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Posverdad y desinformación: guía para perplejos. De Miguel del Frensno

El problema, ahora, no radica en que la verdad sea lo opuesto a la mentira, sino en que la opinión es elevada a la categoría de verdad.

Miguel del Fresno, docente de sociología y filósofía

Miguel del Fresno, 16 marzo 2018 / EL PAIS

A pesar de toda la información disponible, cada vez es más arduo conocer qué es verdadero, falso o en qué medida algo es verdadero o falso. La irrupción política, mediática y social de conceptos como posverdad, fake news y desinformación ha alcanzado a todos los países. La posverdad es la forma de describir aquellas circunstancias en las cuales los hechos objetivos verificables son menos relevantes, en la formación de la opinión pública, que la apelación a las emociones o las creencias personales. La verdad —entendida como coincidencia entre una proposición y los hechos— solo tiene, a diferencia de la posverdad, una única presentación.

Las fake news son noticias, imágenes u otro tipo de contenidos falseados con una cierta intención. Se sostiene que las fake news al ser mentiras no son una novedad. Y es cierto. La creación de falsedades con una intencionalidad táctica forma parte de la historia de la comunicación y de lo que somos como especie, desde Platón pasando por Hobbes hasta hoy. La falsedad y, en su modo extremo, la propaganda —la mentira organizada en la esfera pública— siempre han formado parte de la política y su uso busca conseguir algún tipo de ventaja sobre los identificados como adversarios. En cada época se ha utilizado la tecnología existente para difundir falsedades, desde la imprenta, el telégrafo, la radio, la aviación y el cine, hasta Internet.

La posverdad y las fake news suponen una dificultad
muy importante para los ciudadanos a la hora de diferenciar
los hechos reales de los hechos de ficción

Lo que sí es radicalmente diferente hoy son la escala (global y local) y la velocidad en la producción, circulación y alcance de las fake news. No tienen precedentes en la historia de la humanidad. Esta es la radical diferencia con la propaganda y el gran riesgo asociado a nuestro tiempo. La posverdad, las fake news y la desinformación son posibles hoy debido a una compleja interacción entre infraestructura tecnológica, prácticas comunicativas y comportamiento social.

La velocidad de difusión de las fake news y la desinformación ha contaminado la comunicación, la política, la economía, los conflictos, el pensamiento o las decisiones. Para el filósofo y urbanista Paul Virilio, toda tecnología lleva implícita en sí misma su propio accidente y un potencial efecto catastrófico. Las fake news, la posverdad y la desinformación son la muestra del potencial catastrófico, sin ser la única, de las innovaciones tecnológicas posinternet.

El acceso, la cantidad y la calidad de la información a la que podemos acceder como ciudadanos —clave en el modelo democrático— influye en cómo percibimos y comprendemos la realidad, tomamos decisiones y, en definitiva, nos comportamos. La posverdad y las fake news suponen una dificultad muy importante para los ciudadanos a la hora de diferenciar los hechos reales de los hechos de ficción que tienen una intencionalidad distorsionadora.

La desinformación como forma de pensar en comunidad
tiende a ser justificada con la falacia de la defensa
de valores culturales y derechos individuales

La desinformación, aunque tiende a confundirse con las fake news, es algo mucho más sutil y con un riesgo colectivo mayor. La desinformación es un concepto más complejo que la mentira o la inexactitud, puesto que no es casual sino creada con una intención, e incluso en su deformación es un fenómeno informativo. Si sólo fuera mentira sería propaganda.

Alexandre Koyré, filósofo e historiador de la ciencia, escribió en 1943 un breve ensayo titulado La función política de la mentira moderna, donde mostraba, en referencia al régimen nazi —pero válido para todo totalitarismo— cómo las élites políticas predefinen e imponen la compresión de la realidad en un sistema totalitario por medio de la propaganda, para adecuarla al espíritu de la raza o de la nación.

