Paz

Trump en un mundo mejor. De Héctor Aguilar Camin

Nunca la humanidad ha vivido con tanto progreso y con menos violencia. La paradoja es que en este contexto Estados Unidos haya elegido a un presidente que es un emisario de la utopía regresiva y que representa un riesgo civilizatorio.

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Héctor Aguilar Camin, escritor mexicano, director de NEXOS

Héctor Aguilar Camin, 28 enero 2018 / EL PAIS

Siempre es buen momento para decir que todo anda mal. Quien celebra la bondad de sus tiempos cae bajo la ironía de Voltaire, encarnada en su invencible personaje Pangloss, quien, en medio de guerras y desastres sin fin, creía siempre estar viviendo en el mejor de los mundos posibles.

La novela de Pangloss, que lleva el elocuente nombre de su discípulo, Cándido, es una mordaz demolición del optimismo que acompaña al espíritu del progreso. El progreso existe, sin embargo, pese a Voltaire. El progreso material se prueba por sí solo en la calidad y la duración de la vida humana de hoy, comparada con la de hace 100, 500 o 2.000 años.

El progreso moral también puede probarse por el hecho extraordinario de que el hombre, el animal más peligroso del reino zoológico, es hoy menos sanguinario y cruel de lo que ha sido nunca en su historia. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, como quería Pangloss, pero es un hecho que vivimos en el menos violento de los mundos conocidos.

el paisOigo reír al lector, pero esta es la materia asombrosa y consistente del libro de Steven Pinker: The better angels of our nature. Why violence has declined? (Penguin 2011). Pinker demuestra ahí, con lujo de estadísticas históricas, que la humanidad nunca ha sido menos violenta que ahora. Nunca ha muerto menos gente en campos de batalla, ni la guerra ha cobrado menos vidas, como en los últimos 50 años. Nunca la especie humana ha compartido valores civilizatorios tan altos.

La visión de Pinker es cualquier cosa menos un recetario de optimismos históricos. Es una exploración científica de la disminución de la violencia en la historia. Me extenderé un poco sobre los números de Pinker, porque contradicen el saber común, y vale la pena oírlos con algún detalle.

El lugar más seguro para vivir que ha existido en la historia de la humanidad es la Europa Occidental de hoy, donde el índice de homicidios es de 1 por cada 100.000 habitantes. La zona más peligrosa que ha existido nunca es la comunidad de Kato, California, en los años 1840, donde la tasa de violencia llegó a ser de 1.500 homicidios por cada 100.000 habitantes.

La exploración forense de sitios arqueológicos ha permitido medir la increíble proporción de seres humanos que morían violentamente en la prehistoria. En promedio, un 15% de las muertes totales: 524 homicidios por cada 100.000 habitantes. El primer gran arco de disminución de la violencia fue el fin del nomadismo primitivo, esencialmente predador, y la aparición de las sociedades agrícolas sedentarias, que dieron paso a distintas formas de Estado.

El lugar más seguro para vivir que ha existido
en la historia es la Europa Occidental de hoy.

El Estado fue entonces el gran pacificador. También fue el origen de las guerras subsecuentes de la historia: las pequeñas, las grandes y las hemoclísmicas.

Pero, en términos del proceso civilizatorio, como lo llamó Norbert Elías, la violencia que el Estado redujo fue superior a la que creó. El Estado teocrático azteca tenía una tasa de 250 homicidios; muy alta, pero la mitad de la de las sociedades prehistóricas, anteriores al Estado.

La Francia de la Revolución y de las guerras napoleónicas tuvo un promedio de 70 homicidios por cada 100.000 habitantes, cifra sorprendentemente baja comparada con la de siglos anteriores. Las guerras mundiales del siglo XX arrojaron tasas de violencia de 144 muertes en Alemania y 135 en la URSS.

Desde el fin de la II Guerra Mundial, el número de muertos en guerras, entre naciones, guerras civiles, guerras étnicas y religiosas, y actos terroristas, no ha hecho sino descender, al tiempo que asciende en todos los órdenes algo parecido a la “paz perpetua” imaginada por Kant, en la que triunfan, paso a paso, los mejores impulsos de la naturaleza del animal moral que es el hombre: la empatía, el autocontrol, el sentido moral y la razón.

