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Carta a los legisladores opositores: Asuman su papel. De Paolo Luers

12 febrero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Hablo a los que a partir del 1 de junio serán opositores al nuevo gobierno. Bueno, esto es lo que se supone y espera. A los legisladores de todos los partidos que para las elecciones del 3 de febrero tuvieron otra propuesta política diferente a la que ganó (FMLN, ARENA, PCN, PDC) les toca ejercer la oposición. Y ojo: Una oposición con tan amplia mayoría parlamentaria como la que tendrán ustedes tiene un compromiso especial: ser el contrapeso efectivo al nuevo gobierno; la garantía que este no viole la institucionalidad del país y no atente contra su viabilidad fiscal. No hace falta que los diputados de oposición ahora se apuren a asegurar públicamente que “van a apoyar todas las iniciativas del gobierno que sean en beneficio del pueblo”. Esto se entiende por si mismo, es la esencia de la función legislativa y del mandato de cada diputado.

Les pido que nos ahorren el vergonzante espectáculo de diputados, supuestamente de partidos opositoras al nuevo gobierno, moviéndole la cola al nuevo poder, asegurándole que cuente con ellos para construir gobernabilidad. Construir gobernabilidad es tarea del presidente electo y depende de su disposición y capacidad de concertar con iniciativas legislativas que pueden tener el respaldo de la oposición. Ustedes, en vez de ofrecer gobernabilidad antes de que el gobierno haya dicho qué propone, deben dejar claro que construir gobernabilidad no funcionará ni con prepotencia, ni con chantaje, y mucho menos con extorsión política. Funcionará con capacidad de negociación del gobierno y con su disposición de tomar en cuenta que no dispone de mayoría legislativa, y que por tanto, tiene que hacer concesiones.

El discurso del presidente electo y su equipo es: Esta mayoría legislativa ya no vale, la mayoría que se expresó en las elecciones presidenciales la invalidó. Ojo: Así comienza a expresarse el menosprecio a la democracia representativa y su regla básica: la separación de poderes. El principio de “winner takes all” (“el ganador toma control total”) solo aplica en sistemas antidemocráticos. En nuestra democracia, el ganador tiene que asumir su lugar dentro del sistema de pesos y contrapesos – y dentro de una dada correlación de fuerzas en la Asamblea. Que el presidente electo aprenda esto rápido depende mucho de la actitud firme de ustedes los diputados. A esto me refiero cuando digo: Asuman su rol de oposición, si no, nadie los va a respetar, mucho menos el flamante ganador de las elecciones presidenciales.

Dicen que no hay que obstruir al gobierno entrante, y que si le va bien al presidente electo, le va bien al país. Cuidado con estas afirmaciones. Oposición no es igual a obstrucción. A partir del 1 de junio va a existir una determinada correlación de fuerzas entre el gobierno y el parlamento. Que la mayoría legislativa haga valer su mandato recibido en las elecciones del marzo 2018, no es obstrucción, es cumplir su mandato. La ciudadanía, en dos elecciones separadas, ha dado a unos el mandato de gobernar y a otros el mandato de legislar y controlar el poder. La manera que se resuelva esto sin generar parálisis es la negociación, no la sumisión.

Muchos que ahora votaron por Bukele, Gana y Nuevas Ideas, lo habrán hecho asumiendo que no es un gran riesgo, porque existen una mayoría opositora en la Asamblea que no va a permitir que atente contra la Constitución y los intereses de la nación. La gente entiende esto de los pesos y contrapesos mejor que muchos funcionarios. No le defrauden.

Y tampoco es cierto que siempre que le va bien al gobierno, le va bien al pueblo. A Saca y a Funes les ha ido demasiado bien cuando estaban gobernando, pero al resto del país no – y la Asamblea no ejerció su responsabilidad de controlarlos. En el caso actual, al pueblo le va bien, siempre y cuando los pesos y sobre todo los contrapesos funcionan bien. Ustedes como opositores, de izquierda y de derecha, tienen la tarea de garantizar que en el 2021 los contrapesos no se quiten ni debiliten.

El gobierno entrante necesita triunfos rápidos para mantener su actual apoyo popular y en el 2021 arrasar con la Asamblea. De ustedes, en gran medida, depende que esto no pase, porque sería bien peligrosos para la democracia.