Si los regímenes totalitarios del siglo XX hicieron de la propaganda con la tecnología disponible entonces parte esencial de su expansión, hoy podemos entender la desinformación, más que las fake news, como el legado totalitario a las democracias liberales. Ha sido tras las elecciones presidenciales estadounidenses y el referéndum del Brexit, en 2016, cuando han comenzado a publicarse gran número de artículos en medios de comunicación e investigaciones con sospechas y pruebas de la existencia de proyectos a gran escala para contaminar las sociedades con discursos desinformativos.

La desinformación persigue conseguir una ventaja política gracias a extender una determinada forma de percibir de manera colectiva la realidad, lo que supone la intención de cambiarla. Hay numerosos ejemplos, no sólo en la política, de oleadas de desinformación masiva con riesgos para individuos y sociedades. Existen campañas de desinformación de gran escala e impacto relacionadas con el cambio climático, las vacunas, los alimentos, la nutrición, el origen de la vida, las armas en manos de los ciudadanos, los medicamentos genéricos, la curación u origen de enfermedades, la energía nuclear, el impacto de la inmigración, la construcción de identidades étnico políticas, que amenazan con reconfigurar la percepción de la realidad social misma y de la convivencia.

La desinformación supone la distorsión de los hechos que es donde se confunde la intención como aparente información. No necesita ser una falsedad completa porque para poder ser tomada como verdad es suficiente con que sea verosímil. Y, a diferencia de la propaganda no se impone, sino que se ofrece como una información útil —dentro de la lógica del main stream de la comunidad— para la cosmovisión de un grupo, clase, comunidad o país. La desinformación como forma de pensar en comunidad tiende a ser justificada con la falacia de la defensa de valores culturales y derechos individuales. El problema no radica en que la verdad sea lo opuesto a la mentira, sino en que la opinión es elevada a la categoría de verdad. El riesgo reside en que las opiniones no pueden sustentar el modelo democrático porque, como escribió la politóloga Hannah Arendt, “la libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos”.

La radicalidad de la desinformación estriba, no en la capacidad de la tecnología para hacerla ubicua, sino en la libertad de los ciudadanos para elegirla. La desinformación parece ofrecer la seguridad individual y colectiva frente a un mundo, insertado en una globalización sin conciencia, cada vez más incomprensible y caótico.

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La prensa libre, frente a la posverdad. De Juan Luis Cebrián

Es precisa una reflexión sobre la forma en que se configuran las opiniones públicas cuando el liderazgo de la sabiduría ha dado paso a la manipulación o la vulgaridad. Los medios de referencia deben recuperar su papel central.

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Juan Luis Cebrián, presidente de EL PAÍS

Juan Luis Cebrián, 11 febrero 2018 / EL PAIS

Las fake news, noticias no solo falsas, sino imaginadas o inventadas, noticias que parecen noticias pero no lo son, ocupan hoy los primeros lugares del ranking mundial en el debate político, y han logrado desplazar de su protagonismo a la antigua palabra de moda, la posverdad. Unas y otra son el signo del tiempo en que vivimos, caracterizado por un cambio de paradigma que afecta a todas las manifestaciones de nuestra convivencia. La democracia se ve amenazada por la emergencia de sistemas sociales y políticos que conviven difícilmente con los valores del liberalismo clásico. Frente a la defensa de las libertades individuales, es creciente el reclamo de los derechos colectivos junto a la afirmación de identidades basadas en culturas, religiones, territorios, lenguas o tradiciones singulares. Por otro lado, las dificultades de los Gobiernos democráticos para conjurar los efectos de la burbuja financiera, que explotó hace diez años, ha provocado que la democracia misma pierda prestigio entre los ciudadanos, notablemente entre los más jóvenes.

el paisJunto a los partidos, sindicatos e instituciones financieras, los medios de comunicación son también acusados por su pertenencia a un sistema que las nuevas generaciones consideran caduco. La ausencia de liderazgo no solo entre la clase política, entre pensadores e intelectuales también, es el mejor caldo de cultivo imaginable para el populismo, la demagogia, la charlatanería y el engaño. El resultado es que muchos electores, al margen de sus jerarquías sociales o adscripciones ideológicas, no se sienten representados por el sistema. Antes bien, se consideran víctimas del mismo en beneficio, según creen, de una minoría privilegiada que lo controla.