La melancolía social no se disipa con estadísticas, desde luego: en los años en que menos seres humanos mueren en conflictos bélicos tenemos la sensación térmica de un mundo violento como nunca. La caída del muro de Berlín puso fin a la Guerra Fría y abrió paso a un momento de paz y prosperidad cuyo trofeo mayor fue la unificación de Occidente en los valores de la democracia, la prosperidad, el libre comercio, la cooperación entre las naciones, la globalización y el fin del fantasma de la hecatombe nuclear.

La construcción del muro de Trump resume y representa lo contrario: la llegada al poder, en la potencia hegemónica de Occidente, de un presidente cuya utopía regresiva (“Make America Great Again”) está construida con el viejo discurso de la discriminación racial, el rechazo al libre comercio, el unilateralismo diplomático, el aislacionismo estratégico y la amenaza nuclear, vertida en estos días sobre Corea del Norte.

El único riesgo es la confrontación nuclear,
con la que Trump amenaza a Corea del Norte

Apenas puede exagerarse la intensidad con la que se abren paso en los países centrales de Occidente algunos de los viejos demonios aislacionistas, nacionalistas, xenófobos, racistas y aún antisemitas. Es una oleada de regreso a lo peor del pasado ante la frustración por lo peor del presente. Explica por igual el Brexit, el ascenso del nacionalismo, la xenofobia y la derecha en Europa, así como la victoria de Trump, vocero de la parte más vieja, menos abierta al futuro, de su sociedad.

La paradoja no deja de ser inquietante: la sociedad más moderna del mundo ha elegido como presidente al emisario de una utopía regresiva que quiere volver el reloj de la historia atrás y reponer la grandeza pasada de Estados Unidos: con riesgo nuclear, con exclusión migratoria, con discriminación racial, con proteccionismo comercial, con bilateralismo diplomático, con aislacionismo, más que con responsabilidad de gran potencia.

Regreso a Pinker y a su visión del progreso civilizatorio. Si algo falta en ella es la sospecha trágica, probada por la historia, de que los mejores ángeles de nuestra naturaleza suelen ser vencidos por nuestros peores demonios. La primera guerra mundial interrumpe una de las más largas eras de paz y civilización conocida hasta entonces por Europa.

El proceso civilizatorio de los últimos cincuenta años tiene sólo un riesgo, uno solo, de tornarse súbitamente su contrario. Es el riesgo de una confrontación nuclear, el riesgo con el que Trump juega en estos días en su batalla de amenazas contra Corea del Norte. Si sus amenazas tienen efecto, si el dictador de Corea del Norte llega a convencerse de que efectivamente será, junto con su país, borrado del planeta, ¿qué incentivos tendría para no lanzar su propia bomba?

La deriva de Trump no solo representa un acoso a la civilización, sino un riesgo civilizatorio. De modo que vivimos en el menos malo de los mundos posibles, salvo Trump.

Lea también:
“Cosas buenas pueden pasar.
Los hechos corroboran el progreso”: Steven Pinker

 

No renunciemos al futuro. De Carolina Ávalos

carolina avalosCarolina Ávalos, 14 febrero 2017 / EDH

Cesó la guerra infernal y fratricida. Sí, aquella que muchos no comprendimos del todo. La guerra contra las injusticias sociales, para rescatar de la miseria a cientos de miles de salvadoreños… pero a la vez aquella que por su misma fuerza y crueldad nos enterró, nos atemorizó y nos expulsó de nuestras tierras.

Desbordados con las expectativas de desarrollo en un país que había logrado la “paz”, un cuarto de siglo después los ciudadanos nos hemos desencantando del rumbo que ha tomado El Salvador. Los dos principales partidos políticos son producto, precisamente, de un país arrasado por la guerra, y pareciera que han llevado a cabo sus políticas inspiradas en una interpretación al revés de la famosa cita de Clausewitz: en El Salvador, la política ha sido, y sigue siendo, “la continuación de la guerra por otros medios”. Pero las instituciones del Estado no son para el arrendamiento de los partidos políticos; no “se alquilan” para los combates y beneficios partidarios.

diario hoyRecientes acontecimientos políticos y sociales nos permiten prever que esta corrupción de la política está en un punto de inflexión. Un ejemplo de ello han sido las respuestas de preocupación y rechazo total, por parte de la sociedad civil organizada y la población en general, a los ataques sistemáticos realizados por algunos políticos del Ejecutivo y el Legislativo contra la Sala de lo Constitucional (entre 2012 a 2016), que han llevado a una encrucijada entre la democracia y el oscurantismo. Pero no basta con las manifestaciones de rechazo, es necesario incrementar el poder de incidencia ciudadana directamente en los temas claves del país y que la voz de la ciudadanía sea decisiva en la conducción de la cosa pública.

