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‘Cambiemos’ cambia la historia. De Héctor E. Schamis

Nuevos, y buenos, aires se respiran en Argentina.

HECTOR SCHAMIS

Héctor E. Schamis, catedrático de politoogía de la Universidad de Georgetown

Héctor E. Schamis, 27 octubre 2015 / EL PAIS

Era el viernes 28 octubre de 1983, vísperas de elección que terminó con aquel trágico régimen militar. El Partido Justicialista—el peronismo—cerraba su campaña en la Avenida 9 de Julio. La Unión Cívica Radical había hecho lo propio dos días antes en ese mismo lugar con una verdadera multitud. El peronismo movilizó todo el aparato sindical para congregar más gente. Así lo hizo, con más de un millón de personas sobre la ancha avenida, del obelisco al sur.

Las encuestas daban al PJ como favorito. En el escenario estaba la nomenclatura sindical en pleno rodeando al candidato a presidente, Ítalo Lúder, y preparando la fiesta. Entre ellos se encontraba Herminio Iglesias, líder territorial de Avellaneda y candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires, distrito con el 40% del electorado. Alguien le subió a Herminio un ataúd pintado con el emblema del Radicalismo, el rival histórico. Herminio le prendió fuego y la escena recorrió el país las siguientes 48 horas y más. No había redes sociales, pero alcanzó con las imágenes de la televisión.

el paisEl peronismo perdió ese domingo, por primera vez en una elección libre e irrestricta. Después del trauma del régimen militar, aquel país no toleraba más muerte. Herminio era un peso pesado, con una vida en el fragor de la lucha sindical y varias balas que cargaba en su propio cuerpo como evidencia. Eso era, precisamente, lo que el país no quería.

Haga el lector fast forward a 2015. La pregunta de los últimos tiempos fue si el kirchnerismo tendría su propio Herminio. El papel en la película se lo dieron a Aníbal Fernández, candidato a gobernador también, un personaje con causas judiciales por tráfico de efedrina. El kirchnerismo, auto-definido heredero del peronismo, perdió la elección de la provincia, resultado que forzó el ballotage presidencial del próximo 22 de noviembre.

Desde hace meses los candidatos de Cambiemos, la coalición opositora, reportan que en los distritos de bajos ingresos del conurbano como Lanús, Quilmes—el distrito de Aníbal Fernández—y Avellaneda—la tierra de Herminio, justamente—el temor más grande de los humildes es la violencia del narcotráfico. Es que además se lleva la vida de sus hijos.

En su arrogancia infinita, el kirchnerismo desprecia a quienes dice representar, los pobres. Asumieron que votarían por un candidato al que temen; pensaron que alcanzaría con el aparato; dieron por sentado que el pobre no tiene autonomía. Tal vez creyeron que el pobre no es capaz de pensar por sí mismo. En esos distritos ganó Cambiemos, entre tantos otros.

Con eso solo, un nuevo tiempo político asoma. No es poco, si este nuevo tiempo es más civil y más democrático. Pero también si este nuevo tiempo le permite a Argentina abandonar los clichés de uso corriente, fundamentalmente el de la permanencia hegemónica del peronismo. Es bueno recordar, por ello, que el peronismo puede perder y ha perdido, como en 1983 y en 1999, y también en otra elección de la Provincia de Buenos Aires en 1997. Un partido hegemónico es tal precisamente porque no pierde elecciones.

Es un nuevo tiempo porque Cambiemos desnuda al aparato de los caciques territoriales, como era Herminio, y expone su autoritarismo. Cambiemos propone respirar oxígeno después de la asfixia de un matrimonio en el poder durante 12 años. Cambiemos expresa el hastió de la sociedad con la cadena nacional, con las verdades reveladas, con la descalificación del oponente, con la intimidación al crítico. Por eso lo votaron los pobres tanto como los ricos.

No importan las encuestas, Cambiemos ya ganó. Cambió el discurso, demostró que no hay inevitabilidad, le abrió a la sociedad la ventana de la libertad, la misma que abrió Raúl Alfonsín en 1983, cuando la sociedad rechazó los ataúdes y el fuego.

Habiendo cambiado la historia, es improbable que pierda el 22 de noviembre. Nuevos, buenos aires se respiran en Argentina.

@hectorschamis

Nadie llora por ti, Argentina. De Fernando Mires

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El gran ganador: el opositor Mauricio Macri

fernando mires

Fernando Mires, politólogo y historiador chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 27 octubre 2015 / PRODAVINCI

Pleno de euforia, en cuanto fueron dados a conocer los resultados de las elecciones del 25-O, el brillante columnista de La Nación, Carlos Pagni, escribió que en esos momentos había tenido lugar un “cambio en el sistema planetario de la política”. Imposible no reír; pero también, imposible no pensar. Si es cierto que sólo a un argentino se le puede ocurrir, aunque sea bromeando, que lo que pasa en su país incide en el sistema planetario, en Argentina parece haber tenido lugar un giro político de tipo copernicano.

Efectivamente, si alguien quisiera ilustrar la conocida frase relativa a que en la política hay victorias que son derrotas y derrotas que son victorias, el resultado de las elecciones presidenciales argentinas no podría ser más ejemplificador.

prodavinciEn contra de todos los pronósticos, la distancia entre el kirchnerista Frente para la Victoria de Daniel Sciolli (36,88%) y el candidato de Cambiemos, Mauricio Macri (34,33%), fue “más que mínima”. Más todavía, el ballotagge que tendrá lugar el 22 de noviembre –el primero de la historia electoral argentina– permite prever que Macri correrá con todo el viento a su favor. Y ya no hay duda: viene embalado.