Saludos,

Votos o balas. De Alberto Barrera Tyszka

Hoy los venezolanos van a las urnas, y por primera vez todas las encuestas predicen una clara mayoría opositora. En estos días se va a mostrar si en Venezuela será posible una  transición pacífica, o si el régimen chavista, bajo el desgastado liderazgo de Nicolás Maduro, prefiere hundir al país en violencia política. Inciamos el seguimiento a estas elecciones parlamentarias con una columna deAlberto Berrara Tyszka, para mi criterio el mejor comentarista venezolano, quien durante años escribió una columna dominical en El Nacional, uno de los últimos bastiones del periodismo independiente y crítico en Venezuela. Barrera es novelista, guinista de cine y de telenovelas, y periodista.

Paolo Luers

Alberto Barrera Tyszka, escritor/guinista/columnista venezolano,fotografiado por Cristina Marcano.

Alberto Barrera Tyszka, escritor/guinista/columnista venezolano,fotografiado por Cristina Marcano.

Se está votando en medio de un insostenible modelo de ventajismo oficial, que además no permite la observación internacional.

Alberto Barrera Tyszka, 6 diciembre 2015 / EL PAIS

Las democracias suelen depender de las derrotas. Hugo Chávez se jactaba de haber ganado más de una docena de elecciones. De hecho, convirtió su popularidad en una nueva forma de tiranía. Pero la única vez que perdió, en el referendo constitucional de 2007, apareció desencajado en la pantalla de la televisión. Estaba vestido de verde oliva y evidentemente rabioso. Miró a cámara y bramó, diciéndole a la oposición que se trataba de un triunfo “pírrico”, de una victoria “de mierda”. De esa manera entendía el caudillo la voluntad del pueblo.

El chavismo concibe la alternancia como un delito. Que otros se atrevan a desear el poder les parece, ya de entrada, una conspiración. Desde esa idea ha hablado durante todos estos meses Nicolás Maduro. Siempre amenazante. El presidente asegura que respetará los resultados pero, de paso, señala que está preparado para asumir “militarmente” una derrota.

También ha anunciado que, de ganar la oposición, él mismo se iría a la calle “a luchar”. Como si quienes votan en las urnas son distintos a los que están en la calle. Como si la mayoría fuera tan solo un espejismo. Como si la democracia fuera tan solo un accidente.

El chavismo concibe la alternancia como un delito

Por primera vez, hoy, casi todas las encuestas apuntan a la posibilidad de una victoria contundente de la oposición. Ya en las elecciones parlamentarias pasadas, el resultado fue muy ajustado y la ingeniería electoral le permitió al Gobierno obtener más diputados con menos votos. Hoy, sin el líder máximo y en medio de una enorme crisis económica, un resultado adverso al chavismo parece mucho más probable. Después de dos años dilapidando la popularidad que les heredó Chávez, se encuentran de pronto ante el riesgo de una gran derrota. De su reacción depende, en buena parte, el futuro del país.

Las elecciones son de una importancia trascendental. Incluso más allá del juego político, de las oportunidades que se abren si la oposición obtuviera el control de la mayor parte de la Asamblea, hoy el país también pone a prueba su institucionalidad. Se está votando en medio de un insostenible modelo de ventajismo oficial, que además no permite la observación internacional y domina en buena parte el espectro comunicacional en todo el territorio. Se está votando aun con dudas y cuestionamientos ante el proceso. Se está votando, también, entonces, a favor o en contra de un Estado, secuestrado por una parcialidad. Hoy más que en cualquier otra elección de los últimos 15 años, el chavismo y las instituciones que controla son más vulnerables, se enfrentan a un dilema crucial: entender que dejaron de ser mayoría. Que la alternancia es posible. Que la revolución no es eterna. Estas son, en rigor, las primeras elecciones sin Chávez. Maduro ganó la presidencia en un proceso oscuro y confuso, muy ajustado. Su campaña se centró en Chávez. Era lo único que tenía que ofrecer. Pero ya ha pasado el tiempo y aprovechar al líder muerto resulta cada vez más poco eficaz. Maduro es un presidente fallido. Su tarea, también, es ingrata. No puede culpar al Gobierno anterior. No puede traicionar la narrativa oficial. Está ahí para proteger la posteridad del líder. Está ahí para hacerse cargo del fracaso.

Quizás hoy le toque comenzar a procesar y elaborar la derrota. Dejar las amenazas, empezar a desactivar la violencia en el lenguaje. Renunciar a su discurso y reconocer la existencia de los otros. Aceptar que los votos son más legítimos que las balas.