La firma de la paz es un capítulo de nuestra historia reciente que se conmemoró y celebró con fervor. Inclusive en el discurso presidencial se les ofrece un par de líneas a todos aquellos que murieron durante la guerra: “permanece con nosotros el ejemplo y sacrificio de grandes salvadoreños y salvadoreñas que dieron su vida por un mejor futuro para El Salvador”. Más de 50 mil de ellos eran civiles —ni militares ni guerrilleros—, y no pidieron sacrificarse. Al contrario, se les arrebató la vida. Fueron víctimas de la guerra a quienes no se les ha hecho justicia.

Veinticinco años después, estamos viendo con terror y angustia cómo la cifra de asesinatos ha llegado a superar las cifras de víctimas civiles durante la guerra, y cómo las víctimas en esta etapa de “guerra social” son también olvidadas. Este terror, al igual que durante la guerra, está empujando a muchos a buscar su propio camino hacia el exilio, para que las balas no les alcancen a sus hijos, a sus madres, a su familia…

Todos los días vemos una o más noticias de asesinatos, en donde nuestros jóvenes son los protagonistas, sin reparar que estamos perdiendo a nuestro más valioso tesoro. Sí, todos somos responsables de ello, pero principalmente lo es el Estado, ya sea por negligencia e ignorancia, por ineficacia o ineficiencia, por las políticas erróneas o la omisión de ellas, por la prepotencia y la ceguera de muchos funcionarios al ostentar el poder y por la falta de entendimiento de la democracia.

Estoy convencida que podemos cambiar el rumbo de nuestro país, y me uno al llamado que muchos ciudadanos y columnistas hacen a los legisladores para que consideren las reformas legales necesarias para elecciones transparentes, y a la ciudadanía para la participación activa y protagónica en la vida política a través del voto, pero, sobre todo, a través de la participación organizada en proyectos ciudadanos que buscan incidir en la paz y en el desarrollo de toda la sociedad. Al final, el futuro de El Salvador está en las manos de los salvadoreños. No renunciemos a él.

@cavalosb

Paz, elusiva. Carta de una hermana lejana que no conoce la paz. De Isabel de Sola

Decidí dejar mi trabajo en Suiza para comenzar un proyecto pro paz en El Salvador, al cual los invito con gusto.

Isabel de Sola, presidenta de la Fundacion H. de Sola

Isabel de Sola, presidenta de la Fundacion H. de Sola

Isabel de Sola, 13 enero 2017 / EDH

Me emociona que El Salvador va a celebrar el 25 aniversario de sus Acuerdos de Paz. Más allá del simbolismo, lo entiendo como una especie de despertador para todos. Despertémonos, nos dice el aniversario, pues en verdad no hay “paz” todavía en nuestro país.

Los Acuerdos fueron transcendentales: pusieron fin a la guerra y crearon instituciones importantísimas —pero no nos trajeron paz. Sería mucho pedirle, a unos acuerdos, que rindan rápidamente lo que toma años y hasta siglos construir. No es culpa de los Acuerdos que las pasadas y presentes generaciones de salvadoreños nunca hemos vivido una época de paz duradera o sostenible. A nuestros abuelos les tocó vivir la tensión y represión de los 50 y 60. A nuestros padres les tocó enfrentar las armas y el reto de acabar una guerra entre hermanos, que era a su vez una lucha ideológica entre poderes globales. Y a los jóvenes nos ha tocado la posguerra —una época marcada por la ausencia de guerra y también la falta de paz.

diario hoyMe detengo un momento sobre esto, porque creo que no apreciamos lo suficiente cómo la posguerra nos ha formado. Mi generación es cautelosa. Nuestros hijos juegan detrás de paredes y razor; limitamos nuestros movimientos a los espacios conocidos; nuestros carros están polarizados. Si nos marca un número desconocido, no contestamos al teléfono. Estamos acostumbrados a la democracia imperfecta. Sabemos que hay instituciones, pero no siempre podemos contar con ellas.

Fundamentalmente, somos varias generaciones que no conocemos la paz —entendida no solo como la ausencia de violencia, sino también como el conjunto de instituciones, actitudes, y compromisos nutridos por la sociedad que le permiten resolver constructivamente el conflicto. Los investigadores nos indican que tarda por los menos 30 años reconstruir un país después de una guerra —no solo a nivel de infraestructura o economía, pero a nivel psicológico. Un americano que tiene décadas de vivir en El Salvador me dijo que a veces parece que todos sufriéramos de PTSD —síndrome de stress postrauma— tal es nuestro nivel de desconfianza y conflictividad.

