odio de clase

El gueto genera odio y violencia. De Paolo Luers

paolo3Paolo Luers, 28 febrero 2018 / EDH-Observadores

Voy a comentar y ampliar dos columnas que mi colega y amigo Manuel Hinds publicó: El Cambio en el corazón y El odio de clases y las maras. Cuando en su segunda columna menciona la crítica que ha recibido “desde la izquierda” a su primera columna, se refiere a un email que le mandé. De paso sea dicho: Me honra que por lo menos los serios pensadores de la derecha, por ejemplo Manuel Hinds, todavía me identifican como “de izquierda”.

Esto no es una controversia. Coincido plenamente con la tesis principal de Hinds: Sembrar odio, y en especial odio de clase, es dañino para la sociedad – o como concluye Hinds: Sembrar odio de clase, o cualquier otro odio, lejos de resolver los problemas que enfrentamos, los complica y puede hacer imposible resolverlos. Totalmente de acuerdo.

Odio de ambos lados

observadorMis observaciones son para complementar los argumentos válidos de Hinds. Por ejemplo: Si hablamos del odio de clase como fenómeno en el conflicto que se convirtió en guerra en los 80, es necesario decir que hubo odio de clase de los dos lados. No solo se expresó en las consignas y acciones de los insurgentes, también, y durante décadas, en los discursos u acciones de la derecha. La marginación y la represión de amplios sectores populares también fue expresión de odio de clase. El 32 fue una explosión de odio, y tanto la derecha como los comunistas haciéndolo peor con sus inyecciones letales de odio de clase. Esto confirma le tesis de Hinds que sembrar odio de clase empeora los conflictos sociales existentes. Los asesinatos de sindicalistas y los masacres de campesinos en los años 70 fueron expresión de odio de clase, igual que los secuestros y asesinatos de empresarios. Y tanto los mensajes del mayor D’Abuisson como de las FPL de Marcial potenciaron este odio llevaron al país a la guerra.

Muchas veces, el odio nace del miedo. Los que en el 32 masacraron a miles de campesinos, tenían miedo a una insurrección de los indígenas. Tenían miedo, porque sabían que los habían maltratado, generando una bomba de tiempo. Tiene toda la razón Manuel Hinds en decir que donde ya hay conflictos sociales, resentimientos y miedos, sembrar odio de clase hace explotar estas bombas.

La violencia que nace del gueto

Hablando del conflicto actual, lo que se expresa en la violencia de las maras no es odio de clase. Las maras no hacen guerra contra otra clase. Matan casi exclusivamente a otros igual de pobres. Es violencia entre pobres. ¿Pero de dónde nace este odio? ¿De dónde nace esta disposición a la violencia? Guste o no, hay que decir que nace de la percepción de exclusión, generalizada en muchas comunidades. Y al decir esto, no se está inyectando odio de clase a una situación ya complicada, sino señalar la raíz del problema es necesario para entender por dónde hay que buscar soluciones, más allá de la aplicación de la ley y las respuestas policiales y represivas.

Es cierto, y siempre hay que aclararlo, que la violencia y el odio no nacen de la pobreza. Nacen de una situación de gueto. Esa es una situación social donde la pobreza está acompañada de la percepción de exclusión: del desarrollo, de las oportunidades, de los servicios básicos del Estado. Cuando una comunidad se siente colectivamente excluida, genera una identidad peligrosa, con reglas sociales y morales propias. Una vez que esto pasa, situarse fuera de la ley, aunque no es automático, sí es un paso más fácil, con pocas barreras. Es el paso que dan los que se unan a maras.

Cierto, esta percepción de exclusión tiende más a expresarse en violencia, cuando en el país existe la tradición y la continuidad de un discurso político de odio de clase, como lo sigue manejando el FMLN. Esto confirma la tesis de Manuel Hinds que sembrar odio de clase en un conflicto social lo profundiza y hace más difícil resolverlo. Pero ojo: El discurso de odio de clase no es el origen del sentimiento de exclusión y tampoco de su transformación en violencia. El origen es la realidad. Y esta realidad hay que cambiarla. Hay que romper la realidad de gueto, en la cual vive un gran porcentaje de los sectores populares, tanto en las ciudades como en el campo.

Change of heart

Me parece interesante el planteamiento de Manuel Hinds sobre la necesidad de un “change of heart”. Pero agregaría que no puede ser un cambio solo espiritual, o un cambio de discurso. Si el “change of heart” del resto de la sociedad no incluye la disposición de atacar la situación de gueto y de transformar los barrios y sus condiciones de marginación, esta situación no va a cambiar. Y la violencia, con todas sus expresiones de odio, no va a superarse.

Esta es la gran deficiencia de las políticas de seguridad que han empleado los gobiernos, tanto de ARENA como del FMLN, desde que se vieron confrontados con el fenómeno de las maras.

Hagamos el “change of heart”, y actuemos. No podemos simplemente pedir a los que se sienten marginados que tengan un “change of heart”, requiere de algo más serio y tangible.

