuadros obedientes en instituciones clave como la Corte Suprema de Justicia y la Sala de lo Constitucional y persisten con descaro pese a verse descubiertos y denunciados.

Mientras oro por un mañana mejor para mis hermanos nicaragüenses se me vienen a la mente aquellos versos de mi infancia que dicen que “Hoy que pasé por la pulpería, la Tere Armijo me vio llorar, en mis pestañas alborozadas quedó una lágrima rezagada de aquel ayer que no volverá… Si me preguntas por qué tu nombre no lo podría nunca olvidar, has de saber que lo llevo dentro, en el aroma de los almendros que hoy retoñaron en mi solar…”

Rigoberto López Pérez. De Max Mojica

Max Mojica, 4 julio 2016 / EDH

Rigoberto nació en León, Nicaragua, el 13 de mayo de 1929 en el seno de una familia humilde. Era hijo de Soledad López y Francisco Pérez. Cursó sus primeros estudios en el Hospicio de San Juan de Dios, donde había sido internado por mediación de su padrino el sacerdote Agustín Hernández. En esta institución estudió el oficio de sastre. Una vez aprendido el oficio, ingresó en la Escuela de Comercio Silviano Matamoros para cursar estudios de Redacción y Taquimecanografía.

Rigoberto, por su vocación democrática se involucró en actividades contra la dictadura de Anastasio (Tacho) Somoza García, afiliándose en el Partido Liberal Independiente (PLI). Su compromiso por la libertad le llevó a plantearse que la única forma diario hoyde acabar con la dictadura de Somoza era la eliminación física del dictador. El 17 de septiembre de 1956 llegó a la capital, Managua, con el plan de asesinar al dictador Anastasio Somoza García ya preparado. Entregó cartas para Manuel Díaz y Sotelo, amigo con el que compartía ideario, y al día siguiente se dirigió a su ciudad natal en ferrocarril.

La tarde del día 21 de septiembre la dedicó a estar con su madre a la que leyó el poema Confesión de un Soldado, después se vistió con una camisa blanca y un pantalón azul, su madre diría después que quería morir con los colores de la bandera nacional en su cuerpo y se dirigió a la Casa del Obrero donde se celebraba una fiesta a la que acudía el presidente Somoza García. Por mediación del hermano de su novia, el periodista Armando Zelaya, se infiltró en la misma y durante el acto aprovechó para dispararle 5 balas (4 de las cuales entraron en el cuerpo de Somoza García), con un revólver Smith and Wesson calibre .38, hiriéndolo en el pecho. En respuesta, López Pérez recibió una lluvia de balas que le quitarían la vida inmediatamente, mientras que Somoza sería conducido a un hospital militar estadounidense en la Zona del Canal de Panamá con la ayuda que envió el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, donde falleció una semana después el 29 de septiembre de 1956.

Luego del magnicidio, la Guardia Nacional arrestó en su casa a la madre y hermanos de Rigoberto López: Salvador y Margarita. El cuerpo de Rigoberto López Pérez, según la versión recogida por el Teniente Agustín Torres Lazo en su libro La saga de los Somoza, fue llevado a Managua y enterrado en un lugar desconocido, cerca del actual Recinto Universitario Rubén Darío RURD (de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua UNAN-Managua), para que su tumba no se convirtiera en santuario para la oposición, a la vez, se abrió una campaña de difamación contra su persona.

La represión por el asesinato de Somoza García se cebó en el círculo familiar cercano de Rigoberto, su madre, su hermana Margarita, su novia Amparo Zelaya y su amiga María Lourdes fueron encarceladas en el complejo carcelario de La Aviación (conocido después como Complejo Ajax Delgado) donde fueron torturadas durante varios días.

Años después, en 1961, se fundó el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y Rigoberto López fue un ejemplo a seguir por sus militantes y partidarios, aunque el FSLN no existía aún en 1956. Tras el triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, la figura de Rigoberto adquirió valor y fue ampliamente promocionada.

Rigoberto representa una época en que los ideales se vivían con olor a pólvora, muy parecido a lo que sucedió en El Salvador en la década de los 80. Ahora ningún sector social o político de nuestras sociedades occidentales, aceptaría que los problemas de un país se solucionen con acciones violentas, todos los que tenemos vocación democrática conocemos de sobra que la única forma efectiva para eliminar a un tirano, es enterrarlo en las urnas.

No obstante, cuando me enteré de esta historia, no pude sino preguntarme ¿qué diría Rigoberto -un hombre del pueblo, que gustosamente derramó su sangre para ver una “Nicaragua libre”- cuando ahora un “hijo de la revolución” se ha convertido en amo y señor de la tierra de Rubén Darío, al mejor estilo de los Somoza?

Al ver ahora a la Nicaragua de sus amores dominada con mano de hierro por Daniel Ortega, que se perfila como único candidato presidencial, sin aceptar observadores internacionales simplemente por que no le interesan las elecciones libres, seguramente se sentaría, vestido de azul y blanco, a llorar por que toda la sangre corrida y todo el dolor y sacrificio por llevar a cabo una revolución democrática, resulto ser en vano. Y es que aparentemente las revoluciones se canibalizan a sí mismas y paren a los mismos tiranos que tan vehemente ansiaban derrocar, ¿o no, Rigoberto?

@MaxMojica