Quizás tenga razón. Aquí donde vivo en Suiza, se respira la paz. La sociedad está comprometida con su democracia, con la negociación de acuerdos de Estado, con la inviolabilidad de sus instituciones. Mis amistades suizas no pueden concebir de la violencia en América Latina, les parece insoportable tan solo un homicidio, mucho menos veinte por semana.

Tantos años sin paz han normalizado para nosotros cosas que no son normales. Nos hemos tenido que volver muy resilientes para seguir construyendo nuestras vidas en el contexto de violencia y problemas aparentemente intratables. Tengo un amigo que salió a trotar una madrugada y pasó cerca del cuerpo de un hombre asesinado a tiro blanco. Mi amigo sintió el golpe de ansiedad —¿será que los asesinos están todavía cerca?— y siguió trotando. Pienso en una compañera de trabajo que conversó amablemente con el pandillero que le robó su celular en un semáforo capitalino. Cuando el joven le quitó la pistola de enfrente, mi amiga se lo agradeció. Ambos sabían que fueron suertudos, al haber evitado la muerte insensata que destruye tantas vidas todos los días en El Salvador. Nuestra resiliencia nos posibilita seguir adelante, pero nos desensibiliza a situaciones intolerables.

El ejemplo suizo me da esperanza —les costó a los suizos no menos de 800 años de guerras fratricidas para lograr la paz. Estamos de acuerdo que El Salvador no tiene el lujo de 800 años para resolver su brecha de paz: hemos llegado a un punto de tal desesperación que estamos dispuestos a ceder el terreno ganado en derechos humanos y a violentar nuestras propias leyes con esfuerzos vanos por reducir los homicidios.

Aun dentro de la tormenta apocalíptica de medidas extraordinarias, crisis fiscal, polarización política, cárceles que explotan, yo me aferro a la promesa de paz y no pierdo mis esperanzas. Decidí dejar mi trabajo en Suiza para comenzar un proyecto pro paz en El Salvador, al cual los invito con gusto. En foropaz, queremos ofrecer un espacio de encuentro para las organizaciones que promueven la paz por medios pacíficos en el país. Si bien todavía no tenemos las actitudes y los comportamientos que nos hacen falta, nada nos puede detener en perseguirlos.

idesola@grupodesola.com

 

The Observer view on Pope Francis’s comments on a world at war. Editorial de The Guardian

Pope Francis walks through the gate of Auschwitz on Friday. Photograph: Filippo Monteforte/AP

Pope Francis walks through the gate of Auschwitz on Friday. Photograph: Filippo Monteforte/AP

guardianEditorial, 30 julio 2016 / THE GUARDIAN

Pope Francis is a thoughtful man whose views should be taken seriously. So his unusually dramatic declaration last week that the world is at war deserves closer scrutiny. The pope was responding to the shocking murder in Normandy of a Catholic priest, Father Jacques Hamel, by two French-born Isis recruits and two earlier Islamist attacks in Germany. But his remarks raised wider questions reaching far beyond the immediate struggle against random acts of terrorism.

“The word we hear a lot is insecurity, but the real word is war,” the pope said. “We must not be afraid to say the truth, the world is at war because it has lost peace.” Continuing, he sought to clarify what he meant. “When I speak of war, I speak of wars over interests, money, resources, not religion. All religions want peace; it’s the others who want war.”

Is Francis right? Is the world at war? Looking at recent events, including the Bastille Day atrocity in Nice, a string of lesser attacks in German cities and, for example, the ongoing, merciless bombardment of 300,000 people trapped in what remains of Aleppo, it is tempting to answer with a heartfelt “Yes”. Day after day, our televisions, radios, mobiles and newspapers deliver awful tidings of yet more egregious examples of man’s inhumanity to man.

Yet our perspective is skewed. Figures compiled by the University of Maryland’s Global Terrorism Database show that, in western Europe, the number of civilians killed as a result of terrorist acts has fallen sharply in recent years from peaks in the 1970s and 1980s. Even then, at the height of IRA, Basque separatist, Red Brigades, Baader-Meinhof and PLO activity, the annual toll numbered a few hundred. Current fatality levels in Europe are significantly lower, despite the rise of Isis.