En este clima de inseguridad y falta de perspectivas, prácticamente todas las instituciones del Estado, a comenzar por su jefatura, han sido sometidas en los últimos años al descrédito, el escepticismo o la desafección. La clase política es considerada una lacra o un peso para el funcionamiento del país, cuya economía puede crecer y desarrollarse al margen de la existencia o la estabilidad de los Gobiernos. Se extiende la idea de que los políticos son generalmente ineptos o corruptos. Las movilizaciones populares, espontáneas o inducidas, los reclamos churriguerescos de una democracia directa frente a la ineficacia de la representativa, la desesperación justificada de mucha gente y la impostada de los pescadores de aguas turbias, han derivado en una opinión pública cada vez más polarizada entre quienes reclaman el fin del sistema que nos rige y los que pretenden defenderlo a cualquier precio.

Solo la política y los políticos serán capaces
de sacarnos del clima de descrédito e inseguridad

En ambos casos es común el vilipendio de la política. Pero solo la política, y por tanto los políticos, serán capaces de sacarnos de esta situación. Es necesario recuperar su prestigio y funcionalidad, ya que no saldremos de donde estamos sin reformas estructurales que necesitan el consenso de todos y que un Gobierno como el actual no puede hacer en la soledad en que se encuentra y con la debilidad parlamentaria que padece.

Un elemento sustancial para el ejercicio de la democracia lo constituye la vertebración de la opinión pública. Los medios de comunicación, la prensa libre e independiente, forman parte de la institucionalidad de los regímenes representativos. Frente a la pretensión onírica de que los periodistas estamos fuera de palacio, la prensa moderna se incluye en el entramado y sostenimiento del sistema democrático, actuando como un contrapoder necesario y una tribuna de debate capaz de defendernos del griterío y la demagogia.

De este modo durante la Transición española, el papel de los periódicos y medios de comunicación fue esencial en la elaboración del consenso que facilitó el advenimiento y defensa de la democracia. Hoy el panorama de los medios en nuestro país es, sin embargo, descorazonador. A los efectos de la crisis económica, hay que añadir los inducidos por el cambio tecnológico. En la última década, los diarios han perdido prácticamente el 50% de su circulación impresa y un 70% de los ingresos publicitarios. A cambio han visto multiplicada su presencia en las redes y llegan así a millones de usuarios a los que de otro modo nunca hubieran accedido. Pero el cambio de modelo de negocio obligó a la totalidad de las empresas del sector a abordar dolorosas restructuraciones. Miles de periodistas perdieron su trabajo y asistimos a la desaparición de muchos medios.

Hacen falta mecanismos que garanticen
la independiencia de los medios

Las nuevas tecnologías constituyen una gran oportunidad para el desarrollo del debate público. En las sociedades avanzadas, más de un 60% de los lectores recibe las noticias a través de dispositivos móviles, teléfonos inteligentes o tabletas. Pero la dificultad de discernir lo que es verdad y mentira; la actividad de organizaciones de todo género, desde servicios de inteligencia a grupos alternativos, dedicados a la desinformación en la Red; la propagación de rumores infundados que destruyen prestigios y difaman injustamente; la desprotección de la propiedad industrial; la invasión del derecho a la intimidad, y la incapacidad de las leyes para regular y ordenar cuanto en la Red sucede, han devenido en amenazas colosales para la estabilidad de las democracias.

Es precisa una reflexión sobre la forma en que se están configurando las opiniones públicas cuando el liderazgo de la sabiduría ha dado paso a la manipulación, el error o la vulgaridad. Sobre todo porque muchos medios de comunicación tradicionales, otrora respetados, se han visto también arrastrados por la banalidad de los contenidos que por la Red circulan. Si queremos consolidar la democracia y garantizar el futuro de las instituciones contra las posverdades y la manipulación informativa, los medios de referencia deben recuperar su papel central en el debate político, en la Red y fuera de ella. Por lo mismo es preciso dotarles de mecanismos que garanticen la autonomía e independencia de las redacciones en el ejercicio de las libertades de expresión e información, pero también el reclamo de sus responsabilidades. Se trata de un derecho que no es exclusivo ni de los propietarios de las empresas, ni de los editores o profesionales que en ellas trabajan, pues es un derecho constitucional de todos los ciudadanos. A los periodistas les cabe únicamente la muy honrosa y difícil tarea de administrarlo en su nombre.