Haciendo estas consideraciones no significa justificar la violencia de las maras. La violencia no es justificable. Pero tenemos que entender dónde y porqué nace y se reproduce. Ya sería un paso correcto que la sociedad ya no permita que sus funcionarios, como el actual presidente de la Asamblea Legislativa Guillermo Gallegos, sigan sembrando odio. Pero requiere de mucho más. El odio que se manifiesta en los conflictos sociales del país no es sembrado, tiene raíces en la realidad. Y estos hay que atacarlos. Esta sería la solución radical al problema.

Las dos columnas de Manuel Hinds:
El Cambio en el corazón
El odio de clases y las maras

 

El odio de clases y las maras. De Manuel Hinds

Manuel Hinds-05Manuel Hinds, 26 febrero 2018 / EDH-Observador

La semana pasada escribí una nota que condenaba las inyecciones de odio que han destrozado al país (El cambio en el corazón, EDH, viernes 23 de febrero de 2018). El artículo resumía su argumento al final en estos dos párrafos, hablando de los crímenes de la guerra civil y de las maras:

“Ningún argumento filosófico puede negar que en el fondo de ambas violencias hay un principio común: la idea de que hay personas que merecen ser asesinadas por pertenecer a ciertos grupos, clases sociales o maras. Lo único que varía entre los crímenes cometidos por el odio de clases y los cometidos por el odio entre maras, o por el desprecio a los que no son de ninguna mara, es el motivo que supuestamente legitima el crimen. Esto va contra el cristianismo, contra el desarrollo social, económico político, y contra todo lo que es civilizado.

Esto es lo que hay que abandonar, lo que hay que reconocer que fue un error y revertir con toda la energía que la sociedad pueda reunir. Los que llaman al odio pueden predicar lo que quieran, pero el pueblo debe dejarlos hablar solos. Ya han hecho demasiado daño.”

observadorAlgunas personas de la izquierda me comentaron que la nota pecaba de superficial si no se mencionaba que la derecha, no solo la izquierda, había realizado actos de odio, que los mareros no actúan motivados por odio de clase y que la contrapartida del odio (en uno y otro caso) es la “exclusión”. En realidad, aunque el odio de clases es un concepto marxista (que conste que no de toda la izquierda), yo nunca mencioné que solo la izquierda marxista ha actuado con odio en el país, ni siquiera que solo los marxistas han sembrado odio; tampoco dije o impliqué que los mareros actúan motivados por odio de clases.

Es obvio, sin embargo, que actúan motivados por odios, y que, como digo en los párrafos citados arriba, justifican sus crímenes con la misma idea que los que cometen crímenes y los justifican con la guerra de clases: que hay personas que merecen la muerte porque pertenecen a un grupo que ellos odian. El odio es un instrumento del mal, y no importa por qué motivo se inyecta en la sociedad, toma vida propia y puede ser ocupado por grupos diferentes con objetivos distintos de los que motivaron a los que lo inyectaron inicialmente. Si el odio se justifica como motivo de acciones, puede usarse para justificar que musulmanes maten a cristianos, para que nazis maten a judíos y otras razas que ellos consideran inferiores (obviamente incluyéndonos a nosotros), para que comunistas maten a capitalistas, para que no-comunistas maten a comunistas, para que un adolescente resentido mate a 17 de sus compañeros, para que las maras que viven en un barrio maten a los del barrio vecino. Todos pueden usar el mismo argumento para justificarse: “eran mis enemigos (de clase o de barrio o de raza) y los odiaba”.

La idea que defiendo es que el odio es una emoción negativa, que lleva a crímenes injustificables, que no sirve para resolver problemas sociales, políticos o económicos, que en realidad los vuelve peores, que los que lo inyectan con un propósito se vuelven responsables de que se use para otros propósitos, y que debe erradicarse de la sociedad.

Hablar de la “exclusión” es muy elegante pero justificar los odios y los crímenes de las maras como una respuesta a ella no sólo va en contra de los principios de la civilización sino también es un concepto vacío porque va en contra de lo que se observa en la realidad. Para ver esto basta recordar que los que están llenos de odio dirigen sus crímenes hacia las personas que odian. Así, durante la guerra y antes de ella, los grupos llamados “revolucionarios” secuestraron y asesinaron a personas que ellos odiaban por pensar que eran sus “enemigos de clase”. Pero, ¿alguien podría decir que las personas que los mareros matan (otros mareros, alumnos de secundaria y de la universidad, personas que se niegan a pagarles renta, vecinos de áreas dominadas por otras maras) son personas que los excluyen a ellos o que han creado una sociedad excluyente?

Como lo escribí en mi artículo anterior, las inyecciones de odio se hacen con el pretexto implícito de que llevará al bien, que eliminará la “exclusión”, que generará mayor desarrollo, con la promesa de que los crímenes que se cometan en su nombre van a resultar en un mundo mejor. Con esa idea se ha llegado, como también lo escribí en el articulo anterior, a tratar de convertir el cristianismo, la religión del amor, en una religión del odio.