In point of fact, the vast majority of civilian deaths from terrorism in 2015 – 74% – were confined to five countries: Iraq, Afghanistan, Nigeria, Syria and Pakistan. Or looked at another way, between 1969 and 2009, there were 38,345 terrorist incidents around the world. Of these, 2,981 were directed against the US, while the remaining 92% were directed at other, mostly poor nations. The worst single atrocity since 9/11 took place this month in Baghdad, where Isis bombs killed hundreds.

If the pope’s claim about a world at war is set against a broader measure of armed conflicts, similar doubts arise. According to the International Institute for Strategic Studies, about 167,000 people died in armed conflicts in 2015, historically far fewer than in the post-colonial and Cold War periods of the last century. This figure is itself distorted by Syria, which accounted for 55,000 of the total. Again, a handful of countries accounted for most of the remaining deaths, notably Nigeria, Afghanistan and Mexico.
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These figures suggest three things: that, overall, worldwide levels of organised state against state, internal state and non-state (terrorist) violence have significantly declined over the past 50 years; that the conflicts that persist are mostly confined to a diminishing number of countries or regions, not in Europe or the US; and that most parts of the world are enjoying an unprecedented period of prolonged peace. The big picture, as delineated by academics such as Harvard’s Steven Pinker, is not one of a “world at war”, but of a world that may, slowly, be learning to deal with problems by non-violent means.

Such conclusions plainly fly in the face of popular, western perceptions of heightened physical threat, as enunciated by the pope. This may be because violence, particularly Islamist terrorism, is suddenly much more in evidence on our own doorsteps. It may be because, thanks to mass media and the internet age, ordinary citizens are more aware now of global contemporary events than at any time in human history. The result is an exaggerated, disproportionate sense of the dangers presented by our own times. This may also stem from woeful, collective ignorance of recent and not so recent history.

But this disconnect between the objective reality of present-day conflict, the emotions and fears surrounding it and the language and terminology used to describe it, may be deeper rooted. As Francis suggested, the shared conception that we are living in a time of war arises from conflicts in many other dimensions, such as the “war” over disappearing natural resources and environmental protection, the “wars” on poverty, on drugs and on preventable disease, or the “war” between business interests, represented by global corporations and international capitalism and the common people’s recurring aspirations, now ever harder to crush or deny, for fair, equal and just societies based on human rights, shared responsibilities and agreed laws.

Maybe Francis was also pointing, opaquely, to what might be termed a war of minds, a global war of ideas, one that rages ever more fiercely in a 21st century whose dawn, supposedly, marked the beginning of a post-ideological age but that now grows desperate (and violent) in its search for belief, certainty, conviction and truth.
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How else to account for nationalists, populists, demagogues, charlatans and rogues from Trump Towers to Vienna’s far-right Freedom party to France’s Front National to Greece’s Golden Dawn, which peddle absolutist solutions, perverse panaceas and divisive, separatist slogans with such evident, partisan support?

And how else to interpret the religious rift, or fitna, within Islam between Sunni and Shia, and between Islam and the west, if not in terms of a battle of dogma and belief? The pope may be correct that this is not a war of religions, certainly not a war led by established religious leaders such as himself. But to claim that the current, intensifying global battle for new, viable credos for the new century is not, in part, a religious and spiritual struggle, too, is surely delusional.

Thomas Hobbes believed man’s natural, eternal state was “warre”. The aim and duty of every human society before and since has been to prove him wrong – and to resurrect Francis’s “lost peace”.

¿La verdad del perdón? De Federico Hernández Aguilar

IXVT_federicoFederico Hernández Aguilar, 27 julio 2016 / EDH

Una de las grandezas del perdón radica en su incondicionalidad. Si yo digo que quiero perdonar, pero establezco condiciones para que tal cosa ocurra —la identidad de quien me ha agraviado, por ejemplo, o una relación de los hechos que motivaron la ofensa—, mi deseo de perdonar ya no nace de la magnanimidad, sino de las circunstancias que en la práctica me llevan a cumplir lo que declaro.