La distorsión. De Manuel Vilas

La ciudadanía se ha convertido en público desde el momento en el que la velocidad de las nuevas tecnologías, especialmente las redes sociales, nos nubló el conocimiento. Así ha ocurrido con el PSOE, la secesión de Cataluña o la corrupción.

Manuel Vilas, escritor español

Manuel Vilas, 17 junio 2017 / EL PAIS

Puede que la palabra y el concepto que explique nuestro presente político y cultural sea la distorsión. Ante cualquier acontecimiento político las redes sociales desatan la euforia o la condena sin paliativos. Hace poco hemos visto cómo la victoria de Pedro Sánchez ha sido interpretada en clave emocional, como una victoria de David contra Goliat, como una victoria de la pureza frente al mal. Daba la sensación de que no hubiera diferencia entre la militancia del PSOE, que ha dado la victoria a Sánchez en unas primarias, y los 36 millones de españoles con derecho a voto. En eso ha consistido el sempiterno laberinto de Pedro Sánchez: la confusión entre el partido y los españoles. La confusión ilusionada es otra de nuestras más fervorosas pasiones, tal vez una pasión española. La victoria de Sánchez es una victoria distorsionada. En verdad, no ha ganado nada. Pero las redes se pusieron eufóricas y si no participas de esa euforia eres sospechoso de algo oscuro. ¿Por qué? No interesa la realidad, interesa una especie de distorsión de la realidad, que procede de una insatisfacción global, que se manifiesta en todos los órdenes de la vida.

Algo parecido ocurre en Cataluña y su viaje temperamental hacia la independencia. Tampoco allí hay reflexión de ningún tipo. Se evita, por ejemplo, el análisis económico en profundidad. Se trata de la preponderancia de lo visceral. Es la misma visceralidad que hizo que el americano de clase media votara a Donald Trump o el británico eligiera el adiós a Europa. No se requiere la presencia de los hechos, o saber si tal decisión nos hará más prósperos o más pobres. Porque los hechos son irreales o están manipulados u obedecen a intereses inconfesables. La política se ha hecho quirúrgica. La política busca la amputación. La victoria en las primarias de Pedro Sánchez ha sido traumática para su partido, ergo es buena. La independencia de Cataluña significará una cirugía a corazón abierto para los catalanes, ergo es buena.

Parece como si el concepto político de ciudadanía se desvanecería, como si la ciudadanía se hubiera convertido en público. No somos ciudadanos reflexivos. Somos público sediento de espectáculos radicales, quirúrgicos, eufóricos, viscerales. Necesitamos que la vida pública sea espectacular. Nos hemos aburrido de la tranquilidad de la democracia. O desconfiamos de la grisura técnica con que la democracia resuelve los problemas.

La visceralidad se ha adueñado del mundo. Porque la gente se aburre y está insatisfecha. Y la cultura se ha vaciado de significado. La filosofía, la literatura, el cine, la música, no atenúan un instinto fatídico de destrucción. Las humanidades están en crisis, es cierto, pero esa crisis no solo se evidencia en los pocos estudiantes que eligen carreras de letras, se evidencia mucho más en la ignorancia política y en los estragos que esa ignorancia producirá a corto plazo.