La conquista de Buenos Aires, donde Maria Eugenia Vidal  (casi un 40%) propinó una derrota al kirchnerismo y al peronismo a la vez (ya hay que ir diferenciando) en la persona del cristinista Anibal Fernández, fue un golpe vitamínico para Macri. Uno cuyo efecto psico-electoral se dejará ver durante el durísimo duelo que tendrá lugar hasta que llegue el día clave: 22-N.

Si las elecciones fueron, como afirman casi todos los diarios, un terremoto, su epicentro estuvo en Buenos Aires, pero sus efectos sísmicos se dejaron sentir con mucha fuerza hacia “el interior”. Bastiones hasta entonces inexpugnables del cristinismo fueron cedidos al Cambiemos de Macri, razón por la cual Pagni, siempre ocurrente, comparó el avance de Macri con la victoria de Raúl Alfonsín en 1983.

La comparación es válida. Más aún: para el peronismo (o lo que todavía queda de eso) un eventual triunfo de Macri podría ser todavía más grave que la derrota sufrida frente a Alfonsín. Lo de 1983 fue resultado de un duelo entre viejos conocidos en el marco de una historia compartida y común: radicales contra peronistas, algo así como River contra Boca: un clásico. Pero si el kirchnerismo-peronismo es derrotado en noviembre, lo será esta vez frente a una fuerza emergente, ascendida desde otra liga.

Cambiemos es, antes que nada, la representación política del tiempo post-peronista. Por lo mismo, no necesita ser anti-peronista. Es simplemente, y ahí reside su novedad, no-peronista.

Literalmente, Cambiemos podría originar un verdadero cambio histórico. Pero eso no depende sólo de Cambiemos. Con su 21% el Frente Renovador del peronista Sergio Massa se ha convertido en lo que tal vez siempre quiso ser: el árbitro del partido. Lugar privilegiado que permitirá al disidente del kirchnerismo decidir el resultado final, al precio, por supuesto, de obtener una buena posición dentro del gobierno que se avecina. ¿Coalición o alianza? Eso también dependerá del resultado.

El apoyo final de Massa no será gratis; por el contrario, será carísimo. Siempre y cuando, por supuesto, los votos massistas sean endosables. Y sobre ese punto, nadie sabe mucho.

La pregunta hamletiana para los massistas será entonces: ¿cuál pasión es más fuerte? ¿La del amor al peronismo cuya sombra aún pervive dentro del kirchnerismo? ¿O la del odio parido al kirchnerismo y a la ola de corrupciones, artilugios y ofensas que arrastra consigo?

Por el momento parece que, al menos para Massa, el odio es más fuerte que el amor. Sus declaraciones post-electorales lo muestran mirando hacia el lado de Macri y no al de Sciolli.

Pero, afortunadamente, no sólo Massa decidirá. Los partidos “chicos” representados en las candidaturas de Margarita Stobilzer, Nicolás del Caño y Adolfo Rodríguez Saá, han pasado a convertirse de pronto en cosas importantes. Cada cero coma uno contará, cada voto podrá decidirlo todo. Para quienes amamos la política, noviembre será una fiesta. Se acabaron los tiempos de las mayorías absolutas y aplastantes. La política argentina arde a fuego vivo por los cuatro costados y eso sólo puede ser bueno para Argentina y para la política a la vez. Hoy o mañana, pase lo que pase, nadie llorará por ti, Argentina.

La tensión política argentina entrega la impresión de que el país se juega la vida en las próximas elecciones. Sin embargo, tampoco es para tanto. Los programas económicos y sociales de ambos candidatos no son dramáticamente diferentes. Ambos apuntan hacia el centro. Un poco más populachero, Sciolli. Un  poco más clasemediero, Macri.

¿Dónde reside la gran diferencia entre ambos líderes? Al parecer, en algo no siempre detectado. Se trata, en el fondo, del antagonismo entre dos estilos políticos, o dicho de otra forma: entre dos modos diferentes de vivir la política. O en el estilo autoritario, populista y mafioso impuesto por los Kirchner, o en el estilo liberal democrático prometido por Macri. Quien quiera encontrar más allá de ese punto central una diferencia entre una supuesta izquierda y una supuesta derecha, andará más perdido que un esquimal en el desierto. No así en el plano de la política internacional, algo que los argentinos todavía no han dimensionado.

Las elecciones de noviembre no sólo serán importantes para Argentina. Si Macri resulta vencedor no tendrá lugar un cambio en el sistema planetario pero sí habrá un cambio cuya importancia puede ser decisiva en el espacio político continental. En ese espacio, Argentina, todos lo sabemos, no es un paisito cualquiera. Mucho menos lo será en tiempos en los cuales el lulismo brasileño viene en franco declive.

Una nueva arquitectura hegemónica podría comenzar a ser dibujada en la OEA y en la UNASUR después de las elecciones argentinas. El ALBA, sin el apoyo informal de Argentina se convertiría en una ruina. Y si, además, el binomio Cabello-Maduro no comete en Venezuela el fraude del siglo y entrega el parlamento a la mayoría nacional (6-D), estaríamos comenzando a leer el fin de un capítulo de la novela latinoamericana. Tengo en estos momentos la sospecha de que la gran mayoría de los opositores venezolanos, para poner un ejemplo, ya son más macristas que Macri.

Pero antes de que nos metamos en la casi siempre inútil tarea de analizar posibles escenarios, más vale la pena esperar. En política nadie sabe lo que puede suceder mañana. Sobre el tema escribiré de nuevo, y si Dios quiere, el día 23-N.

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