Hay personas que afirman haber perdonado en su corazón pero insisten en conocer a quién. Esa forma de perdonar es curiosa. También escuchamos decir que hasta Dios, en el sacramento de la confesión, necesita que el pecador arrepentido reconozca su culpabilidad y haga efectivo el desagravio (uno que, por cierto, es proporcional a la misericordia del ofendido y no a la imperfección del ofensor). Con todo respeto admito que me cuesta entender esta comparación, porque ni existe momento en que Dios desconozca la identidad del pecador ni parece honesto equiparar la justicia divina con la humana, aunque solo sea para disponer de un símil piadoso.

diario hoyEl asesinato de mi abuelo materno, en 1979, fue un acto de cobardía que destrozó a nuestra familia y la metió sin aviso en la locura de la guerra. A mi madre y a mis tíos, en medio de la tragedia, les resultaba incomprensible que hubiera grupos que justificaran la muerte a tiros de una persona por razones de “justicia social” o “reivindicación histórica”. Pero así como es muy difícil argumentar contra la injusticia siendo violentos, podemos abrir la puerta a nuevas injusticias exigiendo que la verdad histórica se ajuste a nuestros sentimientos e intuiciones particulares.

El derecho a la verdad no se opone al perdón. Tampoco el primero condiciona al segundo. Lo que hace que no podamos perdonar se encuentra fuera del ámbito legal o de la sanción impuesta a priori (incluso moralmente) por una de las partes afectadas. Cuando algunas entidades, ojalá con las mejores intenciones, nos hablan de “restituir la dignidad de quienes sufrieron atropellos”, o de “mecanismos jurídicos de perdón, condicionados a la colaboración con la verdad”, o del “perdón generoso (sic) ante el reconocimiento de la barbarie acontecida”, lo hacen desde una perspectiva que a mi familia, tan agraviada como fueron otras, le es completamente ajena.

Soy consciente, sin embargo, de que el enfrentamiento con las heridas del pasado es un trance personal. Me encantaría que los demás ejercieran su “derecho” a perdonar, que no es otra cosa que dejar de odiar o de volver a vivir la ofensa cuando el recuerdo asoma. Nosotros, al tomar la firme decisión de perdonar, desde entonces hemos tratado de ejercer un perdón “militante”, testimonial, que pueda ayudar a otros a hacer lo mismo. Pero tenemos claro que no podemos pretender que los demás acepten este camino, y menos exigir que el Estado lo haga en su nombre. De ahí que aprovechemos cuanta oportunidad tenemos para hablar de ese perdón y de esa paz interior que ningún proceso de justicia humana —tampoco nuevas leyes de “reconciliación nacional”, ni siquiera la “justicia transicional”— consigue otorgar a nadie.

En las cíclicas revisiones que se han hecho de los casos más emblemáticos del conflicto, eso que suele invocarse como “verdad” jamás llegará a tomar el apellido de “absoluta” porque se instalen juicios y algunas personas terminen en la cárcel o siendo exhibidas ante la sociedad. De hecho, para ilustrar los grados de subjetividad en que nos movemos, copio solo dos líneas de un reciente editorial universitario: “La amnistía decretada en 1993 se limitó a despreciar a las víctimas, sabiendo que la gran mayoría de las mismas eran pobres” (¡!). ¿De este tipo de “verdades” hablamos cuando decimos defender a los agraviados? ¿Y cómo esperamos que la contraparte actúe diferente si así decretamos la “historicidad” de nuestra muy particular mirada al pasado?

Muchos salvadoreños ya elegimos otra ruta. Y nadie puede decirnos que nuestro perdón no es de verdad.

Paz. De Cristian Villalta

Divulgar la verdad y hacer justicia no es un modo valiente de construir la paz. Es más bien el único modo de construir la paz.

Christian Villalta

Cristian Villalta, 24 julio 2016 / LPG

“Bajo ningún aspecto sería saludable que participaran en el manejo del Estado quienes hayan cometido hechos de violencia como los que la Comisión ha investigado”.

Esa fue la tercera recomendación en el informe de la Comisión de la Verdad.

“Las personas a las que se refieren los párrafos precedentes, como cualesquiera otras igualmente implicadas en la perpetración de los hechos de violencia descritos en el presente informe, incluso los civiles y los miembros de la Comandancia del FMLN nombrados en las conclusiones de los casos, deben quedar inhabilitadas para el ejercicio de cualquier cargo o función pública por un lapso no menor de 10 años y para siempre de toda actividad vinculada con la seguridad pública o la defensa nacional”.

la prensa grafica¿Por qué no se inhabilitó públicamente a los civiles involucrados con el encubrimiento de los crímenes cometidos por la Fuerza Armada o en el financiamiento y actuación de los grupos paramilitares? ¿Por qué no se procedió con esa purga en las filas del FMLN? ¿Por qué algunos de los militares señalados en el informe continúan participando en la política?