“La confusión entre el partido y los españoles
es el sempiterno laberinto de Pedro Sánchez”

La distorsión de la realidad aparece en sociedades en las que ya no se cree en el trabajo, en la fuerza transformadora del trabajo, y eso está pasando aquí, en el mundo occidental, un mundo calentado por lo que podríamos llamar “el pensamiento de los cinco minutos”. Es el pensamiento caliente, fruto de la velocidad de las nuevas tecnologías. El mundo se ha hecho ininteligible, y lo ininteligible está reñido con la alegría. El mundo occidental son millones de automóviles por millones de autopistas dirigiéndose hacia nadie sabe dónde; miles de millones de guasaps enviados con mensajes ingrávidos y confusos, con emoticonos delirantes; aviones, aeropuertos, trenes, ciudades con circunvalaciones misteriosas e indescifrables. Los procesos económicos casi esconden secretos teológicos. Las leyes son impuntuales y no buscan la justicia sino el mantenimiento del privilegio a través de los tecnicismos vacuos. La proporción humana de la realidad ya no existe. Por eso queremos destruir también la proporción política de la realidad. Se desvanecieron las proporciones humanas.

Y así están España y los españoles, en un permanente estado de irrealidad política y de distorsión. Pero también pasa en Europa. Estamos viviendo un capitalismo nostálgico de otro capitalismo. Nostalgia del capitalismo del siglo XX, el que llegaba a todos, el que propiciaba el enriquecimiento de la clase media. Ese fue nuestro amado capitalismo: el que hizo del obrero un pequeño propietario. Porque la propiedad privada creaba alegría política.

La única salida del laberinto de la distorsión se llama crecimiento económico. Si un país genera riqueza, existe. Si hay riqueza, esta es susceptible de ser repartida de manera justa. De ahí la demagogia de ciertas posturas políticas que insisten en el reparto justo de la riqueza sin ayudar a crearla, y lo que es peor: sin saber ni remotamente cómo se crea la riqueza. Compartir con delicada equidad la miseria no parece algo muy atractivo para la inmensa mayoría. También aquí vivimos bajo la distorsión. El presidente del actual Gobierno, Mariano Rajoy, insiste en que España está creciendo por encima de la media europea. La mayoría de los partidos de la oposición lo niegan y afirman que España sigue metida en una oscura depresión económica. Ni siquiera podemos saber si el país está creciendo o no. Parece otro misterio teológico. La verdad es inaccesible. De modo que cada cual se construye su propia fenomenología de la verdad, y las redes sociales auspician ese refugio de las verdades privadas. A eso se le llama la posverdad: a una renuncia a la objetividad, porque la objetividad se ha hecho algo indeseable, se ha hecho aburrida. La verdad es aburrida. Y la posverdad ofrece el espectáculo de la irrealidad.

“La visceralidad se ha adueñado del mundo
porque la gente se aburre y está insatisfecha”

El público tiene siempre razón. A la ciudadanía se le podía mostrar el error colectivo. Al público, no. Eso se ve muy bien en la deriva secesionista, en donde aún respira una nostalgia irracional, y por tanto distorsionada, del franquismo, lo que hace posible que los catalanes no secesionistas sean rápidamente catalogados desde la ignominia política. La secesión de Cataluña no tiene ciudadanía, tiene público. Incluso la corrupción también tiene público. No es un hecho objetivo. La corrupción de los futbolistas no conlleva la muerte social, como sí la conlleva la de los políticos. Porque otra vez actúa la distorsión. Porque el público manda. Porque el público nunca se equivoca, aunque dé el Gobierno a un partido ahíto de corrupción. Pero en qué momento la ciudadanía se convirtió en público. En el momento en que colectivamente renunciamos a la razón y en el momento en que la velocidad de las nuevas tecnologías, especialmente las redes sociales, nos nubló el conocimiento. La velocidad de las redes es enemiga de la razón. Pero sin razón es imposible la alegría. La primera baja de la distorsión es la alegría. No, no hay alegría en la vida actual. No hay alegría, porque no hay dinero. Y la impotencia de la política procede de su impericia para hacer crecer la riqueza. Porque en un sistema capitalista la riqueza lo es todo. Como no hay dinero, la gente se entretiene con juicios sumarísimos sobre la realidad. La sed de espectáculo alivia el hecho incuestionable de que nunca volveremos a crecer como lo hacíamos hace 20 años.