Como escribió el poeta entonces soviético Naum Korzhavin contemplando los veinte millones de víctimas que el comunismo y su guerra de clases habían asesinado en su país: “!El mal en el nombre del bien! / ¿Quién pudo inventar tal sinsentido? / Aún en el día más oscuro, / aun en la lucha más sangrienta / si el mal se fomenta / él triunfa en la tierra— / no en el nombre de algo / sino en el suyo propio”.

En este poema, solo sustituya el odio por el mal, dos palabras que van siempre muy asociadas, y entenderá el mensaje que quiero traspasar al decir que el pueblo no debe ya aceptar ningún mensaje de odio.

Con esto, por supuesto, no quiero decir que no haya problemas sociales, políticos y económicos en el país. Los hay, y muchos. Lo que digo es que sembrar el odio basado en esos problemas no solo no los resuelve sino que los complica enormemente, causando tragedias espantosas y retrocesos en todos los aspectos de la civilización. La sociedad debe resolver estos problemas, no llenarse de odios que van a volver imposible resolverlos.

La primera columna de Manuel Hinds sobre el tema:
El Cambio en el corazón

Una columna de Paolo Luers sobre el tema:
El gueto genera odio y violencia

Carta a los NiNis: No se dejen ni comprar ni insultar. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 25 junio 2016 / EDH

Decirles vagos o haraganes a los desempleados no es otra cosa que una deplorable expresión del odio de clases. Qué bueno que de vez en cuando nos damos cuenta que todavía existe este feo sentimiento, que levanta la cabeza siempre cuando en el calor del pleito se levanta el manto de lo políticamente correcto. Para algunos, normalmente fieles defensores de las libertades republicanas, incluso les visitan momentos de nostalgia por el régimen del general Maximiliano Hernández Martínez y sus campañas represivas contra la vagancia… ¿Qué se nos hizo la benemérita Guardia Nacional que puso en su lugar a los vagos?

¿De dónde surge esta explosión de odio contra los pobres, que de repente invade el debate político y las redes sociales? Por una parte del miedo que infunden las pandillas y de la suprimida conciencia que detrás de la violencia que sufre el país se encuentran profundos problemas sociales que entre todos hemos fallado encarar y resolver. No diario hoyes nada extraño que un sentimiento colectivo de culpa e impotencia, en vez de transformarse en la búsqueda de soluciones, se convierta en agresiones. Por otra parte, lo que provocó este irracional rechazo a los desempleados fue la propuesta del gobierno del FMLN de gastar 130 millones de dólares para subsidiar a los llamados ninis, a ustedes, los jóvenes que ni estudian ni trabajan.

Es obvio que este proyecto del FMLN no nace de la preocupación por el alto índice de desempleo juvenil. El desempleo se combate creando oportunidades de trabajo, no con subsidios temporales a los desempleados. Esto es lo que ustedes tienen que exigir al Gobierno, y no que les regalen unos cuantos dólares que por nada cambiarán su situación.

Es un insulto para ustedes que el Gobierno piense que con unos dolaritos y sermones políticos los pueden jalar al FMLN, convertirlos en activistas, y así recuperar la presencia partidaria en los barrios y las comunidades que han perdido. Perdieron presencia porque en siete años no han hecho nada para transformar las comunidades. En vez de llegar a los barrios con inversiones en infraestructura, en mejores escuelas y servicios públicos y en desarrollo económico, han llegado con su guerra, con fusiles, con redadas que afectan a todos los jóvenes. Hoy quieren recuperar el terreno perdido, pero no para mejorar los barrios, sino para comprar voluntades.

Las instituciones que van a manejar los fondos para los jóvenes y administrar los subsidios (Injuve, Gobernación) son aparatos al servicio del FMLN para reclutar jóvenes. Esto no es estrategia de prevención de la violencia, es estrategia electoral. No es estrategia de seguridad, es estrategia de control territorial del partido.

Así que ustedes están en un sándwich: por una parte el Gobierno y el FMLN que quieren aprovechar políticamente su precaria situación social; por otra parte los que solamente los ven como haraganes, vagos y potenciales pandilleros. Y nadie, ni Gobierno ni oposición, propone soluciones. Nadie tiene una propuesta de cómo incluir a las comunidades precarias al desarrollo del país. Nadie articula una estrategia de cómo romper la marginación que está detrás de todo: desempleo, deserción escolar, violencia, pandillas. Nadie entiende que invertir en grande en las comunidades es una apuesta en seguridad, educación y crecimiento.

En vez de pedir 130 millones para subsidiar la marginación, hay que pedir 1,300 millones (o lo que sea necesario) para romperla, pero con una especie de Plan Marshall, como se suele hacer para salir de una larga guerra: invirtiendo en reconstrucción, inserción social, educación y desarrollo productivo.

Claro que la intención política del FMLN detrás de este nuevo subsidio inútil provoca un nuevo pleito con la oposición. Pero ustedes y su situación, lamentablemente, no están al centro de este debate. Otra cosa sería si la rabia opositora, en vez de dirigirse contra ustedes (los “vagos y holgazanes”) se concentrara en parar las políticas fracasadas del FMLN y desarrollar alternativas.

Mientras ustedes no se expresen y movilicen, esto no va a pasar. Saludos,

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