Quizá no había suficientes cuadros en las filas de ambos bandos. Quizá creyeron que era necesario permanecer vigentes mientras la democracia comenzase a dar de sí. Y, sin el quizá, sabían que desde la política era más fácil mantener los cadáveres bajo llave.

Ellos, los protagonistas de esa guerra y de aquellos acuerdos (o de aquellos crímenes), pueden escribir los libros que quieran explicándolo. Sus testimonios dan para varios documentales, para otra década de entrevistas con pretensiones revisionistas. Algunos suenan interesantes incluso hoy.

Pero todos esos personajes padecen de lo mismo: inconsciencia de su irrelevancia.

En cuanto nacían, Cronos devoraba a sus hijos, estúpido y criminal, porque la profecía rezaba que uno de su estirpe lo derrocaría. A nuestros victimarios, es la historia la que hoy los supera, la que les exige que transijan, que cedan el poder, el control de sus instrumentos, el usufructo de sus banderas, o que se conformen con los privilegios de su generoso retiro a cambio de desaparecer por fin de la escena. A unos cuantos, por sus crímenes; a la mayoría, por anacronismo.

Línea penúltima de su libreto, generales en retiro, diputados y ministros por igual culpan a cuatro magistrados de ser el caballo de Troya de una maniobra desestabilizadora, como si el acto de contrición que la nación necesita para reconciliarse con su pasado involucrara a las instituciones y no a las personas. Las instituciones que debían cambiar o desaparecer ya lo hicieron; las personas, no.

No entienden que la lógica histórica, esa de la que fueron peones excepcionales, es la que ahora los arrincona, los conmina. Con sala o sin ella, El Salvador terminaría en este trance, 25 años después del último asesinato político.

Ellos, unos y otros, renunciaron al terrorismo desde el Estado y desde la insurgencia a cambio de convivir. Decidieron hacerlo aceptando que algunos criminales se arroparan, en uno y otro bando, con la mullida colcha de la vida democrática. Alcanzaron paulatinamente un equilibrio. Pero equilibrio no es justicia. Y sin justicia, esto a lo que llaman paz dándose golpes de pecho no es sino una indigna epidemia de desconsuelo.

Yo, usted, que crecimos mientras ellos hacían la guerra, acaso pueda conformarme. Pero que nuestros hijos hereden esta patria amnésica e hipócrita es una idea miserable.

La decisión de la Sala de lo Constitucional de declarar inconstitucional la Ley de Amnistía del 1993 ha provocado un complejo y controversial debate. Hemos documentado este intercambio de opiniones, publicando artículos con argumentos en pro y en contra de la sentencia, y lo seguiremos haciendo.

Segunda Vuelta

La nota de Christian Villalta ha provocado el siguiente intercambio en Twitter:
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Un espacio excepcional en el reino de las maras

La Casa Tomada, en San Salvador, neutraliza la violencia en uno de los barrios más conflictivos.

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Presentación de la Casa Tomada en la Casa América de Madrid MIGUEL LIZANA

Francisco Javier Sancho Má, 21 junio 2016 / EL PAIS

el paisEnfrente nomás, se encuentra la embajada de España, en la colonia San Benito de San Salvador. Detrás, el sector de Las Palmas (miles de personas hacinadas en una barranca, el origen de los cabecillas más peligrosos de la Mara 18 Revolucionaria). En medio, La Casa Tomada, un lugar mítico ya en la capital salvadoreña que, como en el cuento de Cortázar del que prestó su título, han ido ocupando toda clase de espíritus creativos. Actualmente alberga 17 espacios de cine, radio, teatro, música o malabares, entre otras disciplinas, mediante un modelo de gestión público y privado. Interacción y aprendizaje mutuo. Colaboración e iniciativas de transformación social. Todo un centro artístico que se nutre también de la energía del barrio aledaño donde viven muchos participantes asiduos.

Durante la presentación de la iniciativa que tuvo lugar la semana pasada en Casa de América, en Madrid, Fernando Fajardo, director del Centro Cultural de España en El Salvador, y uno de los impulsores más entusiastas de la Casa Tomada, destacó la participación y vitalidad de los colectivos y artistas de la sociedad civil de ese país centroamericano. El proyecto nació en un contexto de gran reducción de fondos españoles para la cooperación. “Había que responder con iniciativas imaginativas que tuvieran impacto ante la falta de presupuesto. También nos fijamos en otros antecedentes, en proyectos donde lo público presta espacio a colectivos privados en modelos de autogestión, como La Tabacalera de Madrid”. Fajardo cree que ejemplos como La Casa Tomada o La Tabacalera son una propuesta de trabajo colectivo y una herramienta de cultura para el desarrollo y la paz frente a tendencias que ensalzan la individualidad y el hombre hecho a sí mismo.

Un lugar de encuentro para la democracia

En la cafetería de la Casa Tomada es posible encontrarse a altos funcionarios del Gobierno, o al único cineasta centroamericano galardonado con un Oscar, André Guttfreund, o a los periodistas del diario digital más celebre de América Latina, Elfaro.net, con jóvenes del barrio marginado de Las Palmas y artistas de la calle. Se trata de un espacio excepcional, porque “lo que pasa adentro, no suele ocurrir afuera, por desgracia”, señaló en la presentación de Casa de América, Sira Abenoza, profesora de Esade y experta en responsabilidad social empresarial. Ella colaboró con la Casa Tomada en la creación de un vivero de industrias creativas y en la promoción de proyectos de emprendimiento social. “Se trata de un lugar de encuentro, porque allí dialogan personas de diversos estratos sociales en un país muy desigual y donde lo normal es que nunca se junten”. Recordó lo que decía el filósofo y profesor de Harvard Michael Sandel: “Uno de los problemas de nuestras democracias es el de no contar con espacios donde las personas diferentes entre sí se encuentren”. Por eso, opina, la Casa Tomada es un “desafío a la tendencia aislacionista de los colectivos, no sólo en El Salvador, sino en el mundo. Las democracias se empobrecen cuando el discurso social sólo se produce entre personas que piensan y viven igual”.

Si bien el arte no necesita dotarse de un sentido utilitario,
en un contexto tan violento, es pertinente preguntarse
sobre su efecto en la convivencia social

La actriz y comunicadora Paloma Valenciano vivió varios años en El Salvador y trabajó en La Casa Tomada. En la presentación en Casa de América subrayó la energía que se proyecta en las actividades teatrales y en la Radio Tomada que emite desde ese espacio de gestión colaborativa: “Abrimos la emisorara a todo tipo de personas y de ideologías para que se escucharan los unos a los otros. El Salvador es muy pequeño pero muy diverso”.

Las voces de muchos otros protagonistas pudieron oírse mediante la proyección de un vídeo casero en el que se presentan las múltiples iniciativas de la Casa Tomada. César Erazo, experto agrícola y responsable del huerto ecológico, la calificó como “una gran fumada, un desborde de creatividad, de energía y creatividad popular”.

¿Es sostenible un proyecto así? Fernando Fajardo anticipó una respuesta con un planteamiento que no parece políticamente correcto. “¿Por qué todo tiene que tener una continuidad uniforme? ¿Qué pasa si desaparece la Casa Tomada porque es inviable? Creo que no acaba todo ahí, sino que se trata de iniciativas que luego pueden generar otras. Y precisamente su fuerza radica en eso. No hay que obsesionarse con la sostenibilidad tal como la entendemos en muchos proyectos de desarrollo.

Ocupación de espacios públicos contra la violencia

Si bien el arte no necesita dotarse de un sentido utilitario, en un contexto tan violento, es pertinente preguntarse sobre su efecto en la convivencia social. Fajardo aseguró que la acción cultural de la Casa Tomada no sólo se circunscribe al espacio físico de ese centro, sino que se irradia con sus actividades en el conflictivo barrio de las Palmas. “En los últimos 18 meses no ha habido incidentes con víctimas mortales en él. La actividad cultural, que se desarrolla directamente en el barrio, como el teatro de calle en espacios públicos incide en la convivencia positivamente. Para ello han sido clave los grupos de mujeres que llevan a la escena la violencia que han sufrido y que a veces pasa inadvertida en medio de una ciudad tan violenta como San Salvador, en un país con 23 homicidios al día. Ahora hay más gente que puede entrar en Las Palmas”. Sin embargo, el mismo Fajardo no puede hacerlo en estos momentos: a un individuo de la zona se le antojó amenazarlo de muerte.

El contexto es complejo. Un país minado por la violencia durante su última guerra civil, crímenes aún pendientes de juicio, como el caso de los jesuitas asesinados en 1989, y la delincuencia de las maras. “La cultura puede neutralizar en gran medida la violencia. Hay que verlo allí, en el barrio”, afirmó.